
Parece que fue ayer pero ya hace un año y medio que Lana desapareció, casi con toda seguridad atropellada en su corto paseo matinal, la única aventura que se permitía esa gata vaga y perezosa. Si fue así, probablemente el que la atropelló ya ni se acuerda de haberlo hecho, y de haber arrojado el cuerpo a saber dónde. Pero en este año y medio yo me he acordado de Lana todos los días. Desde que ocurrió, siempre he dicho que nunca tendría otro gato: no podía pensar en sustituirla. Era dulce, era generosa... tenía más cara que lomo. Hacía la vida mejor. Y al irse dejó un gran vacío. Creo que todo el que tenga un gato, un perro o lo que sea, sabe perfectamente de lo que estoy hablando. Y sí, que suene como suene: hay animales mejores que muchas personas.

Las cosas cambian y la pena se mitiga, aunque el recuerdo permanezca. Hay otros amores. Quiero presentaros a Nana. El parecido del nombre no es intencionado: la hemos traído de un hogar de acogida para animales y así se llamaba. No sé si se lo cambiaremos o aceptaremos esa especie de continuidad fonética que a veces nos hace confundirnos, sintiéndonos culpables, cuando no hay necesidad. Nana tiene un año y medio; nació por las mismas fechas, más o menos, en que perdíamos a Lana. Simbólicamente, estas cosas tienen su importancia. Lleva tan solo dos días con nosotros y ya se ha hecho dueña de la casa... y de nosotros.
No voy a compararla con Lana. Cada una es cada una, con su propia personalidad. Pero sí se parecen en algo: es tan coscona y cariñosa como ella, un auténtico
perrigato con pelaje de vaquita, antifaz negro, ojos verdes y hocico rosa. Ha venido para quedarse.
Creo que el collar le sobra...
Que nunca falte la ternura. Sé muy bien de lo que hablas en cuanto a la pérdida de animales.
Bss en este día de promesas.