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Guardar la casa y cerrar la boca, de Clara Janés

MUJER Y LITERATURA

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Guardar la casa y cerrar la boca
Clara Janés
Siruela
ISBN: 978-84-16280-51-3
185 pág.
Madrid, 2005
16,95 euros

La obra de Clara Janés es difícil de abarcar. Podemos hablar de narrativa breve, de ensayo, de diversas maneras de ensayo, y. claro, especialmente de poesía.  Pero todos sus libros tienen algo en común y en parte contradictorio: la reflexión, próxima al misticismo, y el estar en el mundo. Podíamos pensar, aunque sería simplificar mucho las cosas, que su lado más reflexivo se da en la poesía, mientras que la mujer combativa está más en la prosa.
En este nuevo libro, se encuentran las dos caras: la poesía y la prosa. No parece que en principio se trate de poesía, sino más bien de literatura. Aunque la mayoría de las autoras citadas son poetas, eso es simplemente porque el objeto de estudio se centra en tiempos y lugares en los que la prosa aún no se consideraba una muestra de quehacer literario. Pero, ¿cuál es el objeto de estudio de este libro? En el título se adivina con claridad que es la mujer y, muy pronto, vemos que se va a centrar en hacer referencia a mujeres que han sido escritoras, o literatas, incluso tratándose de literatura oral a lo largo de toda la Historia y las distintas culturas. El título se refiere a una cita de Fray Luis de León que bien podría haber sido de miles de escritores (hombres) a lo largo de los tiempos, muy probablemente de la mayoría de ellos. También de muchas mujeres, pero no de todas. Porque lo que viene a tratar de mostrar Clara Janés es que siempre ha habido un mundo subterráneo, o no, de mujeres que han tenido algún poder en la Literatura y en la Historia. Todo parte de una frase de Rosa Chacel, sobre El segundo sexo de Simone de Beauvoir, en la que cuestiona que lo femenino sea lo Otro. Se pregunta en base a qué es lo femenino lo Otro. La cita de Fray Luis es: “Porque así como la naturaleza (…) hizo a las mujeres para que, encerradas, guardasen la casa, así las obligó a que cerrasen la boca.” Desde luego es poco afortunada, y ni siquiera se le puede decir que es producto de su tiempo; sí de su ideología. Está claro que el cristianismo ha sido el gran cómplice del estado, en occidente, para mantener a las mujeres en “su sitio”.
Es interesante  comentar la cita, ya que adjudica el hecho a la naturaleza. Creo que una de las motivaciones de Clara Janés es mostrar que, en modo alguno, ese lugar en el que ha quedado relegada la mujer  sea producto de su naturaleza, sino de una maquinaria ideológica que la ha apartado de la educación y de la cultura y, por tanto, del poder. La idea de “guardar la casa”, tampoco es correcta, al menos en el sentido que le damos hoy día a “guardar”. No, quien guarda la casa y a quienes la habitan es el hombre, en las figuras de marido, padre, hermano o cualquier otro familiar varón. La mujer lo que ha tenido en muchas épocas es el valor de “lo que hay que guardar”: la mujer y la hija principalmente. De hecho todavía es así hoy en casi todo el mundo. Por encima, incluso, de la vida de la mujer, está su castidad o su inaccesibilidad sexual, que es motivo, aún hoy, insisto, de mayores castigos que el asesinato. Yo, de haber sido Fray Luis, habría escrito algo como limpiar o lustrar la casa. Verbos como guardar o cuidar han sido y son aún más actividades propias del hombre.
El libro se ocupa más de la segunda idea del título: ese “cerrar la boca” da plenamente en el clavo. Las mujeres han tenido que cerrar la boca, si no por ley, sí por costumbre o miedo al rechazo, durante casi toda la Historia y, por ende, en la Historia de la Literatura. Lo que nos ofrece Clara Janés en este libro son los momentos en que no lo ha hecho, tratando de indagar en por qué no lo han hecho y sus consecuencias al no hacerlo. “Cerrar la boca” en el sentido literal, de no mostrar sus opiniones y, más aún, en el de no escribir o hacer literatura.
Si repasamos el canon de autores de todos los tiempos y países, nos encontramos con que no hay mujeres hasta, prácticamente el siglo XIX y el XX. Y tampoco son los nombres que más abundan en las enumeraciones habituales. ¿Por qué no está Safo, en la poesía griega indiscutiblemente? ¿Y Murasaki Shikibu o Shei Shonagon, en la japonesa? ¿Y Ling Quingzhao, en la china? Bueno, lo cierto es que estos nombres están, pero no con la rotundidad que otros autores hombres.
Yo no sabía que el primer autor del que teníamos noticia era la sacerdotisa acadia Enheduanna y, desde luego, no había leído nada suyo. Hablamos de más de 3000 años adC., pero se descubrió en 1926. Una fecha cercana a la del descubrimiento de los primeros estudios de poesía hispano-árabe, que no solo fueron los primeros textos escritos en una lengua próxima al castellano, sino que estaban muy por encima en interés y modernidad, de todo lo que se escribió durante varios siglos después.

A lo largo de los capítulos del libro se van comentando y citando textos escritos por mujeres que no cerraron la boca ni aun a costa de sus vidas. Y se van comentando causas que permitieron que ellas se decidieran a escribir. Los nombres son muchos, e interesantísimos, pero cierto es que pocos en relación con el de escritores hombres. Las razones no tienen nada que ver con la naturaleza de las mujeres, al menos no en primera instancia, sino con ese papel que el poder se ha ido encargando de darles a estas. Es necesario replantearse el canon y, especialmente, no renegar de lo personal que pueda tener la escritura de cada uno.

Lo que en el siglo XIX ocurrió en algunos países, una llegada, más o menos, libre de la mujer a la escritura, ocurrió en España a partir del primer tercio de siglo. Las obras de algunos historiadores de la tradición hispano-árabe y la de algunos poetas de la generación del 27, han sido el germen de la literatura que se viene haciendo en nuestro país desde mediados de siglo. Y, ¿quién lo duda?, aunque muy poco ha cambiado realmente en sus vidas, la literatura escrita por mujeres mira de tú a tú a la masculina.

El final del libro, lo dedica Clara Janés, a los países árabes en la actualidad y viene a decir que están pasando por situaciones parecidas a las que hemos vivido en muchas otras zonas del mundo, en otras épocas. Habría mucho que hablar sobre este y todos los demás apartados de Guardar la casa y cerrar la boca, de Clara Janés (Siruela, 2015). Pero es cierto que el libro es necesario, ayuda a aclarar dudas y a plantearse otras y da a conocer fragmentos, una breve pero maravillosa antología, de la literatura hecha por mujeres a lo largo de todos los tiempos. En definitiva, un libro necesario.

Cincuenta poemas, de José Luis Piquero

TODA UNA VIDA

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Cincuenta poemas
Antología personal (1989-2014)

José Luis Piquero
La isla de Siltolá
ISBN: 978-84-16210-04-6
142 páginas
Sevilla, 2014
16 euros

En la breve “Nota preliminar”, escribe José Luis Piquero que “La poesía no son los versos sino la mirada, la sensación y el hallazgo”. Habría mucho que debatir al respecto, pero lo cierto es que la poesía, necesariamente, sí son los versos y los poemas. Yo diría que incluso algo más: los libros. José Luis Piquero ha publicado, hasta el momento,  cuatro libros: Las ruinas (Versus, 1989), El buen discípulo (Deva, 1992), Monstruos perfectos (Renacimiento, 1997) y El fin de semana perdido (DVD, 2009), y a ellos se sumaba la casi obra completa, Autopsia (DVD, 2004). Dado que estos libros son prácticamente inencontrables y teniendo en cuenta también la desaparición de DVD, se podía decir que se trataba de un poeta sin obra disponible en las librerías. Por eso, creo necesaria esta antología personal, Cincuenta poemas, en la que recoge, además de los poemas que ha considerado “una muestra realmente significativa de mi breve producción”, algunos poemas inéditos hasta la fecha. Creo, por estas razones, que el tópico de la “antología necesaria” deja aquí de serlo para convertirse en realidad incontestable.

Aun tratándose de una antología y reconociendo que hay ilustres precedentes, el título me parece un subtítulo subido de rango. Es cierto que es explícito, descriptivo y que se trata de eso, de cincuenta poemas, y que la intención del autor ha sido producir el efecto conseguido, ofrecer un libro en el que los lectores puedan disponer de una buena muestra, algo menos de la mitad, de su obra poética, pero creo que hubiera sido interesante aportar algo más que el recuento del número de poemas escogidos. Cincuenta es un número redondo, el siguiente número con tanta fuerza hubiese sido el cien y cien de ciento catorce poemas que José Luis Piquero dice haber escrito, y reconocer suyos, hubiera sido demasiado. Son veinticinco años y cincuenta poemas: dos por año, aunque, claro, no se corresponden. La muestra recoge más poemas de Monstruos perfectos, libro en el que “empiezo a atisbar una caligrafía propia” y El fin de semana perdido “en el que con mayor frecuencia, el tono realista se quiebra para indagar en las zonas más oscuras de la realidad y el lenguaje”, que de los libros anteriores. Estoy de acuerdo a grandes rasgos con esta valoración, ya que si valoro tanto esta antología es, especialmente, por los poemas de estos dos libros citados.

Las ruinas se editó en 1989, en la colección Versus, que dirigía un también jovencísimo José Manuel Cuesta Abad, y editaba el Ayuntamiento de Mieres. José Luis Piquero contaba entonces con veintidós años y era ya un asiduo de la tertulia Oliver, que dirigía y aún dirige, en Oviedo, José Luis García Martín. Este “ambiente poético” favorable ha sido decisivo en la formación de muchos poetas asturianos y de los alrededores, también en Piquero, que reconoce lo que le debe al grupo y especialmente a García Martín.  De hecho, la primera parte de Las ruinas se titula: “Charlas de café. (Introducción a una épica de la literatura)”. De este libro recoge seis poemas. Yo me quedo con los dos que inician la saga de la memoria personal reciente: “Días de 1985” y, muy especialmente, “Días de 1986 y 1987”, en los que ya destaca ese orgullo doloroso de sentirse al margen de “la acobardada mayoría” porque ya se sabe que el amor no es sino el deseo revestido de trueque entre amigos para tratar de burlar a la soledad. Lo cierto es que Las ruinas tuvo muy buenos y diversos lectores, que supieron ver en este joven asturiano una mirada diferente que no tardaría en proporcionar momentos más destacables.

