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Presentación del cartel de Las Noches del Foro 2010

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Más hostias

Nuevos desvaríos, nueva inteligencia, nuevos ataques a esta sociedad. Por un futuro más oscuro. Una sociedad peor es asequible. Las hostias del Padre Murphy es una mierda de performance donde se mezclan intentos pésimos de interpretación con la lectura de unos cuentos exquisitos. Malos actores para un público peor. Literatura gruesa como las pollas de los ponys. Mal sonido. Mala iluminación. Aforo bebido y probablemente drogado. Es el happening que durante tantos años estuviste esperando. Moderno sin dejar de ser cutre. Pretencioso sin alejarse del mal gusto. No debes perderte la próxima parada. Encuentro Arterial. Castaño del Robledo (Huelva). Iglesia Inacabada. Sábado 23 de mayo. Dos pases, a las 18h. y a las 21′30h. para los más masocas.


http://revistaarterial.blogspot.com/2009/04/arterial-el-encuentro-que-no-suena-late.html

http://colectivopacoperez.blogspot.com/

TAZOS Y BOLSILLOS

Era primavera y salíamos del Beach Club de Benalmádena, Málaga. Giré la cabeza y sorprendí a mi hijo de dos años acunando un par de tazos en la almohadilla de sus manos. Intentaba –con relativo éxito- esconderlos en el bolsillo de su pantalón vaquero. Sus movimientos eran toscos, poco ejercitados en el arte de escudriñar las oquedades. Con su piel tostada y rosa, el pelo castaño alborotado, se encorvaba y parecía un James Dean de Jardín de Infancia. Mi hijo había descubierto la existencia del bolsillo compañero. Envidié privadamente ese instante de bucanero que despeja la guarida del tesoro, ese gesto de alquimista de lo íntimo, esa infancia de revelaciones suntuosas. Qué pinta de chulazo satisfecho cuando tocaba los tazos desde fuera, por encima de la tela del vaquero. Comprobaba con la magia intacta que permanecían dentro del bolsillo, sin caerse, como sonajeros mudos. Marcos no lo sabe, pero comienza a educarse en el coleccionismo de bolsillo. El día de mañana, si se porta bien, manejará su paga semanal. Acumulará tazos normales, de reverso azul y tuneados; súper tazos de color verde, como las moscas golosas a las que arrancará las alas; mega tazos amarillos como soles desplomados; mágic tazos con el rostro de los personajes estridentes de la tele; chiki tazos del color morado de una tentadora y guarra golosina; máster tazos, tan grandes que apenas caben en la mano abierta. Marcos bajará a la calle y escarbará en los bolsillos, como un arqueólogo minúsculo y mundano. Acumulará ramitas que pondrá a navegar en los charcos grises. Un martes en el recreo se pringará con una moneda de chocolate derretida. Una estrella azul de boli reventado manchará la esquina del bolsillo. Aparecerán anónimas pelusas sin origen cierto. Su madre lavará los pantalones y desgraciará el cromo con la imagen de su mediapunta favorito. Encontrará la mecha rota de un petardo. Los días de gimnasia que se aburra en clase, meterá la mano en el bolsillo del chándal y se frotará la polla. Nadie notará que se inspira en la maestra más cañera. Las primeras llaves de casa rasgarán la fina tela del bolsillo. Olvidará que guardaba un billete de cinco euros en el peto vaquero de moda. Aquella chica de sonrisa azucarada introducirá un papel -que extraviará- con el número de móvil anotado. El día de la boda de su hermana, probablemente estrene un traje de bolsillos amplios, idóneos para albergar el arroz admirativo. Le prepararé un bocata para ir al baloncesto. Arrugará el papel de aluminio hasta hacer una bolita. La protegerá en su bolsillo. Saldrá del pabellón y, con depurada mecánica de tiro, la encestará en la papelera más lejana. Yacerá en la playa con una hembra muy sincera, entregada al roce de su voz de pana. Lo auxiliará el bolsillo con el látex deseado. Una baraja de cartas lo salvará en las lluviosas noches en la sierra. La presión de la cartera marcará su huella en el bolsillo trasero. Sonreirá al paso del desafiante peine de un lolailo. Descubrirá la chupa de cuero y las cremalleras; los botones interiores de la chaqueta. Cobijará las manos frías, la lista de la compra y las notas del próximo relato. Detestará los bolsillos falsos y los que escupen tus secretos y tu ingenio. No comulgará con riñoneras para almacenar mecheros de propaganda. Jugará con los clips de la oficina. Paseará abrazado a su mujer y cuatro dedos en el receptáculo trasero. Vibrará el móvil cerca de los huevos. Pero hoy es lunes santo y salimos a lo loco del Beach Club de Benalmádena, Málaga. Miro a mi hijo de dos años con la mano en el bolsillo, que corre, tropieza con un bordillo, cae y llora arrodillado en el suelo. Repito el gesto meláncolico y aventurado de tantos años. Ya no deposito en mi bolsillo tazos, ramitas o condones. Ahora mis manos reconocen las llaves del coche, dos monedas de dos céntimos y, por fin, el mecanismo más simple, el consuelo de las siestas, el antídoto, un exquisito chupo y blando que apacigua el llanto.

