Rafael Suárez Vargas

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        … mi abuelo.

        Es aún muy pronto para escribir. Pero recuerdo momentos de felicidad estas últimas semanas cuando iba a verlo con mi padre. Él siempre nos recibía con una sonrisa. Recuerdo también que a veces gritaba un nombre: Pepita. Lo gritaba emocionado. Pepita es mi abuela, que falleció por estas fechas el año pasado. Quiero pensar que ya están juntos.

        No hay nada más importante. Nada.

Escuchando campanas de año nuevo en Kyoto

A veces ella grita, porque le gusta
poner la música muy alta,
tan alta
que, si no gritase, no podría escuchar
lo que me dice.
Un día nos llamaron la atención los vecinos.

Japón es un país ruidoso
que también ofrece momentos
de paz.

Yo he vivido algunos.

Paseo junto al lago.
Sonido de unos ojos
que se abrazan.

O el año pasado, cuando la conocí,

escuchando campanas de año nuevo
en un templo de Kyoto.

No sabía que llorar fuera tan fácil.

Lágrimas de hielo
abandonan sus ojos
esta noche.

Ella iba con un grupo de amigos.
Le debió parecer que Ana y yo
no hacíamos una buena pareja.
Creo que tenía razón.

Se nos acercó.
A Ana le pareció una chica divertida,
muy guapa y divertida.
Desde su mesa parecía
que aquel monje hacía sonar las campanas
sólo para nosotros.

Se llama Ori. Y me gusta
cómo cierra los ojos,
y levanta la cabeza.
Siempre escuchando música
y haciendo fotos.
Yo también he vuelto a escribir.

Soy feliz, pero nunca lo fui tanto
como escuchando las campanas de año nuevo
aquella noche en Kyoto.

El sol por la ventana

A Eva Vaz y José Luis Piquero

 

Alguien ha dejado la persiana levantada.

No recuerdo quién fue
el último en marcharse.
Si Eva o José Luis.
No sé. No lo recuerdo.

Hace más de una hora que entra el sol
por la ventana.
Te da en la cara.
Te has tapado los ojos con el pelo.

Ya sabes que me gusta
el negro sobre el verde.
Y aunque el sol es molesto
y duele la cabeza,
prefiero no dormirme,
ni levantarme a echar esta persiana.

Tengo la boca seca.
Me levanto a por agua,
Quizás también me tome una aspirina.

Cuando vuelvo has cambiado de postura.
Estás sobre mi lado, abandonada
a las sábanas rojas y arrugadas
que te han dejado marcas en la cara.
El sol ya sólo te cubre la espalda.

Me duele la cabeza y tengo sed.
Tendría que acostarme
de nuevo, pero no quiero perderme
este momento.

Parece que sonríes.

No es insomnio

 

No es insomnio.
Hay un grillo en mi casa que no encuentro.
No me deja dormir.

Estoy saboreando las mieles del fracaso.
Alguien cuenta conmigo
para una antología
de poetas suicidas,
y yo aún no sé si soy poeta.

Apenas me interesa lo que cuentan
los otros,
y eso que es un buen año,
lo sé,
para la narrativa.
Me veo
evitando el frío
que pasaron los autores,
mientras imaginaban sus historias.

Escriben para salir del infierno.

No hablaré más del frío.
Mi problema es un grillo que no encuentro.
No es insomnio.

Democracia y capitalismo

En mi país confunden el capitalismo con la democracia.

(George Clooney)

         No sólo en tu país…

Carta de una mujer desconocida. De Xu Jinglei

        Siempre he creído que es un milagro. Pero, eso sí, un milagro que se repite a menudo. Que un libro o una película o un disco me emocionen, me da la vida. Y me pasa frecuentemente. La última vez esta misma tarde, con la película china Carta de una mujer desconocida.

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        A todos les ha de sonar, y algunos hemos leído, la novelita de Stefan Zweig, en la que se basa la historia, pero esta película traslada toda la trama a la China de la primera mitad de siglo. La vida y las costumbres en Occidente difieren mucho de las mismas en Oriente. Hace un siglo esto era aun más obvio. Cuando Xu Jinglei leyó la obra original inmediatamente se propuso trasladarla a su país y a sus costumbres. “El amor no difiere demasiado en las dos culturas”, dice. No lo sé. La impresión que tenemos aquí es que sí es muy diferente. Pero la directora ha logrado que la historia parezca más propia de China que de Europa. En realidad, cuando leí la novela, ya podía imaginármelo así. La cultura oriental, en la que el tiempo es muy diferente a lo que nosotros entendemos, propicia estos largos amores. Pensaba usar también el adjetivo “fracasados”, pero no sé si es propio de esta historia. A veces el sentido del fracaso difiere mucho. Hoy día, bien entrado el siglo XXI, esto nos parecería pura ficción:  no terminaríamos de creérnoslo. Una niña de familia humilde ve tambalearse su mundo de juegos y rutinas cuando llega a la casa de al lado un joven y exitoso escritor. A partir de ahí, y en secreto, lo va a amar toda su vida. Y va a ser un amor pleno y profundo. Habrá encuentros y desencuentros, pero él vive al día y nunca la recuerda. La trama nos la cuenta la mujer desconocida en una carta que le envía al escritor poco antes de morir. Hubiera sido interesante y demoledor ver la cara, los gestos, del escritor a medida que va leyendo aquellas líneas, encontrando claves que andaban sueltas en su mente, reconociendo a la mujer que tanto lo amó, reconociéndose a sí mismo.

Xu Jinglei. Directora, guionista y actriz principal de Carta de una mujer desconocida

Xu Jinglei. Directora, guionista y actriz principal de Carta de una mujer desconocida

        La directora es la jovencísima china Xu Jinglei, que consiguió con esta película la Concha de Plata del Festival de San Sebastián. Presidía el Jurado Mario Vargas Llosa, el autor de otras de las ficciones que más me han interesado, aunque de esto hace ya demasiados años. Cuando Xu Jinglei recibió el premio, se lo dedicó a su abuela que, entonces, tenía noventa y tres años. Mi abuela también murió con noventa y tres años el año pasado por estas fechas. Lo más interesante es que además de directora es la guionista y la actriz protagonista de la película. En China es muy conocida. En España no lo es demasiado. Pero lo será. El inicio de la película es estremecedor.

Los toros y Cataluña

        Nunca me gustaron demasiado las personas ni los ambientes que los defendían. Cuando se hablaba de toros, todo se volvía más violento. Las justificaciones tampoco me convencían demasiado. Que si se mata a otros animales para alimentarnos. Sí, pero no se asiste a jalear al matarife, y se trata de conseguir que sufran lo menos posible. Que si desapareciera la feria el toro bravo no existiría. Pero también es verdad que tenemos leyes para evitar que desaparezcan algunas especies. Es curioso, pero estos son los mismos que critican el presupuesto invertido en especies en peligro de extinción. No entendía que personas, artistas, muy valorados por mí, se entusiasmaran en las plazas. Eso continúa siendo un enigma. La última estupidez que he escuchado es la que dice que no deben prohibirse cosas, que coartan la libertad de quien quiera asistir al espectáculo: no aceptan que se prohiba ir a los toros a quien lo desee. Cuando se prohibe esto es porque de entrada se entiende que es una tortura. Mi imagen de una plaza de toros es la de un espacio donde se torturan animales y miles de personas, cada vez menos, eso sí, jalean al matarife y a sus acompañantes. Me parece bien que se prohiba.
         Con el tiempo, todo esto se ratifica. Las cadenas que más apoyan todo esto son Intereconomía y Canal Sur, las más lamentables. Los programas peores son los que más gritan contra el veto a los toros en Cataluña. No me interesan los periodistas o escritores que han escrito recientemente libros sobre el tema.
        ¿Pero realmente les importa tanto esto? Desde 1993 no hay toros en Canarias. Realmente no hay corridas desde 1989. En 1993 se prohibieron y nadie dijo nada. ¿Quién gobernaba Canarias en aquellos años? ¿También anti-españoles? ¡Vamos, por favor! Lo que ocurre es que es una manera más de atacar al PSOE, como si no fuera suficiente con la Reforma Laboral que nos han inventado. En Cádiz hace también años que no hay toros. ¿Quién dirige el ayuntamiento de Cádiz? Sería curioso que hablara también ella. A ver qué opina.
        Es cierto que lo que mueve a los nacionalistas catalanes es separarse de las costumbres españolas. Pero es que estas costumbres son vergonzosas. También es cierto que hay fiestas municipales lamentables: toros embolaos y más cosas parecidas, que aún no se han prohibido. Ya veremos si se prohiben o no.
        Y están las subvenciones. 600.000.000 de euros que da el Estado para que se continúen celebrando las corridas en varios conceptos. Hace años estaba mal visto en todo el país que un partido de izquierdas critique las corridas de toros. Hoy ya no es así. O no tanto. Esperemos que no quede ahí, que no sea una estratagema. Esperemos que sea el principio de algo más brillante y más digno.

