contratación de publicidad on line

Empezar a escribir

 
Empezar a escribir. Entre voces distantes y vanidades, empezar a manejar mi modélica soledad.

Cuéntame tu historia. Necesito tu historia para contarla. ¿Tendré que recurrir a mi vida? Mi vanidad…

¿Tienes algo que contar? Responde. Si es así, siéntate a mi lado. Te escucharé con todas mis fuerzas. Te atenderé y te amaré. Nadie más te va a prestar

NUNCA

tanta atención. No tengo nada más que hacer.

Si no tienes nada que contar, pero estás dispuesto a escuchar: deseas escuchar a quien nos muestre su voz, también puedes entrar y sentarte conmigo.

Su voz, no la voz de los otros. No me interesa la voz de los otros, pero si es lo que deseas contarme, lo que otros han dicho, ven y hazlo. Alguien te escuchará.

Mi cuerpo está herido.

No siempre podrá atenderte como quisiera, pero tengo algunas tablas. De joven fui actor y recitaba monólogos gastados. También fui camarero y acompañaba a los clientes a sus casas. Siempre era el último en acostarme.

Mi cuerpo está herido.

Soy obsceno y mis gustos son soeces y vulgares. Estoy esperando a que me llame Ana Rosa Quintana para contar mi vida en su programa y darle un aire más retro.

Igual no te gusta todo lo que he hecho, pero algunas cosas sí te gustarán. Si yo encontrara algún sitio en el que me gustase todo, no estaría aquí. Pero no, no lo hay.

Nu assis sur un divan (”La belle Romaine”), de Modigliani

Nu assis sur un divan (Amadeo Modigliani)

Nu assis sur un divan (Amadeo Modigliani)

Cerrar los ojos para verte, de Rodrigo Olay

 

ARTESANO BRILLANTE

rodrigo_olay_002

Cerrar los ojos para verte. (2005-2011)
Rodrigo Olay
Premio Asturias Joven de Poesía 2010
Texu
ISBN: 978-84-938530-6-8
86 págs.
Oviedo, 2011
Cuando se está hablando de un poeta español, aún por consagrar, publicado por una editorial desconocida y periférica, en una colección casi institucional y, además, es el primer libro de un autor tan joven, es muy difícil encontrar tanta unanimidad en el elogio como he encontrado ante este libro, Cerrar los ojos para verte, de Rodrigo Olay. Y eso que normalmente la juventud y el ser autor primerizo son factores que relajan a la crítica y le hacen estar poco atenta y se pasan por alto los errores con la manida frase: “es su primer libro, con todo lo que ello supone.” Hay una segunda frase también típica en estos casos: “no parece su primer libro.”

        Rodrigo Olay es un autor brillante. Sus poemas son auténticos fuegos de artificio que provocan enorme admiración en quien los lee. Este libro parece un resumen de toda la historia de la poesía española. Yo diría que el repaso se quedó en Luis Cernuda, aunque también hay citas de Aleixandre y algunos poemas que nos hacen mirar de reojo a sus paisanos Víctor Botas, García Martín y guiños a José Luis Piquero. Es probable que haya algo de otros, pero asumamos estos tres referentes como esenciales. Claro que Víctor Botas y García Martín son presencias constantes en el libro y Piquero aparece con cuentagotas. Lo que sí veo es que no hay es demasiado Rodrigo Olay. Y eso es un problema. Cuando descubro un autor nuevo, espero encontrar el motor o los motores que mueven su vida. En este libro encontramos algunos que podrían ser válidos: el desamor, el gran tema de muchos de los poemas del libro, y el amor a la poesía. Pensaba escribir “a la literatura”, pero dejémoslo en poesía, de momento.

        Aún no he escrito su edad. Rodrigo Olay nació en 1989, luego estamos hablando de un autor que tiene unos veintitrés años. Probablemente terminó el libro un año o dos antes ya que fue premiado en 2010. Y en el subtítulo leemos que hay poemas de 2005. Conozco muy pocos casos parecidos y los que conozco hacen de él un autor muy prometedor. También es cierto que aún no ha demostrado nada. Sí, ha demostrado que es un brillante compositor de versos. Sí, ha demostrado que ha leído, pero no estoy seguro de que aún haya asimilado demasiado. Sí, también ha demostrado, quizás sea eso lo que más nos ha demostrado, que tiene un oído prodigioso para la poesía. Y no se queda atrás en ingenio.

        Añora la época de la infancia: “un pasado / que hoy sueño cual –yo es otro- inalcanzado / e irrepetible cuento perdido”. En el soneto “Constantes vitales”, hace un repaso de su vida. Cuatro estrofas, cuatro etapas: infancia, adolescencia, madurez y senectud. Y se sitúa en la madurez. Se ha saltado lo que realmente está viviendo. Quizás no debería, pero reniega: “No soporto ser joven. / Es el mejor momento de la vida. / Pero no soy feliz.” La juventud, aunque en poesía casi siempre lo parezca, no siempre ha de ser estúpida, alocada ni ignorante. Cuidado con algunos cantos de sirena que tratarán de embarcarle en empresas poco favorables. La tertulia Oliver es experta en hijos pródigos que han salido al mundo y se han ido perdiendo para la poesía. Probablemente les vaya bien en otros quehaceres cercanos o paralelos a ella. Pero “ir bien” no significa nada; no garantiza nada.

        Parece que retoma, avergonzado, la cuestión de la juventud: “Lo confieso: también / yo fui joven y fui / dichoso”. Y fue joven en París. ¿Desea volver? “Lo peor, sin embargo, es que si existe / una buena razón para volver, / entonces sólo somos lo perdido, / entonces nos retienen los dedos de la lluvia, / sus hilos desgastados, su voz fina. / Y es entonces volver / ver vivir, estar muerto.”

        Su dominio formal incluye formas que van del haiku y la soleá, al soneto. ¿Para qué escribe? “Escribes haikus / para engañar al tiempo. / Vive y engáñate.” Y ya tiene calculado cuál va a ser su sitio. Lo escribe en el título siguiente: “A un poeta menor de 1989”.

        Los dos poemas que más me han gustado son “American dream”: “Cuántas veces soñé con no ser diferente, / yo quería ser sólo uno más en el grupo” (este verso me recuerda muchísimo a alguno de José Luis Piquero), y aun más, sí, es un gran poema, “Operación Triunfo” donde juega a hacernos ver que está hablando de algo, el concurso-reality para, al final, mostrarnos que nos habla de una cosa diferente. La imagen final nos evoca, claro, a José Luis García Martín.

        ¿Cuánto hay en estos poemas de Rodrigo Olay y cuánto de sus lecturas? ¿Puede un autor con veintipocos años decirnos que está en su madurez vital. ¿Es creíble el poemario? ¿La literatura será su vida o llevará la vida a la literatura? ¿Es real el personaje o es un brillante impostor? ¿Y si es un impostor, seguirá deslumbrándonos con sus artificios? No sé si habrá próximos capítulos, para desentrañar estas y más interrogantes. Me quedo con ganas de saber cómo es Rodrigo Olay. Sé que es brillante, pero eso no me basta. O tal vez sí.

70 haikus y senryûs de mujer, de Suzuki Masajo, Kamegaya Chie y Nishiguchi Sachiko

 

DECIR LA NADA MENOS NADA

haikus-senryus-mujer

70 haikus y senryûs de mujer
Suzuki Masajo, Kamegaya Chie y Nishiguchi Sachiko
Trad. de Vicente Haya y Yurie Fujisawa
Caligrafías y haiga de Keiko Kawabe
ISBN: 978-84-7517-973-5
93 págs.
Hiperión
Madrid, 2011
“Decir la nada.” Para muchos, una aspiración. Otros quizás añadirían: “de la forma más hermosa posible” y, ya puestos: “Decir la nada más significativa.” Decir la nada. La aspiración de una parte de la cultura zen tantos siglos. Con estas tres palabras describe Vicente Haya el significado del haiku. Y sí, es una forma acertada de hacerlo. Aunque haya nadas y nadas. Y la nada de este libro es mucho menos nada, que la de muchísimos otros libros de poemas o de relatos.

        70 haikus y senryûs de mujer, editado por Hiperión en 2011, es todo un descubrimiento. Se trata de una antología de poemas escritos por tres mujeres japonesas del siglo XX. No es nada fácil encontrar información sobre ellas, quizá sí de Suzuki Masajo, que vivió casi todo el siglo, y terminó convirtiéndose en algo más que una poeta: un símbolo para la mujer japonesa sometida (ella también lo estuvo hasta que decidió romper sus ataduras) a las normas más duras. No entendemos por qué se ha suprimido este prólogo que estaba inicialmente previsto. Se nos antoja imprescindible, aunque los poemas se defiendan solos.

