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El hombre del brazo de oro

Voy asistiendo a tu entierro

lento y cotidiano.

Observando la evidencia

de que la ironía

es la única respuesta

que te permites

cuando te miras por dentro.

El exceso,

cuando te miras por fuera.

La benevolencia,

cuando lloras tu caricatura.

Cuando das manotazos torpes al aire

como un espantapájaros desmesurado

y absurdo.


Y es que asisto a la certeza siniestra

de que por fin encontraste dentro de ti

el único calmante

para la fatiga de ti mismo

y tu dolor de mundo.

Para rendirte a un determinismo

estético y sedante.


En este mundo estás muy huérfano.


Y es que prefiero obviar

tu suicidio lujoso y sórdido;

tu suicidio doméstico,

hortera y elegante.

Quiero obviar el exceso

de tu propia exhibición.

Y el perdón que te concedes.


Y me pregunto quién quieres ser

probada la droga de la autocomplacencia.

Comprobada la amabilidad de tu gesto

cuando te llenas las venas de paz

y la camisa de sangre.


Si te convertiste en un hombre de corcho

o de hojalata.


Nunca supiste cuánto te amé

sin amarte.

Nunca.


Y ahora, ahora,

ponle música a estas letras.

Y canta, canta...

yo bailaré, bailaré

bailaré...

hasta el día en que

te mueras.


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