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La soledad del lector, de David Markson

LA HISTORIA DE LA LITERATURA

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La soledad del lector
David Markson
Traducción de Laura Wittner
La Bestia Equilatera
ISBN:  978-987-1739-18-9
253 páginas
Buenos Aires, 2013
24 euros

Uno piensa en la generación beat y le viene inevitablemente a la cabeza Allen Ginsberg. Uno piensa tan solo en su monumental poema Aullido, en ese lobo herido que recuerda a “las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas”, y piensa en Carl Salomon, inmortalizado por su relación con el propio Ginsberg, y en Jack Kerouac, a quien este llama “nuevo Buda de la prosa americana”, y en sus vidas al límite, y no se los imagina leyendo todo el tiempo, sino viviendo, como si se tratara de dos realidades opuestas. ¿Hay tiempo para todo? ¿Hay cuerpo y mente para todo? No veo más obras importantes que sus vidas, convertidas en mito por los diseñadores de eso que llaman contracultura. Y uno piensa también en todos los que fueron llegando después, rociando de vida la poesía y todas las artes, hasta llegar a Anne Carson o a David Foster Wallace, probablemente los más recientes enormes exponentes de lo mejor que ha dado, en los últimos veinticinco años, la literatura norteamericana. David Markson fue uno de los componentes más jóvenes de esa generación que vivió esas vidas al límite, y también lo hizo junto a ellos. Al menos hasta los años sesenta en que desapareció de la historia de la literatura. No fue hasta unas décadas después que asomó lo que la mayoría de sus pocos lectores consideran su legado y, así, en 1989 publicó La amante de Wittgestein, que en España publicó, sin excesiva fortuna y ninguna continuidad, la editorial Destino. No traten de encontrarla en castellano: es imposible, aunque intuyo que no lo será por demasiado tiempo. Sí tenemos referencias de ella, la más reciente el artículo o, más bien, reseña que le dedica David Foster Wallace, “La plenitud vacía: La amante de Wittgenstein, de David Markson”, que se ha publicado en el libro En cuerpo y en lo otro (Mondadori, 2013). Es una buena oportunidad para comprobar la huella que ha ido dejando su escasa obra en los escritores más jóvenes de su país.

Pero aunque en España continúe prácticamente inédito, dos jóvenes editoriales de Argentina y México, han comenzado a publicar la serie de novelas que escribió en sus últimos años de vida. El primer título de esta serie es La soledad del lector (La Bestia Equilátera, 2013), y tengo que empezar diciendo que es uno de esos libros que puede cambiar la vida de quien los lee. El hecho de que esté editado en Argentina no impide en absoluto que lo podamos encontrar en cualquier buena librería, en España. La distribución es amplia. De hecho, a mí me lo recomendó un librero, uno de los que aún van quedando que te recomiendan los libros que han leído y que les han gustado. La traducción es de Laura Wittner, que facilita considerablemente la lectura en nuestra lengua aunque usa –es lógico, claro- modismos y giros de su país, pero cualquier conocedor de nuestro idioma los entiende.

Me es inevitable pensar en Nietzsche y, particularmente, en El paseante y su sombra, en el que el paseante dialoga en soledad con la sombra a medida que pasea y aquella le va aclarando cuestiones en breves fragmentos sobre arte, literatura y pensamiento. Se trata de fragmentos, casi aforismos, que en su misma forma nos muestran la dificultad de establecer enormes sistemas o historias que sean suficientemente coherentes por sí solas para explicar nuestras vidas y las de los que nos precedieron. Allí se trata del paseante, y en el libro de Markson son el Lector y el Protagonista. ¿Por qué el Lector y no el Escritor, que sí aparecerá en los libros posteriores de la serie? La respuesta la podemos encontrar en una de las citas con las que se inicia el libro. Se trata de la frase de Borges: “Ante todo me considero lector.”

Y David Markson es, también, ante todo lector. De libros de poesía, de novelas, de filosofía, de los autores clásicos greco-latinos y de los últimos grandes filósofos –muchos de ellos franceses- del siglo XX. No solo de sus libros, sino de sus biografías y estudios. La soledad del lector es, en primer lugar, una gran historia de la cultura universal. Nada le es ajeno. El argumento es aparentemente sencillo: un hombre reside en la planta baja de una casa abandonada junto a un cementerio y cerca de una playa, rodeado de cajas de libros apiladas en las escaleras. Pasa las horas paseando hasta la playa y releyendo los libros de forma aleatoria según los va sacando. De estos libros anota frases, a veces citas textuales, la mayoría de las veces sus propias y subjetivas impresiones sobre lo que va leyendo. A la vez, va dando claves sobre su vida, tanto la actual como la pasada, y sobre lo que desea escribir. ¿Sobre la vida de quién? Es sorprendente lo poquísimo que se puede rastrear en Internet sobre Markson, pero aun así podemos aventurar que una parte del texto es un relato autobiográfico, a la manera de las anotaciones de un diario, y que el escritor tiene mucho que ver con el Yo narrador. Casi al principio del libro, podemos leer estos dos fragmentos:

“Estoy envejeciendo. He estado en hospitales. ¿Tengo ganas de poner ciertas cosas por escrito?

Sin duda el Lector es esencialmente el Yo en casos como ese. Sin embargo, se supone que en casi todos los demás casos no será de ningún modo el Yo.”

Uno piensa que los miembros de la generación beat vivieron una aventura permanente y que, a partir de algunos hechos, lo hicieron en olor de multitudes, en una constante exposición al país y al mundo. En el caso de Markson pudo ser así hasta principios de los años sesenta, pero no a partir de ahí. De hecho hubo un silencio editorial que duró décadas hasta La amante de Wittgenstein. Y La soledad del lector no vería la luz hasta 1996. Casi medio siglo de silencio experimentando esa “soledad” a la que se refiere el título. En otro de los fragmentos leemos:

“Emily Dickinson se recluyó tan desmesuradamente en la segunda mitad de su vida que durante los últimos diez años no salió de su casa ni una sola vez.”

No es este el caso, desde luego, pero la mayoría de los fragmentos sobre o de otros autores, son desconocidos para el lector medio. Se refieren a momentos de aparente locura o desvaríos de los artistas, a similitudes entre sus vidas y sus obras que, en muchas ocasiones, llegan a solaparse y a confundirse, a la incomprensión que sufrieron en sus vidas, a enfermedades o a las causas de sus muertes provocadas o no, a episodios de maldad de autores que actualmente se consideran clásicos o, simplemente a citar sus nombres o los nombres de sus obras o de personajes de la literatura. Como en el caso del fragmento sobre Emily Dickinson, ningún fragmento está porque sí. En algunos casos esta relación es evidente, pero en muchos habría que investigar o, simplemente que dar el beneficio de la duda al autor, que se manifiesta como Lector, y que deja la carga del yo narrativo sobre el Protagonista.

¿Cuál sería el género de este libro? Se trata de una serie de fragmentos, la mayoría no pasan de una o dos líneas. Algunos van enlazados al siguiente, otros con algunos que están en la misma página y la mayoría responden a motivos que se repiten, con los que el lector (el receptor del libro) se familiariza a las pocas páginas. No hay que descartar que Markson no sepa realmente cómo llamar a este libro:

“El Lector y esta idea suya.

El Lector y su mente llena de confusión.

¿Qué es una novela en todo caso?

¿O es que de alguna manera después de todo está pensando en una autobiografía?”

Novela, autobiografía, diario, collage, fragmentos que mezclan ensayo y diario. ¿Quizás sea la mezcla de todo eso? ¿Quizás sea una libreta en la que va anotando frases y luego las ordena emulando el caos? El libro se publicó en 1996, y tuvo su continuación en Esto no es una novela, en 2001, que también ha publicado La Bestia Equilatera, en 2013. Luego llegaría, en 2004, Punto de fuga, que ha traducido la editorial mexicana Verdehalago en 2011, y aún no se ha traducido The Last Novel, que se publicó en 2007. David Markson falleció en 2010, luego es –que se conozca- su última obra -los títulos son muy significativos e inequívocos-, su auténtico legado de toda una vida como lector, que es lo que en este libro, al menos, le interesa destacar. Lo que es evidente es que sus libros eran libros diferentes. Lo fueron sus primeras novelas, aunque encuadradas en el género negro, publicadas en los cincuenta y primeros sesenta; lo fue también La amante de Wittgenstein, que para el ya citado Foster Wallace es “el punto más alto que podamos encontrar en la novela experimental de los Estados Unidos” y continúa siéndolo en este libro –y en los siguientes- que rompe todos los esquemas preconcebidos incluso para la narrativa más contemporánea.

La metaliteratura, la vida, lo autobiográfico, la locura, la soledad, lo fragmentario, la abundancia de nombres propios que abren puertas al lector más curioso en el laberinto de la historia de la cultura universal e ir transmitiendo el proceso de creación del mismo libro que se está escribiendo son las claves que hacen de La soledad del lector una invitación que es difícil de rechazar, no solo a bucear en estas doscientas cincuenta y seis páginas, sino en los libros restantes de esta serie, en cada uno de los autores que se citan, en la historia de la cultura y del arte. Esperemos que se traduzca pronto La última novela. Mientras tanto: La soledad del lector.

Gudalupe Nettel

Volver al cuerpo. Notas sobre la narrativa de Guadalupe Nettel

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El cuerpo en que nací
Guadalupe Nettel
Anagrama
ISBN: 978-84-339-7231-6
Barcelona, 2011

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El matrimonio de los peces rojos
Guadalupe Nettel
Páginas de Espuma
ISBN: 978-84-8393-144-8
Madrid, 2013

Miro la portada de El cuerpo en que nací (Anagrama, 2011), la última novela publicada en España de la autora mexicana Guadalupe Nettel, y pienso en lo mucho que me gustan las fotos de Francesca Woodman, esas imágenes en las que casi siempre asistimos a un instante ficticio -un disfraz, un simulacro- de la vida de un cuerpo, del que fue su propio cuerpo. Pienso también que este simulacro podría entenderse como un alarde de exhibicionismo de una jovencita guapa, brillante y desenvuelta, y feliz en su vida y en su cuerpo, pero su biografía me frena en seco: Francesca Woodman se suicidó cuando apenas tenía veintidós años, dejándonos un reguero de instantáneas que muestran una vida distorsionada. Miro con más calma las fotos y sí, parece que esas imágenes, que parten de una abierta exposición más que notable al mundo, ansían la huida; parece que la modelo que se exhibe en ellas —la propia autora— quiere desaparecer; parece que está a punto de salir corriendo. Francesca Woodman fue hija de su tiempo. Sus padres fueron, y de hecho son aún, hippies norteamericanos, artistas y con cierto éxito y reconocimiento internacional, que viajaron constantemente y llevaron una vida acorde a lo que fueron los sesenta y los setenta para una élite cultural y progresista en aquel país. Probablemente esto tuvo algo que ver con el suicidio de su hija. No es fácil imaginar lo expuesta que pudo estar al mundo de los adultos, desde quizás demasiado joven. Por todo ello, que encaja a la perfección, casi palabra por palabra, con la historia que nos cuenta, Guadalupe Nettel la de su propia infancia, no imagino mejor portada para el libro citado. Lo que en Estados Unidos ocurrió en esas décadas, en México, igual que en España, ocurrió algo después y tocó de lleno los primeros años de la protagonista de la novela.
Lo que se presiente a lo largo de toda esta novela es que la mujer que va narrando algunos momentos decisivos de su infancia es la propia autora. Y nos cuenta desde un prisma muy personal, la que pudo ser la infancia de muchos de los hijos de los protagonistas de la época, protagonistas también aunque invisibles de estos años, en los que México fue el destino de muchos exiliados de toda Sudamérica y Centroamérica, como ya lo había sido para tantos españoles republicanos. Aunque el estamento más alto de su sociedad, el que aquí representa la abuela de la niña, fuera básicamente conservador, machista y ultrarreligioso, los padres de los niños que nacieron en los sesenta y los setenta eran esos jóvenes que soñaban con cambiar el mundo. Lo soñaban y lo intentaron desde sus propias y personalísimas vidas y fracasaron. El padre de la narradora era un hombre de negocios de cierto éxito que terminó pagando, no se aclara si justa o injustamente, todo el éxito que tuvo. Pero aunque fuera hombre de negocios, era un hombre de ideas muy avanzadas, que llegó a convertirse en psicoanalista y tenía en su casa las obras completas de Freud y de Lacan. Uno de sus principios fue nunca mentir a sus hijos. Ni siquiera en aspectos claves durante la muy temprana infancia que forman parte de nuestro imaginario colectivo, como la naturaleza y el sentido de la actividad sexual o la identidad real de Santa Claus. Se puede entender que una niña que con seis o siete años ve a sus padres en pleno acto sexual, crezca con algunas carencias provocadas por la sobreexposición al mundo. Está por ver, no puedo evitar pensarlo, si es mejor o no lo que hoy llamamos educación basada en medias verdades cuando no mentiras sin más que hoy reciben los niños, que se basa en que ya se irán haciendo mayores y descubrirán por sí solos cómo funciona el mundo.Es uno de esos enigmas que parecen destinados a quedar sin respuesta. El sentido del libro es ese: encontrar las respuestas y para ello se idea una trama muy sencilla, las sesiones con una interlocutora imaginaria, la doctora Sazlavski, psicoanalista a la que visita la narradora, la escritora ya adulta, y a la que le hace algunas preguntas a lo largo del texto que siempre quedan sin respuesta. La sensación es que la doctora es un trasfondo del padre, del que siempre necesitó esas mismas respuestas que quedaron sin preguntas y este libro funciona como una segunda oportunidad: el poder sanador, casi redentor, de la escritura.

Pero el antagonista de la historia es la madre, aunque en menor medida también lo son la abuela y algunas amigas de la infancia. Realmente la historia de El cuerpo en que nací cuenta cómo sobrevivió la niña a su madre. Y aquí hay que volver al principio, a los setenta y los primeros ochenta, a la eclosión de los grupos de izquierdas en México. Ya he dicho que los padres escogieron una educación muy progresista, alejada de los tópicos actuales y, quizás también, de entonces. Desde el primer colegio, donde los maestros no eran maestros, sino guías, y los alumnos podían pasar buena parte de la jornada escolar haciendo lo que quisieran, dentro de unas normas y cumpliendo unos objetivos. Ahí empezó la vocación de escritora de la protagonista, que le permitió encontrar su sitio en ese entorno que le era abiertamente hostil.

