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Dress code

Foto: oiltonpantherpress.com

Foto: oiltonpantherpress.com


Con este nombre se representó en Madrid hace años un espectáculo creado e interpretado por Guillermo Weickert y Mario Sáez -de la compañía de danza Erre que erre- en el teatro Cuarta Pared.
En ella se simbolizaba hasta el absurdo la necesidad de los seres humanos de apropiamos de las etiquetas, de las diferentes formas de vestir en cada momento y lugar; de exponernos a extraños signos externos con la única intención de epatar a los otros; de crearnos una especie de falsa identidad con el único objetivo de buscar relaciones que puedan depararnos expectativas de índole económica, política, sexual, etcétera.
Aderezados con algo que no se ajusta a nuestra forma de ser o de entender la vida y que es posible que ni nos guste ni nos sintamos cómodos con tal código en el vestir, nos forjamos la ilusión de estar con otras personas -que probablemente tampoco sean lo que aparentan- para, en definitiva, no dejar de estar solos. Es decir, pasamos de ser una quimera individual a una colectiva manifestación de soledades, embutidas en atavíos que están deseando soltar y colgar en la percha hasta nueva ocasión, en cuanto regresen a casa o se introduzcan en el coche.
De esta forma, aparte de ir perdiendo nuestra individualidad, la que nos diferencia como personas, nos igualamos en una invención -óptica y conductual- que nos convierte en seres vacíos, portadores de valores superfluos y estacionales.
Borges escribió en 1935, en el prólogo de Historia universal de la infamia, que “leer, es una actividad posterior a la de escribir”.
Estar, debería por tanto ser posterior a ser, pero eso nadie nos lo enseña. Bueno, sí, hay escritores que se pasaron la vida buscando el “centro indudable”, como es el caso de JRJ y algunos otros pocos escogidos por las diosas de las artes y las ciencias.
Pero con estos códigos, con estas modas, todas pasajeras, nos convertimos en personas de una lúcida idiotez universal aunque vayamos perfectamente etiquetados a la moda del lugar.
Bueno, pues tal como ocurre con la ropa que vestimos acontece con las ideas. Todas ellas, sin excepción, han sido elaboradas en un banco de doctrinas, de tendencias, de ideologías, de forma que nuestro parecer sobre esto u lo otro, es el diseñado por alguien que nos maneja como a un guiñol.
La única solución a este enigma planteado por los rectores de los medios audiovisuales, es volver a la lectura de los clásicos, y como decía Edgar Allan Poe: “déjenme, pues, recordar”.
Paco Huelva
nueve de enero de 2017

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Personas

Foto: cinereverso.org

Foto: cinereverso.org


Dos grados bajo cero. Madrid despierta el 31 de diciembre de 2016. Bajo un soportal, un carro de la compra de una cadena de supermercados cargado con bolsas variopintas de objetos que no identifico, pero imagino puedan ser ropa vieja y sucia, y quizás raída, extraída de los contenedores de basura.
Junto al carro, su propietario; un hombre de edad indefinible, con manos, uñas, rostro y pelos greñudos; tiznado y negro, que mira con ojos ausentes más allá de las personas, de los objetos y de todo cuanto le rodea.
Me paro, extraigo un billete (yo, tampoco dado a la beneficencia y defensor de la igualdad de derechos y oportunidades para todos) y se lo tiendo.
El hombre ausente sale de su soñolencia, me mira a los ojos, fijamente, como calibrando la intención con que hago la tal cosa, orgulloso de sí, de ser una persona a la que no se insulta ni se le menosprecia en su consentida o no soledad. Como al medio minuto, sin dejar de observarme, auscultando el por qué de mi acción, mueve un poco la cabeza, asintiendo, le devuelvo el gesto y me marcho.
Paco Huelva
31 de diciembre de 2016

