Tan bella, tan cerca, de José Manuel Mora Fandos

 

En torno a la Belleza

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Tan bella, tan cerca
José Manuel Mora Fandos
La isla de Siltolá
160 págs.
ISBN: 978-84-15039-88-4
2011, Sevilla
Es el escaparate de la librería en el que me he venido demorando los últimos veinte años. Es cierto que durante un tiempo apenas entraba en ella, sólo me apostaba a mirar las novedades frente al cristal. No siempre he podido tener los libros que deseo. En realidad, tampoco es posible ahora. Siempre hay un motivo que supone un problema: el espacio, el dinero, la distribución o cualquiera de las facetas del desconocimiento: la editorial, el autor, el título exacto, a veces simplemente el azar.

        Entro en la librería que tiene nombre de diosa griega. Siempre la misma rutina: unos pasos a la derecha y la zona de Historia y, poco más allá, la de Pensamiento o Filosofía. Allí mis pasos se detienen y comienzo a encontrar objetos hermosos.

        Saber. Intuir. A veces, el azar. Hay libros que sé que estarán esperándome en la mesa de novedades; otros, intuyo que van a estar algún día. Hay un tercer grupo: los que llegan a mi vida por azar.

        El azar es un personaje de mi vida, aunque yo diría que lo es para todos. Tanto es así que no pienso creerme ninguna historia, ni la trama de ninguna novela, donde no ocurra algo que sólo se pueda explicar apelando al azar. Unas frases en una conversación; una referencia de un amigo a un libro. Realmente no fue a un libro, sino a un autor. “¿Has leído mi última discusión virtual? En el blog de X. No sé quién es, pero se llama Mora Fandos y ha publicado en Siltolá. Sí, me ha gustado su libro. Cualquier persona que me incita a pensar, me gusta.” Nunca hablamos de X y nunca había ni oído ni leído antes esos apellidos: Mora Fandos.

        Es un libro pequeño. Hay un expositor de libros de pensamiento de pequeño formato, como El elogio de la sombra o El ángel caído, o Crónica de un tiempo perdido, todos ellos  con sus pequeñas dimensiones nos dicen más que muchos que ocupan cientos de páginas. Está el expositor, pero el libro está fuera de él, apoyado sobre otros, de forma que sólo sobresale el lomo. Siempre me fijo en los lomos de los libros, muy especialmente desde que se editó El descubrimiento del Bósforo en una colección de librillos sin lomo, casi se diría que eran plaquettes. Como tenía más páginas de las habituales convencí a los responsables de que le añadieran ese lomo, pero se ve que no se puede dar nada por entendido, especialmente en los Servicios de Publicaciones de algunas instituciones andaluzas. El libro apareció con el lomo, sí, pero no escribieron nada sobre él. “¿Cómo? ¿Querías también el título y el nombre? ¡Haberlo dicho! ¡Pero si no nos hubiera costado nada ponérselo!”

        Siempre he disfrutado la belleza del libro como objeto. No es algo que haya aumentado después de aquella experiencia. Ya estaba de antes. Las tintas, las tipografías, las diferentes calidades del papel siempre han llamado mi atención. Tendría que haber sido editor. Y este librito, del que sólo veía el lomo, me habría llamado la atención del mismo modo si lo hubiera visto hace cinco años o hace diez. Sabía a qué editorial pertenecía ese símbolo: una palmera en una playa, con otras dos palmeras detrás, y unas líneas que bien podrían ser los maderos de una barca a sus pies. Es el símbolo de La isla de Siltolá. ¿Quién es el autor del librito? José Manuel Mora Fandos.

        No crean que es tan fácil encontrarme ese libro. No he vuelto a verlo en ninguna otra librería. No es fácil entender qué deseo expresar ni por qué debía ser tan sorprendente encontrarme ese libro. Lo importante es sentir el azar en nuestras vidas y sentir también que ese azar significa algo.

