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Resentimiento

Foto: Jean Jacques Terreur

Foto: Jean Jacques Terreur


El príncipe de Lampedusa recomendaba a sus pares que todo cambie un poco para que todo siga exactamente igual. Esta frase, políticamente muy asumida, es un canon irrenunciable en muchos partidos. La libertad para ejercer la política puede surgir de la necesidad individual de intervenir en el conflicto social existente en un territorio, de una ambición personal o de ambas cosas. De estas tres posibilidades, parece, sin duda, que la éticamente más aceptable es sólo la primera.
Pero cuando los pensamientos de cada cual han de incluirse en una estrategia grupal, la generalidad se impone y es ahí donde comienzan los problemas entre lo que uno piensa y lo que al grupo le interesa. Pero, esto es inevitable, es el juego de la democracia y, mientras las decisiones se adopten por mayoría, nada hay que reprocharle al sistema.
Lo malo es cuando la participación de todos se manosea por los órganos del poder somático del mismo, acallando las voces disonantes que no interesan, utilizando métodos coercitivos y estrategias de intervención y manipulación, coartando así a los componentes del mismo que, en buena lid, participan en los asuntos de lo público -rondando a veces y afectando, claro está, a los ámbitos personales, laborales, familiares o, lo que es más grave, al descrédito social de la persona o personas que se desean quitar de en medio: que estorban, vamos-.
La legislatura pasada, si obviamos los diez meses de interregno, el PP a mi entender y visto en la distancia del paso de los días, realizó una política que yo llamaría “del resentimiento”. Y me explico. Aplicando el rodillo de su mayoría absoluta, dedicó su tiempo de ejercicio en el cargo a desmontar las políticas sociales que el PSOE y otros partidos políticos del arco parlamentario, habían armado para favorecer un estado de bienestar social. Es decir, mayores cotas de igualdad, equidad y reparto de bienes en función de los ingresos de cada cual. Es cierto que usó el truco de “que viene el lobo” impuesto por los países boyantes de la Unión Europea, pero eso de nada le exime, la derecha y el liberalismo es así. Nada hay que objetar.
Pero las cosas han cambiado. Vamos a comprobar cómo el mismo partido político que generó tantas frustraciones a la ciudadanía, que recortó derechos esenciales en sanidad, en empleo o en educación, va a cambiar sus políticas. No le queda otra dada la configuración del parlamento. Y será curioso, muy curioso ver cómo lo explican.

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Ni solidaridad

Foto: www.bbc.com

Foto: www.bbc.com


La pérdida en valores es una de las peores enfermedades que puede padecer la sociedad. Si encima el virus se generaliza, estamos ante una pandemia global de difícil solución, a menos que los llamados a resolverla, los Gobiernos, se pongan de acuerdo para elaborar tantas vacunas como fueran menester para este mal tan viejo como el mundo. Pero no seamos ilusos, eso no ocurrirá. El dinero, el negocio, el capital en definitiva, no permitirá tal cosa por muchas personas que mueran a diario en este orbe cruel e insolidario.
El cinco de diciembre de 2015 a las nueve de la mañana llegaron a la isla de Lesbos (Grecia) un grupo de profesionales españoles, de forma voluntaria, con objeto de ayudar en lo que se necesitara, dada la tragedia humanitaria que se vive en dicho lugar y en otras partes del mundo.
Desde ese día han atendido a más de 50.000 personas dando seguridad marítima en la travesía y en el momento del desembarco; han rescatado a más de 1000 personas que se encontraban a la deriva en el mar Egeo a temperaturas por debajo de cero grados; han dado formación a niños y mayores en el campamento de Pikpa… en fin, se han vaciado física y mentalmente por dar seguridad y cariño a otros seres humanos de ese éxodo imparable que huye del horror, la muerte, el hambre, el frío, la guerra… del colmo de todas las desdichas, vamos.
En estos momentos PROEM-AID, que así se denomina esta ONG (www.proemaid.es), dispone en toda España de quince equipos dispuestos a trabajar en la zona en los que intervienen bomberos, socorristas, buceadores, traductores, sanitarios, periodistas o expertos en logística, entre otras especialidades.
El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los refugiados ha premiado su labor en la zona, reconocimiento que también les ha sido otorgado por otras instituciones.
Pero, los voluntarios han tenido que dejar sus acciones en la zona por falta de financiación. Siempre hay un “pero” en esta mísera vida que nunca es azaroso; lo que ocurre siempre tiene una génesis, un motivo, y en este caso es denigrante y atroz: en Europa no se quieren a los inmigrantes. Punto.
Y me pregunto, ¿queda algo de humanidad en los Gobiernos de Europa? ¿Queda algo de solidaridad en las grandes empresas, en las instituciones, en las sociedades que conformamos todos? No queda. No. ¿Triste, verdad? Pues esa es la realidad. Entren en su página si les queda algo de conciencia y ayuden si pueden, aunque sea dando aliento.

