contratación de publicidad on line

Sobre el amor. “Her”, de Spike Jonze

her-716403893-main

No es poco decir que Her es la película que más me ha gustado de las que he visto últimamente. El tema podría ser el amor o la soledad. No creo que nadie que la vaya a ver o que piense leer este texto, desconozca la anécdota que da pie al argumento: en un futuro próximo, un hombre se enamora de un programa de ordenador, para ser más exactos, de un sistema operativo. Dicho así suena a tontería, a ilusiones huecas y virtuales, a sexo o amor virtual. Pero, obviamente, si fuera así, no estaría escribiendo sobre ella, Her es mucho más que eso. Es un hermoso producto audiovisual, una historia conmovedora, a la vez que una profunda reflexión sobre el hombre contemporáneo, sus emociones y sus capacidades para expresarlas y para comprenderse. ¿Es posible el amor en nuestros días?

Hasta el momento, Spike Jonze era el autor de una joyita, Conociendo a John Malkovich, en la que destacaban tanto su guión, como la adaptación de un nuevo lenguaje visual basado en la estética de los videoclips y en los ritmos imposibles. No conozco aún sus otras dos películas, Adaptación y Donde crecen los monstruos,  posteriores a aquella, pero siempre he sabido que Jonze era un personaje versátil, actor, guionista, productor y director, en el cine más independiente y que seguía manteniendo sus contactos en el mundo de la música. Lo primero que supe de Her era que la banda sonora está firmada por la banda canadiense Arcade Fire, uno de los proyectos en marcha más atractivos del actual momento musical norteamericano. Los sigo desde que escuché “Rebellion (Lies)” y saber que participaban en una película, a priori, prometedora, me atrajo más a esta. Pero la canción que da forma a Her no es suya, sino de la cantante de otra banda, Karen O, de los Yeah, Yeah, Yeahs, y se llama  “The Moon Song”, que en la película canta Scarlett Johanson, acompañada de un ukelele. Como Samantha no tiene cuerpo, compone música y escribe letras que le sirven como fotos en las que están ella y su amado. Cuando escribe esta canción dice estar muy excitada, nerviosa, por todo lo que está “sintiendo”:

El protagonista de la película también es un valor seguro, Joaquin Phoenix: hay que pensar que sobre su imagen, casi caricaturizada, descansa el peso del metraje. En muchos momentos, incluso los que llamaríamos clave, todo se reduce a él hablando con un sistema operativo, con el que se comunica con un pinganillo en la oreja y unos altavoces. Spike Jonze imagina ese futuro más o menos próximo con todos nosotros hablando solos por la calle, dando instrucciones a nuestro ordenador no ya portátil, sino tamaño móvil. Tampoco está tan lejos. De hecho, es ya posible subirse al autobús y ver que cada uno está con su móvil, aislado de todo lo que le rodea. La pregunta que habría que hacerse es: ¿necesitamos a las demás personas? O, más aun, ¿necesitamos a los demás cuerpos?

Para crear el ambiente ese, casi caricaturizado, en el que se mueve Theodore Twombly, el personaje que interpreta Joaquin Phoenix, Jonze imagina un universo en tonos pastel, en rojos, grises y marrones difuminados, adaptando estampas cotidianas, a la manera de algunos de los cuadros de Hooper. Sería complicado imaginar que se trata del futuro, a no ser por los paisajes arquitectónicos. El paisaje humano, el estilismo y las vestimentas, las playas y los parques de atracciones, evocan más unos pasados años sesenta que al futuro. Se trata, supongo, de crear una cierta incertidumbre en el tiempo y el espacio. La desconexión entre Theodore y su entorno es enorme. Siempre está solo, cuando lo está en su apartamento o en el trabajo es muy evidente, pero cuando está rodeado de multitudes en la calle, lo es aun más. Lo único que parece librarle de esa soledad es la presencia de Samantha, un sistema operativo que adquiere, en principio como si se tratara de un video juego más, pero que le lleva a volver a sentir emociones que creía que ya no iba a sentir desde que se separó de su pareja de siempre: “A veces creo que ya he sentido todo lo que voy a sentir en la vida.” De Samantha solo tenemos constancia por la voz. En la versión original es la de Scarlett Johanson. No hay que obviar que la mayoría de la película es el personaje Theodore, conversando e interactuando con la voz en off de Samantha. El reto era complicado de resolver, pero tanto la solvencia de Joaquin Phoenix, como la solidez del guión han hecho posible llevarlo a cabo felizmente.

