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Daño

Cuantos más años cumples, más decepciones vas sufriendo. Pero se supone que el mismo mecanismo que te impide engañarte sobre las circunstancias te proporciona el estoicismo necesario, el temple para que los reveses no te duelan tanto. No es así. Sigues tan indefenso como en aquellos años en que todavía no te habías endurecido, no habías vivido lo suficiente como para encontrar algunas respuestas, algunos consuelos.
Pero que te falle el mundo mundial se sobrelleva. Uno no espera grandes cosas, a estas alturas. Lo malo es cuando te falla lo que tú más querías, tu carne y tu sangre, aquel o aquella por quien lo habrías dado todo. Entonces es cuando te planteas: ¿en qué creer?
Cuando apuestas mucho, personal, sentimental y emocionalmente, cuando te das, el tipo de recompensa que esperas en reciprocidad no es más ni menos que esa misma cálida moneda intangible. Sin ella estás perdido. Ninguna tienda del mundo fía la amistad, ningún banco da crédito con ese aval.
He perdido pocos amigos en mi vida. Verdaderos, pocos. Esas pocas pérdidas fueron terribles. Ninguna tan devastadora como esta. Eva y yo nos preguntamos qué hemos hecho, por qué la persona en cuestión nos castiga. Hemos pensado que no nos castiga a nosotros sino a sí misma. Cuando alguien quiere hacerse daño lo hace a través de persona interpuesta.
Pero el daño prospera. No se vive impunemente. Cuanto haces provoca daños colaterales.
A los seres humanos nos gusta construir murallas a nuestro alrededor, cuanto más sólidas mejor. Ninguna tan inexpugnable como la autocompasión.
No te permite ver a nadie más. Ni a ti mismo.
archivado en:
L.N.J
L.N.J dice:
14/04/2014 11:56

Este post es de esos que llevan mucho peso, yo diría que el que más. Pesa como la vida, como el alma y lo peor de todo es que no es un dolor físico, leve que se pueda cicatrizar. Es decir, es de esos emocionales que no se sabe por donde empezar a sanarlos un poco. Dicen que con el perdón, pero es que cuando se ha perdonado muchas veces, no quedan refuerzos para nada.

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