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Teatro

Foto: fetam.es

Foto: fetam.es


Un guión teatral se mueve por un conjunto de emociones encontradas. La guerra lo hace por ideas inmutables que se estremecen con el tintineo del dinero y se lleva a efecto con beligerancias de por medio en donde los actores hemos de interpretar el hambre, la desolación, la inmigración o la muerte.
Lo que es obvio para cualquier dramaturgo no lo es para la clase política. Si le diésemos la vuelta a los regímenes políticos que gobiernan el mundo y mantuviésemos alimentadas y controladas adecuadamente las emociones y las necesidades de las sociedades existentes, no pasaría nada: todo seguiría funcionando. Si la acción de gobierno diera respuestas -aunque fueran escasas pero explicitadas- a las dudas suscitadas en la ciudadanía, ésta se sentiría si no satisfecha al menos atendida.
Sin embargo, vivimos en una mentira poco argumentada. En esa verdad entremediada, el objetivo de la Política es mantenernos en el suspense, en la inopia permanente; y digámoslo claro, esto es una acción encubridora y asesina donde los que han de ser asaltados, si se resisten, morirán sin remedio. Cuando estas situaciones se hacen manifiestas -tómese como ejemplo el conflicto en Siria-, cuando están a la vista las inocentes vísceras de la ciudadanía, la política culpa de esos errores a los espectadores, tildándolos entonces de asesinos y eludiendo así la responsabilidad contraída con los mismos de gestionar adecuada e impecablemente la res pública.
Como en la obra de Pirandello Seis personajes en busca de autor, la ciudadanía del mundo busca políticos de talla que sean capaces de dirimir el caos en que se encuentran diversas zonas del planeta. Lo de Siria es de vergüenza. Los papeles que interpretan en esta guerra Rusia, EEUU, Irán, la Unión Europea -con o sin Gran Bretaña- y sobre todo el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas -con su inoperancia manifiesta- están pidiendo a gritos que esta obra de teatro deje de interpretarse y echen a los guionistas y directores de una puñetera vez al basurero de la Historia.
Pero eso no ocurrirá, para desgracia de la humanidad. Y no pasará porque la guerra es una industria muy rentable y no la solución de problema alguno. Las naciones se están armando hasta los dientes, España incluida, y la amenaza de la guerra late como un corazón joven a punto de desarrollarse en forma plena. Y como el negocio es lo que prima, cuando se cierre el telón, dejará una vez más en el escenario a millones de muertos.

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El valor de las cosas

Foto: symbols.com

Foto: symbols.com


Andrés Neuman dice en El equilibrista que “Sería poco inteligente no reconocer que hay virtudes más importantes que la inteligencia”. Si a esta máxima le adicionamos el conocimiento adquirido a través de una formación reglada, de forma autodidacta o a través de la praxis, convengamos que estaríamos ante personas capaces de dilucidar a través del razonamiento cuantos dilemas fueran necesarios afrontar para llegar a conclusiones más o menos cercanas a la realidad.
En nuestra época lo que no faltan son ideas. Vivimos acosados por consignas que nos abruman hasta la saciedad; a veces no podemos identificar la verdad entre lo que nos venden y lo que realmente pasa. Somos adictos a las noticias y no somos capaces de identificar los hechos de los acontecimientos.
Y esto es grave. Muy grave, por no decir catastrófico para la humanidad. Estamos acostumbrados a creernos a “pies juntillas” todo aquello que sale de nuestra emisora de radio, de nuestra cadena de televisión preferida, de nuestro diario, del grupo político en que estemos adscrito o nos sea más agradable, de todo aquello que los líderes de la religión que practiquemos nos digan en sus altares o fuera de ellos, en definitiva, de esa sarta de irrealidades que conforma el cachito de espacio geográfico en que habitamos. De esa forma, hemos perdido no sólo la perspectiva sino también la capacidad de crítica. La posibilidad de poner en correlación diferentes ideas, analizarlas y tomar nuestras propias decisiones cada vez se hace más difícil.
Vivimos en una sociedad orwelliana en donde los grupos de presión que dominan el espectro de las ideas, gastan ingentes cantidades de dinero en diseñar cuáles son nuestros gustos, nuestras necesidades, qué debemos leer, comer, comprar o hasta soñar incluso. Y es triste, es triste vivir en el limbo.
El engaño y la manipulación forman parte del negocio, del comercio de las cosas. Sean éstas patatas, ideas, acciones bursátiles, pensamientos, códigos, filosofías o religiones. El ostracismo no es bueno, pero, creerse aquello que oímos y vemos tampoco. No queda más camino que el que proporciona esa duda permanente que es el escepticismo y el estudio, la lectura y la formación por libre.
El ser humano es, casi desde sus orígenes, un objeto que se manipula. Las últimas técnicas para conseguir de nosotros la máxima rentabilidad dejan poco margen para disentir, y eso, querido lector, es fundamental.