¿Por qué es tan difícil amar a otra persona? Esta es la pregunta que con frecuencia nos hacemos y cada vez parece tener más difícil solución. Tanto es así que, en los últimos tiempos, se habla del final del amor. ¿Hacia qué tipo de sociedad vamos? La primera respuesta posible, la que nos da Eva Illouz en su magnífico ensayo ¿Por qué duele el amor?, se refiere a la racionalización del amor y a la ampliación de la tecnología de elección. Así lo interpreta Byung-Chul Han en La agonía del Eros. La racionalización del amor es, en sí, un oxímoron. Si el amor se racionaliza, deja de tener los ingredientes que lo hacen atractivo, empezando por la pasión y concluyendo con la incertidumbre y el miedo a perderlo. De todas formas, el amor nunca se ha dejado de racionalizar. Para la sociedad capitalista en la que vivimos, el amor es un objeto de consumo más. Me gustó la frase que pronunció Don Draper, el personaje que interpreta Jon Hamm en Mad Men, en el primer capítulo de la primera temporada: “Yo inventé el amor para vender medias.” No deja de ser una boutade y un anacronismo, pero ilustra bien el papel que tiene el amor en este mundo que habitamos. Esta sociedad tiene varias contradicciones, pero ahora me interesa resaltar una. Durante décadas, el consumidor era un grupo: la familia. Y el amor es la piedra angular, junto a la necesidad económica y social de la mujer y el terror a ser anormal (en el sentido foucaultiano del término) para que los individuos se agrupen en familias más o menos estables. La contradicción es que ahora el consumidor es el individuo, que vota por sí solo, sea hombre o mujer; que trabaja en la calle, sea hombre o mujer y que se nos presenta como un sujeto real, único, libre y todas esas consignas del poder. Lo difícil es traspasar todas esas consignas que antes operaban sobre la familia, de esta al individuo, y querer vender el mismo tipo de amor o de modos de relación. En cuanto a la ampliación de la tecnología de elección, es absolutamente cierto. Hace un siglo era difícil que alguien conociera a otro de un radio superior a unos kilómetros de distancia. Pero yo creo que, aun siendo esto cierto e importante, lo que produce un cambio drástico a la hora de amar, no es el modo de elegir, sino el modo de interactuar, de relacionarse.

Desconozco si Jonze valora estas cosas así. Es muy difícil admitir todo esto, cuando eres un personaje privilegiado de una industria tan poderosa como lo es la cinematográfica, que ha vendido historias de amor desde sus inicios y que ha formado a millones de parejas en cómo hay que amar, cómo hay que sentir, cómo hay que relacionarse. Pero  Her es un ejemplo de cómo pueden ir variando estas cosas. Theodore se ha separado recientemente de su pareja desde casi la infancia, Catherine, interpretado por Rooney Mara, y cree que ya nunca va a conocer a nadie que le aporte lo que ella le aportó. Y, bueno, aunque no deja de extrañarle en ningún momento, vuelve a sentirlo con Samantha. Hay un encuentro entre Theodore y Catherine, en el que ella, al enterarse de su “nuevo idilio”, le dice: “Querías a alguien como yo, pero no eres capaz de gestionar emociones reales, Theodore. Y, por eso, ahora me sales con que te has enamorado de tu portátil.” Lo curioso es que Catherine es la única persona que responde con incredulidad cuando se entera de quién es su nueva pareja. El resto lo vive con naturalidad, cuando no está en una situación parecida o conoce a alguien que lo está.

Catherine y Theodore son amigos desde niños, van a la universidad  juntos, se ayudan mutuamente a crecer, ambos son escritores, ella escribe novelas y él cartas de amor, y disfrutan viendo cómo van evolucionando. Pero esa evolución es la que les lleva a separarse. Byung-Chul Han responde a Eva Illouz diciendo que el principal inconveniente que tiene el amor no está ni en la racionalización progresiva, ni en la ampliación de tecnologías para la elección del otro. Él cree que es directamente la erosión del otro, que es producto de la necesidad y casi obligación de ser iguales. Porque si el otro es igual que yo, ¿qué me puede aportar, o qué le puedo aportar yo? Llega un momento en que Catherine y Theodore se han dado ya todo lo que podían darse, porque han evolucionado hasta convertirse en dos individuos iguales. Así, parece ser que no solo se niega el amor entre ellos, sino con ninguna otra persona.

A lo largo de la película parece que lo que le ocurre a Theodore, le ocurre al mismo tiempo a muchos otros. Todos van hablando solos y nadie parece extrañarse de nada. Es un mundo feliz.

