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La “Cantata de El Pernales”, del Aula de Dramaturgia Jesús Domínguez


En primer lugar agradecer a la Fundación Cajasol, a la Diputación Provincial de Huelva y al Aula de Dramaturgia Jesús Domínguez que hayan hecho posible este ciclo de teatro que pondrá en escena cuatro obras en nuestra capital.
Es una iniciativa que, quien les habla, como miembro de la junta directiva del Colegio de Escritores en Andalucía, y del Colegio de Críticos Literarios, no puedo por menos que alentar y agradecer, porque ese es el camino: la colaboración público-privada, en este momento de crisis generalizada que nunca debe afectar a la educación en valores, al acceso a la cultura de la ciudadanía como instrumentos de discernimiento y conocimiento necesarios para andar la vida, no sólo en su faceta individual sino también en sus relaciones sociales.
Ayer fue el Día Internacional del Libro.
Definía en el pórtico de uno de mis textos publicados, que:
“Un libro es un sueño encerrado en una cárcel de papel, un tesoro escondido que está al alcance de todos, una obra de teatro que está por representar porque falta el actor principal: el lector que le de forma y la ponga en escena, una aventura cuyo final se desconoce, un conjunto de hojas cosidas o encuadernadas que nos puede cambiar la vida, un ciudadano que vive en los arrabales de las bibliotecas o un compañero fiel que viaja con nosotros siempre que deseemos su compañía…
Un libro es la quimera permanente de todos los narradores y poetas, un conjunto de letras encadenadas que nos dan una visión parcial del mundo real o ficticio -que también existe-, un lugar donde nacen personajes que a veces modifican o cambian los actos que llevaremos a cabo en el futuro, un eslabón de una cadena que en vez de sujetarnos nos libera la conciencia… Un libro -finalizaba- nunca podrá contener lo que somos, pero sí puede modificar lo que seremos.”
Bien, lo que hoy veremos y oiremos en este escenario, es decir, viviremos, antes de ser oratoria, gesto, movimiento, quejío, llanto, sonido o desgarradura, fue palabra, letra herida y sentida, indagada y matizada por el escritor Antonio Palacios Rozalén.
Una obra teatral es la puesta en escena, la representación visual de lo escrito en un libro, que, cuando roza lo musical en cualquiera de sus derivaciones, denominamos libreto.
O sea, es un texto que lleva implícito por parte de su creador la función de que en su representación cobre sentido, tenga un papel preponderante, la oratoria y el canto, y a veces el movimiento acompasado, es decir, la danza.
El montaje de este drama musical, porque eso es la Cantata de El Pernales, ha sido llevado a cabo por dos grandes de las artes escénicas españolas: Poika y Teresa Pardo.
En un artículo publicado por Poika en 2010, decía que al dramaturgo Jesús Domínguez le gustaba definirse como autor, director, actor y titirimundi. Que Jesús Domínguez, “ha tocado todos los “palos” que puede tocar un hombre de teatro.”
Continúa Poika que Jesús Domínguez -tan cercano y tan preocupado siempre por la cultura onubense, verdad-, “no sólo se quedó en la escritura, sino que participa también como actor y director de los mismos, y que, si como dramaturgo tiene una extensa obra, como flamencólogo es tan prolijo en letras para el “cante” como pionero en propuestas escénicas de Teatro-Flamenco y puestas en escenas de recitales para cantaores consagrados.”
La vida y muerte del bandolero Francisco Ríos Granados, alias El Pernales, con la puesta en escena del Aula de Dramaturgia Jesús Domínguez, es un bocado inaudito, un atragantón de tragedia, de flamenco puro, de sentimiento y compás que termina convirtiéndose en odisea, en duelo, en palomas muertas, en hechuras negras en el martinete final con rajaduras de fragua con que finaliza el acto.
El Pernales fue uno de los últimos bandoleros andaluces. Una persona que luchó contra la oligarquía predominante y la hambruna generalizada a base de robar a los ricos y de socorrer a los pobres.
Es cierto que la Historia, siempre escrita por los vencedores, los poderosos o los detentadores del poder en su caso, en todo tiempo y lugar, echa pestes de la figura de El Pernales, pero eso entra dentro del guión esperado.
Pero siempre, en contraposición, queda la leyenda, que una vez que se forma con la argamasa de la realidad y la ficción transcurre por el tiempo, autónoma, mil y una veces versionada, pero con el mensaje fiel e inmutable de lo que hay que transmitir, o sea, literariamente hablando, la realidad y la ficción se han convertido en Mito.
No quiero extenderme más allá de afirmar, una vez más, que estamos ante un romance que debe ser visto, que merece la atención de todos nuestros sentidos, especialmente en ese instante sublime en que las voces de Vicente Gelo y de Elena de Carmen, la maestría de él y la sensibilidad y las facultades de ella, se convierten en timbres, en almireces, en martillos, en hambre, en dolor, en ausencia…, acompañadas por las falsetas del guitarrista cachonero Pedro Vázquez y el sublime papel oracular, de corifeo, que realiza Poika para acercarnos, entre todos, a una época negra que no debemos olvidar jamás.
Y ahora, que se levante el telón.
Paco Huelva
24 de abril de 2015

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