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El miedo como arma


La utilización del miedo como instrumento de gobierno es la herramienta más conocida por quienes rigen los destinos de los pueblos. Su uso también se extiende al mundo animal, por lo que habría que pensar que es anterior a la constitución de las primeras aldeas, cuando ni el idioma ni las normas habían nacido aún y nos comunicábamos a base de gestos.
Los oráculos, los chamanes, los líderes de cualquier religión, saben mucho de esto. También, cómo no, los que desean detentar el poder político o económico. Curiosamente, los tres poderes citados -religioso, político y económico- van mucho más de la mano de lo que a primera vista parece.
Decía André Maurois que el miedo es el más peligroso de los sentimientos colectivos. Desde que nacemos recibimos estímulos en donde se nos inoculan claves que adaptarán nuestro comportamiento venidero a las convenciones sociales del lugar. Las frases “niño, eso no se hace” o “eso no se dice” que pusiera de moda un cantautor español, van por ese camino.
Se trata de adaptar nuestro proceder a los intereses de una minoría.
Nuestra vida está zarandeada por el trío citado quienes manejan en las tinieblas los destinos de la humanidad. El infierno y el paraíso, el eje del mal y el del bien, lo negro y lo blanco, el cielo y la tierra…, son entelequias para encorsetar nuestra voluntad e independencia y atarnos a un modelo de pensamiento que no genere problemas al poder legal o, ilegalmente constituido, y aún más, ese argumento será utilizado para atacar a los que se alejen de las veredas señaladas en los códices diseñados para gobernarnos.
Si nos alejamos de lo general para centrarnos en lo particular, en lo ocurrido en las elecciones estadounidenses por ejemplo, podremos atisbar cómo se apela al mal como figura retórica: utilizando el miedo enraizado en nosotros con el único objetivo de encaminar nuestros pasos en las urnas hacia el lugar en que una formación política desea. Punto.
Se percibe en las actitudes, en las formas, en las proclamas de muchos líderes neoliberales, que están creciendo como las margaritas en primavera en los cinco continentes.
Miedo me dan las próximas elecciones que han de celebrarse en Francia y Alemania. No me gusta la música que ha llevado a Donald Trump a la presidencia del imperio. Nada.
Las libertades conquistadas durante más de un siglo pueden irse al traste en una década y no se hará de manera incruenta, no. Hay muchos intereses económicos por medio.

