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El librero de Borges

Foto: Editorial El Ateneo

Foto: Editorial El Ateneo


Lo que importa es el tránsito. La vida se enmarca en el trayecto que transcurre entre el nacimiento y la muerte; Ítaca no es destino, es la suprema razón del viaje, como el hilar y deshilar en la rueca es la estrategia de Penélope.
El martes pasado comí en Buenos Aires con el profesor, pintor y litógrafo argentino Néstor Goyanes, a quien hace años convertí en personaje de uno de mis libros: La búsqueda de la identidad. Goyanes trae bajo el brazo un documento que me regala; un proyecto de Xan Leira para ensalzar la figura de Francisco Gil auspiciado por el Ministerio de Cultura argentino, la Embajada de España en Buenos Aires, la Diputación de Pontevedra, la Academia Argentina de Letras y la Sociedad Argentina de Escritores. Francisco Gil nació en 1915 en Vilar (Pontevedra), desde donde emigra junto con sus padres a la Argentina. El 2 de enero de 1931, con 16 años y vistiendo pantalón corto, entra a trabajar de recadero en la librería y editorial El Ateneo.
Con el paso de los años, Paco Gil se convertirá, por decreto de la Subsecretaría de Cultura de la Nación en Librero Mayor de Buenos Aires. Fue amigo y maestro librero de Borges y de la mayoría de los escritores destacados en literatura y pensamiento latinoamericano del siglo XX. Por su púlpito -como señala Roberto Alifano-, por sus consejos, pasaron Eduardo Mallea, Francisco Luis Bermúdez, Ricardo Molinari, Carlos Mastronardi, Victoria Ocampo, Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Leopoldo Marechal, Arturo Marasso, Conrado Nalé Roxlo, Arturo Cuadrado, Lorenzo Varela o Luis Seoane, entre otros muchos.
Pero Paco Gil además de aconsejar a tanto grande, participa y promueve múltiples iniciativas de promoción de la lectura, facilita la llegada a las librerías de nuevos escritores, vincula a los noveles con los consagrados, innova en la manera de promocionar el libro, invierte en la edición de nuevos escritores… en fin, se convierte en un auténtico mecenas de la cultura.
El proyecto que me entrega Goyanes y que se denomina “Francisco Gil, el librero de Borges”, pretende que en 2017 se lleven a cabo una exposición museística, las vicisitudes del rodaje del documental filmado por Xan Leira y la edición de los libros-catálogos de F. Gil en Buenos Aires. Bueno sería que nuestro gobierno hiciera trasladar esta muestra a España para que los paisanos de un individuo tan singular como fue Paco Gil, conozcan a una persona cuyo viaje vital fue reconocido por tantos escritores de culto y por los amantes del hecho literario.
Buenos Aires, 18 de septiembre de 2016

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Escasez

Foto: taringa.net

Foto: taringa.net


Hay un cierto temor creciente entre la ciudadanía de los países desarrollados con respecto a la profundidad de la crisis que soportamos. La crisis solo puede ser sufrida por aquellos que… o bien viven en la abundancia, o, al menos, disponían hasta ahora de los recursos mínimos para existir con cierta dignidad; porque, la crisis, no afecta a los que viven en la desventura de la subsistencia. Esos… seguirán muriendo de hambre, como hasta ahora, almacenando en la despensa de sus cuerpos enfermedades horribles y contagiosas para las que no podrán obtener fármacos, rumiando la escasez que les rodea sin atisbar peldaño alguno que los eleve a otro escenario posible, masticando el tedio en los no tan escondidos basurales del mundo, durmiendo en cloacas infectas y compartiendo con las ratas los infinitos nidales de miseria esparcidos por el planeta.
Continuarán sin más, como siempre, olvidados por la prensa y los medios audiovisuales, excepto para hacer documentales etnográficos que alegren las tardes de la ciudadanía de los países desarrollados y abandonados por todos a la negra suerte que les servirá de sudario cuando fenezcan.
El nacer aquí o allá es un premio o un castigo que no valoramos suficientemente. El azar encarga la génesis que nos encumbra a una vida de holganza o de privación. Posteriormente, el esfuerzo, la formación y la vereda de la vida en que podamos transitar pondrán el resto. Pero, la cuna, el lugar desde el que oteamos el mundo por primera vez, cincela de forma inevitable lo que seremos.
Hay quienes distinguen entre el pobre -el que tiene poco-, el indigente -el que no tiene nada- y el paupérrimo -aquellos que componen las sociedades que viven en la miseria más absoluta y sin posibilidades estructurales de salir de ella-.
Cuando, como ahora, el cinturón ha de estrecharse, parece que fuera el tiempo propicio para echar una mirada al otro, al que vive en la desgracia, al que siempre caminó entre los arrabales de la opulencia. Precisamente ahora…, ahora que acuciados por la crisis estamos menos capacitados para ayudarles. Así de negra es la vida. Así de cruda la existencia del ser humano.
Un sino azabache sobrevuela la estabilidad de la saneada economía de los países ricos y, los que hasta ahora vivíamos sin ver a los pobres, nos preguntamos, alucinados, si el espejo nos devolverá pronto una imagen que nos haga parecernos a ellos, a esos que dejamos morir de hambre en cualquier lugar del mundo.