        Hay algo de mágico en el hecho de tomar un libro que casi nadie antes ha tocado en tus manos y palparlo, abrirlo, acariciarlo. Algo fetichista hay que ser para sentir que esos pasos nos van derrotando y van venciendo nuestras reticencias a hacernos con él, aunque unos minutos antes apenas supiéramos nada de él. Mirar cada uno de sus símbolos, sentir sus rugosidades y texturas, disfrutarlo. Yo casi siempre necesito leer solo, como casi todo. Soy un ser solitario y algo hay de vocacional en ello. Nunca me he sentido demasiado a gusto en las bibliotecas y la lectura, casi a hurtadillas, en una librería siempre la he sentido como un acto clandestino y excitante. Y aún no he escrito nada de Literatura, sólo de objetos hermosos. El grosor del papel casi verjurado, las tipografías, los distintos tipos de letra y los números. Hace unos meses conocí personalmente a Abel Feu, el tipógrafo de Siltolá. Ya conocía su poesía y, antes que ello, conocí su trabajo como impresor y editor en Renacimiento, cuando Renacimiento era lo que está siendo ahora Siltolá, o en Los papeles del sitio, su proyecto más personal.

        La portadilla del libro es de color ocre, color piel clara, casi translúcida, con símbolos impresos en rojo y negro. La portada interior es acartonada, blanca, con las tintas de la portadilla, aunque eso aún no lo había visto. Sí, en cambio, eché un vistazo al interior a la vez que, muy discretamente, me acerqué el libro a la cara. Me gusta sentir el olor de los libros recién impresos y este lo era. Lo supe por su olor.

        ¿A qué huele un libro nuevo? Algunos dirán que a eso: a libro nuevo. Si tuviera que crear un mundo propio y quizá tenga que hacerlo pronto, serían imprescindibles dos olores que me llevaría de este: el de Mónica y el de algunos libros nuevos.

        Abrir el libro, quizás para disimular ese gesto que ya hice de llevármelo a la cara y empezar a leer. Es sólo tinta negra, dirán algunos. La portada parecía presagiar el rojo para algunos títulos o cifras. “T. S. Eliot, en su gran poema Cuatro Cuartetos, alude a la tendencia universal a escuchar “hacia otra parte” cuando no interesa lo que se oye: “El género humano / no soporta demasiada realidad”. Últimamente leo a Eliot por todas partes. No es mala costumbre. Alguien me ha preguntado recientemente si me siento más de los Cuatro Cuartetos o de La Tierra Devastada. Él se sentía más de este último poema; yo también: mi poema favorito de Eliot es La Tierra Devastada. Mora Fandos constantemente cita Cuatro Cuartetos. Octavio Paz y Juan Malpartida conversaban constantemente sobre el papel de Eliot en la Historia de la poesía moderna y parece ser que se decantaban por La Tierra Devastada; Luis Cernuda, quizás el gran introductor de Eliot en España, siempre citaba Cuatro Cuartetos; Gil de Biedma, La Tierra Devastada y así podríamos continuar. No hay poeta que no se decante por uno de los dos colosales poemas. Mi amigo, uno de los mejores poetas españoles que tengan en torno a cuarenta y pocos años, se decidía, ya lo he dicho, por La Tierra Devastada.

        Recuerdo un ciclo de conferencias de la UIMP en Sevilla, hace más de veinte años. Octavio Paz habló precisamente sobre el papel de los Cuatro Cuatertos en la obra de Luis Cernuda. Recuerdo especialmente una lectura de sus poemas que hizo, junto a Pablo García Baena, en los jardines del Alcázar. Allí fue donde le escuché por vez primera esos versos de Árbol adentro: “Entre lo que veo y digo, / Entre lo que digo y callo, / Entre lo que callo y sueño / Entre lo que sueño y olvido / La poesía.” Los versos que el poeta mexicano dedicó a Roman Jakobson.

        Son muchos azares, muchos recuerdos. Decido quedarme el libro. Viene con un prólogo de Enrique García-Máiquez. Es el segundo libro con un prólogo del poeta gaditano que reseño. Es curioso, porque aunque lo valoro, no es alguien con quien yo coincida en demasiadas cosas. Por otra parte es el único autor con el que he repetido reseña. El libro anterior que reseñé fue Todo es para siempre, del poeta Pedro Sevilla, con quien sí soy más afín ideológicamente.

        ¿Qué es la literatura de izquierdas?