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Miserias y poder


Vivimos en un mundo mezquino y peligroso. Uno tiene la sensación de estar sentado de forma permanente en una bomba de relojería.
El filósofo Peter Sloterdijk, autor de libros como Crítica de la razón cínica o En el mismo barco, dice que ya Platón establecía en el libro III del Político la tesis de que la mentira noble es el soporte del Estado y que un genio de la res pública tendría en ella la oportunidad de hacer caer a los miembros de la comunidad en un dulce y ventajoso engaño que todos compartirían.
El Estado sería el útero, la madre metafórica, que reuniría a los ciudadanos bajo el vínculo de una comunidad que comparte ideas, símbolos, tradiciones, un lenguaje -o varios-, y que son la bandera de su diferencia ante los demás. Los estadistas pasarían a ser cualificados cirujanos de los pueblos; o sea, individuos en la cúspide del poder con la facultad de utilizar a las personas como medios para conseguir un fin.
Decía Montesquieu en boca de uno de los personajes de Cartas persas, que “el rey es un gran mágico, que manda hasta en la inteligencia de sus vasallos, haciéndolos pensar como quiere. Hay otro mágico mayor que él -prosigue- que es el Papa: unas veces te hace creer que tres son uno; otras, que el pan que comes no es pan, ni el vino que bebes vino.”
La ciudadanía, mientras tanto, ajena al control de los sistemas y organizaciones, soporta las inclemencias del mal o buen hacer político, por el mero hecho de haber nacido en un territorio, siempre a merced de una corriente incesante generada por luchas intestinas que solo pretenden hacerse con el poder.
Las democracias han acercado los niveles de decisión a la ciudadanía y se han conseguido avances sociales considerables, esto es indudable. Pero, mientras que en algunas se vive con un bienestar aceptable, en otras, la miseria, la desesperación, el hambre, el analfabetismo… son las constantes que marcan el deambular de millones de ciudadanos viboreando por los inaccesibles y alambrados caminos de este mundo insolidario y ruin.
Las nuevas tecnologías permiten ver al instante lo que ocurre en cualquier lugar del mundo y las mentiras de Estado son más difíciles de sostener. Por esta y otras razones, aquellos que padecen el abandono de los países ricos -que, no lo olvidemos: lo son porque robaron las riquezas de otros espacios ajenos- vendrán por millones a pedir lo que les pertenece y, además, las plusvalías que solicitan no les son ajenas: son suyas.

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Las contemplaciones


Leer. Leer a destajo. Sin medida ni control, incluso más allá del cansancio. Empaparme del pensar de los otros ya sean personas o personajes, poco importa. Buscar, transitar, veredar por las reflexiones de la otredad, sentirme cómplice u opositor de lo manifestado, conocer y reconocerme a favor o en contra de lo dicho negro sobre blanco, encontrarme, renunciar a las algarabías, buscar el silencio, el lugar en donde la reflexión se escancia, se enjundia, se origina, y escribir… escribir también, todos los días, aunque solo sea una frase, una palabra, una idea, un gesto o el dulce o amargo sabor de una mirada errante con la que me cruzo.
No encuentro mayor forma de plenitud que la descrita, desde hace muchos años, casi cuarenta y cinco para ser exacto. Y en eso ando. Cabezón, obstinado y feliz, dicho sea al paso.
A veces, en ese querer estar reflexivo: centro y margen, ola y mar profundo, uno y todo, en que intento mantener la vida, tropiezo, como ahora, con otros viandantes obsesionados con las mismas cuitas que me acucian desde siempre. Y aparece el gozo. La dicha de saber que uno no está solo en el camino que transita a trancas y barrancas, que eso es la vida y no otras cosas, esas que los poderes establecidos, desde siempre, nos han inculcado como necesarias y no suponen más que ataduras para encorsetarnos, para acallar la palabra, para silenciar el pensamiento. No hay mayor libertad que la de sentirse pleno, lleno, aunque nada se posea más que la posibilidad de indagar y poder expresarse sin cortapisas, sin burdas y zafias ataduras.
Y eso es lo que he encontrado en Las contemplaciones de Tomás Rodríguez Reyes publicada por la editorial La Isla de Siltolá; un acierto más, sin dudas, de mi entrañable amigo y compañero de columna en este diario, Javier Sánchez Menéndez.
No conozco personalmente a Tomás, pero eso nada importa. Aparte del libro citado, que ahora me tiene subyugado, entregado, sabía de su existir por haberme bañado en las aguas cálidas de dos de sus otras obras: Ars vivendi y Escribir la lectura. Y sé que no soltaré las imaginarias amarras que me atan a sus palabras porque el reflejo que me devuelve el espejo de sus reflexiones revela lo que soy, y algo más importante, delata lo que son los demás, la humanidad toda.
Literatura de compromiso, especulativa, sensitiva, profunda, filosófica, ética, que atiende a lo esencial tanto en lo que tiene de poético como educacional.
Usted mismo.

