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Fin

Se acabó este blog. A partir de hoy no se publicará ningún texto, ni entrada ni comentario, en él.

Gracias a los que lo habéis seguido.

Hasta siempre.

LII

 

Desde que te conozco
habito en las palabras, a tu lado,
pero ahora me sumerjo en tus versos,
jugando, como una niña pequeña,
perdida
hasta que llegas tú que, con paciencia,
me tomas de la mano,
me indicas el camino.

Vivo en tu libro.
Bailo para la luna y para ti.
¿No te gusta sentir cómo me muevo?
Viajo contigo a Marrakech
y escucho las historias que nos cuenta
el contador de cuentos en la plaza,
y el Bósforo estará en mi garganta
esperándote siempre.

Siento que ya he vivido
todos esos momentos
y quiero revivirlos cada día.
No podías haberme hecho
un regalo mejor.

¿Estaré yo a la altura?

XVII

 

No quiero nada
que tú no puedas darme.
El sueño que no duermes cada noche
que pasas a mi lado
es el único regalo que he sentido mío
desde hace muchos años,
y, aunque algún día te canses de mí,
siempre te lo agradeceré.
Siento tu voz cansada.
Si supieras cuánto me tranquilizas,
cuánto me das, cuánto te quiero,
creo que incluso tú te asustarías.

¡Es tan frágil el hilo que nos une!

Islas

 

Lo que más me cansa es la vida. Trabajar hace que por momentos olvide que estoy viviendo y eso se agradece, pero no quiero agradecer nada. Ni agradecer ni que me agradezcan. Sólo quiero que me dejen en paz. Todo está bien. Todo ha ido condenadamente bien. Ni miento, ni nunca he mentido. He vuelto al instituto. Llevo ya unos días. Cuestión de irse acostumbrando a los horarios, sobre todo. Son más de cinco meses encerrado en casa de tus padres: más de dos veranos sin apenas ver a nadie.

Se iba haciendo insoportable.

Aprendiste a odiar al sumial. Al sumial que te da la vida. Odias lo que te da la vida.

Olvidar las lecturas. Olvidar que prácticamente nada te interesa. Olvidar que casi nadie te interesa, aunque sigas mirando al pasado. Olvidar que el mundo es justo y a nadie le interesas tú tampoco.

Olvidar que tienes un padre y una madre.

Olvidar que hay más personas. Olvidar que hay un futuro. No me interesa el futuro. No hay que aferrarse a nadie. No más trampas. Después de esto no quedará nada. No más amigos, no más amores. No son más que trampas.

Miras a Gijón, miras a La Palma. Quien tanto abarca, nada mira. ¿No te interesa nada lo que lees? Tratas de comprender a Hegel. Apuntas alto, chaval. Ni más ni menos que Hegel. De reojo tienes por ahí los libros de Walter Benjamín. ¿A dónde quieres llegar? Dar sentido a algo. ¿Para qué? ¿Para volver a caer desde lo más alto?

II

Hubo un tiempo en que quise describirla,
quise contarlo todo
con palabras corrientes y no pude.
Nada estuvo a su altura,
ni una palabra mía estuvo a su altura.

Nada fue tan incierto, tan vivido.
He soñado con todas
las palabras que dijo y escribió.
He soñado con todos sus amigos
que me querían, aunque no me conocían,
porque ella me quería.
Vivíamos un mundo de palabras.
Mi semen nunca fue tan puro.

Nada fue tan hermoso y no fue nada
más que un año de insomnio y de locura.
Su madre falleció un mes de mayo
cuando ella tenía diez años.
Siempre supe que ahí empezó todo,
con su alma invisible,
con las manos escritas de silencios
y el cuerpo roto,
varado en una playa de La Palma,
mirándose hacia dentro,
donde no quedaba más cielo que sus ojos.
Ahí empezó todo.

Cuando volvía a casa
su voz y sus palabras me esperaban
en cualquier sitio,
asomadas al ventanal
que daba al monte San Ginés,
mirando al sur
o en las hojas amontonadas del calendario
(rodeaba con un círculo los días
que escuchaba su voz).

Planté un huerto para ella.
Por ella di cobijo
a animales y hombres que acudían
a mi casa a conocer la historia.
Venían famélicos, hambrientos de desdichas,
yo les alimentaba.
Fumaban unos puros de La Palma
donde yo adivinaba
el olor de sus muslos,
me hacían compañía
y se iban, dejándome agotado.

Gracias por el sudor, que era cierto.
Gracias por el cansancio, que era cierto.
Me salieron ojeras y eran ciertas.
Gracias por las ojeras,
el signo de los tiempos
dibujado en mi cara.

1 de mayo

 

Como sigamos así voy a acabar creyéndome que estamos en crisis, que no es todo una excusa para recortar y recortar nuestros derechos y sueldos. Como me lo sigan diciendo tanto, voy a tener que acabar creyéndome lo que leo en los periódicos o lo que dicen estos políticos tan brillantes que tenemos: que es necesario que nosotros, los de siempre, hagamos más sacrificios; que además es por nuestro bien; que es necesario que los bancos sigan desbordándonos con sus beneficios, aunque sean menores que los de hace unos años, ¡pobrecitos!; que es necesario y bueno para nosotros —para ti y para mí; que mens sana in banco sano. Incluso voy a creerme que es necesario y bueno que nuestro sistema sanitario deje de dar cobertura universal y se la dé sólo a los que cotizan y son legales (seres humanos ilegales: ¿quién sigue creyéndose lo mucho que les importa una vida?). También acabaré por creerme que es bueno, justo y necesario que dé más horas de clases, a más alumnos por aula y por menos sueldo aun. Me acabaré creyendo que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades durante unos años y que estos años de vacas gordas ya se han terminado. Me creeré que yo, y muchos otros como yo, somos además los culpables de esa situación, porque nos hemos comprado varios pisos cada uno. Sí, tengo que reconocerlo, ha sido por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.
Voy a tener que creerme también lo que dijo el ministro de industria, ante un bonito paisaje de arbolitos que parecía una mala escenificación del lobo avisando a caperucita: “Si en alguna parte del mundo hay gestos de hostilidad contra los intereses de las empresas españolas, el gobierno los interpreta como gestos de hostilidad hacia España y hacia el gobierno español. Y si hay gestos de hostilidad, trae consigo consecuencias.” ¡Qué bonito! Echaba en falta unas palabras así desde los tiempos de Trillo y Perejil. Me he emocionado. Me recuerdan también esas otras palabras de un secretario de estado norteamericano: “el gobierno norteamericano no está para defender los intereses de los ciudadanos, sino de las empresas norteamericanas.” Bueno, a este tipo por todo esto le concedieron el Nobel de la Paz.

Voy a creerme también que habría sido bueno para Andalucía que ganara el PP las elecciones con mayoría absoluta, porque así los señores mercados estarían contentos y no nos acosarían. Y, por supuesto, que ahora que no van a gobernar ellos no se alegrarán si ocurren cosas malas en Andalucía: me creeré que han frenado los acuerdos entre gobierno andaluz y las industrias farmacéuticas por nuestro bien y que si han frenado también las oposiciones en la Enseñanza Secundaria, también en Andalucía, no ha sido por una pataleta de niño consentido y de mal perder —es una metáfora, aclaro—, sino para mantener la calidad de la Enseñanza.

Lo que sí hay que admitir es que este gobierno del Partido Popular no miente. Ni antes mentía, ni ahora. No ha hecho nada, absolutamente nada, que no viniera recogido en su programa electoral. ¡Y lo ecuánime que es con ellos la prensa! ¡Cómo los vigilan, en los ayuntamientos, comunidades autónomas y gobierno de la nación! ¡Para que luego digan que el ABC, La Razón y El Mundo son periódicos partidistas!

Dersu Uzala y Akira Kurosawa

 

        Dersu Uzala es un canto a la amistad que surge en las condiciones más adversas, un canto a la ingenuidad del hombre, la pureza. Recordaba Pierre Bourdieu el concepto pascaliano: “verdad del pueblo sano”. El personaje Dersu Uzala es todo “verdad del pueblo sano”. Verdad que hace que a su alrededor se produzca una síntesis entre cierta admiración y ser objeto de burlas. Recuerdo la escena en que se encuentran los dos protagonistas por segunda vez en la taiga siberiana y Dersu le cuenta al capitán que le había ido muy bien: había cazado mucho y vendido todas las pieles, pero le pidió al comerciante que se las pagó que le guardara el dinero mientras que bebía algo de vodka. Lo que Dersu no entendía era que al día siguiente, al despertar de la borrachera, el comerciante había desaparecido con el dinero y las pieles. Se preguntaba por qué lo había hecho.

Quizá sea un modo de confianza algo excesivo, pero me pregunto desde qué momento aprendemos todos que es así. Y también me pregunto, suponiendo que esa maldad no es innata, en lo que creo firmemente, en qué momento pasamos a ver como algo natural el robo y la desconfianza. En qué momento aprendemos a convivir en sociedad con todas sus miserias. Los personajes de Dersu Uzala son rusos, pero esa mentalidad algo inmadura o ingenua del protagonista tiene mucho de pueblo iletrado. Mientras más sabemos, más nos vamos resabiando.

