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Seis estilemas de Francisco Lira. Seis poemas de Rafael Suárez Plácido

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“Del suo veloce volo”, de Antony y Battiato

Del suo veoloce volo

antony / battiato

disco

Quienes me conocen bien ya lo veían venir. “¿Cómo, que todavía no lo has escuchado?” Pues no. Estaba ahí. Se fue amontonando y, entre una cosa y otra, no he podido escucharlo completo hasta hoy. Aprovecho estos días para poner en orden mi vida. Leo, escucho y veo todo lo que no he podido hacer durante el año. Una vida siempre aplazada. El hecho es que hace falta mucho valor para que se junte Antony Hegarty con Franco Battiato y hace falta también mucho valor para que Franco Battiato lo haga con Antony Hegarty. A priori, son públicos diferentes. Pensaba que eso solo podía ocurrir en mis sueños. Pero mira tú que el año pasado estuvieron en Madrid y yo me los perdí. Empezaron o culminaron la gira en el Arena de Verona, escenario mítico para los grandes acontecimientos. Sigo a Antony & the Johnsons desde cuando frecuentaba escenarios pequeños por todo el mundo con las CocoRosie. Siempre supo rodearse bien y siempre hizo mejor a quien le rodeaba. Luego, la historia es conocida: la colaboración con Lou Reed, que le catapultó al éxito y el bombazo que fue su primer disco. El tema “Hope there’s someone” es una de esas maravillas que solo se dan cada pocos años. Su voz rompe todos los esquemas. No sé mucho más de él, que lo que se deja ver en sus discos. Solo que llena los escenarios con su sola presencia, ahora mucho más clásica que antes, y que, cuando empieza a cantar… ¡cómo se atreven a interrumpirle, aunque sea aplaudiéndole!
Franco Battiato es un caso parecido, solo que con formas menos peculiares, pero maneras parecidas y canciones y discos memorables. Cuando entra, en el tercer corte, “You are my sister”, uno tiene la sensación de que es el contrapunto ideal a la suntuosidad de Antony. La voz que pone las cosas en su sitio y nos devuelve a la Tierra, orgullosos de poder disfrutarla. Con una carrera larguísima a sus espaldas, el cantante siciliano muestra, una vez más, que está al tanto de los mejores momentos musicales y siempre dispuesto a dar la réplica adecuada, permaneciendo en su sitio. Después de escuchar a Antony, las canciones de Battiato resultan más alegres y vitales. “Il re del mondo” es un bonito ejemplo. Ambos tienen en común la importancia de los teclados: ambos son pianistas también. Son algunos de los mejores letristas que conozco y no se desmerecen. Y decir eso, de alguien que cante con Battiato es decir mucho. Hay tres temas con letras del gran Manlio Sgalambro, una versión de los Rolling y algunos, pocos pero de los mejores, de los clásicos de Franco Battiato. Siempre es buen momento para escuchar “I treni di Tozeur”, pero aquí lo hace con la cantante Alice, y no me convence demasiado esa voz. Otra cosa es la que es una de las grandes canciones de amor de la música popular: “E tj vengo a cercare”, o el oxímoron que forman “Bandiera bianca” y “Up patriots to arms”, que parece que fueron compuestos hace treinta años para sobrellevar estos días de odios y de poca esperanza. El broche final es un tema que no conocía, “Inneres auge”, otro momento redondo del concierto.
Quienes me conocen, ya lo veían venir. Del suo veloce volo, el disco en vivo de Antony Hegarty y Franco Battiato,  es uno de esos discos que siempre estarán conmigo. ¡Ojalá hubiese asistido a alguno de los conciertos!

Franco Battiato, que es Dios, parece un niño nervioso cuando entra con Antony y este, que es su profeta le besa la mano al final del tema, con una genuflexión.

MIRAR A VER SI A LO MEJOR SE PUEDE

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Ni recuerdo, ni olvido. (Smash)

No es fácil imaginarse a Manuel Molina cantando, tras unas estrofas rockeras en el mejor macarronic-english de Julio Matito, con aires de corrido mexicano:

“Y mátame al amanecer

o de noche, si tú quieres,

pero que te pueda ver la mano,

pero que te pueda ver las uñas

pero que te pueda ver los ojos,

pero que te pueda ver.”

Son Smash, los más grandes y, al mismo tiempo, efímeros del rock andaluz, que pronto siguieron distintos caminos: Julio Matito murió en un accidente, cuando se proponía retomar el grupo; Gualberto se fue a los Estados Unidos en su particular peregrinación en pos de las raíces de Jimmy Hendrix y los grandes de las cuerdas de la segunda mitad del siglo XX; Antonio Rodríguez, tras formar parte de algunas de las bandas de los grandes del rock andaluz ha formado su propio grupo como Antonio Smash; Heinrik Michael volvería a Dinamarca y Manuel Molina formaría, con su pareja, el dúo que también marcó una época en el flamenco y en toda la música española, Lole y Manuel.
Su tema más conocido fue la adaptación del clásico flamenco “El garrotín”, pero yo me quedo con este “Ni recuerdo, ni olvido”, una joya y un capítulo imprescindible de la historia del rock español.

LA REALIDAD NO ES TODO LO QUE HAY

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NADA ES DEFINITIVO SINO BORRADOR

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“Adiós”, de Mus

Es una lástima que yo sea tan manazas, de no ser así podría subir el vídeo del DVD original, que nunca le devolví a José Luis, y no tendría que poner el tema ya iniciado en este vídeo que encontré en youtube. Mus es una de las bandas que más me han gustado y Divina lluz es uno de los diez discos españoles que me llevaría a una isla desierta. Ya subiré algo más representativo del disco, pero el corte que lo cierra, este “Adiós, Gijón, adiós”, es una joya. (La versión completa del tema, sin el vídeo, y el poema están aquí.) ¿Por qué me gusta tanto Mus? Habría que escucharlos y sacar conclusiones por sí mismo. Pero es inevitable: pocos músicos han conseguido unir tradición y belleza, con la modernidad y la lucha social como estos dos asturianos. Ya desde “El Naval”, Mónica Vacas, otra de esas razones, y Fran Gayo, el vértice necesario para el triángulo, saben que hacen cosas importantes. Odio tener que subir esta versión recortada del vídeo de Ramón Lluis Bandé, ¿otro de los motivos? en el que interviene García Rúa, uno de los autores que más intensamente vivió la lucha antifranquista, de la mano de su maestro Antonio Tovar, y un ejemplo vivo de lo miserable que fue la mal llamada “transición española”. Pero su presencia es imprescindible para hacerse cargo del calado de la obra de este grupo que fue más allá del típico cancionero indie-folk y universalizaron su mensaje. Historias en clave impresionista que dejan esa sensación de que todo está mal. Con ustedes: Mus y García Rúa, del disco “Divina Lluz”, otro de los discos que más escucho este verano.

“Al mar”, de Manel

Llevo apenas diez días en el piso y ya he puesto todo patas arriba. Los cds esperaban tranquilos y ordenados en las estanterías, y ya no hay quien encuentre uno. Pero eso es lo que tenemos, ¿no? Escuchando buena música en la barra del bar… Pocos bares hay que pongan la música que me gusta. Por ejemplo, nunca he escuchado en un bar de Sevilla a Manel, uno de esos grupos que me moverían a un bar. Pienso también en Antonia Font, pero ahora escucho este tema con el que presentaban hace algunos años El mellors professors europeus. Apropiado para cualquier fecha, pero quién podría negar que ahora apetece…

“Trazas del pensar” Estilemas de Francisco Lira, en La Carbonería

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NUNCA NADIE MUERE DEL TODO NUNCA

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La hierba de las noches, de Patrick Modiano

PARÍS TAMBIÉN EXISTE

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La hierba de las noches
Patrick Modiano
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia
Anagrama
ISBN: 978-84-339-7894-3
166 págs.
Barcelona, 2014
14,90 euros

A veces, uno duda si lo que le atraen son los autores o los traductores, o si es que ambos comparten la autoría de los libros que más le interesan. Es curioso: de los tres novelistas franceses que sigo con mayor interés, dos, Pierre Michon y Patrick Modiano, están siendo traducidos por María Teresa Gallego Urrutia. El tercero, Pascal Quignard, tiene un elenco de traductores más variado. Soy consciente de que esto tiene que ver con la editorial que publica actualmente la mayor parte de sus libros y, realmente, Modiano ya tenía muy buenas traducciones en nuestra lengua antes de que el tándem Anagrama-Gallego Urrutia se hiciera cargo de verter en nuestro idioma sus novelas. Pienso en Carlos R. de Dampierre o en Alberto Conde o en Marina Pino o, más recientemente, en Adoración Elvira. Pero hay que reconocer que Gallego Urrutia va sumando hitos, con enorme calidad y coherencia, en las traducciones de esa maravillosa obra en marcha que es la de Modiano, en mi opinión, el novelista vivo más importante de cuantos he conocido hasta el momento.

No soy el único que piensa así. Existe un grupo de escritores que piensan algo parecido, no sé si con tanta contundencia ni si esta contundencia es aconsejable en un lector que escriba sobre los libros que lee. Citaría a José Carlos Llop, a Miguel Sánchez Ostiz, a Juan Pedro Quiñonero o a José Luna Borge, por mencionar a autores de ámbitos diferentes que, en repetidas ocasiones, se han expresado en términos parecidos. Y diría que el número de lectores va aumentando con cada nuevo libro, aunque nunca tanto como merecen. Tampoco creo que sea necesario. Es difícil señalar motivos, pero sí se pueden citar libros que pondrían las cosas en su sitio. Yo, personalmente, me decantaría por El libro de familia (1976), Calle de las Tiendas Oscuras (1978), que es el que más me ha gustado, Dora Bruder (1997) y En el café de la juventud perdida (2007). Cualquiera de estos libros, en realidad cualquiera de todos los suyos, darían sentido a las afirmaciones que estoy haciendo.

El sentido de obra en marcha cobra todo su valor con este último, La hierba de las noches, publicado originalmente en Francia en 2012 y traducido por la citada María Teresa Gallego Urrutia para Anagrama hace unas semanas. Desde el título se intuye el sentido poético del libro. Se trata de una nouvelle, su género más habitual, escrita con ese lenguaje poético que caracteriza toda su obra. El título proviene de un poema de Ossip Mandelstam. Y no es esta la única referencia que hace en el libro a sus poetas favoritos. Las referencias son constantes a Baudelaire, a Bomand, a Corbiere… Las referencias y citas son constantes, a sus libros, a sus poemas o a sus vidas.

Pero los grandes protagonistas son París y el propio Modiano. No los actuales, o apenas los actuales, sino el París de los años sesenta y el joven Modiano con apenas veinte años, cuando era un joven aún menor de edad (hay que pensar que entonces en Francia la mayoría de edad era a los veintiuno). El protagonista, trasunto obvio y reconocido del autor, se llama Jean, y podría decirse que es el mismo de buena parte de sus libros. Un joven solitario y perdido en un mundo hostil pero fascinante, que representa ese París de los primeros sesenta. Conoce a una mujer un par de años mayor que él, que dice llamarse Dannie, y que arrastra además de una personalidad enigmática e insegura, un secreto que la hace vulnerable. Jean, que es un joven muy observador, desde el principio lo percibe así, pero es consciente de que no puede preguntar mucho más allá de lo que ella está dispuesta a contarle, que se adivina que es poco. Me dirán que, cambiando los nombres, esa historia ya aparecía en libros anteriores. Sí, es cierto. Y también es habitual un grupo de hombres en torno a la chica, que le inspiran al mismo tiempo temor y necesidad de estar con ellos. Jean se da cuenta de todo esto y de que hay algo misterioso que está al margen de la ley y que no se descubrirá hasta el final. Pero eso no le aleja de ella, más bien al contrario.