Las hostias de El Padre Murphy

Estimados Catecúmenos:

 Por la presente quedan convocados a la homilía literaria que se celebrará en la sacristía del Bar 1.900, en Huelva, Spain. El Padre Murphy reprenderá con virulencia eclesiástica las confesiones de Mario Marín. Será el próximo miércoles 29 de abril, a las 23 h. Recen por la absolución de sus almas. Amén.

 

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5. A LA SOMBRA DEL PALO BORRACHO (PIANTADA CRÓNICA DE UNA ESTADÍA EN BUENOS AIRES E IGUAZÚ)

V

Es un tópico manifestar que los alrededores de la Plaza de Mayo recuerdan a Madrid. O que Alvear es prima hermana de París. Pero no por ello deja de ser menos cierto, doy fe. Pasamos una mañana deambulando por Hipólito Yrigoyen, Balcarce, Rivadavia, Bolívar. Entramos en la Catedral, saludamos al Cabildo y al Banco de la Nación y, cómo no, pasamos largo rato retratándonos en la Casa Rosada, como unos guiris campeones. Realmente te sacude el alma pasear por entorno tan característico, pisar el suelo de una plaza cargada de emotividad, testigo de tantos momentos históricos. En la Plaza de Mayo continúan reuniéndose las madres que honran a sus familiares desaparecidos. Hoy es el epicentro de las grandes concentraciones y manifestaciones de Buenos Aires. Toda convocatoria que se precie debe aglomerarse en esta plaza. Por eso, nos contaron, los últimos presidentes ya no viven en la Casa Rosada, rodeados de sempiterno alboroto y disturbio, sino que se desplazan en helicóptero diariamente desde una residencia a las afueras. Otra curiosidad es que la Casa Rosada no es exactamente rosa, más bien salmón. El color va fluctuando con los sucesivos embellecimientos. Nunca conserva un tono exacto. En ella rodaron Evita Antonio Banderas y Madonna. Desde el balcón presidencial cantó Madonna “No llores por mí, Argentina”.

Alrededores de la Plaza de Mayo La casa rosada que no es rosa Guardianes de la casita

Alrededor de la casita El Banco de la Nación, donde ya no queda guita

En realidad la plaza es pequeña, y el ambiente encantador, con sus palmeras, sus palomas pululando y cagando, los quioscos vendiendo recuerdos y banderitas de Argentina. Me recordó al Parque de Las Palomas en Huelva hace treinta años, pero con la salvedad de que aquí podías toparte con la Pirámide de Mayo, el Monumento al General Belgrano y toda suerte de pintadas contestatarias.

Ambiente regenerador Guiris en la Plaza de Mayo Monumentos pintados

Literatura panfletaria y peronista Pintadas en el suelo

4. A LA SOMBRA DEL PALO BORRACHO (PIANTADA CRÓNICA DE UNA ESTADÍA EN BUENOS AIRES E IGUAZÚ)

IV

Estábamos ansiosos por patear la calle, por mezclarnos en el trajín cotidiano bonaerense, por escuchar radiantes sonidos, por adivinar en los rostros la mezcla de razas., por empaparnos de acentos y murmullos. Nos tiramos a la calle bien temprano, con la idea de tomar la Avenida del Libertador (¡treinta y tres kilómetros de larga!) y alcanzar el Museo Nacional, en Recoleta. No sé si fueron un par de horas de caminata, con alguna parada incluida para tomar café, hasta que llegamos al Palais de Glace, antigua pista de hielo y mítico salón de baile donde en una reyerta alojaron la bala que Gardel mantendría depositada toda la vida en el pulmón. Hoy es un museo que cuelga obra de nuestra amiga Andrea (Riccardi).

El Palais de Glace rodeado de ombús

En nuestro mayúsculo paseo vimos gente atareada, gente acalorada, muchísimos mestizos. Me sorprendió. Asumido el flujo migratorio de principios del siglo veinte, compuesto mayormente por españoles, polacos, judíos y, sobre todo, italianos, en la actualidad Buenos Aires recibe a peruanos, bolivianos, paraguayos, uruguayos, brasileños y ecuatorianos, principalmente, acuciados por las paupérrimas economías de sus países, más débiles aún que la argentina.

