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Decreación, de Anne Carson

DESAPARECER EN LA ESCRITURA

decreacion

Decreación. Poesía, ensayos, ópera.
Anne Carson
Edición bilingüe
Traducción de Jeannette L. Clariond
Vaso Roto
ISBN: 978-84-15168-43-0
359 páginas
Madrid, 2014

En La escuela de Wallace Stevens, Harold Bloom repasa la poesía norteamericana contemporánea. Incluye poemas de los autores representados y un breve ensayo sobre estos. El tono es todo lo objetivo y científico que permite el análisis de un objeto aún vivo o reciente, por eso me sorprendió encontrar al crítico rendido con Anne Carson:

“como soy veinte años mayor que ella, me entristece pensar que me iré de este mundo sin llevarme conmigo la obra de toda una vida de esta singular poeta.”

En España ya se habían publicado dos libros suyos, que tendrían que bastar para centrar las miradas de los conocedores de la poesía y del pensamiento. La belleza del marido (Lumen, 2003), traducido por Ana Becciu, es un tratado de las emociones y las relaciones humanas en la segunda mitad del siglo XX, que va de lo particular a lo universal, contando la ruptura de un matrimonio que nació roto. En Decreación hay un poema que trata de esto:

“Así
que
empezamos.
Yo no la conocía ella
no me conocía.
¿No se supone que es eso el matrimonio?
Recuerdo las rosas y los cisnes
y cómo nosotros
más bien con torpeza
nos unimos
y luego nos separamos.
Yo le daría a eso un 6 sobre 10 dijo
mi
esposa
Afrodita
la
de corazón tierno.
Supongo que exagero
cuando digo
“empezamos”.”

Hombres en sus horas libres (Pre-textos, 2007), traducido por Jordi Doce, es uno de esos libros que no he podido soltar desde que cayó en mis manos. Una ventana viva abierta a la historia, no solo de la literatura: una mirada al tiempo, al pasado, presente y futuro de nuestra civilización a través de hechos que han marcado a la autora y sus relaciones con sus seres más cercanos. Aquí es ya difícil determinar el género de los textos. Ensayos y narraciones, versos o prosas: poesía. Habría que reconsiderar los géneros tradicionales.

Siete años después, un nuevo libro de Anne Carson. Se trata de este Decreación. Poesía, ensayos, ópera. Hay poesía, ensayos y un libreto de ópera con algunos de los mejores poemas del libro, Está editado por Vaso Roto y traducido por Jeannette L. Clariond. Los textos en verso están también en inglés. Todo está relacionado, claro. La traductora es también la responsable de la existencia del libro de Bloom, La escuela de Wallace Stevens, además de su traductora. Clariond escribe:

“Traducir a Anne Carson es siempre una delicia, un goce cuyo punto final se desconoce.”

Diría más: no hay punto final, no al menos en la traducción, sino en cada una de las lecturas de las que se desprende ese goce compartido, que hace que el lector se sienta algo más que espectador de lo que le sucede al sujeto, convirtiéndose en sujeto mismo del texto. Cada traducción es reflejo del original y obra nueva. En poesía, este axioma se multiplica. No es fácil traducir a Carson, poeta y filóloga. Mantener el carácter polisémico y evocador de cada texto y buscar el sentido preciso de cada reflexión es un esfuerzo reseñable de la traductora que en contadas ocasiones ha recurrido a la nota al pie de página. La intertextualidad omnipresente en toda la obra de Carson se multiplica aquí. Desde fragmentos de Safo, hasta referencias del siglo XX, están dispersas por el libro. En la nota biográfica leemos:

“Anne Carson / Nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo.”

Una nota escueta pero significativa. Sorprende su interés por quedarse al margen. No hay pistas para entregarnos a la lectura de los textos que, en su mayor parte, se refieren a sujetos diferentes de ella misma. Bloom citaba estas palabras de la autora:

“Hay demasiado de mí en mi escritura.”

Para preguntarse a continuación:

“No sé qué hacer con esto. ¿Es posible imaginar a Emily Brontë, Emily Dickinson y a Gertrude Stein diciendo: “Hay demasiado de mí en mi escritura”?”

Las referencias no son gratuitas. Bloom la sitúa a la altura de ellas. Carson quiere mantenerse al margen de sus libros que, sin embargo, no son sino fragmentos de ella misma. Pero ese deseo es imposible y contradictorio. La belleza del marido es el ejemplo más claro. Cuenta su vida –sus razones- y lo cuenta todo. Hombres en sus horas libres es semejante. Cada uno de estos libros es ella misma. Decreación da respuesta a estas dudas citando a Simone Weil:

“En la operación de escribir, la mano que sostiene la pluma y el cuerpo y el alma unidos a ella son cosas infinitamente pequeñas en el orden de la nada.”

¿Qué es la decreación? El concepto es acuñado por Simone Weil en su última etapa.

“Participamos en la creación del mundo decreándonos a nosotros mismos.”

La aparente paradoja es coherente con lo que sabemos de ella. Al final de su vida decide desaparecer. Y lo hace como mejor sabe: escribiendo. Una parte de su obra es póstuma. Pretendía incluso que pasara a ser publicada como obra de otro. Eligió el destino que durante siglos tuvo la obra de muchas mujeres: ser publicada bajo un nombre masculino. En algunos poemas de La belleza del marido, leemos que era habitual que Carson encontrara textos suyos como si fueran de su marido. En su intento de desaparecer, Weil fue más allá. Eludió la vida permaneciendo en Estados Unidos o Inglaterra durante la guerra y fue a Francia en condiciones paupérrimas. De hecho, decidió dejar de amar y de comer, las dos actividades que consideraba opuestas a su decisión de no ser. ¿Por qué seguir escribiendo entonces? Para ir sacando fuera de sí lo que permanecía en su alma.