El joven protagonista, además, es un escritor inédito y ofrece su particular teoría sobre la escritura: “un medio de luchar contra el olvido.” Todos los libros de Modiano son su modo de luchar contra el olvido. De las personas en general, de los familiares en particular, de la barbarie del siglo XX, de las calles donde vivió aquellos años que siempre estarán vinculados al Universo Modiano. Ese París casi mítico (hoteles, cafeterías, calles y librerías) es un París que ya no existe. Montparnasse y el centro de París están tomados por las boutiques, los cafés, por los turistas que hacen fotos con sus iphones, Sólo queda el reducto de algunas librerías. Sólo queda el reducto de los libros.

Parece ser que es cierto que el joven Modiano perdió el primer manuscrito de su primera novela, El lugar de la estrella, y que tuvo que reescribirlo a partir del primer fragmento que recordaba. También es cierto que iba anotando en una libreta todo tipo de datos, anuncios, direcciones, teléfono y nombres y apellidos (si los sabía). Las listas son una constante en su obra. También en esta última La hierba de las noches. Es inevitable la sensación, que parece tener el propio Modiano, de no saber qué fue lo que realmente ocurrió y cuáles son los recuerdos transformados por el tiempo, aunque desde el inicio lo niega: “Pues no lo soñé. A veces me sorprendo diciendo esta frase por la calle, como si oyese la voz de otro.” Comenzar con esas frases es, sin embargo, dejar abierta la posibilidad de que sí fuera un sueño. “Una voz sin matices. Nombres que me vuelven a la cabeza, algunos rostros, algunos detalles. Y nadie ya con quien hablar de ellos… Y, además, uno acaba por preguntarse si hubo de verdad testigos.”

Pero no es cierto. Todos somos sus testigos. Todos los que volvemos, una y otra vez, sobre sus reflexiones o sus recuerdos, sabemos que ese París existió, porque está ahí, oscuro, peligroso pero fascinante y vivo, siempre tan vivo, en todos y cada uno de sus libros.

Alejandro Luque, sobre Simulacro, en Estado Crítico

Alejandro Luque ha escrito estas palabras sobre Simulacro, que ha publicado en el blog de reseñas Estado Crítico.

Muchas gracias, Alejandro.

Ver reseña aquí

El cuarto oscuro

Cuando escucho una canción casi nunca me fijo demasiado en la letra. Así ocurre que me gustan y no sé de qué tratan. A veces, me las invento. A veces, hay versos que me llaman la atención. Si me resultan muy impactantes, es posible que me quede con ellos, pero lo más frecuente es que no. Tengo amigos que se quedan con las letras de las canciones habiéndolas escuchado solo una o dos veces. Yo no. Desde muy pequeño, la manera de aprenderme una canción era escribiéndola. Tenía cientos de cuadernos y agendas y diarios, en los que copiaba letras de las canciones que me gustaban. Algo parecido me ocurría y me ocurre con los poemas. Hay cuatro niveles de acercamiento: escucharlos, leerlos en silencio, hacerlo en voz alta y escribirlos. Y siempre los percibo de manera distinta. Lo que escribo no lo olvido, aunque tampoco lo recuerde de memoria, pero siempre permanece ahí, alerta, en algún lugar de mi mente. Por eso puedo comenzar el libro con unos versos que no significan nada, pero que siempre han estado ahí presentes: no importa apenas el significado, pero sí los ritmos y la música: la música de la infancia.

Estaba en el salón de la casa en la que vivió mi madre, en Las Palmas, y en la que entonces vivía mi tía Carmen. La tele en una esquina, junto a la puerta. Una mesa grande en la que comíamos todos: mis padres, mis tíos, mis primos, mis hermanos y yo. Éramos muy niños y yo soy el mayor de mis hermanos. Los más pequeños aún no habían nacido. Veíamos series: Rin tin tin, Bonanza, McCloud, Colombo… Veíamos los anuncios y tendría que esforzarme mucho para recordar algunos programas más. Sí recuerdo la carta de ajuste. El anuncio de Condal tenía una música pegadiza y creo que lo cantábamos cuando lo veiamos. Me gustaba mucho cantar. Supongo que el hecho de que fuera una marca canaria le habrá hecho ganar enteros en mi memoria. Supongo que no siempre ha estado ahí, tan presente, pero ahora sí lo está. Un vaquero que iba a caballo, se bajaba lentamente y encendía un cigarrillo. Es muy probable que los recuerdos se cruzaran con los de la serie McCloud, que también era un jinete. Todo eso está ahí, permanentemente.

Era una casa enorme, de techos altos, de pasillos y habitaciones interminables que estaba en la calle Pedro Díaz, en pleno barrio de Vegueta. Cuando pienso en la infancia no pienso en Sevilla, sino en Las Palmas y en algunas playas de Huelva. Siempre hay playas. No me acuerdo de tiendas de Sevilla, pero sí de Casa Amadito y de Casa Pepito. Eran, realmente dos casas unidas, los números cuatro y seis. El bajo de una de esas casas, donde vivía el tío Perico, es ahora uno de esos maravillosos hoteles con encanto. Creo que se llama “La casa de Vegueta”. Esto puede dar una idea de lo que suponía aquello, especialmente para un niño que fue yendo allí hasta creo que los doce años, casi cada verano y algunas navidades.

No es el momento de hablar del título del libro, Simulacro, pero sí diré que no se trata de que mi vida haya sido una vida fingida, ni de que el libro no plasme la realidad de mis recuerdos, sino de que todas las vidas son un simulacro. Todas, no especialmente la mía. Es más, pienso que si existe algún modo de escapar de ese simulacro, o de paliar sus efectos, es precisamente ser consciente de lo que ocurre. No es una idea demasiado original. Ahí están Foucault, Lyotard o Baudrillard, de quien tomo la cita que inicia el libro, para explicarlo mejor que yo, y tampoco es una novedad del siglo XX, algo sobre eso dejó escrito Platón y, a partir de él, es una constante que, en todo caso se ha acentuado durante el siglo pasado hasta llegar a las dimensiones universales del presente. Y digo que no es el momento de hablar de esto, porque si hay una época en la vida en que aún estamos en las afueras de ese simulacro, ese es, precisamente, la infancia. Por eso los primeros momentos de este libro tratan de esa parte del relato, en el que aún podemos hablar de cierta pureza frente al mundo y sus señales, que es la infancia.

La primera parte del libro y el primer poema se llaman “El cuarto oscuro” y eso también merece una reflexión. Desde que tuve conciencia de este libro, pensé en ese título para el libro completo. Algunos amigos que leyeron los primeros borradores, pensaron que lo llamaba así en referencia a la sala oscura en la que algunas personas realizan sus juegos sexuales con desconocidos. No, no me refería a eso, aunque algo se deja ver en la segunda parte del poema. El cuarto oscuro se refiere a una habitación de esa casa de Vegueta en la que mi tío Juan tenía su despacho en la casa. Él era fotógrafo y al fondo de la habitación tenía un pequeño cuarto oscuro para revelar fotos. Así, al menos, lo recuerdo. El lugar en que se revelan las fotos, en el que nacen las imágenes que van a quedar de una época de nuestras vidas. Mi madre tiene cajones de fotos de aquella época y me gusta pensar que algunas de esas fotos se revelaron allí. No lo sé, pero es posible que así fuera. Cada foto es un fragmento del relato de la infancia, mediatizado por el tiempo y el recuerdo y, por lo tanto, diferente de la infancia en sí. Los poemas pueden trasladarnos a otras épocas, pero siempre están dirigidos por la mirada del poeta, igual que las fotos tienen ese mismo sentido para el que las ve y el que las produce, incluso el que las revela.

En 1985 conocí a un amigo que marcó una época y al que no he vuelto a ver. Se llamaba Richi, Ricardo. Íbamos al estudio de unos amigos comunes y me enseñó a revelar fotos. Fue un descubrimiento alucinante. Descubrí que dependiendo de los líquidos, del papel y del tiempo de revelado, podía hacer fotos diferentes, muy diferentes de un mismo negativo. Ese descubrimiento tan elemental fue, en cambio, para mí muy importante. El cuarto oscuro puede hacer que un mismo momento recordado resulte grato, muy placentero, enriquecedor, triste o lamentable; que una misma persona permanezca en tu memoria como amable o detestable; hermoso o grotesco. No se trata de lo que ahora podemos hacer con un programa de tratamiento de imágenes, que falsea la realidad. El revelado no falsea, muestra la mirada del fotógrafo. Algo así ocurre con el poema. No sé: es difícil de explicar. Pero sí tengo la sensación de que toda mi vida pasa por el cuarto oscuro. Además, estaba siempre cerrado. Mi tío, lógicamente, no quería que entrásemos allí. Estaba siempre literalmente oscuro.

No sé si en las estanterías había libros. Supongo que sí. Lo que sí sabíamos era que mi tío coleccionaba todos los tebeos de Bruguera: Tebeos, Mortadelos, Tio Vivos, Din dan, Zipi y Zapes, Lilits… ¡todos! Salían semanalmente y recuerdo que lo veíamos entrar con el taquito de tebeos bajo el brazo y se los llevaba directamente al despacho. Mi primo Juan y yo nos mirábamos y proyectábamos el momento de entrar a hurtadillas en la habitación cuando nadie nos viera. Entrábamos y a escondidas y medio a oscuras leíamos los tebeos, sin hacer ruido. Alguna vez nos pillaron, claro, y mi tío castigaba a mi primo o hacía que le castigaba –según él me contó después-. Pero era inevitable: el olor del papel amontonado, de la oscuridad y el de nuestros corazones latiendo vertiginosamente por la sensación de clandestinidad, nos llevaba a entrar allí una y otra vez. Entonces no comprendíamos a mi tío, claro. Ahora me siento parecido a él. Tengo esa sensación de propiedad privada con mis libros. Supongo que mi piso, alejado del mundo en un barrio de las afueras de Sevilla, hace las veces de esa habitación prohibida en la que tengo la biblioteca y voy dando forma al relato subjetivo de mi mundo: mis poemas.

En la segunda parte del poema, recuerdo a mi primo Juan, que formó parte de ese mundo tan personal. Es unos meses más joven que yo, pero pocos, y en aquellos años estaba muy próximo a él. Ahora apenas lo veo, si acaso en alguna foto muy esporádicamente. Supongo que la distancia  ha contribuido a que nos hayamos distanciado. Cada uno va elaborando el relato de su propia existencia. Ahora ya formamos parte de ese simulacro que es cada una de las vidas y la de todos, pero hubo una época en la que compartíamos nuestras alegrías y nuestras penas. Hubo una época en que aún éramos niños. Recuerdo que algo mayores, en el 1978,  estuvimos un verano recordando el especial de Mortadelo y Filemón del Mundial de Argentina. En la playa, en la plaza o en cualquier momento, recordábamos una u otra anécdota y nos partíamos de risa y, quizás, eso no lo recuerdo, pero estoy casi seguro, añorábamos el cuarto oscuro de su casa en Pedro Díaz. Algunos recuerdos nos pertenecen; en otros casos somos nosotros los que formamos parte de ellos.

EL CUARTO OSCURO

No sé por qué recuerdo tanto aquel anuncio:
Condal, en cada momento.
Condal, en cada lugar,
una marca canaria de cigarrillos rubios.
Si sé que teníamos prohibido entrar en una habitación
que era su despacho y, quizás, también
estudio fotográfico,
con cuarto oscuro y esas cosas,
porque mi tío Juan era fotógrafo.
¡Cuánto odiaba al tío Juan!
Y hoy pienso en él y no recuerdo su imagen: veo en su lugar mi rostro reflejado.
Tenía la mayor colección de tebeos que he conocido:
todos los tebeos de Bruguera,
¡todos!
Una habitación llena de tebeos, en la que tenía prohibido entrar
y yo, entonces, era un niño.
¿Dónde crees que tendrías que buscarme?