Veo las fotos de Guadalupe Nettel que me ofrece la red y me encuentro a una mujer muy atractiva, pero el personaje del libro es una niña acomplejada por su  rostro y por su cuerpo. Es normal, nadie se ve cómo es y menos de niño. También está lo que nos dicen los demás, que en esas edades se torna decisivo. Pasó una parte de su infancia con un parche en un ojo y es cierto, eso nos puede convertir en raros para los demás niños. E incluso más que eso, está la forma en que su madre la llamaba: “cucaracha”, porque al parecer tenía la espalda algo encorvada y los hombros echados hacia adelante. Ya digo, parece mentira, pero sí resulta verosímil que hubiera una especie de competencia con su madre, al parecer una mujer de belleza descomunal, y que esta prefiriera por ello resaltar los rasgos más imperfectos de su hija. Hay un momento en el libro que es muy esclarecedor en ese sentido: “Una noche, mientras cenábamos con varias mujeres hippies y cuarentonas en casa de Lisa, a mi madre le dio por denunciar mi comportamiento: dijo que, desde que frecuentaba a ciertas amistades, yo estaba adquiriendo la actitud de una seductora, que todos los movimientos de mi cuerpo, la entonación de mi voz y mis expresiones lingüísticas respondían a estereotipo, a un cliché de mujer-escaparate, de muñequita pin-up. Basta con analizar un poco la manera en la que me sentía para descubrir que no podía haber nada más alejado de la realidad en aquel momento. Pero, de haber sido cierto, doctora Sazlavski, ¿no era algo más bien digno de aplaudir y fomentar? La capacidad para seducir al prójimo es una de las herramientas más poderosas que puede adquirir una mujer, mejor que el dominio de una lengua extranjera o la destreza culinaria. ¿Si realmente hubiera empezado a adquirir esa sutil disciplina, no habría sido mejor dejar que la adquiriera del todo, en vez de inhibir mis intentos?” Estoy seguro de que a muchos dogmáticos seguidores de los movimientos feministas no les gustará demasiado este razonamiento, tampoco es que a mí me parezca una situación ideal, pero eso no impide que sea una brillante descripción de los años ochenta y, quizás aun más, de la situación de la mujer en el momento actual. En este momento se adivina también la necesidad del contrapeso de la figura paterna que, por razones que los lectores descubrirán, no está presente. Y toda la novela es eso, una niña que necesita la aprobación de los demás, especialmente la de su madre, y cómo apenas nunca la consigue. Es eso que ocurre en distintos paisajes de todo México, Francia y Estados Unidos, en la necesidad de encontrar su sitio, la necesidad de volver al cuerpo en que nació y ser aceptada como tal. Es una visión menos idealizada, quizás más real que la que nos cuentan de los autores que la precedieron, de los años de formación de una gran escritora mexicana.

Y todo aquello dejó huella. La primera huella es esta novela, este autorretrato en el que se advierte, usando las palabras de Rafael Argullol, “un juego de sinceridades y enmascaramientos, de espontaneidades y ritos” y, muy especialmente, “la mezcla indeslindable de indagación descarnada y representación mítica.” Esta representación mítica, y continúo citando a Argullol, “susceptible de ilimitadas variaciones, está dominada por el camuflaje”. Esto se hace muy patente en el último libro que ha publicado Guadalupe Nettel en España, El matrimonio de los peces rojos (Páginas de Espuma, 2013), un conjunto de relatos en el que algunos personajes se identifican en un momento crucial de sus vidas con algunos animales. La autora ha pretendido distanciarse de una voz femenina que nos permita reconocerla fácilmente. Lo consigue y lo hace de una forma brillante, pero sabemos que, por ejemplo, el niño que tiene esa experiencia con las cucarachas está basado en pesadillas que tuvo o pudo tener de niña. Recordemos que su madre la llamaba así y que uno de sus libros favoritos fue La metamorfosis, que le hizo temer durante meses despertar una mañana y descubrir que la cucaracha estaba ahí. Son personajes siempre brillantes en su campo, una jurista, una violinista, un oftalmólogo… que en un momento crucial de sus vidas viven esa especie de simbiosis con otros seres vivos. Siempre sorprendentes, siempre nos llevan a pensar si eso podría pasarnos a nosotros y siempre adivinamos que en algún momento de nuestras vidas hemos vivido situaciones parecidas. No es gratuito mencionar La metamorfosis de Kafka, ni algunas de las otras metamorfosis que nos ha dado la historia de la literatura, porque todo eso forma parte del deseo de contar lo que nos ocurre y enmascararlo con telas o simulando que no nos ocurre a nosotros, como hacía Francesca Woodman, como hizo Kafka, como hace Guadalupe Nettel: siempre el deseo de volver al cuerpo.

La conciencia uncida a la carne. Diarios de madurez, 1964-1980, de Susan Sontag

¿QUIÉNES SOMOS?

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La conciencia uncida a la carne. Diarios de madurez, 1964-1980
Susan Sontag
Editado por David Rieff
Traducido por Aurelio Major
Random House
ISBN: 978-44-397-2562-6978-44-397-2562-6
516 páginas
Barcelona, 2014
21,90 euros

Hay dos tipos de diarios: aquellos que el autor usa como vehículo para su lucimiento personal y aquellos en los que el autor necesita “dejar constancia” (utilizo la expresión de Susan Sontag) de todo aquello importante que rodea su vida y su obra. En general, puede decirse que los primeros están escritos para ser inmediatamente publicados y se esperan como un acontecimiento literario que ocurre cada cierto intervalo regular de tiempo. Pueden ser muy interesantes, por el punto de vista del autor o por su prosa o por la afinidad, ideológica o estética o por ambas, que el lector pueda tener con él. Pero la expectativa de la publicación más o menos inmediata está siempre presente en la voluntad creadora y dificulta la sinceridad o el atrevimiento de lo que allí se expone. En general, estos diarios son meras repeticiones, con mejor o peor prosa, de las opiniones que se leen en la prensa o se escuchan en otros medios; en general, pierden todo su interés unos años después en el mejor de los casos. Pero cuando alguien “se encierra” de manera semiclandestina con sus fantasmas, los invoca para sí mismo y los expone, quedando la mayoría de las veces al descubierto, con el riesgo de ofender a los que más quiere, con el riesgo de quedar en evidencia él mismo antes que nada y poniendo en juego su vida, el documento que genera es, cuando menos, interesante. Si el sujeto creador tiene ideas propias y se las está cuestionando continuamente, el texto puede marcar una época y ese interés permanece siempre. Este es el caso de los diarios de la escritora norteamericana Susan Sontag, la más universal de las escritoras de su país.

La conciencia uncida a la carne es el segundo tomo de sus diarios, los que recogen anotaciones que van de 1964 a 1980, la época no solo de madurez de la autora, que nació en 1933, sino también de su consagración como una de las intelectuales más importantes y, desde luego, influyentes del mundo. El primer volumen apareció en España en 2011, con el título Renacida. El editor, David Rieff, que además es su hijo, cuenta que su publicación le produjo un serio dilema moral, ya que aunque el círculo íntimo de la escritora sabía que existían esos cuadernos, ella nunca publicó ni dio a conocer ninguna parte de su contenido, ni tampoco hizo ninguna referencia a qué deseaba que se hiciera con ellos. Así pues, la decisión de publicar los más de cien cuadernos que se encontraron tras su fallecimiento fue solo suya, sin tener claro en ningún momento cuál era el deseo al respecto de su madre. Una decisión difícil que se hace mayor al leerlos, porque en ellos Susan Sontag no esconde nada de lo que piensa ni de lo que siente en ningún momento. Me la imagino escribiendo en esos cuadernos constantemente: tras un desayuno en un hotel en Karlovy Vary, anotando la lista de las películas que ha visto los días anteriores en el festival de cine, o en una cafetería de París, contando lo que había dicho alguien la noche anterior, o en su propia casa en Nueva York, pero siempre celosa de que nadie leyera ni imaginara lo que escribía en ellos. Entiendo la dificultad del hijo, pues en estos textos se ven los momentos de felicidad de su madre pero, especialmente, las dudas, los temores y los complejos que la asolaban, por no hablar de las opiniones que tenía de los que la rodearon, la amaron y la traicionaron, o de aquellos a los que ella amó y traicionó. Es cierto que había dos opciones: o publicarlos o quemarlos, como confiesa que alguna vez pensó hacer. Pero, tras leerlos, quemarlos habría sido un error garrafal. Estos diarios son Susan Sontag.

No es frecuente encontrarse con una niña que a los trece años ya ingresara en la universidad y que, tan joven, tuviese tan claro a qué podía aspirar y a qué no; “A los cinco años anuncié a Mabel que iba a obtener el Premio Nobel. Yo sabía que sería reconocida. Y supe también –a medida que pasaban los años- que no era lo bastante inteligente para ser Schopenhauer o Nietzsche o Wittgenstein o Sartre o Simone Weil. Me propuse merecer su compañía, como discípula, trabajar en su rango. También, supe que tengo una buena cabeza, incluso con gran alcance. Soy buena para comprender las cosas, ordenarlas, usarlas. (Mi mente cartográfica). Pero no soy un genio. Siempre lo he sabido.” Es curioso el caso de Simone Weil, la escritora a la que más admira durante estos años. Todo son elogios hacia su obra, hasta que lee una biografía que la presenta como una persona que ansía una pureza casi divina renunciando a su cuerpo, lo que le provoca un enorme rechazo y una serie de entradas devastadoras. Hay que entender que su vida giraba entre el doble deseo de ser reconocida como artista e intelectual, a la vez que como persona. Su otro gran tema es ser admitida como persona, sin renunciar a su cuerpo. En ese sentido habría sido más comprensible que sus halagos fueran hacia la otra gran pensadora del siglo XX, Hanna Arendt, sin embargo a esta dedica muy pocos comentarios.

Poco antes de 1964 había publicado su primera novela, El benefactor, y en 1966 le llegó el éxito mundial con los ensayos de Contra la interpretación. En una de las primeras entradas del libro cita a Nietzsche: “Nada es real. Todo es interpretación.” Es fácil relacionar el fragmento con el título de su reconocido ensayo. A partir de ahí comienza la vorágine de éxito que la consumiría el resto de su vida. Sus opiniones son escuchadas en todo el mundo. Pero, aunque esto es parte de lo que pretendía desde pequeña, apenas le procuró felicidad. Y esto le atormentaba. El tomo comienza con el dolor por la separación de su pareja anterior. Constantemente analizaba las causas de esta aflicción. Reflexiones sobre el papel en su vida de sus padres o su hijo, pasando por algunas de sus parejas. Asistimos en primera persona a lo que pasa por la cabeza de Susan Sontag y es cierto, como escribe su hijo, que hay momentos en que queremos avisarle de posibles errores o de decisiones arriesgadas. No podemos vivir la vida de otras personas y, quizá, menos la de alguien como Sontag, pero durante las horas o los días en que leemos sus diarios hay momentos en que sentimos que nos lo está contando a nosotros, en cierta intimidad. ¿Es esa una de las finalidades del arte? Si es así, lo ha conseguido plena e involuntariamente con este libro que ni tan siquiera está claro que llegara a concebir como tal.

Referencias a la cultura española hay varias: desde su admiración por el teatro de Calderón, alguna lectura de Ortega y, más que nada, el arte de Picasso y el cine de Buñuel, que sigue con interés. Supongo que en el tercer tomo aparecerá Juan Goytisolo, con quien comparte una experiencia personal en Sarajevo. En este, aparece su amiga Monique Lange, y su amigo, el argentino Edgardo Cozarinsky. Uno de sus contemporáneos a quien más admiró fue Borges, a quien cita constantemente y a quien ha dedicado ensayos y alguna entrevista. Los franceses Beckett, Blanchot y, especialmente, Sartre, Beauvoir y su amigo Barthes, son otros de sus escritores de cabecera, junto a la ya nombrada Simone Weil. Con estas credenciales es fácil comprender que siempre nadó a contracorriente. Recibió premios importantes, pero también fue censurada y muy castigada por sus opiniones radicales, y si lo fue por sus artículos, declaraciones o ensayos, es obvio concluir que sus diarios no publicados escondían ideas más duras aún. En este libro aparecen entradas referidas a viajes a Vietnam, justo después de la guerra a la que opuso tajantemente, a Cuba y a China. Escribe también, con mezcla de fascinación y temor, como ya hizo Beauvoir, de la aparentemente contradictoria relación entre sus ideas feministas y su interés por las relaciones sadomasoquistas. Fue una mujer de su tiempo. Mientras estalló el “Mayo del 68” en Paris, ella estaba en Vietnam del Norte. En las listas que llenan páginas del libro menciona China como uno de los temas que siempre le han interesado más, quizá porque su padre murió allí siendo ella muy niña. Se adelantó a su tiempo, analizando su propia experiencia y cómo hubo de ser madre de su madre, para que ella la aceptase, teoría que años después desarrollaría la psicoanalista Anne Miller, en El drama del niño dotado, aunque Sontag escribió que “el psicoanálisis me parece humillante (entre otras cosas); me avergüenza mi propia trivialidad. Me siento reducida.”

Es posible que más adelante esta primera edición de los Diarios de Susan Sontag se perfeccione, se complete la selección de los fragmentos o se añadan cuadros cronológicos que sitúen mejor al lector en el contexto de estas páginas, pero eso no quita que ya sea un libro básico y vivo, una auténtica autobiografía de la autora, que entusiasmará a sus lectores y a los interesados en conocer algo más de Susan Sontag, de la literatura, de las artes, del pensamiento, en definitiva, de la historia de la segunda mitad del siglo XX contada por una de sus protagonistas.

