LA GATA LITERATA

El próximo martes a las 21:00 horas iniciará su recorrido en Huelva la tertulia “La gata literata”. Con vocación de permanencia en el tiempo, llega para quedarse… para instalarse entre nosotros. Los organizadores de la misma, entre los que me encuentro, han apostado por una noche creativa a la semana donde se hablará de narrativa, poesía, prensa, radio, pintura, performance, teatro…, con total libertad, y a la que acudirán artistas de la provincia y de todo el territorio nacional. La asistencia es libre y gratuita. Está situada en el Bar Cantalojas, en la prolongación de la avenida Andalucía -en el Edificio Florida. Este martes acudirá el poeta Eladio Orta quien nos leerá poemas de su antología “Tierrafirmista”, y que estará acompañado por el editor y escritor Marcos Gualda. El calendario previsto para los martes de los meses de febrero y marzo –recuerden, a las 21:00 horas-, contiene la participación de la periodista Lidia Jiménez (que hablará sobre “Literatura y medios de comunicación”), el escritor Uberto Stabile (que presentará su último libro, “Tatuaje”), el poeta Francis Vaz (que hará lo propio con “Antología de Drink River”), Paco Huelva (que moderará el debate “¿Crisis en la literatura?”), el grupo La Laca Digital (que nos mostrará un recital de perfo-poesía), el poeta Rodrigo Muñoz, y Pepe Varos (que hablará sobre “El mundo de la edición y el futuro del libro”). Hay quienes dicen que la soledad es un elemento necesario para el creador, pero no la incomunicación. De ahí la necesidad de esta tertulia que ahora principia su andadura. Le esperamos.

http://lagataliterata.blogspot.com/

ZENOBIA CAMPRUBÍ CON LUZ PROPIA

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Nada hay que decir; al que le apetezca, ya sabe.

VÍCTOR PULIDO

Hasta el 21 de febrero estará colgada en el Museo provincial de Huelva la exposición “Pulido 1999-2009”. Hace un año aproximadamente, estuve con Pulido en su taller y pude observar alguna de estas obras en pleno desarrollo. Veníamos de la Puebla de Guzmán, de apoyar con nuestra presencia el reconocido homenaje que le dieran al maestro José Guevara. Debo reconocer que me quedé perplejo en ese crisol de invenciones que es el estudio de un artista plástico. De Víctor Pulido queda mucho por decir, no me cansaré de repetirlo. Su evolución en el labrantío creativo va ocupando espacios, ampliando horizontes y asentando ideas bajo el prisma de las nuevas concepciones estéticas que el artista se ve compelido a expulsar. La serie expuesta en el Museo epata al visitante nada más entrar. Son trece pinturas en gran formato que recogen objetos, materiales, instrumentos, escenas cotidianas y trozos de realidad, algunas de las cuales ya no existen y que sólo quedan en nuestra memoria -como lo estará dentro de poco el mercado del Carmen de Huelva-. Pulido representa uno de los más sólidos baluartes de nuestra provincia junto con un par de excepciones más que me reservo para evitar comparaciones. Vaya al Museo. Al entrar, con la primera mirada a las dos salas que ocupa la muestra, quedará impresionado por la sobriedad de la misma. Luego, mientras pasea los ojos por las policromadas maderas, comprobará que lo que allí se expone no es producto del azar sino del trabajo de alguien comprometido no ya con los demás sino consigo mismo. No deje de verla.

FALLECE J. D. SALINGER

Ha muerto Jerome David Salinger. El hombre que escribiera “El guardián entre el centeno” acaba de fallecer a los 91 años. Salinger pasó la mitad de su vida retirado del mundanal ruido después de la aparición de la obra citada. Posterior a la novela se han publicado “Nueve cuentos”, “Franny y Zooey”, “Levantad, carpinteros, la viga del tejado”, “Seymour: una introducción” y “Hapworth 16, 1924”.

Salinger ha pasado su vida recluido… encerrado en una finca de Cornish en New Hampshire (EEUU). Se dice de él que es un hombre sin biografía conocida, que era un escritor invisible, que, a pesar de lo poco que entregó a los lectores escribía a menudo y encerraba lo escrito en una caja fuerte. En fin…

Ya era un gran escritor, ahora comienza la leyenda.

