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Odio al tabaco

Roberto llegó a casa de improviso. Encontró -con gran malestar- restos de colillas en un cenicero del salón, y en el aire, un vaho ceniciento y un olor que no era propio de aquel recinto. Preguntó a su mujer por el origen del mismo, quien le contestó con evasivas que no le convencieron. ¿Estaría fumando su mujer?
Otro día, mientras orinaba plácidamente después de la comida, comprobó que en la taza del servicio había colillas que alguien quiso hacer desaparecer tirando de la cadena y no consiguió. ¡Qué raro! -dijo-. ¡Si mi mujer no fuma!
Al cabo del tiempo y cuando el incidente anterior se le había olvidado, encontró nuevamente restos de colillas en un cenicero que estaba sobre su mesilla de noche. ¡Esto pasa de castaño oscuro! -masculló-. Llamando a su mujer con decisión, Roberto mantuvo un altercado con ella hasta que ésta le confesó que sí, que estaba fumando. Ambos se enzarzaron en una agria polémica sobre los efectos del tabaco, el daño que hacía al organismo, los efectos sobre los pulmones, etc...
Al día siguiente, como no tenía la conciencia tranquila por la bronca montada a su mujer -con motivo del tabaco- y, pensando que era a todas luces excesiva, decidió salir antes de lo habitual del trabajo para pedirle perdón: total, muchas personas fuman y qué se le iba a hacer, también era una decisión personal en la que él no debía entrar.
Cuando llegó a casa encontró a su mujer con un hombre en la cama y empezó a comprender. Su mujer no fumaba, el que fumaba era su amante. Dio un gran respiro de alivio, sonriendo a su mujer que estaba algo arrobada ante la situación y, más tranquilo ya, saludó al amante de su mujer y le dijo que no debería fumar, que era malo para la salud; a lo que el individuo -que su mujer le presentó como Antonio- dijo que haría lo posible. Su mujer, de paso, le pidió perdón por mentirle; ella no fumaba pero no quería decirle que tenía un amante. Él le manifestó no estar enfadado, que ahora estaba mucho más tranquilo al saber que no había adquirido ese vicio y dijo que, para que vieran que no estaba molesto y además pudieran terminar tranquilos lo que habían interrumpido por su culpa, se iba nuevamente al despacho porque... en realidad, tenía muchas cosas pendientes.
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rafa leon
rafa leon dice:
06/07/2006 01:29

Sé que, tal vez no se me comprenda, pero pienso que Roberto sí que sabía establecer sabiamente prioridades.

Un abrazo
Rafa