Las palmeras salvajes

 

Todo empezó con William Faulkner,
aquel gran mentiroso que fue Nobel,
también americano,
el cronista amargo de las hordas del Sur.
Mi padre, orgulloso, sonreía
mientras yo iba haciéndome mayor, o quizá
mejor, leyendo las historias
de aquellos personajes derrotados
antes de conocerse.
Aún era pronto para saber más,
pero tanto empeño puse
que terminé con convertirme
en un Harry cualquiera,
un personaje oscuro, el que más,
que encontré en Las palmeras salvajes,
incapaz de renunciar a su destino
por muy triste que fuera bosquejándose.

Allí aprendí que por muy mal
que estuvieran las cosas
siempre podían ponerse peor.

¡Oh, pobretón, maldito pobretón,
candoroso imbécil!