En el ensayo que da título al libro aparecen otras dos mujeres: Safo y Marguerite Porete, que hicieron acciones semejantes, con el mismo fin: desaparecer. Safo es, en lo posible, conocida. Carson la conoce bien, ha traducido sus poemas al inglés. Porete es francesa y murió en la hoguera, en 1310, tras un proceso inquisitorial por haber escrito El espejo de las almas simples. Es un libro en el que también aboga por renunciar a todo lo real para dejar su sitio a Dios. Todo lo que nos cuenta Carson de ellas es apasionante. ¿Pero por qué escoge a estas mujeres y no a otras? ¿Por qué no las ya citadas, Emily Brontë y Emily Dickinson, que también eligieron desaparecer? De ellas ya escribió en otros libros, pero también lo había hecho sobre Safo, a la que incluye. La clave que encuentro, la reivindicación del sexo, está en estos versos de La belleza del marido:

“Leal a nada
mi marido. Entonces, ¿por qué lo amé desde mi juventud hasta la madurez
y la sentencia de divorcio llegó por correo?
La belleza. No es ningún secreto. No me avergüenza decir que lo amé por su belleza.
Como volvería a amarlo
si lo tuviera cerca. La belleza convence. Sabes que la belleza hace posible el sexo.
La belleza hace el sexo sexo.
Tú mejor que nadie entiendes esto… calla, pasemos
al orden natural.”

La cita que inicia el libro es reveladora sobre la estructura de este:

“Amo esa suerte de andar poético, a saltos y a brincos.”

A saltos y a brincos, pero manteniendo la unidad. Navegando entre sueños. El primer poema se titula “Cadena de sueños”. La primera parte del libro, “Paradas”, es una serie de poemas en los que aparece su madre, mayor y enferma. A veces, regresiones al pasado que evocan momentos de la infancia; a veces, se vislumbra el futuro y la muerte. Siempre momentos concretos que evocan una comunicación difícil. El enigma de los sueños es si forman parte del sujeto o si son ajenos a él. Pero hay algo más: lo que queda del sueño.no es lo que realmente soñamos, es el error. Recuerdo cuando Ada Salas escribe sobre un poema de Hombres en sus horas libres. La idea de Salas, y de Carson, es que el error es el origen de la metáfora, del extrañamiento. En el poema “Oda al sueño”, de Decreación, Carson evoca el poema de Elizabeth Bishop “El hombre polilla” (The Man-Moth):

“De hecho”, confiesa en una nota al pie de página, “fue
un error de impresión por mamut.”
Me duele saberlo.
Orificio de salida, dicen.

“Mammoth” por “Man-Moth”. No siempre el error es involuntario; sino inducido, conduce al lector a ese suelo que nunca había pisado o que le resultó inquietante, porque lo percibe como diferente en un universo plano. Esto es lo Sublime, de, lo que trata la segunda parte del libro: “Espuma.” Textos sobre cómo conciben lo Sublime varios autores, que se reflejan en la tercera parte: “Sublimes”, una serie de poemas que alcanzan un primer clímax del libro y recuerdan a los de Hombres en sus horas libres. Aquí el error se produce con el anacronismo. “Pregunta de Kant sobre Monica Vitti” es un ejemplo. Si pensamos en lo Sublime, se nos viene a la cabeza Kant. Ya encontramos ráfagas de decreación y de la importancia del sexo:

“Mi poesía personal es un fracaso.
No quiero ser una persona.
Quiero ser insoportable.
De amante en amante, el verdor del amor.
Fresco, refrescante.

La tierra no engendra una planta semejante.
¿Quién no termina siendo
una impostora?
Bebe todo el sexo que hay.
Aun así, muere.”

Tras estos versos hay una persona y una referencia. La persona: Anne Carson; la referencia: Safo. El libro avanza a saltos y a brincos. Cada poema es una ola que avanza y retrocede, pero no se pierde. Todo converge en un punto: la decreación. El siguiente paso es el conocimiento, los seis poemas de “Gnosticismos” son momentos clave de su vida, sueños, fracasos y encuentros. El sueño es el impulso que despierta la mente que crea no sólo poesía, sino vida:

“…Soñé
con una página de un libro que contenía la palabra pájaro y
anoté pájaro.
El pájaro brega,”

Algunos de los mejores poemas están incluidos en obras amplias, poco habituales en nuestra poesía actual. “Muchas armas. (Un oratorio para cinco voces)” es un ejemplo. Prosa poética, fragmentos arrojadizos, armas contra las armas. El arma más destructiva de la Historia ha sido la palabra. Quien tiene la palabra, tiene el poder. Otro de esos textos es “El guión de E y A”, un diálogo entre Eloísa y Abelardo. Para Eloísa, Abelardo es Dios y le lleva a romper todas las normas de su tiempo: las humanas y las divinas. Hay algo de La belleza del marido en este texto. También ese concepto, la decreación. Eloísa sabe que se autoaniquila con cada paso que da. Abelardo es la palabra, es el poder. ¿Es consciente Eloísa de ello? No lo termina de entender ni confía en él, pero se entrega plenamente. Él le pide: “Quiero que seas nada.” Hay un momento en que ella le dice: “Siempre ganas, Abelardo; no es Dios quien gana, sino tú.”

En la escena 10 (de 11) llega el diálogo final, hay un momento en que él le dice:

“Una persona tiene que aprender a caminar hacia atrás todo el tiempo.”

Caminar hacia atrás es ir hacia la muerte como si uno no hubiera existido y así, llegamos al clímax del libro: “Decreación: De cómo dicen Dios mujeres como Safo, Marguerite Porete y Simone Weil.” Ya he escrito sobre esto. Pero hay algunas trampas. No es un subtítulo correcto. No es el modo de decir Dios, sino de alcanzar la plenitud. Sí, en algún caso Dios da esa plenitud, pero está el contrapeso de Eloísa o Safo o Carson. Más trampas: leemos que el texto tiene tres partes, una para cada una de las mujeres, pero hay una cuarta, una reflexión sobre la plenitud y la escritura. Las tres historias son parte de la misma autora que es la protagonista real del libro. Diría que este libro es la decreación según Anne Carson. “Hay demasiado de mí en mi escritura.” No es falsa modestia. Tras los ensayos, está el libreto de una ópera, con textos, poemas brillantes, que están en boca de las tres mujeres citadas, pero todo lo que dicen es parte del pensamiento y de la experiencia de la autora. Otra cosa es impensable. Anne Carson no puede quedar al margen de sus poemas. Y sí, hay demasiado de ella misma en sus poemas, por eso nos interesa tanto.