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A un niño desconocido

Foto: forosperu.net

Foto: forosperu.net


No te conozco, niño, pero he visto tu cara y tu cuerpo en todas las portadas de prensa y las entradas de los informativos. Te llevan en volandas gente que grita exigiendo venganza; que juran por algún dios que lo que han hecho contigo lo pagarán caro. Lo malo es que los que morirán, no serán los responsables. Serán más niños inocentes, como tú.
No podría explicar por qué ha sido necesario que mueras. Tanto tú, como los cientos de infantes muertos en esta guerra infinita, hace que debamos desconfiar de los gobiernos, de la política, de la diplomacia, de las religiones y, sobre todo, del ser humano y de sus objetivos.
No hay que fiarse de nadie, niño, de nadie. El mundo es un banquete de lobos hambrientos. Es una cuestión de dinero, de propiedades, de puro materialismo. Solo eso. Y debo reconocer que me genera una honda tristeza manifestar esto.
Sé que aún usas chupete; he visto en la foto cómo cuelga de tu cuello muerto un chupete con una cadena de plástico azul -como el color del cielo en un día esplendoroso de luz-.
En ese cielo -dicen- está tu dios y el de los otros. Coexisten allí sin problemas, en lo etéreo; pero, sus diferencias, las dirimen los hombres aquí, en tu tierra o en la mía, matando inocentes.
Si hubieras podido llegar a una edad en la que comprender los libros sagrados de unos y otros comprobarías que esto fue siempre así. Que no hay cielo sin infierno, que son las dos caras de una misma moneda. A los dioses les agradan los sacrificios: los hombres lo hacían y lo hacen en su gloria, en su honor. Una verdadera bestialidad.
Vuestros asesinos tienen nombres y apellidos. Los dirigentes que propician tales injusticias también. Los objetivos militares -tan inocentes en el papel ¿verdad?- se convierten en dagas que siegan la vida de la yerba verde, como la tuya, pero, a los estrategas de este averno les da igual.
Si tuvieras más años te explicaría, niño, que el negocio de la guerra está por encima de la ética, de cualquier ramalazo de moralidad. Los detentadores del poder económico propician los escenarios adecuados y a la ciudadanía nos corresponde poner los muertos. Aunque parezca aberrante, para ellos el fallecimiento de los otros es un juego en el tablero de ajedrez del mundo.
Sé que hay muchos ejemplos como el tuyo. Pero, a ti, te escribí un poema no hace mucho. Hoy me arrepiento de haberlo hecho: “Los dioses te mataron / y los hombres fueron su instrumento…”
¡Hasta siempre, niño!

