Calibán y la bruja, de Silvia Federici

MUJERES Y CAPITALISMO

silvia-federicicaliban-y-la-bruja

Calibán y la bruja.
Mujeres, cuerpo y acumulación originaria.
Silvia Federici

Traducción de Verónica Hendel y Leopoldo Sebastián Touza
Traficantes de sueños
ISBN: 978-84-96453-51-7
4ª edición
Madrid, 2014
368 páginas
25 euros

Hay algunas preguntas que no he dejado de hacerme estos últimos años: ¿quién es el sujeto de la Filosofía? ¿Y el objeto? Se supone que cuando decimos que la Filosofía estudia al hombre, utilizamos este objeto en el sentido del ser humano, de los hombres y las mujeres. Pero ocurre que desde hace varios siglos, algunos de los más grandes y decisivos pensadores, Descartes, Hobbes, pero también Freud, Marx e incluso, de otra manera, Foucault, no parecen que tengan demasiado en cuenta que algo más de la mitad de la población humana sean mujeres. Desde luego, si lo hacen es pensando que estas mujeres no han aportado nada extraordinario al pensamiento. También ocurría algo así con la Historia y, prácticamente, todas las disciplinas humanísticas. Había –hay- un vacío extremo en todo aquello que se refiere a las circunstancias específicas que ha supuesto ser mujer a lo largo de la Historia. Y cuando no ha sido así, casi siempre lo ha sido desde una perspectiva que si no se puede calificar directamente de misógina, sí desde luego de abierta confrontación o de justificación frente a ellas. ¿Siempre ha sido así? Desde luego el idioma no ayuda. La característica del femenino como género marcado ha puesto difíciles las cosas a quienes han pretendido en algún momento ser algo más exhaustivos. Pero es sorprendente que en disciplinas como la Filosofía, que siempre han cuidado con tanto rigor sus términos y definiciones, esto suponga un problema. Siempre tuve la sensación de que se trataba, más bien, de ignorar al sexo femenino. En el caso de la Historia la cuestión es aun más grave, por lo que lleva en sí mismo de repaso del pasado y justificación del presente. La única Historia que conozco es la Historia de los hombres. Las mujeres solo han existido en casos muy concretos y aislados, y no siempre sacando a relucir las mejores realizaciones. ¿Hubo mujeres escritoras? En este tema el vacío, en cuanto al canon de prácticamente todas las Historias de la Literatura que conozco es desolador. ¿Responde esto a una realidad o a un ocultamiento? ¿De ser cierto este ocultamiento, es deliberado o fruto de la ignorancia? Hace un año apareció un libro de la poeta canadiense Anne Carson, Decreación, que pasó sin pena ni gloria en los medios, especializados o no, en el que, entre otros temas, se trataba del pensamiento de tres escritoras: Safo, Simone Weil y Marguerite Porete. No es que yo sea un gran experto en nada, pero era la primera vez que leía algo sobre esta última: murió en la hoguera en 1310, por no querer renunciar a sus opiniones sobre el amos, que expresa en su libro, El espejo de las almas simples, que, por cierto, fue publicado entonces con el nombre de un autor varón.

Otro aspecto de este mundo que siempre me ha parecido, cuanto menos, inquietante, es que casi todos los tabúes de nuestro tiempo estén relacionados con un tema: el sexo. Alguien pensará que no es así, que el mundo está inundado de sexo. Pero no es cierto, lo que hay en todas partes es el sexo normalizado. La gran mayoría de las personas que hemos habitado este planeta sabemos lo que tenemos que desear en el sexo, cómo tenemos que desearlo y hacerlo, e incluso con quién. En La voluntad del saber, el primer volumen de la Historia de la Sexualidad, de Michel Foucault, este se pregunta por qué el sexo no es más que una actividad que hagamos con nuestros cuerpos y pasa a ser algo que nos define, quizás lo primero y más importante que nos define. Y lo hace en los términos con los que comienza este libro:

“Durante mucho tiempo habríamos soportado, y padeceríamos aún hoy, un régimen victoriano. Una inmensa gazmoñería figura en el blasón de nuestra sexualidad contenida, muda, hipócrita.”

¿Cómo se ha llegado a ese régimen victoriano? ¿Se puede insinuar siquiera que es algo natural o, más bien, que ha sido un conjunto de estrategias las que nos han llevado a este punto?

