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María Gómez, poeta.

En noviembre de 2005 tuve el privilegio de presentar a María Gómez en una lectura poética con la que deleitó a los presentes en la biblioteca provincial. Hoy reproduzco en onubenses.org mis palabras de aquella noche.

Sirva como homenaje para ella.


Buenas noches.

En primer lugar, en nombre de María y en el mío, daros las gracias a todos los amigos que habéis acudido esta noche a disfrutar con sus poemas. Estoy seguro de que no os arrepentiréis.

Cuando María me pidió que la presentase esta noche, una petición a la que por otra parte mi respuesta sólo podía ser positiva, lo primero que pensé fue que menudo reto me estaba planteando ¡Nada más y nada menos que presentar a una gran poeta!

Pero inmediatamente caí en la cuenta de que, por el contrario, hacerlo no sería una tarea difícil ni pesada para mí. María, además y antes que una magnífica poeta, es una gran amiga, una amiga íntima y entrañable a la que siento muy en lo adentro. Una gran mujer y una todavía mejor persona.

Por lo tanto, lo único que tengo que hacer hoy aquí es expresar lo que pienso de María, lo que siento por ella como persona y lo que me hace sentir con sus poemas.

Comencé a conocer bien a María cuando el azar nos unió para viajar diariamente a Sevilla por “sinrazones” de trabajo. Una casualidad por la que me sentiré afortunado el resto de mi vida.

Al poco de iniciar esos trayectos diarios, la carretera, que siempre fue y siempre será una tortura para mí, se convirtió en algo agradable, en algo lleno de riqueza comunicativa y reflexión, en aprender cada día cosas nuevas, en sentir emociones nuevas.

Aquello acabó y, desde entonces, esa funesta carretera vuelve a ser una pesada carga que poco a poco me consume. Pero, por fortuna, la amistad de María no acabó y esa es una de las cosas que me ayudan cada día a tratar de no rendirme del todo.

Porque durante todos aquellos días de peligro y atascos descubrí a una persona sensible, una persona comprometida, una persona sincera, una persona solidaria y dispuesta siempre a luchar por todo lo que considera justo. Y a una amiga con la que sé que contaré siempre que la necesite.

Opina Alfonso Sastre que un gran poeta, independientemente de que escriba en prosa o versifique, “es alguien capaz de hacer un juego importante con la imaginación”, que un gran poeta es ante todo un “creador de imágenes”.

Pues bien, si Alfonso Sastre está en lo cierto, y yo al menos soy de su misma opinión, María es una gran poeta, pues es capaz de crear imágenes originales y sugerentes; imágenes ante las que no podemos permanecer indiferentes, imágenes que hacen siempre aflorar alguna emoción intensa en quien se ve envuelto por ellas. En unos minutos tendremos ocasión de comprobarlo.

A mi entender, estas emociones que nos hacen sentir los poetas no tienen porque ser siempre expresadas en textos hermosos, algo que en ocasiones puede ser casi imposible ante la crudeza de la realidad o las situaciones que las motiva.

Así, esa “fealdad” poética, esa dureza, que pueda aflorar a veces en determinados poemas forman también parte del arte de la poesía. Pues si un poema debiera ser siempre la bella expresión de una imagen emotiva, habríamos tal vez de negar la condición de poeta a Bukowski. Algo impensable si estamos de acuerdo con Alfonso Sastre, pues la poesía de Bukowski nos puede resultar chocante, desagradable, hasta detestable… pero jamás podremos permanecer indiferentes ante las impresionantes “imágenes”, ante los excepcionales juegos imaginativos que fue capaz de crear.

De todos modos, éste no es el caso de María, pues hasta los asuntos menos agradables es capaz de expresarlos, en la mayoría de las ocasiones, con una sensibilidad tan exquisita que termina, partiendo de una materia innoble, por construir bellos textos.

Como cuando refiriéndose a su barrio en Huelva, el Matadero, nos dice: “Sobre las calles de mi barrio nunca llueve. Y si lo hace, al día siguiente, el polvo convierte en arenas del desierto la memoria inmediata. El gris polvoriento y seco en las fachadas evidencia el abandono de la vida que llenó las casas posiblemente alguna vez. Cuando algún árbol incauto se obstina en crecer, el vecindario corre a cortarlo, no sea que una leve reivindicación de vida remueva alguna conciencia”.

O como en esas ocasiones en las que nos habla de fosfoyesos, chimeneas humeantes o de la destrucción de la Naturaleza.

Tras tener el privilegio de haber leído el anterior texto de María en público, quisiera manifestar, por si aún no he tenido la suficiente destreza para dejarlo claro, que cuando me refiero a la María poeta no sólo estoy hablando de sus poemas, sino también de sus artículos periodísticos.

Porque al menos para mí, y sin que esto deba ser considerado como demérito para aquellos poetas que prefieren expresarse sólo en verso y partiendo de imágenes hermosas, los textos poéticos más grandes, los que más pueden llegar a emocionarme… son aquellos que expresan un compromiso, aquellos que encierran un anhelo por cambiar el mundo, por pequeño y desesperanzado que pueda llegar a ser. Dicho sea entre paréntesis, para mí uno de los mayores compromisos es el amor. Y los artículos de María, al igual que sus poemas, además de ser hermosos, son expresión de su compromiso.