        La mujer japonesa siempre ha estado muy próxima a las artes y más aun a la poesía. Y cuando escribo “siempre” es siempre. Dos de los nombres clásicos, probablemente los más importantes de toda la literatura japonesa, son los de Sei Shonagon y Murasaki Shikibu. Mucho más recientemente tenemos, también hace unos años editada en Hiperión, a Yosano Akiko, precedente inmediato de las tres poetas que aparecen en esta antología, la ya mencionada Suzuki Masajo, Kamegaya Chie y Nishiguchi Sachiko. Las tres vivieron a lo largo del pasado siglo XX y la última aún vive. Las tres vidas son, cada una a su manera, interesantes para entender amplios espectros de mujeres japonesas y ninguna de ellas ha tenido una vida fácil.

        Si bien todo el mundo conoce someramente lo que es el haiku, es probable que no esté tan claro qué es el senryû. Se trata de una pieza con la misma estructura métrica que el haiku, pero sin referencia ninguna a las estaciones del año, cuyo tema es algún rasgo físico o psicológico de la naturaleza humana y también pueden referirse a objetos artificiales. La diferencia con el haiku es temática y quizás sea lo que en occidente se ha venido considerando como haiku tradicionalmente.

        Suzuki Masajo es la más cercana a Yosano Akiko de las tres. Se puede decir que ambas tienen algo de representantes del feminismo más creativo en su país. Nació en 1906 y murió en 2003: ha recorrido casi todo el siglo pasado. Tuvo una infancia y juventud difíciles en las que tuvo que casarse con su cuñado para cuidar a los hijos de su hermana mayor muerta, como exigía la tradición de su país, lo que le llevó a la infelicidad conyugal, tema de sus poemas. Pero pronto se liberó de las ataduras y regentó un bar. Desde luego, nunca fue admitida en los cenáculos poéticos de Tokio, donde vivió toda la vida. En sus poemas refleja su feminidad:

Una mujer sola. / Se despierta y mira / la caja de luciérnagas.

Noche de invierno. / Cosas que se reflejan / en el espejo: yo.

         También algún tema tabú, no sólo en Japón:

Las hierbas secas… / Hasta su color me daña los ojos. / He sido infiel.

Salvo algún hombre, / nunca he robado nada. / Levanto la persiana de bambú.

Bola de arroz hervido. / Hasta al hombre que amo / le estoy mintiendo.

        Hay algo que me ha sorprendido muchísimo, y es que en tan poco espacio se muestre tan claramente la visión femenina en casi cualquier tema. También en el sexo:

Se hunde el cuchillo / en el melocotón blanco / como en un cuerpo.

        De Kamegaya Chie lo principal que podemos decir es que vivió casi toda su vida en Canadá. Es parte de esa otra realidad nipona: la emigración a occidente. Alguno de sus poemas es tremendo por su dureza y, seguramente, rompe nuestros esquemas del haiku:

Tan vieja estoy… / Ni me inmuté al saber / que tengo cáncer.

        Y, sin embargo, no deja de ser una realidad que la poesía moderna tiene que mostrar. Es lo que hay. Y también poemas más dulces. Este me recuerda uno de los anteriores de Suzuki Masajo:

En el espejo, / al cambiarme la ropa, / se podía ver la nieve.

        La tercera poeta Nishiguchi Sachiko está aún viva y es una señora que ha pasado toda su vida en el campo. Ni siquiera tiene conciencia de que su poesía merezca ser llamada así ni, desde luego, ser leída. Pero juzguen:

Silencio en la montaña. / Sólo el ruido que yo hago / recogiendo helechos.

La masajista / ni calla ni pregunta. / Musgo en las tejas.

Un peregrino / en otoño hace cola / en la lavandería.

Susuki en flor. / La esposa, con veinte años, / y desaparecida.

        Los poemas están traducidos por Vicente Haya y Yurie Fujisawa, y añaden la caligrafía y haiga de la maestra Kawabe Keiko. Lástima esa decisión de no incluir el prólogo en este libro que, no obstante, recomiendo encarecidamente a cualquier interesado en la poesía del siglo XX.

Un momento de descanso, de Antonio Orejudo

NADA ES LO QUE PARECE

un-momento-de-descanso

 

Un momento de descanso
Antonio Orejudo
Tusquets
ISBN 978-84-8383-297-4
241 págs
Barcelona, 2011

Como las fotos de Chema Madoz, que uno ve a cierta distancia y le parecen hermosos objetos, fotos en blanco y negro de hermosos objetos, pero que cuando se va acercando, ve que no son lo que parecen: a cierta distancia, casi siempre es algo absolutamente diferente. Y si vuelves a mirar desde la posición inicial, ¿qué pasa entonces? ¿son lo que parecen o lo que sabes que son? Y cuando luego miras algo nuevo, ¿tienes que sospechar de lo que crees que ves? Esa sensación me han dejado las historias de este libro. Ya entraré en el debate de si son varias historias o una sola, que no es lo que más me importa. Sí, en cambio, que quien decida dejar de leer esta reseña en este primer párrafo, sepa que lo que va a encontrar en Un momento de descanso es un torrente de historias que no van a cesar hasta que no cierre la última página del libro. Esto debería ser lo habitual, pero está lejos de serlo. La mayoría de los libros no empiezan hasta, pongamos, la página 40 y acaban también, pongamos cuarenta páginas antes de la última, por darle algo de simetría estructural al asunto.

        Antonio Orejudo presume de que se reinventa en cada novela. No le gusta lo que él mismo ha llamado, en alguna charla sobre creación, “estilo repetitivo” de algunos autores, o simplemente “estilo”. Yo lo he seguido, con cierta fidelidad, desde su primera novela, Fabulosas narraciones por historias (1997) que si bien es verdad que se publicó en una editorial alternativa y más que independiente, Lengua de Trapo, de cuando Pote Huerta, también es cierto que sí tuvo cierta repercusión crítica. Decía que le había seguido desde su primera novela y puedo decir que entre ellas, no hay prácticamente nada en común, o sea, que misión cumplida. De hecho, si bien me gustó mucho la primera, no me gustó tanto la segunda, Ventajas de viajar en tren, que me pareció tres cuentos más o menos ensamblados, y sí volvió a gustarme Reconstrucción. La que más me ha gustado, con diferencia, ha sido esta, Un momento de descanso.

        Antonio Orejudo trata de quitarle trascendencia al oficio de escribir. Alguna vez ha contado que un escritor es un señor que solo, en su casa y en pijama, se pone delante del ordenador y escribe lo que se le pasa por la cabeza. Lo que hace graciosa esta imagen es el pijama. La imagen del escritor solo, en casa, escribiendo (incluso en batín) no es tan significativa. Y si se ha vestido para escribir, entonces pierde toda la gracia. Pues esto son sus libros: escritores escribiendo solos, en sus casas (¡qué triste!) y en pijama (¡ahí empieza lo divertido!). Toda su obra, desde la primera novela, ha pretendido relativizar la importancia del escritor como algo más que persona que cree y vende historias. De hecho, el escritor que sale en Ventajas de viajar en tren es un señor que está encerrado en un psiquiátrico (mejor: manicomio). Y en esta última vuelve sobre el tema en la segunda parte: “Cómo me hice escritor”. En definitiva, aquí le podría haber ocurrido algo parecido, podrían haberlo encerrado, pero reaccionó antes que nadie y decidió sacarle partido al don.

        Siempre trata de quitarle trascendencia a su oficio, pero sabemos que no es así. Escribe columnas semanales en el diario Público, y escribir en Público en estos tiempos es un tema muy serio. Y constantemente asiste a charlas o conferencias sobre ese tema que dice que tanto le aburre: el Yo. Y para muchos, ese Yo es alguien importante. Lo quiera o no, le pese más o menos, está camino de convertirse en un referente de la izquierda. Ya digo: un tema muy serio.

        Y esa idea bastante manida con la que he iniciado esta reseña de que nada es lo que parece, forma parte de esa vocación ideológica. La mayor parte de los medios nos cuentan la vida de una manera. La mayor parte de la gente se lo cree, haciéndose más o menos preguntas. Los textos de Orejudo, todos, inciden en este aspecto: lo que parece que es de una manera, bien podría ser de otra. De hecho, casi siempre hay otra lectura, casi siempre o siempre. No basta con estar informado: hay que saber y pensar. El personaje de esta novela no sabe en ningún momento qué ha pasado realmente. Sí, sabe que tiene una cierta facilidad para imaginar historias, pero le cuesta mucho más saber qué historia es la cierta. Pero es que lo mismo podríamos decir de su antagonista. ¿Miente? ¿Cuándo miente: al principio, en medio o al final? ¿Miente siempre? Y volvemos al tema: ¿y si no miente?