Y, finalmente, me preguntaba por algunas de las características de este régimen victoriano que apunta Foucault. ¿Cómo se ha llegado a asumir como si fuera algo natural que la mujer tiene que cumplir una serie de requisitos para ser bien considerada en la vida: callada, cuidando de la familia desde su trabajo abnegado en la casa, sin expresar ideas ni opiniones y, en todo caso, que estas no sean diferentes de las del marido, buena madre, siempre dispuesta a tener más hijos y a satisfacer en todo momento los deseos del hombre de la casa, sea este el padre, el marido o los hijos cuando crezcan? ¿Cómo han llegado las mujeres a conformarse con este papel en sus vidas que, efectivamente, las deja en los márgenes de la Historia? ¿Cómo han llegado, incluso, los hombres a asumirlo y a valorar esos valores citados por encima de los que valoran en otros hombres? Son muchas preguntas sin respuesta a lo largo de los años, y la cuestión es que uno comienza a sentirse raro, al margen, anormal. Si un hombre no se casa con una mujer y no tiene hijos, es menos persona; si una mujer no se casa con un hombre y tiene hijos, no es nada. Uno siempre terminaba escuchando o leyendo que es así porque es lo natural, pero siempre he sabido que eso no es posible. Sí es cierto que siempre ha habido enormes aparatos ideológicos que han apoyado esas ideas: la religión, la cultura, las leyes… Todavía es así o, mejor dicho: ahora es mucho más así de lo que ha sido siempre. ¿Pero por qué?

Comprenderán ustedes que cuando cayó en mis manos este libro, Calibán y la bruja, de la italiana Silvia Federici (Traficantes de sueños, 2010) y fui desentrañando todas sus propuestas fue como si se encendiera una luz. Para que me entiendan diré que la tesis principal de este brillante ensayo histórico es que entre los siglos XVI y XVIII se llevó a cabo una reestructuración de todo el orden social sin precedentes en la Historia de la humanidad. El paso del sistema feudal al capitalista no podía llevarse a cabo con las reglas de juego que se aplicaban entonces. Aquí no hay demasiadas novedades: muchos historiadores, economistas y filósofos, también sociólogos habían investigado estos aspectos. Hay dos ejemplos que son básicos en esto: Marx y, más recientemente, Wallerstein, en su monumental El moderno sistema mundial. Marx ya escribió que el papel de la mujer en el capitalismo era el de encargarse de la reproducción de la mano de obra. Silvia Federici está de acuerdo en esto, lo que le parece falso es que esta sea su aportación natural, como parece dar por sentado Marx. ¿Cuál es, pues, la aportación de Federici al estado de esta cuestión? Básicamente que se llegó a la situación actual, a ese régimen victoriano citado por Foucault, por medio de una carga sin precedentes de violencia sobre la población, en Europa y en las colonias, y, dentro de la población, esta violencia fue especialmente ejercida contra las mujeres de muy diversas formas: la negación del salario y, para eliminar cualquier resto de poder en las mujeres, la caza de brujas. Pero veamos por partes:

En el primer capítulo, “El mundo entero necesita una sacudida” se analiza la situación social y económica en la Baja Edad Media y la crisis del sistema feudal. Lejos de lo que se piensa, en el final de la Edad Media se alcanzó un nivel de vida discreto por parte de los siervos o antiguos siervos. Los movimientos sociales, algunos considerados como herejías, abundaban, los gremios de trabajadores se organizaban e iban alcanzando mejoras que les permitían vivir con cierta dignidad. Eran propietarios o copropietarios de una importante porción de las tierras que trabajaban. Las continuas rebeliones se sucedían, aunque eran reprimidas con dureza. Y las mujeres tenían un importante papel en sus vidas, casadas o no. Todo esto empezó a desmoronarse con la introducción del sistema monetario y la llegada de barcos cargados de oro y plata de las colonias, que provocó la acumulación de tierras y medios en unas pocas manos. Es curioso, porque esto puede resultarnos muy familiar. Actualmente asistimos a un proceso parecido: la globalización. En la introducción, Silvia Federici cuenta que fue la observación de la introducción de medidas del FMI y la ONU en Nigeria, donde residió varios años en los ochenta, lo que le llevó a comprender que algo parecido tendría que haber pasado cuando los antiguos siervos perdían sus tierras a manos de los antiguos señores y los burgueses, con la bendición de la Iglesia.

Sobre cómo se llevó a cabo este proceso de acumulación de tierras trata el segundo capítulo del libro. Cómo el trabajador pasa a depender exclusivamente de su salario y la mujer es apartada de ese salario y conminada a permanecer en casa como una máquina de reproducción. Uno de los principales hallazgos de esta clase de ricos es que la riqueza de un país se mide por el número de trabajadores de los que dispone. Trabajadores y consumidores, claro. Esto es algo de lo que se podrían citar múltiples ejemplos hoy día. Se deja de contratar a mujeres, que pasan a depender del salario de los hombres de la casa. Este proceso no es tan fácil, claro. Para llevarlo a cabo hay que hacer una enorme campaña de desprestigio de la mujer, a la que ya solo le quedan los trabajos de sirvienta, de parteras, el trabajo sin salario de cuidar de su propia casa y familia y el estigma de la prostitución. Mención aparte merecen las dos fases de la colonización del llamado Nuevo Mundo, América: el exterminio del 95% de la población indígena y la repoblación con esclavos, convictos y soldados. Todo esto, como todo el libro, está muy bien documentado.

