La soledad del lector, de David Markson

LA HISTORIA DE LA LITERATURA

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La soledad del lector
David Markson
Traducción de Laura Wittner
La Bestia Equilatera
ISBN:  978-987-1739-18-9
253 páginas
Buenos Aires, 2013
24 euros

Uno piensa en la generación beat y le viene inevitablemente a la cabeza Allen Ginsberg. Uno piensa tan solo en su monumental poema Aullido, en ese lobo herido que recuerda a “las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas”, y piensa en Carl Salomon, inmortalizado por su relación con el propio Ginsberg, y en Jack Kerouac, a quien este llama “nuevo Buda de la prosa americana”, y en sus vidas al límite, y no se los imagina leyendo todo el tiempo, sino viviendo, como si se tratara de dos realidades opuestas. ¿Hay tiempo para todo? ¿Hay cuerpo y mente para todo? No veo más obras importantes que sus vidas, convertidas en mito por los diseñadores de eso que llaman contracultura. Y uno piensa también en todos los que fueron llegando después, rociando de vida la poesía y todas las artes, hasta llegar a Anne Carson o a David Foster Wallace, probablemente los más recientes enormes exponentes de lo mejor que ha dado, en los últimos veinticinco años, la literatura norteamericana. David Markson fue uno de los componentes más jóvenes de esa generación que vivió esas vidas al límite, y también lo hizo junto a ellos. Al menos hasta los años sesenta en que desapareció de la historia de la literatura. No fue hasta unas décadas después que asomó lo que la mayoría de sus pocos lectores consideran su legado y, así, en 1989 publicó La amante de Wittgestein, que en España publicó, sin excesiva fortuna y ninguna continuidad, la editorial Destino. No traten de encontrarla en castellano: es imposible, aunque intuyo que no lo será por demasiado tiempo. Sí tenemos referencias de ella, la más reciente el artículo o, más bien, reseña que le dedica David Foster Wallace, “La plenitud vacía: La amante de Wittgenstein, de David Markson”, que se ha publicado en el libro En cuerpo y en lo otro (Mondadori, 2013). Es una buena oportunidad para comprobar la huella que ha ido dejando su escasa obra en los escritores más jóvenes de su país.

Pero aunque en España continúe prácticamente inédito, dos jóvenes editoriales de Argentina y México, han comenzado a publicar la serie de novelas que escribió en sus últimos años de vida. El primer título de esta serie es La soledad del lector (La Bestia Equilátera, 2013), y tengo que empezar diciendo que es uno de esos libros que puede cambiar la vida de quien los lee. El hecho de que esté editado en Argentina no impide en absoluto que lo podamos encontrar en cualquier buena librería, en España. La distribución es amplia. De hecho, a mí me lo recomendó un librero, uno de los que aún van quedando que te recomiendan los libros que han leído y que les han gustado. La traducción es de Laura Wittner, que facilita considerablemente la lectura en nuestra lengua aunque usa –es lógico, claro- modismos y giros de su país, pero cualquier conocedor de nuestro idioma los entiende.

Me es inevitable pensar en Nietzsche y, particularmente, en El paseante y su sombra, en el que el paseante dialoga en soledad con la sombra a medida que pasea y aquella le va aclarando cuestiones en breves fragmentos sobre arte, literatura y pensamiento. Se trata de fragmentos, casi aforismos, que en su misma forma nos muestran la dificultad de establecer enormes sistemas o historias que sean suficientemente coherentes por sí solas para explicar nuestras vidas y las de los que nos precedieron. Allí se trata del paseante, y en el libro de Markson son el Lector y el Protagonista. ¿Por qué el Lector y no el Escritor, que sí aparecerá en los libros posteriores de la serie? La respuesta la podemos encontrar en una de las citas con las que se inicia el libro. Se trata de la frase de Borges: “Ante todo me considero lector.”

Y David Markson es, también, ante todo lector. De libros de poesía, de novelas, de filosofía, de los autores clásicos greco-latinos y de los últimos grandes filósofos –muchos de ellos franceses- del siglo XX. No solo de sus libros, sino de sus biografías y estudios. La soledad del lector es, en primer lugar, una gran historia de la cultura universal. Nada le es ajeno. El argumento es aparentemente sencillo: un hombre reside en la planta baja de una casa abandonada junto a un cementerio y cerca de una playa, rodeado de cajas de libros apiladas en las escaleras. Pasa las horas paseando hasta la playa y releyendo los libros de forma aleatoria según los va sacando. De estos libros anota frases, a veces citas textuales, la mayoría de las veces sus propias y subjetivas impresiones sobre lo que va leyendo. A la vez, va dando claves sobre su vida, tanto la actual como la pasada, y sobre lo que desea escribir. ¿Sobre la vida de quién? Es sorprendente lo poquísimo que se puede rastrear en Internet sobre Markson, pero aun así podemos aventurar que una parte del texto es un relato autobiográfico, a la manera de las anotaciones de un diario, y que el escritor tiene mucho que ver con el Yo narrador. Casi al principio del libro, podemos leer estos dos fragmentos:

“Estoy envejeciendo. He estado en hospitales. ¿Tengo ganas de poner ciertas cosas por escrito?