Y así fue ya en El buen discípulo, que editó Deva, la colección del Ateneo Obrero de Gijón, en 1992. Este sí es un libro destacado con, al menos, tantos momentos importantes como poemas recoge en la antología, seis. El tono epistolar que se ve en “Carta para escribir o recibir cualquier día” y el estilo narrativo de “En la rotativa” se reconocen en los últimos y, a mi modo de ver, mejores poemas de todo el libro. Hay, también, una serie de poemas, relativamente cortos, que son redondos, perfectas obras de ingeniería, a lo largo de su obra. Yo diría que son los que tienen más éxito, quizás por el acabado y por la unión entre forma y fondo, también por su brevedad y porque tienen una anécdota que culmina prácticamente en los versos finales. Ofrecen una mirada sorprendente pero amable y no requieren más que un poco de atención y mentalidad abierta. Es el caso de “Romeo en el internado”, uno de sus poemas celebrados. En estos casos, Piquero es un maestro. Dirige todas las miradas sobre él, sobre su biografía, y mantiene con precisión alerta al lector, o al asistente a un recital, que comprende todo lo que el autor ha querido contar. Pero yo prefiero el tono que ya comienza a sentirse atormentado de “El buen discípulo”, que necesariamente enlaza con esa voz o “caligrafía propia” que el autor comienza a reconocer ya en su siguiente libro.

El tema de la poesía de Piquero es la complejidad de las relaciones humanas. Él ha comentado que apenas tiene poemas sobre la infancia o sobre su familia y sí tiene algunos sobre la adolescencia, como el ya citado “Romeo en el internado” o “Apunte biográfico”. Pero son poemas en los que ya se configura el joven que va a ser y el joven-adulto que es: con sus relaciones con amigos, con mujeres y hombres, con amantes o maestros, con el mundo en general. Este es el mundo del poeta. Siempre lo va a hacer, aunque más a partir de Monstruos perfectos, desde el papel reivindicado para sí mismo de malo de la historia. Como no siempre es posible o no siempre suena verosímil, asume las máscaras que le aporta la ficción o la historia de la literatura. Ya lo iremos viendo. A todos ellos hará referencia el título del nuevo libro, que publicaría en Renacimiento, tras la acogida favorable que tuvo el segundo libro entre otros en el propio Abelardo Linares. Monstruos perfectos se publicó en 1997, al fin en una editorial de repercusión nacional, y con el que fue finalista del Premio Nacional de la Crítica.

De él se recogen catorce poemas. A mí, personalmente el primer gran poema de este grupo me parece “Malo”, donde ya ofrece un dominio de lo coloquial engarzado en el verso y un alejamiento voluntario de la sintaxis que evoca al lenguaje oral: interrogaciones que no se cierran, paréntesis, digresiones… aparentes desviaciones que, sin embargo, forman un poema breve y redondo que no está entre los que he citado en el fragmento anterior por el tema: las distintas etapas y visiones de la maldad. Un monólogo con interrupciones del subconsciente del poeta: la prehistoria, casi la justificación del monstruo. Pero el tipo de poema que hace de Piquero el poeta que es, se encuentra en “Elogio del pez-luna”, un poema cargado de dolor que dedica a su gran amigo y poeta Pelayo Fueyo. Lo biográfico está siempre presente en sus poemas, pero en los tres primeros libros lo hace de una manera absoluta. En más de una ocasión ha dicho que en sus poemas todo es verdad, una verdad más o menos tratada. Pero estos tres primeros libros son una biografía fragmentada, donde se oculta poco. El poeta sabe que parte de su compromiso, con la poesía, con el lector, es exponerse a su mirada. Y aparecen las máscaras: Caín, Judas y Don Juan, que aparecen en los poemas seleccionados. Máscaras que el poeta usa para fingir que es cierto lo que realmente ha vivido. “Palabras de Caín adolescente”, “Lo que Judas dijo esa noche” y “Don Juan en el jardín” son poemas del mejor Piquero, del que se va a presentar con más armas y cargado de recursos y matices en el cuarto libro. Dos poemas también muy especiales son “Días de 1988 y 1989”, donde retoma el recuento de los años de formación y donde la figura de García Martín parece obvia, y el que durante años ha sido mi favorito: “Iván y Arancha en Praga”, un poema de esos redondos y acabados, que levanta al lector de su asiento. La figura del poeta como ese ser solitario que ve cómo los demás viven a su lado, y cómo se va llenando la vida artificial de instantes que uno no ha vivido pero ha visto. Un poema de amor a la ciudad que más ama y más echa de menos. Supongo que cada lector es en sí mismo una posible antología. En la que yo escogiera no faltarían poemas como “Retiro sentimental” o “Defensa de la familia”. Son también de sus más grandes poemas.

Fueron necesarios doce años para que publicara su cuarto libro, El fin de semana perdido, para muchos el mejor libro del poeta, y de los mejores libros del momento. Lo publicó DVD, en 2009. De él encontramos diecisiete poemas y el propio autor reconoce que es en él donde ya ha desarrollado plenamente la voz que él desea sentir como suya. Ya se ha confirmado la ruptura con el mundo, tal y como lo entendía anteriormente, no solo a nivel poético, también diría biográfico, pero es que, claro, en Piquero biografía y poesía van indisociablemente de la mano. El tono es desgarrado, los poemas dolorosos. De nuevo recurre a las máscaras conocidas: Judas o Caín; pero añade otras de igual o mayor intensidad. Jesús, Rimbaud, Lázaro, Wakefield, el golem… y otros que no se citan expresamente pero están ahí. Cuando cita sus influencias, nombra a Cernuda, Cavafis, Gil de Biedma o Eliot, pero yo añadiría a la estirpe gloriosa de poetas norteamericanas: Dickinson, Plath, Sexton, Olds… El lenguaje narrativo y coloquial, ahora está algo más elaborado, pero sin renunciar a la claridad. El verso, roto, suele adoptar la forma de versículo. Monólogos torrenciales. Soledad asumida; versos escritos con sangre, que dan vida a medida que te van acercando a la muerte. Pensamiento elaborado y alternativo que en nada recuerda a cuando expresa sus opiniones en los medios o en las redes sociales. La vida visitada desde fuera de ella, como hace Wakefield, el personaje de Hawthorne cuando visita su casa sin ser visto por los que ahora la habitan. Aquí cada poema es un mundo: “Mensaje a los adolescentes”, Oración de Caín”, “Rimbaud”, Entrevista con el golem”, Talidomida”, “Wakefield” o “Abrigo azul”, la versión habitada del magnífico tema de Leonard Cohen. O esa breve y perfecta maravilla que es “Cuatro”, cuya última estrofa llevan estudiantes de Secundaria en sus carpetas, sin tener demasiado claro qué es lo que realmente dicen.

Yo creo que El fin de semana perdido es su mejor libro hasta la fecha, el más radical, el más importante que he leído en los últimos años escrito por un autor español vivo, pero aun creo que será mejor el que está por venir. Los siete poemas inéditos que concluyen el libro así lo indican. Las influencias ahora están más consolidadas. El divorcio entre lo real y la realidad, entre el mundo exterior, que por otra parte adora, y su vida, está cada vez más presente. La “Carta del cíclope”, “Dummy” y el que está llamado a ser su gran poema: “Quemaduras”, tendrán continuidad en un próximo libro que ya estamos esperando. Mientras tanto, recomiendo encarecidamete la lectura de Cincuenta poemas. Creo que está claro.

Calibán y la bruja, de Silvia Federici

MUJERES Y CAPITALISMO

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Calibán y la bruja.
Mujeres, cuerpo y acumulación originaria.
Silvia Federici

Traducción de Verónica Hendel y Leopoldo Sebastián Touza
Traficantes de sueños
ISBN: 978-84-96453-51-7
4ª edición
Madrid, 2014
368 páginas
25 euros

Hay algunas preguntas que no he dejado de hacerme estos últimos años: ¿quién es el sujeto de la Filosofía? ¿Y el objeto? Se supone que cuando decimos que la Filosofía estudia al hombre, utilizamos este objeto en el sentido del ser humano, de los hombres y las mujeres. Pero ocurre que desde hace varios siglos, algunos de los más grandes y decisivos pensadores, Descartes, Hobbes, pero también Freud, Marx e incluso, de otra manera, Foucault, no parecen que tengan demasiado en cuenta que algo más de la mitad de la población humana sean mujeres. Desde luego, si lo hacen es pensando que estas mujeres no han aportado nada extraordinario al pensamiento. También ocurría algo así con la Historia y, prácticamente, todas las disciplinas humanísticas. Había –hay- un vacío extremo en todo aquello que se refiere a las circunstancias específicas que ha supuesto ser mujer a lo largo de la Historia. Y cuando no ha sido así, casi siempre lo ha sido desde una perspectiva que si no se puede calificar directamente de misógina, sí desde luego de abierta confrontación o de justificación frente a ellas. ¿Siempre ha sido así? Desde luego el idioma no ayuda. La característica del femenino como género marcado ha puesto difíciles las cosas a quienes han pretendido en algún momento ser algo más exhaustivos. Pero es sorprendente que en disciplinas como la Filosofía, que siempre han cuidado con tanto rigor sus términos y definiciones, esto suponga un problema. Siempre tuve la sensación de que se trataba, más bien, de ignorar al sexo femenino. En el caso de la Historia la cuestión es aun más grave, por lo que lleva en sí mismo de repaso del pasado y justificación del presente. La única Historia que conozco es la Historia de los hombres. Las mujeres solo han existido en casos muy concretos y aislados, y no siempre sacando a relucir las mejores realizaciones. ¿Hubo mujeres escritoras? En este tema el vacío, en cuanto al canon de prácticamente todas las Historias de la Literatura que conozco es desolador. ¿Responde esto a una realidad o a un ocultamiento? ¿De ser cierto este ocultamiento, es deliberado o fruto de la ignorancia? Hace un año apareció un libro de la poeta canadiense Anne Carson, Decreación, que pasó sin pena ni gloria en los medios, especializados o no, en el que, entre otros temas, se trataba del pensamiento de tres escritoras: Safo, Simone Weil y Marguerite Porete. No es que yo sea un gran experto en nada, pero era la primera vez que leía algo sobre esta última: murió en la hoguera en 1310, por no querer renunciar a sus opiniones sobre el amos, que expresa en su libro, El espejo de las almas simples, que, por cierto, fue publicado entonces con el nombre de un autor varón.