Pero además, este compromiso poético y social de María no se queda sólo en su persona, pues ella se afana permanentemente en que la trascienda. Como cuando siendo consciente de que su “niño-luna”, su “niño-medida”, su “niño-mimo” todo lo trata de descubrir, todo trata de llevárselo a la boca, nos dice:

“por eso dejo a su alcance
-a ver si le crecen dentro-
los poemas crudos
de algunos amigos míos”.


O como cuando lleva al pequeño Pablo a “sembrarse”, como nos ha dejado escrito, en la siembra que cada año organiza en Bonares el Grupo ecologista “El Madroño”.

Y ello a pesar de que en uno de sus hermosos textos nos comenta como en una de estas siembras conjunta de árboles y niños tuvo la frustrante certeza de que: “Los poemas que íbamos sembrando, eran arrancados por ciegas decisiones políticas al otro lado del asfalto. Por cada encina de cada uno de nuestros hijos, caía un alcornoque centenario. Contra sus motosierras, azadones de juguete; contra el ruido, el verso”.

No obstante, siempre que pueda, María continuará acudiendo a Bonares para “sembrar” a su niño junto a los árboles que se empeñan en repoblar todos aquellos, que como ella, no temen volver a perder una batalla con tal de poder continuar albergando una esperanza.

Así nos lo hace también sentir María: “Mi niño le ha prometido a su encina volver cada viernes para regarla. Todavía no entiende de cuchillos ni de fuegos, ni de Consejerías, ni de directoras generales, ni de planes urbanísticos. No pienso caer en la tentación de contarle la verdad y me dejaré llevar por su esperanza”.

Pero además el compromiso de María no es un compromiso gratuito. El compromiso de María no deja de tener sus costes, costes que pueden ser materiales pero, lo que es más importante, que también pueden llegar a ser emocionales. Ella lo expresa perfectamente en uno de sus poemas cuando con amargura se pregunta si “ante la ley vacía de justicia” ha de arriesgar sus bienes materiales, algo que ha hecho en más de una ocasión, “desalambrando” o denunciando los yesos de las marismas.

Y se responde:

“Buena pregunta para una ecologista
del primer mundo”

“Ahí queréis verme;
ahí queréis vernos:
sentados en el banquillo
del dilema capitalista.”


Este compromiso y esta sinceridad también han sido las causas de que hayamos dejado de disfrutar de los hermosos artículos con los que María nos deleitaba cada miércoles desde las páginas de un periódico local. Un hecho que me consta que ha supuesto para María una pequeña frustración y un motivo más de desesperanza.

Creo que hoy es una buena ocasión para que todos los que estamos aquí le digamos a María que estamos convencidos de que si ella no se rinde nadie será capaz de acallarla. Y para que le exijamos que no se auto-amordace y continúe escribiendo sus artículos. Unos artículos para los que, por su calidad periodística y humana, siempre encontrará algún modo de difusión.

Porque hay quien necesita seguir disfrutando de esa mezcla tan particular de sensibilidad y denuncia que María pone en sus textos periodísticos, en sus poemas, en su propia vida. Al menos yo.

No quiero terminar sin decir que María también es escritora de haikus. Y teniendo en cuenta que el haiku es una composición poética ideal para expresar emociones intensas, para expresar, como ella me dijo un día, “lo que está sucediendo ahora mismo”, estoy convencido de que serán unos poemas magníficos.

Estuve tentado de pedirle que me los dejase leer para hoy poder comentarlos brevemente. Pero finalmente decidí no hacerlo, porque estoy seguro de que pronto los veremos editados. Creo que merecerá la pena esperar ese alumbramiento, aguardar a esa criatura de “carne y verso”, que ya está lista para ser parida, para disfrutar de los haikus de María en toda su plenitud.

En cualquier caso, no me puedo resistir a declamar esta pequeña muestra del buen hacer de María como escritora de haikus.

“Por si vinieras
pintaré de miel mis labios
cada mañana.”


Realmente hermoso.

Esta vez sí, para finalizar, decirle a María que, a pesar de todo, hay algo en lo que se equivoca. Lo hace cuando en su poema “declaración de inocencia” afirma:

“Aquí tengo conmigo todo lo que soy:
unas manos, unos poemas
y una lima de uñas”


Me gustaría que a partir de hoy tratemos entre todos de sacarla de su error. Yo al menos no quiero dejar de intentarlo. Y por ello tengo que terminar diciéndole una vez más que me siento muy afortunado de tenerla como amiga, y que siempre podrá contar conmigo, al igual que yo se que puedo contar con ella. Que para mí no tiene que pintar sus labios de miel pues yo, aun en la distancia, siempre estoy y siempre estaré con ella y con la poesía que es capaz de imprimir a su vida y a la vida de los que la rodeamos.

Queridos amigos, os dejo con una gran poeta, con una gran mujer, con una gran persona, pero sobre todo con una gran amiga. Vuestra amiga, mi amiga… María Gómez.

Un fuerte aplauso para ella.