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Disquisiciones


Hay un momento en la vida de cada persona en el que, reflexionando sobre sí, ha de preguntarse si merece la pena el esfuerzo realizado para llegar a ser lo que es. Este curioseo -aparte de tener muchas respuestas, tantas como individuos-, viene aparejado con el desasosiego que nos produce el hecho de que enfrentados a un espejo, no nos reconocemos en la imagen que nos reintegra. Tiene el espejo esa cualidad de devolvernos una imagen de alguien que se parece a nosotros pero que no somos nosotros. Sabido es que Borges tenía una gran fijación con los mismos hasta que la ceguera lo liberó de ese tormento.
Si a ello le sumamos que cada uno de por sí es una amalgama de existencias que intentan ser un solo ser y que, dependiendo de las circunstancias, actuamos de una u otra forma en función de intereses particulares, políticos o coyunturales, pues, apague y vámonos.
Si decimos que Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Bernardo Soares, Vicente Guedes, Fernando Pessoa o Álvaro Coelho de Athayde (del que la editorial la Isla de Siltolá acaba de publicar La educación del estoico, traducido por Manuel Moya y con un prólogo exquisito del filósofo Julio Moya), son todos el mismo individuo, pues lo más probable es que haya lectores que no se lo crean. Y estarían en su derecho, porque, cada uno de ellos pensó de una manera, nació en un lugar distinto y escribieron libros distintos.
Vivimos instalados en una quimérica ambigüedad y nuestro conocimiento de la realidad es ínfimo; tanto, que aún utilizando los mismos signos de lenguaje, nuestros ideogramas pueden ser incomprensibles para los otros.
Además, nos han educado para reservarnos, para no decir lo que pensamos. No hay más que mirar a los líderes políticos. Uno tiene la certeza de que nos están mintiendo. Siempre. Sin excepción alguna. Y sin embargo los votamos, una y otra vez. Un misterio, mire.
La verdad, nuestra verdad, casi nunca sale a flote, siempre queda escondida. Somos actores que ejecutan un personaje. El mundo es un gran teatro donde la individualidad se pierde para formar parte de una cadena que tira de nosotros hacia un inevitable destino: el modelo de sociedad donde hayamos nacido o estemos inmersos.
Cada uno de nosotros es un pequeño “museo de minucias efímeras” -como denominaba Borges a los periódicos- donde resulta casi imposible no rozar la locura. La capacidad humana para interrogarse tiene estos inconvenientes: podemos perdernos en el camino.

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El laberinto

Foto: es.wikipedia.org

Foto: es.wikipedia.org


El acceso al Palacio de la Moncloa se ha convertido en un embrollo de tal magnitud, que el mito helénico del laberinto de Creta parece un juego de niños comparado con las dificultades que los españoles venimos padeciendo para que un nuevo inquilino -que no esté en funciones, que pueda ejercer con todos los atributos, con todo el imperium que el cargo conlleva- se aposente en su poltrona de una vez, y sepamos quiénes narices somos, cómo nos llamamos, cuántos millones de euros nos va a pedir la UE de manera inmediata; cuánto tiempo queda para que la hucha de las pensiones se vaya al garete; si vamos a pedirles o no a los bancos lo que nos adeudan, ahora que tienen ganancias; si el río de jóvenes con títulos universitarios que continúan marchándose de España va a parar o no; si se creará alguna vez trabajo que no sea precario en este país…
En fin, una lista interminable de preguntas que nadie puede contestarnos porque no hay manera alguna de tener Gobierno. Además, el minotauro aposentado en el laberinto no deja de manifestar que las cosas están así porque los demás no le ayudan.
Mitos aparte, hay escritores a los que admiro que han escrito mucho y bien sobre los laberintos; que vendrían a ser a mi entender, una especie de sueños en los que intentas subir una escalera interminable que nunca se acaba y cada vez, con más tesón y premura, hay alguien o algo indefinido que te persigue, que está a punto de alcanzarte y uno está cada vez más exhausto, hasta que, el bombeo del corazón a punto de destrozarse te despierta con una sudoración de órdago y con la sensación de estar en el limbo.
Así siento que estamos los españoles. Soñando un sueño ajeno impuesto por nuestros líderes políticos. Y estamos hartos de soñar, oigan. ¡Hasta los mismos tuétanos!
Los temas recurrentes en los laberintos ficcionales suelen ser los secretos, la corrupción política, la soledad, el tiempo o la asunción del poder. Pero, se da la circunstancia, que, de nuevo, la ficción se adelanta a la realidad, y lo que nos acontece ya estaba escrito en el mito de el laberinto de Creta -como se ha dicho-, El laberinto de las aceitunas de Eduardo Mendoza, El laberinto de la soledad de Octavio Paz o en estos versos de Borges que dedico al próximo Minotauro, sea quien fuere el mismo: No habrá nunca una puerta. Estás adentro/ y el alcázar abarca el universo/ y no tiene ni anverso ni reverso/ ni externo muro ni secreto centro.
Al menos nos quedan los libros y los sueños.