        Pocas veces recuerdo haberme reído tanto con una novela. Y me quedo con la sensación de que el autor podría haber seguido dando vueltas sobre cualquier tema hasta donde hubiese querido. Hay algo de Valle-Inclán en este Antonio Orejudo, que además maneja el lenguaje como un maestro. La novela cuenta la historia de dos personajes: uno, el propio autor, con nombre y apellido, citando las novelas que ha escrito antes incluso, y otro Arturo Cifuentes, un compañero suyo de la facultad de Filología, de cuando “aún no se había convertido en una carrera de saldo, aún no era la licenciatura de los que no pudieron estudiar algo más serio por falta de capacidad o de nota media.” Es curioso: en general yo también he tenido esa sensación. No tanto que ya no entren en carreras de Humanidades estudiantes que estén muy interesados en ellas, sino que fue en esas fechas, en esos segundos ochenta cuando todo empezó a cambiar. Estos dos personajes se encuentran en la feria del libro de Madrid, en una caseta en la que está firmando el escritor, después de diecisiete años y se cuentan la vida.

        La primera parte es la historia de Cifuentes en Estados Unidos, una novela de campus con situaciones desternillantes y mucho de injusticia, como suele pasar. Que nadie se crea que va a salir indemne de esta novela. Sí, se van a reír, pero va a tener un precio. Todo es irremediablemente triste. Y también hay algo de Cifuentes en el autor. No es un personaje opuesto, en todo caso un complementario al narrador: un manazas bastante salido que no sabe hacer nada aparte de dar clases e investigar. (Ojo: el manazas bastante salido es el personaje Cifuentes). Me hace gracia el objeto de estudio de sus primeras investigaciones: Pemán. Las conversaciones con sus compañeros de departamento son impagables y el tema de lo políticamente correcto es un filón, claro. La segunda parte de la novela es la que más me ha gustado. Es cuando Antonio Orejudo se presenta como tal, como personaje de la novela. Ya cité su título: “Cómo me hice escritor”. No todos se reirán con la novela. Intuyo que algún escritor madrileño con el ego algo subido, y con el sentido de la autocrítica algo bajo, se sentirá molesto si lee esta segunda parte. Pero es aquí donde las carcajadas sonaron más y más altas. Bueno, sólo diré que el personaje Antonio Orejudo cuenta que escribe a causa de los efectos secundarios de un experimento al que se sometió para cuadrar su sueldo, mientras daba clases en una universidad norteamericana.

        Cuenta Orejudo, el autor -aunque también lo menciona el personaje-, que quiso hacer una novela de campus en la universidad española, que le llamaba muchísimo la atención que aún no se hubiera publicado ninguna. Y esto es lo que encontramos en la tercera parte. Nos lo podemos creer, más o menos, o no. La realidad supera a la ficción, o no. Nos reiremos de nosotros mismos, o no. Pero eso es lo que hay. Decía Bourdieu que nadie soporta tan mal las críticas como el intelectual. (Y no me pregunten ahora qué es eso). Después de las experiencias de los dos Cifuentes y Orejudo en Estados Unidos, ambos vuelven a España donde repasan la historia y el estado actual de la universidad española. Momentos delirantes y extraordinarios, como las deliberaciones de un tribunal de oposiciones y todos los ingredientes de una novela de misterio, la historia del hijo de Cifuentes, (un poquito de sexo no viene mal, ¡pero con amor, claro!). Y el dominio del lenguaje: esto sí que lo encontramos desde la primera novela. Antonio Orejudo no deja un cabo suelto. Tampoco nos lo va a dejar a nosotros. Si creemos que algo ya está cerrado, reaparece y nos crea la duda: ¿es así, o como nos habían dicho? ¿Y el mundo real, podemos leerlo con tanta claridad o es tan oscuro como parece? Definitivamente hay que leer Un momento de descanso.

El sociólogo y el historiador, de Pierre Bourdieu & Roger Chartier

EN MEDIO DE LA MENTIRA

agonep

 

El sociólogo y el historiador
Pierre Bourdieu & Roger Chartier
Prólogo de Roger Chartier
Trad. de Paloma Ovejero Walfisch
Abada Editores
ISBN: 978-84-15289-22-7
98 págs.
Madrid, 2011

Así como me interesó mucho leer el año pasado Reflexiones sobre la postmodernidad. Una conversación, de David Sánchez Usanos y Fredric Jameson, en la editorial Abada, este año aun más me ha interesado, El sociólogo y el historiador, en la misma editorial y también una conversación entre Roger Chartier y Pierre Bourdieu. El formato de conversación dirigida acerca estos libros a un público más amplio y hace de ellos medios inmejorables para poder leer con más provecho las obras más específicas de los maestros. Señalar, en este sentido, para presentarlos, que en el primer caso, Fredric Jameson es una de los principales filósofos norteamericanos, que ha estudiado en profundidad el fenómeno de la Postmodernidad, y que en el segundo caso, el sociólogo y entrevistado es Pierre Bourdieu. Hoy día, es cierto que Roger Chartier ha desarrollado una bibliografía más que estimable en el campo de la Historia, pero estas entrevistas tuvieron lugar en 1988, cuando aún no era demasiado conocido fuera de determinados círculos en la Historia en Francia y dirigía un programa de radio sobre Historia, en la emisora France Cultura que se llamaba À voix nue. Si tuviéramos que buscar un referente cercano o semejante en España, tendríamos que acercarnos hasta aquellas mismas fechas y pensar en algunos programas de Radio 3.

        De todas formas, aunque conozcamos a Chartier, hay que pensar que Bourdieu es uno de los grandes referentes del Pensamiento en la Europa, yo diría que del mundo, en la segunda mitad del siglo XX. Lamentablemente fallecido en 2002, había desarrollado una obra que podríamos dividir, por poner un eje aleatorio, uno de esos ejes que él también se veía obligado a usar con disgusto en sus investigaciones constantemente, el año de estas conversaciones. Y quizá lo que marque este año sea que ya estaba desarrollando investigaciones sobre Arte y Literatura, mientras antes trataba de temas mucho más específicos de la Sociología. Algunos me preguntarán: ¿pero hay temas que sean específicos de esa disciplina científica? Lo cierto es que atendiendo al amplísimo espectro de temas que trata en su obra Bourdieu, no sabría qué decir. Pero si anteriormente su trabajo se centraba en poblaciones concretas o en hábitos alimenticios, o en espectros de población (obispos, profesores), en 1988 ya está trabajando sobre autores como Manet, Flaubert o Moliere, lo que va a propiciar preguntas tan interesantes y comprometedoras de Chartier como: “¿buscas así una manera de legitimar todo tu trabajo orientándolo hacia los objetos más prestigiosos?”

        Seguramente, esta pregunta molestaría, o al menos incomodaría, a muchos otros, sin embargo entre Chartier y Bourdieu no es así. Y no lo es porque establecen un debate científico, en el que, sí, son apasionados, pero ante todo saben que están ofreciendo al oyente, o al lector –en nuestro caso-, una serie de claves sobre la Sociología y sus relaciones con otras disciplinas científicas, como la Historia. Y para ello es necesario que se trate de un diálogo enriquecedor y verdadero, que abra en cada pregunta alguna incógnita interesante y, en cada respuesta, alguna luz que nos aclare algo más en qué mundo vivimos.

        El libro se divide en cinco partes, introducidas con un prólogo que escribe el propio Chartier en 2009. Cada una de esas cinco partes se corresponde con uno de los cinco programas de radio, en los que este era presentador y Bourdieu el invitado. Los programas se realizaron en 1988, con motivo de la publicación en Francia, unos meses antes, de Cosas dichas, una serie, precisamente, de intervenciones también orales. El prólogo sitúa el momento en el que se emite el programa, con la bibliografía reciente, y la que aún está por publicarse.

Sociología y vida

Para Pierre Bourdieu, la vida era su trabajo. Sociología y vida iban de la mano y no siempre con gusto ni placer. Para él ese binomio significaba sufrimiento y pasión. Probablemente le hubiese gustado dedicarse a otra ciencia, porque entendía que la Sociología le llevaba a discusiones permanentes, incluso con sus amigos, incluso con las personas que más apreciaba. Al propio Chartier le decía que la Historia trabaja con materiales mucho más agradecidos, porque son del pasado, entonces es muy complicado herir susceptibilidades. (O no debería, claro, porque sabemos que sí ocurre). Mientras tanto, el sociólogo trabaja con el presente y sus investigaciones son resultado del estudio de la forma de vida de personas que, no sólo están vivas, sino que dependen de esos elementos que son objeto de estudio. Uno se queda con la impresión de que vivimos en el Tiempo de la Mentira. No, no sólo es así ahora. Siempre ha sido así, pero mucho más ahora que antes. Y dentro de ese culto a la mentira hay objetos, o como los llama Bourdieu: campos, que son mucho más propicios a mentir. El mundo del arte y el oficio de intelectual, serían dos buenos ejemplos. Se me ocurre un ejemplo aun más obvio: el crítico.