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Amor

Foto: revistahistorik.com

Foto: revistahistorik.com


Todos, alguna vez, nos hemos visto arrastrados por el amor. Esa pasión, ese desvelo, esa idea enquistada en el cerebro, ese aire necesario para respirar, ese dulce sentimiento sin parangón que nos hace vernos navegantes de un bajel que nos conducirá de por vida a la felicidad anhelada o a un instante supremo de dicha, en el cual estamos dispuestos a darnos por entero o a realizar los esfuerzos que fueran menester: en definitiva a transmutarnos.
Cuando las circunstancias se dan entre dos seres humanos (aquí no existe género) y la necesidad, además, aporta su alícuota parte biológica vemos en una otra persona esa suma de cualidades que nos completan para ser un todo deseado y deseante de otro, sin cuyo concurso pareciera que la vida no tiene sentido, o que nos vamos a morir de mal de ausencia sin su presencia constante a nuestro redor por el resto de los días que nos queden por caminar en este pedrusco que habitamos y que nos terminará convirtiendo en parte del mismo, en arena de cementerio, en cuanto nos despistemos o nos llegue la hora.
El amor es algo esencial en la vida de cualquier persona. ¡Ay de quien no haya amado alguna vez, de quienes no hayan sentido esa desazón en la boca del estómago y ese dejarse arrastrar por los vientos de una quimera alucinante que supone estar dispuesto a entregarse!
Sobre ello han escrito eminentes plumas: Platón, Petronio, Andreas Capellanus, Ficino, Mirandolla, Dante, Petrarca, Cervantes, Shakespeare, Luis Vives… y todas y cada una de las personas que han tratado aunque sea de pasada lo que denominamos la condición humana.
Pero, ahora que comienza un nuevo año, deseo hablar -por si a alguien interesa ponerlo en práctica- de lo que en el siglo XI, en Languedoc (Francia), se dio en llamar el amor cortés. Para ejercerlo hay que cumplir cuatro preceptos fundamentales; a saber: Humildad, Cortesía, Adulterio y Religión de Amor.
Espero que nadie me acuse de querer romper matrimonios en esta época de escasez de alianzas, sólo deseo constatar un hecho histórico. El amor cortés es un amor adúltero, donde el amante sólo puede ser salvado por Cupido, el Dios Amor, que es representado físicamente por el amado o la amada. Es evidente que este tipo de amor tiene sus riesgos y si lo ha prodigado mucho o poco, lo mejor, por si acaso, es que no hable de ello. No obstante, en este año que se inicia, quien firma, les desea que amen cuanto puedan, a destajo si es necesario: la vida es un suspiro.

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La ceguera de Dios

Foto: jus.com.mex

Foto: jus.com.mex


Nada de lo que posee es suyo. Todo cuanto tiene está al servicio de los demás. Es un hombre de fe: un creyente. Una persona que siguiendo los dictados de su corazón, la palabra de Dios y su sentido común, administra lo que obtiene en beneficio de los más desfavorecidos, de los desheredados, de los hambrientos, de todos aquellos que, errados en el camino de la vida, Dios le puso ante sí para que les aliviara el tránsito.
Hoy, aunque sigue haciendo lo mismo de siempre, cree que Dios se ha quedado ciego, y sordo, y amnésico…o, en su caso, Dios ha sido secuestrado. No puede ser de otra manera. Lo de dar de comer al hambriento, y de beber al sediento, y repartir las riquezas, y perdonar al prójimo, y evitar las guerras de religión, y predicar con el ejemplo…, y todo eso, ha sido olvidado por los que manejan los destinos de la Iglesia.
No puede entender que los pastores e imanes, los obispos y cardenales… vivan en palacios rodeados de lujo mientras millones de personas en el mundo duermen a la intemperie sin un techo donde guarecerse. No comprende cómo la jerarquía eclesial -la de todas las Iglesias- come en restaurantes de lujo, compra acciones bursátiles, dispone de Bancos que administran su dinero, de empresas propias dedicadas a las más variopintas tareas, mientras millones de personas fenecen de hambre y de desdicha.
Cada vez entiende menos a los dirigentes eclesiales. ¡Dios está secuestrado!, repite, ¡el demonio anda suelto!, continúa, ¡Lucifer está a punto de engañar al mismo Dios!
Las curias eclesiales de todo el planeta se han puesto de acuerdo y están dispuestas a vender sus servicios siempre que los compradores les permitan seguir viviendo de los demás, que les garanticen el poder y la influencia para mantener el nivel de vida que hasta ahora ostentan. Y es de vergüenza, se dice; pero, es así, concluye cabizbajo.
A veces se pregunta si esas personas creen en Dios. ¿Puede un Imán, un Obispo o un Cardenal… creer en Dios? Él ha llegado a la conclusión de que no, de que Lucifer viste sotana cardenalicia. ¡Lucifer anda suelto!, reitera. ¡Y lleva sotana de cardenal!, continúa, mientras ayuda a los inmigrantes, habla con las prostitutas, con los desheredados, con los que pasan hambre o con los drogodependientes. Él sigue pidiendo dinero a unos y a otros y suplicando a todos una ayuda para los que nada tienen.
Este hombre tiene todos mis respetos, el que no les profeso a sus dirigentes.