Toda la vida en esa misma habitación.
Toda la vida imitando aquella habitación.

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Recuerdo estar allí con mi primo:

las luces apagadas,
alumbrados con una linterna,
leyendo tebeos,
tumbados en el suelo.
Ayer vi su última foto: reina del carnaval de Tenerife.
¡Qué buen criado, si hubiese buen Señor!

Flumina

La verdad y la poesía. Todas las demás variantes de la literatura son mentiras piadosas con uno mismo y con el mundo.

La poesía no es verdad, pero tiende a la verdad posible: la verdad camuflada.

Escribió Nietzsche que la poesía es una forma sofisticada del poder.

¿Podemos inventar nuestras vidas?

Es fácil escribir un poema y esperar a que se den varias coincidencias improbables: la primera, que alguien lo lea; la segunda, que además de leerlo, lo comprenda; la tercera, que eso que el lector ha comprendido coincida con la verdad que uno quería mostrar.

¿Queremos mostrar la verdad?

Hemos hablado de la mentira y el diario. Es imposible llevar un diario verdadero. ¿Es necesaria la verdad en un diario? Mirando alrededor podríamos pensar que no es necesaria.

Imaginemos algo: pensemos que vamos a escribir un texto que sabemos que nunca nadie va a leer. ¿Seríamos así más sinceros? Escribe como si supieras que nadie va a leer jamás estos versos.

¿Puedes superar tener que leerlos tú mismo?

Hoy es un día tan bueno como cualquier otro para dejar de escribir.

He decidido dejar de escribir cada uno de los días de estos últimos meses, pero se ve que soy poco firme en estas decisiones tan mías.

Hoy me han dado un mes más de baja. Me han dicho, incluso, que podría no volver a trabajar. Y lo peor es que yo me veo normal, como siempre me he visto. Claro que también me encontraba perfectamente el pasado diecinueve de noviembre. Recuerdo que fue un día muy bonito, un gran día.

Recuerdo que fui a comprar una botella de Johnny Walker etiqueta negra.

Ese día llegué a casa con unas ganas terribles de seguir escribiendo. Incluso pensé que escribiría un poco todos los días de mi vida, que llevaría un Diario. Algunos de estos textos podrían haber sido notas de ese Diario.

Un amigo dice que cada vez se me entiende menos. Me compara con algún adalid del hermetismo. Quizá sea por eso, porque cada día es una lucha inmensa, enorme, colosal para seguir escribiendo. Cada día es una lucha agotadora para seguir escribiendo.

Odio el sumial. Sí, sé que es fuente de vida, pero lo odio. Probablemente incluso sea por eso. Son apenas las once. Es la hora de la insulina lenta. Y estoy escribiendo unas líneas que mañana leeré.

Abrir las ventanas, dejar que entre la luz y quedarme en silencio. Estos días, además, el frío. No hay tantos ruidos que vengan de la calle. Se diría que están congelados. No me asusta el frío. El frío es evitable en el sur. Y se soporta. Otra cosa es el calor. Los ruidos congelados.

La luz y el silencio son motivos poéticos para algunos. Para mí no lo son. Si acaso son condiciones necesarias. Me aburre la poesía paisajística. Necesito que el poema me cuente algo de su autor.

¿El paisaje es parte del autor? Es posible. En ese caso, me aburren los poetas que evocan los paisajes sin más. Otra cosa es que el paisaje se haga fuerte y se adueñe del poema y lo inunde todo y sea inevitable, porque en ese caso también se hace inevitable para mí: el paisaje sin darme cuenta del paisaje.

Prefiero las ciudades a los campos. Y, dentro de las ciudades, los interiores a los exteriores. Los bares, los salones, las aulas, casi más las librerías, una habitación, quizás el dormitorio o la cocina incluso. Nada es indigno de llegar a ser motivo poético.

“Se pregunta el crítico sobre el por qué alguien “que alojaba en su cuerpo desmembrado la madera de un poeta nacional”, se desplaza de Madrid a La Laguna.” El crítico es Domingo Pérez Mink, el poeta, Manuel Verdugo y el texto que entrecomillo de José Carlos Cataño. Yo me pregunto: ¿y qué hacía en Madrid pudiendo haber estado en La Laguna?

Cada uno tiene su propia y personal Mitología y a ella contribuyen los datos más peregrinos. Nada es mejor que nada.

Mi aventura personal.

Yo también volvería a La Laguna.

Escucho a Ryuichi Sakamoto y Christian Fennesz. Escucho el disco Flumina. Quiero volver a escucharlo y todavía no ha terminado la primera audición. Pero sé que quiero más.

Relajación que precede a la batalla.

Hay algo que presagia un comienzo terrible y esperanzador, algo como lo que estamos viviendo tú y yo, alejados del mundo, solos tú y yo: terrible pero me gusta; esperanzador pero que da miedo. El mar que avanza contra la roca, la roca pulida que fluye sola, creando formas. El contorno del mar contra la roca. ¿Y tú cómo lo dirías? El gris azulado es el color. Del cielo sólo se percibe el reflejo. No hay más cielo que el que se refleja en el mar o en la roca. No hay personas. Sólo miradas reflejadas. Sólo huellas de miradas reflejadas que fluyen. Flumina.

Olas. Diferentes. Sueñan. Levedad. Todas las olas suenan diferente y me conducen por caminos de levedad. Sueños de levedad. Sueños y sonidos. Mi casa es una isla y yo no existo fuera. Mi casa, enmarcada por las olas. Tengo que situarme: Vegueta. Pongamos que ese es el barrio escogido. Podría ser otro, pero es ese. Incluso está escogida la calle: Pedro Díaz. ¿Qué tiene esa calle? Da a la plaza de Santo Domingo y sube. Te gustará.

Necesito ser claro y no ceso de elucubrar. No dejo de mezclar lo onírico con lo real: los recuerdos con los sueños y deseos. El otro día me preguntó alguien en qué ciudad viviría. Respondí sin pensarlo demasiado. Dije dos nombres. Las Palmas de Gran Canaria y Gijón. ¿Qué tienen en común? No común en mi Mitología personal, sino entre sí. Playas en la ciudad: Las Canteras y San Lorenzo. Barrios como Vegueta y Cimadevilla. Algo de estilo colonial. Alegría. Yo he sido feliz en ambas y también he sido desgraciado en los dos sitios. Tristeza. Club Náutico. Alguien habló conmigo. Le extrañó esa respuesta. Alguien, que ha vivido en varias ciudades y conocía ambas, me dijo que él sí viviría en Vegueta. No en Las Palmas: en Vegueta. Las Palmas. Japón me está esperando en Las Palmas. Soy japonés canario.

A veces las palabras se convierten en música. Yo aspiro a ese sueño. No, la música no es superior a la palabra. Flumina es música, es palabra y es también agua. Pero todo unido es menos que la palabra. El agua fluye. Las palabras también. Yo las sigo. A veces escucho sonidos con significado concreto; a veces es todo más abstracto. Las corrientes subterráneas. En realidad, todos deseamos formar parte de esas corrientes subterráneas. Nos interesa poco la superficie. A mí nada. Yo aspiro al sueño de ser parte de las corrientes subterráneas. Ya estoy en el silencio. Descanso en paz.

Si abro un túnel en Sevilla y me desvío un poco del centro de la Tierra, apareceré en Japón. Una corriente que me lleve a Japón. Pero antes tendría que pasar por La Palma. ¿Es 2006? ¿Qué queda de 2006? En 2006 alguien quería cambiar mi cama por un tatami y quedarse a mi lado. Mi casa, mi vida es un tatami. Me prometió que dormiría a mis pies.

Hoy mis Islas están algo más alejadas del resto del mundo.

Hoy mis Islas están más alejadas del resto del mundo.

Unos días en el piso son suficientes para comprobar los efectos del tiempo: la soledad, el frío, la oscuridad. No había vuelto más que un par de veces, a traer o llevarme algunas cosas: el ordenador, algunos libros. El piso ha estado vacío todo el invierno, aislado. El piso, como mi alma.

Los libros estaban solos. Sentían frío. Ya nadie los leía. Ni había quien los quisiera.

Dejé algunas luces encendidas. Se ha ido la luz. Una alegría: la planta del dinero ha resistido. No sé si hubiera aguantado más días aún. Todo sigue a contracorriente.

El piso está apagado.

Habría que ir habitándolo, poco a poco. Pero hace tanto frío…

No quiero volver a habitar ese piso.

Repaso los libros de las cajas que me ha traído J. L. de Asturias. Una joya, un auténtico tesoro: las dos cajas de libros han estado reanimando este fin de semana mi casa.

Odio a la gente que dice: “¡Temazo!”, o “¡discazo!, o “¿sí o qué?”, igual que antes me ocurría con los que decían: “en verdad”. Voy ganando enteros en intolerancia.

La música va convenciendo a la mente que la escucha. Las palabras también tratan de hacerlo, desde que alguien las dispone en un papel en blanco. No es fácil convencer a nadie de que es mejor escuchar o leer que no hacer nada.

¿Por qué es mejor escuchar música que el silencio?

¿Por qué es mejor leer un poema que el vacío?

¿Por qué es mejor algo que nada?

A mí, es que el vacío y el silencio me evocan la muerte. No puedo evitarlo. Así que cada vez que leo o escucho música, siento que estoy más vivo. Tendría que fomentar más mi modo oriental de ver la vida.

Estos días hay unanimidad en algo: Quique Camoiras fue un actor genial. Hace unas semanas, era Manuel Fraga el ejemplo de buen demócrata que había que seguir.

Perder algo de ti.

He pasado la vida tratando de aprender a usar las palabras. He llegado a este punto, pero he perdido algo muy valioso en el camino. Te he perdido a ti. Y tengo frío. Y ni siquiera puedo decir que conozca el secreto de las palabras. Sí, sé que hubo una época diferente. Hablábamos a menudo de ello. Pasábamos el día entero juntos, hablando de la vida secreta de las palabras.

Nadie lo comprendía. Nadie te conocía.

Años después, volver a buscar el camino de las palabras. Las palabras, la poesía. Las palabras son lo que permanece cuando me levanto de esta silla. Lo que me llega mientras leo. La música, el mar, el secreto. Lo que no es la nada. Hubo un tiempo en que también era el desierto. La vida. Intento recordar el pasado. Pero sé que sólo soy lo que ves ahora, lo que lees ahora. No hay ni antes, ni después.

Recuerdo aquel amigo que hablaba de sus miedos con tanta soltura, que parecía que no fueran miedos reales. Jung hablaría de “afirmación del terror”. Ya ves, hay algo de eso.

¿Qué sabes tú de Jung?

Asociación: Jung – Freud. Error, la asociación real es Jung – Sabine Spielrein. Ahí está la explicación de todo.

Paso el tiempo tratando de recordar cosas que ocurrieron y las sensaciones que me producían. A veces, también las sensaciones que me producen ahora, si las recuerdo con nitidez. No siempre pasa, pero cuando siempre ocurre es cuando escribo.

Escribo las sensaciones que me llegan del recuerdo.

No te reconozco, pero recuerdo haber sentido esto antes.

¿Qué es lo más triste que puede llegar a pasar?

Veo la foto de una joven mujer japonesa. Está vestida con un kimono. Destaca el obi poderoso y también el pelo, extendido sobre la mejilla derecha. Es hermosa la foto y es hermosa, también, la mujer. Sonríe ampliamente, como no suelen sonreír las mujeres japonesas con kimono, que siempre guardan tan discretamente las formas. Y se puede leer, a pie de foto: “Tanabe Shimeko, fallecida en la primera tentativa de “suicidio en pareja” de Dazai.”

