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Cuba

Cuando Juan Ramón Jiménez llegó a la Habana, descubrió a Lezama Lima, que según nuestro poeta "tenía la cordura y el equilibrio de un hombre experimentado y era conocedor profundo de lo cubano". Fidel Castro llegó a la Habana en 1959 para destronar al dictador Fulgencio Batista -que moriría en España-, y terminó convirtiéndose en el carcelero de las libertades públicas de esta isla caribeña. Según su hermana Eloísa, Lezama decía de sí mismo: "Soy un mulo con orejeras que va a su destino". El régimen de Fidel, que muchos aplaudieron en su génesis y que realizó avances importantes en diversas áreas, también se colocaría con el tiempo las orejeras -en este caso, las de la revolución; en vez de las de la sabiduría que fue las que utilizó su paisano Lezama- y terminó amarrando con pañuelos rojos las bocas, los ojos, las manos y los sentidos de cualquier disidente, sumiendo a Cuba -un pueblo culto y alegre- en una cárcel donde las ideas no podían transitar libremente. El Comandante, asfixiado además por la política ignominiosa del imperio norteamericano -que perseguía machacarlo como fuere, incluso matando de hambre al pueblo cubano- apoyada por el silencio cómplice de la comunidad internacional, hicieron el resto. Fidel ha hecho muchas cosas por su país, pero no todas son ensalzables. La balanza de la Historia -que debería ser escrita por los cubanos, que son los que han soportado las virtudes y las miserias del régimen- estimo que no le será favorable. Lezama escribió dos grandes obras literarias, "Paradiso" y "Oppiano Licario", y por ellas será recordado; de Fidel, en cambio, me temo que sólo quedará constancia de los errores que cometió.