Otro aspecto de este mundo que siempre me ha parecido, cuanto menos, inquietante, es que casi todos los tabúes de nuestro tiempo estén relacionados con un tema: el sexo. Alguien pensará que no es así, que el mundo está inundado de sexo. Pero no es cierto, lo que hay en todas partes es el sexo normalizado. La gran mayoría de las personas que hemos habitado este planeta sabemos lo que tenemos que desear en el sexo, cómo tenemos que desearlo y hacerlo, e incluso con quién. En La voluntad del saber, el primer volumen de la Historia de la Sexualidad, de Michel Foucault, este se pregunta por qué el sexo no es más que una actividad que hagamos con nuestros cuerpos y pasa a ser algo que nos define, quizás lo primero y más importante que nos define. Y lo hace en los términos con los que comienza este libro:

“Durante mucho tiempo habríamos soportado, y padeceríamos aún hoy, un régimen victoriano. Una inmensa gazmoñería figura en el blasón de nuestra sexualidad contenida, muda, hipócrita.”

¿Cómo se ha llegado a ese régimen victoriano? ¿Se puede insinuar siquiera que es algo natural o, más bien, que ha sido un conjunto de estrategias las que nos han llevado a este punto?

Y, finalmente, me preguntaba por algunas de las características de este régimen victoriano que apunta Foucault. ¿Cómo se ha llegado a asumir como si fuera algo natural que la mujer tiene que cumplir una serie de requisitos para ser bien considerada en la vida: callada, cuidando de la familia desde su trabajo abnegado en la casa, sin expresar ideas ni opiniones y, en todo caso, que estas no sean diferentes de las del marido, buena madre, siempre dispuesta a tener más hijos y a satisfacer en todo momento los deseos del hombre de la casa, sea este el padre, el marido o los hijos cuando crezcan? ¿Cómo han llegado las mujeres a conformarse con este papel en sus vidas que, efectivamente, las deja en los márgenes de la Historia? ¿Cómo han llegado, incluso, los hombres a asumirlo y a valorar esos valores citados por encima de los que valoran en otros hombres? Son muchas preguntas sin respuesta a lo largo de los años, y la cuestión es que uno comienza a sentirse raro, al margen, anormal. Si un hombre no se casa con una mujer y no tiene hijos, es menos persona; si una mujer no se casa con un hombre y tiene hijos, no es nada. Uno siempre terminaba escuchando o leyendo que es así porque es lo natural, pero siempre he sabido que eso no es posible. Sí es cierto que siempre ha habido enormes aparatos ideológicos que han apoyado esas ideas: la religión, la cultura, las leyes… Todavía es así o, mejor dicho: ahora es mucho más así de lo que ha sido siempre. ¿Pero por qué?

Comprenderán ustedes que cuando cayó en mis manos este libro, Calibán y la bruja, de la italiana Silvia Federici (Traficantes de sueños, 2010) y fui desentrañando todas sus propuestas fue como si se encendiera una luz. Para que me entiendan diré que la tesis principal de este brillante ensayo histórico es que entre los siglos XVI y XVIII se llevó a cabo una reestructuración de todo el orden social sin precedentes en la Historia de la humanidad. El paso del sistema feudal al capitalista no podía llevarse a cabo con las reglas de juego que se aplicaban entonces. Aquí no hay demasiadas novedades: muchos historiadores, economistas y filósofos, también sociólogos habían investigado estos aspectos. Hay dos ejemplos que son básicos en esto: Marx y, más recientemente, Wallerstein, en su monumental El moderno sistema mundial. Marx ya escribió que el papel de la mujer en el capitalismo era el de encargarse de la reproducción de la mano de obra. Silvia Federici está de acuerdo en esto, lo que le parece falso es que esta sea su aportación natural, como parece dar por sentado Marx. ¿Cuál es, pues, la aportación de Federici al estado de esta cuestión? Básicamente que se llegó a la situación actual, a ese régimen victoriano citado por Foucault, por medio de una carga sin precedentes de violencia sobre la población, en Europa y en las colonias, y, dentro de la población, esta violencia fue especialmente ejercida contra las mujeres de muy diversas formas: la negación del salario y, para eliminar cualquier resto de poder en las mujeres, la caza de brujas. Pero veamos por partes:

En el primer capítulo, “El mundo entero necesita una sacudida” se analiza la situación social y económica en la Baja Edad Media y la crisis del sistema feudal. Lejos de lo que se piensa, en el final de la Edad Media se alcanzó un nivel de vida discreto por parte de los siervos o antiguos siervos. Los movimientos sociales, algunos considerados como herejías, abundaban, los gremios de trabajadores se organizaban e iban alcanzando mejoras que les permitían vivir con cierta dignidad. Eran propietarios o copropietarios de una importante porción de las tierras que trabajaban. Las continuas rebeliones se sucedían, aunque eran reprimidas con dureza. Y las mujeres tenían un importante papel en sus vidas, casadas o no. Todo esto empezó a desmoronarse con la introducción del sistema monetario y la llegada de barcos cargados de oro y plata de las colonias, que provocó la acumulación de tierras y medios en unas pocas manos. Es curioso, porque esto puede resultarnos muy familiar. Actualmente asistimos a un proceso parecido: la globalización. En la introducción, Silvia Federici cuenta que fue la observación de la introducción de medidas del FMI y la ONU en Nigeria, donde residió varios años en los ochenta, lo que le llevó a comprender que algo parecido tendría que haber pasado cuando los antiguos siervos perdían sus tierras a manos de los antiguos señores y los burgueses, con la bendición de la Iglesia.

Sobre cómo se llevó a cabo este proceso de acumulación de tierras trata el segundo capítulo del libro. Cómo el trabajador pasa a depender exclusivamente de su salario y la mujer es apartada de ese salario y conminada a permanecer en casa como una máquina de reproducción. Uno de los principales hallazgos de esta clase de ricos es que la riqueza de un país se mide por el número de trabajadores de los que dispone. Trabajadores y consumidores, claro. Esto es algo de lo que se podrían citar múltiples ejemplos hoy día. Se deja de contratar a mujeres, que pasan a depender del salario de los hombres de la casa. Este proceso no es tan fácil, claro. Para llevarlo a cabo hay que hacer una enorme campaña de desprestigio de la mujer, a la que ya solo le quedan los trabajos de sirvienta, de parteras, el trabajo sin salario de cuidar de su propia casa y familia y el estigma de la prostitución. Mención aparte merecen las dos fases de la colonización del llamado Nuevo Mundo, América: el exterminio del 95% de la población indígena y la repoblación con esclavos, convictos y soldados. Todo esto, como todo el libro, está muy bien documentado.

El tercer capítulo: “El gran Calibán. La lucha contra el cuerpo robado.” es el más breve pero muy intenso. Un estudio de la construcción de la carga ideológica que derrumbaría la imagen del cuerpo que había en épocas anteriores. Las aportaciones de Descartes, Hobbes y Bacon apuntan todas en la misma dirección. El cuerpo es la parte animal del hombre, que solo es hombre por la influencia de la razón. Rebeldía ante la razón es dominio del cuerpo y eso hay que evitarlo. Detrás de todas las leyes que impedirán todo lo que en adelante se va a considerar anormal, fuera de la norma, está la obra de estos y otros pensadores de la época. ¿Y quién es la portadora de todos los males del cuerpo? La mujer. Por eso hay que apartarla en todo lo posible de la vida social, cultural y política. Hay que derrumbar sus pequeñas parcelas de poder, que ya están seriamente dañadas con la exclusión de estas del salario monetario. ¿Cuáles son estas parcelas? Pues las obvias: un cierto poder de decisión sobre su cuerpo, tanto en el sexo como a la hora de decidir si quieren o no tener hijos, y algunas actividades, como ser curanderas y tener un pequeño huerto con plantas medicinales que se van transmitiendo de madres a hijas. Hay que acabar con todo esto.

El cuarto capítulo: “La gran caza de brujas en Europa” es el argumento más fuerte que el capitalismo y sus secuaces urden para acabar con estas parcelas de poder e incluso dignidad de las mujeres. La bruja se supone que es una especie de esclava de Satán, que participa en aquelarres, orgías, comidas excesivas, que tenían poder de magia, que mataban niños y acababan con la virilidad del marido, que manifestaban sus opiniones y que tenían eso, opinión propia. Es cierto, la mayoría de estas opiniones son infantiles y estúpidas y nos dejan estupefactos, pero en otro contexto tenemos que pensar que durante tres siglos se torturó, violó, desgarró y quemó a cientos de miles de mujeres en Europa y que a esto asistían obligatoriamente las mujeres que no fueron acusadas. Supongo que esto persuade a cualquiera de qué es lo que más les conviene: quedarse en casa y no molestar a los hombres, tener hijos, no tener opiniones, no tener relaciones con otras personas más que las permitidas y, sin casi, obligatorias. Desde el siglo XVI al siglo XVIII, durante tres siglos, todas las mujeres asistían a estos crímenes con la aquiescencia de sus maridos y padres. Habría que saber si por convencimiento o conveniencia. Y todo esto fue moldeando la forma de comportarse de la sociedad, especialmente de su lado que había quedado más débil, las mujeres.