Retrato de Shunkin, de Junichiro Tanizaki

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Retrato de Shunkin
Junichiro TANIZAKI
Trad. de María Luisa Balseiro
148 páginas, Ed. Siruela
Madrid, 2009
        El período que va de 1868 a 1912 en Japón, el reinado del emperardor Meijí, supone la revolución más importante que ha vivido una sociedad para reformar su estilo de vida en los últimos siglos. El esfuerzo de todo un país por salir de siglos de aislamiento, marcados por una economía primaria y un sistema social feudal, y colocarse a la cabeza del continente asiático, como primera economía, y gigante técnológico a escala mundial. Y esta revolución es tan importante no sólo por “a donde llegó”, sino, y muy especialmente, por “de dónde venía”. Japón se tenía por una primerísimo potencia en lo espiritual y en su forma de ver la vida, su organización, sus leyes, su sentido del honor, aún hoy están presentes en muchos aspectos de la vida de sus ciudadanos. Imagínense un país que en 40 años crea un sistema moderno de escuela y universidades, una red ferroviaria que atravesaba las principales islas, un sistema judicial próximo a los derechos humanos, hospitales, fábricas, barcos… cuando antes no existían ni las palabras ni los conceptos de universidad, tren, derechos humanos o tecnología. A nosotros nos interesa el lado espiritual, y muy especialmente, la literatura, que también sufrió una enorme renovación.
        Últimamente se están traduciendo al castellano obras de dos de los narradores más importantes de aquel momento: Natsume Soseki y Junichiro Tanizaki. Y en ambos se da este afán innovador matizado por cierta desconfianza. En la introducción a Kokoro, la gran novela de Soseki, Carlos Arribas cita al autor que ya en 1892 escribía: “A menos que desechemos todo lo viejo y adoptemos lo nuevo, será difícil que alcancemos igualdad con los países de Occidente. Aunque hacerlo así va a debilitar el espíritu vital que hemos heredado de nuestros antepasados y nos podrá dejar inválidos.” Soseki está considerado unánimemente el padre de la novela moderna en Japón. Últimamente se han editado Botchan y Sanshiro, (ambas en la editorial Impedimenta) y se reedita con éxito Kokoro (Gredos, 1ª ed. en bolsillo y 8ª en rústica).
        No sólo Soseki piensa así, Tanizaki, en su precioso ensayo El elogio de la sombra (Siruela), publicado originalmente en 1933, tras elogiar el esfuerzo de su país por alcanzar en pocos años a las principales potencias occidentales, escribe: “…Pero esto no es todo: nuestro pensamiento y nuestra propia literatura no habrían imitado tan servilmente a Occidente y, ¿quién sabe?, probablemente nos habríamos encaminado a otro mundo nuevo complemante original.” Sin embargo, nosotros creemos que cuando un lector occidental se acerca a los libros de Junichiro Tanizaki (1886 – 1965) se abre ante sí mismo un universo original y diferente al que está acostumbrado. La percepción del mundo, y del amor, de un hombre a caballo entre las grandes tradiciones morales, entre dos mundos, lo tradicional y lo moderno, francamente opuestos, entre dos épocas cruciales para la vida de Japón.
        La novela que más nos ha gustado de Junichiro Tanizaki es Hay quien prefiere las ortigas, editada en castellano por Seix Barral en 1963, aunque la edición que manejo es de 2004. En ella un hombre se debate entre la vida oocidental que va tomando fuerza entre los de su generación y la sociedad más tradicional, encarnada por su suegro y su joven y sumisa concubina. Para Tanizaki el debate, aunque tenga miras más elevadas, se centra en las relaciones amorosas que desea. En esta novela el protagonista está a punto de separarse de su mujer, a la que le permite tener una relación con otro hombre, aun viviendo en su misma casa. Frente a su mujer está la joven concubina de su suegro. Lo moderno frente a lo más tradicional. Esta permisividad del protagonista se encuentra también en el personaje de La llave (El Aleph, 2007), que originalmente se editó en Japón en 1956, donde es él mismo quien empuja a su mujer hacia su amante. Aquí es diferente porque el protagonista consigue placer con ello. Siempre se ha dicho que los personajes masculinos de Tanizaki son pasivos y muy tolerantes en las relaciones con sus mujeres, algo que no estaba bien visto en la sociedad japonesa. Sin embargo en este período de transformaciones había un concepto occidental del amor, “rabu”, según el cual los hombres son mortales que se enamoran perdidamente de sus diosas o musas. No hay ejemplo más claro de este tipo de relación que el que se nos ofrece en Retrato de Shunkin.
        Ya son tres los títulos que Libros del Tiempo, de la editorial Siruela, nos ofrece de Tanizaki: La madre del capitán Shigemoto y El cortador de cañas (2008) y Retrato de Shunkin (2009).  Las tres son nouvelles o historias breves en las que el narrador introduce sus disgresiones, a veces con las fuentes, a veces con las opiniones sobre lo que nos va a contar o ya ha contado. El tema siempre es el amor y las formas diferentes de manifestarse. La última de ellas, la que nos ocupa, cuenta la historia de la instrumentista Shunkin, que tocaba el koro y el samizen, dos de los instrumentos más tradicionales del Japón, y del también músico Sasuke, su discípulo aventajado en el arte del samizen. El narrador, trasunto del propio autor, visita en un cementerio las tumbas de ambos, la de ella más alta y en mejor disposición que la de él: “Mirándola recordé cuán fielmente había servido Sasuke a su  maestra, siguiéndola como una sombra y atendiendo a todas sus necesidades.” A partir de ahí empieza una serie de disquisiciones con las que irá relatándonos sus vidas. La más tierna infancia de Shunkin, mujer de belleza excepcional, de talentos excepcionales para el baile (que muy pronto tendrá que abandonar por quedar ciega) y para la música. Sasuke, que había entrado de aprendiz en la droguería de los padres de ella, se queda maravillado con ella desde que la ve. Él tenía catorce años, ella diez; y desde entonces le dedica en cuerpo y alma todos y cada uno de los días de su vida. Para el resto de la sociedad serán criado y señora, o maestra y discípulo. Para los más íntimos, para ellos mismos: una hermosa y extraña historia de amor.
        El autor aventura un par de veces un cierto instinto sádico en ella: “Hay quien ha sugerido que tuviera inclinaciones sádicas, y que la enseñanza fuera sólo un pretexto para gozar de un placer sexual perverso.” Lo cierto es que es obvio que desde el inicio ella era la señora y él se ocupaba en exclusiva de todas sus necesidades, incluso las más íntimas. También lo es que él gozaba con ello y que cuando, al final de la historia, las circunstancias económicas cambiaron y quizás él hubiera podido cambiar la situación a su favor, no sólo no lo hizo, sino que lo dio todo por ella, aun con más intensidad que antes.
        Con 36 años, ella sufre una agresión que le deja su hermosísimo rostro deformado y no quiere que nadie, ni Sasuke, se lo vea. Él ante la posibilidad de tener que dejar de servirla se quita a sí mismo la vista. A partir de ahí él tendría la dicha de compartir el sufrimiento de su maestra y de poder seguir sirviéndola. Ella, abatida por el gesto del que era su amante, se lo agradecería hasta su muerte, veinte años después. Él la sobrevivió unos años.
        El otro personaje principal del texto es el narrador, que concluye así la historia: “Parece ser que cuando el sacerdote Gazan del Templo de Tenryu oyó contar la historia de la auntoinmolación de Sasuke, elogió el espíritu zen con que había mudado su vida entera en un instante, convirtiendo lo feo en hermoso, y dijo que era casi la acción de un santo. Yo me pregunto cuántos de nosotros estarían de acuerdo con él.” Un momento clave en la historia de un país. Lo moderno o la tradición. En todo caso, esta historia qué sería ¿moderna o tradicional?

