El coraje de la verdad. El gobierno de sí mismo y de los otros, II. De Michel Foucault

EL LEGADO DE FOUCAULT

foucault

El coraje de la verdad. El gobierno de sí y de los otros, II
Michel Foucault
Edición establecida por Frédéric Gros.
Traducción de Horacio Pons.
Akal
ISBN: 978-84-460-3087-4
349 págs.
Madrid, 2014
26 euros

Para todos los que estamos interesados en el pensamiento de Michel Foucault, o en una filosofía que se ocupa de explicar los fundamentos del momento presente, la edición que está llevando a cabo Akal de los trece cursos que impartió el filósofo en el Collège de France, entre 1970 y 1984, es una oportunidad ineludible de entender más y mejor su pensamiento, tanto de un modo global, como siguiendo atentamente los últimos años de la vida del filósofo y sus intereses en cada momento particular. Es cierto que esta interpretación es, a simple vista, contraria a lo que tendría que ser la materia de la que se ocupa la filosofía, pero es inevitable asistir a estos volúmenes atendiendo al momento concreto en que se realizaron, tanto a nivel histórico como fijándose, más particularmente, en la biografía y la bibliografía del autor. Y es que uno de los motivos que hizo tan reconocida la obra de Foucault, y aun la de otros de sus compatriotas coetáneos, pienso en Gilles Deleuze especialmente, fue que atendió sin restar un ápice de rigor y riesgo, a los problemas de su tiempo, lo que le supuso las críticas de buena parte del academicismo de su momento, tanto desde la izquierda, como, obviamente, desde posiciones más conservadoras.

Con este son ya ocho los volúmenes editados de los cursos citados, los que dio Foucault en la cátedra de “Historia de los sistemas de pensamiento”, del Collège de France, los últimos de ellos, a los que se les presupone una continuidad: El gobierno de sí y de los otros, I y II, editados por el también filósofo francés Frédéric Gros. En este caso, todo el párrafo anterior referente a la asociación existente entre biografía y obra en Foucault es especialmente relevante, ya que se trata del último de sus cursos, impartido, por un Foucault ya muy enfermo, entre febrero y marzo de 1984. No olvidemos que falleció en junio de ese mismo año, y que el inicio del curso, previsto para enero, hubo de postergarse hasta el mes siguiente, precisamente por estar atravesando un momento de crisis en su enfermedad. Así pues, y considerando que es difícil que Foucault no fuera consciente de la proximidad de su muerte, tendríamos que decir que este curso: “El coraje de la verdad”,  supuso una suerte de testamento, yo diría que vital y filosófico, de Michel Foucault.

Varias son las razones que explican que Foucault siga siendo hoy, treinta años después de su muerte, uno de los autores más leídos y estudiados tanto por los académicos como por los interesados en cualquier disciplina humanística, pero hay una razón que destaca sobremanera y es, precisamente, la que da título de este libro, ese “coraje de la verdad” que para Foucault es esencial no solo en un filósofo, sino en prácticamente cualquier hombre que realice cualquier oficio, y muy especialmente si este va asociado a las Humanidades o al ejercicio del Poder. Es cierto que para situarse debidamente en este volumen, habría que haber leído antes el anterior, El gobierno de sí y de los otros, I, y todo el estudio introductorio que hace de la parrhesía, la palabra veraz, en el que se embarcó particularmente en los últimos años de su vida, pero también lo es que el Foucault profesor solía introducir cada sesión y cada tema nuevo con un amplio resumen de lo dicho anteriormente sobre ello. El formato curso tenía sus ventajas e inconvenientes. Las ventajas que destacaría son la mayor claridad a la hora de exponer y argumentar sus estudios; la posibilidad de ser interpelado por los asistentes con alguna nota que le llegaba al autor entre una sesión y otra; y, muy especialmente, la posibilidad de que cualquier persona pudiera asistir a sus cursos. Los cursos del Collège de France eran abiertos para cualquier persona, fuera ciudadano francés o no. Era también la época del auge de los magnetófonos que abarrotaban la mesa desde la que impartía Foucault sus lecciones y que han permitido las transcripciones que son el origen de estos textos. Las desventajas que se me ocurren son las propias de la contingencia universitaria diaria. Por ejemplo, alguna vez, aunque ahora no recuerdo si en este curso o en el anterior, tuvo que cambiar el orden de las sesiones porque no podía disponer de una fotocopiadora para imprimir copias que pudieran seguir los alumnos. De todas formas, entre sesiones, Foucault comentaba lo que pensaba exponer con compañeros y leía textos nuevos que le iban llegando y que, en ocasiones, le hacían dar un giro considerable en lo que iba a exponer al día siguiente. La dinámica de trabajo era eso precisamente, un trabajo que partía de unas premisas iniciales y que cobraba vida propia en cada sesión a lo largo del tiempo.