(Publicado en el número 61 de El Cuaderno)

Patrick Modiano, Nobel de Literatura 2014

modiano

Jueves, 9 de octubre. A la una y veinticuatro recibo un sms. Estoy trabajando, no lo puedo abrir hasta algo más tarde. Es mi hermano Pepe: “Modiano, premio Nobel.” No vinculo mis gustos ni mis alegrías a los premios, pero este es especial, por eso me lo comunica solo unos minutos después de que se hiciera público. Hace años que Patrick Modiano es una isla en la narrativa contemporánea a la que asistimos con enorme placer e interés los tres hermanos: Pablo, que también me escribirá cuando se entere algo más tarde, Pepe y yo. Tendremos que convertir a Magdalena.  Yo, en particular, soy cada vez más escéptico con las novedades de la narrativa tanto la universal, como la hispana. Hay excepciones, claro, pero son pocas. Y ni siquiera se me pasaba por la cabeza la posibilidad de que premiara a Modiano. No, obviamente, por su calidad, sino porque recientemente le habían dado un Nobel, al menos discutible, a Le Clézio, y ya se sabe que hay una ley no escrita que dice que no se puede repetir autor premiado de una misma lengua y, menos aun, de una misma nacionalidad. La noticia, el mensaje telefónico, me alegran el día.
La anterior reseña que había escrito, la anterior a la de Foucault, es de su última novela, La hierba de las noches (Anagrama, 2014). No diría que es uno de sus grandes libros, pero siempre considerando que cualquier libro  suyo es magnífico.  Ya me había propuesto varias veces releer su obra completa. Es posible que ahora sí lo haga, pero no es que disponga de demasiado tiempo. De todos sus libros, prefiero Calle de las Tiendas Oscuras, en la magnífica traducción de María Teresa Gallego Urrutia para Anagrama, que fue premio Goncourt en 1978. Es curioso cómo el Goncourt sigue siendo un premio que mantiene su prestigio, aunque no todos los años haya libros de altísimo nivel. Supongo que Francia es diferente, claro. Calle de las Tiendas Oscuras es una de las novelas más maravillosas que he tenido y tendré la suerte de leer y su autor está vivo, es francés y acaba de recibir el Nobel. Los recuerdos, que ya se veían en la anterior Villa Triste, y un sujeto que vive dos historias: un presente incompleto y un pasado que se va entreviendo a medida que avanza la trama. La historia tiene que ver con la Francia ocupada y con una sociedad que no siempre actúa de la forma adecuada. De qué forma el presente va llamando al pasado que despierta hasta presentarse en toda su crudeza. Si alguien quiere adentrarse en el universo Modiano, le recomiendo la lectura de Calle de las Tiendas Oscuras.
No es tan fácil de encontrar, pero se reeditará, no cabe duda, El libro de familia, de 1976, otro de sus grandes libros. Una serie de relatos, o fragmentos de relatos, en los que también se presenta otra de sus obsesiones: la familia. El personaje aquí es casi un niño, fácilmente identificable con el personaje habitual de sus novelas y, mucho más, con el propio autor. Casi toda la obra de Modiano funciona como un rompecabezas y el lector disfruta encontrando su sitio para cada pieza. Así ocurre también con los tres relatos de Las desconocidas. Esas mujeres que llegan a la ciudad casi con lo puesto, para alejarse de una sociedad rural que no les atrae y que comienzan a trabajar en lo que pueden. Con el tiempo irán poblando sus novelas posteriores.
Otra de sus novelas principales es Dora Bruder. Aquí la trama guarda relación con las anteriores, en el sentido de que se trata de dos épocas y una de ellas es ese oscuro periodo de la ocupación. El personaje del presente, en lugar de buscar su propio pasado que ha olvidado, como en otras historias, busca a una niña, la Dora Bruder del título en unas circunstancias muy difíciles. Para algunos amigos es su novela preferida de entre las de Modiano. Es posible. Es aterradora y muy desconcertante.
Para enlazar las historias que ha ido contando y contará tenemos Un pedigrí, Modiano en estado puro. Listas y más listas de personajes. Personas a las que quiso y amó, artistas a los que admiró y recuerdos que van creando ese pedigrí personal. Esta novela es de 2007, y un fragmento suyo está en la revista Turia, en el número 84, que dedicaba su Cartapacio al autor francés. En ella escriben algunos de los autores que siempre han hablado y han escrito de Modiano: José Carlos Llop, Juan Pedro Quiñonero, el gran Miguel Sánchez Ostiz, Juan Manuel Bonet y algunos más que han ido dando cuenta de todo lo que ha ido publicando Modiano, uno de los grandes autores para iniciados. Solo echo en falta a José Luna Borge, otro de sus grandes lectores. Es curioso, a partir de Un pedigrí, y más concretamente con su posterior En el café de la juventud perdida, se les ha unido otra generación de lectores, lo que parece no complacer del todo a los más veteranos que, parecían disfrutar con su arcano secreto. Supongo que el Nobel les habrá dejado la sensación agridulce que lo que va a ser ahora mucho más público. No sé realmente si Modiano se presta a ser leído por las masas. Tampoco sé si existen masas en esto de la Literatura. El tiempo dirá.
La citada En el café de la juventud perdida es otra de las grandísimas novelas de Modiano. El personaje de Louki es una de sus grandes creaciones. Una mujer que recuerda a todos los personajes femeninos de sus libros anteriores y que vamos a volver a encontrar en algunas de las siguientes, con otros nombres y distintas circunstancias, pero siempre fascinando a un joven pseudo-Modiano, alter ego del autor, que sabe que haría mejor en no acercarse a ella pero que ni puede ni quiere evitarlo. Es lo mismo que ocurre con nosotros que sabemos que tras cada uno de los libros de Patrick Modiano se esconde un fragmento del siglo XX que nos atrae como un imán encantado.