Simulacro, en El Cultural de El Mundo. Reseña de Ainhoa Sáez de Zaitegui

Agradezco a Ainhoa Sáez de Zaitegui, una de mis reseñistas preferidas -suele gustarme casi todo lo que ella señala y es de las pocas que señala algo diferente-, estas amables palabras que publicó el sábado pasado en El Cultural de El Mundo.

http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/34349/Otras_voces

Hojas secas mojadas, de Isabel Bono

INAUGURAR EL MUNDO CADA MAÑANA

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Hojas secas mojadas
Isabel Bono
La Isla de Siltolá
Colección Terra
ISBN: 978-84-15593-65-2
67 páginas
Sevilla, 2013
9 euros

Todo en este libro es poesía. Desde el título: esas hojas secas y mojadas, o secas pero mojadas. Las hojas secas que se van cayendo y las hojas mojadas que reaparecen con cada amanecer. Son las mismas que después se van a secar, o antes –todo es posible en los poemas de Isabel Bono- se han secado y dejan su sitio a una nueva hoja que surge sin apenas hacer ruido cada mañana. Desde el título, decía, hasta ese tamaño pequeño y esa portada de colores, que parece que estaba predestinada a enmarcar un libro como este. Desde el título y el formato del libro, hasta el breve apunte biográfico que aquí es ya casi el primer poema, que podría llamarse “isabel bono”, u “hojas secas mojadas”: “Cuanto más tiempo pasa más simple y corta se vuelve mi biografía: Me levanto cada mañana, escribo lo que he soñado, me ocupo de la casa, escribo mails, barro la terraza, escribo poemas, leo, escribo.” Una vida hecha poesía y ocupada plenamente con la poesía, la de esta poeta malagueña versátil, que va haciéndose con un público fiel libro a libro, poema a poema. Escribe mails y escribe entradas de sus varios blogs. De uno de ellos, del que se llama igual que este libro, ha escogido estos ciento veinte poemas breves, algunos que rozan el aforismo, otros que abiertamente lo son, pero sin renunciar nunca al lirismo del poema, ni a la urgencia cotidiana del diario sin fechas. Todo es poesía, desde esa urgencia del diario hasta la imagen, la fotografía de la escritora que es no solo un poema visual, sino toda una suerte de poética personal. El rostro enmarcado por la lente que lo aumenta y lo deforma, que recuerda vagamente a ese autorretrato en espejo convexo, de Parmigianino, que tanto sedujo a John Ashbery y le dio pie a escribir uno de los poemas más reconocidos del pasado siglo. Todo está medido con la naturalidad de las cosas que parecen realizadas al azar, pero que los que ya leemos a Isabel Bono hace algún tiempo, sabemos que responden a ese “escribo poemas, leo, escribo”, que culmina su biografía.

Nada es simple, aunque a simple vista así lo parece. Ese estilo aparentemente naif  o minimalista que tiene su propia música de fondo. Pongamos que el segundo poema, “naviamente”, sea una suerte de réplica o mención explícita a Wim Mertens que también parece que se repite: “Ha pasado tanto tiempo, que ya no sé si alguna vez quisimos un barco o siempre nos conformamos con mirar el mar.” Todo el libro se mueve entre esas dos alternativas. Ser parte del poema o contemplarlo. Ser parte de ese mundo o poder asistir al milagro de cada nuevo día sentados en la d de la vida, sin más. El tiempo va pasando y es parte del libro. No es ajeno, al contrario. Uno de los poemas que más me gusta es “deseos para el otoño”, que es el tiempo en el que caen las hojas secas de esos árboles. “Deseo un huerto con cebollas y rosas. Deseo poder beber café por las noches y vivir sin dar explicaciones. Deseo que solo se oigan pájaros. Deseo tener un gato que solo pasease por casa cuando tenga hambre. Deseo que mi madre no se muera nunca y que a ti nunca te pase nada. Y ya no tengo más deseos.” La poeta expresa lo que desea en un recuento que, parece, va a asegurarle que se le cumplan. La escritura asegura el cumplimiento de lo fijado, desde lo más pequeño y cotidiano hasta lo que parece inverosímil. A veces, ese lirismo acoge las maneras del aforismo, como en “saber ganar”: “Porque perder ya sabemos desde siempre” Y lo cierto es que el título de los poemas es mucho más que una mera enunciación del tema o que una pista informativa, es el primer verso del poema (siempre en prosa), es la clave. El poema, en muchas ocasiones, no tendría sentido o no tendría el mismo sentido sin el título que lo apoya, lo introduce y lo resuelve. Cada página tiene dos poemas, con su correspondiente título en negrita, y compone así una página rotunda y redonda.

Los poemas tienen su momento. Se diría que es cada mañana. Un tema recurrente en los poemas de Isabel Bono es el sueño. Recuerdo La espuma de las noches (Diputación de Málaga, 2006), o ese “escribo lo que he soñado”, ya citado, en este libro, pero son pocos los poemas que den esa impresión de haber sido soñados durante la noche. Me quedaría más con la idea de que han ido surgiendo “Cuando parece que la luz comienza de cero cada mañana. Y nosotros con ella.” En estos poemas, la poeta nos transmite esa sensación que a veces nos permitimos con los primeros rayos de sol, cada mañana, de que nos disponemos a inaugurar el mundo. Es la luz del sol, o la luz de la página en blanco que oscurecemos solo lo imprescindible y, a veces, no es más que un juego, como en “el juego del ahorcado”: “Encontrar la palabra que me nombra y que su significado no me duela.”

Si  ya seguíamos con interés los libros que iba publicando Isabel Bono, es el momento de decir que con este libro Hojas secas mojadas, que ha publicado, en su colección Terra, La Isla de Silolá, se ha ganado nuestra fidelidad para lo que pueda depararnos en el futuro.

El día anterior al momento de quererle, de Concha García

COMO UN TORRENTE

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El día anterior al momento de quererle
Concha García
Calambur
ISBN: 978-84-8359-257-1
85 páginas
Madrid, 2013
10 euros

El título del libro es un verso de trece sílabas, que conlleva una declaración estética. Antes los títulos fueron, habitualmente, más breves y más esclarecedores. Ahora es deliberadamente más ambiguo, a la vez que se vuelve al deseo de encontrar una manera definitiva y propia de decir. Si repaso sus libros anteriores, encuentro ese verso, que es también el nombre de un poema de Cuántas llaves (Icaria, 1998). Nada en la poesía de Concha García es gratuito. Cuántas llaves y El día anterior al momento de quererle son sus dos libros más desolados. Leo aquel poema y encuentro algunos versos que pueden ser esclarecedores: “… en los comienzos buscas / una nueva manera de decir / lo que no es antaño ni revés, / sino recuerdo / del día anterior al momento de quererle.” De eso se trata, de recordar o de revivir aquel día en que todo lo que hoy nos aturde y nos inquieta comenzó. Es difícil. Hay que volver la mirada hacia atrás, al principio de todo. Hay que recordar a esa niña de un pueblo de Córdoba, La Rambla, que con solo cinco años marcha con sus padres a Barcelona, como tantos andaluces que tuvieron que emigrar dejando atrás los primeros años y las vidas de sus ancestros. Quizás haya que ir más atrás, la vida de una madre de extracción humilde que no va a tener fácil salir adelante; quizás más atrás aun, a la historia de la condición femenina, esas vidas que siempre se terminan pareciendo tanto venga una de donde venga, llegue hasta donde llegue.

Se han suprimido los títulos de los poemas, que sí estaban en algunos de sus libros anteriores. Ya he dicho que nada es gratuito en la poesía de Concha García. Evitando los títulos se trata de no influir a priori en el lector. Cada poema, cada verso es un enigma o un reto. Que cada verso sea una llave que abra nuevas expectativas y cierre otras en un lector que se sumerja en ellos virgen, aunque se trate de un lector avezado. Ningún verso es prescindible. Ningún verso es predecible. Todo contribuye a crear una historia llena de sensaciones encontradas.

El libro se estructura en siete partes que responden a los títulos: “Un día”, “Otro día”, “Una mujer”, “Otra”, “Un encanto”, “Un desencanto” y el último, un a la manera de epílogo, “El triunfo de lo caduco”. Aunque las seis primeras partes pueden entenderse, y se entienden, como tres unidades bimembres, hay que señalar el interés de la escritora por evitar la simetría absoluta. Cada pareja de epígrafes tiene una formulación diferente. Y los poemas pueden entenderse como fragmentos de cada una de estas seis partes iniciales. Ya lo hizo así la poeta en algunos de sus libros anteriores. Pienso especialmente en Árboles que ya florecerán (Igitur, 2001), que se inicia con la cita de un fragmento de Cioran, que recuerda tanto al Nietzsche de El paseante y su sombra, en la que dice que el gran mal del pensamiento estructurado es que tiene mentir para ser coherente, mientras que el pensamiento fragmentario no necesita de esa coherencia, lo que le permite también mostrar varias versiones diferentes de una misma realidad, siendo todas ellas verdaderas.

En uno de sus primeros libros, Pormenor (Libertarias, 1993), Concha García utilizó la cita de Herácilito: “Un día es igual a otro”. Las dos primeras partes de este nuevo libro, “Un día” y “Otro día”, hacen referencia a esa realidad, son dos días que podrían ser iguales, pero cambia el lenguaje, la intensidad expresiva, y cambia, por ello y además de ello, el sujeto poético. Asumiendo el riesgo de rizar el rizo, pienso que son días distintos pero son el mismo. No es tan extraño: yo soy el mismo que hace veinte años y, al mismo tiempo, soy otra persona. El gran tema de la poesía de Concha García es el desdoblamiento del sujeto poético, la acumulación yoes: el yo de cuando era una niña y veía a su madre hacer todo lo que a ella le iba a tocar volver a hacer, y contra lo que se rebelaría; el yo de la lectora insaciable que empezaba a escribir sus primeros versos tras el conjuro de autores tan dispares como Pessoa y Sor Juana Inés de la Cruz; el yo que le quiere y que, a veces, es querida; el yo que mira el extrañamiento del mundo con ojos tristes y rebeldes; el yo del presente que mira a todos esos yoes del pasado con estupor, con dolor y con cierto alivio, aunque no siempre alcanza a comprender por qué, todos los seres que habitan y han habitado su universo. Ese desdoble de personalidades es más llevadero a partir de la lectura del ya citado Pessoa y de todos sus compañeros de viaje. Se trata del alivio tan humano e sentir que otros ya han pasado por esa misma experiencia. “Una mujer” y “Otra” son la misma mujer, igual que “Un día” y “Otro” son también el mismo día.

Todo el libro suena como una composición musical para piano y voz, un conjunto de variaciones en torno a seis movimientos que van alcanzando un clímax en cada fragmento, para concluir cada cierto tiempo derrotado, con los pies en el suelo. La acción que acompaña cada ascenso es el viaje. Yo imagino a Concha García continuamente haciendo o deshaciendo maletas, llegando a aeropuertos o en habitaciones de hoteles. A esto se contrapone el descenso que sería la vida cotidiana, en la sala de su piso o en la cocina, a los que siempre regresa, más tarde o más temprano, a convivir con sus recuerdos personales, tan cercanos al presente. Hay otro tipo de viaje, el que ocurre entre los libros de su biblioteca, o en los cajones o latas llenas de fotografías a las que, a veces sin querer, siempre también regresa. Una tercera forma de viajar es la escritura del poema o la relectura extrañada de sus libros de poemas de otros tiempos. En todas esas situaciones se pregunta: ¿quién es esa?

La presencia de momentos cotidianos es una constante en estos poemas y, a veces, es la clave que les da unidad:

“Pones la fritura en un plato blanco / y recuerdas que aún no has dejado / de fumar, que en el fondo / eres la misma (…) la ciudad se abre / en el taxi hacia el hotel, / chispea sobre tu cara / formulas interrogantes / que resuelves ocultando / la memoria con un trago de alcohol, / esto no es la soledad, te dices, / pero es demasiado estruendoso / no cabe en tu alma, no sabes / qué hacer y te acuerdas / de la fritura y de tu casa / y un vuelco de vida / te hace sentir / el titilante brillo de la antena / a lo lejos ocupando / un extenso ángulo del ventanal.”

Los versos finales de la primera parte rezuman angustia. La poesía no ayuda, no salva: solo expone a la poeta ante los lectores:

“… Pasaron largos / meses. Los tiempos / no mejoraron, / el ansia quedó expuesta / en la escritura / y los siglos la conservan / clavada en el libro de fragmentos / como mariposa / seca.”

Sin embargo, comienza el siguiente poema con un nuevo intento de encontrarse a sí misma en el poema:

“Estaba intentando encontrar el poema / que expusiera de manera sugerente y precisa / el estado en que me hallaba / después de haber pasado tres noches / inquieta, …”

Escribir y viajar es una misma actividad. Escribir, viajar y conocer. Cada vez los viajes son más hermosos, más excitantes y peligrosos. Las caídas también lo serán: hermosas, excitantes y peligrosas. Hay saltos en el espacio y en el tiempo. De Pirlápolis se ha pasado a “los dédalos coloridos de una ciudad magrebí”, y se vuelve a Uruguay y a la Pampa, a Lyon y a Paris. Hay momentos en los que el sujeto lírico parece haber encontrado la felicidad y el amor, y momentos de descreimiento y soledad. Se mezclan las personas gramaticales y los tiempos verbales. Cuando usa el plural tiene que ver con el amor en todas sus variantes, con “la unidad perdida / que intuye alguna vez / hubo de tenerla, / quizá en la estación de autobuses / o entre los cuerpos que amó, ahora / confusos en el recuerdo porque no está / segura de si aquello era amor, / un sentimiento noble / que apuntaba al reconocimiento / mutuo, o peor, al exceso de narcisismo / o aun peor, a la expresión solitaria de un baile / entre dos,…”

Otra constante en la obra de Concha García es el compromiso adquirido y consciente con la realidad que le ha tocado vivir. Toda la poesía es una postura ante el mundo. Incluso el negar ese compromiso, es una forma de ejercerlo. Su poesía solo puede ser comprometida con su realidad como persona, como mujer, como parte muy destacada de una segunda generación de mujeres poetas de la segunda mitad del siglo XX en nuestro país, con algunas generaciones de retraso frente a los ejemplos de América (Norteamérica e Hispanoamérica) y Europa. Es su manera de reivindicar una poesía femenina, alejada de los tópicos que el imaginario social dominante, desde luego masculino, ha adjudicado y adjudica a las mujeres. Ella entiende, y yo con ella, que la poesía es una forma de activismo político para dejar constancia de una forma diferente de ver el mundo. Incluso la voluntad de no hacerlo es también otra forma de ese mismo activismo. En ese sentido una de sus reivindicaciones es reconocer como asunto poético el cuerpo propio. En el esclarecedor ensayo “El cajón lleno de fragmentos que brillan”, de su libro Asomos de luz (Amargord, 2012), leemos: “Tomando prestada la afirmación de Iris Zavala, comprendí que el discurso sobre el cuerpo estaba cargado de significación social y que todo acto literario es un acto simbólico capaz de proyectar imaginarios sociales de identidad e identificación”.

