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Cantar bajito. (Uno)

Hoy me han preguntado qué suelo “publicar” en este blog y he respondido: “es un diario.” Y me he quedado tan tranquilo. Hace algunos años escribía, para un periódico de la sierra de Huelva, artículos en los que hablaba de lo que había leído y de lo que pensaba que pasaba en el mundo —sí, de las dos cosas— y alguien que los seguía me dijo: “Leo cada quince días ese diario de lecturas que publicas.” Me quedé un poco sorprendido. No por lo de los quince días, porque el periódico era quincenal, sino por lo del “diario”. No lo había pensado así. Pero desde entonces quise llegar a hacer ese Diario de Lecturas. “Es que siempre estás leyendo y escribiendo.” No, a mí lo que realmente me gusta, lo que siempre me ha encantado, es cantar bajito. Estaba en mi casa, en Aracena, donde no había nadie en los alrededores y yo cantaba bajito. Lo hago desde que soy pequeño y muy bien. A veces pongo caras y todo y el puño es mi micrófono.

¿Qué si alguna vez he pasado a cantar en voz alta? Sí, claro. Recuerdo una época de niño. Yo era, según me daba, desde Camilo Sesto a Elvis Presley. Hubo un tiempo en que pensé que era el rey del rock. Luego pensé que lo sería. Mi madre me compró en una tienda de indios, en Las Palmas, un chaleco gris con la cara de Elvis, ya de mayor. Pensé que era mi destino. Mi dominio del idioma me alcanzaba justito para las letras que, entonces, las recortaba del Lecturas o del Semana o de algún disco de vinilo, pero ya digo: andaba muy cortito. Se me entendía el título de la canción y poco más. La música tampoco ayudaba. En español hacía un esfuerzo. Todavía me cuesta la vida recordar ningún poema, ni de los míos, y sin embargo recuerdo letras de canciones que, mejor, no nombro porque me sonrojaría.

Hace relativamente poco recordaba con un amigo del colegio que íbamos a su casa y escuchábamos cintas (otro anacronismo) de los Beatles. Sí, es verdad, pero yo tardé algo más. Recuerdo que mi abuela me compró para un cumpleaños el elepé Let it be, pero eso fue estando ya en el instituto. Recuerdo un single de un grupo que se llamaba Cafe Cream, que hacían un remix con versiones de los Beatles. Recuerdo un elepé de un tal Laurent Voulzy que se llamaba Rockcollection. Pero el salto cualitativo no llegó hasta que Marta, la punky, llevo al instituto el Cuándo se come aquí. Aquello era otra cosa. Ahí sí podía cantar bajito todo lo fuerte que se me antojara. La voz de Coppini no mejoraba entonces demasiado lo que yo hacía. Y si se trata del otro cantante, que no recuerdo su nombre, ya ni te cuento. No sé cómo llegó a mis manos el Sinchronicity, igual lo compré, pero no me suena. Fue una vuelta a mis orígenes. Me encantaba hacer las versiones del “Tea in the Sahara”: my sisters and I have a wish before we die. Ahí fue la primera vez que vi que I rimaba con die. Y también había ahí un nombre oculto, Chunga, y empezó el lado cultureta, no por Sting, claro, sino por Paul Bowles. La canción estaba basada en un cuento suyo o en El cielo protector, su gran novela, pero eso no lo sabría hasta algunos años después.

(Continuará)

II

Hubo un tiempo en que quise describirla,
quise contarlo todo
con palabras corrientes y no pude.
Nada estuvo a su altura,
ni una palabra mía
llegó a estar a su altura.
No podía explicar lo que pasó.
He soñado con todas las palabras que dijo.

Vivimos en un mundo de palabras.
Mi semen nunca fue tan puro.

Nada fue tan hermoso y no fue nada
más que un año de insomnio y de locura.
Su madre falleció un mes de mayo
cuando ella tenía doce años.
Siempre supe que ahí empezó todo,
con su alma invisible,
con las manos escritas con silencios
y el cuerpo roto,
varado en una playa de La Palma,
mirándose hacia dentro,
donde no quedaba más cielo que sus ojos.
Siempre supe que ahí empezó todo.

Cuando volvía a casa
su voz y sus palabras me esperaban
en cualquier sitio,
asomadas al ventanal
que daba al monte San Ginés,
en el contestador, mirando al sur
o en las hojas amontonadas del calendario
(marcaba con un círculo los días
que escuchaba su voz).

Planté un huerto para ella.
Puse un columpio en nuestro pino.
Por ella di cobijo
a animales y hombres que acudían
a mi casa a conocer nuestra historia.
Venían famélicos, hambrientos de desdichas.
Yo los alimentaba.
Fumaban unos puros de La Palma,
en los que adivinaba
el olor de sus muslos;
me hacían compañía
y se iban, dejándome agotado.

Gracias por el sudor, que era cierto.
Gracias por el cansancio, que era cierto.
Me salieron ojeras y eran ciertas.
Gracias por las ojeras,
violetas asesinas,
el signo de los tiempos
dibujado en mi cara.

Fuera de campo, de Pablo García Casado

EL ENCABALGAMIENTO ES REVOLUCIONARIO

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Fuera de campo. Poesía reunida
Pablo García Casado
Prólogo de Antonio Lucas
Visor
ISBN: 978-84-9895-847-8
181 págs.
Madrid, 2013
12 euros

Que todavía está por hacer toda la recuperación del catálogo de la lamentablemente extinta editorial DVD y que esta labor es especialmente atractiva y necesaria en el terreno de la poesía española –digamos: hispana, pero básicamente española- es una realidad incuestionable que comienza a conjurarse con esta edición en Visor de la Poesía reunida –y completa- de Pablo García Casado, en este sí, de verdad, necesario volumen que han llamado: Fuera de campo. No deja de ser sorprendente que hable de volumen necesario refiriéndome a la Poesía completa de un autor nacido en 1972, con apenas cuarenta y un años, pero es que las características del mercado español hacen que al haber desaparecido la editorial en la que ha editado toda su obra, se hayan retirado todos los ejemplares que quedaban en las librerías y, al mismo tiempo, se haya cerrado la posibilidad de continuar reeditándolos –no sólo los de Pablo García Casado, ahora pienso también en otros autores, en José Luis Piquero por ejemplo, que tendría que repetir esta misma operación en esta Visor o en alguna otra editorial que esté interesada en alcanzar o mantener, según se trate, un lugar en la historia de la Poesía española actual.

Lo cierto es que en 1997 —qué lejano suena y, sin embargo, qué próximo está—, Sergio Gaspar apostó para su casi recién inaugurada aventura editorial por un conjunto de poemas que entonces no tenía parangón en la joven poesía española. Es cierto que García Casado ya había publicado parte de esta colección en una plaquette: El poema de Jane, en el Ateneo Obrero de Gijón. Es cierto que el libro respondía a los intereses de la recién creada editorial: esa poesía que aún no tenía ningún sitio en el que ser encajada. Es cierto que ya había un primer Fonollosa en el catálogo. Es cierto que los casi coetáneos, pero anteriores, Roger Wolfe y Karmelo C. Iribarren habían abierto líneas de fuga –quizás habría que añadir a Francisco Gálvez. Y, finalmente, es cierto también que el olfato de Sergio Gaspar no iba a desaprovechar esta primera gran oportunidad de ir creando un estilo propio de sello heterodoxo que posteriormente se materializaría en la antología Feroces, de la mano de Isla Correyero. El título de ese libro iba a ser Las afueras y sí, podría decir que se trata del libro que más ha influido en todos los aspectos –buenos y no tan buenos- en las generaciones posteriores de poetas, en lo que son aun más jóvenes.

Las afueras eran cuarenta y ocho poemas, o quizás fragmentos de poemas, por lo general entre breves y muy breves, en los que se alude a la vida en los noventa en una ciudad de provincias. Que esa ciudad fuera Córdoba sería absolutamente irrelevante, de no ser por el hecho de que allí se iba formando un núcleo de poetas que se ha ido expandiendo y que, hoy día, colocan a esta ciudad como la más representada en cualquiera de las antologías que se van haciendo de poesía joven. Esta situación actualmente sólo podría discutírsela con argumentos, nombres y libros, Asturias. Ni Madrid ni Barcelona ni Sevilla están a su altura.