        Imagínense ustedes a alguien que realmente pretendiera desmontar “científicamente” el chiringuito que tienen montado la mayoría de los críticos, y ahí da igual que se trate de lo que se ha llamado “crítica oficial” o la menos oficial, porque casi todos aspiran a ese título. Sería dilapidado sin piedad y, si puede ser, de modo ejemplar para que nadie más cayera en esa tentación. Bien, pues algo así vivía Bourdieu en estos tiempos, y no dejó de vivir así. Es interesante, además, todo lo que dicen al respecto ambos conversadores. Son conscientes de lo falsos que pueden llegar a ser los intelectuales, de cómo van a tratar de transformar el mundo para conseguir demostrar los objetivos que tengan. Y, sin embargo, saben que sólo estos intelectuales van a ser los verdaderos receptores de su trabajo. Es lo que llaman: “la esquizofrenia del sociólogo”. Por otra parte, Bourdieu asume un componente interesante en su personalidad, desde siempre: es polémico, siempre lo ha sido. La polémica es interesante, porque creo que es la manera de avanzar, pero no siempre es fácil de asumir. Por ejemplo, a Bourdieu en 1988 ya le habían llamado lindezas como “terrorista” o “indeseable”. Las ideologías dominantes montan una serie de tabúes y de ellos viven. ¿Cuántas bocas no se callaron en su momento por el miedo a la acusación, por ejemplo, de brujería? Hoy, en los inicios del siglo XXI, la brujería sería una acusación bastante estúpida, pero hay otras (todos sabemos cuáles) que producen el mismo efecto. De todo esto nace en su obra el concepto de la “violencia simbólica”, el sustento de muchas de las injusticias que hoy día tenemos que soportar.

        La obra de Bourdieu está ahí, prácticamente editada toda en castellano. Creo que deberíamos conocerla y este librito, El sociólogo y el historiador, es una buena aproximación para quienes aún no lo tengan del todo claro.

Mossos d’esquadra se manifiestan en Barcelona ante Artur Mas cantando el Viva España

 

Ayer sábado, el President de la Generalitat catalana, Artur Mas, tuvo que interrumpir un acto (no sé qué acto ni me interesa) porque una serie de trabajadores le protestaron por los recortes salariales que están haciendo estos señores en Cataluña. Seguramente algunos de ustedes pensarán que ahí estaría el tal Felip Puig, conseller de interior, con sus chicos, sus mossos d’esquadra, para repartir mandobles a diestra y siniestra, como suelen hacer en estos casos. Más aún cuando la protesta escogida era una afrenta en toda la regla para la nación y la dignidad catalana: se dedicaron a cantar el “Viva España”. Fijense si es grave el tema, que reapareció el antiguo president de la Generalitat, Jordi Puyol, preguntándose qué clase de país es Cataluña si su propia policía se niega a hablar en catalán. ¿A este señor le llegaron a elegir en unas elecciones? Sí, y más de una vez, por cierto.

Hay algo que no cuadra: ¿si los que cantaron el “Viva España” eran los manifestantes a qué viene decir que la policía catalana no usa el catalán? La solución es muy fácil, la misma que explica por qué no aparecieron los mossos d’esquadra a pegar a los manifestantes, como suelen hacer en estos casos: los manifestantes eran los mismos mossos d’esquadra.

Seguramente se preguntarán si pese a que tendrían, supongo, derecho a manifestarse, había un grupo que garantizase los servicios mínimos y fuesen a pegar a sus compañeros, como suelen hacer con todos estos manifestantes. Pues se ve que no. ¿Y sería posible encontrar a un grupo de voluntariosos ciudadanos que asumiesen ese durísimo trabajo que realizan los mossos d’esquadra habitualmente: disolver a palos a los ciudadanos que se han manifestado por lo mismo que ellos? Pues no, se ve que no. Para pegar a ciudadanos indefensos que se están manifestando pacíficamente hay que valer.

Tan bella, tan cerca, de José Manuel Mora Fandos

 

En torno a la Belleza

tan-bella-tan-cerca

Tan bella, tan cerca
José Manuel Mora Fandos
La isla de Siltolá
160 págs.
ISBN: 978-84-15039-88-4
2011, Sevilla
Es el escaparate de la librería en el que me he venido demorando los últimos veinte años. Es cierto que durante un tiempo apenas entraba en ella, sólo me apostaba a mirar las novedades frente al cristal. No siempre he podido tener los libros que deseo. En realidad, tampoco es posible ahora. Siempre hay un motivo que supone un problema: el espacio, el dinero, la distribución o cualquiera de las facetas del desconocimiento: la editorial, el autor, el título exacto, a veces simplemente el azar.

        Entro en la librería que tiene nombre de diosa griega. Siempre la misma rutina: unos pasos a la derecha y la zona de Historia y, poco más allá, la de Pensamiento o Filosofía. Allí mis pasos se detienen y comienzo a encontrar objetos hermosos.

        Saber. Intuir. A veces, el azar. Hay libros que sé que estarán esperándome en la mesa de novedades; otros, intuyo que van a estar algún día. Hay un tercer grupo: los que llegan a mi vida por azar.

        El azar es un personaje de mi vida, aunque yo diría que lo es para todos. Tanto es así que no pienso creerme ninguna historia, ni la trama de ninguna novela, donde no ocurra algo que sólo se pueda explicar apelando al azar. Unas frases en una conversación; una referencia de un amigo a un libro. Realmente no fue a un libro, sino a un autor. “¿Has leído mi última discusión virtual? En el blog de X. No sé quién es, pero se llama Mora Fandos y ha publicado en Siltolá. Sí, me ha gustado su libro. Cualquier persona que me incita a pensar, me gusta.” Nunca hablamos de X y nunca había ni oído ni leído antes esos apellidos: Mora Fandos.

        Es un libro pequeño. Hay un expositor de libros de pensamiento de pequeño formato, como El elogio de la sombra o El ángel caído, o Crónica de un tiempo perdido, todos ellos  con sus pequeñas dimensiones nos dicen más que muchos que ocupan cientos de páginas. Está el expositor, pero el libro está fuera de él, apoyado sobre otros, de forma que sólo sobresale el lomo. Siempre me fijo en los lomos de los libros, muy especialmente desde que se editó El descubrimiento del Bósforo en una colección de librillos sin lomo, casi se diría que eran plaquettes. Como tenía más páginas de las habituales convencí a los responsables de que le añadieran ese lomo, pero se ve que no se puede dar nada por entendido, especialmente en los Servicios de Publicaciones de algunas instituciones andaluzas. El libro apareció con el lomo, sí, pero no escribieron nada sobre él. “¿Cómo? ¿Querías también el título y el nombre? ¡Haberlo dicho! ¡Pero si no nos hubiera costado nada ponérselo!”

        Siempre he disfrutado la belleza del libro como objeto. No es algo que haya aumentado después de aquella experiencia. Ya estaba de antes. Las tintas, las tipografías, las diferentes calidades del papel siempre han llamado mi atención. Tendría que haber sido editor. Y este librito, del que sólo veía el lomo, me habría llamado la atención del mismo modo si lo hubiera visto hace cinco años o hace diez. Sabía a qué editorial pertenecía ese símbolo: una palmera en una playa, con otras dos palmeras detrás, y unas líneas que bien podrían ser los maderos de una barca a sus pies. Es el símbolo de La isla de Siltolá. ¿Quién es el autor del librito? José Manuel Mora Fandos.

        No crean que es tan fácil encontrarme ese libro. No he vuelto a verlo en ninguna otra librería. No es fácil entender qué deseo expresar ni por qué debía ser tan sorprendente encontrarme ese libro. Lo importante es sentir el azar en nuestras vidas y sentir también que ese azar significa algo.

        Hay algo de mágico en el hecho de tomar un libro que casi nadie antes ha tocado en tus manos y palparlo, abrirlo, acariciarlo. Algo fetichista hay que ser para sentir que esos pasos nos van derrotando y van venciendo nuestras reticencias a hacernos con él, aunque unos minutos antes apenas supiéramos nada de él. Mirar cada uno de sus símbolos, sentir sus rugosidades y texturas, disfrutarlo. Yo casi siempre necesito leer solo, como casi todo. Soy un ser solitario y algo hay de vocacional en ello. Nunca me he sentido demasiado a gusto en las bibliotecas y la lectura, casi a hurtadillas, en una librería siempre la he sentido como un acto clandestino y excitante. Y aún no he escrito nada de Literatura, sólo de objetos hermosos. El grosor del papel casi verjurado, las tipografías, los distintos tipos de letra y los números. Hace unos meses conocí personalmente a Abel Feu, el tipógrafo de Siltolá. Ya conocía su poesía y, antes que ello, conocí su trabajo como impresor y editor en Renacimiento, cuando Renacimiento era lo que está siendo ahora Siltolá, o en Los papeles del sitio, su proyecto más personal.

