Faltan palabras en el diccionario, de Javier Sánchez Menéndez

POEMAS CON HUMO Y HUMOR

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Faltan palabras en el diccionario
Poemas escogidos. 1983-2011

Javier Sánchez Menéndez
Libros del Aire
ISBN: 978-84-938154-9-3
137 págs.
Madrid, 2011
          Para los que sólo conocíamos su último poemario, Una aproximación al desconcierto (2011), y de alguna manera queríamos indagar en qué había más allá y de dónde procedían esos versos, es todo un hallazgo este volumen que resume sus seis libros anteriores y que añade algunos poemas inéditos hasta el momento. Estamos hablando de un autor que ya había publicado su primer libro con diecinueve años. No hay que considerar la precocidad en sí como un mérito, la mayoría de las veces es incluso todo lo contrario, pero sí que nos sirve para hacernos una idea del bagaje que hay detrás. Porque antes de ese Motivos, que publicó en 1983, había lecturas y escritura. Ya se nota que había un adolescente que paseaba por las calles de Moguer, empapado en poesía, que vivía para la poesía y que sentía ganas de recomponer la vida, su vida: “He partido tu carta en casi mil pedazos / y he contemplado en el suelo / los trozos de una vida, un recuerdo.”

Los poemas de Motivos y Derrota y muerte de los héroes (1988) presentes en Faltan palabras en el diccionario son pocos y testimoniales de una primera etapa. La selección —este es el término que escoge el autor— es breve y se ha de hacer buscando “una conjunción superior que dignifique el tono común.” Este suele ser el trabajo, que habitualmente realiza el antólogo. La brevedad, continúa exponiendo el autor en su “Nota a la edición”, que me recuerda al tono del texto introductorio que hace Borges de su gran poemario El otro, el mismo, es necesaria porque “hay versos que con el paso del tiempo, se desvanecen en la espesura del bosque. Y, aunque entremos a rescatarlos, nunca hallaremos el ritmo propio y el equilibrio armónico.” Hay que señalar, por si alguien aún no lo sabe, que el título de esta antología es un verso de Nicanor Parra, de su libro Discursos de sobremesa (2006).

De todas formas hay que constatar que han pasado quince años entre el anterior de los libros antologados, La muerte oculta (1996), y el reciente Una aproximación al desconcierto. Y sí, quince años tampoco son nada, pero hablamos de ediciones difíciles de encontrar, y esto hacía necesaria una puesta al día, un recordatorio, de la obra anterior de Javier Sánchez Menéndez (1964). Especialmente a partir del tercer libro, El violín mojado (1991), donde empezamos a encontrarnos sus mejores poemas o habría que decir, con más propiedad: sus mejores fragmentos de poemas, pues se trata de todo un texto, “un largo y extenso libro correlativo y unitario”, con el tema del paso del tiempo y el dolor que provoca esa presencia en el autor, que se plantea constantemente la vuelta a su casa, como eje principal, como si se tratara del regreso a Ítaca, la idea del regreso a casa, donde ella, una cierta Penélope que bien podría ser su madre personificando a su infancia, le espera “asomada al balcón / reflejando el cabello la primera luz, / (…) con el primer cansancio / por estas infinitas escaleras / que me acercan a casa.” Se trata ya de versos tristes, cubiertos de nostalgias, en los que aparece, como si se tratara de un oxímoron que iba a acompañarle toda la vida, junto a la melancolía, el humor, que casi siempre se ofrece con los ropajes de la ironía: “Abel siempre me dice que no sabe cuando hablo de veras o de broma, / y la verdad no sé, chico, no sé, / no sé cuándo se miente y cuándo se menciona / una mentira.” Se trata de dejar en manos del lector la decisión. No hay nada más importante que la Poesía, ha escrito varias veces. Por lo tanto, el lector de Poesía sabe bien decidir qué es verdad y qué mentira: cuándo hay que entender lo que se dice al pie de la letra, y cuándo conviene sonreír con cierto brillo en los ojos.