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III Gerra Mundial

apocalipticus.over-blog.es

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Que el mundo está en guerra es evidente. No hace falta que lo digan -como lo han hecho- ni François Holland ni el Papa ni cualquier otro mandatario.
Porque la guerra, como todo, ha evolucionado y mucho. En este triste caso, para peor. Es decir, la capacidad destructiva de las armas en liza es tan demoledora, tan portadora de daños irreparables para las construcciones, las infraestructuras o el medio ambiente, sin hablar de lo fundamental, el inimaginable número de muertos y damnificados -físicos y psíquicos- que puede dejar en el escenario de la refriega el uso de los últimos inventitos de la industria bélica, que da pavor el sólo pensar que dicha rueca pueda ponerse en marcha y comience a bobinar una inconcebible negra madeja, por mor de unos pocos de locos y siniestros mandatarios públicos o de facto -que tanto monta.
Pero, nada hay que descartar del comportamiento inhumano del ser humano. Y esto no es un oxímoron ni se le parece, es pura Historia conocida por los alumnos de primaria de cualquier país del mundo. Por tanto, de qué nos extrañamos; si la ciudadanía, la que debiera detentar el poder soberano hace mucho que perdió las riendas de la toma de decisiones y la dejó en manos de unos burócratas, que -hayan obtenido el poder de manera democrática o por la fuerza- sólo legislan en beneficio de intereses espurios nada concordantes con los demandados por la ciudadanía a la que debieran servir, para qué quejarse, entonces.
No hace tantos años, la guerra se anunciaba públicamente, se llamaba a filas a la soldadesca que habría de morir en honor de tal o cual patria, se preparaban los pertrechos y el avituallamiento, se escogía incluso el lugar en donde se enzarzarían a mamporros, escopetazos o cañonazos, se elegía el día y la hora, y luego, alguien vencía y otro capitulaba.
Pero esto se acabó.
Las armas atómicas, nucleares, químicas o bacteriológicas son tan letales, que dicen los listillos que se tienen solo para intimidar. Hasta que explote una ojiva casual o intencionadamente, y como precaución, el resto de países destruirá el mundo habitable en un par de horas, por si acaso iba con él el tema. Un delirio absoluto.
Y como lo anterior no puede hacerse, pues se han puesto de moda los atentados, que necesitan menos recursos humanos y materiales, pero permite seleccionar el país que se desea aterrorizar. Y en esa estamos, en la tercera guerra mundial desde principios de siglo, sin siquiera anunciarla.