NI LEJANO NI VAGO ES EL RECUERDO

estilema-ni-lejano2

Las burbujas se rompen
en el paladar el agua está fría te gusta
mirarme
cuando bebo eres el único
peninsular que conozco que bebe agua
con gas ¿si no fuese canaria me querrías?
sabes que no sabes que nunca quise
a nadie
ni lejano ni vago es el recuerdo
permanece eterno quizás sea lo único que es
cada día

MIRAR A VER SI A LO MEJOR SE PUEDE

estilema-mirar-a-ver2

Nunca bajas la escalera antes de las doce te paras
en el púlpito bendices ¿de verdad
antes era una capilla?
treinta y tres fotos
treinta y tres días
posas
para el más antiguo de los dioses
mirar a ver si a lo mejor se puede
si quisieras ver su inmensidad
¿no hay naranjas de zumo? me borraría
los cuadernos están febrero
dentro de unos días
cumpliré cuarenta años nunca el tiempo me gusta
que me mires quédate a vivir conmigo
y con mis libros

LA INSIDIOSA TENTACIÓN DE HACER

estilema-la-insidiosa2-1

No temas nada es posible sino
algo de luz
nada puede pasar sino
el dulce aroma del lilero y la luz
nadie cierra ventanas
nadie cierra poemas solo escribo
sombras huecos escóndeme en tu cuerpo
¿tienes sed?
cansada de ser disfrazada
cansado de ser yo esperando el espacio
despacio la noche avanza
tu camiseta azul a los pies de la cama
nunca has dormido mejor oh para amantes
la tierra para amantes
la insidiosa tentación de hacer

LA REALIDAD NO ES TODO LO QUE HAY

estilema3

Escondido no solo
me proteges ¿cómo voy a conocerte?
bailamos ojos
y calima es imposible conocer
a fondo a cualquier hombre
te dejas caer
la realidad no es todo lo que hay
yo te sostengo
el rojo y el negro tu cobijo
¿cuándo has sido más feliz? ahora
todos estos años
vacío
¿te acuerdas del sillón?
no solo no es todo lo que hay te gusta posar
no hay realidad
tú posas y yo te escribo
¿y cuándo más infeliz? también ahora

NADA ES DEFINITIVO SINO BORRADOR

estilema-nada-es-definitivo21

Decir “toda la vida” comerciar
con tu cuerpo
es más digno que escribir bailar que
llenar hojas cuadernos consumirse
jugar a poner nombres el tuyo
no sé cómo te llamas
nada es definitivo nada
permanece mi nombre el guión de tu vida
catorce escalones de madera una isla
sabes que
nada es definitivo sino borrador
alguien llega
vístete
es real

NUNCA NADIE MUERE DEL TODO NUNCA

estilema-nunca-nadie21

Entro en la habitación estás
leyendo
los poemas de la casa de Amherst tu camiseta azul
nunca nadie muere del todo nunca
acaba la escritura ni tus piernas
cuando subes la escalera
sabes que sabemos y no te oiré decirlo nunca

sabías que era el final
dejar de estar seguir siendo
ese dolor
las burbujas en la boca
¿por qué no morir? esas fotos
tuyas en el púlpito no podemos
hay demasiado que escribir palabras
ritmos
solo tú y yo sabemos hacerlo