Uno de los temas del cine de Akira Kurosawa es el desarrollo de la maldad humana. No es casual que sus películas nos evoquen tanto los libros de Dostoievski, como tampoco lo es que en 1951 adaptara El idiota. ¿Es Mishkin un idiota? ¿Lo es acaso el Kameda de Kurosawa? ¿No saber vivir en sociedad es ser un idiota?

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        Dersu Uzala fue la única película que rodó Akira Kurosawa fuera de Japón y, además, lo hizo con actores rusos y un equipo técnico casi íntegramente ruso. Ya he escrito que en 1951, veinticuatro años antes, había rodado su adaptación de la novela de Dostoievski, El idiota, pero en este caso fue una adaptación muy libre, trasladando la acción y la historia a la sociedad japonesa tras la segunda guerra mundial. En cambio, Dersu Uzala, también basada en los escritos de otro autor ruso, Vladimir Arseniev, fue rodada casi íntegramente en la taiga siberiana, con lo que ello supuso de dificultades en todos los sentidos. Ya digo: estamos hablando del año 1975.

No sé si antes era demasiado conocido fuera de Japón, pero sí recuerdo que alguien me contaba la vergüenza que pasó Fernando Fernán Gómez, cuando fue a Cannes en 1950 con Balarrasa, mientras ese año se presentaba —y de hecho, ganó el León de Oro— Kurosawa con Rashomon. De hecho es una de las grandes películas de la historia del cine (Balarrasa no, Rashomon), todo un tratado sobre la Verdad y las convenciones y sobre la técnica narrativa al servicio de la historia que anticipa otra obra monumental, El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell.

Por otra parte las adaptaciones más o menos valiosas de sus obras, más o menos reconocidas y reconocibles, se irán repitiendo en distintas cinematografías, pero especialmente en Estados Unidos, a partir de la citada Rashomon. La más conocida es Los siete magníficos (1960, John Sturges); la última Trece asesinos, de su compatriota  Takashi Miike. Ambas están basadas en la que es quizás su película más conocida, Los siete samuráis (1954).De todas formas, ya con Dersu Uzala, en las postrimerías de su carrera recibirá premios y homenajes, coronados con el Oscar del año a la mejor película en lengua no inglesa. Pero yo continúo preguntándome: ¿por qué le interesó tanto a Akira Kurosawa la historia de Dersu Uzala?

Nicanor, enormísimo cronopio

 

Me imagino la cara de los acomodadores y los guardianes del protocolo y las buenas costumbres del Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, cuando vieron entrar allí ayer, 23 de abril de 2012, a Patti Smith, o a Ignacio Echevarría o a Nial Binns o a Raúl Zurita. “¿Qué amigos son estos?” —se preguntarán. “¿Seguro que no le han dado el premio al hombre equivocado?” “Bueno, por lo menos trae frac. ¡Y qué joven es! Ya era hora de que le dieran el Cervantes a un escritor joven y guapo —pensaría alguna sobrina de Jaime Gil de Biedma que estaría por allí llamando la atención con su abrigo naranja.” “Mariano, deberíamos proponerle la presidencia del Instituto Cervantes.” “Sí, desde luego. No sé por qué no me lo habrán propuesto. Será que es muy rojo, o escribe en inglés.” “Sí, será eso.” “¿Y esos hippies, quiénes serán?” “Serán poetas, que tito Jaime también era muy raro y tenía amigos así.”

Nicanor Parra, el antipoeta, no ha viajado a España, a esta antiEspaña en que nos estamos convirtiendo, a recoger el antipremio en esta anticeremonia. Parece un chiste fácil, pero qué me dicen de la entrega del premio a un poeta de 97 años que no está en la ceremonia y que envía a recogerlo a su nieto con sólo diecinueve años, de manos de un rey que no está, un antirrey que se ausentó en plena temporada de caza de elefantes en África, que ha delegado en su hijo, que leerá un discurso que no habrán escrito, por supuesto, ni él mismo ni su padre, el antidiscurso. Se leerán varios discursos y ninguno de ellos lo habrá escrito quien lo lee, sólo el del nieto del antipoeta, que aunque tampoco lo haya escrito él, al menos no tratará de engañarnos con esa mentira que todos conocen o debieran conocer. Si algún día los periodistas de los gabinetes de prensa se pusieran en huelga indefinida, ¡cómo íbamos a descansar de tópicos y más tópicos los españoles! Y, mientras tanto, Nicanor Parra pide no se sabe realmente a quién, una prorroga de, al menos un año, para poder escribir un nuevo libro.

Algunos creen haberle visto tras una cortinilla, riéndose, pensando como un niño travieso en la que ha liado.

Literatura y después (2)

 

Siempre se está hablando de si este texto, o si esta intervención —manejando un vocabulario más acorde con el momento que vivimos— responden al hecho literario o no. Es cierto que el título del seminario, Literatura y después, parece hacer referencia a ese “después” en el que algunos creen que ya nos encontramos. En ese contexto, cuestionarse si algo es literario o no, carece de sentido, ya que si algo sabemos es que no estamos en ningún después, sino en el ahora, en el presente. Pero decía, en su interesantísima conferencia, Josefina Ludmer que ya estábamos en el “después” del libro. En realidad, ella consideraba que después de los años sesenta y primeros setenta todo es el “después” del gran periodo del libro. Aunque, matizó, no es que desaparezcan unas condiciones y que todo cambiara, sino que se superponen formas diferentes, divergentes y, a veces, incluso opuestas. Se refirió a esos años sesenta como a la época de las editoriales nacionales, las grandes editoriales nacionales argentinas, que posteriormente fueron absorbidas por grandes grupos multinacionales que también trabajan con el objeto-libro, aunque sí, es cierto que ya no con la pasión, intuición y, sobre todo, intención que lo hacían antes sus predecesores. En España el panorama editorial es parecido: aquí esas grandes editoriales de los sesenta son absorbidas por otras algo mayores que en las décadas pasadas han pasado a engrosar las filas de algunos conglomerados en los que la sección “Libro” o “Librerías” no es más que una parte y no necesariamente la más poderosa ni la que más cuenta.

No sólo el concepto editorial ha cambiado, aunque en las dos primeras jornadas se ha hablado relativamente poco de ese eslabón que, en mi opinión, no deja de ser fundamental en la cadena. La profesora Ludmer considera que esos años sesenta son también la época de los grandes autores. Ahí están: García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes, Carpentier, Cortázar, Lezama Lima, Rulfo, Onetti, Arreola, Bryce-Echenique, Monterroso, Paz, Asturias (mezclo generaciones, lo sé) y, por encima de todos, simbolizando en vida y obra la época del Libro, Borges. Algo parecido podríamos decir de España y de los nombres que reimpulsaron la Literatura de postguerra: Cela, los Goytisolo, Benet, Sánchez Ferlosio, Martín Santos, Torrente Ballester. Quiten y pongan los nombres que deseen, no se trata de eso ahora.

¿Y el concepto “lector”, ha cambiado? También. En los sesenta estaba el lector con papel y lápiz, que tomaba notas, subrayaba los textos y elaboraba cuadros sinópticos para comprender lo que leía y ayudar a otros a hacerlo. La elaboración complicada no era un obstáculo para que La ciudad y los perros, o Cien años de soledad o El astillero o Paradiso o Pedro Páramo, tuvieran cientos de miles de lectores. Hoy día eso ya no existe. La narrativa comercial supone una simplificación expositiva y argumental de la historia, pero especialmente de los recursos estilísticos, que hace que, por ejemplo, personas que leen habitualmente manifiesten que Rayuela es una novela difícil de leer. En todo caso a veces es necesaria una guía o un aparato crítico, no para entender un texto, sino para reconocer personajes o autores que antes todo el mundo conocía.

La sensación que transmite esta conferencia es casi apocalíptica. Parece como si todo fuera incuestionablemente a peor.

Literatura y después. Reflexiones sobre el futuro de la literatura después del libro.

 

Amaneció una mañana algo fresca, pero que inmediatamente fue tomada por el sol. Es imposible obviar el sol si vamos a pasar unos días en el monasterio de La Cartuja, uno de los espacios más hermosos y cuidados de la ciudad. En otro tiempo, nexo de unión entre Europa y las Américas, o las Indias Occidentales. Por unos días vuelve a ser algo así. El motivo es este seminario-encuentro que organiza la UNIA, Literatura y después. Reflexiones sobre el futuro de la literatura después del libro, en el que participan, entre otros: Sergio Chejfec, Rodrigo Fresán, Reinaldo Laddaga y Josefina Ludmer, los cuatro escritores argentinos, más o menos publicados en España, más o menos conocidos. Ese bien podría ser uno de los temas que se tratan en el curso: ¿son más valiosos los escritores a partir de que son publicados en libro, pese a llevar años haciéndolo en blogs, diferentes medios digitales e incluso en libro, en ese concepto-objeto que es el libro, en su país? Probablemente más conocidos sí. Yo más que del libro hablaría del papel, incluyendo también a la prensa más o menos periódica. Casi todos los autores colaboran asiduamente en algún medio impreso, sea periódico o suplemento o revista cultural. ¿Por qué casi todos los participantes en estos eventos son periodistas?