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Juventud abandonada

Foto: es.dreamstime.com

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España posee en estos momentos la generación más capacitada de todos los tiempos. El acceso universal a la formación ha traído consigo que muchos padres nos sintamos orgullosos del esfuerzo realizado por nuestros hijos y también, de nacer o vivir, en un territorio en donde las políticas sociales han permitido a los que así lo han deseado, adquirir unos niveles educacionales acordes con las capacidades de cada cual, las dosis de voluntad esgrimidas y el esfuerzo desarrollado para conseguir las metas que se propusieron.
La contrapartida a lo dicho es sabida por todos. A muchos de ellos, de nada les ha valido el esfuerzo. Es decir, no han podido entrar en el mercado laboral y, los que lo han conseguido, disfrutan de unos sueldos pírricos, de unos abusivos horarios o, en muchos casos, cansados de esperar una oportunidad, han hecho la maleta y se han largado a otro país para ser explotados.
Y esto es triste, sí, pero también vergonzoso. Este derroche, esta fuga de cerebros que gangrena el futuro inmediato de España, esta sangría, nos pasará factura en los venideros años, digan lo que digan algunos políticos de derechas que no entienden que todas las personas somos portadoras de derechos, y que dicen ahora, con sus mentiras, que les harán regresar a su país.
Mienten, saben que eso no será posible excepto en un número irrisorio de personas porque, los países de acogida, aquellos en los que se han podido instalar, han conseguido una mano de obra cualificada, deseosa de trabajar y demostrar sus capacidades y, además, para más dicha, su formación nada les ha costado puesto que la hemos abonado con la caja de todos, esa que cada vez está más enjuta y polvorienta.
Los que conseguimos cambiar de status social en los albores de la democracia en este país, a mediados de los años setenta del pasado siglo, espoleados por unas políticas que propiciaron una formación dada y el posterior acceso a un puesto laboral retribuido acorde con las capacidades obtenidas, no podemos más que estar en desacuerdo con las políticas impuestas por los gurús de esta nueva raza de liberales que anteponen la economía, la rentabilidad, el negocio en definitiva, por encima del bienestar de la ciudadanía.
Hay cuestiones que no pueden dejarse a la iniciativa privada, jamás. Y la educación, el trabajo, la cultura, la sanidad, la dependencia y la seguridad integral de las personas no son negociables. Son derechos inalienables del ser humano.

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De espera

Foto: definicionabc.com

Foto: definicionabc.com


En España las personas con derecho a voto estamos hasta las gónadas de ir a votar. Llevamos como saben, dos elecciones, sin que ninguno de los candidatos haya obtenido el apoyo para formar un Gobierno estable que dirija y lleve a efecto el programa con el que se presentó a las elecciones.
Un asunto bastante grave si se piensa un poco, porque, la tal cosa, denota que no hay un líder que sobresalga con fuerza suficiente sobre los otros; que convenza al electorado de manera fehaciente y con quien la ciudadanía comulgue de forma incondicional, entiéndase mayoritaria, de forma que pueda iniciar la tarea de gobernar con la tranquilidad, el rigor, y el sosiego que España necesita en estos momentos.
Pero no, ese no es el caso del escrutinio resultante de las votaciones celebradas el 26 de junio y lo sabemos todos.
El PP de Mariano Rajoy ha aplicado al resto de candidatos una estrategia de la inmovilidad que ha vuelto a dar resultado y, esta vez, con más ventaja que la anterior, a pesar de la ristra de casos de corrupción existentes en ese entramado mafioso -supuestamente, lo dejaremos ahí, sin más- que afecta a una parte de sus líderes políticos. Pero, de nuevo, hay que admitir sin sonrojo alguno, que el PP ha vuelto a ganar las elecciones. Punto.
Del PSOE de Pedro Sánchez, para qué hablar. Sánchez ha tirado por la borda el buen hacer de casi siglo y medio de políticas sociales, progresistas, tan necesarias para un mundo más justo, igualitario y con la equidad suficiente para que todos, haciendo un esfuerzo según sus niveles de renta, contribuyamos a un mundo más solidario y humanista. Vamos, que ha mandado al PSOE al carajo, por mucho que quieran sacar pecho los miembros de su equipo electoral.
El batacazo de Unidos Podemos ha sido de órdago. Podían haber sido y lo han tirado todo por la borda, al menos por ahora. Quizá solo y exclusivamente, por no tener el líder adecuado. Me pregunto qué cuadro tendríamos hoy si hubiera sido Errejón en vez de Iglesias, quien dominara a Podemos y todas sus confluencias. Otro gallo hubiera cantado la madrugada del 27-J, sin duda.
De Ciudadanos tampoco merece la pena hablar. Se les han notado demasiado las ansias de tocar el poder como fuera y con quien fuera. Pero Rivera es un chico listo y pasará a la acción en cuanto Rajoy le haga un hueco. Lo está deseando, y Rajoy tampoco tiene muchas alternativas para seguir en la Moncloa.
Toca esperar, es lo democrático aunque no guste a algunos.