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Efectos colaterales

Foto: es.wikipedia.org

Foto: es.wikipedia.org


Hasta las gónadas. Justo hasta esa parte tan sensible y tan necesaria para el mantenimiento de la especie me tienen nuestros líderes políticos. Además, para más inri, de vez en cuando se me hinchan, creo que del berrinche.
Habrá quienes piensen que la tal cosa es una exageración, pero no, no. Puedo demostrarlo. Es más, me tuve que comprar un suspensorio para contenerlas dados su volumen y peso extremos. Un verdadero problema, oigan.
Iba por la calle andando con las piernas abiertas, oscilando entre la extremidad izquierda y la derecha en un bamboleo incesante -que ya lo quisiera para sí el péndulo de Foucauld- que no dejaba de ser tragicómico.
El asunto comenzó cuando se conocieron los resultados de las penúltimas elecciones a las que acudimos los españoles. Como saben, el líder del partido más votado declinó la posibilidad de formar gobierno y se quedó tan fresco; como quien está jugando una partida de póquer y no entiende, no quiere comprender, que el dinero con el que apuesta es de todos los españoles y que así juega cualquiera. En ese justo momento, tal como le expliqué al urólogo, empecé a notar la hinchazón en las citadas zonas pudendas.
Luego intentaron formar gobierno los líderes de los partidos que obtuvieron el segundo y cuarto puesto en la predilección de los españoles, y pasó lo que pasó; todo se fue al garete y fuimos a una nueva convocatoria de elecciones. Aquí, siguiendo las directrices del doctor, me tuve que dar de baja porque a los compañones no había pantalón de talla extra que los contuviera.
En las elecciones pasadas voté por correo dado que no me parecía de recibo ir al colegio electoral con la carretilla que utilizo para portar mis partes. Imagínense. Un asistente social ha de ayudarme a cargar ese escroto gigantesco, meterlo en el carrillo, y luego, empujándolo, ya puedo moverme con cierta libertad, mirando esa maldita sábana blanca con que me tapo la vergüenza que me han originado los cuatro estadistas que tenemos a la cabecera de los partidos que nos representan, y que, además, no están dispuestos a dar un paso atrás aunque se hunda España.
He consultado al médico qué cosa me pasará si ahora, tampoco, hay gobierno, y vamos a terceras elecciones. Ha sido categórico: Tendrás que ir a los sitios rodando. Serás una pelota en donde apenas se notarán un par de ojos.
Los españoles no nos merecemos esto, y, por mi parte, solo puedo añadir que no quiero que este huevo siga creciendo.

