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El camaleón


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EL CAMALEÓN me observaba impertérrito bajo las astillas como alfanjes que se desplomaban desde el centro sin límites del diluvio. De súbito, casi pude imaginar unos rayos de sol fulgiendo en la tormenta y se vistió con los matices fugaces del arco iris (¡Ah, la fase REM y su luminosa similitud con el ocaso! -me dije). Quise tocar su piel húmeda y helada para contagiarme de un poco de su color, de su calor-espejismo, pero era luz y yo sombra. Lloré.


-¿Por qué estás tan triste? ¿Es que te sientes solo? -dijo, con voz impalpable y salobre en mímesis aberrante con el estrépito ininteligible que profería en su intimidad el aguacero, mientras adelantaba uno de sus peones.


-No, no completamente; aléjate -respondí, sepulcral, enrocado en mi torre de absoluto silencio.


(Él, entre movimiento y movimiento, se distraía jugando a enrollar y desenrollar su larga y pegajosa lengua para dar caza a los sueños que, ajenos a la sutileza falaz de aquella cárcel de ficción y seda que nunca hubimos inventado, revoloteaban con sigilo y a la vez espanto por encima de la brutal, la única evidencia).


-Pero yo soy nada, es decir: todo -dijo entonces muy enojado por haber sido descubierto en su estrategia (lo supe por los fuliginosos relámpagos que destilaba su piel de escama y nimboestratos con pelaje azabache. Pensé, no con poca razón, que el sol probablemente ya habría periclitado para siempre).


-Ni yo -respondí-, pero estás. Y quiero estar solo.


-Pero no es necesario. Recuerda que no tienes a nadie -su aliento hedía a pozo ciego y caballos desbocados.


-Cierto, pero me tengo a mí. Pero no me S.O.S.tengo. Y los perros, incontenibles, husmean mis huesos rotos de soledad -clamé en un latín que, sin falsas modestias, habré de decir rayaba la perfección.


-No te entiendo -dijo, amenazando con sus dos alfiles la urna de cristal opaco en que yacía mi reina muerta sin resurrecciones posibles.


-Ni yo, aunque ahora comienzo a comprender. Pero duele este modo de estar solo sin estarlo del todo -susurré mientras quemaba las naves y sacrificaba el segundo de mis caballos.


-Es que eso es la soledad -no dijo (reía como hiena con la carroña a su alcance).


-Estoy de acuerdo, aunque nunca pueda estarlo -musité.


-Y, entonces, qué pretendes; lo digo, más que nada, para tratar de ir dando fin a tanto inútil soliloquio -inquirió con esa firmeza temeraria y frágil propia de los que celebran la victoria sin haber aún comenzado la partida.


-Ese lugar donde la soledad es tan absoluta que no se siente porque no es -dije, triste rey de exilio a tumba abierta, con el alma plagada de las fragancias de la belladona.


-¡No has jugado limpio; exijo la repetición de la partida! -suplicó, aterrado y jadeante, con todas sus piezas mudándose ponzoña.


-Jaque mate -dije, inmisericorde conmigo mismo.


(Largué la lengua y, con fúnebre fruición, lo engullí).