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Metáforas

Sólo con la ayuda del viento, consiguieron los gigantes vencer a Alonso Quijano.
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PacoHuelvaCala
PacoHuelvaCala dice:
06/11/2006 23:22

La verdad, amigo Rafa, es que desde que Cervantes escribió El Quijote ha hecho tela de viento y sin embargo, todavía sigue dando guerra, mucha guerra, el Ingenioso Hidalgo; lo que me viene a decir que llevaba más razón Sancho, en este caso, que el propio Quijote.

UN SALUDO, MOSTRUO.

PACO HUELVA

rafa leon
rafa leon dice:
07/11/2006 01:23

Bueno, Paco, como puedes imaginar valoro y respeto totalmente tu opinión, pero me vas a permitir que en esta ocasión discrepe.



El Quijote es, en mi opinión, ante todo una continua sucesión de metáforas, una gran alegoría, una parodia incisiva y mordaz, incluso tanto como Erasmo y su Moira, de la sociedad de su época. Yo sólo conozco unas pocas, y, en ningún caso las he descubierto por mi mismo, sino apoyándome en textos de grandes y menos grandes conocedores de la obra de más renombre de Cervantes. Por desgracia, el Quijote, a pesar de ser considerado casi por consenso como la obra más grande de la literatura universal, ha pasado a la historia más que nada por ser un libro de aventuras que narra las peripecias de un hidalgo loco que, motivado por esa locura, por ese sinsentido, se enfrentó a pecho descubierto a unos enormes molinos de viento. Un libro de caballerías más al uso. ¡Ah!, Paco, si Cervantes levantara la cabeza, él que tanto crítico a los libros de caballerías. Y Sancho ha pasado a ser considerado como el cuerdo, como el sensato de la historia. De nuevo en mi opinión, nada más lejos de la realidad. El Quijote, a poco que se profundice en su lectura con afán de descodificar su simbología, y se relacionen los hechos narrados con la historia de la época, se nos descubre como un libro tremendamente político y de crítica a la sociedad de su contexto histórico en el que, en muchos de sus pasajes, Don Quijote para nada es un demente, sino un gran defensor de la justicia, la igualdad y la utopía, en tanto que Sancho, al que normalmente identificamos como el personaje que tiene más los pies en el suelo, no estaría realmente siendo capaz de interpretar la realidad o, al menos, no lo estaría haciendo con justicia. Esa es la grandeza de Cervantes, El Quijote y Don Quijote.



Nos dice Rafael de Cozar en “El Quijote, parodia de la ficción y del mundo real”: “Así realiza Cervantes la gran parodia de los libros de caballería, que habían sido tan populares, y lo hace desde la óptica del humor, colocando enfrente del mundo fantástico la realidad más trivial. La fórmula paródica le permite plantear todo tipo de de cuestiones literarias, sociales, morales y también políticas, con lo que la obra va más allá de de un ejercicio literario sobre un tipo concreto de novelas”. Y “Obra de humor, satírica, de entretenimiento, pero que también permite lecturas de otro calado (…) Todo ello nos permite reflexionar sobre la España del siglo XVI, que ya ofrece algunos signos evidentes de su decadencia (…) Por eso nunca entendí al Quijote como un ataque a la caballería, ni tampoco, en el fondo, a la literatura caballeresca, a no ser por lo que tiene de inverosímil, de irreal. Más bien me parece una parodia de la España de entonces y su quijotesca aventura en una época de locura que parece impregnar por igual a reyes y súbditos, mientras media España se desangra en sus esfuerzos. En este sentido me da la impresión de que el humor no es puro, y esconde, de algún modo, una cierta amargura crítica…”



Por su parte, Eduardo García, en su “Don Quijote o la fuerza del deseo” nos comenta: “Es Don Quijote, ante todo, un buen hombre. Carece de malicia, de torcidas intenciones. Jamás engaña a nadie, ni urde tretas como aquellas de las que le hacen objeto sin cesar. Su menos que escaso uso de la fuerza obedece siempre a las mejores intenciones. Su sueño es hacer el bien, impartir justicia, expulsar el mal de la vida a golpe de espada, heroicamente. Nos reímos de sus desventuras, pero no podemos evitar sentir una creciente simpatía por sus bienintencionados excesos y su candor ante la mezquindad de cuantos le atacan. Hilarante antihéroe, es también “y por la misma razón” un hombre que merece ser amado”. Y Juan Antonio González Iglesias, en “Don Quijote en el horizonte clásico: monosílabos, cine y cordura”: “La belleza moral de Don Quijote reside en su intención de proteger a los desfavorecidos”. Pienso yo, querido Paco, que alguien a quién se le pueda atribuir la virtud de la belleza moral no debería ser calificado como loco. Aunque sea lo que habitualmente sucede con los idealistas y los defensores de a utopía. Así es nuestra sociedad y también era la de entonces.