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Disquisiciones


Hay un momento en la vida de cada persona en el que, reflexionando sobre sí, ha de preguntarse si merece la pena el esfuerzo realizado para llegar a ser lo que es. Este curioseo -aparte de tener muchas respuestas, tantas como individuos-, viene aparejado con el desasosiego que nos produce el hecho de que enfrentados a un espejo, no nos reconocemos en la imagen que nos reintegra. Tiene el espejo esa cualidad de devolvernos una imagen de alguien que se parece a nosotros pero que no somos nosotros. Sabido es que Borges tenía una gran fijación con los mismos hasta que la ceguera lo liberó de ese tormento.
Si a ello le sumamos que cada uno de por sí es una amalgama de existencias que intentan ser un solo ser y que, dependiendo de las circunstancias, actuamos de una u otra forma en función de intereses particulares, políticos o coyunturales, pues, apague y vámonos.
Si decimos que Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Bernardo Soares, Vicente Guedes, Fernando Pessoa o Álvaro Coelho de Athayde (del que la editorial la Isla de Siltolá acaba de publicar La educación del estoico, traducido por Manuel Moya y con un prólogo exquisito del filósofo Julio Moya), son todos el mismo individuo, pues lo más probable es que haya lectores que no se lo crean. Y estarían en su derecho, porque, cada uno de ellos pensó de una manera, nació en un lugar distinto y escribieron libros distintos.
Vivimos instalados en una quimérica ambigüedad y nuestro conocimiento de la realidad es ínfimo; tanto, que aún utilizando los mismos signos de lenguaje, nuestros ideogramas pueden ser incomprensibles para los otros.
Además, nos han educado para reservarnos, para no decir lo que pensamos. No hay más que mirar a los líderes políticos. Uno tiene la certeza de que nos están mintiendo. Siempre. Sin excepción alguna. Y sin embargo los votamos, una y otra vez. Un misterio, mire.
La verdad, nuestra verdad, casi nunca sale a flote, siempre queda escondida. Somos actores que ejecutan un personaje. El mundo es un gran teatro donde la individualidad se pierde para formar parte de una cadena que tira de nosotros hacia un inevitable destino: el modelo de sociedad donde hayamos nacido o estemos inmersos.
Cada uno de nosotros es un pequeño “museo de minucias efímeras” -como denominaba Borges a los periódicos- donde resulta casi imposible no rozar la locura. La capacidad humana para interrogarse tiene estos inconvenientes: podemos perdernos en el camino.

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El laberinto

Foto: es.wikipedia.org

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El acceso al Palacio de la Moncloa se ha convertido en un embrollo de tal magnitud, que el mito helénico del laberinto de Creta parece un juego de niños comparado con las dificultades que los españoles venimos padeciendo para que un nuevo inquilino -que no esté en funciones, que pueda ejercer con todos los atributos, con todo el imperium que el cargo conlleva- se aposente en su poltrona de una vez, y sepamos quiénes narices somos, cómo nos llamamos, cuántos millones de euros nos va a pedir la UE de manera inmediata; cuánto tiempo queda para que la hucha de las pensiones se vaya al garete; si vamos a pedirles o no a los bancos lo que nos adeudan, ahora que tienen ganancias; si el río de jóvenes con títulos universitarios que continúan marchándose de España va a parar o no; si se creará alguna vez trabajo que no sea precario en este país…
En fin, una lista interminable de preguntas que nadie puede contestarnos porque no hay manera alguna de tener Gobierno. Además, el minotauro aposentado en el laberinto no deja de manifestar que las cosas están así porque los demás no le ayudan.
Mitos aparte, hay escritores a los que admiro que han escrito mucho y bien sobre los laberintos; que vendrían a ser a mi entender, una especie de sueños en los que intentas subir una escalera interminable que nunca se acaba y cada vez, con más tesón y premura, hay alguien o algo indefinido que te persigue, que está a punto de alcanzarte y uno está cada vez más exhausto, hasta que, el bombeo del corazón a punto de destrozarse te despierta con una sudoración de órdago y con la sensación de estar en el limbo.
Así siento que estamos los españoles. Soñando un sueño ajeno impuesto por nuestros líderes políticos. Y estamos hartos de soñar, oigan. ¡Hasta los mismos tuétanos!
Los temas recurrentes en los laberintos ficcionales suelen ser los secretos, la corrupción política, la soledad, el tiempo o la asunción del poder. Pero, se da la circunstancia, que, de nuevo, la ficción se adelanta a la realidad, y lo que nos acontece ya estaba escrito en el mito de el laberinto de Creta -como se ha dicho-, El laberinto de las aceitunas de Eduardo Mendoza, El laberinto de la soledad de Octavio Paz o en estos versos de Borges que dedico al próximo Minotauro, sea quien fuere el mismo: No habrá nunca una puerta. Estás adentro/ y el alcázar abarca el universo/ y no tiene ni anverso ni reverso/ ni externo muro ni secreto centro.
Al menos nos quedan los libros y los sueños.