El tercer capítulo: “El gran Calibán. La lucha contra el cuerpo robado.” es el más breve pero muy intenso. Un estudio de la construcción de la carga ideológica que derrumbaría la imagen del cuerpo que había en épocas anteriores. Las aportaciones de Descartes, Hobbes y Bacon apuntan todas en la misma dirección. El cuerpo es la parte animal del hombre, que solo es hombre por la influencia de la razón. Rebeldía ante la razón es dominio del cuerpo y eso hay que evitarlo. Detrás de todas las leyes que impedirán todo lo que en adelante se va a considerar anormal, fuera de la norma, está la obra de estos y otros pensadores de la época. ¿Y quién es la portadora de todos los males del cuerpo? La mujer. Por eso hay que apartarla en todo lo posible de la vida social, cultural y política. Hay que derrumbar sus pequeñas parcelas de poder, que ya están seriamente dañadas con la exclusión de estas del salario monetario. ¿Cuáles son estas parcelas? Pues las obvias: un cierto poder de decisión sobre su cuerpo, tanto en el sexo como a la hora de decidir si quieren o no tener hijos, y algunas actividades, como ser curanderas y tener un pequeño huerto con plantas medicinales que se van transmitiendo de madres a hijas. Hay que acabar con todo esto.

El cuarto capítulo: “La gran caza de brujas en Europa” es el argumento más fuerte que el capitalismo y sus secuaces urden para acabar con estas parcelas de poder e incluso dignidad de las mujeres. La bruja se supone que es una especie de esclava de Satán, que participa en aquelarres, orgías, comidas excesivas, que tenían poder de magia, que mataban niños y acababan con la virilidad del marido, que manifestaban sus opiniones y que tenían eso, opinión propia. Es cierto, la mayoría de estas opiniones son infantiles y estúpidas y nos dejan estupefactos, pero en otro contexto tenemos que pensar que durante tres siglos se torturó, violó, desgarró y quemó a cientos de miles de mujeres en Europa y que a esto asistían obligatoriamente las mujeres que no fueron acusadas. Supongo que esto persuade a cualquiera de qué es lo que más les conviene: quedarse en casa y no molestar a los hombres, tener hijos, no tener opiniones, no tener relaciones con otras personas más que las permitidas y, sin casi, obligatorias. Desde el siglo XVI al siglo XVIII, durante tres siglos, todas las mujeres asistían a estos crímenes con la aquiescencia de sus maridos y padres. Habría que saber si por convencimiento o conveniencia. Y todo esto fue moldeando la forma de comportarse de la sociedad, especialmente de su lado que había quedado más débil, las mujeres.

Silvia Federici abre puertas a nuevas hipótesis o las investiga y demuestra. Es sorprendente que el papel de las cazas de brujas en la formación del imaginario colectivo no haya sido suficientemente estudiado hasta ella. Es más que sorprendente que un filósofo esencial y que abre puertas en este campo, también lo es Marx, claro, también Freud, como es Michel Foucault no haga referencia a estos crímenes sistemáticos. Él habla de la pastoral teológica y de la confesión como causas de este cambio paulatino en la forma de usar el cuerpo, nuestros cuerpos. Probablemente tenga razón, la tiene, pero no es solo eso, ni mucho menos. Silvia Federici nos abre puertas y añade luz donde antes no había sino oscuridad e interrogantes sin respuesta.

La edición de Calibán y la bruja, del colectivo editorial Traficantes de sueños es magnífica, con un aparato crítico a cargo de la misma autora que, en ocasiones, es tan exhaustivo como el texto y un índice bibliográfico con ediciones en castellano cuando las hay también muy completo. Algo más: la aportación iconográfica con reproducciones de grabados de la época que, siempre, son cuanto menos interesantes de conocer. No es así tan sorprendente que este libro sea un éxito tanto en ventas como en descargas, de la propia editorial. No sé si decir que ¡enhorabuena! o simplemente: ¡gracias! Quizás valgan las dos opciones. Calibán y la bruja, un libro importante para conocer por qué somos como somos.



contratación de publicidad on line

Deja una respuesta

 

 

 

Puedes usar estas etiquetas HTML

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong> <span class=""> <p> <br>