EL BESO DEL ASESINO

“El beso del asesino” solo tiene valor, a decir verdad, porque es una película dirigida por Stanley Kubrick. Poco o nada conocida fue rodada en 1955; es su segunda cinta y la filmó cuando tenía 27 años. “Secuestrada” por el propio Kubrick apareció en 1994 en el New York Film Festival´s Video. Cine negro de Kubrick, del que no solo hay que ver lo bueno, hay que verlo todo para saber cómo de los errores se aprende, así lo demostró con el paso del tiempo este director.

RAFAEL SUÁREZ PLÁCIDO

Si Bryce Echenique, al que le pregunté -una de las veces en que nos hemos visto- si Martín Romaña era él, escribiera de nuevo “La vida exagerada de Martín Romaña”, podría tomar como modelo a Suárez Plácido. “Desde entonces me queda/ la sensación de andar siempre de paso,/ de estar siempre llegando o alejándome,/ dejando en manos de un supuesto azar/ la dulce incertidumbre de un reencuentro.”, dice Rafael en el poemario “El descubrimiento del Bósforo” (Col. Donaire, Dip. de Huelva). Suárez Plácido es “un personaje descolocado con amores peculiares”, y lo que le gusta de verdad es que le cuenten historias. Profesor, buen crítico literario y cinematográfico, conocedor de mil músicas y por tanto sabedor del valor del silencio, se ha destapado, después de escribir de los otros aquí y allá, con un excelente libro que sin embargo no ha tenido la resonancia que debiera por una pésima distribución. Y es una pena, sí, porque escribir duele, y mucho, aunque los demás no se enteren de la tal cosa o les importe una higa. Dice Rafael en el libro citado: “No entiendo cómo puede haber quien piense/ que este sea el mejor de los mundos posibles,/ o que aquí somos todos/ iguales,/ libres y felices./ Si todo esto es mentira.” Encontrarse no es fácil, es imposible. Por eso lo importante es el camino y cómo se transite por las veredas que se nos abren a cada paso. Esperemos que Suárez Plácido no nos deje con la miel en los labios y nos alimente en el futuro, a pesar de su aparente timidez, con nuevas entregas del cariz de la citada.

JUAN DELGADO

JUAN DELGADO (LETRAS CAPITALES)

El hilo que hizo ovillo entre Juan Delgado y quien les habla fue primero personaje. Renqueante estampa cruzando el pasillo de un hospital. Dijo llamarse Don Minero y ocurrió allá por 2003. De ese contacto nació un artículo que publiqué en Odiel Información, y que dice así:

“DON MINERO”

La semana pasada y por enfermedad de un familiar –por males, se dice en nuestra tierra-, pasé una noche en el hospital de Riotinto. Tuve la suerte de encontrar a una persona de cierta edad –o sea, vieja, muy vieja-…, “flaco, desgarbado y de una fealdad que ronda lo sublime; un bigote enorme, sucio y maloliente…, de desdentada boca” y que, además, “gazapea descompasadamente sobre una descomunal pata de palo”. Su nombre, cuando me fue dado, me hizo dudar de su estado mental: me llamo Don Minero, dijo, y se quedó mirándome con recelo a través de unos ojos interrogadores y vivaces, enmarcados en una cara de mil pliegues donde una boca falseada rompía horizontalmente los surcos verticales que conformaban su renegrida estampa. Pero, Don Minero, después de observarme detenidamente y mientras paseábamos por el pasillo de la segunda planta del hospital, empezó a hablar de la Cuenca Minera con un conocimiento tal que más parecía que hubiera sido el registrador o el notario de todo lo acontecido en esta tierra desde hacía miles de años. Don Minero habló durante seis horas ininterrumpidas. Hablaba y hablaba como si su boca fuese un venero conectado directamente con la historia nunca contada de esa comarca.