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III Gerra Mundial

apocalipticus.over-blog.es

apocalipticus.over-blog.es


Que el mundo está en guerra es evidente. No hace falta que lo digan -como lo han hecho- ni François Holland ni el Papa ni cualquier otro mandatario.
Porque la guerra, como todo, ha evolucionado y mucho. En este triste caso, para peor. Es decir, la capacidad destructiva de las armas en liza es tan demoledora, tan portadora de daños irreparables para las construcciones, las infraestructuras o el medio ambiente, sin hablar de lo fundamental, el inimaginable número de muertos y damnificados -físicos y psíquicos- que puede dejar en el escenario de la refriega el uso de los últimos inventitos de la industria bélica, que da pavor el sólo pensar que dicha rueca pueda ponerse en marcha y comience a bobinar una inconcebible negra madeja, por mor de unos pocos de locos y siniestros mandatarios públicos o de facto -que tanto monta.
Pero, nada hay que descartar del comportamiento inhumano del ser humano. Y esto no es un oxímoron ni se le parece, es pura Historia conocida por los alumnos de primaria de cualquier país del mundo. Por tanto, de qué nos extrañamos; si la ciudadanía, la que debiera detentar el poder soberano hace mucho que perdió las riendas de la toma de decisiones y la dejó en manos de unos burócratas, que -hayan obtenido el poder de manera democrática o por la fuerza- sólo legislan en beneficio de intereses espurios nada concordantes con los demandados por la ciudadanía a la que debieran servir, para qué quejarse, entonces.
No hace tantos años, la guerra se anunciaba públicamente, se llamaba a filas a la soldadesca que habría de morir en honor de tal o cual patria, se preparaban los pertrechos y el avituallamiento, se escogía incluso el lugar en donde se enzarzarían a mamporros, escopetazos o cañonazos, se elegía el día y la hora, y luego, alguien vencía y otro capitulaba.
Pero esto se acabó.
Las armas atómicas, nucleares, químicas o bacteriológicas son tan letales, que dicen los listillos que se tienen solo para intimidar. Hasta que explote una ojiva casual o intencionadamente, y como precaución, el resto de países destruirá el mundo habitable en un par de horas, por si acaso iba con él el tema. Un delirio absoluto.
Y como lo anterior no puede hacerse, pues se han puesto de moda los atentados, que necesitan menos recursos humanos y materiales, pero permite seleccionar el país que se desea aterrorizar. Y en esa estamos, en la tercera guerra mundial desde principios de siglo, sin siquiera anunciarla.

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Juventud abandonada

Foto: es.dreamstime.com

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España posee en estos momentos la generación más capacitada de todos los tiempos. El acceso universal a la formación ha traído consigo que muchos padres nos sintamos orgullosos del esfuerzo realizado por nuestros hijos y también, de nacer o vivir, en un territorio en donde las políticas sociales han permitido a los que así lo han deseado, adquirir unos niveles educacionales acordes con las capacidades de cada cual, las dosis de voluntad esgrimidas y el esfuerzo desarrollado para conseguir las metas que se propusieron.
La contrapartida a lo dicho es sabida por todos. A muchos de ellos, de nada les ha valido el esfuerzo. Es decir, no han podido entrar en el mercado laboral y, los que lo han conseguido, disfrutan de unos sueldos pírricos, de unos abusivos horarios o, en muchos casos, cansados de esperar una oportunidad, han hecho la maleta y se han largado a otro país para ser explotados.
Y esto es triste, sí, pero también vergonzoso. Este derroche, esta fuga de cerebros que gangrena el futuro inmediato de España, esta sangría, nos pasará factura en los venideros años, digan lo que digan algunos políticos de derechas que no entienden que todas las personas somos portadoras de derechos, y que dicen ahora, con sus mentiras, que les harán regresar a su país.
Mienten, saben que eso no será posible excepto en un número irrisorio de personas porque, los países de acogida, aquellos en los que se han podido instalar, han conseguido una mano de obra cualificada, deseosa de trabajar y demostrar sus capacidades y, además, para más dicha, su formación nada les ha costado puesto que la hemos abonado con la caja de todos, esa que cada vez está más enjuta y polvorienta.
Los que conseguimos cambiar de status social en los albores de la democracia en este país, a mediados de los años setenta del pasado siglo, espoleados por unas políticas que propiciaron una formación dada y el posterior acceso a un puesto laboral retribuido acorde con las capacidades obtenidas, no podemos más que estar en desacuerdo con las políticas impuestas por los gurús de esta nueva raza de liberales que anteponen la economía, la rentabilidad, el negocio en definitiva, por encima del bienestar de la ciudadanía.
Hay cuestiones que no pueden dejarse a la iniciativa privada, jamás. Y la educación, el trabajo, la cultura, la sanidad, la dependencia y la seguridad integral de las personas no son negociables. Son derechos inalienables del ser humano.