Reseñas anteriores de libros de Patrick Modiano:

De La hierba de las noches

De Un circo pasa

De El café de la juventud perdida

De Calle de las Tiendas Oscuras

El coraje de la verdad. El gobierno de sí mismo y de los otros, II. De Michel Foucault

EL LEGADO DE FOUCAULT

foucault

El coraje de la verdad. El gobierno de sí y de los otros, II
Michel Foucault
Edición establecida por Frédéric Gros.
Traducción de Horacio Pons.
Akal
ISBN: 978-84-460-3087-4
349 págs.
Madrid, 2014
26 euros

Para todos los que estamos interesados en el pensamiento de Michel Foucault, o en una filosofía que se ocupa de explicar los fundamentos del momento presente, la edición que está llevando a cabo Akal de los trece cursos que impartió el filósofo en el Collège de France, entre 1970 y 1984, es una oportunidad ineludible de entender más y mejor su pensamiento, tanto de un modo global, como siguiendo atentamente los últimos años de la vida del filósofo y sus intereses en cada momento particular. Es cierto que esta interpretación es, a simple vista, contraria a lo que tendría que ser la materia de la que se ocupa la filosofía, pero es inevitable asistir a estos volúmenes atendiendo al momento concreto en que se realizaron, tanto a nivel histórico como fijándose, más particularmente, en la biografía y la bibliografía del autor. Y es que uno de los motivos que hizo tan reconocida la obra de Foucault, y aun la de otros de sus compatriotas coetáneos, pienso en Gilles Deleuze especialmente, fue que atendió sin restar un ápice de rigor y riesgo, a los problemas de su tiempo, lo que le supuso las críticas de buena parte del academicismo de su momento, tanto desde la izquierda, como, obviamente, desde posiciones más conservadoras.

Con este son ya ocho los volúmenes editados de los cursos citados, los que dio Foucault en la cátedra de “Historia de los sistemas de pensamiento”, del Collège de France, los últimos de ellos, a los que se les presupone una continuidad: El gobierno de sí y de los otros, I y II, editados por el también filósofo francés Frédéric Gros. En este caso, todo el párrafo anterior referente a la asociación existente entre biografía y obra en Foucault es especialmente relevante, ya que se trata del último de sus cursos, impartido, por un Foucault ya muy enfermo, entre febrero y marzo de 1984. No olvidemos que falleció en junio de ese mismo año, y que el inicio del curso, previsto para enero, hubo de postergarse hasta el mes siguiente, precisamente por estar atravesando un momento de crisis en su enfermedad. Así pues, y considerando que es difícil que Foucault no fuera consciente de la proximidad de su muerte, tendríamos que decir que este curso: “El coraje de la verdad”,  supuso una suerte de testamento, yo diría que vital y filosófico, de Michel Foucault.

Varias son las razones que explican que Foucault siga siendo hoy, treinta años después de su muerte, uno de los autores más leídos y estudiados tanto por los académicos como por los interesados en cualquier disciplina humanística, pero hay una razón que destaca sobremanera y es, precisamente, la que da título de este libro, ese “coraje de la verdad” que para Foucault es esencial no solo en un filósofo, sino en prácticamente cualquier hombre que realice cualquier oficio, y muy especialmente si este va asociado a las Humanidades o al ejercicio del Poder. Es cierto que para situarse debidamente en este volumen, habría que haber leído antes el anterior, El gobierno de sí y de los otros, I, y todo el estudio introductorio que hace de la parrhesía, la palabra veraz, en el que se embarcó particularmente en los últimos años de su vida, pero también lo es que el Foucault profesor solía introducir cada sesión y cada tema nuevo con un amplio resumen de lo dicho anteriormente sobre ello. El formato curso tenía sus ventajas e inconvenientes. Las ventajas que destacaría son la mayor claridad a la hora de exponer y argumentar sus estudios; la posibilidad de ser interpelado por los asistentes con alguna nota que le llegaba al autor entre una sesión y otra; y, muy especialmente, la posibilidad de que cualquier persona pudiera asistir a sus cursos. Los cursos del Collège de France eran abiertos para cualquier persona, fuera ciudadano francés o no. Era también la época del auge de los magnetófonos que abarrotaban la mesa desde la que impartía Foucault sus lecciones y que han permitido las transcripciones que son el origen de estos textos. Las desventajas que se me ocurren son las propias de la contingencia universitaria diaria. Por ejemplo, alguna vez, aunque ahora no recuerdo si en este curso o en el anterior, tuvo que cambiar el orden de las sesiones porque no podía disponer de una fotocopiadora para imprimir copias que pudieran seguir los alumnos. De todas formas, entre sesiones, Foucault comentaba lo que pensaba exponer con compañeros y leía textos nuevos que le iban llegando y que, en ocasiones, le hacían dar un giro considerable en lo que iba a exponer al día siguiente. La dinámica de trabajo era eso precisamente, un trabajo que partía de unas premisas iniciales y que cobraba vida propia en cada sesión a lo largo del tiempo.

No es difícil pensar, pues, en la oralidad de estos textos escritos, lo que nos lleva a rememorar los primeros tiempos de la filosofía, en los que esta se transmitía oralmente. Es muy pertinente, además, porque en este, su último curso, su legado, como ya hemos aventurado siguiendo al propio Gros, en su breve y muy interesante “Situación del curso”, Foucault nos propone volver a la figura fundacional de Sócrates. Recuerdo, que en una de las entrevistas que se recogen en Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones (Alianza Editorial), alguien le cita a Foucault una frase suya y cómo él le niega haber escrito eso, distinguiendo el valor de un texto recogido en libro o artículo y algo que ha dicho en una conversación. Pero entendemos que el curso está si no a la altura del texto escrito, sí en un punto más cercano a este que una mera conversación, por muy enriquecedora que esta nos pueda resultar.

