Nunca te hablé de Mónica

 

Nunca te hablé de Mónica.
Es asturiana.
Nos conocimos
tomando una cerveza en Jovellanos.
Vino desde Gijón
a quedarse unos días.
Recuerdo que era abril
y le gustó el sur.
Crecían lilas junto a mi ventana.
Me contaba que como se veía
la luna desde casa
nunca la había visto.
Si acaso algunos años antes,
cuando aún era niña,
en los atardeceres de Sotrondio,
en la cuenca minera.

Vino desde Gijón
pero sentía tanto miedo
las noches de tormenta
que aprendió a no dormir
sin escuchar de cerca mis látidos.
Yo le contaba historias
que iba improvisando
y ella me miraba como una niña
que temiera perderse algo importante.

A veces le caían lágrimas.
Para que no las viera
me abrazaba aun más fuerte.
A veces se dormía
y al día siguiente me preguntaba
el final de la historia.
Yo le mentía.
Le decía que el final de la historia
nunca iba a llegar,
aunque todos sabemos
que el universo tiende a expandirse.
Pero nunca he sentido
el sonido de mi respiración
o mis latidos
como en aquellos años.
Recuerdo que fue entonces
cuando aprendí a amarte
aunque sólo te conocía de vista.
Dime, ¿es de verdad o estoy soñando?

Siempre había buscado su cuerpo
en mujeres que nunca me ofrecieron
su forma de mirar tan inquietante,
en mujeres que no temían
las noches de tormenta.

A veces ella me engañaba y me decía
que oía truenos. Yo sabía
que no era cierto pero le dejaba hacer
y le contaba historias de otras chicas
que también aprendieron a mentir
para que las quisieran.

Supe también que hubo hombres
que se apartaron de ella
cuando sintieron
que nunca iban a ser capaces de entenderla.
Y es que eso, que a otros produce tanto miedo,
para mí, en cambio, lo es todo.

Tal vez sea que necesito
sentir que siempre pueden sorprenderme.

Y ella siempre estuvo a mi lado
hasta que lo llenaste tú
con tu mirada.
Ahora sólo escucho tus látidos
Y tu respiración en casa
o en cualquier otro sitio
es la respuesta a todas mis preguntas.
Ahora soy yo quien teme
las solitarias noches de tormenta.