La plaza aledaña al Palais de Glace (Intendente Alvear) está sembrada de ombús, un voluptuoso árbol también llamado Bella Sombra. El ombú es originario de Argentina, renombrado por la generosa sombra que proporciona su frondosa copa y sus gruesas y orondas raíces, que parecen brazos de pulpos gigantes. Acojonan un poco. Parece que están vivos, que en cualquier momento van a echarse a andar o a pegarte un abrazo fuerte (como los teletabis).

Abrazo fueeeerte Majestuoso Fité qué ramas Felipa chamuya con los ombús

Seguimos subiendo hasta alcanzar las puertas del Cementerio de Recoleta. Alrededor  del Centro Cultural hay montado un tinglado de puestecillos que venden artesanías, libros usados (mención especial para una antología de poesía gauchesca forrada en piel de vaca o una primera edición ecuatoriana de Cien años de soledad) o frutillas (fresas) para tomar allí mismo. Hay poca bulla. Paseamos distraídamente.

Entramos en la Iglesia del Pilar, de principios del siglo XVIII, y nos reímos mucho sacándole una foto a una virgen que es clavada a una amiga. Por lo demás, nada espectacular, sencilla, sin alardes, de ajustadas proporciones.

Iglesia del Pilar Nuestra amiga la virgen

La majestuosidad nos espera en el cementerio, al lado del antiguo convento de los padres recoletos, que por otra parte son los que dan nombre al barrio. Es un despliegue extraordinario de arquitectura funeraria, del siglo XIX a principios del XX. Alberga panteones familiares y bóvedas, principalmente, de burgueses, políticos, escritores y estancieros. Me llamó la atención que, aunque la “estrella” turística sea el panteón (muy modesto) de Evita, en realidad a quien da más cancha el cementerio es a Domingo Faustino Sarmiento, escritor y ex presidente de la Nación en el siglo XIX, que descansa en un esplendoroso mausoleo repleto de placas de los más variopintos y representativos colectivos ciudadanos. Fue especialmente emocionante comprobar el cariño que se le profesa al autor de Facundo o Civilización y Barbarie, una de las lecturas más pasionales que acometí en mi racha universitaria. Esta imperdible obra, a la que tanto debe el boom latinoamericano y su sucesivas novelas sobre caudillos y dictadores, toma al caudillo riojano Facundo Quiroga, “el tigre de los llanos”, como eje para explicar sociológicamente el país, confrontado los conceptos de civilización y barbarie, lo urbano y lo rural. Sarmiento fue una figura mayúscula, un prócer de la educación, de la ciencia, de la literatura, de la política, y así lo reconoce por doquier un pueblo culto y agradecido. En España levantamos monumentos a Lola Flores. También descansan en esta inmensa acumulación de monumentos funerarios escritores como Bioy Casares, Lugones, Hernández, Girondo o Larreta.

A lo alto Mausoleo blindadoCon Sarmiento Un descanso neogótico Todo a lo grande El segundo apellido de Felipa Hermosa madre Detalle

Evita y familia Una placa expresiva Evita, siempre florida

El gran Bioy El calamar opta por su tinta

Continuamos con la visita a Buenos Aires Design, un centro comercial al uso europeo, con tiendas para turistas y restaurantes de poco interés. No obstante, entre tanta atonía consumista, nos reconfortó ver que en uno de los establecimientos vendían grabados de la serie tanguera de nuestro amigo Rafael Gil. Estábamos reventados de andar durante toda la mañana, pero nosotros seguimos, cabezotas, ahora por Alvear y Quintana, París inmiscuyéndose en Buenos Aires. Paramos a almorzar raviolis, descansamos la fascitis plantar y nos dirigimos al Museo Nacional, a terminar de machacarnos. Se notaba que era el primer día. ¡Qué moral teníamos!