        La portadilla del libro es de color ocre, color piel clara, casi translúcida, con símbolos impresos en rojo y negro. La portada interior es acartonada, blanca, con las tintas de la portadilla, aunque eso aún no lo había visto. Sí, en cambio, eché un vistazo al interior a la vez que, muy discretamente, me acerqué el libro a la cara. Me gusta sentir el olor de los libros recién impresos y este lo era. Lo supe por su olor.

        ¿A qué huele un libro nuevo? Algunos dirán que a eso: a libro nuevo. Si tuviera que crear un mundo propio y quizá tenga que hacerlo pronto, serían imprescindibles dos olores que me llevaría de este: el de Mónica y el de algunos libros nuevos.

        Abrir el libro, quizás para disimular ese gesto que ya hice de llevármelo a la cara y empezar a leer. Es sólo tinta negra, dirán algunos. La portada parecía presagiar el rojo para algunos títulos o cifras. “T. S. Eliot, en su gran poema Cuatro Cuartetos, alude a la tendencia universal a escuchar “hacia otra parte” cuando no interesa lo que se oye: “El género humano / no soporta demasiada realidad”. Últimamente leo a Eliot por todas partes. No es mala costumbre. Alguien me ha preguntado recientemente si me siento más de los Cuatro Cuartetos o de La Tierra Devastada. Él se sentía más de este último poema; yo también: mi poema favorito de Eliot es La Tierra Devastada. Mora Fandos constantemente cita Cuatro Cuartetos. Octavio Paz y Juan Malpartida conversaban constantemente sobre el papel de Eliot en la Historia de la poesía moderna y parece ser que se decantaban por La Tierra Devastada; Luis Cernuda, quizás el gran introductor de Eliot en España, siempre citaba Cuatro Cuartetos; Gil de Biedma, La Tierra Devastada y así podríamos continuar. No hay poeta que no se decante por uno de los dos colosales poemas. Mi amigo, uno de los mejores poetas españoles que tengan en torno a cuarenta y pocos años, se decidía, ya lo he dicho, por La Tierra Devastada.

        Recuerdo un ciclo de conferencias de la UIMP en Sevilla, hace más de veinte años. Octavio Paz habló precisamente sobre el papel de los Cuatro Cuatertos en la obra de Luis Cernuda. Recuerdo especialmente una lectura de sus poemas que hizo, junto a Pablo García Baena, en los jardines del Alcázar. Allí fue donde le escuché por vez primera esos versos de Árbol adentro: “Entre lo que veo y digo, / Entre lo que digo y callo, / Entre lo que callo y sueño / Entre lo que sueño y olvido / La poesía.” Los versos que el poeta mexicano dedicó a Roman Jakobson.

        Son muchos azares, muchos recuerdos. Decido quedarme el libro. Viene con un prólogo de Enrique García-Máiquez. Es el segundo libro con un prólogo del poeta gaditano que reseño. Es curioso, porque aunque lo valoro, no es alguien con quien yo coincida en demasiadas cosas. Por otra parte es el único autor con el que he repetido reseña. El libro anterior que reseñé fue Todo es para siempre, del poeta Pedro Sevilla, con quien sí soy más afín ideológicamente.

        ¿Qué es la literatura de izquierdas?

        Es más fácil que coincida literariamente con autores conservadores, que con otros que se dicen de izquierdas.

        Creo que aún no lo he dicho: el libro se llama Tan bella, tan cerca y tiene seis ensayos, muy heterogéneos y poco ortodoxos, sobre asuntos relacionados con la estética. Lo que se ha dado en llamar Prosa Poética o Miscelánea. ¡Esta manía de encasillar los textos! Parten de cualquier excusa, a veces un viaje o algo que se ha leído o una lámina que reproduce una pintura, para comenzar una serie de reflexiones y asociaciones que no sabemos a dónde nos van a llevar. Nos dejamos llevar con gusto.

        Es un libro de viajes que hacemos desde el sillón de nuestra casa.

        El primer ensayo, Una bella inquietud cotidiana, es un canto a la belleza que reside en lo cotidiano: la belleza que queremos creer que está, que es aunque no la conozcamos. Nos lleva a Roma y de ahí retrocedemos en el tiempo, es inevitable, a la época del imperio, para volver a retroceder a la ficción de la Ilíada. Mora Fandos prefiere esperar en los soportales de las casas a los héroes, mientras estos luchan por el ideal de belleza personificado en Helena, y disfrutar viendo cómo los esclavos aran la tierra o los enfermos beben su caldo de pollo. No olvidemos que las asociaciones son tramposas y subjetivas y nos transportan a donde quiera el autor.

        Si en el primer ensayo partimos de una estancia en Roma, una simple ocurrencia va a provocar que en el segundo ensayo, en mi opinión el central, reflexionemos sobre la importancia del silencio y de la escucha activa. En el texto hay dos niveles tipográficos, uno el de la reflexión de Mora Fandos y otro, el de algunas citas en que se apoya para trasladarse de una idea a otra. Estas citas pertenecen a textos que, en muchas ocasiones, hemos leído y han pasado desapercibidos quizá porque no hemos estado demasiado atentos a la lectura.

Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. (…) Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba claro, de modo misterios mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante, a su manera, para el mundo.

        Mora Fandos nos sienta a una mesa con Eliot y con la baronesa Blixen, y con Orwell y con los mismísimos Homero y Aristóteles, y con Michael Ende, y nos pone a escucharlos, con fondo melódico de Miles Davis. Nos crea la sensación de que participamos en los debates, cuando lo que realmente hacemos es dejarnos llevar.

        Hace unos meses leí 1Q84, de Haruki Murakami. El libro está publicado en dos partes: primero salieron la una y la dos, en un solo volumen, y, unos meses después, salió la tercera. Yo decididamente hubiera obviado la tercera, aunque sea una novela con apariencia de thriller policíaco. Pero en esta tercera, Murakami recurre a un detective que va tratando de solucionar el caso por medio de lo que he llamado “asociaciones tramposas”, esto es: reflexiones que le conducen de manera muy aleatoria a donde quiere llegar.

        Lo que no me parece lícito en un thriller policíaco, sí puede serlo en un libro de ensayos. Los ensayos son subjetivos y se supone que no pretenden llegar a ningún punto, a ninguna verdad, sino que simplemente llegan y ya está. Sería curioso saber si Mora Fandos sabía a donde le iba a llevar cada una de estas pequeñas y arriesgadas aventuras que son estos ensayos, o si por el contrario se aventuraba sin saber qué Ítaca le esperaba al final de la travesía.

        Los dos últimos ensayos sí estaban, en cambio, predestinados de antemano. La persona madura que es capaz de atender a los demás con más cuidado, en el cuadro de Homer, y el sentido final de la obra de arte, del texto narrativo que llega siempre a buen puerto. Ahí no hay ni podría haber margen de error.

        Tan bella, tan cerca es un libro de recuerdos, que nos va a proponer un viaje a través de la belleza que está en lo que tenemos cerca, en nuestra casa, en nuestro entorno, en nuestras vidas. Sólo tenemos que hacer un pequeño esfuerzo por escuchar y leer atentamente y nos daremos cuenta de esa bondad que antes no veíamos, o sí. Cada uno sabrá cuál es su caso.

Antonio Orejudo en el diario Público

 

Tiene toda la razón, como casi siempre, Antonio Orejudo al sorprenderse en esta columna con la propuesta que hacen los seguidores “tuiteros” del diario en el que publica su columna “Ruido de fondo”, el diario Público. Resulta, amigos y amigas, que una de las propuestas que está tomando más peso entre estos bienintencionados seguidores que creen, eso sí, que este diario es necesario para garantizar el derecho a la información (a la información plural y real, claro, la otra ya está garantizada con otras cabeceras) en la prensa diaria de nuestro país, es comprarlo.