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Contrapunto


No creo que puedan existir hipócritas conscientes. No puede sostenerse un papel falso constantemente, excepto en casos muy excepcionales. Esto es lo que afirmaba Aldous Huxley, el afamado autor de Un mundo feliz en una novela de poco éxito pero que quizá sea su obra maestra, a mi entender, y que se denomina Contrapunto.
Contrapunto es un apasionado y lúcido examen de la condición humana en el mundo contemporáneo; en el nuestro, en el de ahora; y quizás en el de siempre con retoques de usos, costumbres y vestuario; una exposición de ideas, emociones, deseos y esperanzas que las más de las veces se ven truncadas; un cuadro fiel de una sociedad que se desintegra en contradicciones irresolubles; un retrato de unos mandatarios que legislan una cosa pero siempre terminan haciendo otra; unas organizaciones nacionales movidas por los intereses financieros de turno; unas estructuras internacionales que dicen velar por el interés general, por el bienestar de la ciudadanía del mundo o por la existencia de derechos inalienables que luego se quedan en agua de borrajas porque cinco países del orbe tienen derecho a veto en el Consejo General de Naciones Unidas; que manifiestan, qué risa, estar encargados de mantener la paz y la seguridad en el mundo. ¡La paz y la seguridad! Qué mentira más atroz, como tantas otras. El veto de Rusia y de China para que se produzca un receso en la guerra de Siria es un ejemplo de lo absurdo de muchas instituciones de la Organización de Naciones Unidas y todas sus cartas de derechos fundamentales.
Pero, en esta novela llena de musicalidad, lo que resaltan por encima de todo son dos cualidades humanas: la hipocresía y la desesperanza.
El mundo es un escenario. Hay guionistas que escriben un incesante libreto, unos directores que lo afinan, unos actores (políticos) que hacen la interpretación más brillante posible y, unos espectadores, que, como en La Caverna de Platón, están amarrados a sus asientos (a sus circunstancias) sin poder hacer otra cosa que soportar la obra tal como nos la sirven. Punto. Contrapunto.
Está claro que la desesperanza siempre cae en manos de los engañados, utilizados, manipulados, manejados… espectadores. Mientras que la hipocresía queda en poder -por cuestiones de reparto- de los dirigentes, manifiesten estos ser de izquierdas, de derechas, del norte, del sur, de Oriente o de Occidente.
Pero pudiera ser que Huxley estuviera equivocado y el que esto escribe también.

