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El Olvido

Había soñado infinidad de veces con ella. Perdida en una sierra umbría llena de humedad, podía ser, sin embargo, cualquier aldea. No obstante, tenía rasgos propios que la diferenciaban del resto al igual que dos personas no pueden confundirse por mucho parecido que queramos sacarle. Rodeada de chopos y cruzada por un riachuelo de agua limpia, la aldea que buscaba, sabía él, la conformaban una veintena de casas de una sola planta levantadas en piedra. Antes de llegar al pueblo y junto a un anchurón que hacía la espesa arboleda, había una iglesia de factura probablemente gótica con un pequeño cementerio adosado.
La aldea por la que había paseado infinidad de veces durante sus sueños, estaba habitada por personas encantadoras que siempre lo recibían con la alegría de aquellos que lo hacen por primera vez, sin nostalgia ni remordimiento.
Nunca había reparado en sueños ni fuera de ellos en el nombre de la aldea, era un detalle que no parecía necesario.
Pero hoy, cuando despistado por la intensa niebla paró el coche en un cruce de carretera, encontró el panel de señalización de un pueblo cuyo nombre le sorprendió en exceso porque no tenía noticias de su existencia: el pueblo se llamaba El Olvido.
Intrigado por el descubrimiento, decidió continuar tanto para conocer el municipio que tal nombre tenía, como para descansar un rato y esperar que la intensa niebla se despejara.
Puso en marcha el coche lentamente procurando adivinar, más que ver, la carretera, y a unos cien metros descubrió un pequeño cementerio adosado a una iglesia en los que no reparó en exceso pendiente como iba de no salirse de la vía.
Transcurridos, no sabría decir cuántos metros desde que rebasó la iglesia, divisó entre la niebla un grupo de casas bajas y, ante la estrechez de sus calles, decidió estacionar el coche y buscar un lugar donde tomar café.
Mientras caminaba, algún resorte interior le indicó que conocía esta aldea, que a pesar de la densa niebla las macetas colgadas de las fachadas, los enrejados pintados con minio gris, el irregular empedrado por el que intentaba ajustar los pasos, eran escenarios comunes que formaban parte de la memoria...
Continuó andando por una calleja sabiendo que, al doblar el recodo que ahora se perfilaba, encontraría la plaza del pueblo y que, en ella, en una plaza triangular, estaría, en uno de sus vértices, el bar de Antón.
No conocía, que supiera, a nadie que se llamara así; sin embargo, el nombre se le había venido a la boca al rememorar la plaza: ¡Antón!
Con un vuelco al corazón, al llegar a la esquina encontró la plaza y, en el vértice, efectivamente, había una pequeña tasca con un símbolo de "La Casera" en su fachada, que decía: "Taberna Antón, Tapas Variadas".
Con un grito desaforado, se sentó de golpe en la cama, sudando, y comprendió que la aldea se le había escapado una vez más. Ahora sabía, sin embargo, que el lugar que buscaba desde hacía años se llamaba aldea de "El Olvido".
archivado en:
rafa leon
rafa leon dice:
17/12/2006 20:45

La aldea del Olvido, Paco, tarde o temprano -pero siempre es un instante-, termina por engullirnos e integrarnos desintegrados entre sus piedras yertas. Entretanto llega ese momento, yo me seguiré tratando, tal y como en realidad -claro está, en mi opinión- hace el protagonista de tu cuento, de aferrarme a los páramos del recuerdopor mucho que duelan los espinos que los alfombran.

Un abrazo
Rafa

PacoHuelvaCala
PacoHuelvaCala dice:
17/12/2006 20:52

Haces bien, Rafa; si no te aferras a lo que eres, a lo único que eres, a qué lo vas a hacer. Aunque muchas veces, eso suponga agarrarse tenazmente al recuerdo de un sueño que fue mientras duró.
UN ABRAZO
PACO HUELVA

manuel rubiales
manuel rubiales dice:
18/12/2006 09:36

Estupendo texto Paco. Tienes una capacidad extraordinaria para provocar ese tipo de reflexiones que se quedan en la boca del estómago, en la intimidad de una pausa en mitad de la jornada. Vino y besos