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ÍNTIMO GRITO

Foto: Kunstarte

Foto: Kunstarte


La gloria como el glamour, el poder, o la moda, son elementos efímeros. Estrellas fugaces que ciegan con brillos de oropeles el firmamento cercano al que llamamos clan, sociedad, país o nación. Vivimos a merced de esas entelequias por miedo a diferenciarnos del grupo que nos aglutina a una cultura, a una religión o a un régimen. ¡Yo soy…! ¡Yo soy…!
Se nos llena la boca de una empalagosa mentira cada vez que escenificamos lo que de nosotros se espera; sin embargo, bajamos la mirada en la soledad del espejo que nos devuelve el brillo cobarde del sujeto en que nos hemos convertido.
A pesar de lo dicho muchas personas no conocen más luz que el castigo del sol, del hambre y de la orfandad en que trasiegan sus experiencias vitales. Lo peor de todo, es que el desarrollo de una u otra posición dependen del lugar en que nos hayan traído al mundo. No da igual nacer en China, en Siria, en EEUU, en Palestina o haber nacido donde usted lo ha hecho. El sistema clamará desde su infancia para que se amolde al corte medio permitido para la mejor rentabilidad y buen funcionamiento del mismo. Se acabó. Dan ganas de gritar ¿verdad?, o al menos de reflexionar y explayarse en la intimidad de una página que se va llenando de borrones negros.
El engaño campa a nuestro alrededor dueño de quimeras que alucinan y trastornan nuestros sentidos. Platón en La Caverna lo dejó muy claro, pero la memoria es breve y nadie lo recuerda. O Bioy Casares en La invención de Morel, o el monólogo hamletiano de Shakespeare, o…
La historia está llena de ejemplos, pero nuestra ignorancia, nuestra cobardía, o ambas cosas, nos impiden chillar para llamar la atención. Si tuviéramos el valor de gritar lo que somos, de llorar sin vergüenza lo que nos duele, de bramar contra las injusticias, de rugir improperios en la cara de los que nos atosigan con una vida silenciada de verdades y oreada de mentiras, tal vez, solo tal vez, podríamos decir que el intelecto, eso que diferencia la animalidad de la humanidad nos sirve para algo.
Pero, no. Nos han educado para ser sumisos y además nuestro miedo escénico y las necesidades alimenticias nos han hecho magníficos y adoctrinados alumnos. Inventaron códigos, leyes y religiones para que fuera así. Y así es. La vida, así, es un bosquejo diseñado por alguien, que cumplimos fielmente para ser exactamente aquello que para nosotros idearon en un tiempo y en un lugar. Bachilleres más o menos aventajados: eso somos.

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Fanatismo


El fanatismo es una pandemia que ha recorrido el mundo desde que la humanidad tiene conciencia de su existencia. Es más viejo que cualquier ideología, religión o sistema de gobierno -como dice Amos Oz- y tiene más que ver con la esencia del ser que con su extrapolación colectiva.
El fanático está siempre en posesión de la verdad y no está dispuesto a llegar a convenio alguno con el otro. De ahí su intención -siempre- de obligar a los demás a cambiar.
Si tenemos en cuenta que el mundo, que la vida si lo desean, es dinámica, los principios rectores de la convivencia entre los seres humanos o se adaptan a los cambios o perecen; o sea, no son útiles aunque sigan estando reglamentariamente vigentes; de ahí la necesidad de que adecuemos el cuerpo legislativo a los siempre por delante intereses sociales. La obligatoriedad -precisaría- no de claudicar ni de cambiar de opinión así porque así, no, sino de que, si fuera posible, la política vaya por delante de la necesidad y no por detrás.
Y el no reconocimiento de este paradigma es grave, porque los que asumen el poder, una vez instalados en el mismo y controlados los resortes legislativo, ejecutivo, judicial e incluso mediático, suelen ser conservadores en su proceder y no son susceptibles a modificación alguna.
El mundo ha de ser entendido como un colectivo amplio de administrados que han de seguir las directrices de un grupo mínimo de administradores. No hay otra. Siempre fue así y lo seguirá siendo. Lo demás son pendejadas.
El fanático busca la rendición no el acuerdo. Y esa, que no es poca, es la diferencia entre una dictadura y una democracia. Fanáticos los hay en política, en religión, en educación, en ecologismo…, en definitiva, en cualquier actividad humana.
Los dirigentes siempre han hecho uso de los fanáticos en todos los tiempos y en todos los lugares, no por azar, sino porque su comportamiento es como una pasta dúctil que permite condicionarlos al gusto y a la necesidad de cada momento.
Miren, la palabra no es de nadie y es de todos, tal que la belleza, el arte, el patrimonio, la vida y hasta la muerte si me apuran.
El onubense Adrián González da Costa en su poemario Blanco en lo blanco (Premio Internacional de Poesía Gerardo Diego 2015) dice: “Negra tierra echarán sobre tus ojos,/ tierra que ha de enterrar tu sepultura/ bajo una noche negra de cerrojos.” Bien, ahí es donde vamos a llegar todos. A ese olvido. ¿Por qué y para qué, entonces, tanta sangre?

