Me gusta mirar los dibujos de Sergio Lira desde lejos, para ir aproximándome hacia ellos. He pasado unos días haciéndolo y me resultan profundamente familiares. A unos metros de distancia veo manchas de colores, armoniosos y rotundos, que van tomando forma a medida que me acerco. La abstracción se transforma con dos pasos en lugares que voy reconociendo como míos. Un amigo me decía que mis textos le parecían muy visuales: señalaba la sensación de los colores montándose, y de formas y figuras en movimiento que hablaban. Puede que haya algo de eso, un deseo de fijar imágenes, que me son muy apreciadas, en el tiempo. Pero la palabra no puede sustituir a la imagen. A veces la acompaña y muchas veces sobra. Por eso me gusta tanto encontrar dibujos que me evocan los lugares que amo. No es fácil, porque a veces los dibujos desfiguran la imagen que habita en mis recuerdos. La mirada del artista tiende a desfigurar, aunque sea para hacer más bello el instante. Y la copia exacta tampoco me interesa, ni siquiera en las fotografías. Pero a veces, aunque sean pocas, encuentro la correspondencia entre lo que veo y lo que recuerdo. Este es el caso que me ocurre, estos días, con los dibujos de Sergio Lira.

Sergio Lira
La barra de la taberna que habita mis sueños es imperfecta, de madera antigua, y parece que se mueve. Está doblada y llena de adornos. Y la preside un tirador que apenas se parece al real, a ninguno real, pero que yo siempre he visto así. Ya van quedando pocas barras como esa. La perfección me aburre. La uniformidad crea monstruos. Si eres diferente te darán de lado. Porque no te conocen, porque no te comprenden. Pero a Sergio y a mí eso no parece importarnos demasiado. Siempre nos quedan las palabras. Siempre nos quedan los pinceles. Y siempre se nos acerca alguien que nos quiere. Y ahí tenemos el calor de la lumbre. La chimenea con llamas verdes que simboliza que todo el que lo desee va a ser bien acogido.

Sergio Lira
A mí nunca se me han dado bien las chimeneas. Pero en mis sueños siempre estoy más tranquilo cuando aparece una que funciona bien. Y el color de la piedra. Las paredes en esos tonos blancos, azulados, y naranjas. Algunos pensarán que así deberían ser los colores de las llamas, y no verdes. Pero el verde es la vida, y el fuego también lo es.
En las paredes de mis sueños siempre hay cuadros que me invitan a seguir soñando. Cuadros y fotos que miro desde los bancos de madera. Acercándome y alejándome. La misma madera de la barra me sirve de descanso. Y casi siempre estoy tomando una cerveza que me han servido de aquel tirador imposible. Y miro a Sergio, que esboza una lámina pequeña, que viene y me la enseña.

Sergio Lira
Y recuerdo, porque los sueños siempre son recuerdos, las palabras de Isabel Escudero:
¿Qué cosa es
que se ríe
si te la vas a comer?
Y otra vez los colores están cambiados. La fruta debería de ser roja, pero es blanca. Como en la vida. Como en la silla, que también nos trae a la memoria versos de la poetisa amiga:
Que esa silla sea sólo
lo que parece que es,
una silla,
esa es la maravilla:
eso es.

Sergio Lira
Pero la maravilla de estos dibujos es que no son sólo lo que son. No son sólo parte del local que habitan. Son parte de la vida, de nuestra vida, que ruge y brama silenciosa en medio de la ciudad deshabitada. Vida en medio de la muerte. Son voces, trazos y colores que suenan a otro tiempo.
Una mesa de trabajo, donde leo y estudio la vida y su continuo movimiento, es el centro del mundo. También Sergio tiene una mesa que dibuja una y otra vez. Tal vez se trata de la mesa que compartió con su maestro, y amigo antes que maestro: Quico Rivas. Otro de los artistas que nos han ido abandonando en silencio, sin hacer demasiado ruido. La mesa es el principio de todo. La mesa y el silencio. La mesa y la música. La mesa desordenada, con libros, papeles, lápices y pinceles. Unas veces la imagino con trazos de tinta negra y, otras, con colores. Siempre junto al mueble donde se van amontonando los recuerdos, muy cerca del lugar de trabajo. A Sergio le gusta acompañarse de la música que no estorba al silencio: que lo acompaña y forma parte de él. Hay objetos que no reconozco, pero me son familiares. Aparecen también en mis recuerdos. Los recuerdos me acompañan y, también, siento que me traicionan. No sé qué me pasa. Tengo la sensación de que cuando hablo de Sergio, de sus fotos, de sus dibujos, también estoy hablando de mí.

Sergio Lira
Un paseo por lugares que habito
forma parte del tríptico editado para la exposición
El ojo y sus lugares
Dibujos volanderos de Sergio Lira
(Del 5 al 29 de abril de 2010, en La Carbonería, Levíes 18, Sevilla)






Iré a ver esa exposición, pero antes te llamaré para que hagas de lazarillo conmigo y me expliques lo que ven tus ojos -que deseo sean los míos en este caso-. Las letras que has esparcido entre los dibujos bien merece que así sea.
UN ABRAZO
Interesante
Hombre, Paco, la idea de hacer de lazarillo no es que me motive mucho. ¿Para qué te voy a decir otra cosa? Tú tienes que mirar con tus ojos, y sólo así te gustará lo que veas. Ya lo sabes. Pero si puedo, no me importa acompañarte.
Gracias, Manuel. Los dibujos de Sergio, igual que sus fotos, no están aún lo suficientemente valoradas. Ya lo iremos conociendo más. Todo lo posible.
Un abrazo.
Sí, cuando hablamos de algo, de cualquier cosa, siempre hablamos de nosotros mismos. ¿No es bello así?
Me ha gustado tu texto, acompaña muy bien las imágenes. Crear a partir de algo: Sergio te da un regalo a ti/nosotros, y tú le das un regalo a él/nosotros. Suertudo/suertudos. Todos.
Es cierto que normalmente es así, pero más encubierto. Aquí tengo la sensación de que todo es más en primera persona.