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El pómulo partido

A partir de una anécdota, sin más trascendencia pero cierta, de mi infancia, trato de reunir todos los recuerdos anteriores. En esa larga tarde, o tarde-noche, está toda mi infancia: el anuncio de Condal, las series de Estrenos TV, las peleas con mis primos, algún partido de fútbol, la plaza de Santo Domingo, la indiferencia de la mayor parte de mi familia canaria y la sensación de querer curarme, por una parte, y de no querer molestar, por otra. Pero un niño llorando en el salón, con el pómulo partido, molestaba inevitablemente y era la hora de la cena de los mayores. La cicatriz que me queda no es demasiado importante, no es más que una arruguita en el pómulo cuando encojo la cara, por ejemplo para sonreír. Además, apenas es nada comparada con la que tengo en el labio superior.
Es incierto que sonría poco. En realidad, estoy siempre sonriendo. El ser humano es mucho más perfecto cuando sonríe. Yo lo sé bien. Tengo dos caras: y la que, consciente o inconscientemente, está siempre sonriendo es mucho más agradable. Sólo me gusto cuando estoy sonriendo. Otra cosa diferente es no saber por qué lo hago. Sobre eso sí se podría discutir. O sobre el genio: también podríamos discutir sobre el genio. Yo reconozco el genio allá donde se encuentre, siempre cuando escriben los demás. Un amigo me escribe. Empieza así su email:
"Te acordabas de Elvis, mencionabas a Elvis. Grande es la bondad de tu memoria."
Y luego me dice que no es más que una paráfrasis chorra de un poema maravilloso de Martinson. Pues yo, que he escrito en SIMULACRO dos poemas en los que hablo de Elvis, hubiera querido "”¡Dios, cuánto lo hubiera querido!"” que uno de mis versos fuera tan rotundo como ese. Pero, claro, si fuera así yo no sería Rafael Suárez Plácido, sino José Luis Piquero.
archivado en:
Jose Luis Piquero
Jose Luis Piquero dice:
08/07/2013 22:30

LA CATÁSTROFE

De espaldas a la cotidianeidad de los hombres oteaba Tycho desde la isla de Hveen
el Universo donde brillaban los semblantes de los soles.

Una noche en que se consumió una nova, un sol camino de su destrucción,
oyó a sus espaldas la voz quejumbrosa de una jornalera:
Misericordioso señor, mi hijo está en peligro.
Ay, antes de que salga el sol mi hijo habrá muerto.

Tycho permaneció inmóvil investigando la nova en el telescopio,
vio cómo desaparecía para siempre un sol para los mundos que habían gozado de sus favores,
pensé en las gentes de aquellos mundos, sus reinos sorprendidos,
todo lo que habían hecho, soñado y sentido
hasta la fecha en que la llama surgió
súbitamente de la blancura ígnea de cielos retumbantes y los océanos del mundo no bastaban para apagarla.

Temblando sintió el innominado dolor de Casiopea,
y sin volverse hacia la quejumbrosa mujer le dijo:
Mujer, acabas de nombrar el sol. Recordabas la existencia del sol.
Grande es la bondad de tu memoria.
¿Cómo está tu hijo? ¿Enfermo?

Harry Martinson (traducción de Francisco J. Uriz)

Rafael Suarez Placido
Rafael Suarez Placido dice:
08/07/2013 23:39

¡Es maravilloso! Gracias por traerlo.