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Los sin nada

menriqlacroix.wordpress.com

menriqlacroix.wordpress.com


Dicen que fueron quince, o cien, o quinientos, pero mienten. Dijeron quince, cien o quinientos -de los que no sé cuántos eran niños- pero, mienten. Eso dicen, dijeron y seguirán diciendo. Pero mienten, reitero. Son miles. Miles de seres humanos muertos alimentando a los peces que luego se comen quienes pueden pagarlo, quienes pueden o podemos pagarlos. Usted también, que me lee ahora.
Y digo que nos engañan porque hay muchos inmigrantes muertos por contabilizar dado que el número de pateras, cayucos, balsas de plástico o cualquier otro elemento que flote, que se va al fondo del mar sin que nos enteremos es incalculable. Nunca podremos saberlo; o quizá sí lo sepan algunos y no lo digan, así, sin más, porque no interesa a determinados gobiernos y punto.
Total, aquello que se esconde y nadie se entera no existe. De estas cuestiones saben mucho los diplomáticos todos y los servicios de inteligencia, por tanto, todos los gobiernos.
Las playas del sur se han convertido en un averno para los sin nada, pero, a ellos, a los desposeídos, a los sin techo, a los que han perdido en el tránsito de la vida hasta la dignidad, arrebatada por los poderosos a golpe de saqueos, de explotaciones faltas de ética alguna en sus lugares de origen, les da igual: el tártaro del que proceden es aún peor, por eso se arriesgan, por eso cruzan inmensidades abisales de agua sabiendo que pueden perder la vida.
Los yates que navegan mientras sus dueños toman el vermut en pelotas y el sol dora sus cuerpos remendados por lujosas clínicas, cortan con su quilla los cuerpos a la deriva y ni se inmutan. Hasta puede que realicen macabras competiciones para distender el ambiente: ¡Mira, allí hay otro, a ver si puedes partirlo! ¡No ves cómo ladra el perro!
Esto último, que es una metáfora, se aleja poco de la realidad. A los países ricos les importa un bledo el hambre de los otros; mientras ellos puedan seguir esquilmando la materia prima de los países empobrecidos a precios de saldo, pues… qué más da. Que hubieran sido previsores o nacidos en otros países, a ser posible en una familia con dinero. El negocio es el negocio, dicen los anglosajones, y es cierto.
¡Qué vergüenza la política de Europa en esta materia! Nadie menciona, exclama, grita, que no hay país sin un tiempo pretérito en el que sus ciudadanos fueran emigrantes.
¡Qué pantomima la de Naciones Unidas ante la perra vida de los sin vida! ¡Qué poca vergüenza! ¡Qué doble moral! ¡Qué ignominia!

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Ética y armamento

Yahoo Noticias

Yahoo Noticias


La industria armamentística es un negocio como otro cualquiera, con la única diferencia que sólo sirve no para persuadir como dicen sino para amedrentar, y en su caso, matar a ciudadanos de zonas, de lugares que geoestratégicamente se han convertido en apetecibles -en rentables, vamos- para aquellos que con mano de hierro imponen su poderío en el mundo machacando a los más débiles.
Si el mercado no ha cambiado, porque es sabido que esto de la oferta y la demanda se modifican a diario a criterio de unos pocos -la necesidad se crea o se impone si hace falta, que es lo mismo-, el decálogo negro y rojo sangre, en función de las ventas realizadas, de los países exportadores de armas en el mundo es el siguiente y por este orden: EEUU, Rusia, Alemania, China, Francia, Reino Unido, España, Italia, Ucrania e Israel.
Llegado a este punto del artículo lo primero que se me viene a la mente es lo siguiente: ¿Qué hacen la mayoría de estos países desarrollando “misiones de apaciguamiento” en países en conflicto cuando a ellos lo que de verdad les interesa es vender armamento? Desde un punto de vista ético el asunto es al menos indigno.
Los periódicos españoles de tirada nacional amanecieron el miércoles pasado con una noticia en portada, con un breve, muy breve comentario en interior, anunciando que las Fuerzas de Seguridad del Estado habían desmantelado en el mes de enero en nuestro país, depósitos de armas ubicados en Bizkaia, Girona y Cantabria, con más de 10.000 armas (fusiles, ametralladoras antiaéreas, obuses, granadas, pistolas, revólveres… además de material para falsificar la documentación de las mismas). También han localizado en Guecho un taller para la manipulación y reactivación de este armamento. Algún rotativo incluso titulaba la noticia de la siguiente forma: “El mercado negro del crimen se abastece en España”.
Segunda constatación: No solo vendemos armamento de forma legal, adecuándonos a los estatutos que legitiman tales acciones, sino que, también, reciclamos las antiguas, para que alguien las venda a grupos terroristas y a la delincuencia organizada. De miedo. El asunto es tan oscuro como un thriller en blanco y negro dirigido por Martin Scorsese, Quentin Tarantino o Clint Eastwood.
Pero dejemos los negocios, sean legales o ilegales. En qué lugar, en qué oscuro pasadizo se ha perdido la ética, esa disciplina que estudia el bien y el mal y sus relaciones con la moral y el comportamiento humanos.