Seis estilemas de Francisco Lira. Seis poemas de Rafael Suárez Plácido

estilema1

estilema2

estilema3

estilema4

estilema51

estilema6

“Del suo veloce volo”, de Antony y Battiato

Del suo veoloce volo

antony / battiato

disco

Quienes me conocen bien ya lo veían venir. “¿Cómo, que todavía no lo has escuchado?” Pues no. Estaba ahí. Se fue amontonando y, entre una cosa y otra, no he podido escucharlo completo hasta hoy. Aprovecho estos días para poner en orden mi vida. Leo, escucho y veo todo lo que no he podido hacer durante el año. Una vida siempre aplazada. El hecho es que hace falta mucho valor para que se junte Antony Hegarty con Franco Battiato y hace falta también mucho valor para que Franco Battiato lo haga con Antony Hegarty. A priori, son públicos diferentes. Pensaba que eso solo podía ocurrir en mis sueños. Pero mira tú que el año pasado estuvieron en Madrid y yo me los perdí. Empezaron o culminaron la gira en el Arena de Verona, escenario mítico para los grandes acontecimientos. Sigo a Antony & the Johnsons desde cuando frecuentaba escenarios pequeños por todo el mundo con las CocoRosie. Siempre supo rodearse bien y siempre hizo mejor a quien le rodeaba. Luego, la historia es conocida: la colaboración con Lou Reed, que le catapultó al éxito y el bombazo que fue su primer disco. El tema “Hope there’s someone” es una de esas maravillas que solo se dan cada pocos años. Su voz rompe todos los esquemas. No sé mucho más de él, que lo que se deja ver en sus discos. Solo que llena los escenarios con su sola presencia, ahora mucho más clásica que antes, y que, cuando empieza a cantar… ¡cómo se atreven a interrumpirle, aunque sea aplaudiéndole!
Franco Battiato es un caso parecido, solo que con formas menos peculiares, pero maneras parecidas y canciones y discos memorables. Cuando entra, en el tercer corte, “You are my sister”, uno tiene la sensación de que es el contrapunto ideal a la suntuosidad de Antony. La voz que pone las cosas en su sitio y nos devuelve a la Tierra, orgullosos de poder disfrutarla. Con una carrera larguísima a sus espaldas, el cantante siciliano muestra, una vez más, que está al tanto de los mejores momentos musicales y siempre dispuesto a dar la réplica adecuada, permaneciendo en su sitio. Después de escuchar a Antony, las canciones de Battiato resultan más alegres y vitales. “Il re del mondo” es un bonito ejemplo. Ambos tienen en común la importancia de los teclados: ambos son pianistas también. Son algunos de los mejores letristas que conozco y no se desmerecen. Y decir eso, de alguien que cante con Battiato es decir mucho. Hay tres temas con letras del gran Manlio Sgalambro, una versión de los Rolling y algunos, pocos pero de los mejores, de los clásicos de Franco Battiato. Siempre es buen momento para escuchar “I treni di Tozeur”, pero aquí lo hace con la cantante Alice, y no me convence demasiado esa voz. Otra cosa es la que es una de las grandes canciones de amor de la música popular: “E tj vengo a cercare”, o el oxímoron que forman “Bandiera bianca” y “Up patriots to arms”, que parece que fueron compuestos hace treinta años para sobrellevar estos días de odios y de poca esperanza. El broche final es un tema que no conocía, “Inneres auge”, otro momento redondo del concierto.
Quienes me conocen, ya lo veían venir. Del suo veloce volo, el disco en vivo de Antony Hegarty y Franco Battiato,  es uno de esos discos que siempre estarán conmigo. ¡Ojalá hubiese asistido a alguno de los conciertos!

Franco Battiato, que es Dios, parece un niño nervioso cuando entra con Antony y este, que es su profeta le besa la mano al final del tema, con una genuflexión.

MIRAR A VER SI A LO MEJOR SE PUEDE

estilema-mirar-a-ver2-21

Ni recuerdo, ni olvido. (Smash)

No es fácil imaginarse a Manuel Molina cantando, tras unas estrofas rockeras en el mejor macarronic-english de Julio Matito, con aires de corrido mexicano:

“Y mátame al amanecer

o de noche, si tú quieres,

pero que te pueda ver la mano,

pero que te pueda ver las uñas

pero que te pueda ver los ojos,

pero que te pueda ver.”

Son Smash, los más grandes y, al mismo tiempo, efímeros del rock andaluz, que pronto siguieron distintos caminos: Julio Matito murió en un accidente, cuando se proponía retomar el grupo; Gualberto se fue a los Estados Unidos en su particular peregrinación en pos de las raíces de Jimmy Hendrix y los grandes de las cuerdas de la segunda mitad del siglo XX; Antonio Rodríguez, tras formar parte de algunas de las bandas de los grandes del rock andaluz ha formado su propio grupo como Antonio Smash; Heinrik Michael volvería a Dinamarca y Manuel Molina formaría, con su pareja, el dúo que también marcó una época en el flamenco y en toda la música española, Lole y Manuel.
Su tema más conocido fue la adaptación del clásico flamenco “El garrotín”, pero yo me quedo con este “Ni recuerdo, ni olvido”, una joya y un capítulo imprescindible de la historia del rock español.