Silvia Federici abre puertas a nuevas hipótesis o las investiga y demuestra. Es sorprendente que el papel de las cazas de brujas en la formación del imaginario colectivo no haya sido suficientemente estudiado hasta ella. Es más que sorprendente que un filósofo esencial y que abre puertas en este campo, también lo es Marx, claro, también Freud, como es Michel Foucault no haga referencia a estos crímenes sistemáticos. Él habla de la pastoral teológica y de la confesión como causas de este cambio paulatino en la forma de usar el cuerpo, nuestros cuerpos. Probablemente tenga razón, la tiene, pero no es solo eso, ni mucho menos. Silvia Federici nos abre puertas y añade luz donde antes no había sino oscuridad e interrogantes sin respuesta.

La edición de Calibán y la bruja, del colectivo editorial Traficantes de sueños es magnífica, con un aparato crítico a cargo de la misma autora que, en ocasiones, es tan exhaustivo como el texto y un índice bibliográfico con ediciones en castellano cuando las hay también muy completo. Algo más: la aportación iconográfica con reproducciones de grabados de la época que, siempre, son cuanto menos interesantes de conocer. No es así tan sorprendente que este libro sea un éxito tanto en ventas como en descargas, de la propia editorial. No sé si decir que ¡enhorabuena! o simplemente: ¡gracias! Quizás valgan las dos opciones. Calibán y la bruja, un libro importante para conocer por qué somos como somos.

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Jamás pensé que llegaría.

Presentación en Sevilla de “Cincuenta poemas”, de José Luis Piquero

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dsc_00291(Foto que aparece en el libro Simulacro, de Pedro Luis Caballero)

Decreación, de Anne Carson

DESAPARECER EN LA ESCRITURA

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Decreación. Poesía, ensayos, ópera.
Anne Carson
Edición bilingüe
Traducción de Jeannette L. Clariond
Vaso Roto
ISBN: 978-84-15168-43-0
359 páginas
Madrid, 2014

En La escuela de Wallace Stevens, Harold Bloom repasa la poesía norteamericana contemporánea. Incluye poemas de los autores representados y un breve ensayo sobre estos. El tono es todo lo objetivo y científico que permite el análisis de un objeto aún vivo o reciente, por eso me sorprendió encontrar al crítico rendido con Anne Carson:

“como soy veinte años mayor que ella, me entristece pensar que me iré de este mundo sin llevarme conmigo la obra de toda una vida de esta singular poeta.”

En España ya se habían publicado dos libros suyos, que tendrían que bastar para centrar las miradas de los conocedores de la poesía y del pensamiento. La belleza del marido (Lumen, 2003), traducido por Ana Becciu, es un tratado de las emociones y las relaciones humanas en la segunda mitad del siglo XX, que va de lo particular a lo universal, contando la ruptura de un matrimonio que nació roto. En Decreación hay un poema que trata de esto:

“Así
que
empezamos.
Yo no la conocía ella
no me conocía.
¿No se supone que es eso el matrimonio?
Recuerdo las rosas y los cisnes
y cómo nosotros
más bien con torpeza
nos unimos
y luego nos separamos.
Yo le daría a eso un 6 sobre 10 dijo
mi
esposa
Afrodita
la
de corazón tierno.
Supongo que exagero
cuando digo
“empezamos”.”

Hombres en sus horas libres (Pre-textos, 2007), traducido por Jordi Doce, es uno de esos libros que no he podido soltar desde que cayó en mis manos. Una ventana viva abierta a la historia, no solo de la literatura: una mirada al tiempo, al pasado, presente y futuro de nuestra civilización a través de hechos que han marcado a la autora y sus relaciones con sus seres más cercanos. Aquí es ya difícil determinar el género de los textos. Ensayos y narraciones, versos o prosas: poesía. Habría que reconsiderar los géneros tradicionales.

Siete años después, un nuevo libro de Anne Carson. Se trata de este Decreación. Poesía, ensayos, ópera. Hay poesía, ensayos y un libreto de ópera con algunos de los mejores poemas del libro, Está editado por Vaso Roto y traducido por Jeannette L. Clariond. Los textos en verso están también en inglés. Todo está relacionado, claro. La traductora es también la responsable de la existencia del libro de Bloom, La escuela de Wallace Stevens, además de su traductora. Clariond escribe:

“Traducir a Anne Carson es siempre una delicia, un goce cuyo punto final se desconoce.”

Diría más: no hay punto final, no al menos en la traducción, sino en cada una de las lecturas de las que se desprende ese goce compartido, que hace que el lector se sienta algo más que espectador de lo que le sucede al sujeto, convirtiéndose en sujeto mismo del texto. Cada traducción es reflejo del original y obra nueva. En poesía, este axioma se multiplica. No es fácil traducir a Carson, poeta y filóloga. Mantener el carácter polisémico y evocador de cada texto y buscar el sentido preciso de cada reflexión es un esfuerzo reseñable de la traductora que en contadas ocasiones ha recurrido a la nota al pie de página. La intertextualidad omnipresente en toda la obra de Carson se multiplica aquí. Desde fragmentos de Safo, hasta referencias del siglo XX, están dispersas por el libro. En la nota biográfica leemos:

“Anne Carson / Nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo.”

Una nota escueta pero significativa. Sorprende su interés por quedarse al margen. No hay pistas para entregarnos a la lectura de los textos que, en su mayor parte, se refieren a sujetos diferentes de ella misma. Bloom citaba estas palabras de la autora:

“Hay demasiado de mí en mi escritura.”

Para preguntarse a continuación:

“No sé qué hacer con esto. ¿Es posible imaginar a Emily Brontë, Emily Dickinson y a Gertrude Stein diciendo: “Hay demasiado de mí en mi escritura”?”

Las referencias no son gratuitas. Bloom la sitúa a la altura de ellas. Carson quiere mantenerse al margen de sus libros que, sin embargo, no son sino fragmentos de ella misma. Pero ese deseo es imposible y contradictorio. La belleza del marido es el ejemplo más claro. Cuenta su vida –sus razones- y lo cuenta todo. Hombres en sus horas libres es semejante. Cada uno de estos libros es ella misma. Decreación da respuesta a estas dudas citando a Simone Weil:

“En la operación de escribir, la mano que sostiene la pluma y el cuerpo y el alma unidos a ella son cosas infinitamente pequeñas en el orden de la nada.”

¿Qué es la decreación? El concepto es acuñado por Simone Weil en su última etapa.

“Participamos en la creación del mundo decreándonos a nosotros mismos.”

La aparente paradoja es coherente con lo que sabemos de ella. Al final de su vida decide desaparecer. Y lo hace como mejor sabe: escribiendo. Una parte de su obra es póstuma. Pretendía incluso que pasara a ser publicada como obra de otro. Eligió el destino que durante siglos tuvo la obra de muchas mujeres: ser publicada bajo un nombre masculino. En algunos poemas de La belleza del marido, leemos que era habitual que Carson encontrara textos suyos como si fueran de su marido. En su intento de desaparecer, Weil fue más allá. Eludió la vida permaneciendo en Estados Unidos o Inglaterra durante la guerra y fue a Francia en condiciones paupérrimas. De hecho, decidió dejar de amar y de comer, las dos actividades que consideraba opuestas a su decisión de no ser. ¿Por qué seguir escribiendo entonces? Para ir sacando fuera de sí lo que permanecía en su alma.

En el ensayo que da título al libro aparecen otras dos mujeres: Safo y Marguerite Porete, que hicieron acciones semejantes, con el mismo fin: desaparecer. Safo es, en lo posible, conocida. Carson la conoce bien, ha traducido sus poemas al inglés. Porete es francesa y murió en la hoguera, en 1310, tras un proceso inquisitorial por haber escrito El espejo de las almas simples. Es un libro en el que también aboga por renunciar a todo lo real para dejar su sitio a Dios. Todo lo que nos cuenta Carson de ellas es apasionante. ¿Pero por qué escoge a estas mujeres y no a otras? ¿Por qué no las ya citadas, Emily Brontë y Emily Dickinson, que también eligieron desaparecer? De ellas ya escribió en otros libros, pero también lo había hecho sobre Safo, a la que incluye. La clave que encuentro, la reivindicación del sexo, está en estos versos de La belleza del marido:

“Leal a nada
mi marido. Entonces, ¿por qué lo amé desde mi juventud hasta la madurez
y la sentencia de divorcio llegó por correo?
La belleza. No es ningún secreto. No me avergüenza decir que lo amé por su belleza.
Como volvería a amarlo
si lo tuviera cerca. La belleza convence. Sabes que la belleza hace posible el sexo.
La belleza hace el sexo sexo.
Tú mejor que nadie entiendes esto… calla, pasemos
al orden natural.”

La cita que inicia el libro es reveladora sobre la estructura de este:

“Amo esa suerte de andar poético, a saltos y a brincos.”

A saltos y a brincos, pero manteniendo la unidad. Navegando entre sueños. El primer poema se titula “Cadena de sueños”. La primera parte del libro, “Paradas”, es una serie de poemas en los que aparece su madre, mayor y enferma. A veces, regresiones al pasado que evocan momentos de la infancia; a veces, se vislumbra el futuro y la muerte. Siempre momentos concretos que evocan una comunicación difícil. El enigma de los sueños es si forman parte del sujeto o si son ajenos a él. Pero hay algo más: lo que queda del sueño.no es lo que realmente soñamos, es el error. Recuerdo cuando Ada Salas escribe sobre un poema de Hombres en sus horas libres. La idea de Salas, y de Carson, es que el error es el origen de la metáfora, del extrañamiento. En el poema “Oda al sueño”, de Decreación, Carson evoca el poema de Elizabeth Bishop “El hombre polilla” (The Man-Moth):

“De hecho”, confiesa en una nota al pie de página, “fue
un error de impresión por mamut.”
Me duele saberlo.
Orificio de salida, dicen.