El artífice es el multifacético Pedro G. Romero, autor de Las correspondencias (Periférica, 2010), especialmente vinculado al mundo del arte y el flamenco. Según nos han contado hoy, fue él quien se puso en contacto con Ignacio Echevarría y le transmitió la idea de trabajar sobre el concepto “Literatura después del Libro”. Así, de la mano de uno de los más destacados críticos actuales, fueron dando forma a este evento que, además de los cuatro autores argentinos ya señalados, cuenta con la presencia de Belén Gopegui, Julián Rodríguez, Teresa Moure, Luis Magrinyá, Ramón Buenaventura, Eloy Fernández Porta, Germán Sierra y Gonzalo Torné. Desde luego, el asunto promete.

Pero hay problemas: el horario hace que sea muy complicado acercarse al Monasterio de la Cartuja para asistir como público. No todo el mundo dispone de sus mañanas y tardes con cierta libertad. Por otra parte, el evento seminario parecería destinado a público universitario pero, al menos en la primera sesión de mañana, no había demasiado, aunque en esa primera sesión la sala estaba prácticamente llena.

Abrió el turno de intervenciones el director del seminario, Ignacio Echevarría, con una charla-presentación en la que expuso cómo le llegó la iniciativa, ya he escrito que por medio de Pedro G. Romero, y el abanico de posibilidades que se le ocurrieron. Es cierto que el tema del impacto de lo digital en la Literatura y, por lo tanto, su pervivencia o no tal y como hoy la entendemos ha hecho correr ríos de tinta. Pero al menos en Sevilla no conocía aún una propuesta como esta, por lo que se trata de una buena ocasión.

Dos citas vertebraron su charla: una de Francisco Rico y la otra de Juan Benet. La de Francisco Rico es tramposa: epatante pero tramposa, lo que tampoco me sorprende demasiado viniendo del insigne profesor. Se trata de un diálogo supuesto entre Juan de Mairena y un alumno que le lleva al primero a demostrar que si a alguien no le parece digna de ser llamada Literatura una letra de Jarabe de palo o el guión de Médico de familia o de un sketch de Martes y trece, del mismo modo le estás quitando ese nivel a una jarcha, o un romance o no recuerdo a qué más. Se trata de que la jarcha o ese romance no fueron creados con la pretensión de ser considerados hechos literarios, pero eso no significa nada. No se puede valorar igual el hecho diacrónico que el sincrónico.

Mucho más interesante para este contexto, aunque tampoco demasiado novedosa, es la cita de Juan Benet en la que se dice que el libro ha sido durante siglos lo que nos ha ayudado a determinar lo que es literario y lo que no lo es. Efectivamente, todos los aquí presentes hemos sido educados en esa idea. No significa, obviamente, que todo lo que aparezca editado en libro sea bueno o culto o elevado o digno, nada de eso. Pero desde el Renacimiento y su sistema de pensamiento, el Humanismo, la figura clave en la Literatura ha sido el autor, y prácticamente cada uno de ellos, ha procurado y deseado en mayor o menor medida ser publicado, llegando incluso a ser considerado fracaso el hecho de no hacerlo. Aquí entramos en la conferencia que ofreció el autor argentino Reinaldo Laddaga, que ahondó en esta idea, exponiendo los motivos de esta necesidad de ser editado: bien para crear un objeto digno, bien para encontrar la consagración, o reconocimiento, aunque en la mayoría de los casos persiguiendo ambos objetivos.

Reinaldo Laddaga es profesor en Nueva York. Me costó seguir su interesante conferencia por varios motivos, el principal de ellos que parecía que le molestaba el micrófono y se alejaba de él constantemente, tanto como se dirigía a su compañero de mesa, apartándose así de él, como si hablara para él y no para el público. Por otra parte, cuando le preguntaban algo no terminaba de responder, aunque cuando lo hacía aportaba ideas muy interesantes. Tituló su conferencia: La literatura en la declinación de la cultura del libro.

Básicamente podía haberse llamado: El autor en la declinación… Partiendo de las tésis de dos de los teóricos más influyentes del siglo pasado, Foucault y Derrida, trataba de trasladarlos al momento presente. Es difícil explicar el concepto de autor en un mundo colapsado por el hecho digital. Muy interesante la idea de que el autor habla y habla hoy día sin parar, incluso sabiendo que nadie le escucha. Y, desde luego es así. Sólo que a algunos se les escucha más y a otros menos.

En los próximos días haré una breve semblanza de algunos de los participantes y sus intervenciones.

Lo que hay que decir (Gunter Grass)

 

Por qué guardo  silencio, demasiado tiempo,
sobre lo que es manifiesto y se utilizaba
en juegos de guerra a cuyo final, supervivientes,
sólo acabamos como notas a pie de página.
Es el supuesto derecho a un ataque preventivo
el que podría exterminar al pueblo iraní,
subyugado y conducido al júbilo organizado
por un fanfarrón,
porque en su jurisdicción se sospecha
la fabricación de una bomba atómica.
Pero ¿por qué me prohíbo nombrar
a ese otro país en el que
desde hace años —aunque mantenido en secreto—
se dispone de un creciente potencial nuclear,
fuera de control, ya que
es inaccesible a toda inspección?
El silencio general sobre ese hecho,
al que se ha sometido mi propio silencio,
lo siento como gravosa mentira
y coacción que amenaza castigar
en cuanto no se respeta;
“antisemitismo” se llama la condena.
Ahora, sin embargo, porque mi país,
alcanzado y llamado a capítulo una y otra vez
por crímenes muy propios
sin parangón alguno,
de nuevo y de forma rutinaria, aunque
enseguida calificada de reparación,
va a entregar a Israel otro submarino cuya especialidad
es dirigir ojivas aniquiladoras
hacia donde no se ha probado
la existencia de una sola bomba,
aunque se quiera aportar como prueba el temor…
digo lo que hay que decir.
¿Por qué he callado hasta ahora?
Porque creía que mi origen,
marcado por un estigma imborrable,
me prohibía atribuir ese hecho, como evidente,
al país de Israel, al que estoy unido
y quiero seguir estándolo.
¿Por qué solo ahora lo digo,
envejecido y con mi última tinta:
Israel, potencia nuclear, pone en peligro
una paz mundial ya de por sí quebradiza?
Porque hay que decir
lo que mañana podría ser demasiado tarde,
y porque —suficientemente incriminados como alemanes—
podríamos ser cómplices de un crimen
que es previsible, por lo que nuestra parte de culpa
no podría extinguirse
con ninguna de las excusas habituales.
Lo admito: no sigo callando
porque estoy harto
de la hipocresía de Occidente; cabe esperar además
que muchos se liberen del silencio, exijan
al causante de ese peligro visible que renuncie
al uso de la fuerza e insistan también
en que los gobiernos de ambos países permitan
el control permanente y sin trabas
por una instancia internacional
del potencial nuclear israelí
y de las instalaciones nucleares iraníes.
Solo así podremos ayudar a todos, israelíes y palestinos,
más aún, a todos los seres humanos que en esa región
ocupada por la demencia
viven enemistados codo con codo,
odiándose mutuamente,
y en definitiva también ayudarnos.

Gunter Grass

(Traducción de Miguel Sáenz)

Noam Chomsky

 