LA REALIDAD NO ES TODO LO QUE HAY

estilema-la-realidad2-2

NADA ES DEFINITIVO SINO BORRADOR

estilema-nada-es-definitivo2

“Adiós”, de Mus

Es una lástima que yo sea tan manazas, de no ser así podría subir el vídeo del DVD original, que nunca le devolví a José Luis, y no tendría que poner el tema ya iniciado en este vídeo que encontré en youtube. Mus es una de las bandas que más me han gustado y Divina lluz es uno de los diez discos españoles que me llevaría a una isla desierta. Ya subiré algo más representativo del disco, pero el corte que lo cierra, este “Adiós, Gijón, adiós”, es una joya. (La versión completa del tema, sin el vídeo, y el poema están aquí.) ¿Por qué me gusta tanto Mus? Habría que escucharlos y sacar conclusiones por sí mismo. Pero es inevitable: pocos músicos han conseguido unir tradición y belleza, con la modernidad y la lucha social como estos dos asturianos. Ya desde “El Naval”, Mónica Vacas, otra de esas razones, y Fran Gayo, el vértice necesario para el triángulo, saben que hacen cosas importantes. Odio tener que subir esta versión recortada del vídeo de Ramón Lluis Bandé, ¿otro de los motivos? en el que interviene García Rúa, uno de los autores que más intensamente vivió la lucha antifranquista, de la mano de su maestro Antonio Tovar, y un ejemplo vivo de lo miserable que fue la mal llamada “transición española”. Pero su presencia es imprescindible para hacerse cargo del calado de la obra de este grupo que fue más allá del típico cancionero indie-folk y universalizaron su mensaje. Historias en clave impresionista que dejan esa sensación de que todo está mal. Con ustedes: Mus y García Rúa, del disco “Divina Lluz”, otro de los discos que más escucho este verano.

“Al mar”, de Manel

Llevo apenas diez días en el piso y ya he puesto todo patas arriba. Los cds esperaban tranquilos y ordenados en las estanterías, y ya no hay quien encuentre uno. Pero eso es lo que tenemos, ¿no? Escuchando buena música en la barra del bar… Pocos bares hay que pongan la música que me gusta. Por ejemplo, nunca he escuchado en un bar de Sevilla a Manel, uno de esos grupos que me moverían a un bar. Pienso también en Antonia Font, pero ahora escucho este tema con el que presentaban hace algunos años El mellors professors europeus. Apropiado para cualquier fecha, pero quién podría negar que ahora apetece…

“Trazas del pensar” Estilemas de Francisco Lira, en La Carbonería

estilema-nada-es-definitivo1

NUNCA NADIE MUERE DEL TODO NUNCA

estilema-nunca-nadie2

La hierba de las noches, de Patrick Modiano

PARÍS TAMBIÉN EXISTE

la-hierba-de-las-noches1

La hierba de las noches
Patrick Modiano
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia
Anagrama
ISBN: 978-84-339-7894-3
166 págs.
Barcelona, 2014
14,90 euros

A veces, uno duda si lo que le atraen son los autores o los traductores, o si es que ambos comparten la autoría de los libros que más le interesan. Es curioso: de los tres novelistas franceses que sigo con mayor interés, dos, Pierre Michon y Patrick Modiano, están siendo traducidos por María Teresa Gallego Urrutia. El tercero, Pascal Quignard, tiene un elenco de traductores más variado. Soy consciente de que esto tiene que ver con la editorial que publica actualmente la mayor parte de sus libros y, realmente, Modiano ya tenía muy buenas traducciones en nuestra lengua antes de que el tándem Anagrama-Gallego Urrutia se hiciera cargo de verter en nuestro idioma sus novelas. Pienso en Carlos R. de Dampierre o en Alberto Conde o en Marina Pino o, más recientemente, en Adoración Elvira. Pero hay que reconocer que Gallego Urrutia va sumando hitos, con enorme calidad y coherencia, en las traducciones de esa maravillosa obra en marcha que es la de Modiano, en mi opinión, el novelista vivo más importante de cuantos he conocido hasta el momento.

No soy el único que piensa así. Existe un grupo de escritores que piensan algo parecido, no sé si con tanta contundencia ni si esta contundencia es aconsejable en un lector que escriba sobre los libros que lee. Citaría a José Carlos Llop, a Miguel Sánchez Ostiz, a Juan Pedro Quiñonero o a José Luna Borge, por mencionar a autores de ámbitos diferentes que, en repetidas ocasiones, se han expresado en términos parecidos. Y diría que el número de lectores va aumentando con cada nuevo libro, aunque nunca tanto como merecen. Tampoco creo que sea necesario. Es difícil señalar motivos, pero sí se pueden citar libros que pondrían las cosas en su sitio. Yo, personalmente, me decantaría por El libro de familia (1976), Calle de las Tiendas Oscuras (1978), que es el que más me ha gustado, Dora Bruder (1997) y En el café de la juventud perdida (2007). Cualquiera de estos libros, en realidad cualquiera de todos los suyos, darían sentido a las afirmaciones que estoy haciendo.

El sentido de obra en marcha cobra todo su valor con este último, La hierba de las noches, publicado originalmente en Francia en 2012 y traducido por la citada María Teresa Gallego Urrutia para Anagrama hace unas semanas. Desde el título se intuye el sentido poético del libro. Se trata de una nouvelle, su género más habitual, escrita con ese lenguaje poético que caracteriza toda su obra. El título proviene de un poema de Ossip Mandelstam. Y no es esta la única referencia que hace en el libro a sus poetas favoritos. Las referencias son constantes a Baudelaire, a Bomand, a Corbiere… Las referencias y citas son constantes, a sus libros, a sus poemas o a sus vidas.