(Publicado en la revista Clarín)

Sobre Renacimiento, de Kenzaburo Oé

La nueva vida

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Renacimiento
Kenzaburo Oé
(Trad. de Kayoko Takagi)
Seix Barral. 315 páginas
Barcelona. 2009

        Hay quien piensa que los premios marcan el principio del fin de una buena obra. Yo no conozco el olor de los premios, pero sé que a cualquier persona le agradaría recibirlos. A los escritores también. Sin embargo, en la mayoría de los casos ser premiado -y mientras más relevante es el premio, más ocurre-, es sinónimo de decadencia de la obra. Hay muchos ejemplos. Yo había leído tres novelas de Kenzaburo Oé escritas antes de ser premiado con el Nobel y me habían encantado. Pero cada libro que escribía tras el premio y caía en mis manos, me iba interesando menos. De hecho, trataba de evitar las novedades. Pero era inevitable: siempre caía en ellas y terminaba arrepintiéndome. Cuando encontré Renacimiento fue diferente. Sólo con leer el texto de la contraportada, el nerviosismo se tornó en expectación, y esta en interés. Y no fue más que el principio. A medida que lo iba leyendo, me iba dando cuenta de que Renacimiento es la mejor novedad que ha publicado en España Kenzaburo Oé desde que en 1994 recibiera el Nobel. Y no sólo eso, que ciertamente no es decir demasiado, sino que está a la altura de sus mejores libros anteriores.
        Kenzaburo Oé nació en Ose (Japón) en 1935. Vivió la guerra como un niño. Los niños tienen una forma de ver las guerras muy peculiar. En Japón también. Y así lo cuenta en su primera novela, La presa, que con sólo veinticuatro años le situó en primera fila de la novela que se hacía en su país. Las otras dos novelas a las que me refería son Una cuestión personal (1964) y El grito silencioso (1967). Su tema principal es el descenso a los infiernos. Por eso se le ha emparentado con Dante, Dostoievsky y Lowry. Uno no tiene aún demasiado claro hasta qué punto la vida del autor ha de reflejarse en su obra. Hay autores que lo necesitan y autores que buscan la evasión. Y busca respuestas a su vida en la literatura. Siempre había sido un joven retraido, pero esto se hizo más intenso con el nacimiento de su hijo, que padece hidrocefalia. A partir de ahí todos sus títulos son vueltas sobre el mismo tema: la figura del hijo omnipresente gravita en torno a su obra. Y todo son preguntas: su responsabilidad, qué debe hacer, qué puede hacer…
        En 2000 se publica en Japón Renacimiento, primer título de una trilogía que seguirá editando Seix Barral. No es gratuito decir que ha supuesto el renacimiento literario del autor. Aquí en España lo será también. La novela es, ante todo, una reflexión en torno al proceso creativo y a sus mecanismos. El protagonista es Kogito, alter ego reconocido y reconocible del propio autor, transcripción del “Cogito” descartiano. Junto a él aparecen: Chikashi, su mujer, con la que tiene una relación basada en el respeto, pero alejada de la pasión o de casi cualquier otra emoción, y Akari, su hijo, con problemas que no se especifican. Pero el motor de la trama, el antagonista, es Goro, el cuñado de Kogito, famoso director de cine en Japón y en Occidente. Se trata del también cuñado de Oé, Juzo Itami: actor y director muy famoso en Japón, y de culto en otros lugares del mundo.
        La trama arranca con el suicidio repentino de Goro, al parecer provocado por una campaña de ciertos medios de comunicación que le acusan de haber estado con una mujer mucho más joven que él, durante una estancia en Alemania. Para no perjudicar a su mujer, a su familia ni a su honor, decide poner fin a su vida. Poco antes había enviado a Kogito un magnetofón y varias cintas, con las que pretende establecer un diálogo desde el más allá. Kogito se obsesiona con las cintas, con las que habla como si fueran el propio Goro. Dialogan de sus obras y, a través de sus obras, de sus vidas.
        Recuerdan algunas de sus lecturas compartidas durante sus años de formación: Kafka, Rimbaud o el mismo Sade, de quien asumen su tono disgresivo: Sade no cristaliza su obra. Muchas de sus obras son instrumentos de comprensión. Lo mismo que ha estado ocurriendo con muchas obras de . Kogito recordaba también que él, durante muchos años, pretendía seguir siendo escritor pero, en realidad, nada le vinculaba ya con las personas que vivían en la república de las letras. Finalmente es el propio Goro, quien a través del magnetofón, le dice lo que todos pensábamos: De lo que tienes que darte cuenta es de que cuando publiques la obra que estás escribiendo ahora, los lectores que vayan a la librería estarán buscando alguna novela interesante y no sólo tu última obra.
        Entre Kogito y las cintas también aparece Chikashi. Es ella quien da con la solución: Es obvio que ni a mí, ni tampoco a ti, nos queda ya mucho tiempo, de modo que vamos a vivir sin mentiras y escribamos las cosas tal y como son. También Goro opone el proceso de reelaboración del texto a la verdad y a la naturalidad. Él lo llama la voluntad de insistir en que el que ha hecho la nueva obra es Kogito Choko.
        En el último capítulo Goro reconoce que está viviendo (las cintas las ha grabado durante su romance en Alemania) su mejor obra, su mejor experiencia: Es el mundo del sexo, abierto y sano. Goro siempre ha sido, desde muy joven, la vitalidad, mientras que Kogito es la razón. Su propia esposa lo consideraba alguien que lee libros, y que terminaría trabajando como alguien que lee libros. También pensaba que alguien que lee libros carecía de madurez. Es el propio Kenzaburo Oé quien piensa así, quien hurga en los rincones de su propia existencia, para encontrar la razón que le impulsó alguna vez a ser, a escribir, de otra manera. Renacimiento es esa otra manera de ser, o de escribir. Con Renacimiento asistimos a la plenitud creadora y vital de Kenzaburo Oé, el mejor escritor japonés vivo.

(Publicada en la revista Clarín)

Gaspar Llamazares. La verdad.

        Hace ya muchos años que los políticos no me interesan. La mayoría de las cosas que dicen no se las creen ni ellos mismos. No es una exageración: es verdad. Sólo buscan conseguir votos. Para mí es fundamental decir la verdad. Cuando alguien publica algo tiene que decir la verdad y, por verdad, me refiero a lo que ellos piensen realmente de lo que estén tratando. Podría llegar a asumir incluso que sea sólo la verdad que se pueda decir, aunque, claro está, esto haría que sus textos no me interesaran nada, o que su programa político me pareciera bochornoso.

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        Estos días asistimos al debate sobre el estado de la nación. Vuelvo a ratificarme en lo que pienso: Todos mienten. ¿Todos? No. Hace ya años que el único político que coincide con mis ideas es Gaspar Llamazares. Y así ha vuelto a ocurrir en este debate. No me interesa quién ha ganado o no. Cada uno dirá que lo ha hecho su líder. Yo no tengo líderes. Pero en el discurso de Llamazares veo datos interesantes.
        Reforma del Sistema Electoral: Me parece ingenuo pedirle a los dos partidos beneficiados por el sistema (desde luego tampoco a los nacionalistas, tan beneficiados o más) que cambien el sistema que tanto les favorece. Si habláramos de Justicia, ya se habría hecho hace años. Si habláramos de Democracia, también. Pero esto es de risa. No es más que interés.
        La Reforma Laboral: En cualquier otra situación sería inadmisible. Abaratar aun más el ya barato despido. Y nos van a contar que se hace para que se hagan más contratos indefinidos. Es que los contratos indefinidos actuales eran inimaginables por precarios hace unos años. Y lo curioso es que dos de los grandes pasos en ese sentido lo ha dado el PSOE. Es cierto que Aznar fue quien dio el paso decisivo. Pero el PSOE, carente de ideas propias, siempre que ha hecho algo lo ha hecho en esa misma dirección.
        Recortes a funcionarios: Nadie habla de estos recortes. Es curioso, parece que la mayoría los valora positivamente. Un funcionario, que de por sí gana poco, tendrá que afrontar los próximos meses con aun menos dinero. Y quieren que se consuma. Y pretenden que se relance la economía. La mayoría de los funcionarios son los profesores, el personal sanitario y los funcionarios de interior. ¿Alguien cree que estos cuerpos ganan realmente demasiado? ¿Alguien cree que se puede pretender mejorar la educación y la sanidad empezando por recortar el sueldo a su personal? Eso sí, nadie toca las Empresas Públicas que son el verdadero coladero de enchufados de uno y otro partido.
        La única pena es oír a Llamazares el llamamiento de la Huelga General. ¿No sabe que con los servicios mínimos una Huelga General es meramente testimonial? Ahí tenemos el caso de la huelga del metro de Madrid. Lo único realmente parecido a una huelga que he vivido en los últimos años. Había que ver a los partidos y sus voceros, los medios de comunicación, echando pestes de los huelguistas. A ver: cuando se convoca una huelga es para paralizar el sector. Si es Huelga General es para paralizar el país. En Educación es tremendo: los servicios mínimos asegurarían que todos los alumnos estuvieran recogidos en su centro. Es cierto: los centros no son educativos, son guarderías donde se recoge a los niños, de cinco a dieciocho años. Puede que incluso la Universidad esté entrando en ese mismo juego. ¿Se puede saber para qué hago una huelga si el profesorado que se queda de guardia (por servicios mínimos o por no estar de acuerdo con la huelga) tiene que ocuparse de esos alumnos? Además, diez días de huelga significarían no cobrar ni un céntimo ese mes. En realidad a la Administración le encanta la idea de ahorrarse ese dinero cada vez que se convoca una huelga. El último día nos pusimos en huelga cuatro (de veintiséis) profesores en mi centro. De acuerdo con la administración no había ninguno. Todos protestaban en los recreos. Todos tenían sus motivos. Estoy aburrido de escucharlos porque todos mienten. El único motivo para no hacer huelga es que te quitan el dinero.
        Mi pregunta a Gaspar Llamazares es: ¿Qué podemos hacer? ¿Ser buenos y resignarnos? Me gustaría escuchar algo que fuera factible.