Todo el libro El día anterior al momento de quererle es una torrencial reflexión que parte de una experiencia vivida y meditada de una poeta que cuando se mira a sí misma y a sus recuerdos, y cuando lee algunos de sus libros, ya no siempre reconoce a la persona que era, pero sabe –eso es lo que nos salva- que aún tiene mucho que escribir y que vivir. Quizás por eso sea cierto ese dicho de que a medida que vamos madurando nos hacemos más jóvenes. En definitiva, Concha García, que atesora una de las trayectorias más importantes de la poesía reciente en nuestro país, con este último libro pasa a engrosar esa lista selecta de mujeres que han publicado los mejores libros de poesía de este pasado 2013.

Concha García en Sevilla

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El próximo jueves, 13 de febrero de 2014, tendrá lugar la

Presentación en Sevilla del libro

El día anterior al momento de quererle (Calambur, 2013)

en la Biblioteca Provincial Infanta Elena, a las 20.00 horas

Será presentada por Rafael Suárez Plácido

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Aprendiz, de Antonio Luis Ginés

TRES GENERACIONES

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Escribía Peter Handke, en su volumen de diarios Historia de un lápiz, que hay dos momentos decisivos en la vida de cualquier hombre: uno es cuando ese hombre es un niño, y tiene un padre que intenta acercarse a él, y el niño se rebela contra el padre, porque le molesta o porque no lo comprende o, simplemente, por esa realidad inevitable que es el salto generacional; el otro momento decisivo es cuando el niño ya es padre y, a su vez intenta acercarse a su hijo lo que es, por los mismos motivos, infructuoso. Entonces es cuando mira atrás y recuerda y añora, y comprende mejor lo que ocurrió en ese primer momento, pero ya sin vuelta atrás, porque no están todos los personajes de esa ininterrumpida fantasía de la repetición. Ahora él será el nuevo padre, mientras que el padre anterior sólo vive en la cabeza de los que lo conocieron. Es así desde que la familia, tal y como la entendemos ahora, es el núcleo central de la sociedad, desde que conocemos el mundo tal y como lo vivimos. Escribe Antonio Luis Ginés:
“Mi única religión es mi familia.”
El poeta cordobés Antonio Luis Ginés, nacido en Iznájar, en 1967, ha debido comprobar que hay mucho de cierto en todo esto y ha querido que estas reflexiones o fotos o postales, constituyan el núcleo central de su sexto libro, Aprendiz, publicado el pasado año 2013 en La isla de Siltolá, en la colección Terra.
Aprendiz es una colección de treinta y cinco poemas, estructurados en tres partes y precedidos de la cita de Roberto Juarroz que inicia el libro y que da con algunas palabras clave: “Pero toda pérdida es el pretexto de un hallazgo.” Pérdida y hallazgo lo son todo. La vida es una continua sucesión de hallazgos que nos hacen rememorar y comprender las pérdidas. Y esos hallazgos ocurren en el presente, cuando el poeta mira a su hija y se ve a sí mismo con sus padres, en ese momento recuerda que hay alguien que ya no va a vivir ese momento tan especial. También ese momento fue especial cuando el poeta era el niño pero, entonces, aún no tenía el conocimiento que ahora ya atesora de los asuntos de la vida.
La primera parte del libro se llama RAÍZ y comienza con el poema “Religión”, de donde he entresacado el verso “Mi única religión es mi familia.”
Desde el principio sorprende el lenguaje claro y llano, coloquial y muy próximo al que usa el propio Antonio Luis en sus conversaciones cotidianas. Nos llama la atención ese giro a lo más usual, especialmente a quienes tenemos presente su anterior libro, Picados suaves sobre el agua (Bartelby, 2005), mucho más en la línea del realismo semisucio que practica algún otro poeta y amigo suyo cordobés, pienso en Pablo García Casado, con quien compartió sus años de primer aprendizaje. Personalmente, no tengo dudas de que este, más llano, más sencillo, es el lenguaje del poeta. Un lenguaje cercano a cualquier lector que se le acerque y  que es poético por el ritmo, por el sonido de la partitura apenas sensible de los versos entresacados del recuerdo.
En RAÍZ vemos una serie de instantáneas del pasado que por algún motivo se repiten. La madre, el padre, el abuelo… marcan estos momentos, a veces recordados, a veces entresacados de historias contadas por sus mayores que lo vivieron, y que siempre vuelven por algún motivo que repite las vivencias. Un sonido, un color, un camino, el mar o el lago o un embalse, o unas paredes empapeladas. Aquí está el poema “Aprendiz”, el que da título al libro. Cuenta una breve historia iniciática, sobre cómo aprendió a nadar, y termina con los versos:
“preguntándome
si esa sería
la única manera de aprender
que me esperaba.”
Sufrir, tragar agua para aprender a nadar, pero al fin aprender. La única conclusión al respecto es que siempre seremos aprendices.
La segunda parte, APROXIMACIÓN, comienza con el poema “Rescoldo”. Me gusta especialmente. Cuenta una conversación telefónica con una tía, hermana de su padre, en la que toma forma toda esa teoría que expuse al principio de Peter Handke. Eso de que hay experiencias, vivencias cotidianas que ya no podremos repetir nunca más. Esa sensación de haber fallado a nuestro hermano, a nuestro padre que
“ahora no está y es su recuerdo lo que arde,
pero a destiempo. Todo lo que no hicimos
sale a flote bajo cada frase;
cada conciencia navega sola
por el ancho mar de la noche
infinita; sólo cada uno sabe, soporta
el dolor de no haber actuado
en el momento preciso,
cuando puedes oír
una voz, una risa, respondiendo.”
Hablo de claridad y sencillez, esa difícil sencillez de la que hablaba Antonio Machado. Pero tendría que hablar de sinceridad. De la rotundidad. Del dolor. ¿Qué podemos pedirle a la poesía? Yo hace tiempo que estoy cansado de las páginas bonitas y hermosas. Y de los chistes más o menos ingeniosos. Necesito algo más. Menos belleza vacía y algo de insatisfacción y, así, más belleza. Algo así, como el poeta cuando habla con su tía y piensa que:
“Su hermano no respira,
una parte de su vida
se ha esfumado con él.”
Y cuando parece que todo está concluido nos golpea algo más:
“Lo que no sabe
es el trozo de mi vida
que se lleva su hermano, sacándome el aire
de los pulmones
en el infinito mar de la noche.”
Este es el poema que más me ha gustado. También la imagen de “Velas”, en el quinto cumpleaños de su hija:
“Mi niña sopla las velas,
mi padre sonríe por última vez;
aún respira, hasta que las cortinas
se cierran para siempre.”
Hay momentos en que vive la belleza y lo hace delante de nosotros, pero no dura, como decía Juan Ramón mucho más de un instante, y casi siempre nos coge desprevenidos. Así, en el poema “Granizo”, leemos:
“Existe la belleza, me esta mirando
con estos ojos de gacela
a punto, siempre,
al más mínimo ruido,
de salir huyendo.”

La tercera parte se titula PESO ESPECÍFICO y aunque en todos los poemas del libro el personaje es el propio poeta aquí lo es mucho más específicamente. Ya habita el tiempo que habitaba su padre pero este no está. La hija hace dibujos
“de trazo
incierto”
mientras él escribe un poema, “¿Acaso nosotros?”, una especie de poética que explica los poemas de este libro.
“Lo que mi hija quiere dibujar
está ahí. Quisiera hacerlo mejor,
dejarlo todo más claro
pero la casa, las figuras,
tienen su propia versión de las cosas.
No parecen contar con nuestro asombro
para cambiar de vida.”
El otro poema que funciona como una suerte de poética es “Rotonda” en el que leemos:
“Uno escribe sobre lo que ve.
Por eso no quería aquella habitación
con vistas a la rotonda,
donde el tráfico, fluido e incesante,
nos llevaba a escribir
sobre gente que pasa… Preferiría vistas
a la sierra pero no pudimos elegir.”
Este es ya el sexto libro de Antonio Luis Ginés. Yo recuerdo con mucho agrado, Animales perdidos (Plurabelle, 2005) y Picados suaves sobre el agua (Bartleby, 2009) y tengo la certeza de que este Aprendiz es el mejor libro de un poeta, que aunque nunca dejará de aprender, ni de sufrir para hacerlo, va demostrando paso a paso, que la sinceridad y la claridad nos acercan a la belleza. Y, para finalizar una pregunta: ¿se puede escribir poesía elegíaca, sin mostrar el dolor?

(Texto leído en la presentación de Aprendiz, de Antonio Luis Ginés, en su presentación en Sevilla, el 30 de enero de 2014)

Tuvimos, de Rosa Lentini

CONÓCETE A TI MISMO

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Tuvimos
Rosa Lentini
Prólogo de Jenaro Talens
Bartleby
ISBN: 978-84-92799-65-7
98 páginas
Madrid, 2013
12 euros

La máxima “Conócete a ti mismo”, que presidía la entrada al templo de Apolo, en Delfos, ha estado presente en la obra de gran parte de los pensadores y literatos desde los inicios de ambas disciplinas. Para muchos de ellos era una condición inexcusable, bien para conseguir una obra perdurable, bien para alcanzar algo lo más parecido posible a la felicidad. Lo que ocurre es que, a la hora de analizar esas obras, encontramos pocas veces un deseo verdadero, en el sentido de sincero, de conocerse realmente o de permitir que los demás –muchas veces, reitero, ni siquiera uno mismo- accedieran a ese conocimiento. Es difícil asumir los resultados de esa investigación, de esa reflexión introspectiva. Los resultados podrían ser incómodos y muy dolorosos para todos. Además, es un proceso arduo, que no está al alcance de cualquier persona, porque se tiende a pretender dar una imagen de uno mismo más próxima a lo que se desea ser, o a cómo se desea ser recordado, que la realidad que vamos descubriendo. Las modas estéticas imperantes en cada época, aunque no deberían suponer un inconveniente, también dificultan ese supuesto objetivo. Por todo ello, cuando uno comienza a leer este maravilloso libro, Tuvimos, de la escritora barcelonesa Rosa Lentini, se da cuenta de que asiste al hermoso hallazgo que supone un intento serio, conseguido y hermoso de profundizar en las circunstancias que han ido construyendo su propia esencia.

Ya es así desde el título del libro. “Tuvimos” supone, en primer lugar, anteponer el deseo de conocerse, y de poder ser reconocida por el lector, a la búsqueda de una frase o de una palabra que aporte mayor poder de evocación. Pero es que precisamente de eso trata el libro: de lo que tuvimos, más concretamente de la vida que tuvimos. La última estrofa del poema “Recuerdo del hombre tras la puerta” comienza así: “Tuvimos, habríamos tenido, / dos tiempos verbales en la historia dividida / de las familias;…”, y se contraponen las dos formas verbales para concluir que una cosa es lo que “habríamos tenido” y otra, de la que trata este libro, es lo que realmente “tuvimos”. El recurso de la cursiva se utiliza a lo largo del texto, bien para destacar una idea, como en estos versos, bien para señalar una intervención en estilo directo. También el plural es importante, porque para saber cómo es la vida de uno, no solo es necesario conocer las circunstancias personales, sino las de los que les rodean y cómo estas le afectan.

¿Quién rodea al personaje central? Especialmente toda la familia. Así, en el libro, especialmente en la primera parte, “Las premisas”, el objeto poético es toda la familia, su historia. Y está lejos de ser una historia cómoda y complaciente, lo que le añade valor a la escritura y peso específico a la lectura. Los abuelos y abuelas, la madre, el hermano y, especialmente, el padre, el también poeta ya fallecido Javier Lentini, recorren estas páginas y recobran vida propia. El sujeto es la propia poeta, que escribe en primera persona del singular como si volviera a habitar cada momento, ya que entiende que para conocerse y sanar tiene que merodear los profundos abismos del pasado, del vivido y también del anterior a su presencia en el mundo. Así, Tuvimos comienza con un hermoso e inquietante poema, estos adjetivos podrían ser apropiados para todo el libro, en el que cuenta cómo se conocieron sus padres. muy jóvenes,“antes de que ellos pensaran / tener hijos o hacerles daño, / antes de que pudieran tenerse / el uno contra el otro.” Hay algo del psicoanálisis en este modo de afrontar la creación poética, en este afán de necesitar llegar al principio de todas las cosas no sé si para sanar o para conocerse, o ambas ideas son una misma cosa. Realmente el psicoanálisis no cura, sino que ayuda a comprenderse mejor. Algo de esto hay en la creación de este libro: la poeta se echa en el diván de la hoja en blanco y empieza a responder a las preguntas que ella misma se formula sobre su pasado. Y de ahí surge el verso libre, extenso o no, rítmico, con correspondencias que se dan en la mente de la poeta y que plasma tal y como le llegan. No es así, claro: detrás de estos poemas quedan años de trabajo, doce desde su anterior El sur hacia mí (Igitur, 2001) y que ha reescrito y reeditado en la propia editorial Bartleby, este mismo 2013, con el título Tsunami.

Ahora que tantos autores cuestionan a Freud, aunque realmente nunca dejó de serlo incluso por sus propios seguidores, hay que reconocerle una aportación decisiva: la que hace al arte y la literatura desde que presentó sus ideas. Aportación al arte o descripción de lo que ya estaba latente. Aunque en Tuvimos, además de Freud, tendríamos que nombrar a Jung y las ideas de la importancia del mito en la construcción de la personalidad humana y la pulsión de muerte, que añade a las principales aportaciones de su maestro. Todo es compatible; todo nos ayuda a comprendernos mejor. Rosa Lentini incorpora personajes y momentos mitológicos, además de otros escogidos de la literatura clásica griega, especialmente, para enmarcar los momentos de su vida que nos cuenta. Rafael Argullol, en su magnífico libro Maldita perfección (Acantilado, 2013) escribe: “el artífice se cubre, y al unísono se descubre, por medio de distintas máscaras, o bien encarnando personajes con los que, más o menos elípticamente, se siente identificado.” Rosa Lentini nunca llega a cubrirse, pero sí incorpora personajes de diversa procedencia que muestran el aura de tragedia que dimensiona su propia historia. Cuando habla del enfado, aparecerá la cólera de Aquiles; cuando se trata de contar la historia, lo hará el bardo ciego, y así irán apareciendo Casandra, Minos, Teseo, Hécate, Ícaro y algunos otros personajes en los que también se apoyará para contarnos su historia y la de los suyos.

