
El triste fenómeno de los cabezas rapadas y otros similares no son más que una erupción en la piel de occidente, la punta del iceberg de una virulenta infección que, desbocada y silente, corre por su sangre y anega sus adentros; visceras, pulmones, corazón, nervios, mirada.
Mi barrio está plagado de rumanos
Polacas colombianos negras moros
Nos limpian los portales cojen fresas
A 5 con 50 euros la hora
Alivian nuestras bajas frustraciones
O al precio de un paquete de pañuelos
Nos venden redención en un semáforo
Ruidosos sin medida
Sin embargo
Son pulcros dialogantes y educados
Se reunen por las tardes en el parque
Y allí juegan a fútbol se enamoran
Meriendan cuentan cuentos son felices
Olvidan por un rato la miseria
No obstante en nuestra gula desmedida
Soberbios y protervos desearíamos
Que fuesen en lugar de cucarachas
Arañas venenosas alacranes
Hallando así razón para aplastarlos
Y luego hacer borrón con sus vestigios
Igual que hace una plaga de langostas








Y esos deseos plaguicidas se alimentan desde los media, o sea los grupos financieros, o sea las esferas del poder. Se oye cada patochada, cada absurdo, cada burda generalización que da verdadero asco.
Y precisamente hoy y ayer destacan esos media los fallecimientos de un chaquetero ilustre y de un condenado por delitos económicos que, eso sí, tiene no sé cuantas condecoaraciones.
Un abrazo.
Ya empiezo a cansarme de esa corriente que, como sangre negra, va recorriendo nuestras aceras haciendo eco de aquello de: mi hijo no tiene plaza en la guardería porque se la han dado a un morito, no tengo trabajo porque se lo dan a los rumanos sin asegurar, la sala del ambulatorio está plagada de sudacas…, ya no nos acordamos de cuando las vacas estaban obesas y esos mismos “bichos” nos limpiaban nuestras mierdas occidentales.