A veces las palabras nos arrastran con ellas. No juzgo ni pretendo nada parecido, pero me pregunto cómo pudo seguir viviendo Osamu Dazai. El hecho es que él vivió unos veinte años más y falleció en 1948, quitándose la vida junto a su amante de entonces. Volvió a intentarlo, implicando consigo a su nueva pareja.

A veces las palabras nos arrastran con ellas, las palabras y las imágenes. ¿Estamos dispuestos a sumergirnos en ellas? A veces las historias reales son mucho más elocuentes que las que nos imaginamos. Dicen más y mejor. Y, a veces, no creamos: tan sólo nos acercamos a las afueras de la realidad. Un caudal de palabras que fluye y nos arrastra con ellas. Son palabras-río. Es el viento. No siempre es posible permanecer al margen, ni alejarse del cauce de la corriente. Cada vez que leo una historia que me gusta me transformo en otra persona y la vivo. Me alejo de mi vida y vivo esa otra vida. La literatura es una impostura. Yo soy un impostor. Casi siempre los lectores somos los impostores.

¿Quién soy en esta historia? ¿Soy Tanabe Shimeko o soy Osamu Dazai?

Soy ambos. Soy la corriente que fluye de un lado a otro. Nada puede detenerme y cuando apague la luz, todo desaparecerá.

Sí, también pensé en ti cuando leía la historia de Osamu Dazai.

No hay nada más triste que estar al margen. No hay nada peor que las afueras.

Ojalá hubiera sido todo diferente.

Escribo sobre lo que le ocurrió a Tanabe Shimeko y ocurre que mañana se cumple un año del tsunami y el desastre nuclear de Fukushima. Tras escribir que lo más triste que le puede a uno pasar es lo que le ocurrió a Tanabe Shimeko, hay que afrontar las miles de muertes de Fukushima, las miles de historias personales que acabaron en Fukushima. Tengo en una mano Ocho escenas de Tokio, de Osamu Dazai, y en la otra Cartas desde el fin del mundo, de Toyofumi Ogura. Quien asuma la inevitabilidad de lo ocurrido hace un año tendrá que convenir en que lo de Hiroshima, ese fin del mundo que revive Ogura en su libro, sí fue obra de los hombres. De los mismos hombres a los que aplaudimos cuando salvaron el mundo. Sólo un botón o una palanca y decenas de miles de muertos, y al día siguiente, otra vez. ¿Qué es lo más triste?

Y, sin embargo, continúo mirando la foto de Tanabe Shimeko, la camarera de diecinueve años que murió quitándose la vida, arrojándose al mar junto a su amante, Osamu Dazai. Esto sería terrible, así, sin más. Dos jóvenes amantes que se suicidan. Aunque la historia esté llena de casos así y la literatura también. Aunque lo que es habitual parece que pierde relevancia. Sólo cuando ocurre algo imprevisto, nos llama la atención. Y así es en esta ocasión. Lo que hace aquel suicidio aun más terrible es que Osamu Dazai no falleció: fue salvado de la muerte por unos pescadores. Es cierto que puede ocurrir, en ese momento, algo que lo tuerce todo. Él no escogió vivir. ¿Para qué? ¿Para recordar cada día de su vida que se apagó, por su culpa, aquella sonrisa?

No sé qué edad tenía entonces Dazai, pero sí sé que falleció, definitivamente, con apenas treinta y nueve años. Y ocurrió en otro suicidio junto a su amante de entonces. Durante un tiempo, se pensó que no fue así, que él fue asesinado por ella y luego ella se dio muerte. No pudo demostrarse nada. Queda la incógnita.

Toda esa historia me recordaba algo que había leído recientemente.

Estos días leo. Pocas cosas cambian. Leo algunos libros que van saliendo nuevos y otros que siempre han estado aquí acompañándome. Estoy paralizado con Ocho escenas de Tokio, una antología de relatos de Ozamu Dazai que aún no conocía. Estoy paralizado con lo que hay detrás de esos relatos y estoy, igualmente, horrorizado con Menos que uno, de Joseph Brodsky, que es hace años uno de mis libros favoritos, de referencia, pero que no recordaba tan crudo como me está pareciendo esta vez. Quizá sea yo el único que está cambiando. Realmente, pocas cosas cambian. Sólo yo estoy cambiando. Sólo yo soy otro. Hace años que no amo. Hace años, también, que no me ilusiono con nadie.

Ya sé que quieres que hablemos de la maldad, para que empecemos a proyectar lo buenos y dignos que somos sin que parezca tampoco algo demasiado evidente. Pero lo siento, ni soy bueno, ni pretendo parecérselo a nadie. Ni a ti, ni siquiera a mí. Ya dejé de engañarme. Y la dignidad no me parece algo que se valore demasiado. No creo en la bondad de las personas. Detesto a los que van de buenos. Nunca volveré a leer la Biblia. Me arrancaría los ojos antes de hacerlo, porque sé que es mentira. Y, además, me aburre. Todo es mentira.

Sí, también esos relatos de los que tanto hablamos y escribimos son mentira, pero nadie trata de engañarnos con ellos. Y quien sí trata de hacerlo, es tan torpe que no engañaría más que al noventa y nueve por ciento de los hombres. Yo soy el otro uno por ciento. A mí no me engañarán. Y si acaso, sólo lo hará quien yo desee que lo haga y será a cambio de placer, de todo el placer. ¿Sabes tú qué es el placer? Yo no lo sé, pero lo espero.

Estas notas son el constante aplazamiento de algo importante. Sólo las escribo porque quiero que se sepan.

Tendré que recorrer las bibliotecas buscando ejemplares de mi libro. Es posible que en Huelva encuentre más de uno. Y tengo algún amigo al que quisiera hacérselo llegar. ¿Quién nos los iba a decir? ¿Tú no tendrías alguno de sobra? Cuatro años han pasado y ya es una quimera encontrarlo.

“Estaba tratando de vaciar el mar con una taza de té.” Y el mar es inmenso. Y yo, prácticamente, no soy nada.

¿Qué es mejor: estar o no estar? Para los demás, no sé; para mí, no estar, desde hace seis años.

El vuelo… ¿de qué vuelo me hablas? Aún no has empezado a andar y ya estás lejos.

¿Quieres ayudarme a tratar de vaciar el mar?

Me asomo al balcón y veo paraguas. Me fijo un poco más y veo que las calles están algo mojadas. Ha llovido esta noche y ha continuado haciéndolo casi toda la mañana.

Poco a poco van cambiando los síntomas. Todo se va aclarando. Anteayer estaba en una mesa de quirófano, mirando al personal y pensando que tenía que dormirme antes de que empezaran, y hoy estoy en casa.

Parecía que iban a empezar y yo todavía estaba despierto. Esa sensación de llegar siempre tarde. Me veía ayudando, sosteniendo las pinzas o alguna gasa. La yugular. La clave iba a ser la yugular. Al fin me iba a enterar de donde estaba la yugular. Y desde ahí, en un viaje alucinante a través de mi cuerpo, más o menos humano, hasta el hígado.

Ahora fluyen las notas, fluyen los sonidos y silencios. Hubo un momento, como siempre pasa, en que me quedé dormido y desperté en otro sitio. Y había alguien que me hablaba. Parecía que llevaba un buen rato hablando. Es la vida. Despertar en otro sitio es la vida. Despertar y volver a oír el silencio de una voz que no se entiende.

Despertar y permanecer en la duermevela.

Poco a poco van cambiando los síntomas. Ahora parece que algunas cosas comienzan a ir bien.

Despertar y empezar a sentir que todo va a ir bien.

Llegué a casa, estuve un rato con mis padres, me senté frente al ordenador y me puse a escribir. Mis dedos bailaban sobre el teclado. Parecía como si hubiese estado bebiendo y hubiera perdido el juicio, pero sólo venía del hospital. Lo de perder el juicio sí es posible que me ocurra últimamente, mientras escribo. De hecho, si pudiera hacerlo, la mayoría de las veces borraría todo lo escrito y, probablemente, el mundo me lo agradecería. Incluso yo mismo me lo agradecería. Sobre todo yo, que también tengo esos momentos de dignidad. Pero he llegado a ese pacto conmigo mismo: no borrar nada. Si acaso, corregir, pero no borrar nada. Ese pacto es necesario, porque casi siempre escribo cosas de las que me avergüenzo luego.

Llegué a casa, después de pasar un par de días en el hospital. Llegué cansado y con ganas de ver a mis padres, pero me puse a escribir. Supongo que lo de cansado es por la anestesia que, milagrosamente, llegó a tiempo. Siempre me parece que los cirujanos van a empezar conmigo despierto. Me veo ayudando a los cirujanos durante la intervención. Supongo que nos pasa a todos. Lo de ver a mis padres es porque salí de casa, sin tenerlas todas conmigo y, además, sé que ellos querrían haber venido al hospital, aunque sólo hubieran pasado unas horas. Somos unos sentimentales. Parecía que me había acostado, todos pensaban que me había acostado, pero estaba escribiendo.

¿Cumpliré ese pacto?

Supongo que algunos escritores tendrán que justificar toda su obra apoyándose en lo bien escrita que esté. Yo, desde luego, no. No podría, pero es que, además, no es demasiado importante para mí. Es como cuando estás escuchando una canción y oyes: “¡Qué voz!” Casi siempre se refieren a lo mismo, a que el intérprete tiene un torrente de voz. A mí eso me da absolutamente igual. No conozco casos en que a la gran voz me despierte algún interés en la interpretación, en lo que dice si es que dice algo, en cómo lo dice.

Hace unas semanas me escribías ensalzándome la prosa de A. T. A continuación me decías que mentía constantemente en sus diarios. A ver, no me decía que sospechaba que mentía, sino que mentía. ¿Podía la prosa excelsa (así la calificabas) suplir esa otra enorme carencia? Es que además cuando miente lo hace siempre para ensalzarse a sí mismo, para babearse, eso sí, dejando caer lo brillante que es y la suerte que tenemos todos de compartir nuestro tiempo… ¿con quién? Con él, claro.

En la escueta pero muy sentida presentación, Joaquín Rodero dijo que le había dado clases en 3º, mientras estudiaba Filología. ¡Qué envidia sentí! Pensé que si me hubiera dado clases a mí, igual me habría entrado el interés por la cultura japonesa mucho más joven y ahora hablaría y leería japonés. Sería otra persona. Lo puedo pensar, pero podría haber pasado o no. Siempre he sido muy dejado, pero entonces lo era aun más. Y no sé si habría pensado como lo hago ahora: que Fernando Rodríguez-Izquierdo Gavala es el nombre más importante de las Letras que ha dado esta bendita ciudad en los últimos años. Su libro, El haiku japonés: historia y traducción, editado por Hiperión es uno de los libros que no debe faltar en la biblioteca de cualquier aficionado al género. Y cuando digo “género” me refiero a la Lírica. Es más aun: me refiero a la Poesía. Si hablamos de Japón, entonces todo esto es tan obvio por evidente que resulta innecesario y redundante.

También ha sido editor. Puso en marcha junto a un par de compañeras la mítica Luna Books, una editorial que publicaba libros en castellano en Kamakura.

Me emociono sólo de imaginarlo.

Quiero esos libros.

Hace un par de semanas hubo un curso en Sevilla: “Iniciación al Haiku Japonés. Interpretación, Composición en Castellano y Traducción”, que se inauguraba con su conferencia: Introducción al haiku japonés. Comenzó justo el día de mi dichosa última intervención quirúrgica. Al día siguiente, el martes pasado, hablaba en Madrid sobre Shoei Ooka y Michio Takeyama. Tampoco pude ni plantearme ir. Pero hoy, martes, 28 de marzo, daba una conferencia en el Ateneo de Sevilla sobre Matsuo Bashô y su libro Sendas de Oku.