Sobre Mitologías de invierno. El emperador de Occidente, de Pierre Michon

La verdad y la mentira.

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Mitologías de invierno.
El emperador de Occidente.
Pierre Michon.
Ediciones Alfabia.
166 páginas.
Barcelona, 2009.

        Como ya hizo Anagrama en Cuerpos del rey, el último de los libros que ha publicado hasta el momento de Pierre Michon, la joven y pujante editorial Alfabia ha reunido dos títulos en un volumen del autor francés: Mitologías de invierno, que se publicó en Francia en 1997, y El emperador de Occidente, una nouvelle de 1989. El motivo, en ambos casos, no es otro que la brevedad de cada uno de los originales por separado. El resultado, también en ambos casos, los hace doblemente apetecible.
        La narrativa francesa vive un momento de esplendor. En realidad, nunca ha dejado de ser así. Especialmente me interesan tres autores contemporáneos: Patrick Modiano, Pascal Quignard y Pierre Michon. Los tres, autores respetados y considerados de culto; los tres en torno a los setenta años y también los tres, en plenitud creativa. Los dos primeros recientemente redescubiertos en España. Es curioso el caso de Modiano, cuyas últimas reseñas críticas, en lugar de alegrarse por este éxito, parece que desconfían de los nuevos adeptos y, en lugar de reseñar el libro, evocan melancólicos, sus primeros contactos con el autor, cuando eran sólo unos pocos los elegidos.
        El caso de Michon es diferente. Michon es el autor del silencio, a veces del frío silencio. Él mismo se ha llamado “el autor que no escribe”. Y hasta los treinta y nueve años no publica su primer libro, el impresionante Vidas minúsculas, que no se tradujo a nuestro idioma hasta 2002, dieciocho años después. En Francia fue un éxito inmediato que colocó a su autor, en palabras de Rafael Conte, como “el gran patrón clandestino de las letras francesas”. A partir de ahí, una docena de títulos que van haciendo de él, cada vez, menos clandestino.
        Comienza el libro que reseñamos con la colección de relatos Mitologías de invierno. Siempre se ha dicho que sus principales influencias han sido escritores sobre los que él mismo ha escrito: Flaubert, Beckett, Rimbaud y Faulkner. En este libro hay otra influencia mucho más evidente y que él, incluso, reconoce como única. Si leemos en el prefacio: Lo que importa es que con el mundo se hagan países y lenguas; con el caos, sentido; con las praderas, campos de batalla; con nuestros actos, leyendas y esa forma sofisticada de la leyenda que es la historia… reconocemos lo mucho que deben estos líneas a Borges. Borges, junto a Kafka y a Pessoa, son el siglo XX, con todo lo bueno y todo lo malo. Si cambiamos los paisajes que rezuman las historias de Borges, por la Irlanda de los tres primeros relatos o por el Macizo Central francés de los otros nueve, el resultado son estos prodigios de concisión y de belleza. Y aquí, como en Borges, la belleza nos salva: Que las cosas del verano, el amor, la fe y el ardor se hielen para terminar en el invierno impecable de los libros. Y que sin embargo en este hielo un poco de vida permanezca congelada, fresca, garante de nuestra existencia y nuestra libertad . La belleza nunca es gratuita en Michon. La belleza, la literatura, es la salvación: nos da vida y nos hace libres.
        Los relatos que ocurren en Irlanda tienen en común el paisaje y, en los dos primeros, la pasión por el saber. La bella Brigid quiere ver a Dios y está dispuesta a todo por conseguirlo. El fiero Columbkill —su maza y su espada son el azote de sus enemigos—, recorre las bibliotecas de monasterios y abadías en busca del placer de un libro nuevo, o de un manuscrito diferente, que añada o quite una frase, una palabra o una coma, que sea capaz de hacerlo todo distinto. Los relatos que ocurren en el centro de Francia podrían ser una novela, como lo puede ser Vidas minúsculas. En ellos el tema es la mentira en la literatura, y cómo nuestra habilidad a la hora de construir las ficciones nos salva en mayor o menor medida. Un abad, para evitar que sigan robando en su monasterio, pide a un monje que lee y maneja a la perfección la lengua noble, que fundamente la legitimidad del monasterio…  Para ello inventan la “Vida de Santa Enimia”, antigua abadesa que ni era santa precisamente, ni había pisado la zona. El artificio de estos monjes le sirve a Michon para fundamentar una teoría de la literatura que se hace en la Edad Media en casi toda Europa. En realidad Michon piensa que no es sólo en esta, sino en todas las épocas. Esta idea es muy borgiana. Borges también amaba el juego y el artificio. A veces se usa la mentira para llegar a una verdad. A veces simplemente para llegar a la belleza garante de nuestra existencia y nuestra libertad.
        El segundo libro que incluye este volumen, El emperador de Occidente, se vuelve sobre el tema de la mentira. En la fantástica entrevista que le hace José Manuel Fajardo nos lo revela el propio Michon: La historia la encontré en el libro de Gibbon sobre el Imperio Romano. Eran sólo diez líneas sobre el personaje de Prisco Atalo, pero no busqué más, no investigué nada. Con esos mimbres se urde la trama: un joven Flavio Aecio conoce a Prisco Atalo en su vejez. Hablan. Atalo cuenta su vida. Fue músico e iba de ciudad en ciudad hasta que el azar lo lleva a la corte de Alarico y se convierte en su músico principal. Se establece una relación de mutua admiración. Alarico es el guerrero incansable. Atalo, el mágico tañedor de la lira. Cuando tienen que nombrar a un emperador del Imperio de Occidente, Alarico nombra a su músico. Lo destituye y lo repone varias veces. Esta es la trama. Pero en las mejores obras la trama no es demasiado importante. Mucho más lo son las reflexiones tan hermosas o las palabras que utilizan: Aquí comenzó… a pesar de que yo mintiera fingiendo tomarlo por otra persona,… y que él mintiera aceptando ser esa otra persona… lo que debo llamar después de todo nuestra amistad. De nuevo la mentira admitida, el fingimiento, el artificio. Para ellos la palabra tiene un valor demiúrgico: Hablamos por supuesto de navegación…, de  navegación y de poesía griega: porque no se puede hablar de una sin la otra, hasta tal punto que no se sabe cuál es el texto de la otra, ni si primero se arrojaron frágiles armazones alquitranadas o metros de perfecta sintaxis al puro azar del mar y las lenguas. Y como no podía ser de otra manera: Pensaba por su parte que el poema precede al navío.
Yo también podría preguntármelo. Aunque hace varios siglos que los avances científicos y técnicos nos conducen por otros caminos, por otros mares. ¡Pero qué le vamos a hacer! La literatura no sólo es “garante de nuestra existencia y nuestra libertad”, también nos ayuda a conocernos algo más. Si yo pudiera o supiera, haría mía la descripción que hace Flavio Aecio de Prisco Atalo: Quería disfrutar de las cosas, sin duda; era miope. O quizás miraba tan sólo el mar, la extensión que no se abarca, la viejísima metáfora insensata.

(Reseña publicada en la revista Clarín)

