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Orto y ocaso del Bajo Aljarafe (por Carlos Parejo Delgado)

Orto y ocaso del Bajo Aljarafe

Carlos Parejo Delgado

El reducido espacio que separa la capital hispalense y la comarca aljarafeña es, quizás, donde más se ha olvidado la plenitud de los usos del suelo y la otrora belleza de los paisajes.

Estos terrenos (antigua Vega de Triana, prados de Tablada y Tabladilla; vegas de los pueblos de Santiponce, Camas, San Juan de Aznalfarache y Gelves), han sido considerados secularmente de un valor estratégico muy elevado, por varias razones:

 La primera, la de formar parte del cinturón defensivo de Sevilla desde su entrada más débil y amenazada, la del río Guadalquivir;

 La segunda, por ser los suelos más fértiles que rodeaban la ciudad; y,

 La tercera, por ser lugar preferente de asentamiento de ventas camineras, quintas de recreo y casas de campo, donde los sevillanos descansaban, paseaban o se divertían, y se bañaban o pescaban, huyendo de los tórridos veranos de la capital.

Frente a tantas ventajas, la ribera aljarafeña del Guadalquivir ha tenido también un grave problema, el de las inundaciones periódicas.

Hay constancia escrita de más de una docena de graves inundaciones entre los siglos XIII y XX. Esta zona se anegaba como un mar cuando se desbordaba el río Guadalquivir. Solía producirse este fenómeno cuando, coincidiendo con varios días de lluvias torrenciales, el fuerte viento del sur mantenía durante excesivo tiempo la marea alta, evitando el desagüe del río hacia el mar, y, cuando las aguas de las riberas de Huelva y Cala se despeñaban con estruendo desde Sierra Morena, entrando por la orilla derecha del Guadalquivir, poco antes de llegar a Sevilla.

Desde tiempos árabes el paisaje se adaptó a estas inconveniencias. Para facilitar la escorrentía natural se mantuvieron limpios algunos de los antiguos cauces del río, que primitivamente tenía varios brazos a su paso por la capital. También se trazaron algunos canales nuevos con la misma finalidad. Además, se prohibió el levantamiento de vallados en las tierras de cultivo y las calzadas elevadas sobre el terreno, de manera que no pudieran entorpecer el paso de las aguas en momentos de crecidas y avenidas. Todavía hoy, tras el levantamiento del moderno muro de defensa junto al río, las carreteras que parten de Sevilla hacia el Aljarafe van elevadas sobre puentes con anchos vanos por donde discurren los desagües naturales a que antes hemos hecho referencia.

La colonización de este territorio fue muy temprana. Se han encontrado restos prehistóricos que revelan que el primitivo bosque ribereño y los montes de pinos, encinas y acebuches que poblarían toda esta zona, ya fueron entonces roturados.

En las tierras colonizadas se practicó una agricultura de subsistencia dedicada al cultivo de cereales, que aprovechaba la fertilidad aportada por las frecuentes avenidas del río; también se usaron como pastos para la ganadería, y para la extracción de arcillas y barros con que se modelaban vasijas y otros utensilios domésticos en los múltiples alfares descubiertos.

Los árabes (siglos VIII al XIII) fueron los artífices del rico poblamiento de la comarca del Aljarafe, incluyendo los territorios de la cuesta y ribera.

Se tiene conocimiento de que construyeron los principales núcleos urbanos que han permanecido hasta la actualidad, y poblaron los campos de numerosas alquerías y quintas de recreo. En tiempos medievales el rey Al Mutamid deleitaba su vista contemplando el paisaje a sus pies, en una quinta de recreo enclavada en lo alto de la cornisa. Desde el río hacia donde se encontraba se sucedían entonces frondosas alamedas y junqueras, pastos con yeguas y todo tipo de ganado, plantíos de flores, huertas, naranjales, y olivares y vides. Era un paisaje variopinto y perfumado, que le recordaba al paraíso.

El paisaje rural de la ribera aljarafeña adquiere entonces la mayor diversificación posible:

“El olivo… se prodigó en esta elevación del reborde de la meseta aljarafeña… tras el laboreo de las tierras adyacentes y la construcción de norias a orillas del Guadalquivir, cultivaron huertos con legumbres para el consumo diario y árboles frutales como naranjos, ciruelos y nogales, así como parras y majuelos, abundando también los higuerales y granadales, entre otros árboles comestibles”.

PINEDA NOVO, DANIEL. Historia de San Juan de Aznalfarache. Ayuntamiento de San Juan de Aznalfarache. 1980.

Hasta la reconquista por las tropas castellanas, hubo una línea de torres vigías y de defensa, escalonadas en los promontorios que rodeaban al río Guadalquivir. Destacaba un casi inexpugnable castillo militar de origen almohade que tuvo San Juan de Aznalfarache en un cerro o promontorio cercano al río, donde el rey Al Mutamid tuvo un palacio de verano. Decaída esta función defensiva, el castillo fue sustituido por un convento hasta principios del siglo veinte.