Decía Godard que el cambio de plano puede ser más revolucionario que cualquier mensaje. Leyendo los poemas de Las afueras igualmente podríamos decir que el encabalgamiento es revolucionario. No se trata del lenguaje ni tanto de las influencias. La elección de Raymond Carver o Tom Waits o Leonard Cohen, sin dejar de ser cierta no es tan novedosa. La verdadera influencia en Las afueras es Jaime Gil de Biedma: esa sensación de agonía dolorosa, de no poder escaparse nunca, de sentir que esas afueras son la cárcel o el laberinto que nos atrapa: la familia, el trabajo, el sexo. Vivimos para la búsqueda inútil del placer. El automóvil que en García Casado se convierte en el lugar casi de residencia de la clase media o media baja. Y que más de una década después retoma Manuel Vilas en la impagable elegía a su coche, de su libro Calor, que también está a su manera impregnado de Las afueras, de los barrios y los polígonos industriales. Es curioso que Vilas y García Casado también tienen trayectorias editoriales muy parecidas: de DVD a Visor. La columna literaria por excelencia de la prensa española, de Juan Bonilla, también se llamaba Las afueras. También hay algo de trayectorias paralelas entre la Jane de Las afueras y la Violeta C. Rangel de Manuel Moya. No olvidemos que Manuel Moya recibió, con Cosecha roja, el Premio Ciudad de Córdoba en el mismo año que se publicó Las afueras, aunque no me cabe duda de que ambos se conocían y más aun: que ambos conocían estos poemas. Pero con todo esto, la clave de estos poemas sigue siendo doble: el encabalgamiento revolucionario y el minimalismo. El poema de Las afueras es, ante todo, un proceso exhaustivo de depuración. En el poema no tiene cabida ninguna palabra que pudiera ser suprimida. Ezra Pound en estado puro, tachando y tachando versos y estrofas y poemas de Eliot. Y no olvidemos que Pound también fue el apóstol del encabalgamiento y de las enumeraciones necesarias. La ruptura de la secuencia versal tradicional, a la que después se va a volver en libros posteriores es la marca de identidad más destacada de Las afueras, pero no es exactamente una ruptura, más bien es acumulación de secuencias:

LAS AFUERAS

por más que se extiendan las ciudades hasta juntarse
unas con otras por más desengaños que el sexo la muerte
o las oposiciones nos deparen quedarán para siempre las afueras

la oscuridad de los polígonos industriales la ineficacia
el ministerio de obras públicas por más que se empeñen
colectivos ciudadanos asociaciones de vecinos seguirán

amaneciendo los restos del amor en las afueras

Cuatro años después publicó, también en DVD, El mapa de América, su segundo libro de poemas. Poemas más extensos sin llegar a serlo demasiado, más narrativos sin renunciar a la lírica de lo que sigue permaneciendo a las afueras. En esta road movie poética, el autor desgrana un conjunto de historias a veces con un marcado acento post apocalíptico, a veces con el sentido de homenaje a la cultura estadounidense. Un español en los Estados Unidos, con referencias a Machado, a Gil de Biedma, a Cernuda. Música, cine, cultura pop, especialmente películas y canciones van marcando este viaje por ciudades de los diversos estados de Norte América. Una Norte América de la que se conocen referencias y que se visita en coche. De nuevo el automóvil, casi lugar de residencia: On the road. Ya se advierte con más intensidad el tema que siempre estuvo: el dinero. Y más que dinero, el trabajo. Las contradicciones de la sociedad capitalista que en Estados Unidos está muy lejos de ser la sociedad del bienestar ni de haberlo sido nunca para la inmensa mayoría.

Es cierto que entre Las afueras y El mapa de América hay una situación de desamparo que necesita de nuevo un gran libro para volver a ser el escritor que parecía que iba a ser, y ese gran libro va a ser, en 2007, Dinero. Continúa esa fidelidad a DVD, pero no dejo de pensar en una colección de prosas breves que iba a publicar en la editorial cordobesa Plurabelle y que llegó incluso a estar anunciada en solapas de otros libros.

Dinero comienza con una maldición bíblica: “Con el sudor de tu frente”. La eterna paradoja. Textos que apuntan a la necesidad del trabajo para conseguir dinero con el que mantenernos. En 2007 aún no éramos conscientes de la crisis que se avecinaba. Aún había otros valores a tener en cuenta antes que el dinero. Democracia, Libertad, Amor, Ética… hoy suenan a palabras huecas o que en todo  caso están por detrás de eso mucho más palpable: el dinero. De todas formas, García Casado ya en su primer poema de Las Afueras habla de tres causas de desengaño: el sexo, no el amor; la muerte, no la vida, y las oposiciones. Aunque es innegable el humor si no negro, sí oscuro, algo de visionario había en quien escribía esas palabras.

Ahora los poemas son textos en prosa. No hay división en versos. Algún crítico se ha referido al libro como a una novela fragmentaria. Algo de eso podría haber. García Casado siempre se ha acercado sin miedo, o sin conciencia del peligro, al precipicio de los límites entre los géneros. En este libro es donde eso llega más alto. Y, como para corroborarlo, es el primer libro en el que puntúa los textos. De todas formas, la historia de esa presunta novela es la vida de un hombre que ya ha dejado atrás la iniciación a la vida, en Las Afueras, y algo de aventuras, en El mapa de América, y ahora se centra en las crisis sentimentales: rupturas con su mujer y tratar de ser un buen padre para sus hijos. Esa crisis de los cuarenta tan tratada y por la que todos han pasado al menos una vez en sus vidas, en la que es tan difícil separar y reconocer la naturaleza de los problemas: pareja, hijos, el tiempo, en definitiva todo se resume en Dinero:

No es ambiguo sentimiento de angustia, es dinero.

Las historias se suceden y algunos personajes se repiten, incluso personajes de otros libros. El automóvil sigue siendo lugar casi de residencia. Se abandona el paisaje americano y se retorna a España, no necesariamente a Córdoba. Algunos textos son tremendos: “Summertime”, quizás sea el poema más hermoso del autor; “Sevilla Este” y “Estación de autobuses” retratan mi ciudad, aunque es cierto que podría ser cualquier ciudad, de nuevo las afueras de cualquier ciudad, como si hubiera vivido en Sevilla. De hecho, tiene su cierta lógica, porque el autor vivió en Sevilla los años que publicó este libro. Y “Felicidad” podría ser el prólogo perfecto de un estudio de la crisis anunciada, la crisis económica que estamos viviendo. Me gusta la nueva Jane de “Monopoly”:

Le gustaba que la llamara puta, ¿cuánto vas a pagarme? Él le metía un billete en las bragas, ¿eso es todo lo que tienes?, y ella volvía a ponerse la falda, se subía el tirante del sostén y la cremallera de las botas. Él entonces cogía un puñado y lo tiraba a la cama.

Pablo García Casado es un poeta lento si entendemos como normales los cauces por los que transitan la mayor parte de los poetas de su edad. Pero no es así. Con cuarenta años tiene tres poemarios que le sitúan en el grupito de cabeza: Manuel Vilas, José Luis Piquero, Juan Antonio González Iglesias y pocos más, de los poetas actuales de su generación. No, realmente no es exacto: sumando algunos más, unos pocos más, es de los mejores poetas vivos que hay en este país.

Once meses al año

Siempre que he querido atravesar una puerta
o quedarme en algún sitio o desplazarme
había detrás una mujer
que lo explicaba todo
y no hablo de hechos más o menos recientes
de la Historia ni de estos últimos siete años
estos últimos siglos ni como decíamos ayer cada día cada hora
ni de la juventud ni de la madurez
en eso también fui muy precoz
pero cuando pienso en las mujeres canarias

no es que me cueste
es que todo ha quedado oscurecido
mi cuerpo herido
aquellos días luminosos
¡oh, Rafa, tus pirámides!
el vientre de esa mujer
el mar
las violetas asesinas

todo ha quedado oscurecido

Breña Alta o La Breña
“si no se especifica, es siempre Alta”
me dijo ella en La Palma
tierra de tabacos vinos y volcanes
vivos
once meses al año
(ahora que lo pienso
no estoy tan seguro de lo de los vinos)
mientras tanto la espero
he quitado mayo –ya no existe- de los calendarios.