Soy un coleccionista de fracasos

        Ya van diez días de julio. Parece que hubieran pasado cincuenta. Idas y venidas, emociones, presencias… Lo peor es que cuando hayan pasado cincuenta me parecerá que van diez días de vacaciones. No es fácil estar contento con lo que se tiene. Del Mundial de fútbol me quedo con una frase del entrenador chileno, Marcelo Bielsa, que se autodefine así: Soy un coleccionista de fracasos. No creo que sea una idea muy original, pero sí es hermosa. Me gusta el fútbol y, de hecho, juego al fútbol un día a la semana, pero me parece patético todo lo que se ha montado alrededor de los partidos. La gente celebrando triunfos como si fueran lo más importante sobre la tierra. Parece que ya no hay crisis ni otros problemas en España. Me gusta el fútbol pero no quiero que me confundan con ese bando de descerebrados. Aunque sí me ha caído bien Bielsa. Yo también soy un coleccionista de fracasos. Estos días he leído la última antología de Luis Antonio de Villena. Los autores que me interesen son los menos. La mayoría son más bien malos. Leo en el blog de Martín López Vega algo que escribe sobre la poesía joven actual. Hay párrafos que me gustan: Alguna vez se ha dicho que hemos sido la primera generación que ha leído mucha poesía extranjera, pero no creo que eso sea cierto. Yo tampoco. Una vez escribí que fueron los novísimos. Y uno de ellos me convenció de que lo fue la generación del cincuenta. Y luego la del veintisiete. Y la del noventa y ocho. Todas las generaciones tienen sus teóricos. La actual aún no. Quizás el propio López Vega podría haberlo sido, pero sus publicaciones en este sentido son ya demasiado esporádicas. Cuando hablo de críticos hablo en serio, no de Vicente Luis Mora ni bromas semejantes. Continúo leyendo el artículo. A veces oye uno estupideces del tipo “para mí ha sido tan importante Bob Dylan como Quevedo”. Bien, si quien dice eso se refiere a su vida, es correcto, pero si sus poemas se parecen más a las letras de Dylan que a los poemas de Quevedo, no me interesa nada, a no ser que les ponga también una música como la de Dylan, y entonces me interesará, pero como cantante, no como poeta. Yo ahí también coincido. Me encanta la música. Vivo la música. Pero es que yo ni siquiera presto demasiada atención a las letras. O sí, pero la música está ante todo. Me gusta Nacho Vegas y tengo todos sus discos, pero me compré un librito que editó Acuarela con sus textos y terminé no sé si tirándolo o regalándolo. Pero viviendo en Sevilla es mucho más interesante el siguiente párrafo: Ahora también está muy de moda el elemento performativo, que también es interesante, pero es otra cosa. Una vez en Barcelona “actué” con otro poeta que llegó y dijo: “Iba a leer un poema, pero he pensado que mejor me lo voy a comer”. Me hizo algo de gracia, pero no nos dedicamos a lo mismo. Yo quiero hacer lo mismo que Auden y él, lo mismo que Fofito. En Sevilla hay un grupo cuyas cabezas visibles me recuerdan más a Tip y Coll. Y que conste que a mí me gustaron mucho los dos cómicos, mucho más que Fofito. Pero para ir a un espectáculo de estos señores tienes que estar vacunado contra todo espíritu crítico y pensar sólo en pasarlo bien y tomarte algo. Si no escuchas los poemas, mejor. Habrá que proponerles que se los coman. Igual les hace gracia la idea y salimos todos ganando. Noto cierta tristeza y resignación en López Vega por no aparecer en la antología. Al fin y al cabo él es de los que suele aparecer habitualmente. Pronto aparecerá en Clarín lo que yo pienso sobre la antología. Ahora estoy leyendo Del lado del amor, la poesía completa de uno de los poetas que más me interesan, Juan Antonio González Iglesias, que sí aparece. Ya les seguiré contando. Mientras tanto, continuaré coleccionando fracasos.

Sobre En el café de la juventud perdida, de Patrick Modiano

En el café de la juventud perdida
Patrick Modiano
Anagrama, Barcelona, 2008

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TODOS SOMOS MODIANO

        Ya nos había presentado Modiano las tres vidas de mujeres anónimas, y plenamente conscientes de serlo, que poblaron su libro Las Desconocidas, que publicó en castellano Debate, en 2001. Su lectura dejó en este lector la sensación de que había más, de que el autor tenía mucho más que contarnos de cada una de esas jovencitas, casi adolescentes, a las que el destino o el azar, siempre aliados contra ellas, había llevado a vidas difíciles, inseguras, aunque dignas en sus modestas soledades.
        En 2006 Anagrama editó Un Pedigrí, magnifica novela, o nouvelle, en la que el autor se exponía sin red ante todos sus lectores. Sin perder en ningún momento su pudor, narraba en primera persona las circunstancias de sus padres, y las suyas propias, durante los años de la infancia y primera juventud, concretamente hasta que, de la mano de Raymond Queneau, publicó su primera novela, El Lugar De La Estrella. Uno enseguida comprende que Modiano escribe para tratar de salvarse, y para tratar de salvar también a sus padres y a los personajes que pueblan su infancia. Puede que lo consiga. Todos estos personajes atraviesan la novela, con ese estilo enumerativo tan característico del autor: son decenas de personajes, de los que recuerda o casi recuerda algo; y entre todos ellos nos fijamos en las mujeres, algunas amigas de su madre o de su padre, que le marcaron desde los primeros años, en los que reconocemos gestos, recuerdos y obsesiones, de algunas de las tres protagonistas de Las Desconocidas.
Entre todas ellas, Modiano reconoce que con catorce años se enamoró de una chica, Kiki Daragane, a la que vuelve a ver a mitad de los sesenta, cuando él tenía algo más de veinte años, casada con un industrial de Bruselas, y rodeados de un grupo de autores de Ciencia Ficción y de algunos de los componentes del grupo Pánico. Muchos de sus encuentros fueron en el célebre café Flore, pero muy bien pudieron ser en Le Condé, el café parisino que da título al libro.
        La protagonista del libro es Louki, una chica asidua del café, al que iba a pasar muchas de sus tardes, con un grupo de asiduos a los que nadie preguntaba quiénes eran ni de dónde venían, ni a qué se dedicaban. Algunos eran escritores con obra publicada. A ellos sí los conocía. Pero de los más ni siquiera se podía saber si los nombres eran auténticos. (Modiano, ya lo sabemos, está obsesionado con los nombres). A quien sí es fácil reconocer es al propio Modiano en el primer narrador: Y además, si toda aquella época sigue aún muy viva en mi recuerdo se debe a las preguntas que se quedaron sin respuesta. Era un joven estudiante de la Escuela de Minas que constantemente se pone en duda si debe seguir o no en dicha escuela, o si debe poner todo su empeño en escribir, y que, como algunos de los demás personajes, cae bajo el hechizo nostálgico y misterioso de Louki. Son cinco narradores que afrontan, desde sus puntos de vista, aquellos años y muy directamente a la chica a la que a medida que avanza el libro vamos conociendo y comprendiendo algo más. Cada personaje nos apunta algo nuevo de ella y algo más sobre ellos mismos, sobre el Paris de los sesenta, sobre “la rivee gauche”, sobre tantas dudas que había entonces y que todavía no se han resuelto: el amor, el arte, la culpa. Louki desde muy pequeña, como algunas de las chicas de Las Desconocidas, va al cine sola, a que le cuenten historias que le muestren que el mundo es diferente y que, por ello, merece la pena vivirlo. Una constante en los personajes de Modiano es la soledad: la soledad y la necesidad de afecto. Por eso todos nos resultan tan cercanos y a todos deseamos abrazarlos. Al propio Modiano. La literatura y la vida se entremezclan de una manera diferente a la que últimamente estamos acostumbrados: el autor nos pide nuestra ayuda. Para él y para todos los suyos. Si toda la obra narrativa de Patrick Modiano transcurre entre el deseo de comprender la segunda mitad del siglo XX europeo y el no menos trascendente interés por encontrar su propio hueco en el espacio y en el tiempo, esta obra pertenecería más al segundo grupo. No es difícil entender así lo que dice Félix Romeo: que en Francia no han terminado de acoger como suyo el Nobel de Le Clezio, que lo hubieran preferido para Modiano. Es una afirmación osada, pero muy fácil de compartir. Modiano bucea en su propia historia personal para tratar de explicarnos la historia de Francia, o incluso la historia de Europa, nuestra historia.
        En El Café De La Juventud Perdida apuesta. desde las primeras líneas, por un lirismo de una intensidad muy poco frecuente. Ya desde el título, que toma prestado de Guy Debord, que también quiso describir estos ambientes y lo intentó hasta que se agotó y se quedó sin más ganas de escribir, ni de vivir. Es algo que cuesta comprender. Pienso ahora en tantos, el último David Foster Wallace, pero son tantos. Un personaje del libro, en idéntico trance, nos ofrece una respuesta: No hay nada que entender… Cuando de verdad queremos a una persona, hay que aceptar la parte de misterio que hay en ella… Porque por eso es por lo que la queremos, ¿verdad, Roland? O quizá sí haya algo que entender: escribimos para salvarnos. Pero no todos somos Modiano.

 

(Esta reseña está publicada en la revista Clarín)

La historia de mi vida

 

La historia de mi vida en treinta segundos.

Me gusta el tono sentimental. Yo soy muy sentimental. Vale que es un anuncio fácil y que por eso nos llega dentro, pero además está la cerveza (no necesariamente la marca que se anuncia). Bien, pues lo mejor es el tema musical. El músico es Micah P. Hinson y el tema es D’ont forget you, el más conocido de su primer y mejor disco: and the gospel of progress, cuando aún era un desconocido para todos nosotros. Para mí lo mejor del mundial. Eso y ver a Zapatero rezando en Covadonga a San David Villa. Todo llegará. Pan y circo. La historia de mi vida.