¡Grande Gil! Bailar pegados

Un clásico

El Museo Nacional de Buenos Aires está ubicado en la Avenida del Libertador, enfrente de la Plaza Francia. El edificio consta de tres plantas, cuarenta y cuatro salas de exposición y más de doce mil obras. Acumula el mayor patrimonio artístico del país y uno de los más importantes de Latinoamérica. La oferta es variada. Desde arte precolombino andino hasta colecciones de arte internacional (de la Edad Media a Siglo XX), que incluyen piezas de Modigliani, Miró, Picasso, Van Gogh, Renoir, Rubens, El Greco, Berni, Maccio, Varo… (Lo dejo porque es un no parar). En la tercera planta encontramos una sala de exposiciones fotográficas y una terraza de esculturas más bien flojitas, muy desmerecedoras del resto del Museo. Por otra parte, es evidente que el espacio se quedó pequeño para tanta obra. Hay salas que no pueden disfrutarse, que incluso agreden a la vista, que sufren garrafales errores de montaje. Se acumulan las obras una encima de otra, sin sentido, sobre paredes rojas que achican aún más el espacio. Cuentan también con una gran biblioteca, pero, sin embargo, la librería es muy flojita, impropia de un museo de este nivel. La asociación de amigos del Museo tiene mucho trabajo para ayudar a modernizar la pinta del edificio y su manera de mostrarse al público, que por otra parte es turístico y neófito, muy distinto del que pasea por el MALBA (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires).

Avenida del Libertador La Facultad de Económicas Linda flor El Ché por los suelos

Plaza Francia

El Museo Nacional desde Plaza Francia Ya vamos llegando

En la sala destinada a exposiciones temporales (muy buena sala, diseñada con criterio) admiramos Aproximaciones, de Jacques Bedel; pese al nombre, artista argentino multidisciplinar y multigalardonado que, con el plástico como materia prima, propone un sensual viaje telúrico, a la luz de los brillos y las sombras. Una auténtica gozada y una suerte haber coincidido en fecha con esta magna exposición.

Mágico Bedel

El gran descubrimiento en este museo fue la pintura Papilla estelar, de Remedios Varo, nacida en Gerona a principios de siglo XX y exiliada en México. “México es más mío que de nadie”, llegó a decir. La obra en cuestión es un lindo ejercicio surrealista donde una madre, mediante un extraño artilugio, recolecta estrellas, las tritura y las da de comer a una luna enjaulada. Una delicia preciosa.

Surrealismo aful

Serían ya como las cinco de la tarde cuando salimos del museo. Llevábamos unas siete horas de pie, sin parar de andar. Empezaba a hacer un calor importante. Tomamos un refresco en la única cafetería cercana, un sitio bizarro que quería ser moderno, un antro consagrado a la escudería Ferrari, camareros vestidos con polos rojos. Se imponía tomar un taxi que nos llevase al hotel, a descansar un poco. El cuerpo aún se imponía a la pasión.

3. A LA SOMBRA DEL PALO BORRACHO (PIANTADA CRÓNICA DE UNA ESTADÍA EN BUENOS AIRES E IGUAZÚ)

III

Una hora de auto Huelva-Sevilla, dos horas y media de AVE Sevilla-Madrid, trece horas de vuelo Madrid-Buenos Aires y una hora de auto más del aeropuerto Ezeiza a Buenos Aires bien merecían una siesta. Hay adicciones balsámicas que no deben perderse, por mucho charco que hayamos puesto de por medio.

Por la tarde tenemos el primer encuentro con Néstor y Andrea. Abrazos, risas y… ¡ganas de compartir el primer bife de chorizo! Nos recogen en auto en el hotel y, antes de ir a cenar, pegamos una vuelta por la ciudad. En esos momentos de embelesamiento primero, atontado aún por la diferencia climática (allí era verano), por las luces que iluminan edificios, monumentos y fachadas, muchos detalles pasan desapercibidos. Ningún adorno en las calles invita a pensar que estamos en Navidad, que celebran con tibieza. Vemos desde el coche la escultura de El Quijote, un regalito realmente espantoso de un escultor español. Algún tiempo estuvo entre rejas (el regalito), supongo que castigado por feo. Parecía que paseábamos por Madrid cuando atravesamos la Avenida de Mayo, la Plaza de Mayo, la Casa Rosada, la Catedral, el Banco de la Nación. En la Avenida Paseo Colón e Independencia, frente a la Facultad de Ingeniería, en la plazoleta Manuel de Olazábal, pudimos admirar el monumento Canto al Trabajo, de Yrurtia, un grupo escultórico de catorce figuras humanas esculpidas en bronce. Una obra realmente vigorosa y dinámica, espléndida.

Llegamos por fin a donde el condumio, Il Pippo, un bodegón bien ruidoso, situado en una recoleta zona de Paraná. Tenemos un amigo al que llamamos así, Pipo. Nos hizo gracia y sacamos foto a la placa con el nombre.

