Cincuenta poemas, de José Luis Piquero

TODA UNA VIDA

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Cincuenta poemas
Antología personal (1989-2014)

José Luis Piquero
La isla de Siltolá
ISBN: 978-84-16210-04-6
142 páginas
Sevilla, 2014
16 euros

En la breve “Nota preliminar”, escribe José Luis Piquero que “La poesía no son los versos sino la mirada, la sensación y el hallazgo”. Habría mucho que debatir al respecto, pero lo cierto es que la poesía, necesariamente, sí son los versos y los poemas. Yo diría que incluso algo más: los libros. José Luis Piquero ha publicado, hasta el momento,  cuatro libros: Las ruinas (Versus, 1989), El buen discípulo (Deva, 1992), Monstruos perfectos (Renacimiento, 1997) y El fin de semana perdido (DVD, 2009), y a ellos se sumaba la casi obra completa, Autopsia (DVD, 2004). Dado que estos libros son prácticamente inencontrables y teniendo en cuenta también la desaparición de DVD, se podía decir que se trataba de un poeta sin obra disponible en las librerías. Por eso, creo necesaria esta antología personal, Cincuenta poemas, en la que recoge, además de los poemas que ha considerado “una muestra realmente significativa de mi breve producción”, algunos poemas inéditos hasta la fecha. Creo, por estas razones, que el tópico de la “antología necesaria” deja aquí de serlo para convertirse en realidad incontestable.

Aun tratándose de una antología y reconociendo que hay ilustres precedentes, el título me parece un subtítulo subido de rango. Es cierto que es explícito, descriptivo y que se trata de eso, de cincuenta poemas, y que la intención del autor ha sido producir el efecto conseguido, ofrecer un libro en el que los lectores puedan disponer de una buena muestra, algo menos de la mitad, de su obra poética, pero creo que hubiera sido interesante aportar algo más que el recuento del número de poemas escogidos. Cincuenta es un número redondo, el siguiente número con tanta fuerza hubiese sido el cien y cien de ciento catorce poemas que José Luis Piquero dice haber escrito, y reconocer suyos, hubiera sido demasiado. Son veinticinco años y cincuenta poemas: dos por año, aunque, claro, no se corresponden. La muestra recoge más poemas de Monstruos perfectos, libro en el que “empiezo a atisbar una caligrafía propia” y El fin de semana perdido “en el que con mayor frecuencia, el tono realista se quiebra para indagar en las zonas más oscuras de la realidad y el lenguaje”, que de los libros anteriores. Estoy de acuerdo a grandes rasgos con esta valoración, ya que si valoro tanto esta antología es, especialmente, por los poemas de estos dos libros citados.

Las ruinas se editó en 1989, en la colección Versus, que dirigía un también jovencísimo José Manuel Cuesta Abad, y editaba el Ayuntamiento de Mieres. José Luis Piquero contaba entonces con veintidós años y era ya un asiduo de la tertulia Oliver, que dirigía y aún dirige, en Oviedo, José Luis García Martín. Este “ambiente poético” favorable ha sido decisivo en la formación de muchos poetas asturianos y de los alrededores, también en Piquero, que reconoce lo que le debe al grupo y especialmente a García Martín.  De hecho, la primera parte de Las ruinas se titula: “Charlas de café. (Introducción a una épica de la literatura)”. De este libro recoge seis poemas. Yo me quedo con los dos que inician la saga de la memoria personal reciente: “Días de 1985” y, muy especialmente, “Días de 1986 y 1987”, en los que ya destaca ese orgullo doloroso de sentirse al margen de “la acobardada mayoría” porque ya se sabe que el amor no es sino el deseo revestido de trueque entre amigos para tratar de burlar a la soledad. Lo cierto es que Las ruinas tuvo muy buenos y diversos lectores, que supieron ver en este joven asturiano una mirada diferente que no tardaría en proporcionar momentos más destacables.

Y así fue ya en El buen discípulo, que editó Deva, la colección del Ateneo Obrero de Gijón, en 1992. Este sí es un libro destacado con, al menos, tantos momentos importantes como poemas recoge en la antología, seis. El tono epistolar que se ve en “Carta para escribir o recibir cualquier día” y el estilo narrativo de “En la rotativa” se reconocen en los últimos y, a mi modo de ver, mejores poemas de todo el libro. Hay, también, una serie de poemas, relativamente cortos, que son redondos, perfectas obras de ingeniería, a lo largo de su obra. Yo diría que son los que tienen más éxito, quizás por el acabado y por la unión entre forma y fondo, también por su brevedad y porque tienen una anécdota que culmina prácticamente en los versos finales. Ofrecen una mirada sorprendente pero amable y no requieren más que un poco de atención y mentalidad abierta. Es el caso de “Romeo en el internado”, uno de sus poemas celebrados. En estos casos, Piquero es un maestro. Dirige todas las miradas sobre él, sobre su biografía, y mantiene con precisión alerta al lector, o al asistente a un recital, que comprende todo lo que el autor ha querido contar. Pero yo prefiero el tono que ya comienza a sentirse atormentado de “El buen discípulo”, que necesariamente enlaza con esa voz o “caligrafía propia” que el autor comienza a reconocer ya en su siguiente libro.