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Supongo que una de las claves del éxito de Noam Chomsky es su fe en todo lo que hace. Ahora leo Chomsky esencial (Austral, 2012) y me sorprende la opinión con la que abre esta serie de conversaciones. En general dice que el mundo está mucho mejor, en el sentido de que es más libre, que hace unos cuarenta años. En medio de tantas opiniones catastrofistas y pensamientos apocalípticos, Chomsky opina que el Poder está mucho más controlado durante el gobierno de Ronald Reagan que durante el de John Fitzgerald Kennedy, por ejemplo. Igual es cierto. De hecho, él pone muchos ejemplos de las dificultades que tiene el gobierno estadounidense para hacer las mismas aberraciones que hizo en aquella época no tan lejana. El movimiento ciudadano, la opinión pública dentro y fuera, pero especialmente dentro de sus fronteras, controlan más y mejor lo que hacen sus gobernantes. ¿Pero quién es esa “opinión pública”? ¿Los medios de comunicación? No, en esto Chomsky es especialmente tajante. Los medios de comunicación –los mass media- no son sino garantes y defensores a ultranza del poder económico que los posee y genera. De hecho, todos están en manos de ese poder (prensa, televisión y, en menor medida, radio). Supongo que alguien pensará que no es así. Recuerdo una conversación reciente con alguien, cuya opinión valoro mucho y tengo habitualmente muy en cuenta, que me decía que era obvio que cuando un periódico no triunfaba, era porque su opinión o su línea editorial no interesaba a nadie. ¿Me sorprendió tanta ingenuidad? No, la verdad es que no. Supongo que eso creerán o querrán creer una gran mayoría de personas que no se han detenido demasiado a pensar al respecto, o no se han documentado lo suficiente, o simplemente no conocen la naturaleza de los hechos. En España, hemos tenido el ejemplo que contradice esa misma afirmación hace unos meses. El cierre del diario “Público”. Es cierto que era ya el cuarto diario de información general por número de ventas en España. Se supone que si hay bastantes más de cuatro cabeceras que funcionan, más o menos, también debería hacerlo “Público”. Pues no. Es algo que ya sabíamos: hoy día los costes de un periódico diario son muy superiores a los que reporta la venta de este en los kioscos, o por medio de suscripciones, o sus ingresos por publicidad. Los sueldos de los periodistas y técnicos, la inversión constante en locales o sedes, maquinaria, tintas y papel y la distribución del periódico supone un coste muy superior al 1.30 euros que actualmente cuesta. Más si le restamos los cuarenta o cincuenta céntimos que se lleva el puesto de venta. ¿Cómo se soportan esos costes? Obviamente, con el respaldo de uno o varios poderosos grupos detrás, a los que no les suponga demasiado en su volumen total de negocios las pérdidas económicas que genere el periódico, a cambio de la posibilidad impagable de controlar un medio desde el que lanzar sus proclamas de todo tipo. La dependencia de la liquidez que inyecta el sistema bancario y sus ramificaciones empresariales a los grupos de comunicación es el mejor garante de que estos estarán siempre dentro de los límites que se acuerden. ¿Es necesario avisar de esto? No. ¿Es necesario advertir a los equipos directivos o consejos de redacción de los periódicos de esto? No. ¿Es necesario advertir a los periodistas o redactores de esto? No. Me encanta cuando algún amigo periodista me asegura que a él nunca nadie le ha dicho lo que tiene que escribir o lo que no. Claro, ni falta que hace. Pero eso ocurre aquí, en España, y en los Estados Unidos, como dice el propio Chomsky en este librito de conversaciones, no sé si reales o fingidas, que cualquier persona que desee profundizar en algunas de las claves principales de este principio de siglo XXI, debería conocer.

Natalie Portman y Winona Ryder

 

Hace unos meses, una amiga cuya hija de once años estudia ballet clásico me preguntaba si veía conveniente que la llevara a ver El cisne negro, la última película de Darren Arranofsky, que posiblemente recuerden ustedes porque le valió, el año pasado, el Oscar a su actriz principal, Natalie Portman. No tenía claro qué decirle partiendo de una base: no la había visto, aunque me habían hablado muy bien del director y del trabajo de la actriz.

Mis recuerdos de Natalie Portman vienen de una mezcla de cierto desasoiego y cierta, también, admiración. Todo comenzó con Leon: el Profesional (Luc Besson, 1994). Sí. No me he confundido en la fecha, creo, hace dieciocho años ya de eso. Tenía sólo trece años, pues. No, yo no: ella. Pongamos que tuviera doce incluso y ya no era la típica niña adorable que aparece entorpeciendo en cualquier película que hace. Ya aportaba su sello. En la película jugaba constantemente con los equívocos que se daban con el grandullón y letal Leon, interpretado por Jean Reno. Dos años después ocurría algo parecido, aunque en este caso el actor era el no tan grandullón Timothy Hutton, en la película, que no ha aguantado igual que la anterior el paso del tiempo, Beautiful girls (Ted Demme) y el hechizo que ya producía la aún adolescente Natalie Portman en la pantalla tenía su adecuado contrapeso en Uma Thurman que dejaba convenientemente las cosas en su sitio, como suele hacer habitualmente. Obviamente no le iba a contar nada de esto a mi amiga, pero sí le conté que había hecho sus pinitos en Sevilla, en el rodaje de una de las entregas de La guerra de las galaxias, y que me había gustado mucho en Closer (Mike Nichols, 2004), que tampoco se la recomendaba a su hija. Ya la verá ella cuando quiera.

El hecho es que hoy he visto El cisne negro y lo primero que tengo que decir es que hice bien en no recomendársela a mi amiga para su hija pequeña. Ya la verá ella con sus amigas, si es que no lo ha hecho aún. Pero lo segundo e inmediato es decir que Natalie Portman se merece todos los premios que ha recibido y más aun si así fuera. La carga dramática del papel es tremenda. La idea del cisne negro, antítesis del blanco, sólo se sustenta en la capacidad casi bipolar de la bailarina o, en este caso, de la actriz. Y Natalie Portman sale más que airosa en el envite mostrando tanto el lado inocente, y diría que ingenuo y virginal incluso, que suele dar a sus papeles por un lado y por otro la sensualidad desgarradora que le exige el director de la compañía, interpretado por Vincent Cassel. Y en esto tenía que competir con una actriz que no conocía y que es perfecta para ese papel: Mila Kunis.

Pero El cisne negro guarda otra película dentro de esa primera y aparente historia. Se trata del juego de generaciones de actrices que se corresponde con el de las bailarinas de la compañía. La estrella al inicio de la película es Beth McIntyre. Al principio, asistimos a una escena en el camerino de posibles solistas, en la que la critican diciendo que por culpa de ella y su edad la compañía está atravesando un periodo de crisis. ¿Quién hace el papel de Beth McIntyre? Ni más ni menos que Winona Ryder, el sueño de mi vida. Una de las escenas con su diálogo de siempre que han quedado fijadas en mi mente es de Celebrity (Woody Allen ) cuando un Kenneth Branagh vuelve a dejarlo todo por una mujer y esta Nola, interpretada por Winona. Aquí parece que ya hay otra generación, y no se trata de niñas ni de jovencitas, sino de una actriz de treinta y un años, que ya puede estar también sintiendo por detrás que llegan otras más llamando fuerte.

Dudas y Mercados

 

Mi madre se ha reído como hacía mucho que no la oía. Suelta, relajada, risueña, escuchando y comentando a su vez. Ella fue iniciada en la idea de que la risa no era apropiada en alguien educado. Ya sabemos: la educación, la discreción, la austeridad y un cierto estoicismo han sido y continúan siendo valores que tienen mucho predicamento. Si además eres mujer y perteneces a la generación de mujeres que nacieron en torno a la guerra civil, con mucho más motivo. Tanto es así que cuando después se lo he comentado, obviamente como algo positivo, se ha preocupado y me ha preguntado: “¿Sí? ¿Tanto me he reído? ¿Se ha notado demasiado?” ¡Qué difícil es, a partir de cierta edad, cambiar algunas cosas! Pero hay algo que sí es positivo: la risa, la felicidad.


Leo algo que me llama la atención porque quizás yo mismo haya caído en ese error. Escribe Pedro Fernández Liria en el Prólogo a su libro ¿Qué es Filosofía? (Akal, 2010) que uno de los problemas con los que se encuentra hoy día el que desee conocer la verdad es el Relativismo. Concretamente él lo llama: “una cínica modestia que se complace voluptuosamente en las preguntas y huye como de la peste de las respuestas.” Y más adelante, citando a Chesterton, continúa: “lo que sufrimos en el presente es la modestia mal ubicada. La modestia se ha mudado del órgano de la ambición y se ha instalado en el órgano de la convicción, al que no estaba destinada. El hombre estaba destinado a dudar de sí, pero no de la verdad; ha sucedido precisamente lo contrario. Estamos en camino de producir una raza de hombres mentalmente demasiado modestos para creer en la tabla de multiplicar.”
Aclaro algo. Yo no dudo de la verdad. El problema es que me cuesta saber qué es esa verdad. Desde que se vinieron abajo todas las verdades absolutas, hablo de principios del siglo XX o antes incluso, el gran problema es ese: la búsqueda de la verdad.
Me molestan mucho los novelistas o poetas que escriben como si ellos supieran cuál es esa verdad ansiada. Me molestan los tópicos. No los soporto. Las verdades que la vida nos enseña a diario que son mentiras, por no hablar de la historia o la Historia. Me gusta la idea de que hay que “Decir NO” cuando alguien trata de convencernos de esas cosas. Detesto a los sofistas, a los que son capaces de convencernos de una cosa primero y, momentos después, de justo lo contrario, o aquí de una cosa y allí de otra. Y sin embargo adoro al poeta, al que es capaz de hacer que fluya su voz en el torrente del tiempo, de su tiempo. Por eso detesto al poeta-sofista.
Tengo un amigo al que le digo constantemente que tiene que hacer algo por entrar en el mercado. Cuando hablo de mercado y Poesía, me refiero a bolos, colaboraciones, charlas, circuitos autonómicos, jurados, actos oficiales o privados o instituciones. Supongo que así su vida sería mejor. Y, sin embargo, ambos sabemos que sería el principio del fin.

Zocos, ¿a vosotros he ir? Oídme bien: niego la belleza en el elixir secreto que vendéis. Y más aun: niego que la Poesía tenga nada que ver con vosotros.