Tras la dominación musulmana, entre los siglos XVI al XIX, continúa la extracción de barros azules en la Vega, para elaborar azulejos, y de arcillas en las cuestas de Tomares y Castilleja, con los que se modelaban vasijas y ollas. Estas canteras abastecían a las poblaciones circundantes y a las múltiples alfarerías del barrio de Triana.

Para abastecer de vino y alcoholes a las colonias americanas se expande rápidamente entonces el cultivo de la vid por todo el Aljarafe, incluyendo toda esta zona de ribera desde Santiponce a Gelves.

Asimismo se consolidan otros cultivos como los naranjos, también en la vega, y los olivares, que ocupan las laderas de los promontorios cercanos al río y la cuesta o escarpe.

En los terrenos inundables más próximos al río solían pastar rebaños de yeguas y bueyes; muchos de ellos, pertenecientes a arrieros que traían y llevaban diariamente mercancías a la ciudad de Sevilla. También había campos de cereales destinados al autoabastecimiento de las poblaciones cercanas.

El único cambio significativo en esta distribución de cultivos se produce en el siglo XIX, cuando decae el cultivo de la vid en beneficio de la planta del orozuz, que se exporta una vez manufacturada en una gran fábrica como dulce aromático. A ello hay que unir que se obtenía abundante pesca de sábalos, albures, barbos y algún que otro sollo o esturión, que se reproducían todavía abundantemente aguas debajo de Coria del Río.

Hacia mediados del siglo XIX los viajeros que surcan el río Guadalquivir desde la capital hacia su desembocadura se hacen eco de los cambios en el paisaje como consecuencia de la progresiva implantación de algunas grandes industrias. Especialmente de los altos hornos de cerámica de dos grandes fábricas, una instalada en San Juan de Aznalfarache y otra en el convento de la Cartuja, donde hoy se sitúa el parque tecnológico, que destacan por su altura. También hay almacenes y bodegas de vinos y alcoholes, de aceites y aceitunas de mesa, fábricas de jabones, almacenes de frutas…

“Al pie de las ruinas del convento de San Juan…llaman la atención los altos hornos, gigantes conos truncados, de una fábrica de porcelana… que da ocupación a la mayor parte de los habitantes del pueblo”.

NOEL, EDMUNDO. Las márgenes del Guadalquivir. Sevilla. Imprenta de Geolín. 1870.

El principal cambio de este periodo es la construcción del ferrocarril de las Minas de Cala, que atraviesa la zona de norte a sur, y cuyo embarcadero se sitúa en San Juan de Aznalfarache, lo que atrae a la zona una gran fábrica química, hoy derruida.

Posteriormente, durante la primera mitad del siglo se aprovecha la conexión por ferrocarril y la proximidad a la ciudad para ir convirtiendo toda esta zona en un modesto suburbio industrial y obrero de la capital.

Destaca en este momento la implantación en la localidad de Camas de otras fábricas de productos químicos y de fundiciones que abastecen a los astilleros del puerto sevillano, que aprovechan su posición de encrucijada ferroviaria entre la línea de las minas de cala y la Sevilla-Huelva.

Sin embargo, todavía a principios del siglo veinte la impronta humana en el paisaje era modesta. Dominaban las huertas, naranjales y olivares, surcados por carreteritas jalonadas por ventas camineras. La vida económica gira ahora en torno a algunas grandes fábricas que proporcionan abundante empleo, y hacen que el paisaje de la ribera aljarafeña vaya perdiendo su idiosincracia rural.

A pesar de estas transformaciones, el Bajo Aljarafe seguirá siendo asequible para muchos sevillanos - hasta hace pocas décadas - mediante paseos a pie, en bicicleta o a caballo.

Desde muy antiguo estrechos caminos, fácilmente recorridos a pie o mediante caballerías, salían del Convento de los Remedios, de la ermita del Patrocinio (Triana) y de las puertas Real y de la Barqueta de Sevilla capital, hacia el tramo del Aljarafe situado entre la ribera del Guadalquivir y la cuesta o escarpe. Atraviesan el río mediante puentes de barcas, ya que no será hasta 1930 cuando Alfonso XIII inaugure al primer puente de hierro.

En las márgenes de estos caminos había en los siglos XVI y XVII varias ventas muy concurridas por la picaresca y el hampa sevillano, donde se corrían sus juergas o resolvían sus pendencias.

A partir del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, estos caminos se adecentan como bulevares, arbolados en sus márgenes por moreras y naranjos para dar sombra. Por ellos pasean muchos ciudadanos en dirección a la venta de la Pañoleta (Camas) o a San Juan de Aznalfarache y Gelves, para pasar el día. También funcionan dos servicios de vapores diarios que desplazan por el río Guadalquivir a los sevillanos desde la Torre del Oro y Triana hasta San Juan y Coria del Río. En estas localidades se solazan bañándose, pescando, o con sus paseos junto al río, en sus ventas y posadas, y contemplando a lo lejos la silueta de la ciudad mientras meriendan.