En el camino vi a tipos encapuchados, con cuerdas y cruces, pero huí de ellos. No me lo podía creer, pero aparecieron más. Y más. Pero llegué a tiempo al Ateneo.

Una mujer, que resultó ser Keiko Kawabe, la autora de las caligrafías y haigas que aparecen en 70 haikus y senryûs de mujer, me dio una hojilla con el programa previsto y una serie de haikus de Bashô traducidos por Fernando Rodríguez-Izquierdo.

Lo de la puntualidad japonesa es un tópico. (O quizás sea que se mezcló lo japonés con lo sevillano).

Ahora, eso sí: todos los problemas técnicos que motivaron el retraso se solucionaron cuando trajeron un portátil Toshiba.
Tenía la marca bien puesta y bien grande: TOSHIBA

¿Qué es más hermoso, un portátil Toshiba o este haiku de Bashô?

Se va la primavera.
Lloran las aves.
Lágrimas en ojos de los peces.

¿Qué es más hermoso, todo el imperio Toshiba o ese haiku de Bashô? ¿Debo estar agradecido al hombre que me ha acercado este haiku de Bashô?

Cada vez estoy más convencido de que la diferencia entre un buen o un mal escritor de poesía está en sus lecturas. Sé que esa frase no es demasiado sorprendente. Lo que quizá sí lo sea es el sentido que le doy.

Es imposible que un buen poeta sólo lea a los clásicos, ni a algunos de ellos. A eso me refiero.

Hay que leer novedades, muchas te interesarán menos y otras, pocas, lo harán más. También es posible que a ese buen poeta le interese muy especialmente algún autor menor. No me parece mal. Al contrario, podría incluso llegar a decir que sólo así la poesía que escriba estará viva. No niego que haya alguna excepción, aunque lo aclaro: no conozco ninguna. Los mejores poetas actuales sobrevaloran a poetas de un nivel muy inferior. Pero repito: siempre ha sido así. Sólo así la poesía está viva; sólo así la poesía es verdadera. De ese choque nace la pulsión de escribir. Por eso un poeta no se improvisa ni se educa. O sí, se educa, pero sólo a lo largo del tiempo. Y cuando escribo “tiempo”, escribo “vida”. Lo que se tarde sí es más relativo. Hay quien es más rápido y hay quien no lo es. Hay también quien llega y quien no llega, pero el camino también tiene sentido. Al lado de cualquier gran poeta siempre hubo un maestro más mediocre. Y al lado de este pudo incluso haber alguien que fue más mediocre aun. A veces hay saltos. No estamos tratando con las matemáticas, hablamos de Poesía.

La soledad del lector, de David Markson

LA HISTORIA DE LA LITERATURA

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La soledad del lector
David Markson
Traducción de Laura Wittner
La Bestia Equilatera
ISBN:  978-987-1739-18-9
253 páginas
Buenos Aires, 2013
24 euros

Uno piensa en la generación beat y le viene inevitablemente a la cabeza Allen Ginsberg. Uno piensa tan solo en su monumental poema Aullido, en ese lobo herido que recuerda a “las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas”, y piensa en Carl Salomon, inmortalizado por su relación con el propio Ginsberg, y en Jack Kerouac, a quien este llama “nuevo Buda de la prosa americana”, y en sus vidas al límite, y no se los imagina leyendo todo el tiempo, sino viviendo, como si se tratara de dos realidades opuestas. ¿Hay tiempo para todo? ¿Hay cuerpo y mente para todo? No veo más obras importantes que sus vidas, convertidas en mito por los diseñadores de eso que llaman contracultura. Y uno piensa también en todos los que fueron llegando después, rociando de vida la poesía y todas las artes, hasta llegar a Anne Carson o a David Foster Wallace, probablemente los más recientes enormes exponentes de lo mejor que ha dado, en los últimos veinticinco años, la literatura norteamericana. David Markson fue uno de los componentes más jóvenes de esa generación que vivió esas vidas al límite, y también lo hizo junto a ellos. Al menos hasta los años sesenta en que desapareció de la historia de la literatura. No fue hasta unas décadas después que asomó lo que la mayoría de sus pocos lectores consideran su legado y, así, en 1989 publicó La amante de Wittgestein, que en España publicó, sin excesiva fortuna y ninguna continuidad, la editorial Destino. No traten de encontrarla en castellano: es imposible, aunque intuyo que no lo será por demasiado tiempo. Sí tenemos referencias de ella, la más reciente el artículo o, más bien, reseña que le dedica David Foster Wallace, “La plenitud vacía: La amante de Wittgenstein, de David Markson”, que se ha publicado en el libro En cuerpo y en lo otro (Mondadori, 2013). Es una buena oportunidad para comprobar la huella que ha ido dejando su escasa obra en los escritores más jóvenes de su país.

Pero aunque en España continúe prácticamente inédito, dos jóvenes editoriales de Argentina y México, han comenzado a publicar la serie de novelas que escribió en sus últimos años de vida. El primer título de esta serie es La soledad del lector (La Bestia Equilátera, 2013), y tengo que empezar diciendo que es uno de esos libros que puede cambiar la vida de quien los lee. El hecho de que esté editado en Argentina no impide en absoluto que lo podamos encontrar en cualquier buena librería, en España. La distribución es amplia. De hecho, a mí me lo recomendó un librero, uno de los que aún van quedando que te recomiendan los libros que han leído y que les han gustado. La traducción es de Laura Wittner, que facilita considerablemente la lectura en nuestra lengua aunque usa –es lógico, claro- modismos y giros de su país, pero cualquier conocedor de nuestro idioma los entiende.

Me es inevitable pensar en Nietzsche y, particularmente, en El paseante y su sombra, en el que el paseante dialoga en soledad con la sombra a medida que pasea y aquella le va aclarando cuestiones en breves fragmentos sobre arte, literatura y pensamiento. Se trata de fragmentos, casi aforismos, que en su misma forma nos muestran la dificultad de establecer enormes sistemas o historias que sean suficientemente coherentes por sí solas para explicar nuestras vidas y las de los que nos precedieron. Allí se trata del paseante, y en el libro de Markson son el Lector y el Protagonista. ¿Por qué el Lector y no el Escritor, que sí aparecerá en los libros posteriores de la serie? La respuesta la podemos encontrar en una de las citas con las que se inicia el libro. Se trata de la frase de Borges: “Ante todo me considero lector.”

Y David Markson es, también, ante todo lector. De libros de poesía, de novelas, de filosofía, de los autores clásicos greco-latinos y de los últimos grandes filósofos –muchos de ellos franceses- del siglo XX. No solo de sus libros, sino de sus biografías y estudios. La soledad del lector es, en primer lugar, una gran historia de la cultura universal. Nada le es ajeno. El argumento es aparentemente sencillo: un hombre reside en la planta baja de una casa abandonada junto a un cementerio y cerca de una playa, rodeado de cajas de libros apiladas en las escaleras. Pasa las horas paseando hasta la playa y releyendo los libros de forma aleatoria según los va sacando. De estos libros anota frases, a veces citas textuales, la mayoría de las veces sus propias y subjetivas impresiones sobre lo que va leyendo. A la vez, va dando claves sobre su vida, tanto la actual como la pasada, y sobre lo que desea escribir. ¿Sobre la vida de quién? Es sorprendente lo poquísimo que se puede rastrear en Internet sobre Markson, pero aun así podemos aventurar que una parte del texto es un relato autobiográfico, a la manera de las anotaciones de un diario, y que el escritor tiene mucho que ver con el Yo narrador. Casi al principio del libro, podemos leer estos dos fragmentos:

“Estoy envejeciendo. He estado en hospitales. ¿Tengo ganas de poner ciertas cosas por escrito?

Sin duda el Lector es esencialmente el Yo en casos como ese. Sin embargo, se supone que en casi todos los demás casos no será de ningún modo el Yo.”

Uno piensa que los miembros de la generación beat vivieron una aventura permanente y que, a partir de algunos hechos, lo hicieron en olor de multitudes, en una constante exposición al país y al mundo. En el caso de Markson pudo ser así hasta principios de los años sesenta, pero no a partir de ahí. De hecho hubo un silencio editorial que duró décadas hasta La amante de Wittgenstein. Y La soledad del lector no vería la luz hasta 1996. Casi medio siglo de silencio experimentando esa “soledad” a la que se refiere el título. En otro de los fragmentos leemos:

“Emily Dickinson se recluyó tan desmesuradamente en la segunda mitad de su vida que durante los últimos diez años no salió de su casa ni una sola vez.”

No es este el caso, desde luego, pero la mayoría de los fragmentos sobre o de otros autores, son desconocidos para el lector medio. Se refieren a momentos de aparente locura o desvaríos de los artistas, a similitudes entre sus vidas y sus obras que, en muchas ocasiones, llegan a solaparse y a confundirse, a la incomprensión que sufrieron en sus vidas, a enfermedades o a las causas de sus muertes provocadas o no, a episodios de maldad de autores que actualmente se consideran clásicos o, simplemente a citar sus nombres o los nombres de sus obras o de personajes de la literatura. Como en el caso del fragmento sobre Emily Dickinson, ningún fragmento está porque sí. En algunos casos esta relación es evidente, pero en muchos habría que investigar o, simplemente que dar el beneficio de la duda al autor, que se manifiesta como Lector, y que deja la carga del yo narrativo sobre el Protagonista.

¿Cuál sería el género de este libro? Se trata de una serie de fragmentos, la mayoría no pasan de una o dos líneas. Algunos van enlazados al siguiente, otros con algunos que están en la misma página y la mayoría responden a motivos que se repiten, con los que el lector (el receptor del libro) se familiariza a las pocas páginas. No hay que descartar que Markson no sepa realmente cómo llamar a este libro:

“El Lector y esta idea suya.

El Lector y su mente llena de confusión.

¿Qué es una novela en todo caso?

¿O es que de alguna manera después de todo está pensando en una autobiografía?”

Novela, autobiografía, diario, collage, fragmentos que mezclan ensayo y diario. ¿Quizás sea la mezcla de todo eso? ¿Quizás sea una libreta en la que va anotando frases y luego las ordena emulando el caos? El libro se publicó en 1996, y tuvo su continuación en Esto no es una novela, en 2001, que también ha publicado La Bestia Equilatera, en 2013. Luego llegaría, en 2004, Punto de fuga, que ha traducido la editorial mexicana Verdehalago en 2011, y aún no se ha traducido The Last Novel, que se publicó en 2007. David Markson falleció en 2010, luego es –que se conozca- su última obra -los títulos son muy significativos e inequívocos-, su auténtico legado de toda una vida como lector, que es lo que en este libro, al menos, le interesa destacar. Lo que es evidente es que sus libros eran libros diferentes. Lo fueron sus primeras novelas, aunque encuadradas en el género negro, publicadas en los cincuenta y primeros sesenta; lo fue también La amante de Wittgenstein, que para el ya citado Foster Wallace es “el punto más alto que podamos encontrar en la novela experimental de los Estados Unidos” y continúa siéndolo en este libro –y en los siguientes- que rompe todos los esquemas preconcebidos incluso para la narrativa más contemporánea.

La metaliteratura, la vida, lo autobiográfico, la locura, la soledad, lo fragmentario, la abundancia de nombres propios que abren puertas al lector más curioso en el laberinto de la historia de la cultura universal e ir transmitiendo el proceso de creación del mismo libro que se está escribiendo son las claves que hacen de La soledad del lector una invitación que es difícil de rechazar, no solo a bucear en estas doscientas cincuenta y seis páginas, sino en los libros restantes de esta serie, en cada uno de los autores que se citan, en la historia de la cultura y del arte. Esperemos que se traduzca pronto La última novela. Mientras tanto: La soledad del lector.