Ni siquiera publicar tiene nada que ver con la Poesía.

El mal poeta

 

Cada vez estoy más convencido de que la diferencia entre un buen o un mal escritor de poesía está en sus lecturas. Sé que esa frase no es demasiado sorprendente. Lo que quizá sí lo sea es el sentido que le doy.

Es imposible que un buen poeta sólo lea a los clásicos, ni a algunos de ellos. A eso me refiero.

Hay que leer novedades, muchas te interesarán menos y otras, pocas, lo harán más. También es posible que a ese buen poeta le interese muy especialmente algún autor menor. No me parece mal. Al contrario, podría incluso llegar a decir que sólo así la poesía que escriba estará viva. No niego que haya alguna excepción, aunque lo aclaro: no conozco ninguna. Los mejores poetas actuales sobrevaloran a poetas de un nivel muy inferior. Pero repito: siempre ha sido así. Sólo así la poesía está viva; sólo así la poesía es verdadera. De ese choque nace la pulsión de escribir. Por eso un poeta no se improvisa ni se educa. O sí, se educa, pero sólo a lo largo del tiempo. Y cuando escribo “tiempo”, escribo vida. Lo que se tarde sí es más relativo. Hay quien es más rápido y hay quien no lo es. Hay también quien llega y quien no llega, pero el camino también tiene sentido. Al lado de cualquier gran poeta siempre hubo un maestro más mediocre. Y al lado de este pudo incluso haber alguien que fue más mediocre aun. A veces hay saltos. No estamos tratando con las matemáticas, hablamos de Poesía.

Ocho escenas de Tokio, de Osamu Dazai

 

VIVIR AL MARGEN

 

ocho-escenas-de-tokioOcho escenas de Tokio
Osamu Dazai
Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés
Sajalín Editores
ISBN: 978-84-939076-2-4
158 págs.
Barcelona, 2012
16 euros

El lector hispano ya tenía a su disposición traducciones de las dos principales novelas de Osamu Dazai, El ocaso e Indigno de ser humano, ambas traducidas por Montse Watkins. Es curiosa la historia de esta mujer que fundó en Kamakura, muy cerquita de Tokio, una editorial que se iba a especializar en libros de autores japoneses en castellano. La mayoría de esos libros no habían sido traducidos; la mayoría de ellos ni se conocían en España, por lo que la clave iba a ser el equipo voluntarioso de traductores y el enorme campo de acción que tenían por delante. Esta editorial se llamó Luna Books y en su breve catálogo tenía estos dos títulos de este autor, uno de los más importantes de la primera mitad del siglo XX japonés. Estas mismas traducciones fueron recuperadas por Txalaparta y Sajalín, respectivamente, para editarlas en España. Se ve que la coyuntura es favorable y la acogida suponemos que también, porque ahora presentan esta antología de relatos breves del autor, traducidos esta vez por el tándem que forman Yoko Ogihara y Fernando Cordobés que ya se está haciendo habitual en nuestra biblioteca.

Lo verdaderamente sorprendente es que Osamu Dazai no fuera ya un autor ampliamente reconocido en nuestro idioma, como sí lo son Bukowski o Carver, o Fante o Selby (estos dos últimos, por cierto, editados también por Sajalín Ediciones). Bueno, ¿para qué nos vamos a engañar? No es sorprendente: ellos son autores que escriben en inglés y Dazai lo hizo en japonés. También podríamos elegir como término de la comparación la creación de ambientes claustrofóbicos de Dostoievsky, o algo más atrás a Baudelaire o a Rimbaud. ¿Y en nuestra lengua? ¿Hay autores que hayan recreado en sus obras el infierno que puede llegar a ser el mundo para nosotros? ¿Autores  de primer nivel que hayan sucumbido personalmente en el infierno de las drogas o el alcohol?

Tengo un amigo que me dice que Mishima era un loco peligroso. Creo que cuando me lo dijo no conocía a Dazai. De no haber sido así habría sido inevitable la comparación. Los dos son japoneses, aunque de distintas generaciones. Ambos procedían también de familias de alta clase social. Dazai pasa toda su obra disculpándose por proceder de la aristocracia de su región. Ambos fueron muy atractivos y debieron resultar fascinantes en sus tiempos. La diferencia era que Dazai hizo todo lo que estaba en su mano para evitarlo y Mishima, en cambio, se moldea física y espiritualmente para perfeccionarse, aunque no lo consiguiera. Buscaba revivir el ideal clásico en sí mismo; Dazai sólo deseaba la autodestrucción. A partir de ahí todo son diferencias entre ellos hasta que ambos deciden poner fin a sus vidas. Dazai viaja a Tokio a estudiar Lengua y Literatura francesa, pero no terminará de graduarse. Por una parte el alcohol y por otra su afiliación activa al entonces incipiente movimiento comunista, ocupan todo su tiempo. Cuando escribo “el alcohol” es difícil imaginar el resultado: destrozar todo lo que se toca, el deseo de no vivir, o de no ser consciente de estar haciéndolo es la clave que nos podría permitir entenderlo. Al poco tiempo de llegar a Tokio, aún muy joven, tiene una experiencia devastadora. Conoce a una joven camarera con la que deciden poner fin a sus vidas, arrojándose al mar en la zona de Kamakura, —la misma que ya he mencionado al inicio de este artículo—. Cuando lo hacen, ella fallece pero él es salvado por unos pescadores. No sé si pueden alcanzar a imaginarse lo que esto significa. Cronológicamente el primero de los relatos del libro es “Femenino” (1936), donde se menciona la historia. Termina así: “Murió porque se dio la vuelta en la cama. Yo sobreviví. Han pasado siete años desde entonces y aún sigo con vida.” Todo el libro, y no sólo este, sino también las otras dos novelas que le conocemos, son un intento de explicar por qué sigue vivo, un intento que ni a él mismo parece que llega a convencerle. Cada relato de este libro se inicia con una fotografía. En casi todas aparece él. En la que inicia este relato, “Femenino”, sólo aparece una chica joven vestida con un kimono claro y muy sonriente. Parece muy feliz y llena de vida. El pie de foto es: “Tanabe Shimeko, fallecida en la primera tentativa de suicidio en pareja de Dazai.”

El resultado es aterrador. Si nos cuentan una historia, por muy bien que esté contada, sabemos que es ficción. Incluso aunque sepamos que se pueda basar en hechos más o menos reales. En este libro cada historia va acompañada de una imagen que se puede decir que pasa a formar parte de ella. Ya conocíamos este primer intento de suicidio fallido, que aparece en Indigno de ser humano. Allí el personaje femenino se llama Tsuneko y de ella escribe el narrador que fue la mujer a la que más había amado en su vida.

Volviendo a Ocho escenas de Tokio, diré que se trata de nueve relatos fechados entre 1936, precisamente este “Femenino” es el primero, y 1948, y cada uno está acompañado de una fotografía más o menos personal y relacionada con el propio relato. Los tres que prefiero son el que da título a la recopilación, de 1941, “La mujer de Villon”, de 1947 y “Demonios apuestos y cigarrillos”, de 1948, el año en el que falleció de nuevo en un suicidio en pareja y también arrojándose al mar.

“La mujer de Villon” es de algún modo el precedente de su novela más reconocida, Indigno de ser humano, y cuenta la historia de su postrero matrimonio desde el punto de vista de su pareja. Se puede decir que fue un borrador de su novela, aunque en esta el narrador va a ser el marido. Dazai nunca entendió a las mujeres. No estoy seguro de que llegase a intentarlo pero, desde luego, nunca lo consiguió. Tenía un poder extraño que las fascinaba y les hacía desear cuidar de él, perdonándole todo. Y cuando digo “todo” es todo. Sí utilizó la voz femenina en la narradora de El ocaso, su otra gran novela, y con cierto éxito. Yo diría que necesitaba comprender a la mujer aunque no hiciera demasiado por intentarlo. Sus novelas no son una sucesión de hechos que ocurren en el tiempo sin más, sino que están acompañados y enriquecidos por las reflexiones que hacen los narradores. En este sentido es una concepción de relato muy moderno, lo que en “Demonios apuestos y cigarrillos” da lugar a un híbrido entre el relato de ficción y el testimonio en el que la acción no es tan importante como el pensamiento que quiere dar a conocer. Su interés por la Literatura Francesa es notorio en toda su obra. Además de la obvia referencia a Villon citada, el momento clave de este relato es una cita de Valery, que resume algo que él no podía soportar: “Cuando uno realiza un acto de bondad, debería disculparse siempre. Nada arremete más a los demás que la amabilidad.” Precisamente él no podía comprender esa amabilidad que le mostraban la mayoría de las mujeres de su vida. Aunque en el relato “Paisaje dorado”, de 1939, este hecho no le molesta tanto como sí le emociona. Con el tiempo esta emoción se va tornando en estupor y, posteriormente, en rechazo.