Describió, con frases directas, sin barroquismos innecesarios, cómo, antaño, los niños y las mujeres transportaban el mineral en una panera sobre la cabeza que hacían descansar en una morcilla de trapo. Niños y mujeres que eran la base de la mano de obra barata usada para barcalear el mineral. Me habló del calor insoportable, de los gases sulfurosos que emanaban de los hornos y de la tiranía de los capataces. De qué manera se preparaban las piritas calcinándolas al aire libre y de cómo la manta de humo tóxico, destrozaba los pulmones de los mineros y sus familiares, aparte de hacer desaparecer las cosechas y marchitar la floresta del entorno. Don Minero me explicó, que en los días de poco viento y cuando el aire se hacía insoportable, tocaban una sirena y permitían a los obreros que abandonaran el tajo y pudieran buscar las alturas, pero, luego… les descontaban las horas que habían estado fuera. De cómo un cuatro de febrero, en la Plaza de la Constitución –donde estaba el Ayuntamiento de Riotinto-, se reunieron varias manifestaciones para protestar por las condiciones laborales procedentes de toda la Cuenca. Allí, en esa plaza, estaban esperándoles un montón de soldados con fusiles. A una señal de alguien, se pusieron de rodilla y encararon sus armas disparando contra la multitud, dejando un reguero de sangre, dolor y odio, que todavía perdura en el subconsciente colectivo.

Me reveló con todo lujo de detalles que una noche densa en aguas negras y en desgracias, hubo un corrimiento de tierras que se tragó a la mayor parte del pueblo y que el 15 de septiembre de 1916, se consumó su desintegración con la voladura de la iglesia que hizo desaparecer definitivamente el asentamiento original. Las causas de este suceso funesto nunca estuvieron claras, quizá la mina debía avanzar por ahí, dice Don Minero, pero eso…, eso es secreto de “La Compañía”, dueña y señora del suelo y del subsuelo…, del aire, del pan, del agua, de la sangre… y de los sentimientos”.

Me habló de cómo uno de los directores –de los amos-, llamado Mr. Browning, cuando había elecciones, colocaba en toda la Cuenca edictos que decían:

“Yo, Walter Browning, Director de la Río Tinto Company Limited ORDENO Y MANDO: Que los nombres que hay que votar en las próximas elecciones provinciales son los siguientes: …”

“Niños famélicos, ausentes, sin juegos ni sonrisas, miran cansados y hambrientos, con ojos sorprendidos, el paso detenido de las horas”, continuaba, mientras su pata de palo marcaba el ritmo de nuestros pasos por el pasillo, así como la cadencia de su verborrea incesante.

Don Minero ha sido para mí, en esta noche reveladora, todo un descubrimiento del sufrimiento de una serie de pueblos marcados a fuego por los vaivenes del Negocio. Don Minero es como un almuédano que desde el alminar de la conciencia de la Cuenca Minera, evoca la memoria de una comarca que ha sufrido durante milenios el avasallamiento impuesto por los especuladores. Amos que llegaron al olor del mineral escondido en la ¿maldita? tierra y que usaron a sus moradores como bestias de carga. Don Minero es la conciencia de una sociedad agredida; la memoria real de la Historia siempre amputada por los que la escriben con intereses espurios.

Yo les invito a que conozcan a Don Minero. Ello es posible. Don Minero es el personaje de un libro del poeta Juan Delgado López, se llama Cuentos del viejo capataz.

Quiero aprovechar esta tribuna para que, aquellos que tienen en sus manos la posibilidad de dar solución a los problemas de los cerca de mil mineros onubenses, que llevan años malviviendo, se acerquen a este maravilloso libro y “escuchen”, como yo lo hice, a este personaje de ficción que encarna la realidad de la Cuenca Minera. Quizás sirva para ablandar los corazones -la conciencia no parece suficiente- de los que pueden solventar una crisis que resulta dramática para cientos de familias que malviven en la zona y, de paso, sentirse satisfechos por una puñetera vez en sus vidas de haber hecho las cosas bien.

 

Después de este descubrimiento, vino el interés por la obra de Juan Delgado. La hermandad, sin conocernos aun, fue fraguándose con la lectura de sus poemas, con la ligazón que me hicieron sus versos…

Los libros de Juan Delgado parecen nacer de un cuerpo lacerado, de una mente en donde chocaron estrepitosamente la razón y los mitos, o el pensamiento y las tradiciones.