Pero volviendo a la esencia de la obra maestra de Cervantes, y a su valor como texto que combina las desventuras del famoso hidalgo con una visión crítica de su contexto histórico, nos dice Juan Lamillar en “Al hilo de Maese Pedro”: “Se llega pues al punto central de toda la novela: la relación entre verdad y ficción, una relación que Cervantes sabe aderezar de mil maneras en sus numerosas páginas mediante el empleo de la ternura, de la ironía, el humor…”



Y en cuanto el valor de la utopía en Alonso Quijano nos comenta Juan Carlos Mestre en “Fracaso y sueño de Don Quijote”: “Volar, escribió Rafael Pérez Estrada, es el resultado de una intensa pasión nunca de su práctica, y la utopía de Don Quijote, el vuelo libre de su imaginación por los despoblados territorios de la ficción ideal de su época, la imposible realización de un sistema de valores vinculados a la mirada misericordiosa sobre la condición del otro, del raro, del diferente, del que distinto en los argumentos que sostienen su relación con la sociedad, han hecho de los discursos imaginarios un argumento vital para los proyectos del porvenir”. Y también: “Don Quijote, el héroe problemático de nuestra historia, el averiguador incierto que transita las zonas colindantes entre la patria íntima de la razón y las fronteras desconocidas de la locura, la locura del que exaltado por el ánimo discurre establecido como norma, y por ello, por desordenar la supuesta lógica del saber racional hace de su percepción aventura, lugar de paso la casa inmóvil de los comportamientos, y riesgo del pensar la segura estancia de lo ya sabido. Don Quijote averigua la libertad de su fracaso con el sentido de la imaginación, se anticipa a su propio misterio fundando una realidad que invisible para los demás se convertirá en su única realidad, un paisaje interior donde sueños y personas, molinos y gigantes, son vibraciones de una causa tan real como la razón, la ironía del que opone imaginación al molde ilusorio de lo material como única parte perceptible y significativa del mundo (…) Ahí radica el emblema de su representación simbólica, el héroe fracasado, el ciudadano crepuscular y vencido, se convierte en protagonista de una subversión no prevista de la conducta…”.



Por su parte, Álvaro Salvador, en “Las relecturas borgianas del Quijote”, y refiriéndose al famoso pasaje de los galotes, nos dice: Parece ser que en tiempos de Cervantes se leyó simplemente como una burla (…) No obstante, en el siglo XX toda una serie de críticos como Ángel Ganivet, Miguel de Unamuno, Américo Castro, etc., consideran que con esta aventura el Quijote denuncia la inevitable imperfección de la justicia humana, mientras que otro grupo constituido por personalidades como Azorín, Ludovik Osterc, Francisco Olmos García, etc., atribuye a Cervantes y su obra una intención más directamente política, al considerar que el capítulo critica la justicia de los Austrias y de los encargados por ellos de administrarla.



En cuanto al episodio de los molinos tendría, según Emilio Menéndez Pérez, que también refiere el episodio de los galeotes, en su libro “Energías renovables, sustentabilidad y creación de empleo” el siguiente trasfondo (esto no lo copio literalmente pues no tengo el libro a mano. Tampoco es de memoria, lo saco de un escrito “antiguo”): A primera mitad del siglo XVI el cereal se molía en la zona de la Mancha en pequeñas aceñas, que eran molinos harineros de agua situados dentro del cauce de los ríos. Pero estos tenían frecuentes problemas en su funcionamiento a causa de la falta de caudal de muchos ríos en determinadas épocas del año (estiaje), por lo que el grano, en estas ocasiones, para su molienda debía ser llevado al río Júcar en Albacete. Para solventar este problema, pero también por otros motivos que hoy llamaríamos macroeconómicos (una de las tácticas más provechosas del liberalismo, que tiene gérmenes muy antiguos, es la desvinculación entre lo microeconómico y lo macroeconómico), se introducen desde Flandes, por impulso de la Corona, unos molinos de viento a eje hueco, con cuatro palas rígidas (como los que describe el pasaje de El Quijote) con una gran capacidad para moler cereal. Ese cambio, en principio es tremendamente positivo, pero no deja de tener su parte mala. Y es que las mejoras macroeconómicas, en muchas ocasiones se traducen en la desdicha de de los que se aferran a lo micro. Así los nuevos molineros de viento pasan a ser grandes gigantes de poder económico al concentrar el negocio de la molienda, con lo que los pequeños molineros se quedan algo así como en el puñetero paro. Así que Don Quijote, en realidad no es un loco que arremete a cuerpo gentil contra unos enormes ingenios mecánicos, sino un tipo, que podríamos considerar un utópico y de izquierdas, que casi a pecho descubierto se enfrenta realmente a unos “gigantes”, a esos gigantes de poder económico. Don Quijote, aunque pueda no parecerlo, estaba viendo la realidad, que eran esos “gigantes”, en tanto que Sancho, tan cuerdo, no era capaz de ver lo que había más allá de esos molinos. Así, los gigantes, esos nuevos molineros, a pesar de su poder, sólo pudieron vencer a Don Quijote, gracias al “viento de la Corona” que soplaba a su favor. Más o menos como ocurre ahora, y es que el Quijote es una obra tan genial que ha trascendido y seguirá trascendiendo a su época.



Un fuerte abrazo, y perdón por el rollo.



Rafa.



Ps. Salvo la cita relacionada con el episodio de los molinos de viento, los restantes artículos citados, y algunos más, aparecen recopilados en el libro “Impresiones sobre el Quijote. Lecturas andaluzas en su cuarto centenario”, editado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. Sinceramente, y sin haberlo leído entero, un libro totalmente recomendable.

PacoHuelvaCala
PacoHuelvaCala dice:
07/11/2006 11:07

Amigo, Rafa, no tengo nada que decir a tu magnífico diserto, excepto que estoy totalmente de acuerdo con él en una primera lectura a vuelapluma.

Mi contestación inicial, no era nada más (craso error, por mi parte)que una coletilla rápida a tu minirelato.

En estos momentos no tengo tiempo para profundizar en tu contestación -que me parece muy interesante- y entrar en debate, por lo que me reservo, en derecho (je,je) esa posibilidad para cuando disponga del mismo. La dualidad Quijote-Sancho, que es un todo, -El Quijote no existiría sin Sancho y a la inversa- es un tema muy interesante para debatir en nuestra página, incluso, espero que se sume más gente al debate.

UN ABRAZO

PACO HUELVA