No sé si fueron los traductores o los editores los que decidieron el título de este libro, pero sí que se trata de su mejor relato. Probablemente diría que es lo mejor que he leído del autor: mejor que sus dos novelas traducidas y que todos los otros relatos. “Ocho escenas de Tokio” es una muestra fehaciente de por qué está considerado Dazai uno de los mejores narradores del siglo pasado japonés. Y la historia es aparentemente deslavazada, salta de una situación a otra, parece que esté siendo improvisada sobre la marcha. Se trata de un apunte autobiográfico, como por otra parte son todos estos cuentos, en el que desde uno de sus momentos de mayor estabilidad emocional y vital cuenta cómo ha llegado allí. Es una de sus épocas más productivas, cuando ya ha alcanzado algún reconocimiento como escritor, aunque esto sólo le permite mantenerse a sí mismo escribiendo relatos que va vendiendo a revistas y editoriales. Dice que empezó a escribir para redactar lo que serían unas notas de suicida. Uno tiene la sensación de que, efectivamente, es así. No sólo en este relato: toda la obra de Dazai, es una excusa para permanecer vivo. No fue suficiente: en 1948, cuando aún no había cumplido los cuarenta años volvió a intentar suicidarse con su amante. Fue el cuarto intento. Esta vez lo consiguió. Dejó tras sí una vida de calamidades, para él y para todos los que sintieron cercano su influjo y magnetismo, y una serie de historias que quizá puedan ser justamente considerados la primera obra moderna de la Literatura Japonesa y una de las visiones de la vida más pesimistas que conozco.

Fernando Rodríguez-Izquierdo Gavala

 

En la escueta pero muy sentida presentación, Joaquín Rodero dijo que le había dado clases en 3º, mientras estudiaba Filología. ¡Qué envidia sentí! Pensé que si me hubiera dado clases a mí, igual me habría entrado el interés por la cultura japonesa mucho más joven y ahora hablaría y leería japonés. Sería otra persona. Lo puedo pensar, pero podría haber pasado o no. Siempre he sido muy dejado, pero entonces lo era aun más. Y no sé si habría pensado como lo hago ahora: que Fernando Rodríguez-Izquierdo Gavala es el nombre más importante de las Letras que ha dado esta bendita ciudad en los últimos años. Su libro, El haiku japonés: historia y traducción, editado por Hiperión es uno de los libros que no debe faltar en la biblioteca de cualquier aficionado al género. Y cuando digo “género” me refiero a la Lírica. Es más aun: me refiero a la Poesía. Si hablamos de Japón, entonces todo esto es tan obvio por evidente que resulta innecesario y redundante.

Ha traducido de todo: poesía clásica y menos clásica, y de los narradores, entre otros a Ogai Mori, Kobo Abe, Natsume Soseki, Saikaku Ihara y Michio Takeyama. Incluso fue el primer traductor, al menos en España, al castellano de Haruki Murakami. Tradujo A la caza del carnero salvaje, para Anagrama.

También ha sido editor. Puso en marcha junto a un par de compañeras la mítica Luna Books, una editorial que publicaba libros en castellano en Kamakura.

Me emociono sólo de imaginarlo.

Quiero esos libros.

Hace un par de semanas hubo un curso en Sevilla: Iniciación al Haiku Japonés. Interpretación, Composición en Castellano y Traducción, que se inauguraba con su conferencia: Introducción al haiku japonés. Fue justo el día de mi dichosa última intervención quirúrgica. Al día siguiente, el martes pasado, hablaba en Madrid sobre Shoei Ooka y Michio Takeyama. Obviamente, tampoco pude ni plantearme ir. Pero hoy, martes 28 de marzo, daba una Conferencia en el Ateneo de Sevilla sobre Matsuo Bashô y su libro Sendas de Oku.

No hubiera faltado ni así me ataran ni me crucificaran.

En el camino vi a tipos con cuerdas y cruces, pero huí de ellos. No me lo podía creer, pero aparecieron más.

Y más.

Pero llegué a tiempo al Ateneo.

Una mujer, que resultó ser Keiko Kawabe, la autora de las caligrafías y haigas que aparecen en 70 haikus y senryûs de mujer, me dio una hojilla con el programa previsto y una serie de haikus de Bashô traducidos por Fernando Rodríguez-Izquierdo.

Lo de la puntualidad japonesa es un tópico.

(O quizás sea que se mezcló lo japonés con lo sevillano).

Ahora, eso sí: todos los problemas técnicos que motivaron el retraso se solucionaron cuando trajeron un portátil Toshiba.

Tenía la marca bien puesta y bien grande: TOSHIBA

¿Qué es más hermoso, un portátil Toshiba o este haiku de Bashô?

Se va la primavera.
Lloran las aves.
Lágrimas en ojos de los peces.

¿Qué es más hermoso, todo el imperio Toshiba o ese haiku de Bashô?

¿Debo estar agradecido al hombre que me ha acercado este haiku de Bashô?

Entreguerras, de J. M. Caballero Bonald

 

ESPLENDOR CREATIVO

entreguerras

Entreguerras
J. M. Caballero Bonald
Seix Barral
ISBN: 978-84-322-1407-3
217 págs.
Barcelona, 2012
16,50 euros

Ante todo escribir que los versos finales emocionan y, especialmente, lo hacen cuando has leído todo el libro, cuando has leído e incluso releído este doble centón de páginas y versículos que nos ofrece Caballero Bonald. “tengo miedo ahora mismo madre miedo de llegar de no poder llegar / tengo miedo de lo acumulativo y lo disperso de no callar de estar callado / de la memoria de la desmemoria de lo inminente de lo alejadizo / de regresar ya anciano hasta tu vientre madre / de perderme en las equidistancias de todos los pretéritos / y oír allí definitivamente la voz universal que alienta en lo más íntimo / la común propiedad en que confluye la voz de cada uno madre”. Lo escribo porque cuando leo algunas reseñas sobre su obra no puedo evitar pensar que los “críticos” han llenado páginas y webs y blogs hablando de sus libros, colocando en lo más alto sus libros, saludando sus libros y llenándose de babas las bocas con sus libros, cuando pocas veces, muy pocas veces, dan la sensación de haberlos leído. Si acaso y a lo sumo dan la sensación de haberles echado un somero vistazo y, eso sí: resumir, cuando no copiar o transcribir sin pudor las páginas de los dossiers que tan eficazmente reparte la editorial Seix Barral, con la que hace ya tiempo que edita José Manuel Caballero Bonald sus libros de poesía.

“de todo lo demás no queda nada / apenas el guarismo desigual irrestricto de unas privadas entreguerras / el monocorde olvido el tiempo el tiempo el tiempo / mientras musito escribo una vez más la gran pregunta incontestable / ¿eso que se adivina más allá del último confín es aún la vida?” Quizás sean estos versículos los que mejor responden a su propósito inicial: dejar constancia de una manera de afrontar la vida, e intentar hacerlo a la manera de Lucrecio, de quien toma prestado el subtítulo para este libro: De la naturaleza de las cosas. Sin embargo, Lucrecio lo tuvo más fácil. Él quiso contar la filosofía, el modus vivendi de su maestro Epicuro, y lo hizo dos siglos después de su muerte. En cambio, Caballero Bonald pretende hacerlo de sí mismo y en las postrimerías de su vida. La empresa es desigual, enorme, colosal, y sólo por ello merece nuestro respeto y nuestra admiración. Por otra parte al poeta jerezano le ha tocado vivir, quizás, el siglo más convulso de la historia, lo que hace aun más ardua la tarea. De todas formas, ya desde los primeros versículos entendemos que se trata de una historia privada, su historia. Esas “entreguerras” son sus guerras privadas, entre las distintas facciones, y hablamos básicamente de literatura y política, que han habitado la biografía del autor. ¿Puede un hombre aspirar a algo más que eso? Es difícil decirlo. Y todos los ejemplos que se me ocurren son demasiado elevados y muy diferentes.

En efecto, “Lucrecio planteó en De rerum natura una múltiple aproximación científica y filosófica al universo.” Caballero Bonald nos plantea, en cambio, una subjetiva —muchas veces acertada, pero muy subjetiva—  aproximación personal y literaria a su tiempo vivido. No es poco y en varias ocasiones logra salir airoso, por eso digo de entrada que estamos ante una gran noticia, un buen libro de poesía, probablemente el mejor de todos los que ha publicado el autor. Y ya lo digo: no es poco. Consiste en una breve nota, en prosa, y un Prefacio y catorce capítulos, en verso. Como ya se ha visto, se trata de versículo libre, sin más puntuación que los signos de interrogación y exclamación, y sin rima. ¿Por qué escribe Caballero Bonald su Poesía? “las palabras que aspiro a exonerar de sus hueras baldías adherencias / sólo para entender de qué belleza me han desposeído”. El eterno retorno al paraíso perdido, a través del lenguaje. Siempre se ha hablado de su deseo, casi juanramoniano, de dar con la palabra justa en cada instante, y de cómo ese deseo se torna casi inútil, inasible y, para ello investiga con su idioma, utiliza los recursos que se han dado en llamar barroquizantes: incorporación de neologismos, americanismos no exentos de una mirada al pasado, adjetivación y lexicalización ampulosas, especialmente uso de las antítesis y las repeticiones de palabras, de cláusulas, de oraciones completas, a veces incluso de versículos, que le ayuden a suplir esa incapacidad manifiesta del lenguaje común para obtener los resultados que él precisa. Él busca establecer esa lengua en la que se escribieron las páginas sagradas y reconoce los riesgos de tan ardua empresa, los precipicios que acechan por ambas caras al lenguaje: “pero entre un jeroglífico y una lengua muerta hay una página sagrada / hay una estirpe de presagios acechando al incrédulo” y en esta búsqueda empeña gran parte de sus fuerzas.