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De espera

Foto: definicionabc.com

Foto: definicionabc.com


En España las personas con derecho a voto estamos hasta las gónadas de ir a votar. Llevamos como saben, dos elecciones, sin que ninguno de los candidatos haya obtenido el apoyo para formar un Gobierno estable que dirija y lleve a efecto el programa con el que se presentó a las elecciones.
Un asunto bastante grave si se piensa un poco, porque, la tal cosa, denota que no hay un líder que sobresalga con fuerza suficiente sobre los otros; que convenza al electorado de manera fehaciente y con quien la ciudadanía comulgue de forma incondicional, entiéndase mayoritaria, de forma que pueda iniciar la tarea de gobernar con la tranquilidad, el rigor, y el sosiego que España necesita en estos momentos.
Pero no, ese no es el caso del escrutinio resultante de las votaciones celebradas el 26 de junio y lo sabemos todos.
El PP de Mariano Rajoy ha aplicado al resto de candidatos una estrategia de la inmovilidad que ha vuelto a dar resultado y, esta vez, con más ventaja que la anterior, a pesar de la ristra de casos de corrupción existentes en ese entramado mafioso -supuestamente, lo dejaremos ahí, sin más- que afecta a una parte de sus líderes políticos. Pero, de nuevo, hay que admitir sin sonrojo alguno, que el PP ha vuelto a ganar las elecciones. Punto.
Del PSOE de Pedro Sánchez, para qué hablar. Sánchez ha tirado por la borda el buen hacer de casi siglo y medio de políticas sociales, progresistas, tan necesarias para un mundo más justo, igualitario y con la equidad suficiente para que todos, haciendo un esfuerzo según sus niveles de renta, contribuyamos a un mundo más solidario y humanista. Vamos, que ha mandado al PSOE al carajo, por mucho que quieran sacar pecho los miembros de su equipo electoral.
El batacazo de Unidos Podemos ha sido de órdago. Podían haber sido y lo han tirado todo por la borda, al menos por ahora. Quizá solo y exclusivamente, por no tener el líder adecuado. Me pregunto qué cuadro tendríamos hoy si hubiera sido Errejón en vez de Iglesias, quien dominara a Podemos y todas sus confluencias. Otro gallo hubiera cantado la madrugada del 27-J, sin duda.
De Ciudadanos tampoco merece la pena hablar. Se les han notado demasiado las ansias de tocar el poder como fuera y con quien fuera. Pero Rivera es un chico listo y pasará a la acción en cuanto Rajoy le haga un hueco. Lo está deseando, y Rajoy tampoco tiene muchas alternativas para seguir en la Moncloa.
Toca esperar, es lo democrático aunque no guste a algunos.