Comimos a base de bife de chorizo (¡por fin!). La carne es gruesa, tierna y jugosa. Parece mentira. En España no comemos de ese grosor, y si te atreves, probablemente es que estés comiéndote una bota. Es curioso. Según pasaron los días y fui pidiendo de comer, constaté que los argentinos aplican con la vaca el mismo ritual que nosotros con el cerdo: se lo comen todo. Es decir, de la vaca se saca morcilla, chorizo, costilla, chinchulines, bachín, bife, matambre… Aplican unos cortes absolutamente desconocidos aquí. Consiguen que comer carne sea una auténtica experiencia gourmet. Sin embargo, el cerdo, como si no existiera. Nada de presa, secreto, solomillo o castañuelas. Eso me desconcierta. ¿Por qué no sacamos los españoles el mismo partido de la vaca? ¿Por qué no hacen ellos lo propio con el cerdo?

Probé el jugo de pomelo, que en realidad viene a ser como una fanta limón, embotellada por la Coca-Cola. Ésa es la bebida con la que brindé durante toda la cena (el brindis, otro imperdible de nuestra estadía), mientras mis compañeros lo hacían con un buen vino de Mendoza. Debe de ser traumática la experiencia de brindar con un abstemio consumado.

Como curiosidad, Il Pippo te ofrece una servilleta cuadrada, de tela, con ribetes rojos y el bordado de un tenedor enrollando espaguetis. En una esquina, una abertura para que puedas enganchártela a un botón de la camisa y prevenir las manchas. Como yo siempre uso camisetas (“remeras”, dicen ellos), tampoco pude participar del ritual de ataviarme como un bebé.

Con Felipa a las puertas de Il Pippo Er Pipo de Güerva

Para coronar la cena, marchamos a Helados Cadore, en Corrientes. Néstor conoce al dueño, Mingo, descendiente de italianos. Por lo que desprendimos de su conversación, amante de la caza mayor y del tango. Platicamos de a poco y nos reiteró que debíamos volver antes de marcharnos, algo que, lamentablemente, no tuvimos tiempo de hacer. Y digo lamentablemente porque, además de que con Mingo chamuyamos amigablemente, sus helados son algo aparte, sobrenatural; mientras que no se demuestre lo contrario, los mejores del mundo. Una oda al helado de Cadore. Jamás probé cosa igual. No se derriten estos helados descendientes de recetas transalpinas, cremosos, de una consistencia inusual, plenos de sabor. Me acordé mucho de Carlitos Ferrer, un adicto al helado de chocolate, que compra por kilos en la calle Concepción de Huelva. Nada que ver. Tomé en Cadore un helado de chocolate amargo y dulce de leche. Probé el de Andrea, de mascarpone. El mascarpone es un queso que proviene del norte de Italia y que en Argentina es muy característico. Es un queso de consistencia cremosa, como un yogur. Se utiliza mucho para elaborar el tiramisú, tan típico de la cocina italiana. El auténtico queso mascarpone debe ser elaborado con leche de búfala.

Después de esta insuperable vivencia repostera, pasamos a recoger a Carmela, la hija pequeña de Andrea, adolescente, que nos cuenta que quiere estudiar letras. Según creemos entender, en Argentina todavía se respeta la carrera de Filosofía y Letras, como antaño en España, antes de la atomización en subcarreras que realmente no profundizan en nada.

Nos dirigimos al Río de la Plata. Durante el trayecto, Néstor nos versa de él y de su infancia, del cariño que le profesa, de las horas que pasó pescando a la orilla con su padre, de cómo sepultaron kilómetros de su caudal para construir encima. Este río, ya pudimos constatarlo desde el avión, es casi oceánico, el más ancho del mundo (¿lo ven? En Baires, todo a lo grande), casi trescientos kilómetros de largo, oficiando de frontera con Uruguay. Sus aguas son pardas y de escasa profundidad.

No es el río el único fenómeno natural bonaerense que subyuga a Néstor. Desde que llegamos, está muy pendiente de mostrarnos ejemplares del Palo Borracho, un árbol normalmente panzón, de extraordinaria floración, con aguijones cónicos en el tronco. Su filiación con estas manifestaciones telúricas es notoria, casi obsesiva, como corresponde a un creador de raza y como confirmaríamos más adelante.

Néstor y su árbol Hermosos palos borrachos

La noche era fría, a pesar de estar en verano. En el mirador que paramos corría un viento de muerte. Carmela nos lanza unas fotos (¿quién las tiene?), a las dos parejas, acurrucadas de frío. De repente, Andrea abre su bolso y, ante nuestra atónita mirada, enarbola una servilleta de tela, cortesía Il Pippo. Néstor improvisa el dibujo genial de un compadrito y lo firma. Después hacen lo propio Andrea y Carmela. Brindamos.

