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Un poema de Pelayo Fueyo

Pelayo Fueyo Hace veinticinco años que Pelayo Fueyo (Gijón, 1967) y yo somos amigos. Además de muchas otras vivencias, hemos crecido juntos literariamente y, aunque tenemos la misma edad y es difícil encontrar dos poetas más diferentes, considero que soy en gran parte discípulo suyo.

Su poesía explora los misterios de la identidad, las paradojas del tiempo y el significado de los objetos que nos rodean, cotidianos e inquietantes, desde la avidez del conocimiento y el rigor del lenguaje. Se ha dicho a veces que la suya es una poesía difícil. Yo diría más bien que es una poesía compleja, que no halaga el oído del lector y que lleva su indagación muy lejos. Una poesía que ha bebido de múltiples fuentes, desde el simbolismo a las vanguardias, y que constituye una nota absolutamente personal en el panorama de la poesía española contemporánea.

Este año ha sido especialmente fructífero para Pelayo, que ha publicado dos libros: su poesía completa en Pretextos y un poemario nuevo, El libro de la discordia, en Deva. Ahí os dejo uno de sus poemas, perteneciente a uno de sus primeros títulos, Memoria de un espejo, el cual, por cierto, podéis leer íntegro en esta dirección: http://www.portaldepoesia.com/Biblioteca/Pelayo_Fueyo.htm

Que lo disfrutéis.

(La foto de la izquierda -cuya autoría siento no poder datar- fue tomada el año pasado en Pravia, durante un encuentro de escritores. Junto a Pelayo, se puede ver al también poeta Miguel Rojo).

Estáis muertos/ ...Os digo, pues,
que la vida está en el espejo,
y que vosotros sois el original, la muerte.
C. Vallejo

Aquí se mira un muerto,
aquí se busca un niño,
y ese niño eres tú.
Pero, no, es mentira:
el alcanfor preserva su recuerdo
de tus zarpas ansiosas, y no hay llave
que desvele un semblante que fue tuyo,
porque nunca hubo máscara.
Tú mismo
te has vestido de tiempo contra ti.
Querrás ver tu ataúd en el armario
donde buscas tus huellas;
sólo es
un baúl invertido.
No existe otra mortaja a tu medida
que la de ese propósito;
tus trajes
no podrán ocultar tanto desnudo.
Volverás al espejo en el que antaño
se reflejó el que fuiste; sólo eso
-tu imagen inmediata y la certeza
de que un niño la tuvo en otro tiempo-
te hará cómplice suyo de la vida.
Recitarás, entonces, esta estrofa
para acabar con todas las doctrinas:
«Yo soy ajeno a mi conocimiento,
soy esa carne cruda que se exhibe
ante su propia historia,
soy el original, la muerte.»

archivado en:
Santiago Bertault
Santiago Bertault dice:
16/06/2009 13:00

Gran poeta (además de gran persona por lo poco que le he tratado) y muy poco reconocido.

Jose Luis Piquero
Jose Luis Piquero dice:
17/06/2009 02:18

Por desgracia, menos reconocido de lo que debiera. E inmensa persona. Un abrazo.

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