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Acuerdos necesarios

Foto: definicion.de

Foto: definicion.de


Conocí a Eladio Salichat en el amanecer de la pubertad, en ese tiempo en que los lirios parecen lirios -aunque no lo sean- y los nardos, nardos. En aquellos albores de nuestras vidas, Eladio parecía que fuera a consagrar su vida al encauzamiento de almas distraídas, dado que su apego y fijación por los menesteres eclesiásticos era evidente; al menos, así lo llegó a confesar en repetidas ocasiones.
Es sabido que en esta vida ha de existir de todo y cada cual es libre de elegir el destino que desee, o que pueda, por ser más preciso en estos tiempos de vendavales y tropezones, de inhabilitación de principios o de ausencia de valores.
Me he topado con él, por azar, en un vagón del Metro de Madrid. No sé cómo nos hemos reconocido; quizá por el brillo pícaro y como de complicidad que han desprendido nuestras pupilas: posiblemente lo único que tenga algún parecido con lo que fuimos otrora.
Eladio me contó, en el breve trayecto que anduvimos juntos, que se alejó de aquello -así lo ha dicho-, después de haber leído a Milton, a Goethe y, sobre todo, gracias a un relato de Pessoa llamado La hora del diablo.
En dicho relato el maestro portugués sitúa en el proscenio literario a Satán y a María, una mujer cualquiera, una esposa corriente, embarazada de pocos meses, que asiste perpleja a la aparición de un heterodoxo Fausto pessoano.
En la lectura de los autores citados, dijo Eladio, encontré una razón devastadora que apagó la lumbre que empezaba a germinar en mi persona: que la existencia de Mefistófeles, Satán o como quiera llamársele al tal sujeto en cualquier religión, es un elemento imprescindible para la existencia de los dioses.
Que el Mal, como tal, en sentido estricto, es solo una panoplia ideada por los oráculos de cualquier época y lugar, con la que nos mantienen amordazados mientras vivimos.
Queda justo una semana para que los líderes políticos de este país -dioses o diablos-, convenzan al electorado de que su opción es la más adecuada para resolver los problemas de la ciudadanía. A partir de ahí, deberán guardar silencio y esperar el designio de las urnas el 26 de junio, que colocará a cada cual en un lugar determinado: en el Gobierno o en la oposición; o, lo que también es posible, en unas terceras elecciones, que ya sería la rehostia -con perdón.
Salichat no existe, es puro cuento, pero, España y los españoles sí. Y estamos hartos, oigan. ¡Pónganse de acuerdo o márchense!
17 de junio de 2016

