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Jacaranda XII (2014)


LA CONFESIÓN
De tanto ir el cántaro a la fuente, o por precisar, de tanto abusar del sexo sin eficaces remedios, alejados como estaban tanto de las consignas del gobierno de dios como del reconocimiento de los ardides inventados por los hombres para no llegar a estos extremos, Gertrudis se quedó preñada, preñadita en sus adentros.
Y lo que fueron gigantescos gozos, placeres extremos... se convirtieron en lamentos internos, en desgraciados suspiros, en un quiero y no puedo, en un qué he hecho por dios, qué desgracia, qué tormento, y, una mañana de mayo, cuando salía el sol nuevo, vino Gertrudis por sí sola, solita, con su reguero de lágrimas en carita de sufrimiento, a arrastrarse a la iglesia en busca de asesoramiento... de un poco de paz, de un poco de paz por favor, que estoy que me muero del peso que descansa en mis hombros, en mis hombros, señor, señor mío, que ya no puedo ¡no puedo!
Allí encontró a don Anastasio, aguardando y guardando lo que es su fuero, y con aflicción constatada vino la desdichada a contarle lo hecho.
Este escuchó con pleitesía, con gran alborozo en el cuerpo, aquello que le decía Gertrudis con lastimeros gestos, con llantos entrecortados, con hipos y mocos sueltos, mientras el cura sonreía tras la celdilla, contento, pensando para sus adentros, el arma que dios le regalaba para dar con el Servando en el suelo.
Vive dios que hay dios, pensaba en su bohío, revolviéndose en el cojín para asentar su crecido cuerpo.
Y se rió de la pobre Gertrudis, preguntándole cómo ocurrió esto, cómo has sido capaz insensata de cometer semejante sacrilegio, encima con un menor, que no sólo es menor sino negro, y ella le explicó lo que le pasaba, su abandono y lo del deseo, y él se deleitó en las preguntas por puro afán de recreo, y se enteró de como fue el guiso, de cómo y dónde ocurrieron los hechos, de cuántas veces fueron, de qué forma y por qué agujeros, y se tocaba el cura lo propio con delectación y sosiego, e hizo la confesión tan larga, tan poco vista en el pueblo, que más de una hora pasara hasta que se derramó en su chiquero.
Paco Huelva
Septiembre de 2014