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Contrapunto (2016)


No creo que puedan existir hipócritas conscientes. No puede sostenerse un papel falso constantemente, excepto en casos muy excepcionales. Esto es lo que afirmaba Aldous Huxley, el afamado autor de Un mundo feliz en una novela de poco éxito pero que quizá sea su obra maestra, a mi entender, y que se denomina Contrapunto.
Contrapunto es un apasionado y lúcido examen de la condición humana en el mundo contemporáneo; en el nuestro, en el de ahora; y quizás en el de siempre con retoques de usos, costumbres y vestuario; una exposición de ideas, emociones, deseos y esperanzas que las más de las veces se ven truncadas; un cuadro fiel de una sociedad que se desintegra en contradicciones irresolubles; un retrato de unos mandatarios que legislan una cosa pero siempre terminan haciendo otra; unas organizaciones nacionales movidas por los intereses financieros de turno; unas estructuras internacionales que dicen velar por el interés general, por el bienestar de la ciudadanía del mundo o por la existencia de derechos inalienables que luego se quedan en agua de borrajas porque cinco países del orbe tienen derecho a veto en el Consejo General de Naciones Unidas; que manifiestan, qué risa, estar encargados de mantener la paz y la seguridad en el mundo. ¡La paz y la seguridad! Qué mentira más atroz, como tantas otras. El veto de Rusia y de China para que se produzca un receso en la guerra de Siria es un ejemplo de lo absurdo de muchas instituciones de la Organización de Naciones Unidas y todas sus cartas de derechos fundamentales.
Pero, en esta novela llena de musicalidad, lo que resaltan por encima de todo son dos cualidades humanas: la hipocresía y la desesperanza.
El mundo es un escenario. Hay guionistas que escriben un incesante libreto, unos directores que lo afinan, unos actores (políticos) que hacen la interpretación más brillante posible y, unos espectadores, que, como en La Caverna de Platón, están amarrados a sus asientos (a sus circunstancias) sin poder hacer otra cosa que soportar la obra tal como nos la sirven. Punto. Contrapunto.
Está claro que la desesperanza siempre cae en manos de los engañados, utilizados, manipulados, manejados... espectadores. Mientras que la hipocresía queda en poder -por cuestiones de reparto- de los dirigentes, manifiesten estos ser de izquierdas, de derechas, del norte, del sur, de Oriente o de Occidente.
Pero pudiera ser que Huxley estuviera equivocado y el que esto escribe también.