Compadrito con buzón

Volvemos al hotel. Pasamos al lado del Planetario, el Zoológico, las zonas verdes que en este viaje no visitaremos. La próxima vez lo haremos, con los niños.

2. A LA SOMBRA DEL PALO BORRACHO (PIANTADA CRÓNICA DE UNA ESTADÍA EN BUENOS AIRES E IGUAZÚ)

II

Fue a través de Merche y de Samir que conocí a Néstor y a Andrea, en el 2.001, en un café de la Plaza del Sol de Madrid. Todos participábamos, de alguna u otra manera, en ESTAMPA, la Feria Internacional de Grabado y Artes Gráficas, y nos habíamos propuesto terminar la jornada relajadamente, tomando algún café o algún vino. Néstor era un grabador afable, de barba pelirroja y ojos grises, inesperados, ataviado con gorrita marinera. Andrea, también grabadora y litógrafa, grácil, conservaba una disciplinada curiosidad en su mirada. Ambos porteños, ambos recién y muy enamorados, con un metejón en el cuore, agarraditos al calor de la misma mesa. Pronto, como siempre que ocurre cuando me asocio con un argentino, Néstor y yo la emprendimos a golpear tango, ante la mirada divertida (creo yo) de la barra. Recuerdo La última curda, evocando al Polaco Goyeneche (“Tu lágrima de ron me lleva/hasta el hondo, bajo fondo,/donde el barro se subleva…”). Pasamos una noche realmente memorable, teñida por el repiquetear de la lluvia, la garúa, allá, afuera, bien lejos.

Néstor y Andrea, amarraditos los dos

Después de aquella noche, poco más supe de sus vidas, apenas sus mails circulares anunciando sucesivas exposiciones en remotos lugares.  Cinco años más tarde, Samir, Director del Taller de Grabado Estable de la Diputación de Huelva, me presenta un proyecto de Néstor (ahora con la barba cubierta de nieve) para mostrar en la Sala Siglo XXI del Museo de Huelva: De viajeros, inmigrantes y aventureros. Como buen porteño, Néstor creció con la inmigración de sus abuelos a cuestas, con las cartas que su madre compilaba de aquellos parientes de Galicia, tan cercanos, tan ignotos. De ahí surgen sus preguntas sobre la identidad. Esa obra reflejaba dicha búsqueda, que el artista materializó en un viaje de luces y de sombras a la tierra de sus descendientes. Néstor apresó en el papel el fulgor de una infancia agridulce, fresca, con niños, monigotes, barquitos de papel, frases de escuela y de castigo, marineros, carabelas, barquitos y soles. Estos días Néstor nos ha confesado que fue más que fuerte ver su nombre colgado de una banderola en la fachada del Museo. Que cinco siglos después se invirtió el camino. Ahora él nos había conquistado a nosotros.

Obra de Néstor Barquitos a la mar Trencitos, soles y cartillas escolares Trencito de cuerda a toda máquina

La exposición en Huelva, coronada con una apoteósica cena en casa de Samir  y Merche (otra vez, más tango, en casa de una moguereña y un sirio choquero), fue un éxito, lo que nos animó a emprender una itinerancia por la provincia (que a día de hoy prosigue). De entre todas las localidades visitadas, especialmente expresiva fue la reacción en Gibraleón, entusiasmados, agradecidos. Muchas gracias, Caye.

Y llegó nuestro momento de viajar a Argentina, ése que nos concita hoy y aquí. Quisimos quedar con ellos, sin expectativas, en principio nomás que para saludar, acercarles la documentación que acá ha generado la muestra de Néstor e invitarlos a cenar y no importunar demasiado. Pero se tomaron bien a pecho nuestra llegada, y apenas nos dejaron respirar en nuestra estadía, toda vez que se lo permitían sus compromisos personales y profesionales. Nos acompañaron a recorrer en auto la provincia; La Boca y sus colores; a Cadore, con Mingo, a probar el mejor helado del mundo, un mascarpone con chocolate amargo; a las Villas Miseria y los fantasmas del paco; al taller y casa de Rafael Gil y Lidia Paladino (otros grabadores argentinos imperdibles); a la cena y el espectáculo for export Piazzolla Tango; a sentir el golpe de la brisa del Río de La Plata; al encuentro de esquinas tangueras: la de Manzi, la de Gardel, la plazoleta Discépolo; a visitar tanguerías como El Chino (reducto dilecto de Serrat y Sacristán), El Viejo Almacén, Carlitos (oh, qué cantores);  a descubrir la singularidad del Barrio Coriano; a maljurar el infierno de las torres de Puerto Madero; a paladear un choripán al paso por la costanera sur; a sentir una parrillita bajo el ombú de Chinchulines; a tomar el último café con Borges en el Tortoni; a mirar bailar al Club Gricel… Antes de regresar a España, Néstor nos emocionó con el regalo de un plano de Buenos Aires, mejorado con sus anotaciones y dibujos de todos los lugares que habíamos visitado juntos. Un tesoro que hoy luce bien sentimental en nuestra casa.