Un circo pasa, de Patrick Modiano

EL SUEÑO MODIANO

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Un circo pasa
Patrick Modiano
Traducción de Adoración Elvira Rodríguez
Cabaret Voltaire
ISBN: 978-84-940353-3-3
174 págs.
Barcelona, 2013
17,95 euros

La vida está marcada por los detalles más insignificantes: el peso de la maleta en la que esa chica, Gisèle, ha reunido todo su equipaje; su gabardina gris, si la lleva abrochada o desabrochada; un perro que se llama Raymond, como Raymond Queneau, que había ayudado al jovencísimo Patrick Modiano a publicar su primera novela —El lugar de la estrella, publicada cuando sólo tenía veintitrés años y reeditada recientemente en castellano por Anagrama en su Trilogía de la Ocupación (2011)—. Yo siempre he pensado que a partir de sus tres primeros libros, de esta trilogía, toda la obra de Modiano es una obra única: búsqueda de otro tiempo para tratar de comprender el presente e intento de recomponer un pasado desdichado, hombres que no saben quienes son y que tratan de ser reconocidos por azar rememorando lugares por los que creían que ya habían pasado, preguntas y más preguntas sobre rostros enmarcados en una fotografía, vestigios de una época en la que ni saber el nombre de alguien era saber demasiado de él o ella. El origen de los personajes de Modiano está en la época de la ocupación nazi, en el comportamiento de los héroes que sobrevivieron o no, en los padres que no se preocuparon demasiado por sus hijos. Hay un libro especialmente estremecedor, Dora Bruder (Seix Barral, 2009). Un anuncio en la prensa de unos padres que buscan a su hija, poniendo sobre aviso a las autoridades de que esta (y ellos, claro) era judía. Sabiendo, o entonces previendo, que ese anuncio podía significar la muerte para su hija que, apenas nueve meses después, aparece en una lista de prisioneros transportados a Auschwitz. Pero mis libros favoritos hasta el momento de Modiano son Calle de las tiendas oscuras (Anagrama, 2011), en el que un hombre busca veinte años después de aquella época reconocer quién es, quién era entonces, y va encontrándose poco a poco y de qué manera, y En el café de la juventud perdida, en el que un joven casi estudiante, cuyo único pasatiempo era visitar librerías y escribir, alto y muy atractivo como el propio Modiano, evoca su efímero contacto con la hermosa Louki de la que sólo sabía lo que iba viendo por sí mismo: que huía de algo y de todo, que estaba cansada y casada con alguien a quien temía encontrarse en cualquier sitio y que iba a menudo a algún café donde tenía amigos de los que tampoco sabía ni sabíamos demasiado.

Un circo pasa es la segunda de las novelas que publica la editorial Cabaret Voltaire, tras Barrio perdido, ambas traducidas por Adoración Elvira Rodríguez que tan bien sabe mantener esa atmósfera  por momentos asfixiante de las mejores narraciones de Modiano. En este caso, el personaje protagonista podría ser ese mismo joven de En el café de la juventud perdida, aunque aquí no hace ninguna referencia ni a su aspecto ni a su estatura, pero sí a sus aficiones: recorrer librerías mirando libros y fijar en su memoria momentos del pasado que quedarán marcados y le vendrán a la memoria en cualquier momento. Y los nombres: nombres de las personas, de los que por experiencia sabe que no tiene que fiarse demasiado; nombres de las calles y plazas, cierta afición a repasar los planos de ciudades y mapas de regiones y guías telefónicas. Una madre que marchó hace tiempo y un padre que lo hizo más recientemente, dejándolo un poco a la deriva. Recuerdos de las salas de cine y los cafés, de las películas que ha visto —algunas con Gisèle, otras solo—, recuerdos también de un picadero donde se criaban caballos que a veces le asustaban por el ruido que hacían sus cascos. Y un circo en el que trabajaba el marido de Gisêle, al que esta siempre temía encontrarse. Esa es la dinámica de estos días: conocer a sus amigos haciéndose pasar por su hermano, con la firme convicción de que nadie se lo cree, pero aun así siguiendo haciéndolo. Y siempre con la impresión de que ella no va a volver, o de que ambos pueden ser detenidos por la policía. ¿Qué habían hecho? En principio nada, pero eso, como casi todo, va a ir también cambiando.

Un París decadentista, en el que los límites entre lo que estaba bien y lo que estaba mal aparecen muy difusos. Uno se entusiasma con este París de postales en blanco y negro, como el fotograma del corto de Eric Rohmer del que han sacado la ilustración de la portada. Una mujer a medias entre Jean Seberg y Ana Karina, algunos pensarán en Audrey Hepburn o en la nebulosa que deja en el recuerdo la Louki de la otra novela ya citada. No importan los nombres: podría ser uno u otro, pero sí importa la incertidumbre ante cada cita: ¿esta vez vendrá o no vendrá? El final se anticipa un par de veces a lo largo de la novela. Más que el final, lo que se anticipa es el carácter del final. En realidad, este sorprende y mucho. Las historias de Modiano tienen eso: son o parecen sueños de los que uno puede despertarse, o no, en cualquier momento. Y es un poco fastidioso tener que despertar de algo que te tiene tan atrapado.

Escucha esto

Escribe Alex Ross, en su monumental Escucha esto (Seix Barral, 2012), que la única vez que vio en persona a John Cage fue mientras impartía las Conferencias Charles Eliot Norton, en Harvard. Cuando al final de estas seis conferencias le preguntaron a Cage qué le parecía la posibilidad de ser catedrático en Harvard, respondió que era algo “no muy diferente de no ser catedrático en Harvard.”
Me quedo pensando. Hace ya tiempo que me pregunto por qué tengo que pensar que es mejor que ocurra algo, a que no ocurra. Apenas nada es importante. Vivo de más. Pienso en las pocas cosas que cambiarían realmente algo importante en mi vida y sólo se me ocurre el fallecimiento de algunas personas muy queridas. A veces se apodera de mí la idea de qué estoy haciendo por mejorar un poco sus vidas. Pero estamos hablando de eso, de unas personas que si fallecieran realmente cambiarían algo en mi vida: para muchísimo peor.
Pero también hay una persona que podría cambiar mi vida para bien, si viviera a mi lado: r. Y, entonces, todo sería posible.

Bruguera

No sé por qué recuerdo tanto aquel anuncio
Condal en cada momento
Condal en cada lugar
una marca de cigarrillos rubios canaria
sí sé que teníamos prohibido entrar en una habitación
que era despacho y quizás también
estudio fotográfico
con cuarto oscuro y esas cosas
porque mi tío Juan era fotógrafo
tenía la mayor colección de tebeos que he conocido
todos los tebeos de Bruguera
todos
una habitación llena de tebeos en la que tenía prohibido entrar y yo un niño
¿dónde crees que tendrías que buscarme?

toda la vida en esa misma habitación

The Rip

https://www.youtube.com/watch?v=hApeZnjvBso

Mi cuerpo está herido
me partieron la boca y aquí estoy
era tan niño que no entendía nada
mis manos mis piernas
mis pies vistos desde arriba
con las marcas del naufragio
te necesitan
pero no hablaremos de mí no es tarde aún
es el momento de escucharte llevo años
deseando escucharte ¿no oyes mis latidos?
apoya tu cabeza y escucha
siente
no siempre pude hacerlo como quise
pero he ido ganando algunas tablas
y te prometo que no te defraudaré
¿lo has notado? de joven fui actor
recitaba monólogos gastados con un no sé qué sorprendente
con una extraña vitalidad que excitaba a las musas
Thalía Euterpe venían a verme a casa y se quedaban
fue difícil echarlas
fui su amante
el amante preferido de las musas gané algún dinero
en los teatros fui también camarero
fui Luciano Belmondo el grande
mientras tú cantabas en mi contestador
actor amante de las musas camarero
y siempre acompañaba a los clientes a otros bares a sus casas
siempre era el último en acostarme
siempre mil historias en la cabeza y esperando llegar a casa
siempre el primero en levantarme
aprovecho y escribo te leo
estar contigo descansar contigo amarte
¿me estarás esperando?
respóndeme ¿me estarás esperando?
porque me lo dijiste me lo prometiste recuerdo bien cómo sonaba
con tu acento guajiro
con tu acento palmero
era algo así: “siempre te esperaré”
y ya sabes
el tiempo ha demostrado que siempre cumplimos las promesas