“Mammoth” por “Man-Moth”. No siempre el error es involuntario; sino inducido, conduce al lector a ese suelo que nunca había pisado o que le resultó inquietante, porque lo percibe como diferente en un universo plano. Esto es lo Sublime, de, lo que trata la segunda parte del libro: “Espuma.” Textos sobre cómo conciben lo Sublime varios autores, que se reflejan en la tercera parte: “Sublimes”, una serie de poemas que alcanzan un primer clímax del libro y recuerdan a los de Hombres en sus horas libres. Aquí el error se produce con el anacronismo. “Pregunta de Kant sobre Monica Vitti” es un ejemplo. Si pensamos en lo Sublime, se nos viene a la cabeza Kant. Ya encontramos ráfagas de decreación y de la importancia del sexo:

“Mi poesía personal es un fracaso.
No quiero ser una persona.
Quiero ser insoportable.
De amante en amante, el verdor del amor.
Fresco, refrescante.

La tierra no engendra una planta semejante.
¿Quién no termina siendo
una impostora?
Bebe todo el sexo que hay.
Aun así, muere.”

Tras estos versos hay una persona y una referencia. La persona: Anne Carson; la referencia: Safo. El libro avanza a saltos y a brincos. Cada poema es una ola que avanza y retrocede, pero no se pierde. Todo converge en un punto: la decreación. El siguiente paso es el conocimiento, los seis poemas de “Gnosticismos” son momentos clave de su vida, sueños, fracasos y encuentros. El sueño es el impulso que despierta la mente que crea no sólo poesía, sino vida:

“…Soñé
con una página de un libro que contenía la palabra pájaro y
anoté pájaro.
El pájaro brega,”

Algunos de los mejores poemas están incluidos en obras amplias, poco habituales en nuestra poesía actual. “Muchas armas. (Un oratorio para cinco voces)” es un ejemplo. Prosa poética, fragmentos arrojadizos, armas contra las armas. El arma más destructiva de la Historia ha sido la palabra. Quien tiene la palabra, tiene el poder. Otro de esos textos es “El guión de E y A”, un diálogo entre Eloísa y Abelardo. Para Eloísa, Abelardo es Dios y le lleva a romper todas las normas de su tiempo: las humanas y las divinas. Hay algo de La belleza del marido en este texto. También ese concepto, la decreación. Eloísa sabe que se autoaniquila con cada paso que da. Abelardo es la palabra, es el poder. ¿Es consciente Eloísa de ello? No lo termina de entender ni confía en él, pero se entrega plenamente. Él le pide: “Quiero que seas nada.” Hay un momento en que ella le dice: “Siempre ganas, Abelardo; no es Dios quien gana, sino tú.”

En la escena 10 (de 11) llega el diálogo final, hay un momento en que él le dice:

“Una persona tiene que aprender a caminar hacia atrás todo el tiempo.”

Caminar hacia atrás es ir hacia la muerte como si uno no hubiera existido y así, llegamos al clímax del libro: “Decreación: De cómo dicen Dios mujeres como Safo, Marguerite Porete y Simone Weil.” Ya he escrito sobre esto. Pero hay algunas trampas. No es un subtítulo correcto. No es el modo de decir Dios, sino de alcanzar la plenitud. Sí, en algún caso Dios da esa plenitud, pero está el contrapeso de Eloísa o Safo o Carson. Más trampas: leemos que el texto tiene tres partes, una para cada una de las mujeres, pero hay una cuarta, una reflexión sobre la plenitud y la escritura. Las tres historias son parte de la misma autora que es la protagonista real del libro. Diría que este libro es la decreación según Anne Carson. “Hay demasiado de mí en mi escritura.” No es falsa modestia. Tras los ensayos, está el libreto de una ópera, con textos, poemas brillantes, que están en boca de las tres mujeres citadas, pero todo lo que dicen es parte del pensamiento y de la experiencia de la autora. Otra cosa es impensable. Anne Carson no puede quedar al margen de sus poemas. Y sí, hay demasiado de ella misma en sus poemas, por eso nos interesa tanto.

(Publicado en el número 61 de El Cuaderno)

Patrick Modiano, Nobel de Literatura 2014

modiano

Jueves, 9 de octubre. A la una y veinticuatro recibo un sms. Estoy trabajando, no lo puedo abrir hasta algo más tarde. Es mi hermano Pepe: “Modiano, premio Nobel.” No vinculo mis gustos ni mis alegrías a los premios, pero este es especial, por eso me lo comunica solo unos minutos después de que se hiciera público. Hace años que Patrick Modiano es una isla en la narrativa contemporánea a la que asistimos con enorme placer e interés los tres hermanos: Pablo, que también me escribirá cuando se entere algo más tarde, Pepe y yo. Tendremos que convertir a Magdalena.  Yo, en particular, soy cada vez más escéptico con las novedades de la narrativa tanto la universal, como la hispana. Hay excepciones, claro, pero son pocas. Y ni siquiera se me pasaba por la cabeza la posibilidad de que premiara a Modiano. No, obviamente, por su calidad, sino porque recientemente le habían dado un Nobel, al menos discutible, a Le Clézio, y ya se sabe que hay una ley no escrita que dice que no se puede repetir autor premiado de una misma lengua y, menos aun, de una misma nacionalidad. La noticia, el mensaje telefónico, me alegran el día.
La anterior reseña que había escrito, la anterior a la de Foucault, es de su última novela, La hierba de las noches (Anagrama, 2014). No diría que es uno de sus grandes libros, pero siempre considerando que cualquier libro  suyo es magnífico.  Ya me había propuesto varias veces releer su obra completa. Es posible que ahora sí lo haga, pero no es que disponga de demasiado tiempo. De todos sus libros, prefiero Calle de las Tiendas Oscuras, en la magnífica traducción de María Teresa Gallego Urrutia para Anagrama, que fue premio Goncourt en 1978. Es curioso cómo el Goncourt sigue siendo un premio que mantiene su prestigio, aunque no todos los años haya libros de altísimo nivel. Supongo que Francia es diferente, claro. Calle de las Tiendas Oscuras es una de las novelas más maravillosas que he tenido y tendré la suerte de leer y su autor está vivo, es francés y acaba de recibir el Nobel. Los recuerdos, que ya se veían en la anterior Villa Triste, y un sujeto que vive dos historias: un presente incompleto y un pasado que se va entreviendo a medida que avanza la trama. La historia tiene que ver con la Francia ocupada y con una sociedad que no siempre actúa de la forma adecuada. De qué forma el presente va llamando al pasado que despierta hasta presentarse en toda su crudeza. Si alguien quiere adentrarse en el universo Modiano, le recomiendo la lectura de Calle de las Tiendas Oscuras.
No es tan fácil de encontrar, pero se reeditará, no cabe duda, El libro de familia, de 1976, otro de sus grandes libros. Una serie de relatos, o fragmentos de relatos, en los que también se presenta otra de sus obsesiones: la familia. El personaje aquí es casi un niño, fácilmente identificable con el personaje habitual de sus novelas y, mucho más, con el propio autor. Casi toda la obra de Modiano funciona como un rompecabezas y el lector disfruta encontrando su sitio para cada pieza. Así ocurre también con los tres relatos de Las desconocidas. Esas mujeres que llegan a la ciudad casi con lo puesto, para alejarse de una sociedad rural que no les atrae y que comienzan a trabajar en lo que pueden. Con el tiempo irán poblando sus novelas posteriores.
Otra de sus novelas principales es Dora Bruder. Aquí la trama guarda relación con las anteriores, en el sentido de que se trata de dos épocas y una de ellas es ese oscuro periodo de la ocupación. El personaje del presente, en lugar de buscar su propio pasado que ha olvidado, como en otras historias, busca a una niña, la Dora Bruder del título en unas circunstancias muy difíciles. Para algunos amigos es su novela preferida de entre las de Modiano. Es posible. Es aterradora y muy desconcertante.
Para enlazar las historias que ha ido contando y contará tenemos Un pedigrí, Modiano en estado puro. Listas y más listas de personajes. Personas a las que quiso y amó, artistas a los que admiró y recuerdos que van creando ese pedigrí personal. Esta novela es de 2007, y un fragmento suyo está en la revista Turia, en el número 84, que dedicaba su Cartapacio al autor francés. En ella escriben algunos de los autores que siempre han hablado y han escrito de Modiano: José Carlos Llop, Juan Pedro Quiñonero, el gran Miguel Sánchez Ostiz, Juan Manuel Bonet y algunos más que han ido dando cuenta de todo lo que ha ido publicando Modiano, uno de los grandes autores para iniciados. Solo echo en falta a José Luna Borge, otro de sus grandes lectores. Es curioso, a partir de Un pedigrí, y más concretamente con su posterior En el café de la juventud perdida, se les ha unido otra generación de lectores, lo que parece no complacer del todo a los más veteranos que, parecían disfrutar con su arcano secreto. Supongo que el Nobel les habrá dejado la sensación agridulce que lo que va a ser ahora mucho más público. No sé realmente si Modiano se presta a ser leído por las masas. Tampoco sé si existen masas en esto de la Literatura. El tiempo dirá.
La citada En el café de la juventud perdida es otra de las grandísimas novelas de Modiano. El personaje de Louki es una de sus grandes creaciones. Una mujer que recuerda a todos los personajes femeninos de sus libros anteriores y que vamos a volver a encontrar en algunas de las siguientes, con otros nombres y distintas circunstancias, pero siempre fascinando a un joven pseudo-Modiano, alter ego del autor, que sabe que haría mejor en no acercarse a ella pero que ni puede ni quiere evitarlo. Es lo mismo que ocurre con nosotros que sabemos que tras cada uno de los libros de Patrick Modiano se esconde un fragmento del siglo XX que nos atrae como un imán encantado.

