Decreación, de Anne Carson

DESAPARECER EN LA ESCRITURA

decreacion

Decreación. Poesía, ensayos, ópera.
Anne Carson
Edición bilingüe
Traducción de Jeannette L. Clariond
Vaso Roto
ISBN: 978-84-15168-43-0
359 páginas
Madrid, 2014

En La escuela de Wallace Stevens, Harold Bloom repasa la poesía norteamericana contemporánea. Incluye poemas de los autores representados y un breve ensayo sobre estos. El tono es todo lo objetivo y científico que permite el análisis de un objeto aún vivo o reciente, por eso me sorprendió encontrar al crítico rendido con Anne Carson:

“como soy veinte años mayor que ella, me entristece pensar que me iré de este mundo sin llevarme conmigo la obra de toda una vida de esta singular poeta.”

En España ya se habían publicado dos libros suyos, que tendrían que bastar para centrar las miradas de los conocedores de la poesía y del pensamiento. La belleza del marido (Lumen, 2003), traducido por Ana Becciu, es un tratado de las emociones y las relaciones humanas en la segunda mitad del siglo XX, que va de lo particular a lo universal, contando la ruptura de un matrimonio que nació roto. En Decreación hay un poema que trata de esto:

“Así
que
empezamos.
Yo no la conocía ella
no me conocía.
¿No se supone que es eso el matrimonio?
Recuerdo las rosas y los cisnes
y cómo nosotros
más bien con torpeza
nos unimos
y luego nos separamos.
Yo le daría a eso un 6 sobre 10 dijo
mi
esposa
Afrodita
la
de corazón tierno.
Supongo que exagero
cuando digo
“empezamos”.”

Hombres en sus horas libres (Pre-textos, 2007), traducido por Jordi Doce, es uno de esos libros que no he podido soltar desde que cayó en mis manos. Una ventana viva abierta a la historia, no solo de la literatura: una mirada al tiempo, al pasado, presente y futuro de nuestra civilización a través de hechos que han marcado a la autora y sus relaciones con sus seres más cercanos. Aquí es ya difícil determinar el género de los textos. Ensayos y narraciones, versos o prosas: poesía. Habría que reconsiderar los géneros tradicionales.

Siete años después, un nuevo libro de Anne Carson. Se trata de este Decreación. Poesía, ensayos, ópera. Hay poesía, ensayos y un libreto de ópera con algunos de los mejores poemas del libro, Está editado por Vaso Roto y traducido por Jeannette L. Clariond. Los textos en verso están también en inglés. Todo está relacionado, claro. La traductora es también la responsable de la existencia del libro de Bloom, La escuela de Wallace Stevens, además de su traductora. Clariond escribe:

“Traducir a Anne Carson es siempre una delicia, un goce cuyo punto final se desconoce.”

Diría más: no hay punto final, no al menos en la traducción, sino en cada una de las lecturas de las que se desprende ese goce compartido, que hace que el lector se sienta algo más que espectador de lo que le sucede al sujeto, convirtiéndose en sujeto mismo del texto. Cada traducción es reflejo del original y obra nueva. En poesía, este axioma se multiplica. No es fácil traducir a Carson, poeta y filóloga. Mantener el carácter polisémico y evocador de cada texto y buscar el sentido preciso de cada reflexión es un esfuerzo reseñable de la traductora que en contadas ocasiones ha recurrido a la nota al pie de página. La intertextualidad omnipresente en toda la obra de Carson se multiplica aquí. Desde fragmentos de Safo, hasta referencias del siglo XX, están dispersas por el libro. En la nota biográfica leemos:

“Anne Carson / Nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo.”

Una nota escueta pero significativa. Sorprende su interés por quedarse al margen. No hay pistas para entregarnos a la lectura de los textos que, en su mayor parte, se refieren a sujetos diferentes de ella misma. Bloom citaba estas palabras de la autora:

“Hay demasiado de mí en mi escritura.”

Para preguntarse a continuación:

“No sé qué hacer con esto. ¿Es posible imaginar a Emily Brontë, Emily Dickinson y a Gertrude Stein diciendo: “Hay demasiado de mí en mi escritura”?”