Vista panorámica del tesoro Detalle del mapa del tesoro No parás de descubrirle cosas

1. A LA SOMBRA DEL PALO BORRACHO (PIANTADA CRÓNICA DE UNA ESTADÍA EN BUENOS AIRES E IGUAZÚ)

I

Después de una boda trocha, marcada por la ruptura del protocolo, zapatos de puntera y piel de serpiente, roqueros travestidos y valses brelianos, la novia y yo marchamos de luna de miel a Buenos Aires. “Garçonnière, carreras, timbas, copetines de vicioso”, cantaba Gardel en Tengo miedo. No exactamente, pero algo de eso también hubo en nuestra estadía en la megalópolis, en ese viaje que tenía pendiente desde hacía veinte años (“que veinte años no es nada, que febril la mirada”), una inmersión en la urbe de las urbes, en la ciudad cincelada a golpe de migraciones, dictaduras y bandoneón.

Estadía. Preciosa palabra. Quizás la primera que escuché en esta primera visita al reino del lunfardo. “Bienvenidos a Buenos Aires. Que pasen una grata estadía”. Así se presenta en el aeropuerto el tipo de la agencia que ha de conducirnos al hotel. En contra del tópico, el porteño que pudimos conocer en el siglo XXI no es aquél que para suicidarse se arroja desde lo alto de su ego. Este porteño no es soberbio; es cálido, amable, cariñoso, perspicaz, mundano, ingenioso.

Una hora de tránsito fluido desde el aeropuerto de Ezeiza, un par de peajes, Felipa reclamando a Orange que no le activaron el roming, Andy Kusnetzoff en Radio Metro y la sección “¿Da para darse?”.

Da para darse. Quiere decir “follar”. Como “coger”. Hombres y mujeres llaman a un conocido/a y le formulan la preguntita de marras: “¿Da para darnos?”. En abierto, ante millones de oyentes. Esta es la espontaneidad argentina, aquella que los españoles (gallegos, para ellos) perdimos en nuestro tránsito a la macabra europeización. A partir de aquí y de la respuesta del interpelado, risas a full. El conductor de esta sección del programa Perros de la calle es Andy Kusnetzoff, ese desaliñado y rubianco (hoy canoso) ex reportero de Caiga Quien Caiga, edición argentina, la primigenia. Aquí en España pudimos verlo de vez en cuando, en la gloriosa etapa del Gran Wyoming, Pablo Carbonell y Tonino.

El chófer de la agencia suda de la risa cuando el tipo le dice a la tipa que NO da para darse. Abre la boca mostrando su irregular dentadura. Y grita:

-Ché, ¡es bárbaro! Entrás en los demás autos y en todos suena la misma cosa: Radio Metro.

Buenos Aires desde el coche es cálido y salvaje, caótico y eufónico, ruidoso y sensual, sucio y brillante, majestuoso y loco. Como más adelante, en una cena, hablando de Piazzolla, más concretamente de Adiós, Nonino, nos reveló el gran Néstor Goyanes, el reparador de sonrisas:

-Adiós, Nonino es Buenos Aires. Es esto, el tránsito infernal. Los coches, la gente, el bullicio. La hermosura y la tristeza.

Felipa continúa porfiando con la compañía telefónica. El chófer se gira inquieto:

-Ese llamado le va a costar mucha plata.

-Lo paga la compañía –le aclaro.

El chófer me cuenta que conoció a un cliente que en su estadía en Buenos Aires gastó seiscientos euros en conferencias. Algo más que una fortuna para ellos, que tienen el peso casi cinco a uno frente al euro. Casi cinco pesos por un euro. En Buenos Aires es muy barato comer en la calle. Por diez euros te pegas el festín. Bife de chorizo, bachín, costilla, matambre, morcilla, choripán, panqueque de palta, pizza muzzarella, empanada de carne, dulce de leche, agua con gas, alfajores. Imposible pasar dos semanas y no engordar cinco kilos.