Así, Juan Delgado, vertebrado por oscuros hachazos nacidos de todos los gritos que pueden encontrarse escondidos en el silencio, en las arboladuras inaprensibles de la duda, en el arraigo del cuerpo a la tierra viva, en la sinrazón de la razón que nos puede llevar a la locura, en la incomprensión del destino del hombre -no ya por su génesis sino por la imposibilidad de encontrar respuestas a la pregunta de por qué y para qué hemos nacido…-, así, Juan Delgado decía, parece abocado, como todo gran poeta, a vivir no solo las vidas que hay en su vida, sino en las demás vidas: pretéritas y futuras.

Por eso su poesía es esencial, porque transciende. Porque va más allá de lo que aparentemente dicen las palabras. Sus poemas encierran imágenes en sentido platónico, ideas, incluso palimseptos… que no pierden de vista nunca la barca de Caronte, acunada por la desilusión y la esperanza, y por la imposible existencia de óbolo alguno con que pagar el viaje de la vida y su inexcusable destino.

Dice Juan Delgado en “El Cedazo”:

 

“Es triste que los niños pasáramos las tardes

jugando a hacer la guerra,

jugando a matar niños.”

 

Juan Delgado no sólo ha vivido para él, ha vivido para sentir el dolor de los otros además del propio.

Continúa en “El Cedazo”:

 

“Pero a pesar de todo, en un bolsillo

del alma tengo oculto mi tesoro

por si vuelven mis tiempos de chiquillo.

Y mientras, como un hombre voy luchando:

En las esquinas de la vida lloro

Y en las aceras de la muerte ando.”

 

Como puede colegirse Juan esconde aún, a pesar de la negra carga que aporta el sufrimiento, una semilla escondida en un bolsillo del alma. Recordemos:

 

“Pero a pesar de todo, en un bolsillo

del alma tengo oculto mi tesoro

por si vuelven mis tiempos de chiquillo.”

 

Algo que el Juan-creador sabe que no es posible, pero aun así, espera.

En “Oficio de Vivir”, otro de sus libros, que clausura con 23 sonetos, hay un poema llamado “Desnudo de hombre”. Dice así:

 

Aquí. Desnudo en el dolor.

Con la recién nacida

idea de la soledad.

Víctima del instante

y víctima también de lo infinito.

 

Aquí. Desnudo de amor.

Con los ojos clavados en la duda

y las manos cargadas de silencio.

Con la sangre que duele,

y es amarilla, y arde…

y va gritando al hombre

la angustia de ser hombre.

 

Aquí. Desnudo de dios.

Solo.

Sin esperar la paz del tiempo

porque el reloj del pulso

va marcando los siglos,

y por la tierra toda

se pudre la esperanza.

 

Aquí. Abrazando al abrazo

fatal del pensamiento.

 

El poeta-niño de “El cedazo” se hizo poeta-hombre en “Oficio de vivir”. Y con el razonamiento apareció la duda. Y pegada como una lapa a la roca más que milenaria de la tierra, nació con ella –con la duda- el sufrimiento. No hay cuentos, ni filosofías, ni políticas, ni religiones… que puedan enfrentarse a la razón, y Juan-hombre lo sabe. No lo intuye, lo sabe; se lo comunican la naturaleza y los actos de los hombres encaminados a destruirla y destruirse; y se duele, y se desespera… y mientras el Can Cerbero se aleja,  ahuyentando a los mitos y a las tradiciones todas, queda la soledad más profunda, el vacío: “el hombre solo, desnudo de dios, abrazado al abrazo fatal del pensamiento.”

Continúa Juan-hombre, no obstante, abriendo rendijas a la esperanza y cerrando puertas a la duda, cuando dice:

 

Quiero abrazar al mundo

con las yemas calientes

de mi palabra herida.

Quiero que cuando muera

algo más que las sombras

acaricien mi cuerpo.

