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Caminos, por Pedro Gabo

Mayo es un mes de caminos. Se inicia con la marcha de los trabajadores y a partir de ahí, un reguero de romerías, cada una con su camino. Y su polvo. No estoy seguro de que todos los fieles, o devotos, que estos días harán el camino con mayúsculas, el de El Rocío, sean seguidores de las barbaridades que estamos escuchando por parte de los miembros de la Conferencia Episcopal. La rigidez, la intolerancia, con la que se expresan en relación a las bodas entre personas homosexuales transmite la imagen de unos mediums por cuya boca habla el mismísimo Torquemada (miedo desde luego dan). Ni que hubieran legislado que son ellos los que tiene que casar.

Le queda a uno el consuelo que hay una Iglesia de base, desde luego mucho más cercana al Evangelio, por sus palabras y sus hechos, que sufre que esa otra Iglesia a la que todavía pertenecen (no sabemos si viviremos en el siglo XXI algún cisma) cada día esté más lejos del mensaje de amor y fraternidad que son sus pilares.
Empieza a hacerse mayor la brecha entre los que mandan en la Iglesia (más cercanos a los poderosos) y el pueblo, que vive su religiosidad de un modo personal, no doctrinario, alejado de lo que se dicta desde los púlpitos. Y Benedicto no es como para albergar muchas esperanzas en este sentido; y la Curia menos…los caminos del Señor.
Lo escandaloso es que no estén teniendo una postura tan beligerante, esos que todavía usan alzacuellos, con lo que sí que es una verdadera aberración: los casos de pederastia que se están dando en su propio seno. Porque una cosa es hablar de amor entre adultos que se comprometen a dar amor (y lo digo por la posibilidad de adoptar) y otra muy distinta es que se abuse de menores y no se esté castigando. Ese terrorismo, sí genera traumas y destruye vidas. Así que ya que llaman a la desobediencia civil, espero que civilmente sean castigados estos perversos.
Es evidente que estos nuevos modos de relaciones parentales van a dar como resultado otro tipo de personas, que va a haber mayor diversidad, pero de ahí a que esto vaya a ser malo, hay un abismo. No creo que salga nada malo de lo que nace del amor. Mucho peor me parece que haya menores que pasan sus vidas en instituciones y que por bien que les hayan tratado siempre quedarán marcados. Ya no son hospicios, desde luego, pero un centro de menores es un centro de menores (¿cuántos gestiona la Iglesia?).
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Y hablando de caminos, el más duro, el que han recorrido esos miles de inmigrantes para llegar a nuestras costas. Y que seguirán recorriendo otros miles, porque huyen de la opresión y la miseria.
Sin dejar de lado el desconcierto que han vivido con el proceso de regularización, en el que tantas vueltas han tenido que dar, siempre con la esperanza de ser personas en un país que los denominaba simplemente ilegales.
Espero que tantos romeros que vivirán un año más esas experiencias inolvidables, que tan reiteradamente se escuchan en las sevillanas en el repertorio de cada temporada, en algún momento los tengan presentes en sus oraciones a la Blanca Paloma.
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