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Jacaranda VI (2014)


La decisión (y III)
Alguien indicó que ante la poca luz y la escasa estatura del Cepa, éste se subiera al púlpito para poderle ver y oír bien, a lo que el cura tronó que allí no se subía nadie más que él y sólo él, que para eso era cura. A lo que siguió otro agarre con el alcalde que le soltó un puñetazo en plena mandíbula, sin aviso previo, montándose de nuevo la de dios es cristo.
Larga fue de nuevo la contienda entre laicos y religiosos por imponer los derechos naturales a los civiles y lo contrario, de forma tan brutal que, con la misma velocidad que entraron en la parroquia, salieron todos a la calle poco a poco, por su propio pie los que podían hacerlo o en brazos de otros los más.
Si algún historiador de escritura no sesgada, si es que existe, hubiera presenciado la contienda, habría consignado con pluma fehaciente y riguroso orden cronológico que, lo que ocurrió ese día, era una consecuencia más, y nada más, de las infinitas trifulcas existentes entre los poderes religioso y civil por controlar la voluntad de un electorado que se repartían a medias de forma ancestral, en donde, por lo general, cuando la cosa estaba bien, unos dirigían los cuerpos y otros las almas de un mismo elemento: el individuo.
Y por eso pasa lo de siempre: el alma, como es etérea, no sufre magulladura alguna; y el cuerpo, la carne, como es débil, sale de tales envites como unos zorros o, en su caso, con los pies por delante camino del camposanto y si te vi no me acuerdo.
En la calle ya, y habiendo cerrado el cura la iglesia, para que la enfervorizada masa no terminara rompiendo lo poco que quedaba por salvar en lugar tan sacro, y blasfemando para sus adentros contra la inconsciente apostasía del pueblo que dios había tenido a bien en darle a gobernar, en un arranque del que luego se arrepentiría, se subió a la tataramita del campanario, y tocó a duelo hasta que entendió que en el pueblo se había producido el silencio necesario para hacerse oír, aunque fuera a grito pelado y con las manos como bocina.
Desde lo alto de la torre, justo debajo del nido de las cigí¼eñas, que andaban moviendo las alas no sabiendo si marcharse antes de tiempo este año, aunque aún no fuera tiempo, el cura tiró la toalla y dijo dirigiéndose al alcalde:
-¡Mira, Servando! Lo nuestro no es la guerra sino la paz entre los hombres de buena voluntad y que son temerosos de dios, así que, como tú lo has querido así, que sepas que la parroquia se desliga de este asunto y se mantendrá ajena a las actuaciones que realice el poder civil.
¡El pueblo es tuyo!, dijo, y desapareció en las lóbregas oscuridades de la torre.
El alcalde, viendo la maltrecha tropa que acampaba desecha por la plaza y necesitando también que alguien le remendara algunas rajaduras que tenía por el cuerpo, decretó que: "mañana, a las nueve de la mañana, queda convocado el pueblo en esta misma plaza, para realizar una asamblea popular en donde se tomarán las acciones adecuadas para paliar o eliminar la amenaza de la llegada de los gitanos al pueblo".
Y de una orden tajante, que nadie osó rechazar, mandó a todo el mundo para su agujero echando hostias.
Paco Huelva
Septiembre de 2014