Tres son los rasgos estructurales de la parrhesía, que ya quedaron fijados en el curso anterior: la verdad, el compromiso y el riesgo. No es difícil imaginar que Foucault quiso que en torno a esos tres elementos, que él había buscado con mucho interés toda su vida, girasen las lecciones de este curso, al que ya hemos calificado de legado. Y lo ejemplifica con dos autores muy relevantes: Heráclito y Sócrates. Ambos permanecieron en el terreno de ese saber veraz con todo el compromiso del que fueron capaces y asumiendo los riesgos que, ya lo sabemos, les llevarían a la muerte. El caso es que Sócrates es el mayor referente posible para todo filósofo y, aunque es cierto que negó haberse implicado nunca en asuntos de política “porque de haberlo hecho, estaría muerto”, esto no deja de ser un recurso que no hay que seguir al pie de la letra, pues aunque no ostentó cargos en Atenas, siempre estuvo implicado en mejorar la vida de sus ciudadanos. No olvidemos, de hecho, que precisamente es condenado a muerte y esto no le hace en ningún momento, pese a la súplica de sus amigos, replantearse su forma de vida. Una vida guiada por el ethos, por el deseo de mejorar y tratar de hacerlo cada día. De alguna manera, Foucault dice en este curso que eso es lo que le ha guiado permanentemente. Hoy día sería imposible una figura como la de Foucault, y mucho menos como la del ya citado en este texto, y amigo suyo personal, Deleuze. No me cabe duda de que ambos estarían en la cárcel, pese al prestigio que atesoran. Lo cierto es que, por otra parte, no podrían haber llegado a acumular ese prestigio, al menos en España, donde algunos de sus mejores pensadores fueron denostados durante la transición por plantear cuestiones incómodas al Poder y donde todavía siguen siendo ninguneados los pensadores o artistas que se sitúan al margen de los mandamientos de la norma. Y si algo define al filósofo, o debería definirlo, es esa dificultad de connivencia con el aparato que marca la norma que hay que seguir, lo que Foucault, y Deleuze y Lacan, definían como el que inventa lo Real. Ya en este curso hay unas sesiones dedicadas a la especial dificultad de encontrar ese “decir veraz” en un sistema democrático, siempre basados en textos clásicos, algunos cuyos autores se desconocen, y otros de los dos grandes, Platón y Aristóteles. Es muy interesante ver cómo este introduce, a partir de los textos de Platón, conceptos relacionados con el materialismo y la dialéctica de la lucha de clases. ¿Es realmente más difícil luchar contra la norma en una democracia y tratar de aconsejar a muchos, que luchar contra las leyes y aconsejar a unos pocos en un régimen totalitario?

En este contexto, en el que estamos, del legado de un pensador que sabe que está próximo a morir, tiene especial relevancia la frase que cita Foucault, del Fedón de Platón, la última que pronunció Sócrates en vida: “Critón, debemos un gallo a Asclepio; ocúpate de ello.” Tradicionalmente se había interpretado que Sócrates, en el último momento, abandona la lucha y se siente feliz ante la presencia cercana de la muerte. No tiene demasiado sentido que un hombre con un pensamiento tan vitalista actúe de una forma tan contradictoria, ni aun ante la muerte. Foucault recoge entonces un texto de Georges Dumézil, publicado en el mismo 1984, en el que contradice la interpretación tradicional y opina que lo que hace que Platón abandone este mundo con cierto agradecimiento es no haber caído en la tentación de mentir o contradecirse para ponerse a salvo huyendo. Pienso que Foucault debió sentir algo así también en los últimos momentos de su vida, por eso este texto le fue tan grato y lo introdujo en este curso, que a la postre iba a resultar tan relevante para él y para sus lectores.

El análisis de otra corriente filosófica de la Antigüedad ocupan casi en exclusiva el resto de las sesiones: los filósofos cínicos. Hoy disponemos de mucha más bibliografía sobre ellos, pero a inicios de 1984 esta era, frente a otros autores o movimientos, mucho más escasa, casi inexistente. Es curioso que cita como novedad muy reciente y que aún no ha leído, aunque tiene referencias positivas y negativas de ella, la Crítica de la razón cínica, de Peter Sloterdijk. Es una más de las consecuencias del curso como algo que se va haciendo sesión a sesión. ¿Por qué escoge a los filósofos cínicos para su último curso? También parece una pregunta que se responde sola: en parte, son un referente de la vida que hay que llevar, por su negativa a asociarse con ningún Poder –el Poder- y a buscar su propio éxito y beneficio en la vida tal y como se veía entonces. Aunque no hay mayor ambición que desear vivir al margen, que desear ser consecuente con su pensamiento hasta el extremo de negarse todo lo material. Tratar de no ceder a las presiones del Poder. Es cierto que Foucault coqueteó con ese Poder, especialmente el político, en algunos momentos de su vida, pero siempre lo hizo suponiendo que podría ser escuchado y decir la verdad. No olvidemos que la Francia de los años cincuenta y sesenta, y aún los setenta y casi ochenta, no se parece en nada al país que hoy se debate entre acercarse a Alemania y a los Estados Unidos, y preservar una tradición cultural que hoy día ya no es más que un producto convenientemente tasado en el mercado. Pero entonces todavía se oían voces que discutían de manera veraz frente al trato, por ejemplo, que se le dio a Andreas Baader y, especialmente, a Ulrike Meinhof en 1972, en Alemania; o que vinieron a protestar a España por las últimas penas capitales de la dictadura de Franco. En todos esos momentos, y en muchos más, se hizo sentir la voz de Michel Foucault, el mismo que había escrito que el hombre estaba muerto, y su manera de entender estos problemas que, ya digo, no fue entendida ni por muchos de sus compañeros de izquierdas ni por sus rivales de la derecha. Ni siquiera Sócrates vivió como un cínico, ni mucho menos,  tampoco lo iba a hacer Foucault, pero ambos eligieron la vida verdadera, la que va a buscar siempre ser consecuente con sus ideas. No es fácil, y menos para los que saben qué es lo que tienen que hacer y nunca lo hacen. El mundo de la cultura, los “intelectuales”, son los que más se alejan habitualmente de todo esto. El filósofo es el que tiene la misión de mostrar al mundo la otra vida, de separar el mundo de las opiniones del de la verdad. Pierre Bourdieu ofrecía su ayuda, como sociólogo, para desenmascarar la mentira instaurada en lo Real. Varias veces trabajaron juntos Foucault y Bourdieu. Los últimos años se separaron Foucault y Deleuze, aunque este nunca perdió su admiración incondicional por Foucault. Este libro, El coraje de la verdad, puede ayudar a comprender por qué algunas de las mentes más valiosas de la segunda mitad del siglo pasado compartieron tanto y trabajaron juntos en un legado conjunto que nunca va a dejar de sorprendernos.

Sobre el amor. “Her”, de Spike Jonze

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No es poco decir que Her es la película que más me ha gustado de las que he visto últimamente. El tema podría ser el amor o la soledad. No creo que nadie que la vaya a ver o que piense leer este texto, desconozca la anécdota que da pie al argumento: en un futuro próximo, un hombre se enamora de un programa de ordenador, para ser más exactos, de un sistema operativo. Dicho así suena a tontería, a ilusiones huecas y virtuales, a sexo o amor virtual. Pero, obviamente, si fuera así, no estaría escribiendo sobre ella, Her es mucho más que eso. Es un hermoso producto audiovisual, una historia conmovedora, a la vez que una profunda reflexión sobre el hombre contemporáneo, sus emociones y sus capacidades para expresarlas y para comprenderse. ¿Es posible el amor en nuestros días?