La mujer que vigila los Vermeer, de José María Conget

UNA VIDA POR CONTAR

La mujer que vigila los Vermeer

La mujer que vigila los Vermeer
José María Conget
Pre-textos
ISBN: 978-84-155576-38-9
147 págs.
Valencia, 2013

El proceso suele ser empezar a escribir cuentos e ir adquiriendo así oficio y calidad para empresas de más largo y prolongado aliento. Pero José María Conget empezó directamente escribiendo novelas —no publicando novelas, que es otra cosa, sino escribiéndolas— y sólo cuando ya llevaba varias escritas y publicadas, comenzó a escribir los cuentos y así publicó su primer libro de relatos en 2005: Bar de anarquistas, siendo ya uno de los autores más importantes de la actual narrativa española. El hecho es que tras un 2010 glorioso para todos los congetianos de pro, con la reedición de la Trilogía de Zabala, su volumen de artículos, Espectros, parpadeos y shazam!, y su anterior y segundo libro de relatos, La ciudad desplazada, hemos tenido que esperar tres años para poder leer este nuevo libro: La mujer que vigila los Vermeer, en esta fantástica edición de la editorial valenciana Pre-textos, en la que se ha ido publicando, siguiendo esa buena política de autor que les caracteriza, buena parte de su obra. Se han escrito ya algunas cosas sobre el libro: que si un Conget más serio, que si más triste, que si todo son penas, probablemente motivados por la introducción y dedicatorias del autor. Pero quien mejor ha sabido resumir el contenido del libro ha sido el propio Miguel Conget en el collage de la portada: un hombre y una mujer en blanco y negro, rodeados de historias en forma de carteles de películas y viñetas de tebeos a todo color. La mujer que vigila los Vermeer es la crónica desesperada y sin maquillajes de una gran historia de amor. Es cierto: desesperada, pero llena de momentos alegres e incluso hilarantes, porque esa historia es la historia de la vida y Conget siempre se ha caracterizado por buscarle las vueltas a las situaciones más complicadas, que van pasando de difíciles a cómicas casi sin darnos cuenta. Los protagonistas del libro son hombres que han sido abandonados más o menos recientemente por sus parejas y hacen recuento de cómo y, dentro de lo posible, por qué han llegado a esa situación.

Los personajes a los que da vida un escritor viven en la ciudad en la que ha vivido la mayor parte de su vida ese autor, o en todo caso podríamos añadir alguna ciudad en la que se han pasado temporadas o con un fuerte ascendente literario o fílmico sobre él. Cuando repasamos los espacios geográficos en los que se suceden las historias de Conget definitivamente nos encontramos con que ha vivido en Zaragoza, en Pamplona, en Cádiz (una ciudad con playa), en Londres, en Lima, en París o en Nueva York, pero leemos en la solapa que actualmente vive en Sevilla, y en algún relato aparecen Barcelona y Glasgow. ¿Es posible? Sí, desde luego y casi todas esas ciudades aparecen más de una vez en su considerable obra narrativa. Es la obra de un autor cosmopolita, no como ideal de vida, sino como modelo de vida.

Por otra parte, comentar las fuentes de las que se nutre su obra, es también trabajo de titanes. Tendríamos que empezar a dividir entre narradores y poetas, sí, pero también y muchas veces con más transcendencia en su obra tendremos que tratar el mundo del cine. Y eso no es todo ni mucho menos, porque si en algo se considera a Conget un erudito es en el mundo del tebeo. Aunque su edición de Vientos de cine es indispensable para quien quiera conocer las relaciones entre la poesía y el cine en el siglo pasado y así podríamos estar una y otra vez, pasando del cine a los tebeos y de estos a los libros, pero lo más importante es que todo eso está explícito en su obra narrativa que muchas veces adopta la apariencia de un collage de todos estos géneros artísticos, como el que aparece en la portada de este libro.

El tercer elemento que yo destacaría temáticamente en este libro, en todos sus libros pero ahora hablo de este, es su concepto de lealtad a amigos y familia: su padre cristiano y franquista, hijo de su época, que tuvo que ver cómo todos sus hijos giraban hacia la izquierda y que le traía a Zaragoza a ver los partidos del equipo cuyas alineaciones permanecerán en su memoria; la madre que jamás se enfadaba con él y que le legó su risa y su diabetes; su tía y su abuela, que lo iniciaron en el mundo del cine, llevándolo casi todas las semanas desde que tenía dos años; su amigo F. R., que le dio varias veces la idea de escribir el mejor relato del libro: “Mi vida en los cines”; su hermana R, a quien dedica el estremecedor y hermosísimo relato “Dos habitaciones”; sus amigos que ya aparecían en sus primeras novelas y que fueron sus cómplices en los primeros escarceos amorosos y en las salas de cine; su hija R a quien le gusta el mismo cine que a mí y su hijo M que tiene mis mismas tendencias políticas que yo.

El libro ya comienza con una joya: “Suaves laderas”, dos historias que se entrecruzan y que dan pie a su vez a un montón de historias y que marca el tono del libro: personajes que no saben en qué momento de sus vidas fallaron ni qué han hecho —mal— para merecer esto. Un padre separado que recoge a su hijo un domingo en Londres y dejan a Julia, la madre del niño, nombre que se repite varias veces en otros cuentos, llorando en la casa. Y, por otra parte, dos profesores de literatura inglesa que quedan para demostrarse el uno a la otra lo bien que les van las cosas y para infringirse el mayor daño posible. Le siguen “Tres relatos breves”, entre los que sobresale el primero, “La carta”, que bien podría ir en cualquier antología de los mejores microrrelatos en nuestro idioma, aunque no sé si eso es demasiado o ya un lugar común de la crítica.

Me gusta también mucho “¿Lo mío tiene remedio, doctor?”, que es el juego en el que los lectores no sabemos dónde empieza la verdad y dónde la mentira. Un personaje que va a la consulta del psicoanalista porque es un mentiroso compulsivo. Hasta ahora todo está muy bien, pero es que los tres últimos relatos son tres joyas. Ya he comentado algo de “Dos habitaciones”, la hermosísima historia de cómo esas dos estancias se van quedando vacías. “Mi vida en los cines” podría valer por sí sola para un libro. Esos tres —o cuatro— capítulos en los que se divide su vida teniendo en cuenta lo que ocurre en los cines es una maravilla que contribuirá a engrosar la lista de congetianos por el mundo. Amor al cine y a la literatura y una forma de sentir abierta y dispuesta siempre a dejarse sorprender es lo único que se pide. Lo que no tengo claro es que sea un cuento, en el sentido de que no sé si hay algo de ficción en él o es una suerte de “Memorias” con más de verdad y de confesión que muchas que ruedan por ahí. Excelentes las apreciaciones sobre las películas y los motivos por las que han quedado en su recuerdo, las salas de cine, los gustos de sus amigos y familiares y la manera final de resolver la historia, uno de los textos más hermosos del autor.