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Resentimiento

Foto: Jean Jacques Terreur

Foto: Jean Jacques Terreur


El príncipe de Lampedusa recomendaba a sus pares que todo cambie un poco para que todo siga exactamente igual. Esta frase, políticamente muy asumida, es un canon irrenunciable en muchos partidos. La libertad para ejercer la política puede surgir de la necesidad individual de intervenir en el conflicto social existente en un territorio, de una ambición personal o de ambas cosas. De estas tres posibilidades, parece, sin duda, que la éticamente más aceptable es sólo la primera.
Pero cuando los pensamientos de cada cual han de incluirse en una estrategia grupal, la generalidad se impone y es ahí donde comienzan los problemas entre lo que uno piensa y lo que al grupo le interesa. Pero, esto es inevitable, es el juego de la democracia y, mientras las decisiones se adopten por mayoría, nada hay que reprocharle al sistema.
Lo malo es cuando la participación de todos se manosea por los órganos del poder somático del mismo, acallando las voces disonantes que no interesan, utilizando métodos coercitivos y estrategias de intervención y manipulación, coartando así a los componentes del mismo que, en buena lid, participan en los asuntos de lo público -rondando a veces y afectando, claro está, a los ámbitos personales, laborales, familiares o, lo que es más grave, al descrédito social de la persona o personas que se desean quitar de en medio: que estorban, vamos-.
La legislatura pasada, si obviamos los diez meses de interregno, el PP a mi entender y visto en la distancia del paso de los días, realizó una política que yo llamaría “del resentimiento”. Y me explico. Aplicando el rodillo de su mayoría absoluta, dedicó su tiempo de ejercicio en el cargo a desmontar las políticas sociales que el PSOE y otros partidos políticos del arco parlamentario, habían armado para favorecer un estado de bienestar social. Es decir, mayores cotas de igualdad, equidad y reparto de bienes en función de los ingresos de cada cual. Es cierto que usó el truco de “que viene el lobo” impuesto por los países boyantes de la Unión Europea, pero eso de nada le exime, la derecha y el liberalismo es así. Nada hay que objetar.
Pero las cosas han cambiado. Vamos a comprobar cómo el mismo partido político que generó tantas frustraciones a la ciudadanía, que recortó derechos esenciales en sanidad, en empleo o en educación, va a cambiar sus políticas. No le queda otra dada la configuración del parlamento. Y será curioso, muy curioso ver cómo lo explican.

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Ni solidaridad

Foto: www.bbc.com

Foto: www.bbc.com


La pérdida en valores es una de las peores enfermedades que puede padecer la sociedad. Si encima el virus se generaliza, estamos ante una pandemia global de difícil solución, a menos que los llamados a resolverla, los Gobiernos, se pongan de acuerdo para elaborar tantas vacunas como fueran menester para este mal tan viejo como el mundo. Pero no seamos ilusos, eso no ocurrirá. El dinero, el negocio, el capital en definitiva, no permitirá tal cosa por muchas personas que mueran a diario en este orbe cruel e insolidario.
El cinco de diciembre de 2015 a las nueve de la mañana llegaron a la isla de Lesbos (Grecia) un grupo de profesionales españoles, de forma voluntaria, con objeto de ayudar en lo que se necesitara, dada la tragedia humanitaria que se vive en dicho lugar y en otras partes del mundo.
Desde ese día han atendido a más de 50.000 personas dando seguridad marítima en la travesía y en el momento del desembarco; han rescatado a más de 1000 personas que se encontraban a la deriva en el mar Egeo a temperaturas por debajo de cero grados; han dado formación a niños y mayores en el campamento de Pikpa… en fin, se han vaciado física y mentalmente por dar seguridad y cariño a otros seres humanos de ese éxodo imparable que huye del horror, la muerte, el hambre, el frío, la guerra… del colmo de todas las desdichas, vamos.
En estos momentos PROEM-AID, que así se denomina esta ONG (www.proemaid.es), dispone en toda España de quince equipos dispuestos a trabajar en la zona en los que intervienen bomberos, socorristas, buceadores, traductores, sanitarios, periodistas o expertos en logística, entre otras especialidades.
El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los refugiados ha premiado su labor en la zona, reconocimiento que también les ha sido otorgado por otras instituciones.
Pero, los voluntarios han tenido que dejar sus acciones en la zona por falta de financiación. Siempre hay un “pero” en esta mísera vida que nunca es azaroso; lo que ocurre siempre tiene una génesis, un motivo, y en este caso es denigrante y atroz: en Europa no se quieren a los inmigrantes. Punto.
Y me pregunto, ¿queda algo de humanidad en los Gobiernos de Europa? ¿Queda algo de solidaridad en las grandes empresas, en las instituciones, en las sociedades que conformamos todos? No queda. No. ¿Triste, verdad? Pues esa es la realidad. Entren en su página si les queda algo de conciencia y ayuden si pueden, aunque sea dando aliento.