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Dioses

Foto: pulso-digital.com

Foto: pulso-digital.com


Un sofista afirmó que los dioses fueron creados para vigilar a las personas cuando nadie las ve. Y puede que tuviera razón en su tiempo. Pero, esta solución que aportaron los sofistas hace siglos, dejó de ser válida al instante después de enunciarse. Porque… los pillos, los bellacos, los poderosos, saben desde siempre que todo eso es un cuento.
Los ciudadanos vivimos en un mundo virtual -en planos diferentes de comprensión- creado por la política y la religión, apoyado en los últimos tiempos por los medios de comunicación social: los escritos en cualquier soporte y las emisoras audiovisuales, además de la Red, que es lo más de los más: pero todos ellos tienen un denominador común: están controlados por la irresistible e imparable fuerza del dinero.
Los elementos que mueven el mundo de las ideas y los preceptos vienen encorsetados en papel moneda de curso legal, lo demás es accesorio. Ingredientes bien adobados con una magia epatante que absorben nuestros sentidos y que ocupan el tiempo de que disponemos. Son el cebo, la carnaza sustanciosa que el poder -el de verdad- utiliza para mantenernos fajados, maniatados a un lugar y a un pensamiento único, aunque este varíe de un país a otro y de un tiempo a otro. Pero el sentido profundo de tales manifestaciones sigue siendo el mismo.
Somos peones insignificantes en la rueda del mundo. Soldados rasos en el ejército global. Obreros sin cualificación en la fábrica que gobierna el sistema.
Los dirigentes de esta empresa son unos pocos de desconocidos que gobiernan los hilos del orbe como si cada país, en conjunto, fuera una marioneta a la que han aprendido a manejar de forma magistral, para que ejecute todo tipo de movimientos según las circunstancias y los intereses especulativos de cada instante.
Estos son los verdaderos dioses paganos del siglo XXI. En algún lugar ejecutan a alguien o realizan atentados selectivos; en otros permiten que la población se muera de hambre o auspician guerras civiles y, en otros, derrocan gobiernos legítimos. El objetivo final es que vivamos en la inopia, convertirnos en seres descerebrados. Eso es todo.
Pero, a pesar de lo dicho, se les escapan dos cosas: el pensamiento individual -ese que es de cada cual- y la revolución, es decir, esa suma de pareceres que llegado el momento revienta el sistema para hacer del mundo un lugar más habitable y menos corrupto. Y parece que va llegando la hora de ponernos de acuerdo a la vista de los mimbres.

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Globalización

Foto: EMACE.com

Foto: EMACE.com


Las palabras, el pensamiento de cada cual o el pensamiento conjunto, mutan con el tiempo. Se van adaptando a las necesidades al igual que nosotros nos acomodarnos a los rigores del tiempo cambiante o del medio que degradamos. Pretendemos así, subirnos a la nube ilusoria que nos hace creer que somos lo mismo, elementos inalterables personal y socialmente. Pero nada de eso es cierto.
Heráclito ya lo dijo hace algunos siglos, pero ahora al de Éfeso nadie lo lee. Pasamos por la vida de puntillas, sin dejar senderos, volando sobre falsas verdades, arropados por idiocidades que nos llegan de todos lados.
La esencia de la vida ha quedado arrumbada por falta de una meditación acorde con lo que a nuestro redor sucede. Ahora, las consignas que nos propulsan vienen enlatadas y recuerdan bastante a lo escrito por Aldous Huxley en Un mundo feliz o en tantas otras obras que antaño fueron catalogadas como de ciencia-ficción.
Desde que se inició el mercado único, que lleva siglos intentando instalarse y que sólo se ha conseguido con la implantación de Internet como herramienta dadora de ideas, cada vez somos más, todos, la misma cosa. La idea patrón de la verdad, viene servida a través de la prensa, la radio, la televisión y la Red. El mensaje camina arropado por imágenes reales o virtuales de lo que debemos ser. Los griegos ya distinguían entre el ser y el deber ser, pero esas cuitas a nadie interesan porque los gobernantes han encontrado la fórmula para que la ciudadanía viva en la inopia.
Mercado supone desarrollo -dicen-; conocimiento -iteran-; información en tiempo real -insisten-; motor del mundo -concluyen-. Pero, con esta paranoia globalizada dejamos atrás lo que nos distingue como seres humanos: el pensamiento individual, la reflexión sosegada, la meditación profunda. Incluso una de las características más importantes de los seres evolucionados: la disidencia. No hay lugar para ella. Lo estamos viendo en las sentencias que un día sí y otro también espantan a la ciudadanía.
A quienes no se ajustan a los patrones se les borra del mapa, se les coacciona o se les asesina, da igual; todo es la misma cosa. En definitiva, se trata de sustraer las ideas que no interesan con mano de hierro. Miren a Trump. A los fiscales españoles. A la xenofobia creciente. Al hambre de tantos. Al sueño roto de los estudiantes españoles. A la corrupción instalada acá y acullá o, si lo desea, al rostro feliz de Urdangarin.