        Es más fácil que coincida literariamente con autores conservadores, que con otros que se dicen de izquierdas.

        Creo que aún no lo he dicho: el libro se llama Tan bella, tan cerca y tiene seis ensayos, muy heterogéneos y poco ortodoxos, sobre asuntos relacionados con la estética. Lo que se ha dado en llamar Prosa Poética o Miscelánea. ¡Esta manía de encasillar los textos! Parten de cualquier excusa, a veces un viaje o algo que se ha leído o una lámina que reproduce una pintura, para comenzar una serie de reflexiones y asociaciones que no sabemos a dónde nos van a llevar. Nos dejamos llevar con gusto.

        Es un libro de viajes que hacemos desde el sillón de nuestra casa.

        El primer ensayo, Una bella inquietud cotidiana, es un canto a la belleza que reside en lo cotidiano: la belleza que queremos creer que está, que es aunque no la conozcamos. Nos lleva a Roma y de ahí retrocedemos en el tiempo, es inevitable, a la época del imperio, para volver a retroceder a la ficción de la Ilíada. Mora Fandos prefiere esperar en los soportales de las casas a los héroes, mientras estos luchan por el ideal de belleza personificado en Helena, y disfrutar viendo cómo los esclavos aran la tierra o los enfermos beben su caldo de pollo. No olvidemos que las asociaciones son tramposas y subjetivas y nos transportan a donde quiera el autor.

        Si en el primer ensayo partimos de una estancia en Roma, una simple ocurrencia va a provocar que en el segundo ensayo, en mi opinión el central, reflexionemos sobre la importancia del silencio y de la escucha activa. En el texto hay dos niveles tipográficos, uno el de la reflexión de Mora Fandos y otro, el de algunas citas en que se apoya para trasladarse de una idea a otra. Estas citas pertenecen a textos que, en muchas ocasiones, hemos leído y han pasado desapercibidos quizá porque no hemos estado demasiado atentos a la lectura.

Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. (…) Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba claro, de modo misterios mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante, a su manera, para el mundo.

        Mora Fandos nos sienta a una mesa con Eliot y con la baronesa Blixen, y con Orwell y con los mismísimos Homero y Aristóteles, y con Michael Ende, y nos pone a escucharlos, con fondo melódico de Miles Davis. Nos crea la sensación de que participamos en los debates, cuando lo que realmente hacemos es dejarnos llevar.

        Hace unos meses leí 1Q84, de Haruki Murakami. El libro está publicado en dos partes: primero salieron la una y la dos, en un solo volumen, y, unos meses después, salió la tercera. Yo decididamente hubiera obviado la tercera, aunque sea una novela con apariencia de thriller policíaco. Pero en esta tercera, Murakami recurre a un detective que va tratando de solucionar el caso por medio de lo que he llamado “asociaciones tramposas”, esto es: reflexiones que le conducen de manera muy aleatoria a donde quiere llegar.

        Lo que no me parece lícito en un thriller policíaco, sí puede serlo en un libro de ensayos. Los ensayos son subjetivos y se supone que no pretenden llegar a ningún punto, a ninguna verdad, sino que simplemente llegan y ya está. Sería curioso saber si Mora Fandos sabía a donde le iba a llevar cada una de estas pequeñas y arriesgadas aventuras que son estos ensayos, o si por el contrario se aventuraba sin saber qué Ítaca le esperaba al final de la travesía.

        Los dos últimos ensayos sí estaban, en cambio, predestinados de antemano. La persona madura que es capaz de atender a los demás con más cuidado, en el cuadro de Homer, y el sentido final de la obra de arte, del texto narrativo que llega siempre a buen puerto. Ahí no hay ni podría haber margen de error.

        Tan bella, tan cerca es un libro de recuerdos, que nos va a proponer un viaje a través de la belleza que está en lo que tenemos cerca, en nuestra casa, en nuestro entorno, en nuestras vidas. Sólo tenemos que hacer un pequeño esfuerzo por escuchar y leer atentamente y nos daremos cuenta de esa bondad que antes no veíamos, o sí. Cada uno sabrá cuál es su caso.



