Sobre el amor. “Her”, de Spike Jonze

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No es poco decir que Her es la película que más me ha gustado de las que he visto últimamente. El tema podría ser el amor o la soledad. No creo que nadie que la vaya a ver o que piense leer este texto, desconozca la anécdota que da pie al argumento: en un futuro próximo, un hombre se enamora de un programa de ordenador, para ser más exactos, de un sistema operativo. Dicho así suena a tontería, a ilusiones huecas y virtuales, a sexo o amor virtual. Pero, obviamente, si fuera así, no estaría escribiendo sobre ella, Her es mucho más que eso. Es un hermoso producto audiovisual, una historia conmovedora, a la vez que una profunda reflexión sobre el hombre contemporáneo, sus emociones y sus capacidades para expresarlas y para comprenderse. ¿Es posible el amor en nuestros días?

Hasta el momento, Spike Jonze era el autor de una joyita, Conociendo a John Malkovich, en la que destacaban tanto su guión, como la adaptación de un nuevo lenguaje visual basado en la estética de los videoclips y en los ritmos imposibles. No conozco aún sus otras dos películas, Adaptación y Donde crecen los monstruos,  posteriores a aquella, pero siempre he sabido que Jonze era un personaje versátil, actor, guionista, productor y director, en el cine más independiente y que seguía manteniendo sus contactos en el mundo de la música. Lo primero que supe de Her era que la banda sonora está firmada por la banda canadiense Arcade Fire, uno de los proyectos en marcha más atractivos del actual momento musical norteamericano. Los sigo desde que escuché “Rebellion (Lies)” y saber que participaban en una película, a priori, prometedora, me atrajo más a esta. Pero la canción que da forma a Her no es suya, sino de la cantante de otra banda, Karen O, de los Yeah, Yeah, Yeahs, y se llama  “The Moon Song”, que en la película canta Scarlett Johanson, acompañada de un ukelele. Como Samantha no tiene cuerpo, compone música y escribe letras que le sirven como fotos en las que están ella y su amado. Cuando escribe esta canción dice estar muy excitada, nerviosa, por todo lo que está “sintiendo”:

El protagonista de la película también es un valor seguro, Joaquin Phoenix: hay que pensar que sobre su imagen, casi caricaturizada, descansa el peso del metraje. En muchos momentos, incluso los que llamaríamos clave, todo se reduce a él hablando con un sistema operativo, con el que se comunica con un pinganillo en la oreja y unos altavoces. Spike Jonze imagina ese futuro más o menos próximo con todos nosotros hablando solos por la calle, dando instrucciones a nuestro ordenador no ya portátil, sino tamaño móvil. Tampoco está tan lejos. De hecho, es ya posible subirse al autobús y ver que cada uno está con su móvil, aislado de todo lo que le rodea. La pregunta que habría que hacerse es: ¿necesitamos a las demás personas? O, más aun, ¿necesitamos a los demás cuerpos?

Para crear el ambiente ese, casi caricaturizado, en el que se mueve Theodore Twombly, el personaje que interpreta Joaquin Phoenix, Jonze imagina un universo en tonos pastel, en rojos, grises y marrones difuminados, adaptando estampas cotidianas, a la manera de algunos de los cuadros de Hooper. Sería complicado imaginar que se trata del futuro, a no ser por los paisajes arquitectónicos. El paisaje humano, el estilismo y las vestimentas, las playas y los parques de atracciones, evocan más unos pasados años sesenta que al futuro. Se trata, supongo, de crear una cierta incertidumbre en el tiempo y el espacio. La desconexión entre Theodore y su entorno es enorme. Siempre está solo, cuando lo está en su apartamento o en el trabajo es muy evidente, pero cuando está rodeado de multitudes en la calle, lo es aun más. Lo único que parece librarle de esa soledad es la presencia de Samantha, un sistema operativo que adquiere, en principio como si se tratara de un video juego más, pero que le lleva a volver a sentir emociones que creía que ya no iba a sentir desde que se separó de su pareja de siempre: “A veces creo que ya he sentido todo lo que voy a sentir en la vida.” De Samantha solo tenemos constancia por la voz. En la versión original es la de Scarlett Johanson. No hay que obviar que la mayoría de la película es el personaje Theodore, conversando e interactuando con la voz en off de Samantha. El reto era complicado de resolver, pero tanto la solvencia de Joaquin Phoenix, como la solidez del guión han hecho posible llevarlo a cabo felizmente.