Las referencias no son gratuitas. Bloom la sitúa a la altura de ellas. Carson quiere mantenerse al margen de sus libros que, sin embargo, no son sino fragmentos de ella misma. Pero ese deseo es imposible y contradictorio. La belleza del marido es el ejemplo más claro. Cuenta su vida –sus razones- y lo cuenta todo. Hombres en sus horas libres es semejante. Cada uno de estos libros es ella misma. Decreación da respuesta a estas dudas citando a Simone Weil:

“En la operación de escribir, la mano que sostiene la pluma y el cuerpo y el alma unidos a ella son cosas infinitamente pequeñas en el orden de la nada.”

¿Qué es la decreación? El concepto es acuñado por Simone Weil en su última etapa.

“Participamos en la creación del mundo decreándonos a nosotros mismos.”

La aparente paradoja es coherente con lo que sabemos de ella. Al final de su vida decide desaparecer. Y lo hace como mejor sabe: escribiendo. Una parte de su obra es póstuma. Pretendía incluso que pasara a ser publicada como obra de otro. Eligió el destino que durante siglos tuvo la obra de muchas mujeres: ser publicada bajo un nombre masculino. En algunos poemas de La belleza del marido, leemos que era habitual que Carson encontrara textos suyos como si fueran de su marido. En su intento de desaparecer, Weil fue más allá. Eludió la vida permaneciendo en Estados Unidos o Inglaterra durante la guerra y fue a Francia en condiciones paupérrimas. De hecho, decidió dejar de amar y de comer, las dos actividades que consideraba opuestas a su decisión de no ser. ¿Por qué seguir escribiendo entonces? Para ir sacando fuera de sí lo que permanecía en su alma.

En el ensayo que da título al libro aparecen otras dos mujeres: Safo y Marguerite Porete, que hicieron acciones semejantes, con el mismo fin: desaparecer. Safo es, en lo posible, conocida. Carson la conoce bien, ha traducido sus poemas al inglés. Porete es francesa y murió en la hoguera, en 1310, tras un proceso inquisitorial por haber escrito El espejo de las almas simples. Es un libro en el que también aboga por renunciar a todo lo real para dejar su sitio a Dios. Todo lo que nos cuenta Carson de ellas es apasionante. ¿Pero por qué escoge a estas mujeres y no a otras? ¿Por qué no las ya citadas, Emily Brontë y Emily Dickinson, que también eligieron desaparecer? De ellas ya escribió en otros libros, pero también lo había hecho sobre Safo, a la que incluye. La clave que encuentro, la reivindicación del sexo, está en estos versos de La belleza del marido:

“Leal a nada
mi marido. Entonces, ¿por qué lo amé desde mi juventud hasta la madurez
y la sentencia de divorcio llegó por correo?
La belleza. No es ningún secreto. No me avergüenza decir que lo amé por su belleza.
Como volvería a amarlo
si lo tuviera cerca. La belleza convence. Sabes que la belleza hace posible el sexo.
La belleza hace el sexo sexo.
Tú mejor que nadie entiendes esto… calla, pasemos
al orden natural.”

La cita que inicia el libro es reveladora sobre la estructura de este:

“Amo esa suerte de andar poético, a saltos y a brincos.”

A saltos y a brincos, pero manteniendo la unidad. Navegando entre sueños. El primer poema se titula “Cadena de sueños”. La primera parte del libro, “Paradas”, es una serie de poemas en los que aparece su madre, mayor y enferma. A veces, regresiones al pasado que evocan momentos de la infancia; a veces, se vislumbra el futuro y la muerte. Siempre momentos concretos que evocan una comunicación difícil. El enigma de los sueños es si forman parte del sujeto o si son ajenos a él. Pero hay algo más: lo que queda del sueño.no es lo que realmente soñamos, es el error. Recuerdo cuando Ada Salas escribe sobre un poema de Hombres en sus horas libres. La idea de Salas, y de Carson, es que el error es el origen de la metáfora, del extrañamiento. En el poema “Oda al sueño”, de Decreación, Carson evoca el poema de Elizabeth Bishop “El hombre polilla” (The Man-Moth):

“De hecho”, confiesa en una nota al pie de página, “fue
un error de impresión por mamut.”
Me duele saberlo.
Orificio de salida, dicen.