         Claro que esta propuesta revolucionaria debe poner en entredicho los principios básicos de los que creen que la cultura o la información o lo que sea debe ser siempre gratis para el que la usa. Probablemente sea que nadie se daba cuenta antes de que nada es realmente gratis y, sobre todo, nada lo será. Probablemente nadie veía que permitir esa aparente gratuidad de los contenidos era una forma poco sutil de decidir qué se censura y qué no, a quien le concedemos nuestros créditos y a quién no. Parece ser que Público es el cuarto periódico nacional en cuanto a difusión (hay que aclarar, claro: en su edición de papel) y de los que menor deuda tiene, pero eso no quita para que los bancos decidan no concederle créditos que sí les conceden a prácticamente todos los otros diarios. ¡Qué bueno es que todo sea gratis, así decidimos quien sobrevive y quien no, quien tiene éxito y quien no! Y cómo me recuerda eso de que los bancos decidan quien sobrevive y quien no a otra realidad más dura.

Al vuelo de la página, de Juan Malpartida

 

LA DIFÍCIL DUDA

al-vuelo-de-la-pagina-de-juan-malpartida

Al vuelo de la página. Diario: 1990-2000
Juan Malpartida
Fórcola Ediciones
ISBN: 978.84-15174-15-8
462 páginas
Madrid, 2011

En muchas ocasiones he tratado de definir lo que intento hacer en estas páginas. Nacieron con vocación de diario, pero es cierto que es una labor muy complicada: causaría demasiado dolor a mi alrededor. Me refiero, claro, a un diario real, donde no mintiera demasiado, donde escribiera lo que me ha gustado o no, lo que me hace daño, lo que me parece bueno o correcto o no, y tratara de explicarlo como buenamente sé,. Por eso cuando comencé a leer este libro de Juan Malpartida vi el cielo abierto: parecía exactamente lo que yo quería hacer y no podía. Se trataba de conjugar la idea del diario personal con el ensayo, o así lo creí entonces, cuando leí: “Ensayar no es pensar menos sino dudar más. El verdadero ensayista es socrático: sabe que no sabe y por eso anda buscando entre las palabras.”

        El diario de Malpartida se desarrolla durante algo más de diez años completos: los diez últimos del siglo pasado y, de alguna manera, tratan de ser colofón a la historia de la literatura y el pensamiento españoles de una parte importante de ese siglo, no sólo en España, sino en el ámbito de la lengua española. Sería complicado afirmarlo tajantemente, pero es posible que las miras estén incluso puestas algo más allá: ¿toda la cultura occidental?, ¿incluso una cierta recepción de la cultura oriental? Hay dos factores que apuntan en esta dirección: por una parte, la labor del diarista como traductor y crítico de textos de otras lenguas y, por otra parte, la otra figura central de gran parte de estos diarios que es el poeta y ensayista, y quién sabe cuántas cosas más, Octavio Paz.

        Así tenemos casi quinientas páginas en las que el autor nos adelanta que nos va a ofrecer dudas y vueltas de tuerca sobre algunos de los temas que han ido llenando el pasado siglo XX, y su concreción en los campos de la Literatura y el Pensamiento, en las que no dejará de lado cualquier comentario que considere necesario sobre otras disciplinas más o menos culturales o existenciales. No es difícil sospechar que esta perspectiva, y más durante las primeras entradas del libro, me hicieron aparcar todo lo demás que estuviera leyendo durante unos días. Me atraía, muy especialmente, que no buscaba, o eso me parecía entonces, ser demasiado complaciente con nadie. Detesto los textos complacientes y los servilismos, aunque luego compruebe que esa connivencia sea real. Si lo es, la puedo soportar pero, aun así, casi siempre es aburrida la fascinación y buena parte de las complicidades e, insisto, sabemos que casi todas las veces es mentira.

        El primer choque con la realidad del libro fue una entrada en la que comentaba la irrupción en México, siempre muy presente en estas páginas, del EZLN. Más concretamente se trata de un manifiesto que firmaron algunos escritores, en el que respondían –o así parecía verlo el autor-, a un artículo previo de Octavio Paz. Claro que se puede estar en contra del EZLN, ahí está toda la derecha de hecho, pero los argumentos que daba el diarista me empezaron a parecer tremendos y el comentario final absurdo y manipulador, trayendo a colación, además, uno de los temas tabú de aquellos años y todavía ahora. Como El País había publicado un reportaje que titulaba Viva Zapata, se preguntaba: “qué será lo próximo que escriban: ¿que viva ETA?” Algunos de los firmantes del manifiesto defenestrados eran: Vázquez Montalbán, Haro Tecglen, Francisco Umbral y Manuel Vicent, y ya lanzó con infinito desprecio el término “comunista” contra ellos. Me llamaron la atención dos cosas: que de ellos sólo Vicent está aún vivo y que en algunos temas parecía que este Malpartida sabía mucho y dudaba muy poco. Tengo que aclarar que, hasta que empecé la lectura del libro, no sabía prácticamente nada del tal Malpartida, sólo que era articulista de ABC Cultural. Ni he leído su poesía ni sus otros textos. Aclaro esto, porque todo lo que iba leyendo me interesaba por igual. Algunos textos me fascinaban. De los primeros años, recuerdo además de su declaración de intenciones ya citada, algunos pasajes de su cotidianidad o la dificultad, aquí sí encontraba esa duda tan necesaria para no caer en el ridículo, de escribir el libro que él deseaba escribir. Ahí sí me podía sentir identificado. También en algunos encuentros o conversaciones con Paz y su mujer. En principio he de decir que me interesa la imagen de Paz que me ofrece este libro: la sensación de faro que alumbra su existencia literaria. Pero es que no todo es tan fascinante: aclaro que no me interesan nada los nacionalismos y menos aun tal y como los conocemos en España, pero de ahí a la opinión que sobre ellos muestra el autor hay un mundo. Es la sensación de estar siempre reclamando democracia al vecino y querer derribarlo por sus ideas. Vamos a ver: cuando un periodista de algunos medios en los que todos estamos pensando nos dice que el PNV hace constantemente apología del terrorismo o que usa los atentados de ETA en su beneficio, tenemos que pensar que estamos ante alguien a quien no hay que prestar demasiada atención o que trata de escandalizar o de sacar un beneficio convenciendo –ni siquiera convenciendo: halagando, escribiendo lo que su público quiere leer-, pero si quien lo da a entender es un escritor que presume de pensar y tratar de buscar la verdad o de satisfacer dudas, empezamos a ver que sus palabras, al menos estas, tienen poco valor. No deseo defender a nadie, y menos a algunos con los que no comulgo, pero estamos hablando de un sector de la sociedad que está plenamente integrado en las normas del sistema democrático como el que más, que incluso ha sufrido entre sus filas el azote del terror. ¿Somos o no somos demócratas? ¿O se trata de que hay que ser demócrata y, además, pensar como yo, o no tener determinadas ideas que yo detesto?

        Por el libro desfilan decenas de nombres decisivos no sólo en los diez años a los que se refiere. Para el lector ávido de opiniones “heterodoxas”, no demasiado frecuentes en la cultura, es una factoría de sueños, aunque, eso sí, se duda poco. El pobre Montaigne se estará preguntando en su tumba por qué no le dejan en paz.

        ¿Qué es lo peor que se puede ser, según Juan Malpartida? Hay cuatro pecados que no perdona: dos ideológicos y dos, por así decirlo, literarios. Los dos pecados ideológicos ya están citados: ser comunista y ser nacionalista. No voy a extenderme más en ellos. Soy un hombre de izquierdas, de izquierdas de verdad, y me aburre soberanamente que me vengan con Stalin, ni con el telón de acero, ni siquiera con Cuba. Me parece tan lamentable como cuando a un cristiano le echan en cara la Inquisición, o el apoyo del clero a Franco o a Mussolini, ni siquiera los abusos de algunos sacerdotes a menores. Si lo desean, hablamos sobre el tema, pero en serio, por favor.

        Los pecados literarios son también graves: haber firmado un documento en el que se rechazaba el cese de Félix Grande como director de la revista Cuadernos Hispanoamericanos y cuestionar a Octavio Paz como la figura más importante de la Poesía en español del pasado siglo XX. ¿Quiénes son los poetas y críticos más a tener en cuenta en este momento? Valente podría haberlo sido, pero al final deja claras sus desavenencias: demasiado egoísta, demasiado gruñón y además cuestiona a Octavio Paz, eso sí, tras no sentirse demasiado valorado por él. ¿Quién queda? Gamoneda, Sánchez Robayna, Jordi Doce y él mismo. Es curioso: sus amigos.

        ¿Puede un libro así resultar muy interesante? La respuesta es sí. Juan Malpartida sabe Literatura, vive Literatura. Más de la mitad de las páginas de este libro son para subrayar. No sólo las literarias: las páginas que dedica a su familia, a sus padres, a sus hijos a los que vemos crecer a su lado. La amistad y la admiración que siente por Octavio Paz, los viajes, la dificultad para escribir lo que deseamos. ¡Ah, esa dificultad! Sabemos que ha recibido recientemente el premio Fray Luis de León. Quizás sea una buena oportunidad para conocer su Poesía.