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Cementerio nacional

Foto: es.creepypasta.wikia.com

Foto: es.creepypasta.wikia.com


España está rodeada de muertos. Yo mismo, cuando me miro al espejo, no sé si ando vivo o muerto. Hasta pienso a veces que me he vuelto loco, que la sensatez se me ha escapado por algún lado. Porque tanto muerto alrededor no debería ser normal y sin embargo es así, como si España se hubiera convertido en un gran cementerio, en un enorme catafalco que aún no ha sido descubierto ni por supuesto desenterrado y que deberá ser la Historia quien decida en el futuro si eso es así o no.

Algunos de los muertos que me rodean hablan y otros no. A estos últimos les tengo más cariño. No por algo especial sino porque fallecieron espantados por la miseria que los apretaba o porque estaban a merced de la caridad y no del derecho que les asiste; porque huían de interesadas guerras o porque se ahogaron en mares que a lugar alguno llevaban -que ni entierro tuvieron y se los comieron los peces-; porque caminaban buscando la subsistencia -comer, sólo comer querían- y no sabían que el mundo, los Gobiernos todos, los habían expulsado de la vida, y ellos, quisieran o no, tenían que morirse aunque buscaran la esperanza de una resurrección en otro lugar, en otra tierra; al parecer era lo que les tocaba, era lo que decidieron los poderosos, los muertos vivos, esos que gobiernan incluso estando muertos para las ideas, para los principios consagrados en el Derecho internacional.

Los muertos no ven, es obvio; pero los muertos vivos están muertos porque intelectualmente, financieramente, interesadamente se hacen los muertos y por eso parece que no ven. Sólo ven el áureo color del dinero. Los pudre la avaricia, el poder.

La argentina Gabriela Cabezón Cámara dice en su novela La virgen Cabeza: “Teníamos muertos de tierra adentro y tierra afuera, muertos de todos los colores (…), muertos de hambre de los últimos gobiernos democráticos, muertos negros de Ruanda, muertos blancos de cuando la revolución (…), muertos rojos de todas las revoluciones de todas partes…”

Y qué decir ante la ficción de Gabriela Cabezón que no sea lo consabido: que cada vez es más necesaria porque entre ella y la realidad no hay distancias, que son como dos gotas de agua.

Por mi parte estoy más que harto de los intelectuales muertos travestidos de políticos progres y de los sindicalistas que olvidaron su misión y se convirtieron en funcionarios del poder. Pero sepan, que aún estando muerto, voy a seguir gritando y escribiendo, aunque nadie me escuche ni me lea.