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Doñana, Kumara

Foto: Huelva24

Foto: Huelva24


“Manchas entre los arenales del color de la miga del pan bazo. Personas que se miran con el recelo que usan los animales para otear lo desconocido y luego con deleite. Ver la inmensidad en lo pequeño, la Naturaleza en cada hojita suya, en cada minúsculo brote, en mí, en cada gota de agua. La desnuda inmensidad de la vida, ese prodigio disfrazado de normalidad que ensambla la Naturaleza, situaciones y personas.”
Las frases anteriores son de la periodista, filóloga, poeta y narradora Alfonsa Acosta, y están incluidas en el libro Doñana, Kumara puesto en circulación por la editorial Niebla con la colaboración de la Diputación de Huelva.
Alfonsa y quien firma esta columna hemos nacido en un mismo territorio y poseemos los estigmas de la aculturación que inocula el desarrollarse en una tradición dada. Ambos somos moradores y adoradores de una misma tierra: Doñana.
Desde mis años mozos he rendido a Alfonsa Acosta una suerte de pleitesía que con los años se acrecienta más y más. Su costumbrismo, la inmensidad de su amor, su forma de hablar y de estar, su constancia, su tesón en el tortuoso camino de la vida, su ética estética tan inusual, su apuesta por el ecologismo, la filosofía y el humanitarismo, la hacen a mis ojos una persona inconmensurable a la que por supuesto adoro.
Se pregunta Alfonsa en Doñana, Kumara: ¿Cómo adquirir el conocimiento de la verdad profunda que subyace en los aconteceres, en las acciones de las personas, en los seres todos, más allá de la ficción de la apariencia…?
En el conjunto de escritos que componen el libro Alfonsa lleva a cabo un ajuste con su memoria pero también con lo universal primigenio.
He leído el libro de un tirón en una madrugada cargada de humo y café. He caminado por sus veredas como un sonámbulo lo hace cuando se levanta, en su casa, andurrea por la misma, por esas conocidas estancias, y luego se acuesta de nuevo sin pronunciar palabra alguna, para seguir en el reposado sueño del que nunca saldré; porque al igual que la narradora, ese espacio me pertenece, como lo es también de la humanidad toda. Doñana es una diosa de la Naturaleza rodeada de depredadores afines al dinero fácil y rápido.
Por eso cuando oigo hablar de almacenamientos de gas en Doñana la sangre me bulle, los nervios se me contraen y me digo: ¡En Doñana, no! Dejen a la diosa como está y métanse el gas y las ansias mercantilistas en otro lugar. De paso lean el libro, por lo menos aprenderán algo.

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“Los celos de Zenobia” de José A. Ramírez Lozano


“…las voces templadas por la noche,
voces cuando ya no hay voz,
solamente un rumor tardío,
extraño al tiempo,
ofrecido como presente
para cualquier pensamiento.”
(Paul Celan)

Buenas tardes…
Gracias por asistir a una nueva sesión del CAL en Huelva, en este caso, en la biblioteca provincial, pero, sobre todo, por interesaros por la literatura, ese instrumento que permite al ser humano ser independiente y tener criterio sobre lo que acontece a su redor, auspiciando que el pensamiento único, ese que nos inoculan los medios de prensa, los audiovisuales e internet, nos rocen… nos afecten lo menos posible, nos hagan en definitiva el menor daño en las neuronas, teniendo como cayado, como soporte vital para sostener nuestro individualidad, la lectura, ese universo de universos que es el hecho literario.
Esa actividad, por otro lado, cada vez menos extendida y, en caso contrario, mal enfocada, dado que la literatura ha sido convertida por la mercadotecnia en un negocio, para desgracia de la humanidad, tal que una taberna, una farmacia, una charcutería o cualquiera otra actividad comercial que se nos venga al magín, dicho con todo respeto para las profesiones citadas.
Hoy tenemos con nosotros a un experimentado hacedor de mundos, al escritor extremeño José A. Ramírez Lozano, al que, en nombre de la Consejería de Educación y Cultura y del CAL le doy la bienvenida.
Debo también agradecerle que me haya permitido estar aquí, hoy, realizando una pequeña introducción a su última novela Los celos de Zenobia, con la que ha obtenido el Premio de Novela Breve Joan March Cencillo en su XXIV edición.