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José Nogales

Foto: casadellibro.com

Foto: casadellibro.com


Hay escritores que son unos completos desconocidos, a pesar de una obra ingente; otros, brillan unos años entre sus coetáneos y luego desaparecen por siempre; algunos otros, los menos, poseen una estela que recorre el tiempo y vence fronteras, pueblos y culturas.
José Nogales Nogales, que por desgracia pertenece al segundo grupo de los descritos, nació en Valverde del Camino en 1860 y falleció en Madrid en 1908. A su entierro acudieron Canalejas, Moret, Blasco Ibáñez y Pérez Galdós entre otros. Sin embargo, pocos, muy pocos, saben de su buen hacer periodístico, literario o político, ni siquiera en su tierra.
Esta semana pasada el profesor Ángel Manuel Rodríguez Castillo presentó en la Biblioteca Provincial de Huelva, escoltado por las dos figuras más señeras de la literatura onubense actual (Manuel Garrido Palacios y Manuel Moya) Cuentos escogidos de José Nogales Nogales, puesto en circulación por la editorial Renacimiento.
El texto consta de un prólogo de Rodríguez Castillo, de cuarenta cuentos de Nogales y de un epílogo a modo de conclusión, denominado Añoranzas.
Rodríguez Castillo conoce como pocos la obra de Nogales, no en vano realizó su tesis doctoral sobre el mismo: Vida y obra de José Nogales. De ahí que los cuentos seleccionados por él sean un manjar para los aficionados al género. Divide los mismos, con acierto, en cuatro apartados: Del siglo de oro y picarescos, Leyendas y supersticiones, Naturalistas y moralistas y Otros temas.
He posado mis ojos por cada una de las páginas del libro con pasión de diletante. Hay quienes dicen que los cuentos y las novelas envejecen, no es cierto. Lo que se degenera son las modas, incluso los estilos, pero no los textos bien escritos. Sólo hay que situarse en el tiempo de los mismos y dejarse llevar por la ambrosía de la palabra evocadora, del verbo ágil, de la narración que nos lleva a espacios reales o ficticios. Y José Nogales nos transporta a un mundo reconocido en su tiempo como original, paisajístico, incisivo, satírico, crítico y reivindicativo. De ahí quizá, de “su ausencia de pelos en la lengua” tanto en el campo político como en el literario, le vengan estos males: este olvido.
Baste decir, para finalizar, que con su cuento Las tres cosas del tío Juan, ganó en 1900 un concurso organizado por El Liberal, donde Emilia Pardo Bazán y Valle-Inclán quedaron segunda y tercero respectivamente. Cosa que no le perdonaron, por supuesto.
9 de junio de 2016

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Rafael Vargas

Foto: huelvainformacion.es

Foto: huelvainformacion.es


El próximo domingo día cinco en el Teatro Municipal de Aracena, la Asociación Colegial de Escritores de Andalucía hará entrega del III Premio Mecenas de las Letras Manuel Altolaguirre al poeta, narrador, editor, antólogo y crítico literario de Minas de Perrunal Rafael Vargas.
La mirada de Rafael Vargas nace del hambre atávica que afecta siempre a los más desfavorecidos, de la continua reivindicación de los derechos inalienables del ser humano, del sufrimiento que se padece en los hondones de las minas, de los horrores de todas las guerras, de la lucha del hombre para conseguir el pan de cada día, de su capacidad para ver los ojos abiertos, legañosos, de niños llenos de churretes que esperan algo sin saber muy bien qué, nacidos en sociedades insolidarias y mezquinas; del sufrimiento propio y ajeno ante las adversidades de la vida, de la falta de equidad en las políticas, de la desigualdad en el reparto de los bienes existentes, del dolor de todos los muertos, de cualquier tiempo y lugar, que fenecieron luchando por la libertad; del amor por los semejantes como una primaria e ineludible necesidad, del contundente rechazo a los dictadores verbos o de la insumisión ante la injusticia que le corre por las venas.
Vargas va a morir luchando hasta el último segundo de su vida, tal como ha vivido; mascullando verso tras verso para designar con palabras exactas aquello que desea que el lector comprenda, aprehenda.
Hay quienes piensan que al final de las guerras los vencedores son grandes y sus muertos héroes. Pobres ilusos. Los grandes y héroes, los excelsos, son los que resistieron como pudieron los embates de una lucha fratricida y desigual que pone en manos de los poderosos todos los instrumentos necesarios para machacar a los más débiles; y donde, a pesar de todo, los últimos, resisten como pueden en defensa de sus ideas o mueren en el intento. Vargas sabe que no se puede ni se debe huir de la memoria y quienes lo hacen no sólo se traicionan a sí sino a toda la humanidad.
Los poemarios de Rafael Vargas son aguijones que se clavan en la conciencia de todo lector al que le quede un poco de vergüenza en el cuerpo, de sentido común, de idea de pertenencia a una sociedad dada.
Como miembro de la junta directiva de la Asociación Colegial de Escritores de Andalucía he de agradecer por siempre, a mis compañeros, que por unanimidad hayan concedido a Rafael Vargas esta distinción de la que desde luego es digno merecedor.
Paco Huelva
2 de junio de 2016