¿Por qué es tan difícil amar a otra persona? Esta es la pregunta que con frecuencia nos hacemos y cada vez parece tener más difícil solución. Tanto es así que, en los últimos tiempos, se habla del final del amor. ¿Hacia qué tipo de sociedad vamos? La primera respuesta posible, la que nos da Eva Illouz en su magnífico ensayo ¿Por qué duele el amor?, se refiere a la racionalización del amor y a la ampliación de la tecnología de elección. Así lo interpreta Byung-Chul Han en La agonía del Eros. La racionalización del amor es, en sí, un oxímoron. Si el amor se racionaliza, deja de tener los ingredientes que lo hacen atractivo, empezando por la pasión y concluyendo con la incertidumbre y el miedo a perderlo. De todas formas, el amor nunca se ha dejado de racionalizar. Para la sociedad capitalista en la que vivimos, el amor es un objeto de consumo más. Me gustó la frase que pronunció Don Draper, el personaje que interpreta Jon Hamm en Mad Men, en el primer capítulo de la primera temporada: “Yo inventé el amor para vender medias.” No deja de ser una boutade y un anacronismo, pero ilustra bien el papel que tiene el amor en este mundo que habitamos. Esta sociedad tiene varias contradicciones, pero ahora me interesa resaltar una. Durante décadas, el consumidor era un grupo: la familia. Y el amor es la piedra angular, junto a la necesidad económica y social de la mujer y el terror a ser anormal (en el sentido foucaultiano del término) para que los individuos se agrupen en familias más o menos estables. La contradicción es que ahora el consumidor es el individuo, que vota por sí solo, sea hombre o mujer; que trabaja en la calle, sea hombre o mujer y que se nos presenta como un sujeto real, único, libre y todas esas consignas del poder. Lo difícil es traspasar todas esas consignas que antes operaban sobre la familia, de esta al individuo, y querer vender el mismo tipo de amor o de modos de relación. En cuanto a la ampliación de la tecnología de elección, es absolutamente cierto. Hace un siglo era difícil que alguien conociera a otro de un radio superior a unos kilómetros de distancia. Pero yo creo que, aun siendo esto cierto e importante, lo que produce un cambio drástico a la hora de amar, no es el modo de elegir, sino el modo de interactuar, de relacionarse.

Desconozco si Jonze valora estas cosas así. Es muy difícil admitir todo esto, cuando eres un personaje privilegiado de una industria tan poderosa como lo es la cinematográfica, que ha vendido historias de amor desde sus inicios y que ha formado a millones de parejas en cómo hay que amar, cómo hay que sentir, cómo hay que relacionarse. Pero  Her es un ejemplo de cómo pueden ir variando estas cosas. Theodore se ha separado recientemente de su pareja desde casi la infancia, Catherine, interpretado por Rooney Mara, y cree que ya nunca va a conocer a nadie que le aporte lo que ella le aportó. Y, bueno, aunque no deja de extrañarle en ningún momento, vuelve a sentirlo con Samantha. Hay un encuentro entre Theodore y Catherine, en el que ella, al enterarse de su “nuevo idilio”, le dice: “Querías a alguien como yo, pero no eres capaz de gestionar emociones reales, Theodore. Y, por eso, ahora me sales con que te has enamorado de tu portátil.” Lo curioso es que Catherine es la única persona que responde con incredulidad cuando se entera de quién es su nueva pareja. El resto lo vive con naturalidad, cuando no está en una situación parecida o conoce a alguien que lo está.

Catherine y Theodore son amigos desde niños, van a la universidad  juntos, se ayudan mutuamente a crecer, ambos son escritores, ella escribe novelas y él cartas de amor, y disfrutan viendo cómo van evolucionando. Pero esa evolución es la que les lleva a separarse. Byung-Chul Han responde a Eva Illouz diciendo que el principal inconveniente que tiene el amor no está ni en la racionalización progresiva, ni en la ampliación de tecnologías para la elección del otro. Él cree que es directamente la erosión del otro, que es producto de la necesidad y casi obligación de ser iguales. Porque si el otro es igual que yo, ¿qué me puede aportar, o qué le puedo aportar yo? Llega un momento en que Catherine y Theodore se han dado ya todo lo que podían darse, porque han evolucionado hasta convertirse en dos individuos iguales. Así, parece ser que no solo se niega el amor entre ellos, sino con ninguna otra persona.

A lo largo de la película parece que lo que le ocurre a Theodore, le ocurre al mismo tiempo a muchos otros. Todos van hablando solos y nadie parece extrañarse de nada. Es un mundo feliz.



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