Gudalupe Nettel

Volver al cuerpo. Notas sobre la narrativa de Guadalupe Nettel

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El cuerpo en que nací
Guadalupe Nettel
Anagrama
ISBN: 978-84-339-7231-6
Barcelona, 2011

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El matrimonio de los peces rojos
Guadalupe Nettel
Páginas de Espuma
ISBN: 978-84-8393-144-8
Madrid, 2013

Miro la portada de El cuerpo en que nací (Anagrama, 2011), la última novela publicada en España de la autora mexicana Guadalupe Nettel, y pienso en lo mucho que me gustan las fotos de Francesca Woodman, esas imágenes en las que casi siempre asistimos a un instante ficticio -un disfraz, un simulacro- de la vida de un cuerpo, del que fue su propio cuerpo. Pienso también que este simulacro podría entenderse como un alarde de exhibicionismo de una jovencita guapa, brillante y desenvuelta, y feliz en su vida y en su cuerpo, pero su biografía me frena en seco: Francesca Woodman se suicidó cuando apenas tenía veintidós años, dejándonos un reguero de instantáneas que muestran una vida distorsionada. Miro con más calma las fotos y sí, parece que esas imágenes, que parten de una abierta exposición más que notable al mundo, ansían la huida; parece que la modelo que se exhibe en ellas —la propia autora— quiere desaparecer; parece que está a punto de salir corriendo. Francesca Woodman fue hija de su tiempo. Sus padres fueron, y de hecho son aún, hippies norteamericanos, artistas y con cierto éxito y reconocimiento internacional, que viajaron constantemente y llevaron una vida acorde a lo que fueron los sesenta y los setenta para una élite cultural y progresista en aquel país. Probablemente esto tuvo algo que ver con el suicidio de su hija. No es fácil imaginar lo expuesta que pudo estar al mundo de los adultos, desde quizás demasiado joven. Por todo ello, que encaja a la perfección, casi palabra por palabra, con la historia que nos cuenta, Guadalupe Nettel la de su propia infancia, no imagino mejor portada para el libro citado. Lo que en Estados Unidos ocurrió en esas décadas, en México, igual que en España, ocurrió algo después y tocó de lleno los primeros años de la protagonista de la novela.
Lo que se presiente a lo largo de toda esta novela es que la mujer que va narrando algunos momentos decisivos de su infancia es la propia autora. Y nos cuenta desde un prisma muy personal, la que pudo ser la infancia de muchos de los hijos de los protagonistas de la época, protagonistas también aunque invisibles de estos años, en los que México fue el destino de muchos exiliados de toda Sudamérica y Centroamérica, como ya lo había sido para tantos españoles republicanos. Aunque el estamento más alto de su sociedad, el que aquí representa la abuela de la niña, fuera básicamente conservador, machista y ultrarreligioso, los padres de los niños que nacieron en los sesenta y los setenta eran esos jóvenes que soñaban con cambiar el mundo. Lo soñaban y lo intentaron desde sus propias y personalísimas vidas y fracasaron. El padre de la narradora era un hombre de negocios de cierto éxito que terminó pagando, no se aclara si justa o injustamente, todo el éxito que tuvo. Pero aunque fuera hombre de negocios, era un hombre de ideas muy avanzadas, que llegó a convertirse en psicoanalista y tenía en su casa las obras completas de Freud y de Lacan. Uno de sus principios fue nunca mentir a sus hijos. Ni siquiera en aspectos claves durante la muy temprana infancia que forman parte de nuestro imaginario colectivo, como la naturaleza y el sentido de la actividad sexual o la identidad real de Santa Claus. Se puede entender que una niña que con seis o siete años ve a sus padres en pleno acto sexual, crezca con algunas carencias provocadas por la sobreexposición al mundo. Está por ver, no puedo evitar pensarlo, si es mejor o no lo que hoy llamamos educación basada en medias verdades cuando no mentiras sin más que hoy reciben los niños, que se basa en que ya se irán haciendo mayores y descubrirán por sí solos cómo funciona el mundo.Es uno de esos enigmas que parecen destinados a quedar sin respuesta. El sentido del libro es ese: encontrar las respuestas y para ello se idea una trama muy sencilla, las sesiones con una interlocutora imaginaria, la doctora Sazlavski, psicoanalista a la que visita la narradora, la escritora ya adulta, y a la que le hace algunas preguntas a lo largo del texto que siempre quedan sin respuesta. La sensación es que la doctora es un trasfondo del padre, del que siempre necesitó esas mismas respuestas que quedaron sin preguntas y este libro funciona como una segunda oportunidad: el poder sanador, casi redentor, de la escritura.

Pero el antagonista de la historia es la madre, aunque en menor medida también lo son la abuela y algunas amigas de la infancia. Realmente la historia de El cuerpo en que nací cuenta cómo sobrevivió la niña a su madre. Y aquí hay que volver al principio, a los setenta y los primeros ochenta, a la eclosión de los grupos de izquierdas en México. Ya he dicho que los padres escogieron una educación muy progresista, alejada de los tópicos actuales y, quizás también, de entonces. Desde el primer colegio, donde los maestros no eran maestros, sino guías, y los alumnos podían pasar buena parte de la jornada escolar haciendo lo que quisieran, dentro de unas normas y cumpliendo unos objetivos. Ahí empezó la vocación de escritora de la protagonista, que le permitió encontrar su sitio en ese entorno que le era abiertamente hostil.

Veo las fotos de Guadalupe Nettel que me ofrece la red y me encuentro a una mujer muy atractiva, pero el personaje del libro es una niña acomplejada por su  rostro y por su cuerpo. Es normal, nadie se ve cómo es y menos de niño. También está lo que nos dicen los demás, que en esas edades se torna decisivo. Pasó una parte de su infancia con un parche en un ojo y es cierto, eso nos puede convertir en raros para los demás niños. E incluso más que eso, está la forma en que su madre la llamaba: “cucaracha”, porque al parecer tenía la espalda algo encorvada y los hombros echados hacia adelante. Ya digo, parece mentira, pero sí resulta verosímil que hubiera una especie de competencia con su madre, al parecer una mujer de belleza descomunal, y que esta prefiriera por ello resaltar los rasgos más imperfectos de su hija. Hay un momento en el libro que es muy esclarecedor en ese sentido: “Una noche, mientras cenábamos con varias mujeres hippies y cuarentonas en casa de Lisa, a mi madre le dio por denunciar mi comportamiento: dijo que, desde que frecuentaba a ciertas amistades, yo estaba adquiriendo la actitud de una seductora, que todos los movimientos de mi cuerpo, la entonación de mi voz y mis expresiones lingüísticas respondían a estereotipo, a un cliché de mujer-escaparate, de muñequita pin-up. Basta con analizar un poco la manera en la que me sentía para descubrir que no podía haber nada más alejado de la realidad en aquel momento. Pero, de haber sido cierto, doctora Sazlavski, ¿no era algo más bien digno de aplaudir y fomentar? La capacidad para seducir al prójimo es una de las herramientas más poderosas que puede adquirir una mujer, mejor que el dominio de una lengua extranjera o la destreza culinaria. ¿Si realmente hubiera empezado a adquirir esa sutil disciplina, no habría sido mejor dejar que la adquiriera del todo, en vez de inhibir mis intentos?” Estoy seguro de que a muchos dogmáticos seguidores de los movimientos feministas no les gustará demasiado este razonamiento, tampoco es que a mí me parezca una situación ideal, pero eso no impide que sea una brillante descripción de los años ochenta y, quizás aun más, de la situación de la mujer en el momento actual. En este momento se adivina también la necesidad del contrapeso de la figura paterna que, por razones que los lectores descubrirán, no está presente. Y toda la novela es eso, una niña que necesita la aprobación de los demás, especialmente la de su madre, y cómo apenas nunca la consigue. Es eso que ocurre en distintos paisajes de todo México, Francia y Estados Unidos, en la necesidad de encontrar su sitio, la necesidad de volver al cuerpo en que nació y ser aceptada como tal. Es una visión menos idealizada, quizás más real que la que nos cuentan de los autores que la precedieron, de los años de formación de una gran escritora mexicana.

Y todo aquello dejó huella. La primera huella es esta novela, este autorretrato en el que se advierte, usando las palabras de Rafael Argullol, “un juego de sinceridades y enmascaramientos, de espontaneidades y ritos” y, muy especialmente, “la mezcla indeslindable de indagación descarnada y representación mítica.” Esta representación mítica, y continúo citando a Argullol, “susceptible de ilimitadas variaciones, está dominada por el camuflaje”. Esto se hace muy patente en el último libro que ha publicado Guadalupe Nettel en España, El matrimonio de los peces rojos (Páginas de Espuma, 2013), un conjunto de relatos en el que algunos personajes se identifican en un momento crucial de sus vidas con algunos animales. La autora ha pretendido distanciarse de una voz femenina que nos permita reconocerla fácilmente. Lo consigue y lo hace de una forma brillante, pero sabemos que, por ejemplo, el niño que tiene esa experiencia con las cucarachas está basado en pesadillas que tuvo o pudo tener de niña. Recordemos que su madre la llamaba así y que uno de sus libros favoritos fue La metamorfosis, que le hizo temer durante meses despertar una mañana y descubrir que la cucaracha estaba ahí. Son personajes siempre brillantes en su campo, una jurista, una violinista, un oftalmólogo… que en un momento crucial de sus vidas viven esa especie de simbiosis con otros seres vivos. Siempre sorprendentes, siempre nos llevan a pensar si eso podría pasarnos a nosotros y siempre adivinamos que en algún momento de nuestras vidas hemos vivido situaciones parecidas. No es gratuito mencionar La metamorfosis de Kafka, ni algunas de las otras metamorfosis que nos ha dado la historia de la literatura, porque todo eso forma parte del deseo de contar lo que nos ocurre y enmascararlo con telas o simulando que no nos ocurre a nosotros, como hacía Francesca Woodman, como hizo Kafka, como hace Guadalupe Nettel: siempre el deseo de volver al cuerpo.

La conciencia uncida a la carne. Diarios de madurez, 1964-1980, de Susan Sontag

¿QUIÉNES SOMOS?

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La conciencia uncida a la carne. Diarios de madurez, 1964-1980
Susan Sontag
Editado por David Rieff
Traducido por Aurelio Major
Random House
ISBN: 978-44-397-2562-6978-44-397-2562-6
516 páginas
Barcelona, 2014
21,90 euros

Hay dos tipos de diarios: aquellos que el autor usa como vehículo para su lucimiento personal y aquellos en los que el autor necesita “dejar constancia” (utilizo la expresión de Susan Sontag) de todo aquello importante que rodea su vida y su obra. En general, puede decirse que los primeros están escritos para ser inmediatamente publicados y se esperan como un acontecimiento literario que ocurre cada cierto intervalo regular de tiempo. Pueden ser muy interesantes, por el punto de vista del autor o por su prosa o por la afinidad, ideológica o estética o por ambas, que el lector pueda tener con él. Pero la expectativa de la publicación más o menos inmediata está siempre presente en la voluntad creadora y dificulta la sinceridad o el atrevimiento de lo que allí se expone. En general, estos diarios son meras repeticiones, con mejor o peor prosa, de las opiniones que se leen en la prensa o se escuchan en otros medios; en general, pierden todo su interés unos años después en el mejor de los casos. Pero cuando alguien “se encierra” de manera semiclandestina con sus fantasmas, los invoca para sí mismo y los expone, quedando la mayoría de las veces al descubierto, con el riesgo de ofender a los que más quiere, con el riesgo de quedar en evidencia él mismo antes que nada y poniendo en juego su vida, el documento que genera es, cuando menos, interesante. Si el sujeto creador tiene ideas propias y se las está cuestionando continuamente, el texto puede marcar una época y ese interés permanece siempre. Este es el caso de los diarios de la escritora norteamericana Susan Sontag, la más universal de las escritoras de su país.