No es difícil pensar, pues, en la oralidad de estos textos escritos, lo que nos lleva a rememorar los primeros tiempos de la filosofía, en los que esta se transmitía oralmente. Es muy pertinente, además, porque en este, su último curso, su legado, como ya hemos aventurado siguiendo al propio Gros, en su breve y muy interesante “Situación del curso”, Foucault nos propone volver a la figura fundacional de Sócrates. Recuerdo, que en una de las entrevistas que se recogen en Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones (Alianza Editorial), alguien le cita a Foucault una frase suya y cómo él le niega haber escrito eso, distinguiendo el valor de un texto recogido en libro o artículo y algo que ha dicho en una conversación. Pero entendemos que el curso está si no a la altura del texto escrito, sí en un punto más cercano a este que una mera conversación, por muy enriquecedora que esta nos pueda resultar.

Tres son los rasgos estructurales de la parrhesía, que ya quedaron fijados en el curso anterior: la verdad, el compromiso y el riesgo. No es difícil imaginar que Foucault quiso que en torno a esos tres elementos, que él había buscado con mucho interés toda su vida, girasen las lecciones de este curso, al que ya hemos calificado de legado. Y lo ejemplifica con dos autores muy relevantes: Heráclito y Sócrates. Ambos permanecieron en el terreno de ese saber veraz con todo el compromiso del que fueron capaces y asumiendo los riesgos que, ya lo sabemos, les llevarían a la muerte. El caso es que Sócrates es el mayor referente posible para todo filósofo y, aunque es cierto que negó haberse implicado nunca en asuntos de política “porque de haberlo hecho, estaría muerto”, esto no deja de ser un recurso que no hay que seguir al pie de la letra, pues aunque no ostentó cargos en Atenas, siempre estuvo implicado en mejorar la vida de sus ciudadanos. No olvidemos, de hecho, que precisamente es condenado a muerte y esto no le hace en ningún momento, pese a la súplica de sus amigos, replantearse su forma de vida. Una vida guiada por el ethos, por el deseo de mejorar y tratar de hacerlo cada día. De alguna manera, Foucault dice en este curso que eso es lo que le ha guiado permanentemente. Hoy día sería imposible una figura como la de Foucault, y mucho menos como la del ya citado en este texto, y amigo suyo personal, Deleuze. No me cabe duda de que ambos estarían en la cárcel, pese al prestigio que atesoran. Lo cierto es que, por otra parte, no podrían haber llegado a acumular ese prestigio, al menos en España, donde algunos de sus mejores pensadores fueron denostados durante la transición por plantear cuestiones incómodas al Poder y donde todavía siguen siendo ninguneados los pensadores o artistas que se sitúan al margen de los mandamientos de la norma. Y si algo define al filósofo, o debería definirlo, es esa dificultad de connivencia con el aparato que marca la norma que hay que seguir, lo que Foucault, y Deleuze y Lacan, definían como el que inventa lo Real. Ya en este curso hay unas sesiones dedicadas a la especial dificultad de encontrar ese “decir veraz” en un sistema democrático, siempre basados en textos clásicos, algunos cuyos autores se desconocen, y otros de los dos grandes, Platón y Aristóteles. Es muy interesante ver cómo este introduce, a partir de los textos de Platón, conceptos relacionados con el materialismo y la dialéctica de la lucha de clases. ¿Es realmente más difícil luchar contra la norma en una democracia y tratar de aconsejar a muchos, que luchar contra las leyes y aconsejar a unos pocos en un régimen totalitario?

