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NOCHE Y DÍA

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Todo era oscuridad, todo ruido estridente y sincopado como de gigantescos martillos machacando rocas; choques de cristales, voces humanas intentando hacerse oir y algunas lográndolo, dotadas de artificios adecuados. Era difícil moverse, deambular; se tropezaba con objetos y personas. Sólo de vez en cuando se atisbaba algún reflejo por algún rincón. Humos y extrañas fantasmagorías sonoras en lo más alto. Algunas veces pensé que si Dante viviese hoy, su infierno hubiese sido esto.

Desentonaba una figura femenina de prestancia, ágil de movimientos entre la barahúnda, y de risa espontánea. Algunas veces cuando reía, al parecer alegremente, el escorzo vívido de su cabeza dejaba intuir la presencia de un piercing en algún lugar de su rostro y supongo que no sería de plata ya que la energía no sólo no le fallaba, sino que no encontraba obstáculos al moverse, como aquellas mujeres que en ciertos lugares, según ancestrales tradiciones de algunos pueblos, se convierten en lobas y se comen a sus hijos. ¿Qué fuerza interior le permitía sobrevivir allí todas las noches de casi todos los días?. Como si de un ritual mistérico se tratara, derramaba líquidos de muy difícil identificación en aquella oscuridad, pero uno de ellos parecía rojo y sólo en presencia de un anciano barbado, que se entreveía con dificultad. ¿Sería un fraile?, ¿un exorcista?, ¿cuál era el ritual de los líquidos?.

No sé porqué, con intervalos regulares, me asomaba a aquel lugar, ni sé si mi prolongado contacto profesional con los alcaloides del cornezuelo de centeno o la belladona me hacían ver lo que no existía. En realidad, sabía muy poco del fenómeno que estaba viviendo: las características del lugar, lo disonante de aquella mujer. Tendría que comprobar si había luna llena aquellas noches, pero no, mis visitas eran más frecuentes, no se vinculaban con los ciclos lunares.

No podía discernir, en aquella oscuridad, si el color de la femenina piel era pálido, si tenía ojeras ...; el fondo de su mirada se me ocultaba y cuando reía no mostraba la dentadura, por lo que me preguntaba si alguna vez desayunaría tostón de ajo. Nunca estuve lo sufientemente cerca de su boca para poder respirar su aliento, tarea que, obviamente, sería inútil en cuanto al resultado en plena noche, tan lejos de la hora del desayuno (por lo menos yo no conocí nunca a nadie que comiese tostón de ajo fuera del desayuno).

El asunto me obsesionaba, me intrigaba por muchas razones: si raro era en mí el trasnoche, más rara era la regularidad con que lo estaba haciendo ¿qué se escondería tras esa nueva práctica en mi vida? Nunca había soportado los ambientes ruidosos y ni siquiera para dormir me gusta la oscuridad total. Las prácticas mágicas me parecen, si no sospechosas de actividades delictivas -que también- al menos, producto de la superstición y la ignorancia. Y no acertaba a explicarme lo de aquella mujer.

Por tanto, o me alejaba del cornezuelo de centeno y la belladona (belladona -> bella donna -> bella mujer) o me plantaba allí cualquier día en horas diurnas. Era lo más sensato, no iba a dejar mi trabajo por esta obsesión. Y así lo hice un jueves cualquiera.

No es que reluciera brillantemente el antro, porque estaba en una acera con soportales y la luz natural no era mucha, pero se veía bien; tampoco había tanto ruido porque el volumen del equipo de sonido era normal, habida cuenta que a esas horas, seis de la tarde, la gente trabaja y no tiene que dormir, por lo que no hay que despertarla. Tampoco había demasiada, sólo algunas personas tomaban café y charlaban, lo que hacía pensar en que el bar de copas se había transformado en un bar de tazas. Y la mujer ...

¡Ah, la mujer! Joven, ágil, de tez normal, ni siquiera parecía talasémica, de risa fluida, sin colmillos sobresalientes ni lupesco hirsutismo y mirada sin atisbo de midriasis. No, aquella

mujer señora,
la que reina en el hogar,

significados que son de su nombre, Marta, no es una mujer loba ni vampira, ni siquiera vampiresa: es una excelente camarera, sea de noche o de día, que escancia ambrosías a los clientes y le sirve con gracia un colorado brebaje, con hielo y rodaja de limón, al único que se lo pide: el anciano fraile fossor que os ha contado esta historia, que aún ignora si ella come tostón de ajo, amén de porqué acude él al tugurio en cuestión.

 

ELLA FITZGERALD - NOCHE Y DíA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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