 

Como Sísifo Juan Delgado lleva día a día y a cuestas, la piedra dura, tosca y cerril del razonamiento: esa clarividencia. Pero ésta, compelida siempre por las tradiciones y los sentimientos, una y otra vez ha venido a rodar hasta el pie de la ladera, para que, Juan-poeta, mientras viva, la empuje de nuevo sin desfallecimiento hasta la cúspide de la montaña. Allí en donde la vista se hace más larga y el viento corretea libre, como sus pensamientos. Esa es la grandeza de Juan Delgado, la que le aportan sus convicciones. Esa es también su cicuta, la que voluntariamente bebió Sócrates por no aceptar a su entender lo irrazonable.

El mundo creado por Juan Delgado es inabarcable, como todo mundo. Su obra es de tal magnitud, profundidad y buenas hechuras, que no hay palabras ni ideogramas que puedan explicarla. Hay que sentirla, beberla, comerla, tocarla y olerla. Hay que hacerse palabra para navegar en el río incesante de sus palabras, siempre abocadas a un fin: la expresión de lo que bulle y duele en sus adentros.

Es sabido que el poeta cuando ejerce como tal, cuando desempeña su oficio, lleva en sí todo el dolor y todo el amor del mundo, a cuestas… en una mochila llena de sentimientos, de dudas, de pasiones, de indignaciones… Además el poeta como tal, no tiene edad y tiene todas las edades. No posee uso de razón y tiene la Razón. Eso es lo majestuoso de la literatura, y por excelencia de la poesía. Porque, en la poesía no se malgastan palabras: ni sobra ni falta nada. La poesía no necesita explicarse, lleva en sí todos los elementos que le dan completud, que la hacen plena, esencial.

El escritor… en este caso el poeta, es dueño del alfabeto. Y con el firmamento de la palabra en la mano crea su propio Universo. Pero ese espacio creado, nuevo, de nada serviría si no es interpretado por el lector, por cada lector, que es quien en definitiva terminará conformando un mundo propio con la inspiración sobrevenida por la amarradura de los versos leídos y sentidos.

Y eso es lo que nos provoca la poética de Juan Delgado, porque está acunada con elementos esenciales: infancia, amor, naturaleza, cromatismo, dulzura, ira, incomprensión, compromiso social, duda, humanismo… materiales básicos todos que conforman, o deberían conformar eso que se denomina ser humano.

También publiqué en prensa sobre Juan Delgado, hace un par de años, lo siguiente:

 

“Un hombre, solo es un hombre.” Pero a tenor de lo que podría decir Rodríguez Castillo, “es el designio de un Dios”. Se llama Juan Delgado. De él, Garrido Palacios manifiesta a diestra y siniestra e incluso de frente, que es el gran poeta de la Cuenca Minera de Huelva. Y lo es. Con más de veinte libros editados, no ha mucho que puso en circulación “Habitante del bosque”. Lo he leído…, quizá debería decir recitado -¿orado?- oyendo el eco de mis palabras dando sentido a lo que somos. Y no se me van las ansias de preguntar: “¿Es el chopo o es el aire quien canta?” De la existencia de Juan Delgado “dan fe el eco de las montañas” y “los árboles de silencio”, esos que derraman gotas doradas para alfombrar el otoño; también, una suerte de mariposas amarillas como goteras de luz que debieran alumbrar el entendimiento y la visión real de las cosas. Hace años, en una noche negra, un personaje suyo me sirvió de guía para encontrar la paz. Hoy, que escribo esta reseña, después de la lectura de este inmenso poemario, afirmo que Juan Delgado es “poeta más allá de la vida” y del tiempo.

 

Y acabo, para no ocupar más tiempo, con la lectura de un poema de Juan Delgado, del libro “El sueño de una noche de ginebra”:

 

“Pon otra copa”, dice una voz que no es la mía

mientras se me estremece el tiempo

en la cintura del vaso largo y frío.

Fantasmas del amor

corretean por la sangre

dispuesta a la pelea de la lubricidad;

por la ventana abierta entra un sol que no existe;

acaricio su luz y se levanta erecto hasta mi boca

como un perfume vaginal

la noticia de su pasión y entrega:

son los caminos del amor, la muerte y el amor,

siempre juntos, como el fuego y el aire,

como el llanto y la risa:

como un juego: la muerte y el amor.

Hay un canto perverso de ondulantes sirenas

que pregonan y ocultan

su imposible culminación del sexo.