Antecedentes, de Julián Rodríguez

ESCRIBIR SOBRE EL FRÍO

Antecedentes
Julián Rodríguez
Literatura Mondadori
107 páginas
Barcelona, 2010

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        Recuerdo que leí Nevada (Renacimiento, 2000), un poemario que contaba historias de personas que trataban de sobrevivir con la dignidad que siempre nos hace mejores. Recuerdo que el librito estaba recorrido, desde el primer poema, por el frío y te dejaba helada el alma. Pasaron unos años y lo siguiente que leí del autor fue Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás (en la interesantísima editorial Caballo de Troya, en 2004). El impacto ocurrió desde el título. Y ya no pude soltarlo hasta que no acabé de leerlo. En realidad aún no he podido hacerlo. Siempre está ahí: una suerte de diario dividido en diez momentos, cada uno de los cuales pretendía constituir un relato real, creado a raíz de un artículo para una revista de arte, o a partir de un montón de fotos antiguas, o de algunos recuerdos de su pueblo: Ceclavín, en Cáceres. El título lo tomó prestado de una exposición del fotógrafo Daniel Guzmán. Siempre pienso que nuestra vida es eso: unas vacaciones más o menos baratas en la miseria de los demás. Pero lo más sorprendente del libro es el uso novedoso que hace del género (diario) y aun más del lenguaje. Algunos piensan que ya está todo inventado. Yo aún me encuentro con sorpresas como esta. Y el paso siguiente fue buscar sus libros anteriores. Ahí aparece Mujeres, manzanas (Editora Regional de Extremadura, 2000) un conjunto de historias de mujeres que, es cierto, trataban de sobrevivir con la dignidad que siempre nos hace mejores. Y, también es cierto, estaban atravesadas por el frío, que te dejaban helada el alma. Ahora, diez años después de esos dos primeros libros y cuando Julián Rodríguez es ya una referencia ineludible a la hora de analizar la narrativa española, aparece Antecedentes (Mondadori). En el prólogo escribe:  Recuerdo que comencé este libro, ambos libros, el verano de 1997, pero fue un verano para mí infernal. Cuando dice ambos libros se refiere a Nevada y a Mujeres, manzanas. Continúa: La disposición de los textos de aquellos dos libros en esta nueva edición (…) obedece a un criterio que, hoy, me parece más cercano a lo que siempre deseé que fueran: un solo libro. Es cierto: los textos están dispuesto de manera diferente. Abrir con el relato “Muerte” es un acierto. Es uno de los relatos mejores. No sólo en el libro hay verso y prosa. También en algunos relatos, como en este “Muerte”, hay fragmentos de poemas que nos ayudan a comprender mejor a las protagonistas: Ramón Gaya, Luis Alberto de Cuenca, José Luis Piquero, aparecen en mayor o menor medida entre sus páginas.
        El prólogo comienza así: Este libro fue un laboratorio. Cuando leí Unas vacaciones prestadas… lo primero que quise fue encontrar antecedentes. Porque Julián Rodríguez sabía qué quería hacer con el lenguaje y qué lo hacía diferente. No diría yo que Antecedentes sea un laboratorio donde fue pergeñando la voz que quería para sus libros posteriores. O sí. Los primeros libros son casi siempre un paso en la construcción de la obra. Y eso no les quita valor: a veces incluso son los más interesantes.
      El libro se estructura en tres partes que se inician con algunos de los mejores textos: la primera parte comienza con “Muerte”, una historia de tres mujeres que coinciden en un punto de Extremadura mientras una de ellas lee un poema de Ramón Gaya que le evoca instantáneas nítidas de su pasado, la segunda barre la entrada de un bar y la tercera, su madre, aparece a veces por la ventana de este apremiándole en su trabajo. En Julián Rodríguez siempre tiene un espacio el arte, la literatura alimenta a los personajes. En el relato “Palabras”, la protagonista vive de la caridad de los otros: Algunos sólo les regalaban palabras./ Ya son una ayuda, pensaba ella. La gente no sabe cuánto aprecio las palabras./ Más que dinero, se decía también, porque así podía pagar con la misma moneda.
          Los personajes del primer relato aparecerán en otros: a veces vislumbrados con breves trazos que nos evocan otras páginas, a veces más claramente. Yo creo que hay mucho de estas mujeres en algunos personajes de sus libros posteriores, de todos sus libros. La pareja de “Navidad” también me es familiar. No sólo ella, también él. La relación con su madre y con su hermano, tan especial, tan cercana. Las fotos de familia también abundan en estas historias. La familia siempre está presente. Hay mucho de Antecedentes en Cultivos (Mondadori, 2008), su último libro hasta ahora.
        La segunda parte, con el subtítulo “Textos extranjeros”, se abre con “Virtud”. Aunque la historia no ocurra en España, podría trasladarse tal cual a Extremadura o a Andalucía. Es el relato que debía leerse en todas las escuelas de zonas rurales para ir conociendo algo de su pasado, en ocasiones, no demasiado lejano. Las jóvenes de un pueblo perdido que desde los trece años esperan la llegada del hombre que las saque de sus casas. Hay algo de mítico y atávico en “Virtud”, el relato con el que comenzaba Mujeres, manzanas. Los poemas más narrativos del libro, hablo por ejemplo, de “Maximilian Kolbe”, se leen con solución de continuidad. Es la otra cara de la virtud, allí donde el frío tomaba su nombre. Las guerras aparecen en el libro. Son parte de la historia del siglo XX y todo está enlazado. En la guerra todos somos diferentes, parece pensar Julián Rodríguez. Algunos están a la altura y otros no.
        La tercera parte del libro comienza con “Pietá”. Piedad es el nombre de dos de las mujeres que aparecían en “Muerte”, la madre y la hija del bar. Pietá es otra forma de Muerte. Sus relaciones con el mundo, con los hombres, no las hacen felices. Los gorriones que asomaban cada mañana a la puerta eran menos huérfanos que ella y sus hijos. El relato “Desconcierto” es la autobiografía de una mujer que tampoco fue demasiado querida por los suyos. En realidad, las mujeres del libro no son felices porque no son queridas. Ni por sus familias ni por sus parejas. Eran tiempos también de otras necesidades: Desayunar un café con leche era entonces un lujo. Ella encontraba consuelo, aunque también desconcierto, en las palabras que leía o en el paisaje, o en lo que le decía un maestro en la escuela.
        Y otro de los mejores relatos del libro es el que lo cierra, “Manzanas.”, que nace o toma forma a partir de “Historia de G.”, el poema de José Luis Piquero. José Luis Piquero y Julián Rodríguez son dos de los autores que prefiero actualmente. Me gusta encontrarlos a ambos en un libro que quiero: Antecedentes, el retrato de mujeres que nos helarán el alma, el retrato de mujeres que ya todos conocemos. Era necesario un libro así.

(Publicado en el número 86 de la revista Clarín).

La cabeza a pájaros, de Tony Soto

Golondrinas, de Tony Soto

Golondrinas, de Tony Soto

ÓLEOS LEÍDOS, PALABRAS MIRADAS

(para Ana Rodríguez Lago,
que me enseñó a mirar).

¡Qué música tan fina!
En el pentagrama eléctrico,
las golondrinas.


        Me quedo mirando las golondrinas. Son todas diferentes. Si Ramón Gómez de la Serna levantara la cabeza, agradecería que a Isabel Escudero se le haya ocurrido este poemita, y que Tony Soto lo haya plasmado tan bonito en el óleo. La imagen y la palabra. Tony Soto, con los óleos de su serie La cabeza a pájaros, dando forma a los poemas de Isabel Escudero, de su librito Gorrión, migajas…, hermosamente editado por Pre-textos. Dos mujeres distintas, dos lenguajes: una misma manera de crear. Voy mirando la serie de óleos. A veces me demoro en alguno, leo los poemas, en castellano, en inglés. Los poemas trazan con las palabras escenas en movimiento. Tony Soto los traduce al lenguaje de la mancha de color. Adivino maneras de Kandinsky o de Paul Klee. Me voy demorando en algunos cuadros, en los que más me interesan.

Grullas, de Tony Soto

Grullas, de Tony Soto

Leo el poema Grullas:

Como el ave de paso,

no deja huella,

pero el camino

en el aire queda.

        La mancha de colores, la composición del puzzle en las colinas coronadas por el sol, y las grullas. De nuevo varias aves: todas diferentes, buscando su manera peculiar de afrontar en círculos el camino. El óleo me recuerda a algunos ilustradores de libros infantiles. Los motivos naif van a ser frecuentes. (Siempre me ha gustado la palabra “naïve”.) Ya lo son también en los poemas, que juegan con el sentido de la voz del niño. El esfuerzo de Tony Soto va a consistir en lograr ese mismo tono, esa mirada de niño inocente que se sorprende con lo que observa, en las imágenes que nos ofrece. No es nada fácil. En este cuadro sí se logra: las colinas de colores diferentes, el sol y el cielo que parecen estar vivos, y las grullas que parecen estar hablando entre sí. La imagen complementa al poema y lo hace más bonito. El poema que presta su título al libro es Gorrión, migajas:

Gorrión, migajas,

apenas sí da

para una mirada.