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Acuerdos necesarios

Foto: definicion.de

Foto: definicion.de


Conocí a Eladio Salichat en el amanecer de la pubertad, en ese tiempo en que los lirios parecen lirios -aunque no lo sean- y los nardos, nardos. En aquellos albores de nuestras vidas, Eladio parecía que fuera a consagrar su vida al encauzamiento de almas distraídas, dado que su apego y fijación por los menesteres eclesiásticos era evidente; al menos, así lo llegó a confesar en repetidas ocasiones.
Es sabido que en esta vida ha de existir de todo y cada cual es libre de elegir el destino que desee, o que pueda, por ser más preciso en estos tiempos de vendavales y tropezones, de inhabilitación de principios o de ausencia de valores.
Me he topado con él, por azar, en un vagón del Metro de Madrid. No sé cómo nos hemos reconocido; quizá por el brillo pícaro y como de complicidad que han desprendido nuestras pupilas: posiblemente lo único que tenga algún parecido con lo que fuimos otrora.
Eladio me contó, en el breve trayecto que anduvimos juntos, que se alejó de aquello -así lo ha dicho-, después de haber leído a Milton, a Goethe y, sobre todo, gracias a un relato de Pessoa llamado La hora del diablo.
En dicho relato el maestro portugués sitúa en el proscenio literario a Satán y a María, una mujer cualquiera, una esposa corriente, embarazada de pocos meses, que asiste perpleja a la aparición de un heterodoxo Fausto pessoano.
En la lectura de los autores citados, dijo Eladio, encontré una razón devastadora que apagó la lumbre que empezaba a germinar en mi persona: que la existencia de Mefistófeles, Satán o como quiera llamársele al tal sujeto en cualquier religión, es un elemento imprescindible para la existencia de los dioses.
Que el Mal, como tal, en sentido estricto, es solo una panoplia ideada por los oráculos de cualquier época y lugar, con la que nos mantienen amordazados mientras vivimos.
Queda justo una semana para que los líderes políticos de este país -dioses o diablos-, convenzan al electorado de que su opción es la más adecuada para resolver los problemas de la ciudadanía. A partir de ahí, deberán guardar silencio y esperar el designio de las urnas el 26 de junio, que colocará a cada cual en un lugar determinado: en el Gobierno o en la oposición; o, lo que también es posible, en unas terceras elecciones, que ya sería la rehostia -con perdón.
Salichat no existe, es puro cuento, pero, España y los españoles sí. Y estamos hartos, oigan. ¡Pónganse de acuerdo o márchense!
17 de junio de 2016

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José Nogales

Foto: casadellibro.com

Foto: casadellibro.com


Hay escritores que son unos completos desconocidos, a pesar de una obra ingente; otros, brillan unos años entre sus coetáneos y luego desaparecen por siempre; algunos otros, los menos, poseen una estela que recorre el tiempo y vence fronteras, pueblos y culturas.
José Nogales Nogales, que por desgracia pertenece al segundo grupo de los descritos, nació en Valverde del Camino en 1860 y falleció en Madrid en 1908. A su entierro acudieron Canalejas, Moret, Blasco Ibáñez y Pérez Galdós entre otros. Sin embargo, pocos, muy pocos, saben de su buen hacer periodístico, literario o político, ni siquiera en su tierra.
Esta semana pasada el profesor Ángel Manuel Rodríguez Castillo presentó en la Biblioteca Provincial de Huelva, escoltado por las dos figuras más señeras de la literatura onubense actual (Manuel Garrido Palacios y Manuel Moya) Cuentos escogidos de José Nogales Nogales, puesto en circulación por la editorial Renacimiento.
El texto consta de un prólogo de Rodríguez Castillo, de cuarenta cuentos de Nogales y de un epílogo a modo de conclusión, denominado Añoranzas.
Rodríguez Castillo conoce como pocos la obra de Nogales, no en vano realizó su tesis doctoral sobre el mismo: Vida y obra de José Nogales. De ahí que los cuentos seleccionados por él sean un manjar para los aficionados al género. Divide los mismos, con acierto, en cuatro apartados: Del siglo de oro y picarescos, Leyendas y supersticiones, Naturalistas y moralistas y Otros temas.
He posado mis ojos por cada una de las páginas del libro con pasión de diletante. Hay quienes dicen que los cuentos y las novelas envejecen, no es cierto. Lo que se degenera son las modas, incluso los estilos, pero no los textos bien escritos. Sólo hay que situarse en el tiempo de los mismos y dejarse llevar por la ambrosía de la palabra evocadora, del verbo ágil, de la narración que nos lleva a espacios reales o ficticios. Y José Nogales nos transporta a un mundo reconocido en su tiempo como original, paisajístico, incisivo, satírico, crítico y reivindicativo. De ahí quizá, de “su ausencia de pelos en la lengua” tanto en el campo político como en el literario, le vengan estos males: este olvido.
Baste decir, para finalizar, que con su cuento Las tres cosas del tío Juan, ganó en 1900 un concurso organizado por El Liberal, donde Emilia Pardo Bazán y Valle-Inclán quedaron segunda y tercero respectivamente. Cosa que no le perdonaron, por supuesto.
9 de junio de 2016

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