Reseñas anteriores de libros de Patrick Modiano:

De La hierba de las noches

De Un circo pasa

De El café de la juventud perdida

De Calle de las Tiendas Oscuras

El coraje de la verdad. El gobierno de sí mismo y de los otros, II. De Michel Foucault

EL LEGADO DE FOUCAULT

foucault

El coraje de la verdad. El gobierno de sí y de los otros, II
Michel Foucault
Edición establecida por Frédéric Gros.
Traducción de Horacio Pons.
Akal
ISBN: 978-84-460-3087-4
349 págs.
Madrid, 2014
26 euros

Para todos los que estamos interesados en el pensamiento de Michel Foucault, o en una filosofía que se ocupa de explicar los fundamentos del momento presente, la edición que está llevando a cabo Akal de los trece cursos que impartió el filósofo en el Collège de France, entre 1970 y 1984, es una oportunidad ineludible de entender más y mejor su pensamiento, tanto de un modo global, como siguiendo atentamente los últimos años de la vida del filósofo y sus intereses en cada momento particular. Es cierto que esta interpretación es, a simple vista, contraria a lo que tendría que ser la materia de la que se ocupa la filosofía, pero es inevitable asistir a estos volúmenes atendiendo al momento concreto en que se realizaron, tanto a nivel histórico como fijándose, más particularmente, en la biografía y la bibliografía del autor. Y es que uno de los motivos que hizo tan reconocida la obra de Foucault, y aun la de otros de sus compatriotas coetáneos, pienso en Gilles Deleuze especialmente, fue que atendió sin restar un ápice de rigor y riesgo, a los problemas de su tiempo, lo que le supuso las críticas de buena parte del academicismo de su momento, tanto desde la izquierda, como, obviamente, desde posiciones más conservadoras.

Con este son ya ocho los volúmenes editados de los cursos citados, los que dio Foucault en la cátedra de “Historia de los sistemas de pensamiento”, del Collège de France, los últimos de ellos, a los que se les presupone una continuidad: El gobierno de sí y de los otros, I y II, editados por el también filósofo francés Frédéric Gros. En este caso, todo el párrafo anterior referente a la asociación existente entre biografía y obra en Foucault es especialmente relevante, ya que se trata del último de sus cursos, impartido, por un Foucault ya muy enfermo, entre febrero y marzo de 1984. No olvidemos que falleció en junio de ese mismo año, y que el inicio del curso, previsto para enero, hubo de postergarse hasta el mes siguiente, precisamente por estar atravesando un momento de crisis en su enfermedad. Así pues, y considerando que es difícil que Foucault no fuera consciente de la proximidad de su muerte, tendríamos que decir que este curso: “El coraje de la verdad”,  supuso una suerte de testamento, yo diría que vital y filosófico, de Michel Foucault.

Varias son las razones que explican que Foucault siga siendo hoy, treinta años después de su muerte, uno de los autores más leídos y estudiados tanto por los académicos como por los interesados en cualquier disciplina humanística, pero hay una razón que destaca sobremanera y es, precisamente, la que da título de este libro, ese “coraje de la verdad” que para Foucault es esencial no solo en un filósofo, sino en prácticamente cualquier hombre que realice cualquier oficio, y muy especialmente si este va asociado a las Humanidades o al ejercicio del Poder. Es cierto que para situarse debidamente en este volumen, habría que haber leído antes el anterior, El gobierno de sí y de los otros, I, y todo el estudio introductorio que hace de la parrhesía, la palabra veraz, en el que se embarcó particularmente en los últimos años de su vida, pero también lo es que el Foucault profesor solía introducir cada sesión y cada tema nuevo con un amplio resumen de lo dicho anteriormente sobre ello. El formato curso tenía sus ventajas e inconvenientes. Las ventajas que destacaría son la mayor claridad a la hora de exponer y argumentar sus estudios; la posibilidad de ser interpelado por los asistentes con alguna nota que le llegaba al autor entre una sesión y otra; y, muy especialmente, la posibilidad de que cualquier persona pudiera asistir a sus cursos. Los cursos del Collège de France eran abiertos para cualquier persona, fuera ciudadano francés o no. Era también la época del auge de los magnetófonos que abarrotaban la mesa desde la que impartía Foucault sus lecciones y que han permitido las transcripciones que son el origen de estos textos. Las desventajas que se me ocurren son las propias de la contingencia universitaria diaria. Por ejemplo, alguna vez, aunque ahora no recuerdo si en este curso o en el anterior, tuvo que cambiar el orden de las sesiones porque no podía disponer de una fotocopiadora para imprimir copias que pudieran seguir los alumnos. De todas formas, entre sesiones, Foucault comentaba lo que pensaba exponer con compañeros y leía textos nuevos que le iban llegando y que, en ocasiones, le hacían dar un giro considerable en lo que iba a exponer al día siguiente. La dinámica de trabajo era eso precisamente, un trabajo que partía de unas premisas iniciales y que cobraba vida propia en cada sesión a lo largo del tiempo.

No es difícil pensar, pues, en la oralidad de estos textos escritos, lo que nos lleva a rememorar los primeros tiempos de la filosofía, en los que esta se transmitía oralmente. Es muy pertinente, además, porque en este, su último curso, su legado, como ya hemos aventurado siguiendo al propio Gros, en su breve y muy interesante “Situación del curso”, Foucault nos propone volver a la figura fundacional de Sócrates. Recuerdo, que en una de las entrevistas que se recogen en Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones (Alianza Editorial), alguien le cita a Foucault una frase suya y cómo él le niega haber escrito eso, distinguiendo el valor de un texto recogido en libro o artículo y algo que ha dicho en una conversación. Pero entendemos que el curso está si no a la altura del texto escrito, sí en un punto más cercano a este que una mera conversación, por muy enriquecedora que esta nos pueda resultar.

Tres son los rasgos estructurales de la parrhesía, que ya quedaron fijados en el curso anterior: la verdad, el compromiso y el riesgo. No es difícil imaginar que Foucault quiso que en torno a esos tres elementos, que él había buscado con mucho interés toda su vida, girasen las lecciones de este curso, al que ya hemos calificado de legado. Y lo ejemplifica con dos autores muy relevantes: Heráclito y Sócrates. Ambos permanecieron en el terreno de ese saber veraz con todo el compromiso del que fueron capaces y asumiendo los riesgos que, ya lo sabemos, les llevarían a la muerte. El caso es que Sócrates es el mayor referente posible para todo filósofo y, aunque es cierto que negó haberse implicado nunca en asuntos de política “porque de haberlo hecho, estaría muerto”, esto no deja de ser un recurso que no hay que seguir al pie de la letra, pues aunque no ostentó cargos en Atenas, siempre estuvo implicado en mejorar la vida de sus ciudadanos. No olvidemos, de hecho, que precisamente es condenado a muerte y esto no le hace en ningún momento, pese a la súplica de sus amigos, replantearse su forma de vida. Una vida guiada por el ethos, por el deseo de mejorar y tratar de hacerlo cada día. De alguna manera, Foucault dice en este curso que eso es lo que le ha guiado permanentemente. Hoy día sería imposible una figura como la de Foucault, y mucho menos como la del ya citado en este texto, y amigo suyo personal, Deleuze. No me cabe duda de que ambos estarían en la cárcel, pese al prestigio que atesoran. Lo cierto es que, por otra parte, no podrían haber llegado a acumular ese prestigio, al menos en España, donde algunos de sus mejores pensadores fueron denostados durante la transición por plantear cuestiones incómodas al Poder y donde todavía siguen siendo ninguneados los pensadores o artistas que se sitúan al margen de los mandamientos de la norma. Y si algo define al filósofo, o debería definirlo, es esa dificultad de connivencia con el aparato que marca la norma que hay que seguir, lo que Foucault, y Deleuze y Lacan, definían como el que inventa lo Real. Ya en este curso hay unas sesiones dedicadas a la especial dificultad de encontrar ese “decir veraz” en un sistema democrático, siempre basados en textos clásicos, algunos cuyos autores se desconocen, y otros de los dos grandes, Platón y Aristóteles. Es muy interesante ver cómo este introduce, a partir de los textos de Platón, conceptos relacionados con el materialismo y la dialéctica de la lucha de clases. ¿Es realmente más difícil luchar contra la norma en una democracia y tratar de aconsejar a muchos, que luchar contra las leyes y aconsejar a unos pocos en un régimen totalitario?

En este contexto, en el que estamos, del legado de un pensador que sabe que está próximo a morir, tiene especial relevancia la frase que cita Foucault, del Fedón de Platón, la última que pronunció Sócrates en vida: “Critón, debemos un gallo a Asclepio; ocúpate de ello.” Tradicionalmente se había interpretado que Sócrates, en el último momento, abandona la lucha y se siente feliz ante la presencia cercana de la muerte. No tiene demasiado sentido que un hombre con un pensamiento tan vitalista actúe de una forma tan contradictoria, ni aun ante la muerte. Foucault recoge entonces un texto de Georges Dumézil, publicado en el mismo 1984, en el que contradice la interpretación tradicional y opina que lo que hace que Platón abandone este mundo con cierto agradecimiento es no haber caído en la tentación de mentir o contradecirse para ponerse a salvo huyendo. Pienso que Foucault debió sentir algo así también en los últimos momentos de su vida, por eso este texto le fue tan grato y lo introdujo en este curso, que a la postre iba a resultar tan relevante para él y para sus lectores.