Ramírez Lozano es un corredor de fondo. No en vano tiene editadas más de ochenta obras literarias, que, por supuesto, no voy a citar.
Ha recibido a lo largo de su ya extensa trayectoria infinidad de premios y galardones (de los más importantes de este país) tanto en poesía como en narrativa, con diversas incursiones en la literatura juvenil, otra de sus especialidades.
Sobre JRJ y sobre Zenobia Camprubí, o en su caso, sobre la relación de ambos, se han escrito infinidad de artículos y ensayos. Tantos, que, en 1999, en una bibliografía realizada por Antonio Campoamor González editada por la Fundación Juan Ramón Jiménez, hay datados en 1.999 la friolera de 11.915 publicaciones en español.
Si pensamos un poco en lo que ha cambiado la realidad editorial desde esa fecha hasta hoy, y el aumento considerable de editoriales a un lado y otro del Atlántico, y a ello le sumamos, además, las realizadas en otras lenguas, la expansión de la obra de JR es desde luego apabullante.
Eso da fe de su grandeza, de su constancia y de su originalidad.
Una verdadera barbaridad el interés que la obra del moguereño ha suscitado y sigue engendrado entre lingüistas del mundo entero. Su obra, sin duda, lo merece. No sólo su poesía sino también la excelencia de una prosa articulada en torno a la perfección en el decir.
Pero Ramírez Lozano no ha querido entrar en estas diatribas ni mucho menos en los dimes y diretes que las mismas generan entre los estudiosos de nuestro ilustre paisano, y que, con seguridad de oráculo, seguirán produciéndose en torno a la poética y la narrativa de JRJ por mucho tiempo.
Con un estudiado y meticuloso razonamiento narrativo Ramírez Lozano nos introduce con Los celos de Zenobia en una novela, cuyos personajes principales son Juan Ramón, Zenobia y el abogado, articulista y editor Juan Guerrero Ruiz, amigo de la pareja, que soportó estoicamente la irreverencias del de Moguer, como si tal castigo le hubiera sido asignado por los dioses del Olimpo.
El tiempo de la novela lo sitúa Ramírez Lozano en los primeros años de matrimonio de tan singular y atípica pareja, dados los diferentes caracteres de ambos, en donde, lo introvertido de uno hubiera debido chocar con la mujer libre, feminista, viajada y dicharachera que era Zenobia.
A ojo de buen cubero, nadie de los que conocieron a JRJ hubiera dado un real por la consistencia de esa relación que, como sabemos, duró cuarenta años, y en la que Zenobia fue el sostén, la enfermera, la secretaria, la mantenedora, la novia, la madre, la psicoanalista, la correctora, la protectora en definitiva, de un hombre obsesionado, enfermizo, místico y misántropo como fue nuestro poeta más universal y, alguna vez lo he dicho y hoy lo repetiré, sin cuyo esfuerzo y dedicación a la obra de su marido, seguro estoy que jamás hubiera obtenido el Premio Nobel de Literatura. No por nada, sino porque no la hubiera desarrollado con la fijación que lo hizo, y hubiera muerto en un psiquiátrico abandonado por todos y, sobre todo, extraviado en sí mismo, que es el peor lugar del mundo en donde uno puede perderse.
Por la novela circulan Vázquez Díaz, Emilio Sola, Unamuno, Azorín, Baroja, los Machado, Rubén Darío, Pedro Salinas, Guillén, Gabriel Miró, Lorca, Alberti, Dámaso Alonso, Ignacio Sánchez Mejías, Neruda, Pepín Bello o Fernando Villalón entre otros muchos.
Pero no quiero que mis palabras lleven a confusión. Los celos de Zenobia no es una novela histórica, ni mucho menos.
El epicentro de la novela está en la obsesión de JRJ por encontrar “una poesía libre de impurezas, digna de ese absoluto al que aspiro”, en palabras de Ramírez Lozano.
No deseo dar claves que eliminen la sorpresa del lector cuando pose sus ojos por esta pequeña (en extensión) joya escrita por Ramírez Lozano, y que, de seguro, dará satisfacción a los amantes de la ficción en literatura.