En este contexto, en el que estamos, del legado de un pensador que sabe que está próximo a morir, tiene especial relevancia la frase que cita Foucault, del Fedón de Platón, la última que pronunció Sócrates en vida: “Critón, debemos un gallo a Asclepio; ocúpate de ello.” Tradicionalmente se había interpretado que Sócrates, en el último momento, abandona la lucha y se siente feliz ante la presencia cercana de la muerte. No tiene demasiado sentido que un hombre con un pensamiento tan vitalista actúe de una forma tan contradictoria, ni aun ante la muerte. Foucault recoge entonces un texto de Georges Dumézil, publicado en el mismo 1984, en el que contradice la interpretación tradicional y opina que lo que hace que Platón abandone este mundo con cierto agradecimiento es no haber caído en la tentación de mentir o contradecirse para ponerse a salvo huyendo. Pienso que Foucault debió sentir algo así también en los últimos momentos de su vida, por eso este texto le fue tan grato y lo introdujo en este curso, que a la postre iba a resultar tan relevante para él y para sus lectores.

El análisis de otra corriente filosófica de la Antigüedad ocupan casi en exclusiva el resto de las sesiones: los filósofos cínicos. Hoy disponemos de mucha más bibliografía sobre ellos, pero a inicios de 1984 esta era, frente a otros autores o movimientos, mucho más escasa, casi inexistente. Es curioso que cita como novedad muy reciente y que aún no ha leído, aunque tiene referencias positivas y negativas de ella, la Crítica de la razón cínica, de Peter Sloterdijk. Es una más de las consecuencias del curso como algo que se va haciendo sesión a sesión. ¿Por qué escoge a los filósofos cínicos para su último curso? También parece una pregunta que se responde sola: en parte, son un referente de la vida que hay que llevar, por su negativa a asociarse con ningún Poder –el Poder- y a buscar su propio éxito y beneficio en la vida tal y como se veía entonces. Aunque no hay mayor ambición que desear vivir al margen, que desear ser consecuente con su pensamiento hasta el extremo de negarse todo lo material. Tratar de no ceder a las presiones del Poder. Es cierto que Foucault coqueteó con ese Poder, especialmente el político, en algunos momentos de su vida, pero siempre lo hizo suponiendo que podría ser escuchado y decir la verdad. No olvidemos que la Francia de los años cincuenta y sesenta, y aún los setenta y casi ochenta, no se parece en nada al país que hoy se debate entre acercarse a Alemania y a los Estados Unidos, y preservar una tradición cultural que hoy día ya no es más que un producto convenientemente tasado en el mercado. Pero entonces todavía se oían voces que discutían de manera veraz frente al trato, por ejemplo, que se le dio a Andreas Baader y, especialmente, a Ulrike Meinhof en 1972, en Alemania; o que vinieron a protestar a España por las últimas penas capitales de la dictadura de Franco. En todos esos momentos, y en muchos más, se hizo sentir la voz de Michel Foucault, el mismo que había escrito que el hombre estaba muerto, y su manera de entender estos problemas que, ya digo, no fue entendida ni por muchos de sus compañeros de izquierdas ni por sus rivales de la derecha. Ni siquiera Sócrates vivió como un cínico, ni mucho menos,  tampoco lo iba a hacer Foucault, pero ambos eligieron la vida verdadera, la que va a buscar siempre ser consecuente con sus ideas. No es fácil, y menos para los que saben qué es lo que tienen que hacer y nunca lo hacen. El mundo de la cultura, los “intelectuales”, son los que más se alejan habitualmente de todo esto. El filósofo es el que tiene la misión de mostrar al mundo la otra vida, de separar el mundo de las opiniones del de la verdad. Pierre Bourdieu ofrecía su ayuda, como sociólogo, para desenmascarar la mentira instaurada en lo Real. Varias veces trabajaron juntos Foucault y Bourdieu. Los últimos años se separaron Foucault y Deleuze, aunque este nunca perdió su admiración incondicional por Foucault. Este libro, El coraje de la verdad, puede ayudar a comprender por qué algunas de las mentes más valiosas de la segunda mitad del siglo pasado compartieron tanto y trabajaron juntos en un legado conjunto que nunca va a dejar de sorprendernos.



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