La realidad y el deseo

 

Tomando una cerveza en aquel bar
se me acercó un viejo.
Venía tambaleándose –era cojo–,
sosteniéndose en pie a duras penas.
Parecía cansado y había bebido,
aunque vestía bien.
Sus manos como palas de molino
eran grandes y fuertes,
trataban de ocultar un ligero temblor,
Un resquicio de debilidad.

Se me acercó y me dijo que las cosas
no son como pensamos.
 
Las cosas son como tú las escribes.