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El librero de Borges

Foto: Editorial El Ateneo

Foto: Editorial El Ateneo


Lo que importa es el tránsito. La vida se enmarca en el trayecto que transcurre entre el nacimiento y la muerte; Ítaca no es destino, es la suprema razón del viaje, como el hilar y deshilar en la rueca es la estrategia de Penélope.
El martes pasado comí en Buenos Aires con el profesor, pintor y litógrafo argentino Néstor Goyanes, a quien hace años convertí en personaje de uno de mis libros: La búsqueda de la identidad. Goyanes trae bajo el brazo un documento que me regala; un proyecto de Xan Leira para ensalzar la figura de Francisco Gil auspiciado por el Ministerio de Cultura argentino, la Embajada de España en Buenos Aires, la Diputación de Pontevedra, la Academia Argentina de Letras y la Sociedad Argentina de Escritores. Francisco Gil nació en 1915 en Vilar (Pontevedra), desde donde emigra junto con sus padres a la Argentina. El 2 de enero de 1931, con 16 años y vistiendo pantalón corto, entra a trabajar de recadero en la librería y editorial El Ateneo.
Con el paso de los años, Paco Gil se convertirá, por decreto de la Subsecretaría de Cultura de la Nación en Librero Mayor de Buenos Aires. Fue amigo y maestro librero de Borges y de la mayoría de los escritores destacados en literatura y pensamiento latinoamericano del siglo XX. Por su púlpito -como señala Roberto Alifano-, por sus consejos, pasaron Eduardo Mallea, Francisco Luis Bermúdez, Ricardo Molinari, Carlos Mastronardi, Victoria Ocampo, Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Leopoldo Marechal, Arturo Marasso, Conrado Nalé Roxlo, Arturo Cuadrado, Lorenzo Varela o Luis Seoane, entre otros muchos.
Pero Paco Gil además de aconsejar a tanto grande, participa y promueve múltiples iniciativas de promoción de la lectura, facilita la llegada a las librerías de nuevos escritores, vincula a los noveles con los consagrados, innova en la manera de promocionar el libro, invierte en la edición de nuevos escritores… en fin, se convierte en un auténtico mecenas de la cultura.
El proyecto que me entrega Goyanes y que se denomina “Francisco Gil, el librero de Borges”, pretende que en 2017 se lleven a cabo una exposición museística, las vicisitudes del rodaje del documental filmado por Xan Leira y la edición de los libros-catálogos de F. Gil en Buenos Aires. Bueno sería que nuestro gobierno hiciera trasladar esta muestra a España para que los paisanos de un individuo tan singular como fue Paco Gil, conozcan a una persona cuyo viaje vital fue reconocido por tantos escritores de culto y por los amantes del hecho literario.
Buenos Aires, 18 de septiembre de 2016

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Escasez

Foto: taringa.net

Foto: taringa.net


Hay un cierto temor creciente entre la ciudadanía de los países desarrollados con respecto a la profundidad de la crisis que soportamos. La crisis solo puede ser sufrida por aquellos que… o bien viven en la abundancia, o, al menos, disponían hasta ahora de los recursos mínimos para existir con cierta dignidad; porque, la crisis, no afecta a los que viven en la desventura de la subsistencia. Esos… seguirán muriendo de hambre, como hasta ahora, almacenando en la despensa de sus cuerpos enfermedades horribles y contagiosas para las que no podrán obtener fármacos, rumiando la escasez que les rodea sin atisbar peldaño alguno que los eleve a otro escenario posible, masticando el tedio en los no tan escondidos basurales del mundo, durmiendo en cloacas infectas y compartiendo con las ratas los infinitos nidales de miseria esparcidos por el planeta.
Continuarán sin más, como siempre, olvidados por la prensa y los medios audiovisuales, excepto para hacer documentales etnográficos que alegren las tardes de la ciudadanía de los países desarrollados y abandonados por todos a la negra suerte que les servirá de sudario cuando fenezcan.
El nacer aquí o allá es un premio o un castigo que no valoramos suficientemente. El azar encarga la génesis que nos encumbra a una vida de holganza o de privación. Posteriormente, el esfuerzo, la formación y la vereda de la vida en que podamos transitar pondrán el resto. Pero, la cuna, el lugar desde el que oteamos el mundo por primera vez, cincela de forma inevitable lo que seremos.
Hay quienes distinguen entre el pobre -el que tiene poco-, el indigente -el que no tiene nada- y el paupérrimo -aquellos que componen las sociedades que viven en la miseria más absoluta y sin posibilidades estructurales de salir de ella-.
Cuando, como ahora, el cinturón ha de estrecharse, parece que fuera el tiempo propicio para echar una mirada al otro, al que vive en la desgracia, al que siempre caminó entre los arrabales de la opulencia. Precisamente ahora…, ahora que acuciados por la crisis estamos menos capacitados para ayudarles. Así de negra es la vida. Así de cruda la existencia del ser humano.
Un sino azabache sobrevuela la estabilidad de la saneada economía de los países ricos y, los que hasta ahora vivíamos sin ver a los pobres, nos preguntamos, alucinados, si el espejo nos devolverá pronto una imagen que nos haga parecernos a ellos, a esos que dejamos morir de hambre en cualquier lugar del mundo.

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