Su concepto de belleza queda definido en este Prefacio: “nunca quise recurrir a otra belleza que a la más ilegible”. Es la crónica de una tragedia anunciada: cuando para alguien es tan importante ser reconocido por su obra y, al mismo tiempo, asume que su concepto de belleza es hermética, la más ilegible, es difícil llegar a un acuerdo, a un término feliz. De ahí el desasosiego que permanentemente acusa el poeta. De ahí, también, procede buena parte de sus entreguerras privadas con todos los partidarios de una estética más clara, o más callada. De ahí que su creatividad resulte una fuente de infelicidad constante. De ahí, también, “se van esparciendo en lentas gotas fúnebres / las arduas fragmentarias memorias…”

El Capítulo primero cuenta su llegada al Madrid de la posguerra, tras la publicación de su primer libro y se encuentra una ciudad “donde habitaban larvas inconexas consorcios de fanáticos / camarillas castrenses cohortes eclesiásticas / que desde sus cubiles regentaban un submundo tribal de victimarios”. Es cierto que a veces pensamos que haría falta un traductor para entender cabalmente cada versículo, a lo que se refiere concretamente, pero la idea de desolación o de un mundo corrupto en el que no se podía uno fiar de nadie la transmite sobradamente.

Los momentos que más me gustan en cualquier texto son aquellos en los que el autor da muestras de debilidad, de sentir la sensación del fracaso que es tan propia del artista. Aquí los hay, pero son los menos. El Capítulo segundo se inicia así: “complejas son y mudadizas las leyes del recuerdo / en la memoria coexisten mentiras verdaderas mentirosas verdades / en la memoria burbujean porfían remembranzas olvidos / experiencias vividas inventadas episodios reales dudosos fehacientes…” Estremecedores son los versos en que analiza circunstancias que rodearon a algunos de sus compañeros de generación: “un virus testarudo semejante a la autodestrucción / vino más tarde a contagiar a aquellos de los tuyos a quienes más querías / … / enalteciendo en cierto modo las plausibles leyendas del santo bebedor /… / así se generaron las execrables mañas de la muerte /… el raudo espanto visceral del suicidio los placeres del veneno /… y al final la iracundia el estupor el miedo el desaliento”.

Listas de nombres pueblan el Capítulo tercero. Amigos, poetas o no, ciudades, influencias reconocidas, mujeres que amó o que no. Listas que continúan con países visitados en el Capítulo cuarto y que me recuerdan, aun siendo maneras muy distintas a Patrick Modiano, a sus personajes siempre obsesionados con las listas. Algún influjo oriental encontramos cuando leemos: “levantas una piedra de tu lugar nativo y allí abajo aparece resplandece / el contenido general del mundo los absolutos inventarios / de todas las historias ya vividas o que quizá aún quedan por vivir”. La reflexión sobre la verdad también nos interesa: “ahora comprendo que nada hay más impenetrable que la  verdad” o ese otro subterfugio de esta: “yo he presenciado el parto innoble de esa verdad también llamada única / adosada a lo que supuse que sería el dilema germinal de la vida / y al final no resultó ser más que un pobre escorzo un módico remedo / de falsedad de usurpación…” En el Capítulo quinto evoca sus años en Sudamérica, en Colombia. El fluir de la memoria le traen aquí estos versos donde relata su búsqueda, el afán de lo hermético: “¡ah oscuridad mi luz! no desalojes nunca de tu hermético asilo / ese abrupto deseo de conocer lo no testimoniado sino en falso / lo que un día llegará a convertirse en claridad sin derogar la sombra / lo que en lo negro prevalecerá como la quintaesencia de la luz”. Y es en esta búsqueda en la que se ha encontrado más solo, incomprendido.

En el Capítulo sexto continúa el repaso del tiempo y de sus hechos en una suerte de “Ubi sunt?” donde hace un repaso a la historia, recordando penurias, clandestinidad y cárcel. El Capítulo séptimo es quizá el más hermoso del libro, el que cuenta su reencuentro con Doñana. Aparece aquí el término “Argónida” y algunos de los más entrañables personajes del resto de su obra. Ya he dicho que me gusta su vertiente más lírica, del mismo modo que no comparto su lado satírico, que me parece de lo más obsceno y vulgar, por muy barroquizantes que sean sus estructuras sintácticas, sus sustantivos o sus adjetivos. La facilidad con que se recurre al insulto más soez no me interesa nada, igual que los mecanismos que le llevan a pensar que estás con él o contra él. No tengo que sorprenderme: es de lo más habitual en este mundo de la Literatura. De hecho, él achaca esto mismo con mejores palabras a la poesía dominante del momento: “qué hacer con aquel cúmulo de inmesurables inventarios / (…) / te exigía una complicidad que en absoluto derivaba de ninguna arrogancia / sino que era más bien el resultado de una excluyente voluntad / de entender de una vez que toda realidad no es más que un vil pretexto / para ceder a la rutina obedecer al cauto acatar la evidencia”. Y algo más adelante insiste en considerar a tantos poetas: “no más que clonaciones de lo anodino de lo baladí / copias vagas inocuas que tan sólo sugieren algún deficitario condimento / inoperantes códigos que apenas ornamentan la costra de la realidad”.

El término “Entreguerras” se refiere históricamente al periodo que se da entre dos guerras relativamente próximas en el tiempo y el lugar. Recientemente se refería al periodo transcurrido entre la primera y la segunda guerra mundial, en Europa. En este libro, sin embargo, se refiere a una biografía transcurrida entre guerras. Y así se trata de la posguerra que tantos recuerdos trae a los españoles de su época y también a los que son algo más jóvenes y, lamentablemente, también se refiere a las guerras entre bandos literarios. No hay que olvidar que Caballero Bonald se ha situado como infractor, francotirador, apátrida, insumiso. No sé. Es complicado pensar en alguien con tantos premios y tantos reconocimientos en esos términos. La sensación es, más bien, de alguien que no ha llegado aún a crear escuela, o no ha creado la escuela que pretendía o la escuela que piensa que merece y, por lo tanto, está prorrogando su periodo activo como escritor. No cabe duda de que mientras más lo haga, más libros como este podremos disfrutar. Entreguerras podría ser un hermoso testamento de una de las carreras más fructíferas y brillantes de la Literatura española de la segunda mitad del siglo XX que se va prolongando, con creciente interés, en el siglo XXI. También podría ser, a juzgar por la vitalidad creativa del autor, un jalón en el camino, un punto y seguido, una excusa innecesaria para continuar escribiendo.

Escribir

 

Poco a poco van cambiando los síntomas. Todo se va aclarando. Anteayer estaba en una mesa de quirófano, mirando al personal y pensando que tenía que dormirme antes de que empezaran, y hoy estoy en casa.

Parecía que iban a empezar y yo todavía estaba despierto. Esa sensación de llegar siempre tarde. Me veía ayudando, sosteniendo las pinzas o alguna gasa. La yugular. La clave iba a ser la yugular. Me veía sosteniéndome la yugular. Al fin me iba a enterar de donde estaba. Y desde ahí, en un viaje alucinante a través de mi cuerpo, más o menos humano, hasta el hígado.

Ahora fluyen las notas, fluyen los sonidos y silencios. Hubo un momento, como siempre pasa, en que me quedé dormido y desperté en otro sitio. Y había alguien que me hablaba. Parecía que llevaba un buen rato hablando. Es la vida. Despertar en otro sitio es la vida. Despertar y volver a oír el silencio de una voz que no se entiende.

Despertar y permanecer en la duermevela.

Poco a poco van cambiando los síntomas. Ahora parece que algunas cosas comienzan a ir bien.

Despertar y empezar a sentir que todo va a ir bien.


Llegué a casa, estuve un rato con mis padres, me senté frente al ordenador y me puse a escribir. Mis dedos bailaban sobre el teclado. Parecía como si hubiese estado bebiendo y hubiera perdido el juicio, pero sólo venía del hospital. Lo de perder el juicio sí es posible que me ocurra siempre, mientras escribo. De hecho, si pudiera hacerlo, la mayoría de las veces borraría todo lo escrito y, probablemente, el mundo me lo agradecería. Incluso yo mismo me lo agradecería. Sobre todo yo, que también tengo esos momentos de dignidad. Pero he llegado a ese pacto conmigo mismo: no borrar nada. Si acaso, corregir, pero no borrar nada. Ese pacto es necesario, porque casi siempre escribo cosas de las que me avergüenzo luego.