La conciencia uncida a la carne es el segundo tomo de sus diarios, los que recogen anotaciones que van de 1964 a 1980, la época no solo de madurez de la autora, que nació en 1933, sino también de su consagración como una de las intelectuales más importantes y, desde luego, influyentes del mundo. El primer volumen apareció en España en 2011, con el título Renacida. El editor, David Rieff, que además es su hijo, cuenta que su publicación le produjo un serio dilema moral, ya que aunque el círculo íntimo de la escritora sabía que existían esos cuadernos, ella nunca publicó ni dio a conocer ninguna parte de su contenido, ni tampoco hizo ninguna referencia a qué deseaba que se hiciera con ellos. Así pues, la decisión de publicar los más de cien cuadernos que se encontraron tras su fallecimiento fue solo suya, sin tener claro en ningún momento cuál era el deseo al respecto de su madre. Una decisión difícil que se hace mayor al leerlos, porque en ellos Susan Sontag no esconde nada de lo que piensa ni de lo que siente en ningún momento. Me la imagino escribiendo en esos cuadernos constantemente: tras un desayuno en un hotel en Karlovy Vary, anotando la lista de las películas que ha visto los días anteriores en el festival de cine, o en una cafetería de París, contando lo que había dicho alguien la noche anterior, o en su propia casa en Nueva York, pero siempre celosa de que nadie leyera ni imaginara lo que escribía en ellos. Entiendo la dificultad del hijo, pues en estos textos se ven los momentos de felicidad de su madre pero, especialmente, las dudas, los temores y los complejos que la asolaban, por no hablar de las opiniones que tenía de los que la rodearon, la amaron y la traicionaron, o de aquellos a los que ella amó y traicionó. Es cierto que había dos opciones: o publicarlos o quemarlos, como confiesa que alguna vez pensó hacer. Pero, tras leerlos, quemarlos habría sido un error garrafal. Estos diarios son Susan Sontag.

No es frecuente encontrarse con una niña que a los trece años ya ingresara en la universidad y que, tan joven, tuviese tan claro a qué podía aspirar y a qué no; “A los cinco años anuncié a Mabel que iba a obtener el Premio Nobel. Yo sabía que sería reconocida. Y supe también –a medida que pasaban los años- que no era lo bastante inteligente para ser Schopenhauer o Nietzsche o Wittgenstein o Sartre o Simone Weil. Me propuse merecer su compañía, como discípula, trabajar en su rango. También, supe que tengo una buena cabeza, incluso con gran alcance. Soy buena para comprender las cosas, ordenarlas, usarlas. (Mi mente cartográfica). Pero no soy un genio. Siempre lo he sabido.” Es curioso el caso de Simone Weil, la escritora a la que más admira durante estos años. Todo son elogios hacia su obra, hasta que lee una biografía que la presenta como una persona que ansía una pureza casi divina renunciando a su cuerpo, lo que le provoca un enorme rechazo y una serie de entradas devastadoras. Hay que entender que su vida giraba entre el doble deseo de ser reconocida como artista e intelectual, a la vez que como persona. Su otro gran tema es ser admitida como persona, sin renunciar a su cuerpo. En ese sentido habría sido más comprensible que sus halagos fueran hacia la otra gran pensadora del siglo XX, Hanna Arendt, sin embargo a esta dedica muy pocos comentarios.

Poco antes de 1964 había publicado su primera novela, El benefactor, y en 1966 le llegó el éxito mundial con los ensayos de Contra la interpretación. En una de las primeras entradas del libro cita a Nietzsche: “Nada es real. Todo es interpretación.” Es fácil relacionar el fragmento con el título de su reconocido ensayo. A partir de ahí comienza la vorágine de éxito que la consumiría el resto de su vida. Sus opiniones son escuchadas en todo el mundo. Pero, aunque esto es parte de lo que pretendía desde pequeña, apenas le procuró felicidad. Y esto le atormentaba. El tomo comienza con el dolor por la separación de su pareja anterior. Constantemente analizaba las causas de esta aflicción. Reflexiones sobre el papel en su vida de sus padres o su hijo, pasando por algunas de sus parejas. Asistimos en primera persona a lo que pasa por la cabeza de Susan Sontag y es cierto, como escribe su hijo, que hay momentos en que queremos avisarle de posibles errores o de decisiones arriesgadas. No podemos vivir la vida de otras personas y, quizá, menos la de alguien como Sontag, pero durante las horas o los días en que leemos sus diarios hay momentos en que sentimos que nos lo está contando a nosotros, en cierta intimidad. ¿Es esa una de las finalidades del arte? Si es así, lo ha conseguido plena e involuntariamente con este libro que ni tan siquiera está claro que llegara a concebir como tal.

Referencias a la cultura española hay varias: desde su admiración por el teatro de Calderón, alguna lectura de Ortega y, más que nada, el arte de Picasso y el cine de Buñuel, que sigue con interés. Supongo que en el tercer tomo aparecerá Juan Goytisolo, con quien comparte una experiencia personal en Sarajevo. En este, aparece su amiga Monique Lange, y su amigo, el argentino Edgardo Cozarinsky. Uno de sus contemporáneos a quien más admiró fue Borges, a quien cita constantemente y a quien ha dedicado ensayos y alguna entrevista. Los franceses Beckett, Blanchot y, especialmente, Sartre, Beauvoir y su amigo Barthes, son otros de sus escritores de cabecera, junto a la ya nombrada Simone Weil. Con estas credenciales es fácil comprender que siempre nadó a contracorriente. Recibió premios importantes, pero también fue censurada y muy castigada por sus opiniones radicales, y si lo fue por sus artículos, declaraciones o ensayos, es obvio concluir que sus diarios no publicados escondían ideas más duras aún. En este libro aparecen entradas referidas a viajes a Vietnam, justo después de la guerra a la que opuso tajantemente, a Cuba y a China. Escribe también, con mezcla de fascinación y temor, como ya hizo Beauvoir, de la aparentemente contradictoria relación entre sus ideas feministas y su interés por las relaciones sadomasoquistas. Fue una mujer de su tiempo. Mientras estalló el “Mayo del 68” en Paris, ella estaba en Vietnam del Norte. En las listas que llenan páginas del libro menciona China como uno de los temas que siempre le han interesado más, quizá porque su padre murió allí siendo ella muy niña. Se adelantó a su tiempo, analizando su propia experiencia y cómo hubo de ser madre de su madre, para que ella la aceptase, teoría que años después desarrollaría la psicoanalista Anne Miller, en El drama del niño dotado, aunque Sontag escribió que “el psicoanálisis me parece humillante (entre otras cosas); me avergüenza mi propia trivialidad. Me siento reducida.”

Es posible que más adelante esta primera edición de los Diarios de Susan Sontag se perfeccione, se complete la selección de los fragmentos o se añadan cuadros cronológicos que sitúen mejor al lector en el contexto de estas páginas, pero eso no quita que ya sea un libro básico y vivo, una auténtica autobiografía de la autora, que entusiasmará a sus lectores y a los interesados en conocer algo más de Susan Sontag, de la literatura, de las artes, del pensamiento, en definitiva, de la historia de la segunda mitad del siglo XX contada por una de sus protagonistas.

Simulacro, en El Cultural de El Mundo. Reseña de Ainhoa Sáez de Zaitegui

Agradezco a Ainhoa Sáez de Zaitegui, una de mis reseñistas preferidas -suele gustarme casi todo lo que ella señala y es de las pocas que señala algo diferente-, estas amables palabras que publicó el sábado pasado en El Cultural de El Mundo.

http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/34349/Otras_voces

Hojas secas mojadas, de Isabel Bono

INAUGURAR EL MUNDO CADA MAÑANA

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Hojas secas mojadas
Isabel Bono
La Isla de Siltolá
Colección Terra
ISBN: 978-84-15593-65-2
67 páginas
Sevilla, 2013
9 euros

Todo en este libro es poesía. Desde el título: esas hojas secas y mojadas, o secas pero mojadas. Las hojas secas que se van cayendo y las hojas mojadas que reaparecen con cada amanecer. Son las mismas que después se van a secar, o antes –todo es posible en los poemas de Isabel Bono- se han secado y dejan su sitio a una nueva hoja que surge sin apenas hacer ruido cada mañana. Desde el título, decía, hasta ese tamaño pequeño y esa portada de colores, que parece que estaba predestinada a enmarcar un libro como este. Desde el título y el formato del libro, hasta el breve apunte biográfico que aquí es ya casi el primer poema, que podría llamarse “isabel bono”, u “hojas secas mojadas”: “Cuanto más tiempo pasa más simple y corta se vuelve mi biografía: Me levanto cada mañana, escribo lo que he soñado, me ocupo de la casa, escribo mails, barro la terraza, escribo poemas, leo, escribo.” Una vida hecha poesía y ocupada plenamente con la poesía, la de esta poeta malagueña versátil, que va haciéndose con un público fiel libro a libro, poema a poema. Escribe mails y escribe entradas de sus varios blogs. De uno de ellos, del que se llama igual que este libro, ha escogido estos ciento veinte poemas breves, algunos que rozan el aforismo, otros que abiertamente lo son, pero sin renunciar nunca al lirismo del poema, ni a la urgencia cotidiana del diario sin fechas. Todo es poesía, desde esa urgencia del diario hasta la imagen, la fotografía de la escritora que es no solo un poema visual, sino toda una suerte de poética personal. El rostro enmarcado por la lente que lo aumenta y lo deforma, que recuerda vagamente a ese autorretrato en espejo convexo, de Parmigianino, que tanto sedujo a John Ashbery y le dio pie a escribir uno de los poemas más reconocidos del pasado siglo. Todo está medido con la naturalidad de las cosas que parecen realizadas al azar, pero que los que ya leemos a Isabel Bono hace algún tiempo, sabemos que responden a ese “escribo poemas, leo, escribo”, que culmina su biografía.

Nada es simple, aunque a simple vista así lo parece. Ese estilo aparentemente naif  o minimalista que tiene su propia música de fondo. Pongamos que el segundo poema, “naviamente”, sea una suerte de réplica o mención explícita a Wim Mertens que también parece que se repite: “Ha pasado tanto tiempo, que ya no sé si alguna vez quisimos un barco o siempre nos conformamos con mirar el mar.” Todo el libro se mueve entre esas dos alternativas. Ser parte del poema o contemplarlo. Ser parte de ese mundo o poder asistir al milagro de cada nuevo día sentados en la d de la vida, sin más. El tiempo va pasando y es parte del libro. No es ajeno, al contrario. Uno de los poemas que más me gusta es “deseos para el otoño”, que es el tiempo en el que caen las hojas secas de esos árboles. “Deseo un huerto con cebollas y rosas. Deseo poder beber café por las noches y vivir sin dar explicaciones. Deseo que solo se oigan pájaros. Deseo tener un gato que solo pasease por casa cuando tenga hambre. Deseo que mi madre no se muera nunca y que a ti nunca te pase nada. Y ya no tengo más deseos.” La poeta expresa lo que desea en un recuento que, parece, va a asegurarle que se le cumplan. La escritura asegura el cumplimiento de lo fijado, desde lo más pequeño y cotidiano hasta lo que parece inverosímil. A veces, ese lirismo acoge las maneras del aforismo, como en “saber ganar”: “Porque perder ya sabemos desde siempre” Y lo cierto es que el título de los poemas es mucho más que una mera enunciación del tema o que una pista informativa, es el primer verso del poema (siempre en prosa), es la clave. El poema, en muchas ocasiones, no tendría sentido o no tendría el mismo sentido sin el título que lo apoya, lo introduce y lo resuelve. Cada página tiene dos poemas, con su correspondiente título en negrita, y compone así una página rotunda y redonda.