El análisis de otra corriente filosófica de la Antigüedad ocupan casi en exclusiva el resto de las sesiones: los filósofos cínicos. Hoy disponemos de mucha más bibliografía sobre ellos, pero a inicios de 1984 esta era, frente a otros autores o movimientos, mucho más escasa, casi inexistente. Es curioso que cita como novedad muy reciente y que aún no ha leído, aunque tiene referencias positivas y negativas de ella, la Crítica de la razón cínica, de Peter Sloterdijk. Es una más de las consecuencias del curso como algo que se va haciendo sesión a sesión. ¿Por qué escoge a los filósofos cínicos para su último curso? También parece una pregunta que se responde sola: en parte, son un referente de la vida que hay que llevar, por su negativa a asociarse con ningún Poder –el Poder- y a buscar su propio éxito y beneficio en la vida tal y como se veía entonces. Aunque no hay mayor ambición que desear vivir al margen, que desear ser consecuente con su pensamiento hasta el extremo de negarse todo lo material. Tratar de no ceder a las presiones del Poder. Es cierto que Foucault coqueteó con ese Poder, especialmente el político, en algunos momentos de su vida, pero siempre lo hizo suponiendo que podría ser escuchado y decir la verdad. No olvidemos que la Francia de los años cincuenta y sesenta, y aún los setenta y casi ochenta, no se parece en nada al país que hoy se debate entre acercarse a Alemania y a los Estados Unidos, y preservar una tradición cultural que hoy día ya no es más que un producto convenientemente tasado en el mercado. Pero entonces todavía se oían voces que discutían de manera veraz frente al trato, por ejemplo, que se le dio a Andreas Baader y, especialmente, a Ulrike Meinhof en 1972, en Alemania; o que vinieron a protestar a España por las últimas penas capitales de la dictadura de Franco. En todos esos momentos, y en muchos más, se hizo sentir la voz de Michel Foucault, el mismo que había escrito que el hombre estaba muerto, y su manera de entender estos problemas que, ya digo, no fue entendida ni por muchos de sus compañeros de izquierdas ni por sus rivales de la derecha. Ni siquiera Sócrates vivió como un cínico, ni mucho menos,  tampoco lo iba a hacer Foucault, pero ambos eligieron la vida verdadera, la que va a buscar siempre ser consecuente con sus ideas. No es fácil, y menos para los que saben qué es lo que tienen que hacer y nunca lo hacen. El mundo de la cultura, los “intelectuales”, son los que más se alejan habitualmente de todo esto. El filósofo es el que tiene la misión de mostrar al mundo la otra vida, de separar el mundo de las opiniones del de la verdad. Pierre Bourdieu ofrecía su ayuda, como sociólogo, para desenmascarar la mentira instaurada en lo Real. Varias veces trabajaron juntos Foucault y Bourdieu. Los últimos años se separaron Foucault y Deleuze, aunque este nunca perdió su admiración incondicional por Foucault. Este libro, El coraje de la verdad, puede ayudar a comprender por qué algunas de las mentes más valiosas de la segunda mitad del siglo pasado compartieron tanto y trabajaron juntos en un legado conjunto que nunca va a dejar de sorprendernos.

Sobre el amor. “Her”, de Spike Jonze

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No es poco decir que Her es la película que más me ha gustado de las que he visto últimamente. El tema podría ser el amor o la soledad. No creo que nadie que la vaya a ver o que piense leer este texto, desconozca la anécdota que da pie al argumento: en un futuro próximo, un hombre se enamora de un programa de ordenador, para ser más exactos, de un sistema operativo. Dicho así suena a tontería, a ilusiones huecas y virtuales, a sexo o amor virtual. Pero, obviamente, si fuera así, no estaría escribiendo sobre ella, Her es mucho más que eso. Es un hermoso producto audiovisual, una historia conmovedora, a la vez que una profunda reflexión sobre el hombre contemporáneo, sus emociones y sus capacidades para expresarlas y para comprenderse. ¿Es posible el amor en nuestros días?

Hasta el momento, Spike Jonze era el autor de una joyita, Conociendo a John Malkovich, en la que destacaban tanto su guión, como la adaptación de un nuevo lenguaje visual basado en la estética de los videoclips y en los ritmos imposibles. No conozco aún sus otras dos películas, Adaptación y Donde crecen los monstruos,  posteriores a aquella, pero siempre he sabido que Jonze era un personaje versátil, actor, guionista, productor y director, en el cine más independiente y que seguía manteniendo sus contactos en el mundo de la música. Lo primero que supe de Her era que la banda sonora está firmada por la banda canadiense Arcade Fire, uno de los proyectos en marcha más atractivos del actual momento musical norteamericano. Los sigo desde que escuché “Rebellion (Lies)” y saber que participaban en una película, a priori, prometedora, me atrajo más a esta. Pero la canción que da forma a Her no es suya, sino de la cantante de otra banda, Karen O, de los Yeah, Yeah, Yeahs, y se llama  “The Moon Song”, que en la película canta Scarlett Johanson, acompañada de un ukelele. Como Samantha no tiene cuerpo, compone música y escribe letras que le sirven como fotos en las que están ella y su amado. Cuando escribe esta canción dice estar muy excitada, nerviosa, por todo lo que está “sintiendo”:

El protagonista de la película también es un valor seguro, Joaquin Phoenix: hay que pensar que sobre su imagen, casi caricaturizada, descansa el peso del metraje. En muchos momentos, incluso los que llamaríamos clave, todo se reduce a él hablando con un sistema operativo, con el que se comunica con un pinganillo en la oreja y unos altavoces. Spike Jonze imagina ese futuro más o menos próximo con todos nosotros hablando solos por la calle, dando instrucciones a nuestro ordenador no ya portátil, sino tamaño móvil. Tampoco está tan lejos. De hecho, es ya posible subirse al autobús y ver que cada uno está con su móvil, aislado de todo lo que le rodea. La pregunta que habría que hacerse es: ¿necesitamos a las demás personas? O, más aun, ¿necesitamos a los demás cuerpos?

Para crear el ambiente ese, casi caricaturizado, en el que se mueve Theodore Twombly, el personaje que interpreta Joaquin Phoenix, Jonze imagina un universo en tonos pastel, en rojos, grises y marrones difuminados, adaptando estampas cotidianas, a la manera de algunos de los cuadros de Hooper. Sería complicado imaginar que se trata del futuro, a no ser por los paisajes arquitectónicos. El paisaje humano, el estilismo y las vestimentas, las playas y los parques de atracciones, evocan más unos pasados años sesenta que al futuro. Se trata, supongo, de crear una cierta incertidumbre en el tiempo y el espacio. La desconexión entre Theodore y su entorno es enorme. Siempre está solo, cuando lo está en su apartamento o en el trabajo es muy evidente, pero cuando está rodeado de multitudes en la calle, lo es aun más. Lo único que parece librarle de esa soledad es la presencia de Samantha, un sistema operativo que adquiere, en principio como si se tratara de un video juego más, pero que le lleva a volver a sentir emociones que creía que ya no iba a sentir desde que se separó de su pareja de siempre: “A veces creo que ya he sentido todo lo que voy a sentir en la vida.” De Samantha solo tenemos constancia por la voz. En la versión original es la de Scarlett Johanson. No hay que obviar que la mayoría de la película es el personaje Theodore, conversando e interactuando con la voz en off de Samantha. El reto era complicado de resolver, pero tanto la solvencia de Joaquin Phoenix, como la solidez del guión han hecho posible llevarlo a cabo felizmente.

¿Por qué es tan difícil amar a otra persona? Esta es la pregunta que con frecuencia nos hacemos y cada vez parece tener más difícil solución. Tanto es así que, en los últimos tiempos, se habla del final del amor. ¿Hacia qué tipo de sociedad vamos? La primera respuesta posible, la que nos da Eva Illouz en su magnífico ensayo ¿Por qué duele el amor?, se refiere a la racionalización del amor y a la ampliación de la tecnología de elección. Así lo interpreta Byung-Chul Han en La agonía del Eros. La racionalización del amor es, en sí, un oxímoron. Si el amor se racionaliza, deja de tener los ingredientes que lo hacen atractivo, empezando por la pasión y concluyendo con la incertidumbre y el miedo a perderlo. De todas formas, el amor nunca se ha dejado de racionalizar. Para la sociedad capitalista en la que vivimos, el amor es un objeto de consumo más. Me gustó la frase que pronunció Don Draper, el personaje que interpreta Jon Hamm en Mad Men, en el primer capítulo de la primera temporada: “Yo inventé el amor para vender medias.” No deja de ser una boutade y un anacronismo, pero ilustra bien el papel que tiene el amor en este mundo que habitamos. Esta sociedad tiene varias contradicciones, pero ahora me interesa resaltar una. Durante décadas, el consumidor era un grupo: la familia. Y el amor es la piedra angular, junto a la necesidad económica y social de la mujer y el terror a ser anormal (en el sentido foucaultiano del término) para que los individuos se agrupen en familias más o menos estables. La contradicción es que ahora el consumidor es el individuo, que vota por sí solo, sea hombre o mujer; que trabaja en la calle, sea hombre o mujer y que se nos presenta como un sujeto real, único, libre y todas esas consignas del poder. Lo difícil es traspasar todas esas consignas que antes operaban sobre la familia, de esta al individuo, y querer vender el mismo tipo de amor o de modos de relación. En cuanto a la ampliación de la tecnología de elección, es absolutamente cierto. Hace un siglo era difícil que alguien conociera a otro de un radio superior a unos kilómetros de distancia. Pero yo creo que, aun siendo esto cierto e importante, lo que produce un cambio drástico a la hora de amar, no es el modo de elegir, sino el modo de interactuar, de relacionarse.