Es importante recalcar que lo que verdaderamente hace singular este libro, y a los otros grandes libros de nuestra literatura, es que la autora no nos cuenta una historia que conoce, sino que se trata de momentos que quedaron atrapados en algún lugar de la memoria, y que solo reaparecerán a medida que ella los va escribiendo. “Las premisas” es la historia de una desolación aparentemente sin causa. Una familia dividida por hechos terribles que tienen en el centro al personaje de la niña que fue la poeta, y que nunca llegó a saber por qué todos parecían culparla a ella. La madre, de haberlo sido demasiado pronto y de todos los males que vendrían después; la abuela materna, de haber favorecido la situación. El rol de los hombres es más complicado. Hay que leer el libro para conocerlo y es con ellos con los que la poeta emplea las máscaras que, sin embargo, no suavizan ni difuminan nada. Pero lo que más nos interesa es el proceso evolutivo que se da en ella: la niña, la algo menos niña, “mis siete años de adulta”, la adolescente que encuentra hostil el mundo que la rodea, la jovencita y la mujer ya adulta, de verdad, que es quien nos cuenta todo. Porque esa es la manera de vivir con todo lo ocurrido, de tratar de comprender a las personas que amas y que ya no comparten tu vida. No es solo la familia, claro. Es el mundo. En clase, es difícil comportarse como una persona más. Todo parece sucio y va en la misma dirección: “Nada es más maleable que un niño y nada lo es menos / que un niño blindándose.” Y, aunque lo intenta, es difícil saber: es “… una herida que llevará en su viaje por una memoria que tampoco es real, su evocación ebria de realidad la priva de realidad…”

La segunda parte del libro se titula “Las crisálidas”. Cuando pienso en una crisálida, pienso en algo hermoso previo al renacer. No sé si es realmente hermoso, o lo que me hace verla así es la promesa de lo que está por venir. En este caso, se asoma la sensación de que todo podía haber concluido. La sensación de que uno es culpable de todo lo malo que hay en su entorno se agrava cuando sabe que antes de aparecer no era así. Se dice expresamente en “El piano”: “En sus palabras hay una alegría anterior a mí.”  De ahí a pensar que el mundo estaría mejor sin uno mismo, hay un paso: “¿De mí misma dejaré al mundo / la esencia de un espacio en silencio, / un barbecho, un soplo dispersando  identidades / cuando alguien recuerde?”

El último poema de esta segunda parte se titula “Lluvia”. Es el más extenso del libro y tiene mucho que ver con ese renacer de las cenizas, con esa voluntad expresa de hacerlo. Se presenta en verso más breve que en los anteriores alternado con momentos de prosa poética. La forma es esencial en este la poesía para comprender la importancia y el significado de cada verso. La lluvia aparece en el momento más bajo y parece que es el primer paso para llevarse todo lo anterior, todo lo negativo. “Baila, baila, todo lo que puedas susurra”. Le conmina a resistir, a hacer el recuento de todo su pasado y resistir. La lluvia no es algo ajeno: es la historia que subyace en el inconsciente de la poeta.

Y así llegamos al momento presente. En el prólogo que inicia esta edición, Jenaro Talens, superpone ese presente con el pasado, a la manera que lo hizo Eliot. Señala el verso “Existimos sincrónicamente”, de un poema de la primera parte del libro, para reseñar la idea de que todo lo que hemos vivido es presente. Sí, es cierto: nada es más presente que lo que nos ha llevado a ser como somos, aunque evolucionemos, pero la persona que ha vivido la historia que se cuenta en Tuvimos se corresponde más con el objeto poético que se describe en esta tercera parte. Se titula “Y así el mundo”. (Lo acabo de escribir y ya no estoy del todo convencido. Tendría que revisar, y reflexionar más, el concepto de Tiempo). Esa es otra de las grandezas de la literatura, y especialmente de la poesía: nos abre un ancho margen para la reflexión.

La portada del libro reproduce un fragmento de un cuadro de José María Guerrero Medina: “Mediterráneo”. El primer poema de esta tercera parte, “Habitación con vistas”, es una reflexión que surge a raíz de ese cuadro. Y ofrece una visión más sosegada del mundo. A eso me refería en el párrafo anterior. La poeta ha encontrado algo más de paz, tras un largo proceso compartido con el hombre al que ama y que, de alguna manera, ha sido decisivo para llega a esta nueva situación. Su abuelo le mostró la belleza que se encuentra en las plantas que cuidaba, su padre la introdujo en el mundo de la literatura y el arte, que ahora comparte con su marido, que además comparte con ella esa paz. Todo esto se refleja en estas páginas “estremecedoras” (uso el adjetivo que emplea Jenaro Talens en el prólogo). Toda esta situación le hace mirar atrás y tratar de comprender mejor a las personas que ama y ya no están a su lado, en definitiva, para tratar de comprenderse mejor a sí misma. Para eso nos valemos de la poesía, tanto como autores o como lectores. Rosa Lentini es, además, una gran conocedora de la poesía que se hace en el mundo. Así, en el libro utiliza numerosas citas de poetas contemporáneos, algunos de ellos traducidos e incluso dados a conocer en nuestro idioma por ella misma.

Decía que esta situación más sosegada se manifiesta en esa necesidad de compartir con los que ya no están y de verlos y sentirlos tal y como son: “Después de todo las vidas / se enfrentan a sus tumbas / sin tiempos confusos / sin improvisados regresos.” Aunque seamos conscientes de que a veces no es fácil saber qué es lo que realmente tuvimos y qué lo que habríamos tenido de haber cambiado las cosas: “Una opción conduce a otra / la verdad a la mentira / la mentira a tu sueño.” Es difícil encontrar libros tan profundos, tan sinceros, tan llenos de belleza, libros que sangren como hace Tuvimos, de Rosa Lentini. Hace unos días un poeta me confesó que su último libro era un strip-tease y que, por el momento, no estaba dispuesto a volver a hacerlo. Pienso que tendrá que volver a hacerlo, porque si no nos esforzamos en conocernos a nosotros mismos, sencillamente, no habrá poesía. Este libro, Tuvimos, de Rosa Lentini, editado por Bartleby a finales de 2013, es un ejemplo de ello. Tuvimos es uno de los mejores libros que he podido leer últimamente.

Las luces interiores, de Karmelo C. Iribarren

EL LIBRO ESPEJO

 

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Las luces interiores
Karmelo C. Iribarren
Renacimiento
ISBN: 978-84-8472-781-1
72 páginas
Sevilla, 2013

Karmelo C. Iribarren (1959) publicó su primer libro de poemas en 1993. Lo tituló Bares y noches, y bien podría decirse que este, creo que es ya su décimo libro, podría llevar el mismo título. El tiempo en que ocurren la mayoría de los poemas sigue siendo la noche; su lugar más recurrente, los bares. Conversaciones con clientes y otros camareros y, sobre todo, reflexiones de barra de bar con el hueco del codo bien asentado en ella. ¿Qué reflexiones son esas? Las de un hombre de cincuenta y pocos años que ve pasar cada día el tiempo y lo va plasmando en sus poemas, siempre fiel a sí mismo. Las luces interiores del título se refieren a esos momentos en los que se encienden las luces de las ventanas de los bloques de edificios, después de vivir un nuevo día que está a punto de pasar, y nos quedamos mirando al vacío que nos queda. Algunos, como el propio Iribarren, tienen la posibilidad de ocultar ese vacío, de manera simbólica, rellenando una hoja de papel en blanco y así esquivar de alguna manera el paso del tiempo. También pueden ser las luces interiores de un bar o de algún tugurio que se encienden en cualquier gran ciudad cuando cae la noche. Y, al mismo tiempo, son las luces o las musas, con el sentido de la claridad mental, del fogonazo, de esos breves momentos que vivimos en los que somos conscientes de lo que está pasando, de que, aunque los sitios sean los mismos, nosotros ya no somos los de antes ni, tampoco, los de ahora.

Es el mismo el paisaje de hace veinte años, pero no es la misma la compañía más cercana. Algunas de las mujeres que miramos en la calle, “las que nunca / terminan / de pasar”, tienen la misma edad de nuestras hijas y los mismos sueños que teníamos nosotros cuando empezábamos a emborronar papeles con poemas se han convertido en un presente desesperanzado: “Padre de familia, camarero y poeta. / Así es la puta vida.” Pero aun siendo así, hay algo que nos salva, pese a todas las inclemencias y decepciones, es el amor: “Si no te hubiera conocido / mi vida sería otra. // No sé si mejor / o peor: / distinta. // Y me gusta mucho / mi vida.” ¿Es el amor? ¿Es un poema dedicado a una mujer o, más bien, a la Poesía? El poema se llama “Otra manera de decirlo”. ¿Qué hace que nos cambie una vida? Ser capaz de decir las cosas de otra manera. Además, el poeta tiene su pequeño reino, sus secretos. Aunque el lenguaje es llano y coloquial, en ningún momento deja de lado ese lirismo que proporciona el ritmo de sus versos y, siempre, es capaz de decirlo de otra manera. Aunque el lenguaje es coloquial, sus poemas, casi siempre breves y teñidos del pigmento del humor, siempre aportan un ingrediente críptico. En esta sociedad que tanto dice valorar la transparencia, necesitamos algo que nos haga diferentes. En un ensayo magnífico de Byung-Chul Han, llamado La sociedad de la transparencia (Herder, 2013), aparece una cita de otro gran escritor y gran poeta, Peter Handke: “Vivo de aquello que los otros no saben de mí.” Es cierto. Karmelo C. Iribarren también tiene otra manera de decirlo, seguramente sin conocer la cita, la hace suya en un poema que se llama “Madrugada con tu sabor”: “Estos con los que me cruzo / por las calles / de la madrugada, // no te conocen, / no saben cómo eres, / lo que esconde tu piel…// Y eso me salva.”

Yo también tengo la sensación de que me cruzo con este hombre en bares o en alguna calle de madrugada, de punta a punta de la geografía española, cuando leo sus poemas que sigo desde hace años. Y creo que lo conozco, porque las páginas de este libro funcionan como un espejo. No hay grandes descubrimientos, pero sí un reconocimiento paulatino, página a página, poema tras poema.

Presentación de “Aprendiz”, de Antonio Luis Ginés, en Sevilla

El próximo jueves, 30 de enero, a las 19.30, en la Biblioteca Infanta Elena de Sevilla, presentará el magnífico poeta cordobés Antonio Luis Ginés su último libro de poemas Aprendiz, editado por Ediciones de La Isla de Siltolá, en su colección “Tierra”. Yo lo acompañaré en la presentación. Sería un auténtico placer poder veros allí.

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El violín mojado, de Javier Sánchez Menéndez

ESCRIBIR CONTRA EL TIEMPO

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El violín mojado
Javier Sánchez Menéndez
Introducción de Rocío Fernández Berrocal
Libros del Aire
ISBN: 978-84-941469-4-7
115 páginas
Madrid, 2013

Cuando leí hace unos años la antología Faltan palabras en el diccionario (Libros del Aire, 2011), me quedé con ganas de más de algunos de los libros de Javier Sánchez Menéndez. Y eso me ocurrió muy especialmente con los poemas de su tercer libro, El violín mojado, que se había publicado en 1991, en la editorial Seuba. Por eso, cuando a finales del pasado 2013 me encontré con esta nueva edición de este libro inencontrable, fue motivo de doble alegría: por una parte, iba a poder completar la lectura de aquellos poemas que el autor había escogido en aquella ocasión y que, según él mismo aseguraba, le resultaba “muy complicado seleccionar (…) ya que se trata de un largo y extenso libro correlativo y unitario”; por otra parte, me iba a permitir profundizar en el que ya presentía, desde esos pocos poemas, que era el mejor y más personal de los libros de un poeta que, quizá por sus enormes pausas creativas o, quizá por sus otras labores relacionadas con el mundo de la literatura, es editor, agitador –mal que le pese- y algunas cosas más, no está recibiendo toda la atención que merece como poeta. Ahora, con el libro recién leído, puedo decir que mis expectativas, en esta ocasión, se han visto superadas.

La imagen del “violín mojado” del título se refiere a un instrumento que ya no suena como antes, incluso que ya no puede sonar más. Todo el libro es una historia de amor, y gravita en torno a la idea de la dificultad de la creación poética, de subir “infinitas escaleras”, o de bajarlas para sentir el pulso de la calle, en la que se viven experiencias que luego hay que plasmar con la palabra precisa. Las dos citas que inician el libro, de dos de los maestros más reconocidos por el autor, Julio Mariscal y Félix Grande, se refieren a esa misma pasión, en la que creen los poetas, en su doble vertiente. Julio Mariscal utiliza la metáfora del amor apasionado –que ha vivido- que nos da la felicidad, aunque sea algo que los demás no podrán comprender, aunque lo vivan, y nos culparán por ello, y Félix Grande, directamente, menciona su fe en el “fenómeno poético”. El violín mojado es el tercer libro publicado por un jovencísimo poeta de veintisiete años, pero está lejos de ser una colección de poemas primerizos: está estructurado en tres “episodios” con tres capítulos cada uno, excepto el tercero que tiene cuatro. Y cada uno de los episodios mantiene una coherencia tanto temática como formal, que hacen pensar en un autor más maduro. De hecho, entre este libro y el anterior, Derrota y muerte de los héroes, hay solo tres años, pero si sabemos que se trata de una colección de cuatro poemas que se publicó en la revista “Abalorios”, tendríamos que retrotraernos hasta el primero de ellos, Motivos (1983), y pensar así que dedicó a su elaboración ocho años, pensemos que al menos cuatro de ellos intensamente dedicados a la poesía. Y cuando digo “intensamente” no es una forma bonita de describirlo: se trata de la necesidad de sobrevivir.

El primer episodio se titula: “La huella” y, ya desde el primer poema, reconocemos algunos ingredientes de la teoría de las ideas platónicas sobre el cuerpo y el alma. El cuerpo es finito “y su forma desdibujada / como lo infinito que va dentro de mí / pero que fuera es limitado / pues todo es apariencia.” El cuerpo tiene que subir “estas infinitas escaleras”, que probablemente y salvando la hipérbole, existieron, para llegar a su casa, lo que no siempre ocurre pero a veces sí. Del recuerdo de esos encuentros nace la poesía.