Hasta el momento, Spike Jonze era el autor de una joyita, Conociendo a John Malkovich, en la que destacaban tanto su guión, como la adaptación de un nuevo lenguaje visual basado en la estética de los videoclips y en los ritmos imposibles. No conozco aún sus otras dos películas, Adaptación y Donde crecen los monstruos,  posteriores a aquella, pero siempre he sabido que Jonze era un personaje versátil, actor, guionista, productor y director, en el cine más independiente y que seguía manteniendo sus contactos en el mundo de la música. Lo primero que supe de Her era que la banda sonora está firmada por la banda canadiense Arcade Fire, uno de los proyectos en marcha más atractivos del actual momento musical norteamericano. Los sigo desde que escuché “Rebellion (Lies)” y saber que participaban en una película, a priori, prometedora, me atrajo más a esta. Pero la canción que da forma a Her no es suya, sino de la cantante de otra banda, Karen O, de los Yeah, Yeah, Yeahs, y se llama  “The Moon Song”, que en la película canta Scarlett Johanson, acompañada de un ukelele. Como Samantha no tiene cuerpo, compone música y escribe letras que le sirven como fotos en las que están ella y su amado. Cuando escribe esta canción dice estar muy excitada, nerviosa, por todo lo que está “sintiendo”:

El protagonista de la película también es un valor seguro, Joaquin Phoenix: hay que pensar que sobre su imagen, casi caricaturizada, descansa el peso del metraje. En muchos momentos, incluso los que llamaríamos clave, todo se reduce a él hablando con un sistema operativo, con el que se comunica con un pinganillo en la oreja y unos altavoces. Spike Jonze imagina ese futuro más o menos próximo con todos nosotros hablando solos por la calle, dando instrucciones a nuestro ordenador no ya portátil, sino tamaño móvil. Tampoco está tan lejos. De hecho, es ya posible subirse al autobús y ver que cada uno está con su móvil, aislado de todo lo que le rodea. La pregunta que habría que hacerse es: ¿necesitamos a las demás personas? O, más aun, ¿necesitamos a los demás cuerpos?

Para crear el ambiente ese, casi caricaturizado, en el que se mueve Theodore Twombly, el personaje que interpreta Joaquin Phoenix, Jonze imagina un universo en tonos pastel, en rojos, grises y marrones difuminados, adaptando estampas cotidianas, a la manera de algunos de los cuadros de Hooper. Sería complicado imaginar que se trata del futuro, a no ser por los paisajes arquitectónicos. El paisaje humano, el estilismo y las vestimentas, las playas y los parques de atracciones, evocan más unos pasados años sesenta que al futuro. Se trata, supongo, de crear una cierta incertidumbre en el tiempo y el espacio. La desconexión entre Theodore y su entorno es enorme. Siempre está solo, cuando lo está en su apartamento o en el trabajo es muy evidente, pero cuando está rodeado de multitudes en la calle, lo es aun más. Lo único que parece librarle de esa soledad es la presencia de Samantha, un sistema operativo que adquiere, en principio como si se tratara de un video juego más, pero que le lleva a volver a sentir emociones que creía que ya no iba a sentir desde que se separó de su pareja de siempre: “A veces creo que ya he sentido todo lo que voy a sentir en la vida.” De Samantha solo tenemos constancia por la voz. En la versión original es la de Scarlett Johanson. No hay que obviar que la mayoría de la película es el personaje Theodore, conversando e interactuando con la voz en off de Samantha. El reto era complicado de resolver, pero tanto la solvencia de Joaquin Phoenix, como la solidez del guión han hecho posible llevarlo a cabo felizmente.

¿Por qué es tan difícil amar a otra persona? Esta es la pregunta que con frecuencia nos hacemos y cada vez parece tener más difícil solución. Tanto es así que, en los últimos tiempos, se habla del final del amor. ¿Hacia qué tipo de sociedad vamos? La primera respuesta posible, la que nos da Eva Illouz en su magnífico ensayo ¿Por qué duele el amor?, se refiere a la racionalización del amor y a la ampliación de la tecnología de elección. Así lo interpreta Byung-Chul Han en La agonía del Eros. La racionalización del amor es, en sí, un oxímoron. Si el amor se racionaliza, deja de tener los ingredientes que lo hacen atractivo, empezando por la pasión y concluyendo con la incertidumbre y el miedo a perderlo. De todas formas, el amor nunca se ha dejado de racionalizar. Para la sociedad capitalista en la que vivimos, el amor es un objeto de consumo más. Me gustó la frase que pronunció Don Draper, el personaje que interpreta Jon Hamm en Mad Men, en el primer capítulo de la primera temporada: “Yo inventé el amor para vender medias.” No deja de ser una boutade y un anacronismo, pero ilustra bien el papel que tiene el amor en este mundo que habitamos. Esta sociedad tiene varias contradicciones, pero ahora me interesa resaltar una. Durante décadas, el consumidor era un grupo: la familia. Y el amor es la piedra angular, junto a la necesidad económica y social de la mujer y el terror a ser anormal (en el sentido foucaultiano del término) para que los individuos se agrupen en familias más o menos estables. La contradicción es que ahora el consumidor es el individuo, que vota por sí solo, sea hombre o mujer; que trabaja en la calle, sea hombre o mujer y que se nos presenta como un sujeto real, único, libre y todas esas consignas del poder. Lo difícil es traspasar todas esas consignas que antes operaban sobre la familia, de esta al individuo, y querer vender el mismo tipo de amor o de modos de relación. En cuanto a la ampliación de la tecnología de elección, es absolutamente cierto. Hace un siglo era difícil que alguien conociera a otro de un radio superior a unos kilómetros de distancia. Pero yo creo que, aun siendo esto cierto e importante, lo que produce un cambio drástico a la hora de amar, no es el modo de elegir, sino el modo de interactuar, de relacionarse.