Desconozco si Jonze valora estas cosas así. Es muy difícil admitir todo esto, cuando eres un personaje privilegiado de una industria tan poderosa como lo es la cinematográfica, que ha vendido historias de amor desde sus inicios y que ha formado a millones de parejas en cómo hay que amar, cómo hay que sentir, cómo hay que relacionarse. Pero  Her es un ejemplo de cómo pueden ir variando estas cosas. Theodore se ha separado recientemente de su pareja desde casi la infancia, Catherine, interpretado por Rooney Mara, y cree que ya nunca va a conocer a nadie que le aporte lo que ella le aportó. Y, bueno, aunque no deja de extrañarle en ningún momento, vuelve a sentirlo con Samantha. Hay un encuentro entre Theodore y Catherine, en el que ella, al enterarse de su “nuevo idilio”, le dice: “Querías a alguien como yo, pero no eres capaz de gestionar emociones reales, Theodore. Y, por eso, ahora me sales con que te has enamorado de tu portátil.” Lo curioso es que Catherine es la única persona que responde con incredulidad cuando se entera de quién es su nueva pareja. El resto lo vive con naturalidad, cuando no está en una situación parecida o conoce a alguien que lo está.

Catherine y Theodore son amigos desde niños, van a la universidad  juntos, se ayudan mutuamente a crecer, ambos son escritores, ella escribe novelas y él cartas de amor, y disfrutan viendo cómo van evolucionando. Pero esa evolución es la que les lleva a separarse. Byung-Chul Han responde a Eva Illouz diciendo que el principal inconveniente que tiene el amor no está ni en la racionalización progresiva, ni en la ampliación de tecnologías para la elección del otro. Él cree que es directamente la erosión del otro, que es producto de la necesidad y casi obligación de ser iguales. Porque si el otro es igual que yo, ¿qué me puede aportar, o qué le puedo aportar yo? Llega un momento en que Catherine y Theodore se han dado ya todo lo que podían darse, porque han evolucionado hasta convertirse en dos individuos iguales. Así, parece ser que no solo se niega el amor entre ellos, sino con ninguna otra persona.

A lo largo de la película parece que lo que le ocurre a Theodore, le ocurre al mismo tiempo a muchos otros. Todos van hablando solos y nadie parece extrañarse de nada. Es un mundo feliz.

NI LEJANO NI VAGO ES EL RECUERDO

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Las burbujas se rompen
en el paladar el agua está fría te gusta
mirarme
cuando bebo eres el único
peninsular que conozco que bebe agua
con gas ¿si no fuese canaria me querrías?
sabes que no sabes que nunca quise
a nadie
ni lejano ni vago es el recuerdo
permanece eterno quizás sea lo único que es
cada día

MIRAR A VER SI A LO MEJOR SE PUEDE

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Nunca bajas la escalera antes de las doce te paras
en el púlpito bendices ¿de verdad
antes era una capilla?
treinta y tres fotos
treinta y tres días
posas
para el más antiguo de los dioses
mirar a ver si a lo mejor se puede
si quisieras ver su inmensidad
¿no hay naranjas de zumo? me borraría
los cuadernos están febrero
dentro de unos días
cumpliré cuarenta años nunca el tiempo me gusta
que me mires quédate a vivir conmigo
y con mis libros

LA INSIDIOSA TENTACIÓN DE HACER

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No temas nada es posible sino
algo de luz
nada puede pasar sino
el dulce aroma del lilero y la luz
nadie cierra ventanas
nadie cierra poemas solo escribo
sombras huecos escóndeme en tu cuerpo
¿tienes sed?
cansada de ser disfrazada
cansado de ser yo esperando el espacio
despacio la noche avanza
tu camiseta azul a los pies de la cama
nunca has dormido mejor oh para amantes
la tierra para amantes
la insidiosa tentación de hacer

LA REALIDAD NO ES TODO LO QUE HAY

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Escondido no solo
me proteges ¿cómo voy a conocerte?
bailamos ojos
y calima es imposible conocer
a fondo a cualquier hombre
te dejas caer
la realidad no es todo lo que hay
yo te sostengo
el rojo y el negro tu cobijo
¿cuándo has sido más feliz? ahora
todos estos años
vacío
¿te acuerdas del sillón?
no solo no es todo lo que hay te gusta posar
no hay realidad
tú posas y yo te escribo
¿y cuándo más infeliz? también ahora

NADA ES DEFINITIVO SINO BORRADOR

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Decir “toda la vida” comerciar
con tu cuerpo
es más digno que escribir bailar que
llenar hojas cuadernos consumirse
jugar a poner nombres el tuyo
no sé cómo te llamas
nada es definitivo nada
permanece mi nombre el guión de tu vida
catorce escalones de madera una isla
sabes que
nada es definitivo sino borrador
alguien llega
vístete
es real

NUNCA NADIE MUERE DEL TODO NUNCA

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Entro en la habitación estás
leyendo
los poemas de la casa de Amherst tu camiseta azul
nunca nadie muere del todo nunca
acaba la escritura ni tus piernas
cuando subes la escalera
sabes que sabemos y no te oiré decirlo nunca

sabías que era el final
dejar de estar seguir siendo
ese dolor
las burbujas en la boca
¿por qué no morir? esas fotos
tuyas en el púlpito no podemos
hay demasiado que escribir palabras
ritmos
solo tú y yo sabemos hacerlo

Seis estilemas de Francisco Lira. Seis poemas de Rafael Suárez Plácido

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“Del suo veloce volo”, de Antony y Battiato

Del suo veoloce volo

antony / battiato

disco

Quienes me conocen bien ya lo veían venir. “¿Cómo, que todavía no lo has escuchado?” Pues no. Estaba ahí. Se fue amontonando y, entre una cosa y otra, no he podido escucharlo completo hasta hoy. Aprovecho estos días para poner en orden mi vida. Leo, escucho y veo todo lo que no he podido hacer durante el año. Una vida siempre aplazada. El hecho es que hace falta mucho valor para que se junte Antony Hegarty con Franco Battiato y hace falta también mucho valor para que Franco Battiato lo haga con Antony Hegarty. A priori, son públicos diferentes. Pensaba que eso solo podía ocurrir en mis sueños. Pero mira tú que el año pasado estuvieron en Madrid y yo me los perdí. Empezaron o culminaron la gira en el Arena de Verona, escenario mítico para los grandes acontecimientos. Sigo a Antony & the Johnsons desde cuando frecuentaba escenarios pequeños por todo el mundo con las CocoRosie. Siempre supo rodearse bien y siempre hizo mejor a quien le rodeaba. Luego, la historia es conocida: la colaboración con Lou Reed, que le catapultó al éxito y el bombazo que fue su primer disco. El tema “Hope there’s someone” es una de esas maravillas que solo se dan cada pocos años. Su voz rompe todos los esquemas. No sé mucho más de él, que lo que se deja ver en sus discos. Solo que llena los escenarios con su sola presencia, ahora mucho más clásica que antes, y que, cuando empieza a cantar… ¡cómo se atreven a interrumpirle, aunque sea aplaudiéndole!
Franco Battiato es un caso parecido, solo que con formas menos peculiares, pero maneras parecidas y canciones y discos memorables. Cuando entra, en el tercer corte, “You are my sister”, uno tiene la sensación de que es el contrapunto ideal a la suntuosidad de Antony. La voz que pone las cosas en su sitio y nos devuelve a la Tierra, orgullosos de poder disfrutarla. Con una carrera larguísima a sus espaldas, el cantante siciliano muestra, una vez más, que está al tanto de los mejores momentos musicales y siempre dispuesto a dar la réplica adecuada, permaneciendo en su sitio. Después de escuchar a Antony, las canciones de Battiato resultan más alegres y vitales. “Il re del mondo” es un bonito ejemplo. Ambos tienen en común la importancia de los teclados: ambos son pianistas también. Son algunos de los mejores letristas que conozco y no se desmerecen. Y decir eso, de alguien que cante con Battiato es decir mucho. Hay tres temas con letras del gran Manlio Sgalambro, una versión de los Rolling y algunos, pocos pero de los mejores, de los clásicos de Franco Battiato. Siempre es buen momento para escuchar “I treni di Tozeur”, pero aquí lo hace con la cantante Alice, y no me convence demasiado esa voz. Otra cosa es la que es una de las grandes canciones de amor de la música popular: “E tj vengo a cercare”, o el oxímoron que forman “Bandiera bianca” y “Up patriots to arms”, que parece que fueron compuestos hace treinta años para sobrellevar estos días de odios y de poca esperanza. El broche final es un tema que no conocía, “Inneres auge”, otro momento redondo del concierto.
Quienes me conocen, ya lo veían venir. Del suo veloce volo, el disco en vivo de Antony Hegarty y Franco Battiato,  es uno de esos discos que siempre estarán conmigo. ¡Ojalá hubiese asistido a alguno de los conciertos!

Franco Battiato, que es Dios, parece un niño nervioso cuando entra con Antony y este, que es su profeta le besa la mano al final del tema, con una genuflexión.

MIRAR A VER SI A LO MEJOR SE PUEDE

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Ni recuerdo, ni olvido. (Smash)

No es fácil imaginarse a Manuel Molina cantando, tras unas estrofas rockeras en el mejor macarronic-english de Julio Matito, con aires de corrido mexicano:

“Y mátame al amanecer

o de noche, si tú quieres,

pero que te pueda ver la mano,

pero que te pueda ver las uñas

pero que te pueda ver los ojos,

pero que te pueda ver.”

Son Smash, los más grandes y, al mismo tiempo, efímeros del rock andaluz, que pronto siguieron distintos caminos: Julio Matito murió en un accidente, cuando se proponía retomar el grupo; Gualberto se fue a los Estados Unidos en su particular peregrinación en pos de las raíces de Jimmy Hendrix y los grandes de las cuerdas de la segunda mitad del siglo XX; Antonio Rodríguez, tras formar parte de algunas de las bandas de los grandes del rock andaluz ha formado su propio grupo como Antonio Smash; Heinrik Michael volvería a Dinamarca y Manuel Molina formaría, con su pareja, el dúo que también marcó una época en el flamenco y en toda la música española, Lole y Manuel.
Su tema más conocido fue la adaptación del clásico flamenco “El garrotín”, pero yo me quedo con este “Ni recuerdo, ni olvido”, una joya y un capítulo imprescindible de la historia del rock español.