He dejado para el final, y ha sido aposta, el último relato de la colección, el que le da título: “La mujer que vigila los Vermeer”. Tampoco he querido referirme antes, ni nombrarla siquiera, a M, la Musa o Maribel, todos esos nombres y alguno más tiene en estos relatos, porque ella sí es el gran vínculo que gravita poderoso en todos los cuentos de este libro. Probablemente en todos no, pero sí es el que le da forma a esa historia de amor que homenajea este libro, la historia del nombre que está detrás de este libro, que bien se podría llamar M y quizás sería un título menos atractivo, o menos enigmático, pero no menos verdadero. El relato es una historia muy divertida de dos escritores que son amigos porque se enamoran de una misma mujer. Es cierto que contado así no tiene nada que ver con lo que realmente ocurre, pero puede valer como introducción. Me pregunto si es una historia realmente de ficción, porque a mí me ocurrió algo parecido cuando conocí a la Musa. No sé cuántos años hace, quizás doce o trece, fui a una especie de clase o charla que dio su pareja, el Marcel del relato, el mismo que escribe, viste y calza (espero que no le dé un patatús) y otro amigo al que podríamos llamar el Chejov, y me quedé absolutamente ensimismado mirando a la Musa y, luego, hablando con ella esta impresión digamos visual no hizo sino aumentar. Por ahí en la red hay una foto mía donde aparezco, bastantes años después, mirándola con la misma cara de idiota que debí poner aquella primera vez. Pero todo eso son notas al margen y es lo de menos: el relato es maravilloso, igual que el libro. No tendría ningún problema en afirmar que La mujer que vigila los Vermeer es el mejor libro de José María Conget, un autor imprescindible en este comienzo de siglo tan convulso que estamos viviendo.

r y M

Cuatro días mal contados en Tenerife: muy pocos, claro, pero menos es nada. No es lo que haya visto ni a quien haya visto, es sentir que estoy cerca, muy cerca, de r que es lo más importante de mi vida. Sólo es eso y sentir que r me siente y así se siente más querida. Sacarme algunas fotos en sitios en los que puede que ella haya pasado antes: un escolar más (e iba con veintisiete). Definitivamente me voy a quitar esta barba blanca (no es barba, pero sí es blanca y me queda horrorosa), parezco papá Noel o como mucho papá Pitufo. ¿Qué me decidió a ir finalmente? No lo sé, pero creo que hay algo… ¿cómo se diría? Premonitorio o de anticipación, porque cuando se lo voy a decir, me cuenta que ha muerto M. M es el amigo que siempre estaba ahí —perdón, que siempre está, porque sigue estando—. Nada importante, nada que nos afecte desaparece sin más. Todo queda. En los primeros meses siempre estaba M acompañándola y yo así me sentía mucho más tranquilo. No sabíamos su edad. Pero es muy importante sentirnos acompañados y, a veces, es más importante aún que quien nosotros queremos se sienta así. Es el caso. No me importa la soledad. No me asusta ni me va a asustar, pero que ella esté o se sienta sola es lo peor que me podría pasar. M es un presa canario. Cuando estuvo en la isla vi varios. Deseaba agacharme y acariciarlos (seamos honestos, tampoco tenía que agacharme mucho) y alguna vez lo hice. Iban atados y con bozal, pero se sentían alegres al notarme tan contento acariciándolos. Quizás no lo haga demasiada gente. ¿Por qué lleva bozal? Son las ordenanzas. Ya… y un gesto de complicidad que hacía que ya no fuesen necesarias más palabras. ¿Cómo se llama? Draco. Ay, Draquito. Llamarse Draco —o Drako— en Icod de los Vinos no es tampoco que fuera un alarde de originalidad. ¿Usted tiene perro? Sí, tenía uno, pero falleció hace unas semanas. Vaya, lo siento mucho. Gracias. Mire, parece que aún le huele. Sí, es que aún me debe oler, además sí tengo una perra.
Resumiendo mucho la historia, M no vivía conmigo, sino con r y ella quiso ahorrarme el disgusto y pasó todo el trance de la enfermedad de M sola. Eso es demasiado para cualquier persona. Para r, M no era un perro, sino un amigo muy querido, de los que nunca nos abandonan ni nos piden nada ni nos tienen en cuenta algunos desaires que no lo son. Pero r ahora es mejor aun que hace un mes, y yo me siento muy feliz de poder decir que la tengo a mi lado. La amo. Y todos estaréis de acuerdo conmigo en que Tenerife es una de las islas más hermosas de le tierra, aunque si a La Palma le llaman la isla bonita, por algo será.

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Obras completas (1965-1995)

Tantas noches grises que pasamos días grises toda una vida gris
te levantabas de la cama y volvías y una sonrisa
los ojos rasgados y la cámara de fotos
con ganas de comerte el mundo que pasamos
susurrándonos mentiras al oído hambre
nuestros cuerpos torpes cuerpos ingobernables
¿qué fue de aquellas fotos?
restos de cuerpos agotados sucios rebeldes lentos
luchaban por hacerse un hueco entre sábanas pegadas entre páginas
arrugadas me leías en voz alta pegadas recitadas
texturas aprendidas de memoria de algún escritor francés
o argelino renegado que fumaba sin parar
el honor de sus amigos
que murió en un accidente de tráfico
como tú y como yo quizás algo menos.

Aquellos días luz tenue me levantaba
no podía escribir acostado aún no puedo hacerlo
estufas encendidas polvo entrecortado que levemente
se filtraba por entre las cortinas mientras tú y yo mentíamos
volvía a la cama ¿qué fue de aquellos poemas? follábamos
reíamos leíamos sudábamos improvisábamos creíamos la vida era así
pensábamos enterrados
sumergidos en alcohol y yo a veces en tu cuerpo.

Cuéntame lo que otros

Si no tienes nada que contar también puedes acercarte
siéntate conmigo huelo bien escucharemos
juntos lo que tengan otros que contarnos escucharemos
juntos las voces de los otros
si eso es lo que deseas contarme
lo que otros te han dicho lo que otros te han hecho
cuéntame lo que otros
ven
cuéntame
viviremos juntos la vida de los otros
y será nuestra vida
alguien te escuchará siempre habrá alguien dispuesto
a escucharte a probar tus comidas a escucharte
me encantará tu olor.

Ciudad abierta, de Teju Cole

DE CIUDADES Y HOMBRES

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Ciudad abierta
Teju Cole
Traducido por Marcelo Cohen
El Acantilado
ISBN: 978-84-15277-92-7
295 págs.
Barcelona, 2012
22 euros

Pasear, caminar y pensar siempre han sido consideradas actividades complementarias. Hay ejemplos (pienso en W. G. Sebald o en Peter Handke) de ilustres caminantes que empiezan a moverse y van dejando alas y espacio a su pensamiento y a su imaginación para así ir entretejiendo sus ficciones —o pseudoficciones. Podemos pensar, alejándonos algo más en el tiempo, en Walser o en Nietzsche o en Rousseau. Pero viajando hacia atrás en el tiempo, el mejor ejemplo sería más bien Sócrates que apenas sale de su propia ciudad en la que casi diariamente pasea y pregunta cosas a sus conciudadanos. Julius, el personaje de Ciudad abierta, sale cada atardecer  de su domicilio, en el campus de Columbia en Nueva York, a caminar y va repasando mentalmente algunos momentos de su vida que ni siquiera recordaba. El autor, Teju Cole, es muy joven, nació en 1975 en el estado de Michigan, en los Estados Unidos, pero pasó su infancia en Nigeria. Es fácil imaginar el contraste entre ambos países. Aun así, su antigua capital, Lagos, tiene algo más de ocho millones de habitantes y Nigeria es uno de los territorios con mayor estabilidad de su zona, pero el contraste es enorme. Julius es un negro mestizo, de piel clara, en Nigeria, mientras que en Europa o en los Estados Unidos es, simplemente, un negro más.

La “ciudad abierta” del título es Nueva York. ¿Es Nueva York realmente una ciudad abierta? Es complicado ver que cualquier ciudad de ese país lo sea, pero lo cierto es que —para empezar— casi el cuarenta por ciento de su población nació en el extranjero. Uno piensa en la isla de Ellis y en el centro de detenciones para inmigrantes ilegales donde Julius va como voluntario a visitar a un detenido africano; uno piensa en la película The visitor, de Thomas McCarthy y en que quizás fuera el mismo centro, pero no, allí debe haber muchos lugares como ese; uno piensa en que la mayoría de los personajes de la novela son de razas y culturas diferentes de la blanca que, normalmente, puebla la mayor parte de la literatura que conocemos; uno se imagina llegando a la gigantesca estatua de la Libertad: ¿es algo más que una excusa para hacerse una bonita fotografía?