Sin antes ni después

 

Reivindico la duda. No soporto dar la imagen de no dudar lo suficiente y aparentar estar seguro de algo, porque no sería cierto. Quizá convencería a alguien más, pero no es eso tampoco lo que busco. Me basta con convencerme a mí mismo. ¿Me estaré equivocando negándolo todo?

 

Miro hacia atrás y no veo nada,
ni estás tú, ni hay olores,
¿qué sabores recuerdo?

He recuperado el sabor del gofio.

¿Dónde fui feliz?
¿Fui feliz?

 

Cuando trato de indagar en el futuro, no es que no encuentre nada, es que veo que no me espera nada.

Está claro. Sólo soy lo que soy, sin antes ni después: lo que soy.

 

Escribir sin nombres propios. Al menos, sin citar a personas. Todo lo demás es una trampa.

Inocentada del diario Público

 

¡Qué imaginación tienen los redactores del diario Público! Desde luego, esta inocentada sí que es una pasada. Yo, como no estoy muy pendiente de estas fechas, pues al principio no di crédito, pero luego caí en que estamos a 28 de diciembre y, ¡claro! ¡Qué risas!

        La cosa es que los señores del PP van a congelar los presupuestos actuales, con los que las principales y más drásticas medidas de recortes, quedarán aplazadas hasta que se aprueben los nuevos. Así, por ejemplo, sucederá con los recortes de sueldos a los funcionarios, o lo que tengan pensado para los pensionistas que también están en el aire. ¿Pero cuál es la broma de Público, se preguntarán ustedes? Pues que estos presupuestos nuevos, con todos estos recortes que vendrán, sin duda, se conocerán el próximo día 31 de marzo. Sí, cinco días después de las elecciones andaluzas, como si los andaluces fuéramos todos unos imbéciles.

        ¡Desde luego, qué será lo que no se les ocurra a estos de Público!

Algo huele mal

 

Parece ser que Egipto (la Junta Militar) y Rusia pedirán asesoramiento a los señores Mas y Duran i Lleida, sobre cómo minimizar el desgaste con vistas a unas elecciones. Es cierto, porque el problema no es el subidón que ha dado CiU en estas últimas elecciones, el problema es que lo ha tenido después de las más duras represiones en la calle a los manifestantes del 15M, estos señores de palizas a mujeres también saben lo suyo, como los egipcios, y después de iniciados los recortes sin complejos, en la Sanidad y en la Educación, recortes que ya han supuesto denuncias por pérdidas de vidas humanas, los de Sanidad, claro, los de Educación es más difícil cuantificarlos, pero ya se notarán.

Lo que no saben, ni los rusos ni los militares egipcios, es que es fácil, muy fácil, entender que los resultados electorales del 20N no tenían nada que ver con las actuaciones anteriores de los grupos que ganaron, ni de CiU ni del PP, sino más directamente con la idea generalizada de que había que echar al PSOE y a todo lo que oliera a Zapatero o a tripartito, del poder. Podemos dar un paso más y augurar futuros fracasos para Rosa Díaz (aunque es cierto que está haciendo todo lo posible por arañar simpatías entre los votantes más duros del PP), e IU, que además de beneficiarse de ese sentimiento antiZapatero, ha obviado y relegado su valor más seguro, Gaspar Llamazares, y ha colocado en su lugar, eso sí, elegido democráticamente, claro, a un señor sin ningún carisma ni interés, que necesita como el comer que alguien le diga que cada vez que aparece en un acto público con los dos barbudos, uno a cada lado, recuerda épocas antediluvianas que, supongo, que querrá evitar a toda costa.

Y lo curioso, por increíble, es que sabiendo todo el mundo el papel de Lehman Brothers en la gestación de la crisis que padecemos, no se le haya echado todo el mundo al cuello a Rajoy ni a su recién nombrado Ministro de Economía, Luis de Guindos, que en ningún momento ha escondido su papel de máxima responsabilidad en esta compañía en España y Portugal mientras se iniciaba la crisis. El señor Guindos ha declarado en su toma de posesión que recuperaremos el nivel de bienestar que nunca deberíamos haber perdido. Ya señala en su columna de hoy, Almudena Grandes, que quizás hubiera sido poco apropiado continuar la frase: “… por culpa de la crisis financiera desencadenada por la quiebra de la compañía de inversiones en la que trabajaba yo mismo.” Bueno, en eso somos muy europeos, aunque Grecia e Italia lo han hecho a lo grande, eso sí, han colocado como presidentes de gobierno, a tecnócratas que procedían de estas compañías y que, en el caso griego muy especialmente, tienen mucho que ver con el inicio de esta crisis.

Porque parece que de repetir un millón de veces lo mismo, se va a quedar como verdad: la crisis no la empezaron los gobiernos, ni las deudas. Los países se endeudaron para socorrer a los bancos que sí empezaron la crisis.

Un poco de añoranza navideña

 

He estado viendo ET, el extraterrestre, de Steven Spielberg, con mis padres mientras hacíamos la comida de Navidad. En principio, nada extraño, nada que pueda sorprender a nadie. Lo llamativo es que, a mis cuarenta y seis años, nunca la había visto antes.

No he llorado, pero me he emocionado en las mismas escenas en que lo hacía mi padre, de la misma manera que él (en eso, somos iguales): ojos hinchados, esbozos de lágrimas, inspiraciones profundas por la nariz. Mi madre se preguntaba qué habrá sido de Patrocinio. A saber la asociación de ideas. Seguramente es una compañera de trabajo de aquellos años. Yo sólo me preguntaba, me pregunto, de hecho, a qué habré dedicado todos aquellos años. Y es que esta mañana he escrito el esbozo de un poema sobre ese tema. Es posible que estas fechas me hagan estar especialmente sensible, estas fechas y también lo que ha pasado recientemente.

¿Qué coño habré hecho los primeros treinta y cinco años de mi vida?

Sobre algunas inconveniencias

 

Uno aprende (y si no aprende, debería aprender) que hay temas que sería mejor no tratar, porque podría perderse y nunca le llevan a ningún sitio.

Cuando escribo sobre política o economía, hay dos tipos de reacciones: los que apoyan lo que digo y los que no lo hacen, o los que están a favor o en contra de lo que he escrito. Ambos tienen algo en común: nunca se manifiestan en público.

Lo que he hecho ha sido decir NO, alto y claro, siempre que me ha parecido justo. A veces me preguntan: “¿Y si esto no, entonces qué?” A veces, incluso, me lo preguntan con buena intención, con interés real por conocer mi propuesta alternativa. Y ocurre que no siempre tengo.

Que algo no se haga en ningún país, en ninguna parte del mundo, no significa que sea imposible, ni una utopía; sólo significa que, hasta ahora, nadie de los que han podido hacerlo, lo ha hecho.

Reivindico la utopía. Reivindico las ideas. Reivindico, ¿por qué no?, las ideologías.

Los que están a favor de lo que digo me felicitan en privado. Los que están en contra se molestan y me maldicen en privado.

Está visto que uno no aprende, aunque debiera, que hay temas que sería mejor no tratar, porque podría perderse y nunca le llevan a ningún sitio.

Alta Economía

 

¡No van a estar contentos con estos gobiernos que tenemos! El Banco Central Europeo anuncia una línea de crédito ilimitado a los principales bancos europeos, entre ellos a algunos españoles, a un interés del 1% y les aconseja que inviertan en Deuda Pública de sus Estados, que están al 5% o al 6% (en el caso de Grecia, al 20%).

¡Negocio redondo! Y lo que es más tremendo: ¿quién gobierna Europa?

(Sí, sé que parece difícil de creer, pero lo acaba de decir Joaquín Estefanía en Los desayunos de Televisión Española.)

Premio Parra a Nicanor Cervantes

 

El 1 de diciembre pasado decidieron darle el Premio Parra a Nicanor Cervantes.

        Es todo un acto de justicia, que restituye el verdadero valor de las cosas.

        ¡Pero no se equivoquen: han leído bien! A Nicanor Parra no le hacía falta el Premio Cervantes, pero al Premio Cervantes sí que le hacía falta Nicanor Parra. No lo digo sólo yo: lo escribe Nial Binns en su artículo en del 2 de diciembre en el diario Público.

        Hay que puntualizar y citar el periódico porque el propio Binns, coeditor junto a Ignacio Echevarría de las Obras Completas del poeta chileno para Galaxia Gutemberg, escribe otro artículo el mismo día 2 de diciembre para El País. Ignacio Echevarría, obviamente por razones por todos sobradamente conocidas, no lo hará para El País sino para El Mundo.

