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La patera

Te has librado de ser
Un clandestino,
Si superas las columnas
De Hércules mortales.
Pocos llegan
Y los que lo hacen caen
En garras que los lanzan
Como pelotas
A su origen.

Diego Valdecantos "Yandiek"


Mohammed nació en Casablanca en uno de tantos barrios pobres. Aquel 20 de agosto de 1993, cuando contaba sólo 19 años, desde la lejanía y la miseria de su humilde casa, no se sintió partícipe de los fastos y la alegría programados con motivo de la inauguración de la iba a ser ya para siempre la obra predilecta de Hassam II, la segunda mayor mezquita del mundo tras la de La Meca. Una joya arquitectónica y religiosa en homenaje al Islam, pero también al lujo superfluo y a la opulencia en un país plagado de carencias. Casablanca, según rezaba la propaganda oficial, se había convertido en una ciudad moderna y en la capital económica de un Marruecos cada vez más democrático. Pero tanto progreso no alcanzaba a su barrio ni a tantas otras zonas marginadas.

De nuevo un 20 de agosto, siete años después, cansado de tanto contraste brutal, decidió conmemorar tan egregia inauguración marchándose de su país en busca de nuevos horizontes, de una vida más digna. Esta determinación no se gestó por efecto de la llamada de unas circunstancias socioeconómicas y políticas presumiblemente mejores en el "paraíso" europeo, sino por la necesidad de huir de un país en el que, a pesar de la tan cacareada macro-modernidad y macro-democracia creciente, se sentía oprimido por las nulas oportunidades que se le ofrecían para desarrollarse como ser humano. Reunió sus escasos ahorros, fruto del sacrificio de muchos años, y con un gran dolor por tener que dejar en su país a tantos seres queridos, se despidió de su mujer y sus hijos con un "hasta pronto" y emprendió camino a las playas del norte. Una vez allí fue presa de mafias sin escrúpulos que, a cambio de todas sus pertenencias, lo embarcaron, junto con otros veinte hombres, seis mujeres y tres niños de corta edad, en una triste patera con rumbo a lo desconocido. Él hubiera preferido la seguridad del transbordador que hace el trayecto entre Tanger y a Algeciras, pero sabía que, a causa de la existencia de unas leyes y circunstancias injustas con origen en una globalización que impulsaba la libertad de movimiento para ricos y capitales y que a la vez no cesaba de alzar vergonzosos muros cada vez más altos por temor a la "invasión" de los empobrecidos, eso no era posible. Así que no dudó en arriesgar su vida en el terrible estrecho.

Poco después creyó obtener su recompensa. Tras la playa y un viaje de cientos de kilómetros hacinado en una sucia furgoneta logró que le diesen trabajo en un desangelado invernadero. Le pagaban poco, mucho menos que a otros trabajadores "con papeles", y realizaba las tareas más duras, empapado de pesticidas que enrojecían sus ojos e irritaban sus bronquios y pulmones. En parte por las reticencias existentes a la hora de alquilarle una vivienda, pero también por su afán por destinar la mayor parte de su sueldo a su mujer y sus hijos, vivía junto al tajo, en un improvisado habitáculo construido con palos y plásticos sucios con aroma a miseria. No obstante, era optimista. A pesar de sus pésimas condiciones de vida, podía enviar todos los meses a su familia mucho más de lo que ganaría en Marruecos haciendo del mismo trabajo durante mucho más tiempo. Además, le gustaba pensar que estaba en un país donde, con tesón y trabajo, acabaría prosperando hasta alcanzar la libertad y la dignidad como ser humano.

Aquella tarde gris de noviembre, tras una dura jornada de trabajo, y mientras tomaba té en un maloliente tugurio para calmar la sed, fue agredido brutalmente por unos energúmenos, ebrios de alcohol, incultura y de un racismo tan patente como permanentemente negado desde instancias oficiales, por el mero hecho de ser diferente… y pobre. Cuándo llegaron aquellos agentes de uniforme se sintió aliviado, ¡estoy salvado! –pensó- ¡en este "paraíso" seguro que impera el respeto y la "justicia"! Unos días después, sin saber si sus agresores habrían sido, al menos, reprendidos por su infame actuación, se encontró, aturdido por alguna droga, camino de lo que para él, que creía haber empezado a conocer la gloria, era el infierno de Marruecos.

A pesar de todo, continuó creyendo en el "paraíso" de la justicia y la igualdad de oportunidades; ¡lo volvería a intentar! Esta vez, no esperó conmemoración alguna, a pesar de lo cual su nueva singladura vino a coincidir con el primer día del nuevo milenio. Desesperado, ni siquiera esperó al buen tiempo para iniciar tan peligroso viaje. Rodeado de mar, lluvia y viento, presa del hambre y aterido de frió, se quedó dormido durante el trayecto mientras pensaba que, tarde o temprano, tanto sufrimiento merecería la pena. Dos años después tenía "papeles", una casa, un trabajo que le permitía vivir dignamente, incluso había logrado traer a su mujer y a sus dos hijos desde Marruecos. ¡Había conseguido la libertad¡ ¡Había pasado del purgatorio al paraíso!

Un poco tarde. Cuando su cuerpo yermo fue encontrado en la playa, había en su rostro sin vida una mueca a modo de sonrisa y aferraba entre sus brazos el alma rota y el cuerpo sin vida de una niña de apenas un año. De ser humano con nombre, cargado de sueños y ansias por vivir, que se creía ya libre, integrado, aceptado y feliz, se transformó súbitamente y sin saberlo en una fría estadística más. Dos días después, en página par y en una pequeña columna, se podía leer en la prensa escrita: "Primeros muertos del milenio en el Estrecho. La tarde del seis de enero fueron recuperados los cuerpos de trece inmigrantes en Punta Camarinal". En portada: "Crece la confrontación entre el Gobierno Central y la Junta de Andalucía sobre que Administración debe asumir los gastos que ocasionan los inmigrantes que perecen en el Estrecho". En páginas centrales: "A pesar del mal tiempo las cabalgatas de reyes magos han repartido ilusión y alegría por toda la geografía nacional".