El recuerdo son huellas que tienen formas de mujer, y esa mujer es amada. Ya se sabe que la poesía amorosa ha dado algunas de las formas poéticas más destacadas en todas las literaturas. Muchos de estos poemas podrían leerse como tales poemas de amor, que continúan esa tradición. El poeta conoce a la mujer antes que ella a él. A veces, ella es esquiva, aunque a veces, también, sonríe al poeta que se acerca a ella como ocurrirá después con la misma poesía. A veces la encuentra donde espera, a veces no. Admira su pelo, su risa, sus labios y sus ojos. Y vive en el presente, que son aquellas huellas del pasado, aunque reconozca que “no me importa el pasado / porque en el ayer ya estamos”. El poeta necesita la experiencia y mirar hacia atrás para crear: “he llenado de amor mi solitaria vida / y me he reído un poco de mí mismo.”

Otro requisito que necesita el autor es el silencio: “Desde que te conozco llego más tarde a casa / porque prefiero andar en silencio / y vagar por las calles”, pero siempre vuelve: “Y llego tarde a casa, / pero prefiero verte.” Y esta querencia no asegura nada, porque el silencio a veces es voluntario y a veces impuesto, pero siempre duele: “Duelen estos días posados en la ausencia.” Hay un tiempo pasado que es real, la propia vivencia amorosa, y un presente en el que una parte de esa historia se repite: ese “fenómeno poético”, que no es real, pero que nos permite seguir vivos.

Definir un rasgo de los muchos que confluyen en un libro vivo, siempre es complicado. Pero tendría que mencionar el humor. Otro de los poetas favoritos del autor es Javier Salvago, que también miraba atrás con esa sutil mezcla de humor y dolor, y que utilizaba, como Sánchez Menéndez, el lenguaje claro –llamar a las cosas por su nombre- y coloquial al mismo tiempo: “Abel siempre dice que no sabe cuándo hablo de veras o de broma, / y la verdad, no sé, chico, no sé, / no sé cuándo se miente y cuándo se menciona / una mentira, / no sé cuándo sincero lo que digo”. La presencia del amigo poeta, Abel Feu, es constante en el libro. La amistad es el atributo que mejor caracteriza a la persona del poeta que lo lleva a gala: “Y yo te digo amigo / que en asuntos del alma / nunca te fallaré”.

Amor, conocimiento, creación poética, sentimientos que siguen aflorando, lenguaje claro, humor y amistad. Por eso decía que este libro, desde sus primeros poemas, es el compendio de una vida. Pero el dolor, desde el inicio, siempre está presente, aunque el poeta que no la busca y aún no nos ha dado todas las claves, para que entendamos el libro: “Y no recuerdo más, / porque el recuerdo duele”, pero que ya nos deja ver que esa tristeza va a ser su compañera fiel y desinteresada: “Contigo no es necesario que hablemos de nosotros, / ni que nos pongan un preludio de luna, / ni siquiera merecemos un poco de cariño.” Todo está aún por venir.

El segundo episodio, ya desde el título, “Impresión & expresión”, marca un tono diferente. El poeta explica lo que para él es el arte, y utiliza esa dicotomía: Impresionismo-Expresionismo, para tratar de entender lo que el mundo busca y lo que rechaza. La figura de Van Gogh, y el enorme éxito comercial que consiguieron sus cuadros tras su muerte, le sirve para explicar con cierto distanciamiento lo que podría trasladarse al mundo que rodea a la poesía. En varios poemas comenta la noticia que dan los telediarios cuando el cuadro de los lirios bate el record de ventas en una subasta de arte: “el locutor de turno / se ha confundido al decir que Van Gogh era expresionista / y ha dicho impresionista. / En fin, / la impresión más o menos no es lo suyo.” Sus referentes en ese arte impresionista son Leopardi o el citado Julio Mariscal, que no soportaron esta vida, o el “protagonista de mi corta novela, / o tal vez es mi historia”. Porque este libro podría leerse como una novela: “y voy contando historias / tan tristes / que fabrican impresiones sin que nadie se entere.” Este distanciamiento ya mencionado se acaba en el último poema de este segundo episodio: “Autorretrato impresionista”, en el que el poeta sorprendido por el hecho de estar vivo, con veintitrés años, reflexiona sobre todo lo que ha vivido hasta entonces. Menciona que ha vivido dos guerras pero, aunque algo intuimos, aún nos faltan datos para comprender de qué se trata.

El tercer episodio, “Imaginar y recordar”, se abre con dos citas de autores que suelen leerse desde perspectivas muy distantes: Juan Ramón Jiménez, que expone lo efímero del instante de encuentro con la belleza al que asistimos temblorosos, y J. P. Sartre, que explica que si Dios no existe, no tienen sentido los valores que se inculcaron en su nombre. Ambos tienen en común la indefensión del hombre ante el mundo. Estas dos reflexiones, que el autor hace suyas, nacen de la experiencia del autor: “Y ahora, / que he perdido a dios / y a la mujer que más quiero / y he arrojado mis huesos ante la vía de un tren / equivocado, / (…) … qué me decís del hombre…” No conozco la biografía del poeta pero, en esos pocos versos, se esconde la justificación de todo el libro y, probablemente, de todos los libros y silencios que vinieron después. Imaginar y recordar es lo que queda, lo más parecido que se encuentra a vivir. O a no morir. En eso consiste la poesía: “la experiencia de un hombre / que vive para amar y ser amado, / y para producir, de ahí que escribo / y todo es para ti.”

¿Qué le pedimos a la poesía? Los poemas de este tercer episodio agarran y no te sueltan, duelen. Lo hicieron al ser escritos y lo hacen cada vez que los leemos. Duelen porque el autor ha sido capaz de transmitirnos, desde un lenguaje poético y personal, todo lo que pasaba por su cabeza aquellos años. Y aunque duelen, el sufrimiento, unido al paso del tiempo, alivia, ya “que los contrarios son los principios de las cosas, / al menos en esta vida leve, / decía, después de algunos años, / sé, que el mar es el amor más puro”.

Hay pocos momentos, en los que el poeta se permita revivir aquel tiempo en el que fue feliz: “Te enseñé pocas cosas, / todo en mí es tan leve / que imagino el recuerdo / y lo acaricio.” Y concluye que “mejor es no pensar, / imaginar y recordar / se superponen y confunden.”

Sus lecturas de filosofía están presentes a lo largo de todo el libro, y así lo vemos en “Amor como principio”, donde cuenta que aunque los primeros filósofos buscaban otros elementos para explicar el mundo, “en el principio de todas las cosas está el amor. / (…) / nada será más excelente porque el amor es crudo.”

“Variación de Moguer” es, como toda esta tercera jornada, un momento culminante del libro. Es la vuelta a la infancia, a los años de adolescencia, a las calles, a sentir la vida alrededor. Probablemente sea la época en la que nos hemos sentido menos contaminados por lo que hemos vivido, por lo que está por vivir, y la época en la que los recuerdos no son más que recuerdos inocentes, sin reflexiones.

El último poema podría ser el epílogo de un libro que, en efecto, no admite bien las selecciones de algunos de sus poemas, porque sí, muchos de estos poemas son muy buenos por sí solos, pero siempre perderían parte del sentido que tienen. En este último poema, el poeta habla desde cierta distancia al lector que ya conoce todo lo que ha pasado y reconoce que sigue sintiendo ese amor sobre el que se construye la historia. Por otra parte, casi cada verso es un título de un libro que entonces no había escrito, o de un capítulo de este. En ese sentido, también este libro será el centro sobre el que gravita toda la obra posterior de Javier Sánchez Menéndez, que con El violín mojado se situó hace unos años a la altura de los mejores poetas del momento, lugar que ahora, con esta nueva edición, reivindica para todos aquellos que aún no lo habíamos leído.

Limbo y otros poemas, de Ada Salas

DISEÑANDO EL SILENCIO

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Limbo y otros poemas
Ada Salas
Pre-textos
ISBN: 978-84-15576-66-2
86 páginas
Valencia, 2013
13 euros

El esmero y el cuidado a la hora de construir un libro, igual que hace con cada poema, con cada verso, define la obra poética de Ada Salas. Cada verso tiene su forma y su pausa, de modo que la imagen que queda en el papel y el sonido de su lectura tienen también su sentido, todo en el poema tiene su sitio, su dibujo y su función, y eso no impide empezar la serie que da título al libro con un poema que se denomina “Epílogo”, ni casi terminarla, de manera consecuente, con uno titulado “Prólogo”. Lo que sí es esencial es que el libro comience manifestando la poética de la autora con el verso “Lo que añurga y atora”. Comenzar con una palabra como esa “añurga”, hermosa y semiclandestina, que hace referencia a esa sensación de tener atascada la garganta y no poder apenas respirar, ni hablar, define, ya desde el inicio, el silencio; lo define y lo explica con el sinónimo “atora”. Ada Salas es, yo diría que junto a Clara Janés, el más válido exponente actual de la llamada “poesía del silencio” en el momento presente en nuestro país, y su silencio no es algo gratuito, sino la concreción de una teoría que ha explicado en sus poemas y en sus dos libros de ensayos poéticos. Ahora estoy pensando en esa delicia fragmentaria que es Alguien aquí, publicada en 2005 en su editorial de siempre, Hiperión, en la que se dio a conocer y se consolidó como una de las voces más personales de nuestro presente.

¿Qué es “Lo que añurga y atora”? Lo mismo que da sentido al poema. El poema nace del silencio y de la soledad. Algo que no se puede expresar con otras palabras que las que utiliza el poeta, que las recoge de dentro “y construye / con ellos / una historia –una / sucesión ordenada y discreta / por fin / reconocible-.” Una sucesión ordenada, discreta y reconocible: eso es el poema, según Ada Salas. El poeta ordena las palabras y las usa para que el lector reconozca el mundo que está presente en ellas. Ese juanramoniano buscar la palabra exacta.

Limbo y otros poemas (Pre-textos, 2013) es su quinto libro de poesía y sus temas esenciales son tres: el amor, la muerte y la creación poética, con el dolor presente en los tres casos. El poema central es “Limbo”, con el que inicia el libro, en el que cuenta una historia de amor que, lo sabe desde que empieza, lleva aparejada la presencia que se vislumbra, desde incluso antes de haber empezado, de la muerte. Pero la muerte no solo lleva aparejada el dolor de la previsible separación, sino, e incluso está aun más presente, el dolor de no ser capaz de expresar lo que se siente. Como es normativo, todo está recogido en “Epílogo”, el poema que inicia la serie y el libro: “No. El dolor no se puede contar. El dolor / es abstracto –incontable / por tanto según / esa oscura gramática- / es decir / el dolor es la forma / más / acabada del caos.”

La poesía de Ada Salas necesita ser clara, “reconocible”, y de eso se encargan las repeticiones, el uso de sinónimos, las glosas explicativas, como ese “es decir”, los títulos de los poemas y las citas, que no eluden definiciones concretas del DRAE, como en el poema “Lucha”, en el que se trata de que el lector asimile la lucha, el combate cuerpo a cuerpo, con el momento de plenitud del deseo. “Así que era / la lucha. Dos cuerpos / abrazados / dos / los dos / sobre la tierra.”

La lucha, la herida, el otoño, la muerte… Son metáforas que ya ha tratado Ada Salas, tanto en el plano poético como en el, más o menos, teórico, como etapas del proceso creativo. Solo hay algo que libera de esa muerte anunciada, y es la luz, el momento, necesario para vivir, de la creación: “Elige ahora / una / modalidad del canto / -recuerda / que aprendiste / que el canto era la vida-.” Escribir es vivir, abandonar la soledad, renegar del vacío. Al final de esta primera parte encontramos cuatro poemas hermosísimos, que agrupa con el título “Coda: Chanson du Désir”, y que comienzan con el “Prólogo”: “No / había escrito / nunca / un poema de amor”, donde resume en pocos versos todo el poema. Es significativo que todo el libro está dedicado a José Manuel Cuesta Abad, uno de los autores de crítica y teoría literarias más brillantes de este tiempo.

La segunda parte del libro que titula “Otros poemas” está agrupada en siete breves series coherentes entre sí, y de las que he leído con especial agrado las tituladas “Tres poetas”, el dedicado a Sylvia Plath es fantástico y podría, temáticamente, formar parte de “Limbo”, ya que la poeta norteamericana es ejemplo hecho tinta y carne de todo lo que cuenta Ada Salas en este “Limbo”. También me ha parecido muy buena la sección que finaliza el libro, “Niña en un marco”. El sujeto poético, de todo el libro, es una mujer que posa su mirada en toda la belleza que le ofrece el mundo, la natural y la artística, y en la propia condición femenina. Recuerdo que hace unos años, un amigo poeta me comentó que últimamente la poesía que más le interesaba que se hacía en nuestro país era poesía hecha por mujeres. Este maravilloso Limbo y otros poemas, le habrá hecho ratificarse en esa opinión. De hecho, recuerdo que me mencionó unos nombres y ya me destacaba a Ada Salas. Sí, tenía mucha razón. Con sólo cinco libros, los otros cuatro recogidos en No duerme el animal (Hiperión, 2009), Ada Salas se confirma como una de las voces más interesantes de la actual poesía española.

Escritos en la corteza de los árboles, de Julia Uceda

PALPANDO PALABRAS

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Escritos en la corteza de los árboles
Julia Uceda
Fundación José Manuel Lara. Vandalia.
ISBN: 978-84-96152-75-1
89 páginas
Sevilla, 2013
11,50 euros

Nunca he sido partidario de los prólogos en los libros nuevos de poesía. Casi siempre me parecen un recurso publicitario indigno, un texto laudatorio de un amigo o, en todo caso, la bendición no merecida de un autor o crítico más relevante que el mismo libro. Casi siempre son mentiras. Repito: me refiero a “los libros nuevos”. Obviamente, quedan excluidas las reediciones, las antologías o las colecciones de poesías completas que, normalmente, sí los justifican. ¿Por qué esta aclaración? Porque este es un libro excepcional, en varios sentidos. Ahora me refiero a que el breve ensayo “¿Somos quienes quisimos ser?” con el que Julia Uceda inicia Escritos en la corteza de los árboles es no sólo pertinente, sino maravilloso y muy esclarecedor. Se trata de un texto con tintes autobiográficos y metapoéticos, que nos va a ayudar a aclarar algunos interrogantes que podría plantear no solo este libro, sino toda la obra poética de la autora. Su motivación tiene que ver con la idea de que “la página es un pozo blanco en el que lo que cae se transforma y modifica desde el oscuro punto que lo impulsa”. Los poemas de Julia Uceda se bastan y se sobran por sí mismos para ser valorados, pero el conocimiento de lo que los rodea los hace aun más imprescindibles. No todos los poetas, ni todos sus libros, podrían resistir este tipo de ensayos. Más bien ocurre al contrario, es muy difícil ser consecuente con uno mismo. Julia Uceda distingue entre dos tipos de poesía: la  que siempre repite lo que ya se conoce, lo que se ha dicho otras veces, y la que trata de buscar algo nuevo. Esta última, la más difícil de encontrar, la más subversiva, la que encontramos en estos Escritos y en gran parte de la obra anterior de la poeta sevillana, es la que sí puede plantearse este tipo de apuntes hermenéuticos, que no la hacen ni mejor ni peor, pero ayudan a desentrañar esos “símbolos o mitos personales que oscurecen el poema”.