Llegamos a nuestra morada, el Hotel República, Avenida 9 de Julio, ciento cuarenta metros de ancho, una de las avenidas más amplias del mundo, a lo largo de toda ella la embajada de Francia, el Teatro Colón (ahora en plena y polémica rehabilitación), la estatua de Don Quijote (un horreur español) en la intersección con la Avenida de Mayo, el edificio del Ministerio de Desarrollo Social, la punta oeste de la peatonal Lavalle, la Plaza Constitución. Cómo no, el Obelisco.

-La Avenida 9 de julio es la más ancha del mundo –nos aleccionaría Néstor más adelante-. En Buenos Aires todo es a lo grande. Las avenidas, los bifes, los parques, los ríos, los edificios, las confiterías, los monumentos.

(Los corazones, Néstor, los corazones).

El chófer nos ayuda a bajar las maletas y se despide:

-Que pasen una grata estadía. Y no olviden: Radio Metro. Da para dar.

Entramos en el hotel, de inmejorable ubicación, céntrico, en una de las arterias principales de la ciudad, rodeado de Corrientes, Esmeraldas, Suipacha, Florida, Lavalle, Avenida del Libertador, Avenida de Mayo, calles antológicas de tango, presas de la efervescencia bonaerense. Pronto confirmamos que el hotel se trata de un falso cuatro estrellas. Nos conceden una habitación limpia, pero muy escasa de metros. Gracias a la habilidad de Felipa, nos realojan en otra, ésta sí, decente de metros. Otra cosa, realmente. Yo por estas cosas no sé pelear. Me hubiese conformado con la primera y me hubiera autoengañado. Será la impronta de haber pasado tantos veranos en campamentos, adecuándome al olor de pies de pibes salvajes. La habitación es interior. Creí que por ello iba a estar libre de ruidos, pero afuera suena ininterrumpidamente un runrún, creo que el motor del aire acondicionado del edificio. Por otra parte, el aire acondicionado no es tal. Parece un ventilador, ruidoso y que remueve el aire. No hace mucho calor en Buenos Aires, quizás porque el verano acaba de asomar. Veinticinco grados. Como la habitación es pequeña, el aire acondicionado se apaña.

Nos llama Esteban, nuestro guía en este viaje. Bajamos al lobby. Encontramos a un tipo de treinta años, que de purrete fue rubio. Ojos azules, de natural cargado de espaldas. Un tipo guapo y encantador. Locuaz y sencillo. En la conversación nos confiesa que es arquitecto. Guau. Seguramente tenga más de un laburo, la tónica en este país, azotado por la crisis constante, la devaluación del peso, las dictaduras y el mangoneo, cuyos ciudadanos pelean de lo lindo su sustento. Nos explica la ciudad por zonas y actividades. Nos desaconseja un City Tour. Por ahí no hacía falta convencernos. Aparte de nuestra propia iniciativa, contamos con la ayuda de Néstor y Andrea, nuestros amigos argentinos que ejercieron de exagerados cicerones. A partir de ahora, sólo recurrimos a Esteban para concertar un par de visitas y las horas de recogida para los vuelos a Iguazú, vuelta a Bs. As. y regreso a España.

Estamos hambrientos, después de trece horas de avión y un par de horas más para asentar el campamento. Son cerca de las tres de la tarde. Vamos a buscar un restó (restaurante), pero de frente, al salir del hotel, nos topamos con el Obelisco, el Monumento Histórico Nacional icono de la ciudad. Fue construido con motivo del cuarto centenario de la primera fundación de la ciudad. Tiene casi 68 metros de altura. Su arquitectura es simple pero efectiva. Si te pierdes en esta ciudad de amplísimas y largas avenidas, no tienes más que mirar al cielo, y ahí se yergue, como un péndulo medidor del latido porteño. A sus pies cayeron las primeras fotos del viaje.

El Obelisco, monumento “a lo grande” (como todo en Buenos Aires) El Obelisco y yo

Lágrimas rojas

La niña polaca se sienta a la mesa y enciende la tele. Aparta el libro de cono. Remueve en el tazón las fresas con leche y azúcar. Acerca la cuchara a su boca expectante. Súper Mario nunca se afeita el bigote. Novita derrota a Gigante. El sabor dulce y jugoso acaricia su paladar, resbala por el tobogán del gusto. La madre polaca observa en silencio, tocando su anillo de ámbar. Ahora echa de menos el zumo de frambuesa en la cerveza, la melodía cortada que tañe la iglesia, esa luz pétrea. La niña mastica la tierra. Varsovia está bendecida de frío, y nunca llueve en domingo. La niña come los frutos. Después se lava los dientes y escupe el oro rojo de la saliva. Carga el álbum de pegatinas en la mochila. Abre la puerta, se abraza a la madre, que ya siente el río Vístula desbordado en sus ojos.