Desconozco si Jonze valora estas cosas así. Es muy difícil admitir todo esto, cuando eres un personaje privilegiado de una industria tan poderosa como lo es la cinematográfica, que ha vendido historias de amor desde sus inicios y que ha formado a millones de parejas en cómo hay que amar, cómo hay que sentir, cómo hay que relacionarse. Pero  Her es un ejemplo de cómo pueden ir variando estas cosas. Theodore se ha separado recientemente de su pareja desde casi la infancia, Catherine, interpretado por Rooney Mara, y cree que ya nunca va a conocer a nadie que le aporte lo que ella le aportó. Y, bueno, aunque no deja de extrañarle en ningún momento, vuelve a sentirlo con Samantha. Hay un encuentro entre Theodore y Catherine, en el que ella, al enterarse de su “nuevo idilio”, le dice: “Querías a alguien como yo, pero no eres capaz de gestionar emociones reales, Theodore. Y, por eso, ahora me sales con que te has enamorado de tu portátil.” Lo curioso es que Catherine es la única persona que responde con incredulidad cuando se entera de quién es su nueva pareja. El resto lo vive con naturalidad, cuando no está en una situación parecida o conoce a alguien que lo está.

Catherine y Theodore son amigos desde niños, van a la universidad  juntos, se ayudan mutuamente a crecer, ambos son escritores, ella escribe novelas y él cartas de amor, y disfrutan viendo cómo van evolucionando. Pero esa evolución es la que les lleva a separarse. Byung-Chul Han responde a Eva Illouz diciendo que el principal inconveniente que tiene el amor no está ni en la racionalización progresiva, ni en la ampliación de tecnologías para la elección del otro. Él cree que es directamente la erosión del otro, que es producto de la necesidad y casi obligación de ser iguales. Porque si el otro es igual que yo, ¿qué me puede aportar, o qué le puedo aportar yo? Llega un momento en que Catherine y Theodore se han dado ya todo lo que podían darse, porque han evolucionado hasta convertirse en dos individuos iguales. Así, parece ser que no solo se niega el amor entre ellos, sino con ninguna otra persona.

A lo largo de la película parece que lo que le ocurre a Theodore, le ocurre al mismo tiempo a muchos otros. Todos van hablando solos y nadie parece extrañarse de nada. Es un mundo feliz.

NI LEJANO NI VAGO ES EL RECUERDO

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Las burbujas se rompen
en el paladar el agua está fría te gusta
mirarme
cuando bebo eres el único
peninsular que conozco que bebe agua
con gas ¿si no fuese canaria me querrías?
sabes que no sabes que nunca quise
a nadie
ni lejano ni vago es el recuerdo
permanece eterno quizás sea lo único que es
cada día

MIRAR A VER SI A LO MEJOR SE PUEDE

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Nunca bajas la escalera antes de las doce te paras
en el púlpito bendices ¿de verdad
antes era una capilla?
treinta y tres fotos
treinta y tres días
posas
para el más antiguo de los dioses
mirar a ver si a lo mejor se puede
si quisieras ver su inmensidad
¿no hay naranjas de zumo? me borraría
los cuadernos están febrero
dentro de unos días
cumpliré cuarenta años nunca el tiempo me gusta
que me mires quédate a vivir conmigo
y con mis libros

LA INSIDIOSA TENTACIÓN DE HACER

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No temas nada es posible sino
algo de luz
nada puede pasar sino
el dulce aroma del lilero y la luz
nadie cierra ventanas
nadie cierra poemas solo escribo
sombras huecos escóndeme en tu cuerpo
¿tienes sed?
cansada de ser disfrazada
cansado de ser yo esperando el espacio
despacio la noche avanza
tu camiseta azul a los pies de la cama
nunca has dormido mejor oh para amantes
la tierra para amantes
la insidiosa tentación de hacer

LA REALIDAD NO ES TODO LO QUE HAY

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Escondido no solo
me proteges ¿cómo voy a conocerte?
bailamos ojos
y calima es imposible conocer
a fondo a cualquier hombre
te dejas caer
la realidad no es todo lo que hay
yo te sostengo
el rojo y el negro tu cobijo
¿cuándo has sido más feliz? ahora
todos estos años
vacío
¿te acuerdas del sillón?
no solo no es todo lo que hay te gusta posar
no hay realidad
tú posas y yo te escribo
¿y cuándo más infeliz? también ahora

NADA ES DEFINITIVO SINO BORRADOR

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Decir “toda la vida” comerciar
con tu cuerpo
es más digno que escribir bailar que
llenar hojas cuadernos consumirse
jugar a poner nombres el tuyo
no sé cómo te llamas
nada es definitivo nada
permanece mi nombre el guión de tu vida
catorce escalones de madera una isla
sabes que
nada es definitivo sino borrador
alguien llega
vístete
es real

NUNCA NADIE MUERE DEL TODO NUNCA

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Entro en la habitación estás
leyendo
los poemas de la casa de Amherst tu camiseta azul
nunca nadie muere del todo nunca
acaba la escritura ni tus piernas
cuando subes la escalera
sabes que sabemos y no te oiré decirlo nunca

sabías que era el final
dejar de estar seguir siendo
ese dolor
las burbujas en la boca
¿por qué no morir? esas fotos
tuyas en el púlpito no podemos
hay demasiado que escribir palabras
ritmos
solo tú y yo sabemos hacerlo

Seis estilemas de Francisco Lira. Seis poemas de Rafael Suárez Plácido

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“Del suo veloce volo”, de Antony y Battiato