Pero los grandes protagonistas son París y el propio Modiano. No los actuales, o apenas los actuales, sino el París de los años sesenta y el joven Modiano con apenas veinte años, cuando era un joven aún menor de edad (hay que pensar que entonces en Francia la mayoría de edad era a los veintiuno). El protagonista, trasunto obvio y reconocido del autor, se llama Jean, y podría decirse que es el mismo de buena parte de sus libros. Un joven solitario y perdido en un mundo hostil pero fascinante, que representa ese París de los primeros sesenta. Conoce a una mujer un par de años mayor que él, que dice llamarse Dannie, y que arrastra además de una personalidad enigmática e insegura, un secreto que la hace vulnerable. Jean, que es un joven muy observador, desde el principio lo percibe así, pero es consciente de que no puede preguntar mucho más allá de lo que ella está dispuesta a contarle, que se adivina que es poco. Me dirán que, cambiando los nombres, esa historia ya aparecía en libros anteriores. Sí, es cierto. Y también es habitual un grupo de hombres en torno a la chica, que le inspiran al mismo tiempo temor y necesidad de estar con ellos. Jean se da cuenta de todo esto y de que hay algo misterioso que está al margen de la ley y que no se descubrirá hasta el final. Pero eso no le aleja de ella, más bien al contrario.

El joven protagonista, además, es un escritor inédito y ofrece su particular teoría sobre la escritura: “un medio de luchar contra el olvido.” Todos los libros de Modiano son su modo de luchar contra el olvido. De las personas en general, de los familiares en particular, de la barbarie del siglo XX, de las calles donde vivió aquellos años que siempre estarán vinculados al Universo Modiano. Ese París casi mítico (hoteles, cafeterías, calles y librerías) es un París que ya no existe. Montparnasse y el centro de París están tomados por las boutiques, los cafés, por los turistas que hacen fotos con sus iphones, Sólo queda el reducto de algunas librerías. Sólo queda el reducto de los libros.

Parece ser que es cierto que el joven Modiano perdió el primer manuscrito de su primera novela, El lugar de la estrella, y que tuvo que reescribirlo a partir del primer fragmento que recordaba. También es cierto que iba anotando en una libreta todo tipo de datos, anuncios, direcciones, teléfono y nombres y apellidos (si los sabía). Las listas son una constante en su obra. También en esta última La hierba de las noches. Es inevitable la sensación, que parece tener el propio Modiano, de no saber qué fue lo que realmente ocurrió y cuáles son los recuerdos transformados por el tiempo, aunque desde el inicio lo niega: “Pues no lo soñé. A veces me sorprendo diciendo esta frase por la calle, como si oyese la voz de otro.” Comenzar con esas frases es, sin embargo, dejar abierta la posibilidad de que sí fuera un sueño. “Una voz sin matices. Nombres que me vuelven a la cabeza, algunos rostros, algunos detalles. Y nadie ya con quien hablar de ellos… Y, además, uno acaba por preguntarse si hubo de verdad testigos.”

Pero no es cierto. Todos somos sus testigos. Todos los que volvemos, una y otra vez, sobre sus reflexiones o sus recuerdos, sabemos que ese París existió, porque está ahí, oscuro, peligroso pero fascinante y vivo, siempre tan vivo, en todos y cada uno de sus libros.

Alejandro Luque, sobre Simulacro, en Estado Crítico

Alejandro Luque ha escrito estas palabras sobre Simulacro, que ha publicado en el blog de reseñas Estado Crítico.

Muchas gracias, Alejandro.

Ver reseña aquí

El cuarto oscuro

Cuando escucho una canción casi nunca me fijo demasiado en la letra. Así ocurre que me gustan y no sé de qué tratan. A veces, me las invento. A veces, hay versos que me llaman la atención. Si me resultan muy impactantes, es posible que me quede con ellos, pero lo más frecuente es que no. Tengo amigos que se quedan con las letras de las canciones habiéndolas escuchado solo una o dos veces. Yo no. Desde muy pequeño, la manera de aprenderme una canción era escribiéndola. Tenía cientos de cuadernos y agendas y diarios, en los que copiaba letras de las canciones que me gustaban. Algo parecido me ocurría y me ocurre con los poemas. Hay cuatro niveles de acercamiento: escucharlos, leerlos en silencio, hacerlo en voz alta y escribirlos. Y siempre los percibo de manera distinta. Lo que escribo no lo olvido, aunque tampoco lo recuerde de memoria, pero siempre permanece ahí, alerta, en algún lugar de mi mente. Por eso puedo comenzar el libro con unos versos que no significan nada, pero que siempre han estado ahí presentes: no importa apenas el significado, pero sí los ritmos y la música: la música de la infancia.