Sin duda el Lector es esencialmente el Yo en casos como ese. Sin embargo, se supone que en casi todos los demás casos no será de ningún modo el Yo.”

Uno piensa que los miembros de la generación beat vivieron una aventura permanente y que, a partir de algunos hechos, lo hicieron en olor de multitudes, en una constante exposición al país y al mundo. En el caso de Markson pudo ser así hasta principios de los años sesenta, pero no a partir de ahí. De hecho hubo un silencio editorial que duró décadas hasta La amante de Wittgenstein. Y La soledad del lector no vería la luz hasta 1996. Casi medio siglo de silencio experimentando esa “soledad” a la que se refiere el título. En otro de los fragmentos leemos:

“Emily Dickinson se recluyó tan desmesuradamente en la segunda mitad de su vida que durante los últimos diez años no salió de su casa ni una sola vez.”

No es este el caso, desde luego, pero la mayoría de los fragmentos sobre o de otros autores, son desconocidos para el lector medio. Se refieren a momentos de aparente locura o desvaríos de los artistas, a similitudes entre sus vidas y sus obras que, en muchas ocasiones, llegan a solaparse y a confundirse, a la incomprensión que sufrieron en sus vidas, a enfermedades o a las causas de sus muertes provocadas o no, a episodios de maldad de autores que actualmente se consideran clásicos o, simplemente a citar sus nombres o los nombres de sus obras o de personajes de la literatura. Como en el caso del fragmento sobre Emily Dickinson, ningún fragmento está porque sí. En algunos casos esta relación es evidente, pero en muchos habría que investigar o, simplemente que dar el beneficio de la duda al autor, que se manifiesta como Lector, y que deja la carga del yo narrativo sobre el Protagonista.

¿Cuál sería el género de este libro? Se trata de una serie de fragmentos, la mayoría no pasan de una o dos líneas. Algunos van enlazados al siguiente, otros con algunos que están en la misma página y la mayoría responden a motivos que se repiten, con los que el lector (el receptor del libro) se familiariza a las pocas páginas. No hay que descartar que Markson no sepa realmente cómo llamar a este libro:

“El Lector y esta idea suya.

El Lector y su mente llena de confusión.

¿Qué es una novela en todo caso?

¿O es que de alguna manera después de todo está pensando en una autobiografía?”

Novela, autobiografía, diario, collage, fragmentos que mezclan ensayo y diario. ¿Quizás sea la mezcla de todo eso? ¿Quizás sea una libreta en la que va anotando frases y luego las ordena emulando el caos? El libro se publicó en 1996, y tuvo su continuación en Esto no es una novela, en 2001, que también ha publicado La Bestia Equilatera, en 2013. Luego llegaría, en 2004, Punto de fuga, que ha traducido la editorial mexicana Verdehalago en 2011, y aún no se ha traducido The Last Novel, que se publicó en 2007. David Markson falleció en 2010, luego es –que se conozca- su última obra -los títulos son muy significativos e inequívocos-, su auténtico legado de toda una vida como lector, que es lo que en este libro, al menos, le interesa destacar. Lo que es evidente es que sus libros eran libros diferentes. Lo fueron sus primeras novelas, aunque encuadradas en el género negro, publicadas en los cincuenta y primeros sesenta; lo fue también La amante de Wittgenstein, que para el ya citado Foster Wallace es “el punto más alto que podamos encontrar en la novela experimental de los Estados Unidos” y continúa siéndolo en este libro –y en los siguientes- que rompe todos los esquemas preconcebidos incluso para la narrativa más contemporánea.

La metaliteratura, la vida, lo autobiográfico, la locura, la soledad, lo fragmentario, la abundancia de nombres propios que abren puertas al lector más curioso en el laberinto de la historia de la cultura universal e ir transmitiendo el proceso de creación del mismo libro que se está escribiendo son las claves que hacen de La soledad del lector una invitación que es difícil de rechazar, no solo a bucear en estas doscientas cincuenta y seis páginas, sino en los libros restantes de esta serie, en cada uno de los autores que se citan, en la historia de la cultura y del arte. Esperemos que se traduzca pronto La última novela. Mientras tanto: La soledad del lector.



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