Sólo daré una pista. Al igual que Pirandello en una de sus obras teatrales más afamadas, hablaba de personajes que buscaban un autor para desarrollarse en el escenario, Ramírez Lozano, dada la búsqueda del absoluto, de la perfección, de la palabra esencial que mantuvo a JRJ enredado en correcciones toda su vida, nos sorprende en esta novela, con un autor que busca a los personajes de su poesía primera para arrancarles toda carnalidad, todo aquello que no es níveo, limpio o puro a su entender. La máxima de ese autor, que no es otro que JR, sería limpiar la impureza de las palabras hasta encontrar el silencio.
Curiosamente, Sócrates, que como sabemos nada dejó escrito y su palabra nos ha llegado a través de filósofos posteriores, decía algo que a mi entender hubiera podido asumir nuestro poeta, y era lo siguiente: “el resto no dicho, que habita en la palabra poética”. Además, Sócrates, al igual que JR, se mostraba sorprendido de “ese silencio que habla”.
Pues bien, para ir terminando, Ramírez Lozano ha escrito una novela que no deja de ser un divertimento, en donde, el narrador, ha sabido encontrar el oleaje oportuno para esas palabras errantes que transitan por el mar que es el pensamiento de cada cual, en este caso, el suyo, y condensar, quietas ya, inmutables en los límites del texto, las palabras precisas para desarrollar la trama y que sólo permiten ya, las variaciones del entendimiento de cada lector que pose sus ojos sobre las mismas.
Gracias por vuestra atención, y ahora, con todos nosotros, el maestro José A. Ramírez Lozano.
Paco Huelva
Centro Andaluz de las Letras
Siete de febrero de 2017

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El asedio de Europa


Europa es una fortaleza asediada; un castillo medieval rodeado por seres famélicos que intentan colarse por cualquier rendija.
Los actos de las personas nacen de la necesidad, del interés o de ambas cosas. La invasión de Europa por los hambrientos es un hecho irreversible. Esta afirmación, que a muchos les parecerá apocalíptica es verosímil sólo con cavilar un poco.
Los nuevos moradores ven en el vecino continente europeo la única fuente para apagar la sed de la necesidad. Las antenas parabólicas, Internet y las redes sociales transmiten una imagen idílica de Occidente. Esta visión contemplada desde la estrechura y el secarral en que viven multitud de ciudadanos del continente africano tiene los suficientes atractivos como para intentar la odisea de descubrir un nuevo mundo, aunque se pueda morir en el intento.
Hace siglos se cruzaba el Atlántico en barcos poco más grandes que una cáscara de nuez y ahora se cruza el estrecho en pateras. Entonces se buscaban tesoros (oro, diamantes, tierras, especias…) y ahora se busca saciar el hambre. Las formas son diferentes, la finalidad es la misma que antaño.
La felicidad se ha revestido de colores occidentales para muchos africanos y magrebíes igual que antes tenía colores americanistas para los europeos.
Luego, cuando llegan, igual que entonces, sólo unos pocos tendrán posibilidad de medio vivir; pero peor es morir de hambre: pasar la vida masticando la soledad y la miseria en países desarticulados y sin futuro.
Con la llegada masiva -que nadie podrá parar- Europa está llamada a mezclarse racialmente. En esa fusión viene incluida, no lo olvidemos, la aceptación del otro, la convivencia con otros hábitos, con otras formas de entender el mundo, con otras religiones y otras culturas.
De esa mixtura, a pesar de los agoreros (racistas, xenófobos y otras yerbas) saldremos reforzados. Porque la limpieza de sangre, la primacía de la raza blanca (como lo ario de Hitler o lo norteamericano de Trump) y otras sandeces, mira el mundo con el ojo del culo y no con la mente, que es por donde se ve.
Una nueva realidad planea sobre Europa. Oponerse a ella es absurdo. La solidez de algunos símbolos que ahora son intocables deberá ser repensada. Habrá que dar cabida a otros, desconocidos en nuestros pagos. Pero no nos rasguemos las vestiduras. Los símbolos son sólo eso, símbolos. No les demos más importancia de la que tienen.
No habrá muros ni alambradas que paren la inmigración.

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