Estaba en el salón de la casa en la que vivió mi madre, en Las Palmas, y en la que entonces vivía mi tía Carmen. La tele en una esquina, junto a la puerta. Una mesa grande en la que comíamos todos: mis padres, mis tíos, mis primos, mis hermanos y yo. Éramos muy niños y yo soy el mayor de mis hermanos. Los más pequeños aún no habían nacido. Veíamos series: Rin tin tin, Bonanza, McCloud, Colombo… Veíamos los anuncios y tendría que esforzarme mucho para recordar algunos programas más. Sí recuerdo la carta de ajuste. El anuncio de Condal tenía una música pegadiza y creo que lo cantábamos cuando lo veiamos. Me gustaba mucho cantar. Supongo que el hecho de que fuera una marca canaria le habrá hecho ganar enteros en mi memoria. Supongo que no siempre ha estado ahí, tan presente, pero ahora sí lo está. Un vaquero que iba a caballo, se bajaba lentamente y encendía un cigarrillo. Es muy probable que los recuerdos se cruzaran con los de la serie McCloud, que también era un jinete. Todo eso está ahí, permanentemente.

Era una casa enorme, de techos altos, de pasillos y habitaciones interminables que estaba en la calle Pedro Díaz, en pleno barrio de Vegueta. Cuando pienso en la infancia no pienso en Sevilla, sino en Las Palmas y en algunas playas de Huelva. Siempre hay playas. No me acuerdo de tiendas de Sevilla, pero sí de Casa Amadito y de Casa Pepito. Eran, realmente dos casas unidas, los números cuatro y seis. El bajo de una de esas casas, donde vivía el tío Perico, es ahora uno de esos maravillosos hoteles con encanto. Creo que se llama “La casa de Vegueta”. Esto puede dar una idea de lo que suponía aquello, especialmente para un niño que fue yendo allí hasta creo que los doce años, casi cada verano y algunas navidades.

No es el momento de hablar del título del libro, Simulacro, pero sí diré que no se trata de que mi vida haya sido una vida fingida, ni de que el libro no plasme la realidad de mis recuerdos, sino de que todas las vidas son un simulacro. Todas, no especialmente la mía. Es más, pienso que si existe algún modo de escapar de ese simulacro, o de paliar sus efectos, es precisamente ser consciente de lo que ocurre. No es una idea demasiado original. Ahí están Foucault, Lyotard o Baudrillard, de quien tomo la cita que inicia el libro, para explicarlo mejor que yo, y tampoco es una novedad del siglo XX, algo sobre eso dejó escrito Platón y, a partir de él, es una constante que, en todo caso se ha acentuado durante el siglo pasado hasta llegar a las dimensiones universales del presente. Y digo que no es el momento de hablar de esto, porque si hay una época en la vida en que aún estamos en las afueras de ese simulacro, ese es, precisamente, la infancia. Por eso los primeros momentos de este libro tratan de esa parte del relato, en el que aún podemos hablar de cierta pureza frente al mundo y sus señales, que es la infancia.

La primera parte del libro y el primer poema se llaman “El cuarto oscuro” y eso también merece una reflexión. Desde que tuve conciencia de este libro, pensé en ese título para el libro completo. Algunos amigos que leyeron los primeros borradores, pensaron que lo llamaba así en referencia a la sala oscura en la que algunas personas realizan sus juegos sexuales con desconocidos. No, no me refería a eso, aunque algo se deja ver en la segunda parte del poema. El cuarto oscuro se refiere a una habitación de esa casa de Vegueta en la que mi tío Juan tenía su despacho en la casa. Él era fotógrafo y al fondo de la habitación tenía un pequeño cuarto oscuro para revelar fotos. Así, al menos, lo recuerdo. El lugar en que se revelan las fotos, en el que nacen las imágenes que van a quedar de una época de nuestras vidas. Mi madre tiene cajones de fotos de aquella época y me gusta pensar que algunas de esas fotos se revelaron allí. No lo sé, pero es posible que así fuera. Cada foto es un fragmento del relato de la infancia, mediatizado por el tiempo y el recuerdo y, por lo tanto, diferente de la infancia en sí. Los poemas pueden trasladarnos a otras épocas, pero siempre están dirigidos por la mirada del poeta, igual que las fotos tienen ese mismo sentido para el que las ve y el que las produce, incluso el que las revela.