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El miedo como arma


La utilización del miedo como instrumento de gobierno es la herramienta más conocida por quienes rigen los destinos de los pueblos. Su uso también se extiende al mundo animal, por lo que habría que pensar que es anterior a la constitución de las primeras aldeas, cuando ni el idioma ni las normas habían nacido aún y nos comunicábamos a base de gestos.
Los oráculos, los chamanes, los líderes de cualquier religión, saben mucho de esto. También, cómo no, los que desean detentar el poder político o económico. Curiosamente, los tres poderes citados -religioso, político y económico- van mucho más de la mano de lo que a primera vista parece.
Decía André Maurois que el miedo es el más peligroso de los sentimientos colectivos. Desde que nacemos recibimos estímulos en donde se nos inoculan claves que adaptarán nuestro comportamiento venidero a las convenciones sociales del lugar. Las frases “niño, eso no se hace” o “eso no se dice” que pusiera de moda un cantautor español, van por ese camino.
Se trata de adaptar nuestro proceder a los intereses de una minoría.
Nuestra vida está zarandeada por el trío citado quienes manejan en las tinieblas los destinos de la humanidad. El infierno y el paraíso, el eje del mal y el del bien, lo negro y lo blanco, el cielo y la tierra…, son entelequias para encorsetar nuestra voluntad e independencia y atarnos a un modelo de pensamiento que no genere problemas al poder legal o, ilegalmente constituido, y aún más, ese argumento será utilizado para atacar a los que se alejen de las veredas señaladas en los códices diseñados para gobernarnos.
Si nos alejamos de lo general para centrarnos en lo particular, en lo ocurrido en las elecciones estadounidenses por ejemplo, podremos atisbar cómo se apela al mal como figura retórica: utilizando el miedo enraizado en nosotros con el único objetivo de encaminar nuestros pasos en las urnas hacia el lugar en que una formación política desea. Punto.
Se percibe en las actitudes, en las formas, en las proclamas de muchos líderes neoliberales, que están creciendo como las margaritas en primavera en los cinco continentes.
Miedo me dan las próximas elecciones que han de celebrarse en Francia y Alemania. No me gusta la música que ha llevado a Donald Trump a la presidencia del imperio. Nada.
Las libertades conquistadas durante más de un siglo pueden irse al traste en una década y no se hará de manera incruenta, no. Hay muchos intereses económicos por medio.