Gorriones, de Tony Soto

Gorriones, de Tony Soto

        Adivino el esfuerzo del gorrión que trata de arrancar unas migajas de un trozo de pan, mientras sus compañeros lo observan, esperando su turno. Al fondo, apoyados en un muro, hay dos pajaritos que van a lo suyo, como si todo esto de la comida no fuera con ellos. Me quedo con el gorrión de la derecha. De nuevo todos son diferentes, pero este es el más bonito, y parece que avanza hacia la miga de pan con un paso más cansino. Sabe que llegará a tiempo, y está solo. Es diferente y está solo. Me gusta cómo suenan los dos últimos versos en inglés:  You can barely catch / a glance.  Algo más misterioso me parece el que se titula, entre paréntesis, Adivinanza:

Monjas tempraneras,

alzan sus tocas

blancas y negras.

Aivinanza, de Tony Soto

Aivinanza, de Tony Soto

        El mismo misterio se deja ver en el óleo. Sobre un fondo cromático que va del amarillo-ocre al azul marino hay cuatro pájaros: tres sobre el suelo, componiendo un triángulo imperfecto, y uno en una rama. Dos de ellos parece que miran al mismo sitio, a la derecha, uno hacia abajo y el cuarto a la izquierda. Es difícil dar esa sensación de misterio con tan pocos medios pero se consigue: la desnudez del lugar ayuda a ello. Los pájaros van tomando su sitio para dar equilibrio al fondo. Esa es la sensación que tengo tras ver estos óleos. El tema no son los pájaros, no solamente, sino el color, la composición. El misterio está en la postura y la mirada del ave.

Alondra, de Tony Soto

Alondra, de Tony Soto

Que nadie la oiga,

a la alondra

¡qué le importa!

        El tema de este poema es la soledad. También lo es el tema del cuadro. Sobre un fondo extraño y hermoso logrado con tonos verdes, la alondra descansa sobre una rama de espinos. Y mira hacia el sitio del que procede la luz. La alondra está sola, por eso nadie la oye. En el cuadro no se ve la música, pero sí se ve la soledad. En la luz, en el verde, en las espinas. Este es otro de los cuadros que más me gusta. No es fácil hacer abstracciones con figuras. Tony Soto lo hace. Aparentemente hay algo y si miras el cuadro atentamente está ahí. Pero lentamente va surgiendo el tema que va más allá. Los dos últimos cuadros son los que más me gustan. En uno de ellos, las líneas rojas y azules van marcando los bordes de las teselas de un mural. Se cruzan aparentemente sin orden y van formando manchas de colores vivos: amarillos, verdes y grises. Lo que termina de darle forma al fondo son los dos ruiseñores, que también son distintos. Arriba el macho, perfectamente acabado, cuidado el plumaje con todo detalle, canta para atraer a la hembra que, inacabada, lo mira con admiración. El poema dice:

Amarilla la voz

con la que a sus parientes

llama el ruiseñor.

Ruiseñor, de Tony Soto

Ruiseñor, de Tony Soto

        La niña es la que escribe porque cuando ve la escena, tal como está dibujada, no sabe que el ruiseñor de abajo sea la hembra. Quizá tampoco sepa que el de arriba sea el macho. También es una niña la que dibuja una escena entre colores que le gustan donde una de las aves canta y la otra escucha a la primera. Pero los que vemos el cuadro y leemos el poema sabemos que el canto del ruiseñor no atrae a sus parientes, sino a la hembra a la que quiere poseer. Es difícil para un adulto crear como lo haría un niño. Hay que conocer mucho del mundo y de los extraños modos en que nos comportamos. ¿Cuándo deja el niño de ser un niño? Cuando empieza a aprender. ¿Cuándo puede volver a escribir o a pintar con la mirada del niño? Cuando renuncia a lo aprendido. Pero nunca podemos renunciar a todo. Vuelvo al principio. Vuelvo al cuadro de las golondrinas sobre el pentagrama eléctrico. Los mismos tonos grises del fondo del cuadro anterior separados por tres líneas que, una vez más, no sabríamos qué son si no es por las golondrinas que están posadas sobre ellas. Releo los versos:

¡Qué música tan fina!

En el pentagrama eléctrico,

las golondrinas.

        Y leo el cuadro: las golondrinas, todas diferentes entre sí, que parece que están en una charla animada de mañana de domingo. Porque los versos de Isabel Escudero se pueden mirar, como hace Tony Soto, con la mirada deconstructiva de una niña inocente que ya se niega a seguir aprendiendo cosas inútiles, y los óleos de Tony Soto se pueden leer (no es lo importante el idioma, pero suenan muy bien en inglés) como los niños que algún día aspiramos a volver a poder ser. Estos días todo es más difícil, pero sabemos que el mundo puede volver a ser hermoso.

Galería Artífice

presenta

La cabeza a pájaros

Óleo sobre lienzo

de Tony Soto.

Sobre Gorrión, migajas…

libro de Isabel Escudero.

del 1 al 17 de julio

Puerto de Santa María

(Calle Placilla, 2. Casa de los Leones)