Leemos también en dicho ensayo que le incomodaba cuando algún crítico la llamaba “pensadora”. Ella se considera poeta y piensa que “la escritura poética se apoya en algo tan elusivo como las emociones.” Y sí, es cierto, pero al tratar de traducir esas emociones y de buscarles un motivo, la labor del poeta se confunde con la del pensador. Bastantes son los grandes poetas que han elaborado en su obra un pensamiento propio, no siempre demasiado bien estructurado, no siempre encontrando las respuestas, pero sí acercando al lector a ellas y facilitándole el camino de su propia vida. Además, el pensamiento, desde sus orígenes más arcaicos, se confunde con la poesía y, en los últimos siglos, digamos que desde su citado Nietzsche o desde la obra de algunos ilustrados franceses, ha vuelto a ese carácter fragmentario e impresionista que comparten algunos poetas. Yo he gozado leyendo “¿Somos como quisimos ser?” casi tanto como el resto del libro, como la parte más propiamente poética de Escritos en la corteza de los árboles.

El libro se estructura en torno a una pregunta que la autora reconoce como la pregunta primigenia, en el sentido de que fue la primera pregunta que recuerda haber hecho a los adultos cuando era una niña y, al quedar sin respuesta, la pregunta sobre la que ha girado toda su obra: “¿dónde estaba yo antes de estar aquí?” El “yo”, el “estar” y el “aquí”, además del concepto mismo de preguntarse, de la necesidad de encontrar respuestas, son los materiales básicos que encontramos en el libro.

El “yo” es esa niña que mira con curiosidad el mundo que la rodea, la misma niña que aparece en las fotos que conserva y en los recuerdos que no la abandonan, que siempre han estado ahí. ¿Había algo antes? No puedo evitar recordar la pregunta en la que se funda el pensamiento heideggariano: ¿por qué hay algo en lugar de no haber nada? Hay un poema muy breve que muestra ese interés y esa dificultad: “Conocer”. No me resisto a citarlo: “Recogió las palabras de su boca / y después las palpó. Aun así no supo / qué le quiso decir que nunca más diría.” Entiendo que este libro es un intento de saber lo que no supo y que palpar las palabras es esa labor que hace el poeta con el lenguaje..

En varios poemas del libro Julia Uceda poetiza sueños que ha tenido. De hecho, el autor más citado es C. G. Jung y esto se relaciona con la idea de que los sueños son otra fuente de conocimiento esencial de nosotros mismos. No siempre entendemos lo que significan, pero hay momentos en que tenemos que recurrir a ellos si queremos conocer a ese “yo”.

En la pregunta citada, relaciono ese “estar” con el tiempo. Julia Uceda reconoce que la poesía tiene que dar noticia de su tiempo. Cada libro suyo está motivado por los acontecimientos que ha vivido: la república, de la que tiene fotos antiguas y vagos recuerdos, y que puede funcionar como un paraíso perdido especialmente por las personas que lo han evitado, la dictadura, que influyó y de qué manera en toda su generación, la del cincuenta, y de forma muy particular en ella misma por circunstancias personales, y la transición y sus desencantos. Referencias a personajes de esas épocas hay pocas en el libro. Las más significativas son las de Hirohito y Albert Camus, en el poema más extenso del libro, “Álbum”, que es quizás también el más hermoso: son varias estampas aparentemente inconexas de distintos momentos de los últimos doscientos años. Pero aun así se pregunta, cuando escucha a alguien que habla sobre ella: “¿Cómo saber en qué tiempo he vivido?”

El “aquí” es clave en el libro. Lo ha sido en toda su poesía y, por tanto, en toda su biografía. El poeta tiene que dar noticia de su sitio. Y si no es un sitio, sino varios o ninguno, también. El “aquí” presente son casas semivacías, que le evocan otros “aquí” semejantes del pasado. En su jardín tiene un haya que le aportó el título de su libro anterior y, en este caso, también se trata de otro tipo de conversaciones con la naturaleza que habita. La autora ha pasado la vida viajando. “No desprecio nada, pero mi lugar es mi casa, esté donde esté.” Ha vivido en Sevilla, en Irlanda, en Estados Unidos y, actualmente, en Galicia. Empezó a tomar conciencia que quién era, o de quién no era, en París. Quizás por ello se pregunta: “esa mujer sentada, ¿a dónde va?”, “¿Desde dónde vino? ¿De qué sitio inhóspito, de qué espacio vano reúne fragmentos de otro pensar?” Las preguntas no suponen respuesta, de no ser así, no las haría. “Es posible que no haya llegado todavía.”

La pregunta en sí es clave en la poesía de Julia Uceda. Se pregunta por ese lugar en el que estuvo antes de estar aquí, o por el sonido que sonaba. Ese sonido es lo que ella quiere trasladar a su poesía. La dificultad para responder a las preguntas clave que nos harían comprendernos mejor es lo que motiva su poesía, es lo que motiva que sigamos considerándola una voz esencial en este tiempo. Porque aunque a ella no le basten, esas preguntas nos ayudan a ser algo mejores. Decir que Escritos en la corteza de los árboles, libro con el que la colección Vandalia, de la Fundación José Manuel Lara, continúa publicando casi todos sus libros de poesía, es uno de los mejores libros nuevos de un autor español que se han publicado este año en nuestro país quizá sea decir muy poco.

Idilios, de Juan Ramón Jiménez

idilios-ebook-97884155932943JRJ Y EL AMOR

Idilios
JIMÉNEZ, Juan Ramón
Prólogo de Antonio COLINAS
Introducción de Rocío FERNÁNDEZ BERROCAL
La Isla de Siltolá
ISBN: 978-84-15593-25-6
223 páginas
Sevilla, 2013

Escuché hace unos años, en Fuentepiña, a Francisco Silvera, decir que su principal deseo al ponerse al frente del Comité Organizador para el Trienio Zenobia-Juan Ramón Jiménez era conseguir que todos y cada uno de los libros del Nobel onubense estuvieran disponibles en ediciones correctas y unitarias en las librerías españolas. No es ahora el propósito valorar si se ha llevado a cabo este propósito, pero sí es de justicia afirmar que buena parte de lo que haya conseguido tendrá que agradecérselo a esta edición de La Isla de Siltolá. En efecto, de los muchos poemas del autor que se conservan inéditos, estos son los que de forma más evidente integran un libro que, además, fue concebido como tal por el propio autor y que, y esto es más significativo aun sin cabe, fue dedicado “A Zenobia Camprubí Aymar”.

También podemos señalar que el tema principal de Idilios es el amor sensual, que culmina en los primeros poemas que el poeta dedica a su esposa, cuando este está enamorado de ella y ella aún lo rechaza, poemas que preceden a uno de sus libros esenciales, Diario de un poeta recién casado (1916-1917). En la exhaustiva introducción que firma Rocío Fernández Berrocal, y que le hará entrar por la puerta grande en el selecto grupo de expertos en la vida y obra del Nobel, podemos leer: “JRJ señaló que Zenobia está en los tres libros, Monumento de amor, Diario de un poeta recién casado e Idilios “que forman parte de mi conocimiento de Z. –señala- hasta mi casamiento con ella”.”

¿Por qué no publica JRJ el libro en su momento? Rocío Fernández Berrocal apunta varias posibilidades. El libro recoge poemas fechados entre 1911 y 1913, una etapa en la que el poeta cambia de residencia varias veces, a caballo entre Moguer y Madrid, con paradas en Sevilla. Es justo la etapa anterior a la que inicia con Diario de un poeta recién casado. Antonio Colinas coincide con Rocío Fernández Berrocal en que Idilios es precisamente la culminación de la etapa modernista que, para ambos, es la más importante de la obra del autor. Tradicionalmente se han reconocido más etapas y libros posteriores. Este momento de culminación por sí solo no basta para explicar la no publicación del libro. Se apuntan también dificultades coyunturales del momento para encontrar una editorial digna, pero la explicación que toma más peso es la dificultad que supondría el tema del libro. Parece ser que cuando JRJ le ofrece el manuscrito a ZC, a ella no le parece tolerable publicar la relación de amoríos pasados del poeta. Quizás él tampoco quisiera publicarlo por respeto a la que va a ser el gran amor de su vida. Es cierto que se publican, ya desde la Primera Antolojía algunos de estos poemas y, además en la Segunda Antolojía, bajo los mismos epígrafes: “Idilios clásicos” e “Idilios románticos”, pero debieron entender que no suponía lo mismo que consagrar un libro entero a ello.

Idilios está dividido, como ya hemos señalado, en dos partes que atienden a un criterio cronológico y que se corresponden con las carpetas encontradas en Puerto Rico entre los papeles del poeta al fallecer este: “I. Idilios Clásicos” y “II. Idilios Románticos”, a las que se le han añadido textos que se han ido encontrando posteriormente con la pertinente indicación del poeta. Aunque la redacción era de 1911-1913, la última corrección fue de 1935. Son un total de noventa y siete poemas, de los que treinta y ocho son inéditos. Sólo por la ordenación de los poemas ya publicados esta edición sería muy importante, pero el añadido de los otros treinta y ocho, hasta el momento, inéditos hacen de este libro un acontecimiento que el futuro sabrá considerar como merece. JRJ, quizás por la inabarcable de su ingente obra, y por su mala acogida entre algunos poetas y críticos de generaciones posteriores es un gran desconocido. Estamos seguros de que Idilios va a contribuir a cambiar esta situación. Temáticamente nos permite asistir a la culminación del JRJ más sensorial. Los diferentes poemas van marcando una serie de obsesiones que el autor dejó aparcadas a partir de 1915. Es muy interesante la evolución del amor que va pasando de lo más carnal,

“Cuando estás entre otras / tu cuerpo se contajia –pechos, brazos, muslo­- / de los cuerpos de todas. // Luego, cuando te quedas sola / conmigo, y te desnudas –muslos, brazos, pechos- / qué sola eres tú toda.”

a la constatación de lo que para él es el amor verdadero, que toca más al alma que a la carne, y que él solo encontró en ZC, a quien van dirigidos los últimos poemas del libro, entre ellos este inédito:

“No, no eres tú, dormida. / Tú te me has entregado en alma y cuerpo / y te he tomado yo, en el mundo / que, dichosos, reímos a un tiempo. / Tú te me has entregado a mí despierta, / con tus ojos de par en par abiertos. // ¿Quién eres, di, quién eres / dormida? No, no eres tú, yo no te siento / a ti por este mundo / que no vemos a un tiempo. / No, no eres tú, dormida, / con tus ojos cerrados. No te beso.”

Ha pasado 2013 cargado de libros de poesía, pero no sabemos qué va a quedar de ellos, o si alguno de ellos será recordado en el futuro. No lo sé. Lo que sí sé es que este Idilios, editado por la editorial sevillana La Isla de Siltolá, con prólogo de Antonio Colinas e introducción de Rocío Fernández Berrocal sí será recordado, sí tendrá su lugar en el futuro.

Escribir lo que pienso

No vale la pena decir nada que no sea verdadero, que no sea, al menos, lo que uno piensa realmente de las cosas que ocurren, de los libros que lees. Me sorprende que cuando lees cualquier texto, tienes la sensación de haber leído ya lo mismo mil veces.. No creo que valga la pena decir nada que ya hayan dicho otros. No vale la pena repetir lo que nos dicen, una y otra vez, en los distintos medios. Los medios no piensan, adoctrinan y repiten lo que les dictan sus amos.Si alguien va a leer lo que escribimos, tenemos la obligación moral de saber y de haber pensado previamente lo que vamos a escribir. Nada es interesante si no produce algún rechazo. Los alardes, los virtuosismos con el lenguaje, los juegos más o menos ingeniosos de palabras, sean en verso o en prosa, no añaden nada a la penuria general. Es difícil asumir responsabilidades, pero es necesario. Si no es así, ¿para qué?

El periodista ya no ejerce de periodista. Hace tiempo que su trabajo es el del gabinete de prensa. A veces, lo reconoce y trabaja para un gabinete de prensa; la mayoría de las veces lo hace desde un medio que se autodenomina “independiente”. Si se reconoce esa falta de independencia, el medio en cuestión se hunde. Antes que el medio, claro, se hunde el periodista. Discutí con una antigua amiga que me hablaba del paro y de las necesidades. Sí, no lo niego. Me decía, también, que con la educación pasaba lo mismo. Es cierto. Hace tiempo que el trabajo del profesor no es enseñar ni educar, sino uniformar a los alumnos. Se hace en aras de un supuesto derecho universal a la educación que, en realidad, es el derecho de todos a la “no educación”.

Voy a tratar de escribir siempre lo que pienso.

Simulacro en la revista Clarín.

José Luna Borge, poeta, diarista y crítico, ha escrito esta reseña de “Simulacro” que ha aparecido en el último número de la revista Clarín. ¡Muchas gracias, José!

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Poesía completa, de Zbigniew Herbert

UN ANTES Y UN DESPUÉS

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Poesía completa
Zbigniew Herbert
Trad. de Xaverio Ballester
Lumen, 2012, 651 pp, 26,90 euros.