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9 comentarios en Tan bella, tan cerca, de José Manuel Mora Fandos

  • Pues muchísimas gracias, Rafa, por tu lectura y tu reseña. Si me permites la metáfora, has llevado muy bien los dedos hasta las costuras de este libro. Y te respondo: no sabía hacia dónde iba al comenzar a escribir (es decir, pensar, contemplar, tomar notas, decidirme a escribir…). Para mí es una señal de que “voy a crear”: no saber hacia dónde voy, aunque sí es verdad que me muevo en una banda ancha; pero por lo que respecta a “qué idea quiero transmitir”, solo lo sé cuando he acabado de escribir lo que todavía no sabía qué era. Eliot decía algo de esto en un ensayo, sobre el proceso de escritura como el de un parto, que cuando se termina, el autor le dice al poema “anda y búscate un libro por ahí en el que meterte”.

    Yo soy de los Cuartetos, pero no desdeño en absoluto la Tierra baldía; más aún, me quedo con todo el continuo, porque Eliot es un río muy bien cartografiado, y al verlo en su conjunto todavía gusta más.

    Bueno, presento el libro el 24 de este mes en la Casa del libro de Sevilla, supongo que sobre las 7 ó las 8. Si andas por allí, me encantará saludarte.

    Un cordial saludo
    José Manuel

  • Sobre el azar y su influencia en nuestras vidas, leí hace tiempo (y lo llevé a ojalancia) algo de Paul Auster que me parece que viene al caso:

    Todos querían contarme su historia y yo no tenía más remedio que escuchar. Cada relato era diferente, pero en el fondo todos eran iguales. Las adversidades de la suerte, los errores de cálculo, el peso creciente de las circunstancias. Nuestras vidas no son otra cosa que la suma de múltiples contingencias, y no importa cuán distintas sean en sus detalles, todas comparten una esencia fortuita: esto luego aquello, y a causa de aquello, esto otro. “Un día me desperté y lo vi; me lastimé la pierna y entonces no pude correr lo suficientemente rápido; mi mujer dijo, mi madre cayó, mi esposo olvidó”.

    Un abrazo, Rafa

    ernesto

  • José Manuel:

    espero poder ir a la presentación del libro y conocerte allí, y quién sabe si tendré suerte y volveré a casa con una viñeta original de Mora Fandos, sobre el verjurado de mi ejemplar.

    Decir que somos de un Eliot o del otro no es más que jugar con las palabras. En todo caso, somos de Eliot. Somos de la Poesía. Aunque algo de Pound… no viene nunca nada mal a nadie.

    Un abrazo.

  • Ernesto:

    Claro que la presencia de Auster es, como la tuya, siempre pertinente y si estamos hablando del azar lo es aun más. Y más cuando vivimos en estos tiempos en los que, efectivamente, todos quieren contarnos nuestra historia, diferentes historias que, en el fondo, son iguales.

    Me quedo con el inicio del entrecomillado: “Un día me desperté y lo ví;…”

    Un abrazo, Ernesto

  • Ojo que en lo que a Eliot atañe también los hay -y con razón- de Prufock.

    Excelente reseña para un libro excelente.

    Yo no sabría con qué Eliot quedarme.

    Prefiero la Tierra Baldía, pero me gustaría estar in the mood for the Quartets.

    ¡Y qué inteligencia, prodigiosa, en los ensayos!

    Nos veremos en la presentación.

    Abrazos.

  • Tienes razón: ¡también los hay de Prufock! Pero… ¿conoces a alguien?
    También tienes razón en lo del libro excelente. Es que no hay que quedarse… con uno, sino con todos, pero claro… siempre están las afinidades mayores y la mano de Pound.
    Nos veremos.
    Un abrazo.

  • Virtual: el protagonista de “Midnight in Paris”, la última película de W. Allen.

    Pero hay más, seguro, hay gente para todo.

    Abrazos.-

  • Un libro lleno de inteligencia y poesía. Un libro sentido pero sobre todo pensado.

  • José María: si a W. Allen se le ha ocurrido eso, no daría por seguro que hubiera más gente. Es un genio peculiar, Allen.

    José Luis: Sentido, pensado, con inteligencia y con poesía. ¡Y más bonito!

    Abrazos a ambos.

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