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MIRAMAMOLÍN, EL MORO

Un comunicante se alegra de que Miramamolín haya vuelto a las andadas en este sitio.

Me veo en la necesidad de aclarar que el Barbonauta, o sea quien suscribe, no es Miramamolín. Yo leía sus artículos, es más, cuando vaya dominando el sistema pienso colocar el enlace a su página (quizá hoy mismo, si me aclaro). Y siento mucho no poder leer más ocurrencias suyas, pero, si no recuerdo mal, andaba por el Sahara o La Meca, Tombuctú, ... había simpatizado con el presi de Irán, etc... Y todas esas andanzas son peligrosas. ¡Cualquiera sabe qué le ha pasado!

Lo que no creo es que por esos andurriales se haya congelado otra vez, pero sí me parece posible que haya quedado hecho añicos (iba a decir polvo, pero por ahí lo que abunda es la arena).

Mi amistad con Miramamolín es muy antigua ya. Data de cuando la Ciudad Deportiva de Huelva tenía una piscina cubierta que luego se deshizo porque la cubierta debería de ser una birria. Aún no funcionaba la cafetería, de modo que, mientras mi mujer nadaba una hora o así, yo me dedicaba a pasear por los alrededores al no poder esperarla en la cafetería.

Era cuando la plataforma del Parque Moret estaba a tope para conseguir que no se construyera por allí (no tengo fechas a manos, pero ya os podéis hacer una idea) y yo andaba por donde los túmulos y esas cosas.

Pues bien, en uno de aquellos paseos, andando hacia poniente y siendo el principio del crepúsculo, me topé, a contraluz, con una figura fantasmal, andrajosa, esquelética, de luengas barbas y mirada escalofriante. Me acojoné, porque como nunca he fumado nada ni me he pinchado niente que pueda "colocar" o alucinar, pensé que era un espectro: tened en cuenta que sus andrajos recordaban las chilabas y que el tipo llevaba un turbante medio deshecho.

Me habló en un español raro, entre medieval y actual, lo hizo despacio y, con bastante dificultad, lo fui entendiendo. Entonces es cuando me puse a temblar, pero por el desconcierto. Mas ya he contado aquí que he conocido gente rarísima en mi vida, de modo que bien podía ser verdad: ¿no hay científicos -pocos, pero los hay- que creen en la existencia de dioses y esas cosas?

Así que lo metí en el coche, pulvericé medio bote de ambientador y me puse a esperar a mi mujer, para contarle el "sucedío". Como ella era trabajadora social, inmediatamente hizo un análisis de la situación y llegamos a dos conclusiones obvias:
  • había que darle de comer;

  • tenía que verlo un médico, pero de confianza y en secreto, no sea que nos lo metieran en raros protocolos, o lo considerasen un terrorista o vaya Vd. a saber.

Le dimos migas de sémola, lo más parecido al cuscús que teníamos, y llamamos a una de mis amistades raras del mundo de la medicina que se portó de maravilla y lo formateó a conciencia.

Entre las rarezas de mi amistad médica (observad que no especifico sexo, para no dar pistas) había una que, hasta ese día, yo desconocía: trabajaba para el CNI, de modo que la cosa estaba cantada: lo hicieron traductor, como sabemos todos sus lectores y ya no volvimos a verlo personalmente (o si se cruzó con nosotros, afeitado y de paisano, no le reconocimos).

Pero de vez en cuando nos escribía y nos agradecía cuanto por él habíamos hecho.

Y eso es todo. Yo también le echo de menos.
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