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Tributos (2014)


Todo el que escribe, al igual que todo creador en el campo de las artes o las ciencias que fuere, está más cerca del manicomio que de la cordura; porque, la sensatez, incluso científica en sentido estricto, es una red que impone la sociedad para que de ella no salga más de lo que está permitido.
La política, la religión, la filosofía, las normas consuetudinarias o las reglas no escritas de la urbanidad en su caso, se encargan de fijar unos conceptos predeterminados que actúan como pegamento para fijar un modelo de sociedad dada para cada época y cada lugar.
Además, algunas religiones incluso no permiten pensar. Se acuerdan de aquella pregunta que nos hacían no hace mucho que más o menos venía a inquirir lo siguiente: ¿ha pecado usted de obra, o de pensamiento?
¡Tiene bemoles! Y no hace tanto, no.
Pensar nunca fue fácil. Hoy, como siempre, tampoco lo es. Y manifestar lo rumiado mucho menos.
A pocas personas se les permite en libertad (plena) ser independientes en sus manifestaciones; a excepción quizás de los genios, los extravagantes y los locos, y siempre que no hagan mucho ruido con sus elucubraciones.
Lo malo es que, entre ser una uva más del racimo -o eslabón de cadena-, hay quienes decidieron, en una encrucijada a la que debieron enfrentarse con dolor, hacer caso omiso de tales estipulaciones y dar rienda suelta a sus pensamientos al coste que fuera.
Las ataduras a nuestra libre exposición nos las impone el miedo y no otra causa: la censura en sus mil infinitas formas: el castigo que nos vendrá impuesto.
De ahí nace que se coarte la palabra, que se atempere el verbo, que se adapte el discurso a lo socialmente correcto.
Y esto es una pena, sí. Porque las palabras no asesinan, matan los hechos.
Mantenemos socialmente una careta helénica -tragicómica, habría que precisar- que impide ver nuestro rostro; en este caso del que hablamos, la angostura o la holgura del pensamiento, impidiendo además la posibilidad de entablar un diálogo franco, sereno, sosegado... socrático, si lo desean, que puedan llevar nuestras cuitas a buen puerto y de mutuo acuerdo: con consenso.
Y así nos va, claro.
Y las preguntas serían las siguientes: ¿Merece la pena pagar tantos tributos siendo la vida tan corta? ¿Es necesario seguir fagocitando los sueños?
Contéstese a placer. Nadie le oirá.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

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