Teju Cole había publicado anteriormente una nouvelle, una novela corta, así que puede decirse que esta es su primera novela. Y se trata de una de las mejores novelas que he leído en los últimos años. Sí, la traducción de Marcelo Cohen sin duda ayuda, pero también que es una novela alejada de modas, sin concesiones. El personaje es un mar de dudas y no para de plantearse cuestiones que van de la construcción de su propia identidad a por qué no le va bien con su pareja. Le van pasando cosas: cada tarde sale a pasear y camina kilómetros. Entra en bares o museos o en tiendas y se encuentra con gente que se le acerca y le pregunta sobre algún tema que en él se vuelve relevante. Está trabajando como psiquiatra residente en un hospital en el campus de Columbia. ¿Un americano medio? No, ciertamente. En todo caso, sí un neoyorquino medio. La única persona a quien visita regularmente es al profesor Saito, su antiguo y anciano profesor de literatura inglesa pre shakesperiana, un nikkei estadounidense que fue conducido a un campo de concentración cuando su país entró en guerra con Japón. Viaja a Bruselas, que sí podría haber sido en el imaginario europeo una ciudad abierta, y entabla una cierta amistad con Faruk, un encargado del locutorio desde el que mira su correo y hace algunas llamadas cada día. Faruk es un marroquí que ha leído a Walter Benjamin y que opina que Tahar Ben Jelloun cuenta las historias que el público europeo quiere leer, mientras que Mohamed Chukri cuenta historias más reales, con cosas que de verdad le interesa a la gente. Sí, le responde Julius, pero “¿qué editor occidental quiere un escritor marroquí o indio que no trate con la fantasía oriental o no satisfaga el deseo de la fantasía? Al fin y al cabo, para eso están India y Marruecos, para ser orientales.” Ahí se deja ver al autor de raza negra y orígenes africanos que pelea para ser algo más que eso durante toda la novela. Aunque al regresar a Nueva York, envía a su amigo Faruk Cosmopolitismo, de Kwame Anthony Appiah.

Los fantasmas del 11S están presentes a lo largo de toda la novela: Julius visita la zona cero y describe cómo era antes y cómo es ahora; aquel joven africano preso en el centro de detención dice que el abogado de oficio le dijo que si no hubiera sido por el 11S tendría alguna opción más de entrar al país; Faruk le transmite cierta simpatía matizada por algunas acciones de Al Qaeda. De todas formas, la sensación que Faruk producía en Bruselas, en el tranvía o en la calle, y que él describía como de sospecha, realmente —piensa Julius— no era de tal, sino de miedo. El miedo es más irracional e imprevisible que la sospecha y ahí el 11S tuvo mucho que decir.

De la cultura hispana, sí encontramos algunas breves referencias: ese joven africano del centro de detención entra en Europa a través de Ceuta, Julius ha leído a Borges y cita el cuadro El entierro del conde Orgaz y una amiga comenta la película El espíritu de la colmena, de Victor Érice con cierta profundidad.

Pero más allá de las referencias culturales, lo que prefiero de este libro es el fluir libre del pensamiento, las dudas de un hombre que sabe, que conoce algunos mecanismos del alma humana, que tiene dificultades para relacionarse, que a veces desearía ser invisible y otras ser amado. En este libro hay amistad, amor, conocimiento y todo ello en una prosa que nos lleva de la mano, sin soltarnos, por las calles de una ciudad maravillosa.

Fugitiva ciudad, de Manuel Rico

LOS SÓTANOS DE LA CIUDAD

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Fugitiva ciudad
Manuel Rico
Premio Internacional “Miguel Hernández—Comunidad valenciana”
Hiperión
ISBN: 978-84-9002-003-6
94 págs.
Madrid, 2012
10 euros

Cuando hablamos de conocer una ciudad, nos estamos refiriendo a su casco antiguo o, a lo sumo a un barrio concreto, reconocido o reconocible por algo. Pocas veces caemos en la cuenta que las ciudades que vemos no son sino la parte visible de un iceberg, que oculta mucho más de lo que nos ofrece. En la portada de este libro, hay un dibujo de una línea de horizonte, o del cielo, de cualquier ciudad moderna actual y de un espacio por abajo, que podría simbolizar todo aquello que no se ve fácilmente, ni con una visita. A veces, la forma de reconocerlo es haber pasado un tiempo allí, otras veces, haber leído una obra que tenga sus raíces en esa misma ciudad y el momento de confirmar eso que se ha leído, ese sí, ha de ser una visita –al menos una visita- a la ciudad. El autor del dibujo es José Manuel Rico, una de las dos personas a quienes está dedicado este poemario de Manuel Rico. ¿Quién es Manuel Rico? Es muchas cosas (poeta, narrador, editor, crítico…) pero para mí, además de todo ello, es el editor de la Poesía Completa de Manuel Vázquez Montalbán, uno de mis poetas y prosistas favoritos de la literatura española de la segunda mitad del siglo pasado, que también fue muchas cosas y que, quizás por ello, vio como su poesía –sin duda, parte esencial de su obra- quedaba en un discretísimo segundo plano, quizás también como la parte oculta, mucho mayor que la visible, del iceberg de la portada. También Vázquez Montalbán escribió un poemario titulado Ciudad y con unos versos suyos inicia Manuel Rico la primera parte de este poemario. Son cuatro versos, pero en los dos primeros adivino buena parte del significado de este libro: “pero sólo serás libre al llegar a Memoria / la ciudad donde habita tu único destino”. Memoria y ciudad. Memoria y Fugitiva ciudad: Memoria también fugitiva. No se trata de una ciudad con sus calles más céntricas ni monumentos más conocidos, aunque en muchos de estos poemas se reflejen las calles del Madrid natal, especialmente en la primera parte, o de la Barcelona donde se conocieron otras experiencias posteriores. La ciudad fugitiva es una serie de ciudades en las que se han recordado libros o versos o autores que han ido creando la figura del lector que es la base de todas las figuras posteriores. Pero vayamos por partes.

El gran tema del libro es la Memoria. El autor desea transmitir a la generación que sigue a la suya, la generación de sus hijos, su Memoria personal, una especie de Crónica sentimental. Para ello va a utilizar la Poesía. Y considera, acertadamente en mi opinión, que para entender todo lo vivido cabalmente hay que remontarse al 39. La idea del fugitivo, el viajero que huye o que trata de huir del viento frío que le persigue a todas partes, porque incluso forma parte de él mismo, está asociado a Walter Benjamin, que aparece en el primer poema, “Casi un preludio”, en el que ya encontramos al Manuel Rico que se alinea con los perdedores, con los que siempre salieron derrotados al exilio o incluso a la muerte: “… El viento / de la orfandad de Benjamin y el viento del exilio, / de nocturnos de hollín en la Francia del sur/ del año 39”. La “Francia del sur del año 39” fue –no lo olvidemos- la España del norte que recién salía de esa guerra fraticida y que iba a marcar para muchos el inicio de esa generaciones de españoles perdedores en todas las batallas. Fue la misma España que acabó con el sueño de la libertad de Benjamin, que falleció en condiciones nunca suficientemente aclaradas en un pueblito del Pirineo, cuyo nombre quedará unido para siempre al final de la vida y de la libertad, convirtiéndose en un símbolo que íbamos a llevar tatuado en la piel y que aún llevaremos, mientras habitemos los pasajes de la memoria, quién sabe cuánto tiempo.

El libro está dividido en cinco partes que están ordenadas cronológicamente. De ellas, la primera, “De los barrios inciertos” y la tercera “Más allá de las patrias”, tienen en común que sus poemas llevan título y parece que forman parte de un proyecto de obra común, el de esa “fugitiva ciudad” del título, más en la primera parte que en la tercera. Pensemos que es Madrid o Barcelona, pero también Roma, Berlín, Viena o Frankfurt. Esa ciudad-iceberg que navega a la deriva por aguas casi siempre heladas al destino que ya todos conocemos. Son poemas que están impregnados de lo social y que siempre hacen referencia a un hecho o a una historia marcada por la derrota. No se trata sólo de la cara más conocida de esas ciudades, al contrario, nos movemos por polígonos industriales, barrios periféricos, bares del miedo, trenes de cercanías o hipermercados.