El fin de semana perdido, de José Luis Piquero

        piquero

        Escribo tres poemas al año. Para escribir esos tres poemas, o dos, o cinco, tengo que vivir en poeta 365 días al año. Estas palabras del poeta José Luis Piquero (Mieres, 1967) me llevan a pensar en qué es vivir en poeta. Han pasado doce años desde su libro anterior, Monstruos perfectos (Renacimiento, 1997), y el resultado son estos treinta y siete poemas que integran El fin de semana perdido (DVD, 2009). Las matemáticas son casi exactas: tres poemas por doce años: treinta y seis. Pero esta historia comenzó antes.
        La prehistoria de su poesía es Las ruinas (Mieres, 1989). Allí están ya las principales referencias: Eliot, Cernuda, Cavafis, Gil de Biedma y, por encima de todos, García Martín. A él le dedica el segundo libro, El buen discípulo (1992), donde vemos ya el tema que va a presidir el resto de su obra: su autobiografía. Una vida dedicada a la literatura. Su grupo de amigos es un círculo concreto de poetas. Su “padre”, su amigo, su maestro, va a ser el autor asturiano ya citado. Y la necesidad que todos tenemos de revelarnos ante el padre (que nos sienta, que nos valore), para posteriormente rebelarnos frente a él, va a ser toda con el propio García Martín. En el soneto que inicia el libro leemos: En mi caso/ del sujeto civil al personaje/ que asoma la nariz en mis poemas/ hay poca diferencia. No sólo él; también sus amigos son de verdad. Y esto se hace mucho más evidente en la segunda parte del libro: BIOGRAFÍA. Así podría haberse llamado cualquiera de sus poemarios. El tercero lo tituló Monstruos perfectos, y le supuso aun mayor reconocimiento, fue finalista del Premio de la Crítica. Los temas son los mismos. Podría incluso ser una continuación del anterior, con un estilo más logrado, con mayor dominio del verso libre y de sus ritmos, también de los recursos del lenguaje. Recuerdo “Días de 1988 y 1989”, título que también alude a su maestro: Me acuerdo de las noches, siempre muy tarde, / que tocaba tu timbre y me obligabas a subir. El poema es una maravillosa declaración de amor, o más que amor, a la persona que le ayudó a formarse como poeta y como persona: A veces, en alguna de esas noches, / cuando yo ya te amaba más que a nada en el mundo,/… Yo, de este libro, prefiero  el poema “A Iván y Arancha en Praga”: ¿Me entendéis? Los amaba/ en el deseo inútil/ de haber querido ser cualquiera de los dos/ en vez de ser yo mismo. Estos versos muestran los deseos del poeta: de cambiarse por él, o por ella, por cualquiera de los dos para vivir una vida diferente, en la que la única preocupación fuera la felicidad del otro. Y en ese ¿Me entendéis? veo la necesidad de sentirse amparado, creído, reconocido. Necesita decir que lo que escribe es verdad. En 2004 da el salto a DVD de la mano de Sergio Gaspar y con prólogo de Luis Antonio de Villena, donde publica Autopsia, poesía casi completa, y con quince inéditos de los que catorce van a formar parte de El fin de semana perdido. El libro le supuso el premio Ojo Crítico, que no siempre acierta, pero esta vez sí lo hizo. Y así, en 2009, llegamos a El fin de semana perdido, publicado de nuevo en DVD.
        El libro se divide, como el anterior, en tres partes centrales, un prólogo y un epílogo. Brillante desde el prólogo, MENSAJE A LOS ADOLESCENTES, que da una serie de consejos que nos avisan del tono del libro: incorrecto e insumiso, realista, personal e intransferible: Aprended a ser libres, no esquivéis la mentira;/ sabréis por experiencia que es más sólida que una verdad pactada. La vida es, pues, una verdad pactada.
        La segunda parte es LÁZARO OTRO. Enlaza desde el principio con la autobiografía que son sus libros anteriores. Se siente culpable: Ya no puedo vivir con el peso de haberos causado tanto daño.  El poeta repasa vida y amigos, y concluye: Al fin una certeza: la mentira, que es esa verdad pactada que todos callan. Parece que el autor busca descender a los infiernos para partir de cero, para no tener que mirar atrás. En esos momentos donde la crítica es feroz a sus amigos, a sus maestros, a él mismo (más que a nadie, a él mismo): el Golem, Caín (Gracias, odio; gracias, resentimiento;/ gracias, envidia:/ os debo cuanto soy) o Judas son los nombres que usa para referirse a sí mismo. En estos momentos es cuando aflora su mejor poesía. No sólo en este libro. Si hubiera que hacer una antología de su obra, habría que pensar en llamarla Vivir en poeta, y en escoger muchos de estos poemas. Se siente reflejado en la figura de Rimbaud: Yo no quiero ser yo. (…) Yo no sé quién soy yo. (…) Yo no puedo ser yo… Quiero ser nadie.  Para luego renacer en “Lázaro otro”, uno de los mejores poemas del libro, que empieza: He perdido la voz. Me he perdido a mí mismo (…) Sólo me fui un momento./ Ese fin de semana deslumbrante que todos esperamos/ cada maldito día laborable/ y yo me lo he perdido. Ahí aparece el sentido del título del libro. Alguien que vuelve al que cree su sitio y ve que se ha perdido lo mejor de la vida, lo único que merecía la pena. Lo dice aun más claro: Mi vida es como el fin de semana perdido.  En otro de sus mejores poemas se pregunta por la verdad:  Dime que hasta la última palabra/ todo es verdad, verdad….  Porque si lo que dice no es cierto, no le interesa. Ya sabemos que el poeta tiene derecho a todo, menos a mentir.
        La tercera parte es WAKEFIELD, nombre del personaje de Hawthorne que sin aparente motivo abandona su casa y su trabajo, y pasa a ser espectador de lo que habría sido su vida. Una suerte de Bartleby de la vida. O un Stevenson o un Gauguin que lo abandonan todo para partir al Sur y vivir una vida más auténtica. Esta serie es de las más hermosas del libro. El desarraigo cultivado en la parte anterior le lleva a tomar decisiones drásticas y sin vuelta atrás. En el poema “Nova” resume una parte importante de su vida: Te dije que el amor sería para siempre. Te mentí.  En “El ausente” revisita a sus amigos de antes y ve que están bien, y que no parecen echarle de menos. No sabe qué pensar. Queda todo muy abierto.
        ALUMNAS DE UNA ESCUELA DE PELUQUERÍA es la cuarta parte. En ella se habla del amor, de mujeres que hay o ha habido en su vida. Ya desde el título las musas han dejado de volar. Igual que Vilas habla de cajeras de McDonalds o Iribarren de las de supermercado, Piquero sitúa a sus musas en el suelo. Pero sabe que aquí él no domina las claves: …soy el que finges que te mira cuando no te das cuenta/ y sientes que se muere de tu propio deseo.// (Sabes poco de libros pero eso sí lo sabes). Amigas, amantes, poetisas… y entre ellas, el poema más hermoso de José Luis Piquero: “Cuatro”, con un in crescendo que se va apoderando del lector y que le hace partícipe del momento celebrado. Al final, la salvación: No volveré a estar solo./ Después de haber amado así, la muerte/ no me tendrá del todo. Nuestras vidas son los libros, pero no son nada si no hay piel a la que amar, si no nos sentimos vivos.
        El EPÍLOGO final es un punto y seguido, una puerta abierta al futuro. No sabemos cuándo volverán a salir poemas nuevos, pero sí que los estaremos esperando. Porque El fin de semana perdido es un grito desolado pidiendo ser feliz y hacer feliz, pidiendo ser leído, una historia apasionante y real que no deja de intrigarnos, una mirada a la muerte, a la resurrección y, de nuevo, a la vida que sabe que ya no va a morir del todo. El fin de semana perdido es el mejor libro de poemas español publicado en 2009, una piedra más en el sendero de la obra de uno de los autores vivos más interesantes que conozco.

Vivir en poeta es el título de la reseña que escribí de El fin de semana perdido, de José Luis Piquero, que se publicó en el número 93 -94 de la revista Turia.

Pan y circo

        Estos días de fútbol y crisis, o de pan y circo, estos días de inicio del verano coinciden con los últimos días del curso. En realidad el curso ya ha finalizado, pero este año tenemos que permanecer en el centro hasta el 30 de junio. Hay más novedades, no sólo el aburrimiento, o sí: también el aburrimiento. Finalizo mis colaboraciones con el blog Estado Crítico. Cuando escriba una reseña la publicaré en este blog. Sé que los lectores son menos. ¿Menos? ¿Realmente alguien leía mis reseñas en EC? He tratado de mantener una línea coherente, apoyando libros de autores que me parecían poco conocidos y muy interesantes. Lo cierto es que estoy muy satisfecho con los resultados personales. Pero la intención de tener alguna repercusión no ha podido ser satisfecha. Cuando no gusta lo que alguien dice lo mejor es el silencio, hacer como si no existiera. Sé que aquí es y será parecido, pero al menos es mi blog. Al menos será el lugar en el vaya guardando lo que voy escribiendo. Una suerte de diario y, a partir de hoy, también diario de lecturas.

José Saramago

        Siempre tenía una opinión que dar. No sé si eso es bueno. No suele gustarme la gente que opina de casi todo y que no parece dudar casi nunca de las cosas. De todas formas sus opiniones eran muy parecidas a las mías. Para muchos representaba la conciencia crítica de la izquierda. Veo que en la mayoría de los medios hacen hincapié en su amistad con Fidel Castro, con textos o con fotos. Juan Marsé nos muestra, una vez más, que en los últimos años cada vez que leemos algo suyo es para echar sapos y culebras. Sólo el diario El Público señala que desde 2003 ya no era afín al régimen cubano. “Hasta aquí he llegado.” Igual que ocurrió con otros muchos, igual que con Eduardo Galeano. Me gustaba especialmente cuando contaba que hasta los sesenta años no tuvo claro que podía vivir de su literatura. Antes había pasado por mil ocupaciones. Provenía de una familia muy humilde y esa humildad se le notaba casi siempre. Me gustó mucho El año de la muerte de Ricardo Reis, que hoy me sigue pareciendo su mejor novela. Los grandes premios siempre suponen el inicio de una etapa diferente, casi siempre peor. Antes eres un autor, un artista, un escritor y a partir del premio pasas a ser una marca, un señuelo, una imagen que unos y otros utilizan. Lo cierto es que sus últimas novelas, a partir del Ensayo sobre la ceguera no me interesaron demasiado. Él se sentía comunista sin complejos. Eso sí que me interesaba. Sabía que ser comunista no significaba aliarse con los sistemas fallidos de la Europa del este. Para la derecha era un personaje incómodo, no hay más que ver la prensa de hoy; para el PSOE también lo era, aunque a veces sus fines pudieran coincidir. Desde hace algunos años residía en Tías, en la isla de Lanzarote, la isla manriqueña (de César) que a partir de hoy será también la isla de Saramago. En Lanzarote estuvo exiliado Unamuno. La presencia de Saramago allí tuvo también algo de exilio, aunque voluntario, por la mala acogida que tuvo en su país El evangelio según Jesucristo. Unamuno volvió a Salamanca. Saramago fue ciudadano del mundo desde el municipio de Tías. La literatura portuguesa merecía uno y varios premios Nobel desde hace ya tiempo. Las especiales peculiaridades biográficas de Pessoa hicieron imposible obtenerlo. Quizá Torga… Ahora pienso en Lobo Antunes. No sé qué pensará de esto mi admirado Joaquim Manoel Magalhaes. Supongo que los avatares de los premios no le interesarán. Lo cierto es que a mí tampoco. Sí me agrada saber que estos últimos años ha sido todo lo feliz que puede serlo alguien inteligente en este mundo tan miserable.

        Uno de estos días volveré a leer El año de la muerte de Ricardo Reis y me sentiré algo mejor.

saramago

Alegres cancioncillas

Hay un tipo, un tal Nacho Vallejo, que ha descubierto que en realidad no me gano la vida como profe, sino que escribo letras de canciones para cantantes de éxito. De hecho ha encontrado este video de Johnny Cash con una de mis alegres cancioncillas. En el más puro estilo Manuel Vilas: Johnny Cash es grande. Nacho Vallejo también es grande.

Video de Hurt, de Johnny Cash.


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