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Realismo informado ( by Nacho Martín )

.Parece que vivimos en un mundo que pensara que un cierto pesimismo es un problema, una deficiencia, un defecto en vez de una situación natural que sucede de vez en cuando.

El entramado social parece que nos obligara a ser felices y optimistas. No se considera la tristeza como algo normal en el sube y baja de la vida, sino como algo anómalo, que debe ser vencido, derrotado. Se ha impuesto un estado de optimismo dogmático, donde todos tenemos que tener pensamientos positivos y ser felices. Continuamente se nos bombardea con que sólo las personas positivas y felices logran sus objetivos. No ser positivo, nos dicen, es ser un perdedor, un paria.

¿Por qué esta imposición social del optimismo? La solución es simple, sólo de esta forma se puede lograr transformar una situación normal en una excusa para vendernos algo, para colarnos algún producto innecesario o inútil. Mentalicemos primero a todos de que hay que ser felices y positivos, creemos después una realidad virtual en forma de películas y anuncios de televisión donde todo parece perfecto para que así, cuando nos enfrentemos al mundo real, sintamos la necesidad compulsiva de escapar de él, de no aceptarlo. Y esta necesidad es fácilmente manipulada para que adquiramos toda serie de terapias, libros y objetos que no necesitamos. Mediante la creación de una necesidad inexistente, la necesidad de ser siempre feliz, se puede movilizar un inmenso capital humano para que realice la que parece ser su mayor aspiración universal: comprar.




El positivismo exagerado tiene también otra función. Estigmatizando, llamando alarmista o negativo a quien se atreva a ofrecer una visión menos rosa de la realidad, logramos que las formas alternativas de ver lo que está pasando desaparezcan y sólo quede la visión oficial. Se ha logrado que las noticias que no interesan no se lean. La excusa no es que no sean ciertas, es que son deprimentes. ¿A quién le importa en este mundo de felicidad en bote que se extingan los bancos de peces, se destruya la selva, se contaminen los acuíferos o se pierda la fertilidad de los campos? No importa a nadie porque, aunque sea verdad, es deprimente, y ser infeliz es, según el dogma imperante, malvado y perverso. Aceptar lo negativo no vende. No ayuda a que la gente vaya al psicológo, ni a las rebajas.

La gota que colma el vaso es la creencia irracional de que el optimismo puede cambiar el mundo. Es cierto que una persona positiva tiene una actitud que le hace intentar hacer cosas, y que sólo intentando algo se puede empezar a caminar, pero ello no explica la sobrevaloración del llamado "poder del pensamiento positivo". No hay pensamiento que valga que logre que llueva en un desierto, que cambien las mareas o que llegue antes el verano.

El pensamiento positivo es, de hecho, bastante más peligroso que el realismo. Nos hace filtrar lo que no nos gusta, fingir que no existe o que ya lo solucionará alguien mágicamente. Nos hace creer que no habrá calentamiento global, que el petróleo durará siempre, que los árboles talados rebrotarán milagrosamente y la economía crecerá por siempre en un mundo rosa, luminoso y feliz.
El realismo es el primer paso para solucionar los problemas. El pesimismo el segundo: un pesimista no es más que un realista informado. Y, en cuestión de medio ambiente y ecología quizás falte realismo, pero información sobra.

Publicado en La Oferta, San José, California
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