Del suo veoloce volo

antony / battiato

disco

Quienes me conocen bien ya lo veían venir. “¿Cómo, que todavía no lo has escuchado?” Pues no. Estaba ahí. Se fue amontonando y, entre una cosa y otra, no he podido escucharlo completo hasta hoy. Aprovecho estos días para poner en orden mi vida. Leo, escucho y veo todo lo que no he podido hacer durante el año. Una vida siempre aplazada. El hecho es que hace falta mucho valor para que se junte Antony Hegarty con Franco Battiato y hace falta también mucho valor para que Franco Battiato lo haga con Antony Hegarty. A priori, son públicos diferentes. Pensaba que eso solo podía ocurrir en mis sueños. Pero mira tú que el año pasado estuvieron en Madrid y yo me los perdí. Empezaron o culminaron la gira en el Arena de Verona, escenario mítico para los grandes acontecimientos. Sigo a Antony & the Johnsons desde cuando frecuentaba escenarios pequeños por todo el mundo con las CocoRosie. Siempre supo rodearse bien y siempre hizo mejor a quien le rodeaba. Luego, la historia es conocida: la colaboración con Lou Reed, que le catapultó al éxito y el bombazo que fue su primer disco. El tema “Hope there’s someone” es una de esas maravillas que solo se dan cada pocos años. Su voz rompe todos los esquemas. No sé mucho más de él, que lo que se deja ver en sus discos. Solo que llena los escenarios con su sola presencia, ahora mucho más clásica que antes, y que, cuando empieza a cantar… ¡cómo se atreven a interrumpirle, aunque sea aplaudiéndole!
Franco Battiato es un caso parecido, solo que con formas menos peculiares, pero maneras parecidas y canciones y discos memorables. Cuando entra, en el tercer corte, “You are my sister”, uno tiene la sensación de que es el contrapunto ideal a la suntuosidad de Antony. La voz que pone las cosas en su sitio y nos devuelve a la Tierra, orgullosos de poder disfrutarla. Con una carrera larguísima a sus espaldas, el cantante siciliano muestra, una vez más, que está al tanto de los mejores momentos musicales y siempre dispuesto a dar la réplica adecuada, permaneciendo en su sitio. Después de escuchar a Antony, las canciones de Battiato resultan más alegres y vitales. “Il re del mondo” es un bonito ejemplo. Ambos tienen en común la importancia de los teclados: ambos son pianistas también. Son algunos de los mejores letristas que conozco y no se desmerecen. Y decir eso, de alguien que cante con Battiato es decir mucho. Hay tres temas con letras del gran Manlio Sgalambro, una versión de los Rolling y algunos, pocos pero de los mejores, de los clásicos de Franco Battiato. Siempre es buen momento para escuchar “I treni di Tozeur”, pero aquí lo hace con la cantante Alice, y no me convence demasiado esa voz. Otra cosa es la que es una de las grandes canciones de amor de la música popular: “E tj vengo a cercare”, o el oxímoron que forman “Bandiera bianca” y “Up patriots to arms”, que parece que fueron compuestos hace treinta años para sobrellevar estos días de odios y de poca esperanza. El broche final es un tema que no conocía, “Inneres auge”, otro momento redondo del concierto.
Quienes me conocen, ya lo veían venir. Del suo veloce volo, el disco en vivo de Antony Hegarty y Franco Battiato,  es uno de esos discos que siempre estarán conmigo. ¡Ojalá hubiese asistido a alguno de los conciertos!

Franco Battiato, que es Dios, parece un niño nervioso cuando entra con Antony y este, que es su profeta le besa la mano al final del tema, con una genuflexión.

MIRAR A VER SI A LO MEJOR SE PUEDE

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Ni recuerdo, ni olvido. (Smash)

No es fácil imaginarse a Manuel Molina cantando, tras unas estrofas rockeras en el mejor macarronic-english de Julio Matito, con aires de corrido mexicano:

“Y mátame al amanecer

o de noche, si tú quieres,

pero que te pueda ver la mano,

pero que te pueda ver las uñas

pero que te pueda ver los ojos,

pero que te pueda ver.”

Son Smash, los más grandes y, al mismo tiempo, efímeros del rock andaluz, que pronto siguieron distintos caminos: Julio Matito murió en un accidente, cuando se proponía retomar el grupo; Gualberto se fue a los Estados Unidos en su particular peregrinación en pos de las raíces de Jimmy Hendrix y los grandes de las cuerdas de la segunda mitad del siglo XX; Antonio Rodríguez, tras formar parte de algunas de las bandas de los grandes del rock andaluz ha formado su propio grupo como Antonio Smash; Heinrik Michael volvería a Dinamarca y Manuel Molina formaría, con su pareja, el dúo que también marcó una época en el flamenco y en toda la música española, Lole y Manuel.
Su tema más conocido fue la adaptación del clásico flamenco “El garrotín”, pero yo me quedo con este “Ni recuerdo, ni olvido”, una joya y un capítulo imprescindible de la historia del rock español.

LA REALIDAD NO ES TODO LO QUE HAY

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NADA ES DEFINITIVO SINO BORRADOR

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“Adiós”, de Mus

Es una lástima que yo sea tan manazas, de no ser así podría subir el vídeo del DVD original, que nunca le devolví a José Luis, y no tendría que poner el tema ya iniciado en este vídeo que encontré en youtube. Mus es una de las bandas que más me han gustado y Divina lluz es uno de los diez discos españoles que me llevaría a una isla desierta. Ya subiré algo más representativo del disco, pero el corte que lo cierra, este “Adiós, Gijón, adiós”, es una joya. (La versión completa del tema, sin el vídeo, y el poema están aquí.) ¿Por qué me gusta tanto Mus? Habría que escucharlos y sacar conclusiones por sí mismo. Pero es inevitable: pocos músicos han conseguido unir tradición y belleza, con la modernidad y la lucha social como estos dos asturianos. Ya desde “El Naval”, Mónica Vacas, otra de esas razones, y Fran Gayo, el vértice necesario para el triángulo, saben que hacen cosas importantes. Odio tener que subir esta versión recortada del vídeo de Ramón Lluis Bandé, ¿otro de los motivos? en el que interviene García Rúa, uno de los autores que más intensamente vivió la lucha antifranquista, de la mano de su maestro Antonio Tovar, y un ejemplo vivo de lo miserable que fue la mal llamada “transición española”. Pero su presencia es imprescindible para hacerse cargo del calado de la obra de este grupo que fue más allá del típico cancionero indie-folk y universalizaron su mensaje. Historias en clave impresionista que dejan esa sensación de que todo está mal. Con ustedes: Mus y García Rúa, del disco “Divina Lluz”, otro de los discos que más escucho este verano.

“Al mar”, de Manel

Llevo apenas diez días en el piso y ya he puesto todo patas arriba. Los cds esperaban tranquilos y ordenados en las estanterías, y ya no hay quien encuentre uno. Pero eso es lo que tenemos, ¿no? Escuchando buena música en la barra del bar… Pocos bares hay que pongan la música que me gusta. Por ejemplo, nunca he escuchado en un bar de Sevilla a Manel, uno de esos grupos que me moverían a un bar. Pienso también en Antonia Font, pero ahora escucho este tema con el que presentaban hace algunos años El mellors professors europeus. Apropiado para cualquier fecha, pero quién podría negar que ahora apetece…

“Trazas del pensar” Estilemas de Francisco Lira, en La Carbonería

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NUNCA NADIE MUERE DEL TODO NUNCA

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