Todo es transparencia imaginada;

todo resplandece de nácares sublimes

y aljófares magníficos,

de vidrieras profanas para mejor filtrar

la luz que se adentra en la sangre

que es ansiedad de rojas madrugadas de vicio

y aguardiente y amores con minúscula.

Todo es un templo enorme consagrado a Afrodita,

donde yo soy, muy lento, el sumo sacerdote

que cuida la llanura de nácares perfectos

con montes florecidos en ébano sublime,

con valles suntuosos y aceites esenciales

que pregonan la vida,

con ríos palpitantes de eternidad violeta.

Cariátides de carne casi mármol ardiente

que ofrecen el delirio de sus pechos de luna delirante

como cálices puros donde beber la muerte que es la vida.

 

GRACIAS POR EXISTIR, MAESTRO.

JUAN DELGADO, POETA.

Paco Huelva

Enero de 2010

 

 

 

 

 

 

 

 

JUAN DELGADO, EN LA BIBLIOTECA PROVINCIAL

El próximo jueves 21 de enero, a las 20:00 horas, en la Biblioteca Provincial de Huelva, se inicia la nueva temporada de LETRAS CAPITALES del Centro Andaluz de las Letras (CAL).

El ciclo “Poesía de una vida” pretende reconocer la Obra de escritores que llevan en su dilatada mochila las complacencias y los disgustos de una extensa y elaborada labor literaria.

En este caso estará con nosotros el poeta Juan Delgado. Le acompañaremos en esa cita, imprescindible para todas aquellas personas amantes de la literatura, Manuel Garrido Palacios, Manuel Moya y quien firma este post (aunque me hayan cambiado en la invitación el segundo apellido).

El acto no durará más allá de una hora. A cambio, os llevaréis la palabra franca, directa y rigurosa, de uno de los mejores poetas vivos de esta provincia.

Así que dejaros de chorraditas y de excusas innecesarias.

HAITÍ

 

Hay que revisar seriamente la continuidad en el tiempo de las estructuras empresariales, políticas y religiosas que han hecho posible el gobierno de la humanidad hasta esta fecha. Es curioso observar cómo los fenómenos naturales y también los tecnológicos y antrópicos afectan siempre en mayor grado a los países menos desarrollados. No se trata de una casualidad ni tampoco de castigo divino alguno. Ya está bien de idioteces. Las industrias se instalan allí donde su accionariado más dinero puede extraer en el menor tiempo posible. Punto. En cuanto a los fenómenos naturales nadie puede negar que el cambio climático es una evidencia le guste o no al afamado primo de Rajoy y a todas las meigas que le asesoran. Respecto a los seísmos es harina de otro costal. Los terremotos no pueden predecirse. Seguirán devastando el mundo cada vez que una placa tectónica se deslice sobre otra y libere su demoledora e imparable energía cargada de destrucción. Pero, las consecuencias sí pueden minimizarse… y se podrían poner muchos ejemplos. Sólo con que se edificara atendiendo a las normas de sismorresistencia aplicables a la zona, el coste de vidas y los daños en infraestructuras se reducirían de forma significativa. Pero, claro, no se hace. Tampoco sirven para nada patochadas como la expresada por el Obispo de San Sebastián -que parece que sacó muy mala nota en la asignatura de diplomacia, si es que asistió a ella- cuando dijo, refiriéndose a la situación espiritual de España, que “existen males mayores que los que esos pobres de Haití están sufriendo estos días”. Que se lo explique a los haitianos de Puerto Príncipe.

LA LEY DE LA CALLE

La ley de la calle es una película dirigida por Coppola en 1983. Basada en una novela de S.E. Hinton e interpretada por Matt Dillon, Diane Lane, Mickey Rourke, Dennos Koper, Nicolas Cage y Tom Waits entre otros, obtuvo la Concha de Oro en el festival de San Sebastián de 1984.

El crítico Luis Martínez dijo de ella en El País: “Estilizado derroche de genio; el blanco y negro, la música y la onírica puesta en escena completan una cinta animada por un furioso lirismo”.

Por su parte, Carlos Boyero en El Mundo expresó lo siguiente: “Extraordinaria película (…). Rourke está hipnótico y magnífico”.

Pues eso.