En 1985 conocí a un amigo que marcó una época y al que no he vuelto a ver. Se llamaba Richi, Ricardo. Íbamos al estudio de unos amigos comunes y me enseñó a revelar fotos. Fue un descubrimiento alucinante. Descubrí que dependiendo de los líquidos, del papel y del tiempo de revelado, podía hacer fotos diferentes, muy diferentes de un mismo negativo. Ese descubrimiento tan elemental fue, en cambio, para mí muy importante. El cuarto oscuro puede hacer que un mismo momento recordado resulte grato, muy placentero, enriquecedor, triste o lamentable; que una misma persona permanezca en tu memoria como amable o detestable; hermoso o grotesco. No se trata de lo que ahora podemos hacer con un programa de tratamiento de imágenes, que falsea la realidad. El revelado no falsea, muestra la mirada del fotógrafo. Algo así ocurre con el poema. No sé: es difícil de explicar. Pero sí tengo la sensación de que toda mi vida pasa por el cuarto oscuro. Además, estaba siempre cerrado. Mi tío, lógicamente, no quería que entrásemos allí. Estaba siempre literalmente oscuro.

No sé si en las estanterías había libros. Supongo que sí. Lo que sí sabíamos era que mi tío coleccionaba todos los tebeos de Bruguera: Tebeos, Mortadelos, Tio Vivos, Din dan, Zipi y Zapes, Lilits… ¡todos! Salían semanalmente y recuerdo que lo veíamos entrar con el taquito de tebeos bajo el brazo y se los llevaba directamente al despacho. Mi primo Juan y yo nos mirábamos y proyectábamos el momento de entrar a hurtadillas en la habitación cuando nadie nos viera. Entrábamos y a escondidas y medio a oscuras leíamos los tebeos, sin hacer ruido. Alguna vez nos pillaron, claro, y mi tío castigaba a mi primo o hacía que le castigaba –según él me contó después-. Pero era inevitable: el olor del papel amontonado, de la oscuridad y el de nuestros corazones latiendo vertiginosamente por la sensación de clandestinidad, nos llevaba a entrar allí una y otra vez. Entonces no comprendíamos a mi tío, claro. Ahora me siento parecido a él. Tengo esa sensación de propiedad privada con mis libros. Supongo que mi piso, alejado del mundo en un barrio de las afueras de Sevilla, hace las veces de esa habitación prohibida en la que tengo la biblioteca y voy dando forma al relato subjetivo de mi mundo: mis poemas.

En la segunda parte del poema, recuerdo a mi primo Juan, que formó parte de ese mundo tan personal. Es unos meses más joven que yo, pero pocos, y en aquellos años estaba muy próximo a él. Ahora apenas lo veo, si acaso en alguna foto muy esporádicamente. Supongo que la distancia  ha contribuido a que nos hayamos distanciado. Cada uno va elaborando el relato de su propia existencia. Ahora ya formamos parte de ese simulacro que es cada una de las vidas y la de todos, pero hubo una época en la que compartíamos nuestras alegrías y nuestras penas. Hubo una época en que aún éramos niños. Recuerdo que algo mayores, en el 1978,  estuvimos un verano recordando el especial de Mortadelo y Filemón del Mundial de Argentina. En la playa, en la plaza o en cualquier momento, recordábamos una u otra anécdota y nos partíamos de risa y, quizás, eso no lo recuerdo, pero estoy casi seguro, añorábamos el cuarto oscuro de su casa en Pedro Díaz. Algunos recuerdos nos pertenecen; en otros casos somos nosotros los que formamos parte de ellos.

EL CUARTO OSCURO

No sé por qué recuerdo tanto aquel anuncio:
Condal, en cada momento.
Condal, en cada lugar,
una marca canaria de cigarrillos rubios.
Si sé que teníamos prohibido entrar en una habitación
que era su despacho y, quizás, también
estudio fotográfico,
con cuarto oscuro y esas cosas,
porque mi tío Juan era fotógrafo.
¡Cuánto odiaba al tío Juan!
Y hoy pienso en él y no recuerdo su imagen: veo en su lugar mi rostro reflejado.
Tenía la mayor colección de tebeos que he conocido:
todos los tebeos de Bruguera,
¡todos!
Una habitación llena de tebeos, en la que tenía prohibido entrar
y yo, entonces, era un niño.
¿Dónde crees que tendrías que buscarme?

Toda la vida en esa misma habitación.
Toda la vida imitando aquella habitación.

__

Recuerdo estar allí con mi primo:

las luces apagadas,
alumbrados con una linterna,
leyendo tebeos,
tumbados en el suelo.
Ayer vi su última foto: reina del carnaval de Tenerife.
¡Qué buen criado, si hubiese buen Señor!


contratación de publicidad on line