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Sábado noche

Apura la noche marchita en una mañana de coca tardía y güisqui con hielo. Sale del cuarto de baño después de haber esnifado los restos del gramo de polvo blanco que la hacen hablar y gesticular hasta por los codos. Regresa a la barra donde la esperan los dos negros que encontró en un tugurio y que llevan seis horas metiendo las manos por donde pueden y que ella permite para sentirse bien: adorada, inconfundible, única. No llega a la treintena, pero la luz matinal dibuja los vestigios y el cansancio de un cuerpo vapuleado en noches de droga y alcohol. Ella saca la lengua a sus adoradores de ébano que arraciman sus manos a su cuerpo aún prieto. Fija su atención ahora en uno y luego en otro. Muerde sus grandes bocas de morados y lúbricos labios. Quizá ellos le proporcionaron la lucidez del polvo que pasa lento por sus venas. O no. Sólo son perros salidos ante una valquiria en celo. Ella manda y ella, ahora, quiere... Quiere que la adoren, que la manoseen, que la busquen. Sentir el deseo incontenible en los ojos de ambos es lo que en estos momentos la hace feliz. Sólo eso. El mundo se acaba para ella en esos dos pares de ojos saltones, en las palmas de las manos que se le cuelan como culebrinas entre sus piernas entreabiertas, en ese olor rancio a esperma que intuye que llenará su sexo y sus pechos, en...
La camarera, harta del espectáculo y ante la cara de los parroquianos que desayunan, le llama la atención y le dice que si pueden abonarle lo que les debe, que ya no hay más copas, que le están espantando a la clientela que viene a desayunar. Con una risotada y comentando no se qué sobre el puritanismo se levanta seguida de los dos gorilas. Ellos abonan la cuenta, la rodean por el talle y salen los tres a la calle.
En estos momentos ella no recuerda que al comenzar la noche se había propuesto hacer este domingo muchas cosas. No realizará ninguna. Sin embargo, se irá a dormir con los dos amigos de toda la vida que conoció hace unas horas y que la voltearán como una muñeca rota en una cochambre de hotel. Después de dormir, en medio de sus dos amantes, regresará de su viaje sintiéndose hastiada y cansada. Recogerá sus cosas en silencio; se pondrá la ropa interior con sigilo y buscando la puerta de salida -que no sabrá donde queda- bajará descalza la negra escalera que le llevará a la calle.
Al respirar el tórrido calor de las cuatro de la tarde y en la puerta de la casa donde fue utilizada por dos desconocidos, vomitará su insignificancia con asco no encontrando justificación alguna a su comportamiento.
Pero ella sabe que, a pesar de los remordimientos que ahora pululan por su cerebro, cuando la soledad en que vive arraigada solicite ser saciada, saldrá nuevamente en busca de alguien que la consuele aunque sólo sea por unas horas.
archivado en:
manuel rubiales
manuel rubiales dice:
17/08/2006 21:06

Admiro, querido Paco,entre otras muchas cosas, lo certeras que son las descripciones que haces en tus textos. Una vez mas me siento dichoso de leerte. Un saludo

PacoHuelvaCala
PacoHuelvaCala dice:
18/08/2006 02:42

Gracias, amigo Manolo.
UN ABRAZO
PACO HUELVA

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