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Todo a 100

cenicienta

CUANDO, al dar las 12, echó Cenicienta a correr escaleras abajo como una posesa, aquel ridículo zapatito de cristal se hizo añicos, trayéndole como consecuencia el punto y final de su apresurada huida, así como un doloroso esguince de tobillo y hematomas varios repartidos a lo largo y ancho de toda su exquisita geografía. Roto el hechizo, Cenicienta, pese a los trapitos de Zara mudados de nuevo en sucios harapos, lucía más hermosa que nunca; quizá el motivo estuviese en aquel rictus de enojo que le anegaba el rostro al pensar en la descomunal tacañeria de la que había hecho gala el hada madrina.