“De los barrios inciertos” trata de sus padres, de la infancia y de los primeros años de formación que llegaron con las inolvidables primeras lecturas, poesía y ensayo, Sharon Olds, T. S. Eliot, A. Gramsci y C. Pavese. En la segunda parte, “Días en ti con música de fondo” asistimos a un libro nuevo, en el que el protagonista es el descubrimiento del amor y el escenario, Barcelona. Son versos de amor y de batalla, que presagian esa otra batalla que trata de conseguir la dignidad para los suyos, para sí mismo. Y de eso trata la tercera parte del libro, “Más allá de las patrias”, donde se consolidan esos primeros esbozos de juventud, donde el poeta maduro reconoce con sus propios ojos el mundo, más poesía, más luchas desiguales, a más perdedores y consolida su formación como escritor, llegando hasta los años inmediatamente anteriores a los que vivimos, de los que se trata en la quinta parte, una serie de sonetos a la manera del Blas de Otero de Ángel fieramente humano, sobre el presente sin la carga de espiritualidad que nos ofrecía también el gran poeta vasco.

El poema “Nebulosa”, que inicia la primera de esas partes, ya nos va aclarando cuáles van a ser los rasgos más destacados del libro: formalmente, el uso del encabalgamiento, a veces, abrupto; la adjetivación sonora y, muy especialmente, las enumeraciones (sustantivos, adjetivos, oraciones subordinadas, verbos). Muchos de los poemas son enumeraciones, a veces caóticas, pero normalmente ordenadas in crescendo a partir de las que va tomando forma la historia, porque siempre hay una historia detrás. No es difícil reconocer las lecturas asimiladas del omnipresente Vázquez Montalbán, gran poeta español de la Ciudad y la Memoria, y también con esa adjetivación tan rica, que también encontramos en la otra gran influencia, Jaime Gil de Biedma, a quien cita al empezar la cuarta parte del libro: “Formentor, medio siglo. 1959-2009”, un homenaje a lo que supuso una puesta al día en la poesía española, la primera que se produjo desde la generación del 27, en esa generación del 50 que tomó la bandera de la poesía social. Del mismo modo, van asomando otras influencias a las que va citando, la mayoría de ellos poetas. Y los cita porque la literatura forma parte de la vida de Manuel Rico. Muchas veces la literatura es la vida y el poeta quiere dejar constancia de ello. Ya hemos citado a Walter Benjamin, que para muchos es poeta antes que pensador. Pero también cita a Handke, a Vicente Gaos, a Antonio Machado; y a algunos amigos como Gelman, Diego Jesús Jiménez y Dulce Chacón. Casi todos ellos han sido, algunos son aún, de esa raza de los que nunca ganaron nada más que lo que fueron capaces de escribir, a veces, con su propia sangre. de los que sólo ganaron un lugar en nuestra memoria. Es posible que esa línea más social de la poesía española del siglo XX: Antonio Machado, Blas de Otero, Gil de Biedma y Vázquez Montalbán tenga su continuidad en poetas como Manuel Rico que en esta Fugitiva ciudad plantea con éxito el proyecto de poesía total, poesía de la Memoria.

Aquí y ahora. Cartas 2008 - 2011, de Paul Auster y J. M. Coetzee

DOS HOMBRES DELANTE DE LA CÁMARA

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Aquí y ahora. Cartas 2008-2011
Paul Auster y J. M. Coetzee
Traducción de Benito Gómez y Javier Calvo
Anagrama & Mondadori
ISBN: 978-84-397-2632-6
265 págs.
Barcelona, 2012
18,90 euros

No es frecuente encontrarnos con intercambios epistolares editados entre dos primeras figuras (sí, ya concretaremos algo más ese concepto que puede resultar algo vago) y más aun si ambos están vivos y en la “cúspide” de sus carreras (también habrá que concretar algo más eso). Uno de los motivos puede ser que los derechos de edición de cada uno de esos escritores estén en manos de diferentes editoriales. Este es el caso, tanto Anagrama, donde habitualmente publica en España su obra narrativa Auster, como Mondadori, editor habitual de Coetzee,  se han puesto de acuerdo y han sacado esta preciosa y llamativa edición del epistolario entre ambos. Abundando en este tema, destacar que la traducción de ambos autores ha sido encomendada a distintos autores: Benito Gómez es ya el traductor habitual de Auster al castellano, y Javier Calvo también ha traducido ya algún volumen de Coetzee. Esta traducción “a cuatro manos” o con dos voces diferentes supondrá un aliciente para quien se acerque al volumen por el interés que sienta hacia la obra de alguno de ellos, al poder reconocer la prosa habitual de ambos escritores en estas cartas.

De todas formas, estas cartas se escribieron en principio para este proyecto: fue una propuesta de Coetzee a Auster, a raíz de un primer encuentro muy cercano, en febrero de 2008. La primera de las cartas es de abril de este mismo año y se hace patente una continuidad en el tiempo. Tratan de temas que les interesan, sí, pero con la conciencia plena de que serán cartas publicadas inmediatamente. Son el recorrido de la amistad desde sus inicios entre dos hombres que se admiran y se están conociendo, aunque ya se habían leído, y están salpicadas de referencias y citas brillantes y, en ocasiones, valientes. Un ejemplo es cuando Coetzee le escribe a Auster: “un comentario que hace Christopher Tietjens en El final del desfile de Ford Madox Ford: uno se acuesta con una mujer para estar en condiciones de hablar con ella”. Hay un tercer vértice en este intercambio epistolar, que es la escritora Siri Hustvedt, esposa de Auster. No aparecen aquí sus cartas, pero sí se hace referencia a ellas y a sus libros.

Hubo un tiempo en que parecía que Paul Auster era uno de los grandes narradores globales. Ahora no es tan fácil reafirmarse en esa idea. Hace ya unos años que sus novelas nos suenan demasiado para mantenerse en ello, aunque el pasado está ahí: La trilogía de Nueva York, El palacio de cristal o Leviatán, junto a La invención de la soledad, justifican una obra de primer nivel. En España es relativamente fácil encontrar huellas de Auster en Enrique Vila–Matas o en el mejor Juan José Millás. Coetzee es más autor para iniciados, aunque la concesión del premio Nobel ha hecho que su obra obtenga más repercusión. Especialmente relevantes estos últimos años son los volúmenes que se van publicando de su autobiografía, Escenas de una vida de provincias. Hasta el momento van tres, el último de ellos: Verano.

El título del libro deja claras las intenciones: son textos que se escriben “aquí y ahora”. Pero se adivina voluntad de dejar una cápsula del tiempo con los temas que más les interesan: los deportes, el oficio de escribir y sus avatares, los viajes, Israel y los libros leídos (el único autor hispano del que hablan es Borges) o la crisis. Algunos son los comentarios que se les puede ocurrir a cualquiera; otros están pasados por el tamiz de la incuestionable inteligencia de ambos y sus miradas más o menos peculiares. Aunque hay detalles que son, realmente, lamentables, por ejemplo, aun practicando ambos la crítica de libros, esto no impide que cada uno cuente una anécdota en la que no saben cómo sacaron fuerzas para resistirse a “darle un puñetazo” al crítico que había escrito algo negativo sobre sus libros. Se envían también alguna carta de lectores en la que son acusados, por ejemplo, de antisemitismo: Coetzee, por una frase que pone en boca de un personaje de una de sus últimas novelas. Auster le responde lo obvio y Coetzee le recalca: “Pero mi pregunta sigue en pie: ¿Qué se puede hacer con esto? Porque —siendo el siglo XX como era— una acusación de antisemitismo, igual que una de racismo, le pone a uno a la defensiva”. Y continúa con la clave de este problema: “La verdadera pregunta surge en el momento en que te obligan a ponerte a la defensiva, y del sentimiento desolador que viene a continuación, esa sensación de que se ha evaporado la buena voluntad entre lector y escritor”. Yo diría que en estas últimas palabras de Coetzee está uno de los males de la Literatura del siglo XX (sí, habría que considerar si no ha sido así siempre, pero creo que no con esta intensidad que nos aplasta como lectores y escritores) y de lo que va del XXI. Esto enlaza con otra cuestión importante, cuando escribe Auster: “En las últimas semanas, he hecho una docena de entrevistas con periodistas norteamericanos sobre Sunset Park, que acaba de publicarse. Entre ellos, muchas mujeres (sólo mujeres, ahora que lo pienso) se mostraron escandalizadas, incluso indignadas, por la relación entre mi personaje de veintiocho años con su enamorada de diecisiete. Las “relaciones sexuales con menores” parecen disparar todas las alarmas en la cultura contemporánea. Por otro lado cuando hablé sobre Invisible, casi nadie mencionó el incesto entre hermanos. Con toda franqueza, estoy perplejo”. La respuesta de Coetzee finaliza así: “Mi hipótesis vacilante es que el temperamento de nuestra época es hostil hacia el deseo y lo quiere castigar. Al mismo tiempo, sin embargo, no estamos preparados para castigar a los niños, que por definición carece de culpa. Por tanto, se le depara un castigo redoblado al adulto que desea a una criatura”.