Los poemas tienen su momento. Se diría que es cada mañana. Un tema recurrente en los poemas de Isabel Bono es el sueño. Recuerdo La espuma de las noches (Diputación de Málaga, 2006), o ese “escribo lo que he soñado”, ya citado, en este libro, pero son pocos los poemas que den esa impresión de haber sido soñados durante la noche. Me quedaría más con la idea de que han ido surgiendo “Cuando parece que la luz comienza de cero cada mañana. Y nosotros con ella.” En estos poemas, la poeta nos transmite esa sensación que a veces nos permitimos con los primeros rayos de sol, cada mañana, de que nos disponemos a inaugurar el mundo. Es la luz del sol, o la luz de la página en blanco que oscurecemos solo lo imprescindible y, a veces, no es más que un juego, como en “el juego del ahorcado”: “Encontrar la palabra que me nombra y que su significado no me duela.”

Si  ya seguíamos con interés los libros que iba publicando Isabel Bono, es el momento de decir que con este libro Hojas secas mojadas, que ha publicado, en su colección Terra, La Isla de Silolá, se ha ganado nuestra fidelidad para lo que pueda depararnos en el futuro.

El día anterior al momento de quererle, de Concha García

COMO UN TORRENTE

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El día anterior al momento de quererle
Concha García
Calambur
ISBN: 978-84-8359-257-1
85 páginas
Madrid, 2013
10 euros

El título del libro es un verso de trece sílabas, que conlleva una declaración estética. Antes los títulos fueron, habitualmente, más breves y más esclarecedores. Ahora es deliberadamente más ambiguo, a la vez que se vuelve al deseo de encontrar una manera definitiva y propia de decir. Si repaso sus libros anteriores, encuentro ese verso, que es también el nombre de un poema de Cuántas llaves (Icaria, 1998). Nada en la poesía de Concha García es gratuito. Cuántas llaves y El día anterior al momento de quererle son sus dos libros más desolados. Leo aquel poema y encuentro algunos versos que pueden ser esclarecedores: “… en los comienzos buscas / una nueva manera de decir / lo que no es antaño ni revés, / sino recuerdo / del día anterior al momento de quererle.” De eso se trata, de recordar o de revivir aquel día en que todo lo que hoy nos aturde y nos inquieta comenzó. Es difícil. Hay que volver la mirada hacia atrás, al principio de todo. Hay que recordar a esa niña de un pueblo de Córdoba, La Rambla, que con solo cinco años marcha con sus padres a Barcelona, como tantos andaluces que tuvieron que emigrar dejando atrás los primeros años y las vidas de sus ancestros. Quizás haya que ir más atrás, la vida de una madre de extracción humilde que no va a tener fácil salir adelante; quizás más atrás aun, a la historia de la condición femenina, esas vidas que siempre se terminan pareciendo tanto venga una de donde venga, llegue hasta donde llegue.

Se han suprimido los títulos de los poemas, que sí estaban en algunos de sus libros anteriores. Ya he dicho que nada es gratuito en la poesía de Concha García. Evitando los títulos se trata de no influir a priori en el lector. Cada poema, cada verso es un enigma o un reto. Que cada verso sea una llave que abra nuevas expectativas y cierre otras en un lector que se sumerja en ellos virgen, aunque se trate de un lector avezado. Ningún verso es prescindible. Ningún verso es predecible. Todo contribuye a crear una historia llena de sensaciones encontradas.

El libro se estructura en siete partes que responden a los títulos: “Un día”, “Otro día”, “Una mujer”, “Otra”, “Un encanto”, “Un desencanto” y el último, un a la manera de epílogo, “El triunfo de lo caduco”. Aunque las seis primeras partes pueden entenderse, y se entienden, como tres unidades bimembres, hay que señalar el interés de la escritora por evitar la simetría absoluta. Cada pareja de epígrafes tiene una formulación diferente. Y los poemas pueden entenderse como fragmentos de cada una de estas seis partes iniciales. Ya lo hizo así la poeta en algunos de sus libros anteriores. Pienso especialmente en Árboles que ya florecerán (Igitur, 2001), que se inicia con la cita de un fragmento de Cioran, que recuerda tanto al Nietzsche de El paseante y su sombra, en la que dice que el gran mal del pensamiento estructurado es que tiene mentir para ser coherente, mientras que el pensamiento fragmentario no necesita de esa coherencia, lo que le permite también mostrar varias versiones diferentes de una misma realidad, siendo todas ellas verdaderas.

En uno de sus primeros libros, Pormenor (Libertarias, 1993), Concha García utilizó la cita de Herácilito: “Un día es igual a otro”. Las dos primeras partes de este nuevo libro, “Un día” y “Otro día”, hacen referencia a esa realidad, son dos días que podrían ser iguales, pero cambia el lenguaje, la intensidad expresiva, y cambia, por ello y además de ello, el sujeto poético. Asumiendo el riesgo de rizar el rizo, pienso que son días distintos pero son el mismo. No es tan extraño: yo soy el mismo que hace veinte años y, al mismo tiempo, soy otra persona. El gran tema de la poesía de Concha García es el desdoblamiento del sujeto poético, la acumulación yoes: el yo de cuando era una niña y veía a su madre hacer todo lo que a ella le iba a tocar volver a hacer, y contra lo que se rebelaría; el yo de la lectora insaciable que empezaba a escribir sus primeros versos tras el conjuro de autores tan dispares como Pessoa y Sor Juana Inés de la Cruz; el yo que le quiere y que, a veces, es querida; el yo que mira el extrañamiento del mundo con ojos tristes y rebeldes; el yo del presente que mira a todos esos yoes del pasado con estupor, con dolor y con cierto alivio, aunque no siempre alcanza a comprender por qué, todos los seres que habitan y han habitado su universo. Ese desdoble de personalidades es más llevadero a partir de la lectura del ya citado Pessoa y de todos sus compañeros de viaje. Se trata del alivio tan humano e sentir que otros ya han pasado por esa misma experiencia. “Una mujer” y “Otra” son la misma mujer, igual que “Un día” y “Otro” son también el mismo día.

Todo el libro suena como una composición musical para piano y voz, un conjunto de variaciones en torno a seis movimientos que van alcanzando un clímax en cada fragmento, para concluir cada cierto tiempo derrotado, con los pies en el suelo. La acción que acompaña cada ascenso es el viaje. Yo imagino a Concha García continuamente haciendo o deshaciendo maletas, llegando a aeropuertos o en habitaciones de hoteles. A esto se contrapone el descenso que sería la vida cotidiana, en la sala de su piso o en la cocina, a los que siempre regresa, más tarde o más temprano, a convivir con sus recuerdos personales, tan cercanos al presente. Hay otro tipo de viaje, el que ocurre entre los libros de su biblioteca, o en los cajones o latas llenas de fotografías a las que, a veces sin querer, siempre también regresa. Una tercera forma de viajar es la escritura del poema o la relectura extrañada de sus libros de poemas de otros tiempos. En todas esas situaciones se pregunta: ¿quién es esa?

La presencia de momentos cotidianos es una constante en estos poemas y, a veces, es la clave que les da unidad:

“Pones la fritura en un plato blanco / y recuerdas que aún no has dejado / de fumar, que en el fondo / eres la misma (…) la ciudad se abre / en el taxi hacia el hotel, / chispea sobre tu cara / formulas interrogantes / que resuelves ocultando / la memoria con un trago de alcohol, / esto no es la soledad, te dices, / pero es demasiado estruendoso / no cabe en tu alma, no sabes / qué hacer y te acuerdas / de la fritura y de tu casa / y un vuelco de vida / te hace sentir / el titilante brillo de la antena / a lo lejos ocupando / un extenso ángulo del ventanal.”

Los versos finales de la primera parte rezuman angustia. La poesía no ayuda, no salva: solo expone a la poeta ante los lectores:

“… Pasaron largos / meses. Los tiempos / no mejoraron, / el ansia quedó expuesta / en la escritura / y los siglos la conservan / clavada en el libro de fragmentos / como mariposa / seca.”

Sin embargo, comienza el siguiente poema con un nuevo intento de encontrarse a sí misma en el poema:

“Estaba intentando encontrar el poema / que expusiera de manera sugerente y precisa / el estado en que me hallaba / después de haber pasado tres noches / inquieta, …”

Escribir y viajar es una misma actividad. Escribir, viajar y conocer. Cada vez los viajes son más hermosos, más excitantes y peligrosos. Las caídas también lo serán: hermosas, excitantes y peligrosas. Hay saltos en el espacio y en el tiempo. De Pirlápolis se ha pasado a “los dédalos coloridos de una ciudad magrebí”, y se vuelve a Uruguay y a la Pampa, a Lyon y a Paris. Hay momentos en los que el sujeto lírico parece haber encontrado la felicidad y el amor, y momentos de descreimiento y soledad. Se mezclan las personas gramaticales y los tiempos verbales. Cuando usa el plural tiene que ver con el amor en todas sus variantes, con “la unidad perdida / que intuye alguna vez / hubo de tenerla, / quizá en la estación de autobuses / o entre los cuerpos que amó, ahora / confusos en el recuerdo porque no está / segura de si aquello era amor, / un sentimiento noble / que apuntaba al reconocimiento / mutuo, o peor, al exceso de narcisismo / o aun peor, a la expresión solitaria de un baile / entre dos,…”

Otra constante en la obra de Concha García es el compromiso adquirido y consciente con la realidad que le ha tocado vivir. Toda la poesía es una postura ante el mundo. Incluso el negar ese compromiso, es una forma de ejercerlo. Su poesía solo puede ser comprometida con su realidad como persona, como mujer, como parte muy destacada de una segunda generación de mujeres poetas de la segunda mitad del siglo XX en nuestro país, con algunas generaciones de retraso frente a los ejemplos de América (Norteamérica e Hispanoamérica) y Europa. Es su manera de reivindicar una poesía femenina, alejada de los tópicos que el imaginario social dominante, desde luego masculino, ha adjudicado y adjudica a las mujeres. Ella entiende, y yo con ella, que la poesía es una forma de activismo político para dejar constancia de una forma diferente de ver el mundo. Incluso la voluntad de no hacerlo es también otra forma de ese mismo activismo. En ese sentido una de sus reivindicaciones es reconocer como asunto poético el cuerpo propio. En el esclarecedor ensayo “El cajón lleno de fragmentos que brillan”, de su libro Asomos de luz (Amargord, 2012), leemos: “Tomando prestada la afirmación de Iris Zavala, comprendí que el discurso sobre el cuerpo estaba cargado de significación social y que todo acto literario es un acto simbólico capaz de proyectar imaginarios sociales de identidad e identificación”.

Todo el libro El día anterior al momento de quererle es una torrencial reflexión que parte de una experiencia vivida y meditada de una poeta que cuando se mira a sí misma y a sus recuerdos, y cuando lee algunos de sus libros, ya no siempre reconoce a la persona que era, pero sabe –eso es lo que nos salva- que aún tiene mucho que escribir y que vivir. Quizás por eso sea cierto ese dicho de que a medida que vamos madurando nos hacemos más jóvenes. En definitiva, Concha García, que atesora una de las trayectorias más importantes de la poesía reciente en nuestro país, con este último libro pasa a engrosar esa lista selecta de mujeres que han publicado los mejores libros de poesía de este pasado 2013.


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