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Miserias y poder


Vivimos en un mundo mezquino y peligroso. Uno tiene la sensación de estar sentado de forma permanente en una bomba de relojería.
El filósofo Peter Sloterdijk, autor de libros como Crítica de la razón cínica o En el mismo barco, dice que ya Platón establecía en el libro III del Político la tesis de que la mentira noble es el soporte del Estado y que un genio de la res pública tendría en ella la oportunidad de hacer caer a los miembros de la comunidad en un dulce y ventajoso engaño que todos compartirían.
El Estado sería el útero, la madre metafórica, que reuniría a los ciudadanos bajo el vínculo de una comunidad que comparte ideas, símbolos, tradiciones, un lenguaje -o varios-, y que son la bandera de su diferencia ante los demás. Los estadistas pasarían a ser cualificados cirujanos de los pueblos; o sea, individuos en la cúspide del poder con la facultad de utilizar a las personas como medios para conseguir un fin.
Decía Montesquieu en boca de uno de los personajes de Cartas persas, que “el rey es un gran mágico, que manda hasta en la inteligencia de sus vasallos, haciéndolos pensar como quiere. Hay otro mágico mayor que él -prosigue- que es el Papa: unas veces te hace creer que tres son uno; otras, que el pan que comes no es pan, ni el vino que bebes vino.”
La ciudadanía, mientras tanto, ajena al control de los sistemas y organizaciones, soporta las inclemencias del mal o buen hacer político, por el mero hecho de haber nacido en un territorio, siempre a merced de una corriente incesante generada por luchas intestinas que solo pretenden hacerse con el poder.
Las democracias han acercado los niveles de decisión a la ciudadanía y se han conseguido avances sociales considerables, esto es indudable. Pero, mientras que en algunas se vive con un bienestar aceptable, en otras, la miseria, la desesperación, el hambre, el analfabetismo… son las constantes que marcan el deambular de millones de ciudadanos viboreando por los inaccesibles y alambrados caminos de este mundo insolidario y ruin.
Las nuevas tecnologías permiten ver al instante lo que ocurre en cualquier lugar del mundo y las mentiras de Estado son más difíciles de sostener. Por esta y otras razones, aquellos que padecen el abandono de los países ricos -que, no lo olvidemos: lo son porque robaron las riquezas de otros espacios ajenos- vendrán por millones a pedir lo que les pertenece y, además, las plusvalías que solicitan no les son ajenas: son suyas.

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Las contemplaciones


Leer. Leer a destajo. Sin medida ni control, incluso más allá del cansancio. Empaparme del pensar de los otros ya sean personas o personajes, poco importa. Buscar, transitar, veredar por las reflexiones de la otredad, sentirme cómplice u opositor de lo manifestado, conocer y reconocerme a favor o en contra de lo dicho negro sobre blanco, encontrarme, renunciar a las algarabías, buscar el silencio, el lugar en donde la reflexión se escancia, se enjundia, se origina, y escribir… escribir también, todos los días, aunque solo sea una frase, una palabra, una idea, un gesto o el dulce o amargo sabor de una mirada errante con la que me cruzo.
No encuentro mayor forma de plenitud que la descrita, desde hace muchos años, casi cuarenta y cinco para ser exacto. Y en eso ando. Cabezón, obstinado y feliz, dicho sea al paso.
A veces, en ese querer estar reflexivo: centro y margen, ola y mar profundo, uno y todo, en que intento mantener la vida, tropiezo, como ahora, con otros viandantes obsesionados con las mismas cuitas que me acucian desde siempre. Y aparece el gozo. La dicha de saber que uno no está solo en el camino que transita a trancas y barrancas, que eso es la vida y no otras cosas, esas que los poderes establecidos, desde siempre, nos han inculcado como necesarias y no suponen más que ataduras para encorsetarnos, para acallar la palabra, para silenciar el pensamiento. No hay mayor libertad que la de sentirse pleno, lleno, aunque nada se posea más que la posibilidad de indagar y poder expresarse sin cortapisas, sin burdas y zafias ataduras.
Y eso es lo que he encontrado en Las contemplaciones de Tomás Rodríguez Reyes publicada por la editorial La Isla de Siltolá; un acierto más, sin dudas, de mi entrañable amigo y compañero de columna en este diario, Javier Sánchez Menéndez.
No conozco personalmente a Tomás, pero eso nada importa. Aparte del libro citado, que ahora me tiene subyugado, entregado, sabía de su existir por haberme bañado en las aguas cálidas de dos de sus otras obras: Ars vivendi y Escribir la lectura. Y sé que no soltaré las imaginarias amarras que me atan a sus palabras porque el reflejo que me devuelve el espejo de sus reflexiones revela lo que soy, y algo más importante, delata lo que son los demás, la humanidad toda.
Literatura de compromiso, especulativa, sensitiva, profunda, filosófica, ética, que atiende a lo esencial tanto en lo que tiene de poético como educacional.
Usted mismo.

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