No todo son cuestiones tan sesudas. Hablan sobre deporte, sobre el que ambos han practicado y sobre la costumbre que ambos admiten tener de pasar horas viéndolo sentado en un sillón. Auster aprovecha también para hacernos ver que el azar (motor de la trama en algunas de sus novelas) está presente también en la vida real, cuando cuenta que en menos de una semana se encontró tres veces seguidas a un personaje que le es francamente desagradable: Charlton Heston —en Cannes en La Croissette, en Chicago, en una librería y en Nueva York, en el hotel donde había quedado con: ¡oh, Juliette Binoche!—. Aquí y ahora nos ofrece momentos divertidos, junto a otros más amargos, pero todos dan pie a una reflexión con la que podemos o no estar de acuerdo, ese diálogo necesario, esa buena voluntad entre lector y escritor. En definitiva, ¿qué es si no eso la Literatura?

En medio del camino

Alguien repitió las palabras que inician el poema:
“Nel mezzo del cammin di nostra vita…”
se refería a los cuarenta años
cuando ya hemos dado algunos pasos
nos precede una historia
pero aún tenemos tiempo por delante
aún sentimos que tenemos tiempo
y la capacidad de encauzar el rumbo

ayer cumplí cuarenta y siete años

no siento que aún pueda encauzar el rumbo
—no desde luego estando solo—
acompáñame
ni siquiera recuerdo esta historia
por eso intento rescatar
por eso me sumerjo en los recuerdos
el camino correcto está perdido es la selva

le dijo Eloísa a Abelardo: “Llévame contigo. Soy tu puta.”

Una mujer

Siempre que he querido atravesar una puerta
o quedarme en algún sitio o desplazarme
había detrás una mujer
la explicación última de todo
y no hablo de hechos más o menos recientes
de la Historia ni de estos últimos siete años
estos últimos siglos decíamos ayer cada día cada hora
ni de la juventud ni de la madurez
en eso también fui muy precoz
pero cuando pienso en las mujeres canarias

no es que me cueste
es que todo ha quedado oscurecido
mi cuerpo herido
aquellos días luminosos
¡oh, Rafa, tus pirámides!
el vientre de esa mujer
el mar
las violetas

todo ha quedado oscurecido

Breña Alta o La Breña
“si no se especifica, es siempre Alta”
me dijo ella en La Palma
tierra de tabacos vinos y volcanes
vivos
once meses al año
ahora que lo pienso
no estoy tan seguro de lo de los vinos
he quitado mayo –ya no existe- de los calendarios.

Intercambio

Vuelvo a mi piso, dejo algunos libros que he ido leyendo estos meses y recojo otros. Sobre todo Heidegger y su no sé qué Slojterdijk. Iba a escribir “discípulo” o “seguidor”, pero qué filósofo de cierto nivel posterior a Heidegger no le debe todo cuanto ha sido. También recojo todo Ezra Pound. Cada vez estoy más convencido de su influencia decisiva sobre la mejor poesía del siglo XX: poeta, teórico, investigador, padre espiritual, amigo, corrector, revolucionario (hablo de la poesía, del arte) para cambiarlo todo y volver a rebelarse contra lo que partió de él y volver a cambiarlo. Dos corrientes surcan la historia del arte en el siglo XX: los que parten de Ezra Pound y los que lo ignoran todo lo que pueden. China y Oriente, los Cantos, todo. No dejo de darme cuenta de que dos de estos tres nombres, los dos que considero esenciales, que cito han sido acusados de colaboracionistas -cuanto menos- con el nazismo. El piso está frío, solo, como el dueño que no lo habita. Quizá vaya unos días en semana santa a hacerlo, a hacerme, un poco más habitable.

Las orillas, de Mcenroe

Mcenroe. Las orillas.

¡Coño! Parece que la letra de esta canción la haya escrito yo:

https://www.youtube.com/watch?v=tHkECbbeblk

“La Palma”

Caminabas junto a mí por el centro de Madrid,
ya casi era el alba.
Un momento, nada más, te reflejaste en el cristal
de una tienda cerrada.

Fue sin querer que recordé

que el día en que te conocí, lejos te escuché decir:
“alguien que me cuide”.
Caminando junto a ti, amanecía ya en Madrid
por la calle La Palma.

Fue sin querer que te besé

y, al besarte, todo mi mundo volvió a desordenarse,
como antes,
al besarte, todo mi mundo volvió a desintegrarse,
como antes,
como antes…

Esta canción: su aire tristón, el nombre de la calle, ese “alguien que me cuide”, es la obvia, pero en su último disco, Las orillas, hay otra canción que es maravillosa. Se llama “Vistahermosa”. ¿Quién no ha vivido esto antes?

https://www.youtube.com/watch?v=mHb7m6CnoVg

“Vistahermosa”

Aquel verano, entre fiestas, entre vespas y campeonatos,
me das la mano
y después la vista hermosa de tus bailes en el puerto.
Yo tomando tantas copas, esperando el momento,
mantenía la mirada
hasta que se me apagaba de madrugada.

Llegará octubre, Andy y su pecho todo un año,
desesperado.
Y después en Casa Grande, mi hermano me preguntaba
por qué no quiero ir en moto,
por qué aquellas caminatas.
Yo sabía que tú ibas caminando hasta la playa.

Y una tarde, en el agua, de pronto caí en la cuenta,
de que tú no me amabas,
que me habías dado la vuelta,
que tu amor era una idea y esta idea era tan mala,
Como tú.

Tengo un par de amigos que ya estará preparando esta canción para este verano, cuando nos veamos en Asturias, una y otra vez. ¿Verdad que sí?

El pasado

Hasta los once años cada verano los mismos sitios
que visito ahora lejos de todo:
Las Canteras la calle Triana el barranco
si pudiera escoger dónde vivir
pensaría en el número cinco de una calle
que sube de la plaza Santo Domingo
en Vegueta
la calle Pedro Díaz
lugar de mis veranos de fogones antiguos
techos altos olor a cilantro recuerdo
algún concierto en la radio los domingos
¡qué niño más raro!
Anna, how hard is your love!
el olor a pan bizcochado
y aguacates de verdad no como ahora
de espaldas al mundo de cara al amor
desafiando al peligro


un niño raro
algunas veces el agua racionada
eran otros tiempos ¿quién dice
que ya no volverán?
quien no volverá (eso seguro) es la tía Concha
con el rosario que le hice en el colegio
a los pies de su cama
año tras año a los pies de su cama y el piano
que nunca sonaba que no recuerdo haber escuchado sonar nunca
y no sé si lo invento ¿qué es la verdad al fin y al cabo
sino la sucesión de sueños que aún no me abandonaron?
pero tenía el teclado siempre
cerrado con llave
tampoco volverá el tío Perico
con lo que le gustaba llevarnos al fútbol
ni Carnevali - Brindisi - Germán ni Tonono
ni los caramelos de café con leche
¡qué bien sabían!
un día a la semana bajábamos a su casa y no recuerdo
qué hacíamos pero sí que nos gustaba
igual no hacíamos nada y era esa paz
todo aquello era tan distinto
casas enormes techos altos y paredes interminables
que podría llenar de libros
el piano y una bañera antigua
blanca
de película
con cuatro patas muy kitsch
entonces nos parecía vieja
donde parecía que iba a llegar una mujer
no sé si realmente hermosa
pero el caso es que sigue pareciéndomelo
con más de sesenta años
a llenarla y a enjabonarte
los dormitorios me asustaban
realmente no eran tíos míos
sino de mi madre: míos y de mi madre.

busco un lugar para vivir con mis libros
no adivino el futuro ni el presente
no sé si lo que hoy es verdad lo será también mañana


 

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