Tras haber leído este libro, uno tiene la sensación de que hay un antes y un después en su vida. A ver, ya sé que, por una parte, suena exagerado y, por otra, después de leer cualquiera de los libros más importantes de un buen escritor se debe sentir que algo importante ha variado en la forma de percibir el mundo. En esto último estoy esencialmente de acuerdo, pero lo que es más extraño es que te llegue un libro de un autor del que apenas tenías unas nociones vagas, casi contemporáneo —aunque ya un clásico ignoto— y que ese libro sea su Poesía completa. Es algo así como si a estas alturas me muestran la obra completa de Borges sin haber leído nada antes de él, o la de Eliot, o la de Rilke. No se me ocurren otros ejemplos, si acaso Auden, pero coloquen ustedes a sus poetas preferidos. Efectivamente, este volumen eleva a su autor si no a la altura de los citados, sí a un escalón inmediatamente inferior, a la altura al menos de sus compatriotas Milosz y Szymborska, con mucha mejor suerte en nuestro panorama editorial. Pero esta edición impecable que acaba de dedicarle la editorial Lumen, con versión, prólogo y notas de Xaverio Ballester supondrá, ya lo ha supuesto en sus lectores, un punto de inflexión en la suerte de su obra en nuestro país. Ya se había editado el que quizás sea su poemario más importante: Informe desde la Ciudad sitiada, en Hiperión, con la traducción de este libro, y dos libros de ensayo que ha publicado El Acantilado: Naturaleza muerta con brida (2008) y Un bárbaro en el jardín (2010), ambas con traducciones de Xavier Farré. Pero es cierto que aun siendo importante su obra ensayística, no supone un asombro tan intenso como su Poesía y, por otra parte, el conjunto de la obra poética, especialmente el Don Cogito y la obra final, engrandecen el valor y el significado de Informe desde la Ciudad sitiada.

Zbigniew Herbert nació en Lvov, en una tierra de nadie, en un rincón del mapa, como él mismo llama a esa ciudad en la que nació siendo polaco en 1924 y que fue arrasada por los nazis en 1941, anexionada por la Unión Soviética tras la guerra mundial y que, tras su desmembración, forma parte de Ucrania. En el momento más duro de la dominación soviética se publicó su primer libro, Guarda de luz (1956). El niño que ha tomado conciencia del mundo a la vez que iba descubriendo los horrores de la guerra más terrible, no demasiado lejos de Auschwitz, y que de ahí pasa al régimen de Stalin, comienza su primer libro con un poema de amor en tiempos de guerra: “Los bosques ardían/ mas ellos/ en sus cuellos enredaban los brazos/ como ramos de rosas.” Y ya se presagiaba lo que iba a ser de su vida, de su Poesía: “hasta el final fueron audaces / hasta el final fueron fieles” La audacia y la fidelidad serán siempre atributos que expliquen su vida y su poesía. Ya era audaz escribir Poesía intimista de tintes surrealistas en tiempos en que el arte debía ir dirigido a cantar lo social. Como apunta Xaverio Ballester, esa tendencia surrealista casaba bien con la necesidad de evadir la censura del régimen haciendo menos obvia la crítica implícita.

En general, el estilo de Herbert va a enmarcarse entre un verso cada vez más prosaico y llano, que nunca renuncia a la belleza del ritmo ni a la sucesión de imágenes sorprendentes y asociaciones surrealistas, y una prosa más poética que ya se presenta en el segundo libro, Hermes, el perro y la estrella. Entre ambas opciones todo es posible, desde el verso más breve hasta el versículo o la enumeración en columna marcada con guiones, como si se tratara de un esquema. En este sentido, el trabajo de Xaverio Ballester para trasladar los poemas a nuestro idioma sin perder su belleza es una de las claves del éxito del libro. Y más, teniendo en cuenta que una de las características de Herbert es su afición por inventar neologismos, que el traductor ha respetado en su trabajo.

En los siguientes libros, el lenguaje oscuro en sus inicios se va aclarando, lo mitológico y el conocimiento de los clásicos y los recuerdos de su infancia y su país van creando una obra que destaca en todo el mundo. Se establece en París. Viaja frecuentemente a dar cursos y conferencias a Estados Unidos e Italia. Pero el principal motivo que nos lleva a considerar esta obra como un clásico actual es el personaje que presta su nombre al quinto libro: Don Cogito (1974). A partir de ahí tenemos un tratado de filosofía en clave poética, a veces humorística, cargado de lirismo y no exento de belleza y valentía. El personaje hace su primera aparición mientras “contempla su rostro en el espejo” y de ahí lo encontramos en situaciones a las que siempre aporta una mirada reflexiva, casi siempre serena y algo escéptica. El poema es un espacio donde todo cabe, menos mentir. Puede resultar valiente, intenso, relajado, escéptico, irónico, patético, soñador, pero siempre será Herbert quien nos hable desde sus versos, sus palabras. Casi siempre el verso libre, extenso, a veces el versículo y la prosa poética que ya había asomado en sus primeros libros. Poesía o Filosofía para situaciones cotidianas. Breves ensayos cargados de lirismo. El poeta ha vivido los momentos terribles de un siglo que sabía que no iba a llegar a terminar. Adapta el mundo a sus necesidades: “se topa con su abismo / no es el abismo de Pascal/ no es el abismo de Dostoievski/ es un abismo/ a la medida de Don Cogito.” Porque Don Cogito o Herbert representa al hombre normal del siglo XX, un hombre que no aspira a ser héroe y que si alguna vez se ha visto así, ha sido porque no tenía más remedio que serlo. Porque la moral no le permite portarse de otra forma. Como le dice Dios a Spinoza: “—ya ves, Baruch/ estamos hablando de Cosas Grandes// —deseo ser amado/ por incultos y violentos/ pues son los únicos/ que en verdad tienen ansias de mí.” El lenguaje es este: coloquial, llano. Se acabaron las grandes complicaciones sintácticas o estructurales. Es necesario ser comprendido. En el poema que concluye el Informe desde la Ciudad sitiada, nos da una explicación: “fui designado como un favor para el papel menor de cronista/ registro – sin saber bien para quién- los acontecimientos del asedio.”

En los últimos poemas destaca la preocupación por el paso del tiempo y sus estragos. Ya sabía que muy pronto iba a morir. El mismo año de su fallecimiento, 1998, publica su Epílogo de la tormenta. Desde entonces sus lectores han ido aumentando y sus traducciones destacan en cualquier idioma. Poesía completa, de Zbigniew Herbert. Me gustará pensar que algo nos dejará su lectura: más poesía, más verdad, más vida.

(Publicada en el número 51 de El Cuaderno)

Leche, de Marina Perezagua

LOS OTROS, LA PIEDAD Y LA BELLEZA

leche

Leche
Marina Perezagua
Prólogo de Ray Loriga
Los libros del lince
ISBN: 978-84-15070-30-6
181 páginas
Barcelona, 2013

El primer impacto fue una portada que acaricia a la mirada. Ya me ocurrió algo parecido con Criaturas abisales (Los libros del lince, 2011), su primer y anterior libro de relatos, desde que la tuve entre mis manos. Una portada suave que en nada anticipa las hermosas historias que íbamos a encontrar en su interior. Tonos pastel nada dulzones presagiaban un elenco de personajes que iban a sobrellevar situaciones difíciles que a cada párrafo podrían cambiar y muy a menudo lo harían para peor, sin concesiones de autor primerizo a la galería. Las historias de Criaturas abisales producen desasosiego en el lector, pero no lo liberan hasta el último suspiro, porque ya desde el primer cuento, “Lengua foránea”, este lector sabe que puede ocurrir cualquier giro inesperado hasta el momento mismo del desenlace. Cuando llegó a mis manos Leche (Los libros del lince, 2013), volvió a ocurrir algo semejante: una suerte de sensual desasosiego para las mentes. No me cabe duda de que Los libros del lince es una de las editoriales que, aun siendo tan joven —o quizás por ello mismo—, mejor edita narrativa en castellano. Me encantan sus portadas que siempre son diferentes pero reconocibles y esta, con una acuarela del artista norteamericano Walton Ford, es de las que más me ha gustado hasta el momento. Un enorme toro blanco posee con sensual brutalidad a un puma (creo que es un puma) que al mismo tiempo lo muerde y acaricia con sus garras. Es la imagen perfecta que funciona como colofón de la anterior colección de relatos, Criaturas abisales, y como presentación de esta, a la vez que nos introduce en uno de los mejores relatos del libro, “Mio Tauro”.

Pero ya basta de rodeos alrededor de la protagonista. Con este, su segundo libro de relatos, podemos asegurar que su autora, la sevillana afincada en Nueva York, Marina Perezagua (1978), entra definitivamente en ese cupo de narradores de los que pasamos a esperar con impaciencia su siguiente libro. Y sabemos que es así desde el primer relato, a mi modo de ver el mejor de la colección. Un entretenido y sabio tratado sobre algunos de los aspectos más sombríos de la naturaleza humana y también sobre cómo es posible revertir el orden prefijado de las cosas y tratar de llevar una vida más o menos digna incluso cuando todo se vuelve en contra nuestra. El nombre del relato, “Little boy”, nos enfrenta de golpe a uno de los momentos más duros y polémicos del siglo XX, el lanzamiento de la primera bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. Siempre se ha dicho, y es cierto, que aún se están padeciendo las secuelas de ese acto. Marina Perezagua sabe que es así y trata la situación con todas sus consecuencias, a la vez que nos ofrece una intensa guía sobre el modo de sentir y de pensar japonés. El relato se articula con una crónica sobre una serie de conversaciones que tienen lugar entre la narradora, en una suerte de estamcia iniciática en Japón para conocer a la familia de su prometido, y J., una mujer que ha sobrevivido a aquella explosión que le cogió de lleno en un día de colegio cuando sólo tenía trece años. A partir de aquí, el lector puede esperarlo todo, porque eso es lo que ocurre en la historia que cuenta el relato: las vueltas de tuerca, de las que habla Ray Loriga en el Prólogo, se van sucediendo con la maestría narrativa que ya dejó patente la autora en su anterior libro y que, en este, se asienta como tiene que ser: apenas sin notarse.

Han pasado dos años desde que publicó ese libro anterior y ya observamos al menos una diferencia importante: la piedad con los personajes. Marina Perezagua nos quiere mostrar el otro lado del mundo. Una realidad habitada por seres que no aparecen habitualmente en nuestras vidas, pero que tienen todo el derecho a estar ahí y a vivir sin ser juzgados por su diferencia. A veces es casi inevitable. ¿Quién se atrevería a juzgar a la protagonista de “Mio Tauro” por haber transgredido los tabúes más serios que pesan sobre la mujer en materia sexual, después de haber leído sus cartas a sus amados, sean estos quienes fueran? ¿No es cierto que el soldado japonés que nos paraliza en “Leche” salva la vida al niño con su repudiable acción? Marina Perezagua, por su parte, se mueve con soltura entre estas historias que podrían haberlo sido de la depravación humana y nos ayuda a observar los hechos desde otro punto de vista, aunque a veces esto resulte francamente difícil. Nunca nadie es del todo culpable. Por unos minutos, nos pone en el lugar del que es diferente y, a veces, nos quedamos en ese sitio. Sólo por eso ya hay que acercarse a estas historias, que rezuman Freud y rezuman Lacan con algunos de los aspectos que más nos interesan de Foucault. ¡Hay tanto de Foucault en estos relatos, en esta galería de raros o de pervertidos! Marina Perezagua les da la oportunidad de contarnos sus historias y, en algunas ocasiones, ese acercamiento ayuda a sentirnos más cercanos al otro. En este mundo no siempre las divisiones entre lo correcto y lo que no lo es son tan claras como quieren hacernos ver. Los materiales de los que se vale la autora son básicamente dos: una prosa clara, nítida y sólida que hace avanzar las historias sin más resquicios que los que ella considera necesarios y, especialmente, una mente muy abierta que disecciona sus propias limitaciones y las de sus personajes, “Quien no estuvo allí no puede imaginar lo que pasó”, y las conjuga con el deseo de comprender y de hacernos llegar el resultado de ese conocimiento tan novedoso.

En cuanto a nosotros, los que nos consideramos afortunados por ser sus lectores, sólo nos queda reflexionar sobre la apuesta tan arriesgada que nos ha hecho Marina Perezagua, disfrutar de un libro como este Leche y esperar, eso sí, con muchas ganas, a que se publique el próximo.

Juan Bonilla y José María Conget. Presentación de “Una manada de ñus” en Sevilla.

Si alguien me preguntara a qué dos narradores españoles sentaría en torno a una mesa, para escucharlos hablar de sus libros y de los libros de los demás, respondería sin dudarlo estos dos nombres: José María Conget y Juan Bonilla. Alguien debió escucharme ayer y quiso complacerme o, simplemente, mis deseos no son tan exclusivos como a veces me parecen y, ayer, en la Biblioteca Infanta Elena, de Sevilla se presentó Una manada de ñus (Pre-textos, 2013), el último libro de relatos de Juan Bonilla, y lo presentó José María Conget. Y yo me pregunto: ¿quién le puso ese nombre a la biblioteca?
Comenzó Conget contando cómo conoció a su gran amigo Bonilla. Trabajaba en el Cervantes de Nueva York y buscaba, para un congreso sobre narrativas hispánicas, un autor joven español que tuviese proyección, cuando recibió un paquete de Fernando Ortiz con un ejemplar de El que apaga la luz (Pre-textos, 1994), la colección de relatos con la que irrumpió el jovencísimo autor jerezano en las letras españolas. Fue empezar a leer los relatos y comprender que ahí estaba ese autor que tanto buscaba. Algunos ya conocíamos la maravillosa colección Veinticinco años de éxitos, que había editado antes la editorial que llevaba la taberna La Carbonería, de Sevilla. Cuando estos le enviaron un ejemplar a Manolo Borrás, este se propuso editar lo siguiente que escribiera Bonilla. Así nació El que apaga la luz. Dos años después, en 1996, se reeditaría esta joyita inencontrable, Veinticinco años de éxitos, con el nuevo título El arte del yo-yo, en Pre-textos.
Pero se trataba de presentar el último libro de Bonilla y a ello se dedicaron. Ambos son buenos oradores, divertidos y profundos. No había más papel sobre la mesa que el libro. Conget fue enumerando todo lo que le había llamado la atención de él. No fue poco. Desde la referencia al título: esa manada de ñus que tiene que cruzar un río infectado de cocodrilos para llegar a la zona de pastos, en la que van a alimentarse los meses siguientes, hasta el tema del doble que aparece en mayor o menor medida en todos los relatos, pasando por las referencias a la pérdida de la intimidad, o la crisis y el siempre presente tema del paso del tiempo. Leyó Bonilla un fragmento maravilloso de “Cuidados paliativos” que podría ser un gran poema en forma dialogada. Y se definió, ante una pregunta de cariz filosófico, diciendo: “yo sólo soy un poeta.” Sí, un poeta que a veces escribe con la forma del verso y, a veces, como en Una manada de ñus, utiliza la prosa. Ya hablaremos del libro más detenidamente. De momento, sólo decir que ayer pasamos un rato magnífico con la excusa de hablar de un libro fantástico.


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