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El Quijote

Cacuito nunca imaginó caer tan bajo: escribir también en estas fechas sobre la magna obra de Cervantes. Que ya huelga comentar que es una de las cimas literarias de todos los tiempos, y que Borges, el megatransespléndido de las boutades literarias, prefería leerla en francés. Y Cacuito reconoce el esfuerzo que todos estamos depositando en su difusión. Pero anoche le asaltó una pesadilla que le empapó el flequillo. Le alarmó, sobre todo en lo concerniente a las jóvenes camadas lectoras, que las buenas intenciones nos volteen la jeta. Es decir, que se obligue a zangolotinos de diez años a zamparse de un bocado y sin entrantes ni laxantes tamaña obra de arte que por sintaxis, vocabulario, enjundia ideológica, resonancias vitales, recreación de un contexto y usos y costumbres históricas ajenas conviene leer en edades más avanzadas: si no queremos que nuestros pitufos y futuribles lectores de a diario odien la literatura de por vida, tachen este año como el horribilis de su existencia y se conviertan en prematuros caballeritos de triste figura.

Cacuito apela a la sensatez. Que no dejen de recordarnos todos los días de todos los años la paradigmática figura de Cervantes, pero que su acercamiento se fomente con prudencia, con una didáctica adecuada, que no se imponga como el aceite de ricino a nuestros abuelos. Y si no puede ser, dejar que los infantes se balanceen libremente en las ramas de otras literaturas, en las aspas de otros molinos, de otros géneros, de otros autores, incluso de otros soportes y medios no exentos de literatura. El Quijote como un medio. Nunca como EL FIN.