        (Por cierto, estas fotos sí son de Claudio Pérez para El País, más concretamente para acompañar la entrevista que se cita más abajo)

 contactos_sesion_fotos_poeta_chileno_nicanor_parra_realizada_claudio_perez

        Igualmente podríamos decir que hay otro premio, este lo dan en Suecia, al que también le haría falta tener a Nicanor Parra entre sus galardonados, más que nada para obtener así algo de credibilidad. Lo cierto es que no creo que a Parra le preocupe demasiado. Hombre, el Cervantes sí. Y si hubiera uno que se llamara Francisco de Quevedo, también le gustaría tenerlo. ¿Y uno que se llamara Carlos Edmundo de Ory?

        Tendría que haber un Premio que se llamara también Premio Parra y tendrían que dárselo a título póstumo al poeta gaditano y también a Roberto Bolaño, que ha escrito algunas de las páginas más inteligentes y emotivas que he leído sobre su maestro Parra. El peligro, aunque no dejaría de ser hermoso, es que creen primero el premio Bolaño en Chile y su primer galardonado sea Nicanor Parra. Yo creo que abandonaría Las Cruces para ir a recogerlo donde fuera. ¿Aunque dónde mejor que allí para entregárselo?

        En estos tiempos, en los que todo el mundo tiene una tendencia natural a ofenderse por cualquier cosa, no viene mal que Álvaro Salvador nos recuerde, también desde las páginas de Público, su verso: “La poesía morirá si no se la ofende.” Y también ese otro verso, auténtica Poética: “En poesía se permite todo.”

 images

        Disculpen, pero ya llevan demasiado tiempo aquí. Hay que leer sus poemas, si es posible sus Obras Completas I y II, publicadas por Galaxia Gutenberg. Es fácil, se abre por cualquiera de sus más de 2.400 páginas y uno se da cuenta de que siempre había sido lector de poesía, de que siempre había deseado leer algo así. Aquí y aquí se lo dice también Roberto Bolaño, y aquí aparece el ”Soliloquio del individuo”. Si les ha quedado alguna duda, aquí tienen la entrevista que le hizo Leila Guerriero hace unas semanas y que publicó Babelia el 3 de diciembre.

Revista Isla de Siltolá, (núm. 5-6)

 

He pasado la mañana en el hospital y cuando he vuelto me puse a releer el último número (5-6) de la revista Isla de Siltolá, una de las pocas alegrías que recibí mientras estuve ingresado.

Revista Isla de Siltolá (5-6)

        Isla de Siltolá es el nombre de la revista de poesía, de la editorial casi homónima, que dirige Javier Sánchez Menéndez, desde Sevilla para el mundo. Pocas veces hemos visto que un editor cuide tanto los libros que publica; igual ocurre con la revista que, de entrada, nos ofrece un inédito de Juan Ramón Jiménez. Sólo por ello tendría que ser mencionada en cualquier lugar en el que se hable de poesía o de literatura.

        Poemas de los consagrados Miguel d’Ors o Jacobo Cortines, junto a los de autores que me interesan más como Jesús Aguado, José Manuel Benítez Ariza, Miguel Vilas (excelente su poema “Amor”), Juan Bonilla, Jordi Doce o Julio José Ordovás. Y también una ocasión para continuar conociendo voces no tan habituales, pero que ya empiezan a sonar y muy bien, como Javier de Navascues, Olga Bernard, Alex Chico o Tomás Rodríguez Reyes. Capítulo aparte merecen las traducciones, de las que me han interesado muy especialmente las que hace Martín López Vega, de Vasko Popa, y la de Juan Manuel Macías, de Maria Polydouri, de los que no había leído antes nada.

        Hay más poesía. Hay, por ejemplo, dos poemas míos: “El rey del rock’n roll” y “Tus ojos son los mismos”.

        Dentro de la sección de reseñas, con la que finaliza el libro, señalaría también un texto de Rafael Adolfo Téllez, “Oyendo a la tierra se aprende casi todo”, que se nos presenta como una invitación a la lectura de Sueño del origen, el último poemario de Eloy Sánchez Rosillo. Todo lo que escribe Rafael A. Téllez es poesía, sea en prosa o en verso. Nos podrán incluso interesar más o menos sus temas, pero su lectura siempre es gratificante. Echo de menos un libro con las prosas del poeta, con su particular prosa poética, en la que todo está porque tiene que estar. Cuando escribe sobre un autor que le gusta, en este caso es así, transmite al lector toda la emoción que no siempre va a encontrar en el libro reseñado. Pero ese, claro, es otro cantar.

Unidad de Sangrantes

 

Alguien que vino a visitarme al hospital me lo señaló: “Ahí tienes un título para tu próximo libro: Unidad de Sangrantes.” Lo reconozco: ya lo había pensado. Reconocerse como alguien que sangra. En el participio activo hay implícita, en cambio, una voluntad de sangrar, y yo no la tengo. No sé a quién se le habrá ocurrido ese nombre tan deprimente para este lugar. Lo pregunté y me dijeron que ya había otra Unidad semejante en Granada que se llamaba así, y que por eso lo repitieron aquí. Me parece tétrico. Pero es que de hecho han sido días tétricos, especialmente noches tétricas. Odio las noches en los hospitales, tanto cuando estás de visita como cuando eres tú el enfermo y no puedes dormir. Sé que no soy demasiado original. Tampoco ahora lo soy.

El segundo libro que leí en la Unidad de Sangrantes fue El rey pálido. Un título muy apropiado para el lugar. La novela de David Foster Wallace, un cuerdo loco que decidió quitarse la vida hace unos años. Este es el año de las novelas póstumas. Pienso ahora en Los sinsabores del verdadero policía, de Roberto Bolaño, que también padeció por culpa de un hígado enfermo. Seguro que él también pasó por uno de estos lugares malditos. Seguro que él también tuvo su particular Unidad de Sangrantes.

Inteligencia poética

 

“La expresión solo puede existir si consigue tener una forma que otras personas sean capaces de comprender, una forma compatible con otras personas. Por eso, se trate de algo abstracto o de algo común, ese proceso es necesario. Hay que dejar atrás la experiencia, el dolor y la alegría personales. Ahí hay un límite absoluto, una sensación de pérdida con la que no hay nada que hacer. Sin embargo, a cambio de ese límite, se establece un paso que conduce a algo que pueden comprender del mismo modo, personas de países y mundos totalmente distintos. Creo que la lengua, la música y la cultura son eso.”

(De La música os hará libres, de Ryuichi Sakamoto)

Cuando escribí algunos de los poemas de mi primer y, hasta el momento, único libro, me ocurrió algo así: fui incapaz de dejar atrás esa experiencia, esa sensación que Sakamoto llama “personal” y que, en su opinión, es necesario sacrificar para hacer música o poesía.

        Hay una serie de poemas que tratan de la historia de amor más hermosa que he conocido, la de mis padres, y fui absolutamente incapaz de escribir algo interesante, en el sentido de que pueda interesar a alguien que ni los conozca ni me conozca.

        Por una parte, supongo que a veces es necesario y no está claro que me arrepienta de haber publicado esos versos. No, no me arrepiento. ¿Si la historia es hermosa, puede no resultar interesante? Por supuesto que sí. Es más: es lo más frecuente. No hay más que leer la mayoría de los libros que se editan. Se podrían dividir en dos grandes grupos: aquellos que no tienen nada detrás y aquellos que sí lo tienen, pero no están bien desarrollados. Es que en realidad lo que hace de un poema que sea interesante, o no, es la mirada del poeta.

        No, no me atraen los fuegos de artificio ni lo absolutamente brillante. Prefiero hablar de “inteligencia” o, si me apuran, de “inteligencia poética”.

        La inteligencia poética tarda años en adquirirse. Y no sólo se adquiere con lecturas, buenas y menos buenas, no sólo con consejos de artistas o críticos, sino también con la observación libre del mundo. No basta con escribir bien: hay que tener algo que decir.


 

Enero 2012
L M X J V S D
« Dic    
 1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
3031  

Su cuenta

Promotoras minombre.es

  • Fundación Utopía Verde: Internet, Ecología, Paz, Derechos Humanos, Defensa de los Animales, Cultura, Software y Conocimiento Libre,... Sociedad Civil de Huelva: ciudadanos, asociaciones, fundaciones, plataformas ciudadanas y otras organizaciones onubenses sin ánimo de lucro (ONG). Diseño web Huelva, dominios de internet, alojamiento web, hosting, software libre, tiendas electrónicas, portales, páginas web, html, php, mysql, plone, certificados SSL, LSSI, LOPD y otros servicios de internet. Traducciones, publicidad, formación, etc. Productos y servicios de primera calidad.