Llegué a casa, después de pasar un par de días en el hospital. Llegué cansado y con ganas de ver a mis padres, pero me puse a escribir. Supongo que lo de cansado es por la anestesia que, milagrosamente, llegó a tiempo. Siempre me parece que los cirujanos van a empezar conmigo despierto. Supongo que nos pasa a todos. Lo de ver a mis padres es porque salí de casa, sin tenerlas todas conmigo y, además, sé que ellos querrían haber venido al hospital, aunque sólo hubieran pasado unas horas. Somos unos sentimentales. Parecía que me había acostado, todos pensaban que me había acostado, pero estaba escribiendo.

¿Cumpliré ese pacto?

Nada importa nada, de Javier Salvago

 

SOBRE POESÍA Y VIDA

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Nada importa nada
Javier Salvago
La isla de Siltolá
ISBN: 978-84-15039-80-8
68 págs.
Sevilla, 2011
12 euros

El proceso ha sido el inverso al que cabría esperar, al que es usual en estos casos: primero aparecen los poemas, uno tras otro, sin mostrar los capítulos ni las páginas en blanco que los separan, incluso con alguna variación significativa en el orden de estos poemas, en la antología La vida nos conoce (Renacimiento), y ahora sale el libro ya fijado, definitivo, como lo quería el poeta, en una hermosa edición en la colección Arrecifes de La isla de Siltolá. Incluso en esto se muestra especial Javier Salvago (Paradas, 1950). Parecía que ya era un asunto concluido, la poesía, para Javier Salvago. Parecía, para hablar con más propiedad, que se había alejado definitivamente del arte de construir sus propios versos. Hacía ya quince años que salió su anterior poemario, Ulises (Pre-textos), que nació con vocación de fin de etapa, de último eslabón de una cadena que, parece, le apretaba demasiado. Incluso habíamos recibido una primera entrega de sus recuerdos en prosa, Memorias de un antihéroe, también publicada en Renacimiento, y ya estábamos hechos a la idea de que íbamos a tener pocas novedades poéticas. ¿Qué ha ocurrido? Que la vida de Salvago, lo queramos o no, o lo quiera él o no, es Poesía. Aunque sólo sea Poesía para decir en voz baja, como quien no quiere la cosa, que no más Poesía, por favor; aunque sólo se trate de Poesía con apariencia de menor, como siempre han tildado algunos a este, quizás el más influyente de todos los poetas que siguieron, en los años ochenta, la herencia de Gil de Biedma, que este recogió a su vez de los Machado, no sólo de Manuel, también de Antonio, pero muy especialmente de Manuel y de los cantes más populares que se podían oír entonces hasta altas horas de la madrugada en algunas tabernas sevillanas. Poesía de oído, de lenguaje vivo y claro, no exenta de sabiduría, pero de esa otra sabiduría popular que no siempre está en los libros, excepto cuando alguien como él, como los hermanos Machado, o como, también, ¿por qué no? Fernando Ortiz, la recoge y la fija en la memoria permanente del papel. ¿Qué escribe Javier Salvago en el siglo XXI? ¿Cambia esencialmente su lenguaje? No. La respuesta es “No”. Un No con sus matices, eso sí, pero seguimos teniendo entre las manos una gran noticia: un libro del mejor poeta sevillano del último cuarto de siglo pasado.

Siempre he pensado en cómo debió quedarse el rostro de Vicente Aleixandre y su expresión de sorpresa cuando recibe La destrucción o el humor, el primer libro reconocido y reconocible de Javier Salvago. El título lo dice todo: una relectura irreverente del Nobel sevillano, donde el humor pasa a ser ese ingrediente necesario y esencial que ya va a ser en todos sus libros por venir, incluso en sus versos más descorazonados, incluso, porque sigue siendo así tantos años después, en los versos de este Nada importa nada. Creo que a don Vicente no le gustó demasiado el homenaje, quizá no lo entendió bien o no le interesaba entenderlo, pero no por ello iba a cambiar la poética de Salvago. La destrucción de todos y cada uno de esos mitos que su generación había iniciado años antes y el humor, que lo iba haciendo todo algo menos trascendente. Todo esto pasado por los sueños y ambiciones de un joven aficionado al teatro y las barras de los bares de Sevilla. Esas ambiciones se irían frustrando. Algunos éxitos como poeta lo llevarían a otras ambiciones, que también se iba a ir mostrando inútiles. La Poesía era su vida. En el poema que abre este libro, “La Poesía”, lo cuenta mucho mejor de lo que podría hacerlo yo: “Ahora que el final de tu existencia / se acerca y que se va acabando todo, / sin ilusiones vanas, sin sentido / -pues ella era el sentido-, ya sin sueños,…” Y entonces se hace, o nos hace, la pregunta inevitable: “¿gané con ella el tiempo / o fue tiempo perdido?” Aunque parece responder que sí, que fue tiempo perdido, la pregunta queda inevitablemente suspendida en el aire. Tendríamos que recogerla y responder no sólo a lo que se nos pregunta sobre sí mismo; también sobre esa misma pregunta si nos la repetimos cada uno de nosotros. Nuestras biografías son distintas, claro que sí. La dedicación y el éxito también ha sido diferentes, sin duda, pero la Poesía no tendría sentido si no pudiéramos volver contra nosotros esas mismas preguntas que se hacen los poetas que leemos. El poema “La Poesía” es, sin duda, uno de los más importantes que ha escrito Salvago, resumen subjetivo y desengañado de una vida en la que parece querer decirnos lo que queda en el título del libro: que nada importa nada.

Pero seguimos leyendo. Si este primer poema plantea dudas, la segunda parte del libro es puro pesimismo, comenzando con la cita de Kafka: “Como las cosas no podían / ir a peor –escribió Kafka, / en su Diario-, mejoraron.” Pero él nos viene a decir que sí podían ir a peor. Una serie de relecturas de tópicos ante los que Salvago muestra que las cosas no siempre son como parecen: se trata de tópicos vueltos del revés. También podría haberse llamado a este libro La destrucción o el humor. Con razón toda su poesía está llena de variaciones y reincidencias. Humor amargo, como siempre ha sido el humor de sus poemas. Alguien que sobrevuela y mira con pesimismo lo que el tiempo va dejando atrás. Ni siquiera el amor se salva, el amor menos que nada; ni siquiera la infancia ni la juventud se salvan. Sus materiales son conocidos y todos los usamos. Son materiales de derribo que su mirada ennoblece por un instante y los hace retornar a su sitio. Algunos de estos versos o títulos o tópicos quedarán y sustituirán, probablemente, a sus epígonos. “Aquellos maravillosos años” nos evocan los temores y descubrimientos de una primera juventud. Él escribe: “Que la vida dolía / yo lo aprendí muy pronto. / Quizá por eso anduve tantos años / huyendo de la vida, como loco.”

Una vez un amigo me dijo algo que se me quedó grabado, refiriéndose a la vida: “a ver cuándo se acaba esta maldita broma.” No sé qué pensará de esa expresión ahora. Supongo que ni la recordará o, si lo hace, será algo que querrá olvidar, como el motivo que lo causó todo. Este libro, el poema que le presta título, me ha recordado aquella situación: “Si algo enseñan los años / es que todo se acaba. / Que nada, en este juego, / dura ni importa nada.”

A los hermanos Machado, a ambos, a los dos, dedica una serie de coplillas que quizá sean de lo más interesante de este libro. ¿Por qué? Porque son las formas más populares y, aunque no abandona ese tono sombrío del resto del libro, el humor aquí sí lo puede todo. Puede con todo. Incluso puede destruir ese pesimismo con el que se afronta el libro. “Mira qué crimen tan malo / será nacer, que la pena / es a trabajos forzados.” Las titula: “Apuntes y canciones del camino”. El camino es la vida. El único bálsamo que hace, si no más feliz, sí más llevadera la vida, son las lágrimas. Y ya sabemos todos que los hombres no lloran. Lo hacen cuando son niños y en algunos momentos estigmatizados (la borrachera, por ejemplo, o eso leemos en el poema “Lágrimas”, otro de los poemas que permanecerán en las antologías futuras, junto con los que dedica a sus padres, “Romance” y “Cerca del cielo”. Lo cierto es que no dejo de pensar que la mejor antología de su obra será su Poesía Completa. Y lo será cuando este libro, este gran libro, se una a Variaciones y reincidencias. Porque ahora sí lo repito: no cambia su lenguaje y sus temas son los mismos con los que inició la singladura en la Poesía. Mirar de cara, aproximándose, o de espaldas, alejándose, al amor no cambia la verdad que nunca puede soslayarse. La Poesía de Javier Salvago sigue siendo palabra esencial. No entiendo porqué este libro, Nada importa nada, editado por La isla de Siltolá a mitad de 2011, no está entre las mayores noticias del año pasado poético. Quizá por ese cambio en el factor y por haberse incluido antes en la antología de Renacimiento. Pero, señoras y señores: ¡es Javier Salvago!


 

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