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Camilo Gómez Cruz

Foto: www.huelvainformación.es

Foto: www.huelvainformación.es


Muchas personas tienen un concepto equívoco de lo que es la amistad. Decía sobre la tal cosa el cordobés Séneca: “No hay amistad más que en la gente de bien.” Y el dublinés Oscar Wilde: “Sí, el amor está muy bien, a su modo, pero la amistad es una cosa mucho más alta. Realmente nada hay en el mundo más noble y raro que una amistad verdadera.”
Alguno puede tacharme de lo que le dé la gana, pero yo siento orgullo de ser amigo y reconocerme como tal, en él, en ese hombre sencillo, patriarcal, cabal sin fisuras que es Camilo Gómez Cruz.
Mi amigo Camilo, el incansable luchador, el descontento, el alienado si quieren, ese que ha defendido contra viento y marea este cacho de tierra llamada Huelva y que la ha llevado por bandera en donde quiera que ha estado; ese lugar no reivindicado como excelso las más de las veces por los obligados a ello y que sin embargo forma parte de su idiosincrasia, de la epidermis de su ya enjuto cuerpo: marismas, esteros, salinas, playas, cotos, sierras, romerías, fandangos, guitarras, son, tronío, palmas, volantes, arenas, pinares, compás, tamboriles, aguardientes, barras, nudillos, cantes en la intimidad o “soníos” negros…, mi amigo Camilo, decía, que no se ha dejado nada atrás, que se lo ha comido todo -como debe ser, dicho sea al paso-, presentará su último libro Orígenes, evolución y vivencias del arte flamenco el próximo lunes en el Gran Teatro de Huelva.
En el prólogo del libro “Fosforito” dice de él: “Necesitamos muchos Camilos, hombres íntegros, con las ideas claras, que sepan entender la pureza de los conceptos.” Y esto debiera hacernos reflexionar, meditar un poco y desterrar absurdos clichés enquistados no sabemos bien por qué, en el imaginario común de esta provincia, de que todo aquello que viene de fuera, del exterior, es mejor que lo producido en casa, lo autóctono. Craso error.
De maestro de ceremonias actuará quien firma esta columna y de presentador del escritor un genio, Arcángel: el mejor cantaor que ha dado Huelva en su historia, en palabras del propio Camilo Gómez Cruz.
El libro contiene 253 fotografías -las he contado- de artistas procedentes del baile, de la guitarra, del son y del cante flamenco, muchas de ellas de propiedad del autor y por tanto inéditas, y por sus páginas transitan más de medio millar de artistas del flamenco.
Ya sabe, el próximo lunes 30 de mayo, a las 20:00 horas, Huelva tiene una cita consigo misma y con su historia en el Gran Teatro.

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Preguntas vespertinas

Foto: www.emaze.com

Foto: www.emaze.com


Sentarse a escribir y aporrear las teclas del ordenador con los huesos desnudos de piel y de carne, de los dedos; con la mente desierta de principios y de universales valores fagocitada por los trucados mensajes de los usureros de siempre.
Buscar la luz, no en donde te la ofrecen, sino en los rincones en que fue escondida, sepultada para que no la viésemos.
¿Cómo aprender el desaprendizaje?
¿Cómo dejar atrás tantas y tantas señales que nos fueron obsequiadas con el propicio rito de verdades inmutables?
¿Cómo hacerlo sin quedarte solo en el mundo, sin volverte loco, sin que te señalen todos los otros, como diciendo ¡encima! a qué lugar irá este tonto?
¿Cómo?
25 de febrero de 2016

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