“Mammoth” por “Man-Moth”. No siempre el error es involuntario; sino inducido, conduce al lector a ese suelo que nunca había pisado o que le resultó inquietante, porque lo percibe como diferente en un universo plano. Esto es lo Sublime, de, lo que trata la segunda parte del libro: “Espuma.” Textos sobre cómo conciben lo Sublime varios autores, que se reflejan en la tercera parte: “Sublimes”, una serie de poemas que alcanzan un primer clímax del libro y recuerdan a los de Hombres en sus horas libres. Aquí el error se produce con el anacronismo. “Pregunta de Kant sobre Monica Vitti” es un ejemplo. Si pensamos en lo Sublime, se nos viene a la cabeza Kant. Ya encontramos ráfagas de decreación y de la importancia del sexo:

“Mi poesía personal es un fracaso.
No quiero ser una persona.
Quiero ser insoportable.
De amante en amante, el verdor del amor.
Fresco, refrescante.

La tierra no engendra una planta semejante.
¿Quién no termina siendo
una impostora?
Bebe todo el sexo que hay.
Aun así, muere.”

Tras estos versos hay una persona y una referencia. La persona: Anne Carson; la referencia: Safo. El libro avanza a saltos y a brincos. Cada poema es una ola que avanza y retrocede, pero no se pierde. Todo converge en un punto: la decreación. El siguiente paso es el conocimiento, los seis poemas de “Gnosticismos” son momentos clave de su vida, sueños, fracasos y encuentros. El sueño es el impulso que despierta la mente que crea no sólo poesía, sino vida:

“…Soñé
con una página de un libro que contenía la palabra pájaro y
anoté pájaro.
El pájaro brega,”

Algunos de los mejores poemas están incluidos en obras amplias, poco habituales en nuestra poesía actual. “Muchas armas. (Un oratorio para cinco voces)” es un ejemplo. Prosa poética, fragmentos arrojadizos, armas contra las armas. El arma más destructiva de la Historia ha sido la palabra. Quien tiene la palabra, tiene el poder. Otro de esos textos es “El guión de E y A”, un diálogo entre Eloísa y Abelardo. Para Eloísa, Abelardo es Dios y le lleva a romper todas las normas de su tiempo: las humanas y las divinas. Hay algo de La belleza del marido en este texto. También ese concepto, la decreación. Eloísa sabe que se autoaniquila con cada paso que da. Abelardo es la palabra, es el poder. ¿Es consciente Eloísa de ello? No lo termina de entender ni confía en él, pero se entrega plenamente. Él le pide: “Quiero que seas nada.” Hay un momento en que ella le dice: “Siempre ganas, Abelardo; no es Dios quien gana, sino tú.”

En la escena 10 (de 11) llega el diálogo final, hay un momento en que él le dice:

“Una persona tiene que aprender a caminar hacia atrás todo el tiempo.”

Caminar hacia atrás es ir hacia la muerte como si uno no hubiera existido y así, llegamos al clímax del libro: “Decreación: De cómo dicen Dios mujeres como Safo, Marguerite Porete y Simone Weil.” Ya he escrito sobre esto. Pero hay algunas trampas. No es un subtítulo correcto. No es el modo de decir Dios, sino de alcanzar la plenitud. Sí, en algún caso Dios da esa plenitud, pero está el contrapeso de Eloísa o Safo o Carson. Más trampas: leemos que el texto tiene tres partes, una para cada una de las mujeres, pero hay una cuarta, una reflexión sobre la plenitud y la escritura. Las tres historias son parte de la misma autora que es la protagonista real del libro. Diría que este libro es la decreación según Anne Carson. “Hay demasiado de mí en mi escritura.” No es falsa modestia. Tras los ensayos, está el libreto de una ópera, con textos, poemas brillantes, que están en boca de las tres mujeres citadas, pero todo lo que dicen es parte del pensamiento y de la experiencia de la autora. Otra cosa es impensable. Anne Carson no puede quedar al margen de sus poemas. Y sí, hay demasiado de ella misma en sus poemas, por eso nos interesa tanto.

(Publicado en el número 61 de El Cuaderno)



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