El tema de la poesía de Piquero es la complejidad de las relaciones humanas. Él ha comentado que apenas tiene poemas sobre la infancia o sobre su familia y sí tiene algunos sobre la adolescencia, como el ya citado “Romeo en el internado” o “Apunte biográfico”. Pero son poemas en los que ya se configura el joven que va a ser y el joven-adulto que es: con sus relaciones con amigos, con mujeres y hombres, con amantes o maestros, con el mundo en general. Este es el mundo del poeta. Siempre lo va a hacer, aunque más a partir de Monstruos perfectos, desde el papel reivindicado para sí mismo de malo de la historia. Como no siempre es posible o no siempre suena verosímil, asume las máscaras que le aporta la ficción o la historia de la literatura. Ya lo iremos viendo. A todos ellos hará referencia el título del nuevo libro, que publicaría en Renacimiento, tras la acogida favorable que tuvo el segundo libro entre otros en el propio Abelardo Linares. Monstruos perfectos se publicó en 1997, al fin en una editorial de repercusión nacional, y con el que fue finalista del Premio Nacional de la Crítica.

De él se recogen catorce poemas. A mí, personalmente el primer gran poema de este grupo me parece “Malo”, donde ya ofrece un dominio de lo coloquial engarzado en el verso y un alejamiento voluntario de la sintaxis que evoca al lenguaje oral: interrogaciones que no se cierran, paréntesis, digresiones… aparentes desviaciones que, sin embargo, forman un poema breve y redondo que no está entre los que he citado en el fragmento anterior por el tema: las distintas etapas y visiones de la maldad. Un monólogo con interrupciones del subconsciente del poeta: la prehistoria, casi la justificación del monstruo. Pero el tipo de poema que hace de Piquero el poeta que es, se encuentra en “Elogio del pez-luna”, un poema cargado de dolor que dedica a su gran amigo y poeta Pelayo Fueyo. Lo biográfico está siempre presente en sus poemas, pero en los tres primeros libros lo hace de una manera absoluta. En más de una ocasión ha dicho que en sus poemas todo es verdad, una verdad más o menos tratada. Pero estos tres primeros libros son una biografía fragmentada, donde se oculta poco. El poeta sabe que parte de su compromiso, con la poesía, con el lector, es exponerse a su mirada. Y aparecen las máscaras: Caín, Judas y Don Juan, que aparecen en los poemas seleccionados. Máscaras que el poeta usa para fingir que es cierto lo que realmente ha vivido. “Palabras de Caín adolescente”, “Lo que Judas dijo esa noche” y “Don Juan en el jardín” son poemas del mejor Piquero, del que se va a presentar con más armas y cargado de recursos y matices en el cuarto libro. Dos poemas también muy especiales son “Días de 1988 y 1989”, donde retoma el recuento de los años de formación y donde la figura de García Martín parece obvia, y el que durante años ha sido mi favorito: “Iván y Arancha en Praga”, un poema de esos redondos y acabados, que levanta al lector de su asiento. La figura del poeta como ese ser solitario que ve cómo los demás viven a su lado, y cómo se va llenando la vida artificial de instantes que uno no ha vivido pero ha visto. Un poema de amor a la ciudad que más ama y más echa de menos. Supongo que cada lector es en sí mismo una posible antología. En la que yo escogiera no faltarían poemas como “Retiro sentimental” o “Defensa de la familia”. Son también de sus más grandes poemas.

Fueron necesarios doce años para que publicara su cuarto libro, El fin de semana perdido, para muchos el mejor libro del poeta, y de los mejores libros del momento. Lo publicó DVD, en 2009. De él encontramos diecisiete poemas y el propio autor reconoce que es en él donde ya ha desarrollado plenamente la voz que él desea sentir como suya. Ya se ha confirmado la ruptura con el mundo, tal y como lo entendía anteriormente, no solo a nivel poético, también diría biográfico, pero es que, claro, en Piquero biografía y poesía van indisociablemente de la mano. El tono es desgarrado, los poemas dolorosos. De nuevo recurre a las máscaras conocidas: Judas o Caín; pero añade otras de igual o mayor intensidad. Jesús, Rimbaud, Lázaro, Wakefield, el golem… y otros que no se citan expresamente pero están ahí. Cuando cita sus influencias, nombra a Cernuda, Cavafis, Gil de Biedma o Eliot, pero yo añadiría a la estirpe gloriosa de poetas norteamericanas: Dickinson, Plath, Sexton, Olds… El lenguaje narrativo y coloquial, ahora está algo más elaborado, pero sin renunciar a la claridad. El verso, roto, suele adoptar la forma de versículo. Monólogos torrenciales. Soledad asumida; versos escritos con sangre, que dan vida a medida que te van acercando a la muerte. Pensamiento elaborado y alternativo que en nada recuerda a cuando expresa sus opiniones en los medios o en las redes sociales. La vida visitada desde fuera de ella, como hace Wakefield, el personaje de Hawthorne cuando visita su casa sin ser visto por los que ahora la habitan. Aquí cada poema es un mundo: “Mensaje a los adolescentes”, Oración de Caín”, “Rimbaud”, Entrevista con el golem”, Talidomida”, “Wakefield” o “Abrigo azul”, la versión habitada del magnífico tema de Leonard Cohen. O esa breve y perfecta maravilla que es “Cuatro”, cuya última estrofa llevan estudiantes de Secundaria en sus carpetas, sin tener demasiado claro qué es lo que realmente dicen.

Yo creo que El fin de semana perdido es su mejor libro hasta la fecha, el más radical, el más importante que he leído en los últimos años escrito por un autor español vivo, pero aun creo que será mejor el que está por venir. Los siete poemas inéditos que concluyen el libro así lo indican. Las influencias ahora están más consolidadas. El divorcio entre lo real y la realidad, entre el mundo exterior, que por otra parte adora, y su vida, está cada vez más presente. La “Carta del cíclope”, “Dummy” y el que está llamado a ser su gran poema: “Quemaduras”, tendrán continuidad en un próximo libro que ya estamos esperando. Mientras tanto, recomiendo encarecidamete la lectura de Cincuenta poemas. Creo que está claro.



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