La melancolía y el humor: dos de los ingredientes que permanecerán siempre en la obra de Sánchez Menéndez. Y están ya, desde su tercer libro. Hay un elemento más. Y también forma parte de ese ser o parecer. Se trata del lenguaje claro. Se toma partido directamente por la línea clara. Pero es un ser claro que no reniega de una vasta cultura y quizá sea el momento de empezar a hablar de sus referentes, a los que nombra y cita varias veces a lo largo de los poemas del libro, aunque cualquiera que esté al día de los gustos del autor podrá decir que le influye un amplio espectro que va de Juan Ramón a Antonio Colinas, de Leopardi a Pound, de Borges a Nicanor Parra, pasando por García Martín. Sólo voy a añadir dos nombres. El primero es el poeta asturiano Victor Botas, con quien comparte  el gusto por el fraseo borgiano y ese culturalismo más claro: el claroculturalismo. El segundo (hay que aclarar que todos estos referentes están presentes desde los primeros noventa hasta los últimos poemas, los más actuales), es el de Javier Salvago: el humor melancólico, la tristeza que nos impregna, pero que a veces también nos hace reír. A veces, una anécdota sirve al autor para armar una reflexión sobre el papel de la cultura en la actualidad, o sobre la fragilidad de los sentimientos. Y todo se va urdiendo, con la visión de quien sabe relacionar una idea con la siguiente. A veces, la excusa es simple, un juego de palabras; a veces, algo más serio, la misma muerte.

A partir de Introducción y detalles (1993) el mundo se va ensanchando y aparecen dos circunstancias nuevas en sus versos. La primera, es que ya hay una recepción de la obra de Sánchez Menéndez y esta se refleja en su propia obra: una suerte de metapoesía cervantiana: “Acusado en otro tiempo de polémico y confesional, / me he limitado a escribir versos, / a asentar la cabeza en los inconvenientes / y a negar toda duda sobre mi condición / de hombre cualquiera.” La segunda de estas circunstancias es el uso del pasado. En los poemarios anteriores ya se hablaba del tiempo como de algo vivo, y sigue siéndolo, pero aquí el tiempo es pasado que se va: “y el tiempo corre tanto, tanto, / que recuerdo también al gran Manrique.” El poeta ya ha asumido en qué va a consistir su vida, o en qué se va a centrar: “Para mí sólo hay libros” Dieciocho años después, en las entrevistas que rodean la promoción de este libro, leemos: “Lo más importante de la vida es la Poesía.”

Algunos de los mejores poemas de este volumen, pertenecen a los dos libros siguientes: Última cordura (1993) y La muerte oculta (1996). En los títulos parece que se augura el periodo de silencio que se avecina. No son temas nuevos ni la muerte, ni las despedidas, ni la necesidad de ser salvado por lo único que puede darnos algo más de sentido. A este último libro pertenece el poema, el magnífico poema dividido en ocho fragmentos, “Suite de una noche de gozo”, que debió ser planteado como despedida del poeta, como la musiquita que deseamos que quede en la memoria de nuestros lectores. Y más que despedida, un “hasta luego”, un “hasta que aparezca de nuevo la necesidad de publicar”, porque Sánchez Menéndez no ha dejado de vivir por y para la poesía, como lector atento, como autor oculto y, más recientemente, como impulsor del proyecto La isla de Siltolá, que, ya lo sabemos porque ya lo tenemos ahí, está llamado a decir grandes cosas, a proponernos más horas de felicidad y desasosiego: o ese gran misterio que invocamos sin saber demasiado bien por qué y que necesitamos cada día: la lectura.

Completan este Faltan palabras en el diccionario una selección de poemas del libro más reciente, Una aproximación al desconcierto (SIM, 2011) y varios poemas inéditos. En estos poemas últimos sí se notan los quince años que han transcurrido y cómo el poeta vive un renacer, tras esa muerte oculta a la que hacía referencia en su anterior libro. Es un renacimiento, eso sí, desconcertado y, de alguna manera, desconcertante. Se aleja de elementos que puedan sonar a culturalistas y la línea clara es más clara si cabe y el tono amargo, también más amargo. No es difícil ver aquí la filiación con la poesía de Salvago o el Nicanor Parra más melancólico, porque hablamos de un autor que no renuncia al humor para salvar el mundo. ¿Qué puede hacer un poeta para salvar el mundo? Escribir y fumar, ya se sabe: las penas con humo, y humor, duelen menos.



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