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Sierra, por Pedro Gabo

Después de los incendios y la sequía, vuelve la magia que desprende la sierra onubense cuando está recién empapada por la lluvia. Un bálsamo contra los males de la vida urbana para los que no nos gusta el estilo impersonal que se está imponiendo en nuestras vidas en las ciudades, cada vez más alejadas de la naturaleza. Cuando ves los barrancos con agua, sabes que ha vuelto la alegría a una comarca que depende tanto de la tierra para la subsistencia. Mientras por aquí abajo se celebra el día de Internet, se reclama el AVE y se sueña con un aeropuerto, ir en tren a nuestra sierra sigue siendo una aventura que nos transforma en pasajeros a una velocidad del siglo XIX; se tarda el mismo tiempo en el trayecto Huelva-Cortegana que en el de Sevilla-Madrid. En un mundo interconectado por altas velocidades se mantienen viejos desequilibrios: la sierra sigue condenada al ostracismo, con unas comunicaciones deficitarias. Y, sin embargo, la línea férrea Huelva-Zafra no está en primera línea del debate político provincial, no es tema de confrontación. En esta aritmética perversa en la que nos hallamos, no sabemos si este desapego será cuestión de los votos que da la sierra.
Lo cierto es que siendo una comarca con un gran potencial para progresar, la gente se viene de allí por la falta de empleo, y hartos de trabajar para ir tirando dignamente. Más allá del PER (o como se llame ahora), si hay una desbandada de jóvenes es por falta de oportunidades. Y este progresivo abandono del mundo rural está dejando a los pueblos envejeciendo como en el pueblo blanco de Serrat. Y si te toca llorar es mejor frente al mar parece que piensan todos los que se vienen a la costa a buscar otro destino. Un destino en la costa turística y hormigonada.
Esperemos que el futuro de la sierra, que algún día le llegará, no sea el mismo; que si su desarrollo depende del turismo no sea a costa de pervertir el equilibrio del entorno (esa nueva utopía del turismo responsable con la naturaleza). Esperemos que el Parque Natural Sierra de Aracena-Picos de Aroche sea un freno para la especulación urbanística. No hay muchas garantías después de lo que está pasando con otro parque natural, Marismas del Odiel, para el que se está pidiendo la recuperación del espacio degradado que tiene en frente y, al parecer, para algunos es una barbaridad que la ciudadanía así lo reclame.
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Cuando el ruido de fondo de nuestros políticos sigue siendo la reforma del Estatuto catalán, me pregunto si ese sentimiento tan atávico del que se nutren los nacionalismos difiere mucho del que tienen la gente serrana con su historia, su entorno, su cultura, su habla. No son como las de ningún otro lado, si eso tiene algo que ver. Mucha diferencia no debe de haber, otra asunto es si nos ponemos a hablar de cómo nos repartimos los euros, que es lo que importa, porque es con lo que se construyen las infraestructuras, entre otras cosas; y ya ese es otro cantar. En la actualidad, no sé que diferencias hay entre una idiosincrasia y otra como fundamento para un reparto privilegiado. No tenemos Montserrat, pero sí la Peña de Alájar. Por si sirve de algo.