Fuera de los pequeños núcleos urbanos como Camas, Tomares y San Juan de Aznalfarache, que no llegaron a superar el millar de habitantes hasta hace un siglo, el único poblamiento disperso de esta zona eran las ventas, las quintas de recreo y las casas de campo.

Al respecto, la noticia más antigua son las ruinas de la ciudad romana de Itálica, que tuvo esta función de ciudad placentera y de descanso frente a la Hispalis romana.

En tiempos árabes se conoce que el rey Al Mutamid, como ya hemos mencionado, tuvo un palacio de verano en el castillo de San Juan, que era uno de sus lugares favoritos por la vista que ofrecía del río y la ciudad y la naturaleza que lo rodeaba. Asimismo, debieron multiplicarse las quintas de recreo. Quintas que tenían características propias de aquella cultura como la omnipresencia de baños, jardines y bosques, y de fuentes y surtidores.

En siglos posteriores, entre el XVI y el XVIII, existieron varias casas de campo, famosas por sus jardines y oratorios, de acuerdo con la mentalidad de la época, a donde acudía periódicamente la gente principal de la ciudad
En la novela del sevillano Mateo Alemán, El pícaro Guzmán de Alfarache, se han inmortalizado las agradables veladas que en el siglo XVII pasaban los habitantes de la capital en estos parajes cercanos al río:

“Era entrado el verano, fin de mayo, y el pago de Gelves y San Juan de Alfarache, el más deleitoso de aquella comarca, por la fertilidad y disposición de la tierra, que es todo una, y vecindad cercana que le hace el río Guadalquivir famoso, regando y calificando con sus aguas todas aquellas huertas y florestas… tan adornado está de frondosas arboledas, lleno y esmaltado de varias flores, abundante de sabrosos frutos, acompañado de plateadas corrientes, fuentes espejadas, frescos aires y sombras deleitosas…”

ALEMAN, MATEO. Guzmán de Alfarache. Editorial Burguesa.Barcelona. 1972.

Será en el siglo XIX cuando se extienda entre capas más amplias de la población local y visitante la costumbre de pasar los fines de semana y, sobre todo, los veranos, en quintas de recreo o casas de campo de la ribera aljarafeña. En una de ellas estuvo un tórrido verano de 1828 el famoso escritor norteamericano Washington Irving, y dos años más tarde, el viajero inglés David Inglis, que lo recordó de esta manera:

“Cuando el viento sopla del Este, nada hay más seductor que deambular por la orilla del río a la caída de la tarde. El ancho Guadalquivir se desliza entre nosotros y la margen opuesta, densamente arbolada, levantándose suavemente hasta la cumbre de San Juan de Aznalfarache, y siempre abigarrado en su mezcolanza de casas de campo, conventos y jardines; a nuestra izquierda nos asalta el delicioso aroma de los naranjales…”

INGLIS, HENRY DAVID. Spain in 1830. Whittaker, Treacher & Co. Londres, 1831.

Por esos años la escritora Fernán Caballero escogió la Hacienda de Simón Verde, en lo alto de la cornisa del Aljarafe, como vivienda permanente. Tanto esta escritora como Armando Palacios Valdés visitaron una otrora famosa quinta de recreo, la hacienda de Valparaíso. En sus relatos se maravillan de su elegante edificación, de su capilla, de sus jardines y de su silenciosa y sorprendente gruta, que se alimentaba de un manantial cercano.

“Estaba próxima a la falda de la colina. Era la más amplia en territorio y la que poseía la casa más grande y suntuosa. Desde la puerta de salida hasta el edificio había una ancha avenida orlada de palmeras, en suave declive. A entrambos lados se extendía un bosque inmenso de naranjos. El jardín de la casa estaba tallado en la colina. Para subir a aquélla había tres escalinatas adornadas con macetas. En los tres descansos había jardincillos… con ese encanto misterioso… que la naturaleza presta a los lugares que el hombre abandona. Los árboles habían crecido desmesuradamente y tejían sus ramas formando bosquecillos impenetrables…”

PALACIO VALDES, ARMANDO. La hermana San Sulpicio.

Estos paseos en barca continuaron en la primera mitad del siglo XX, manteniéndose un paisaje rural todavía bien conservado, siguiendo el curso del río Guadalquivir desde la capital a los pueblos más cercanos de la ribera aljarafeña, como lo confirma este texto del poeta camero Muñoz San Román:

“los plantíos de naranjos son una bendición en todo tiempo y de perfumes de azahar en primavera. San Juan de Aznalfarache, con su caserío extendido entre el río y las pequeñas colinas… sus prados y jardines, y huertas, y al pie de otro cerro y entre arboleda frondosa, Gelves…”

MUÑOZ SAN ROMAN, J. Sevilla, la bien amada. Tipografía Gómez Hermanos. 1929.

Desde los años setenta del siglo veinte se ha ido perdiendo la capacidad de recorrer a pie, a caballo o en bicicleta estos caminos del alfoz de la ciudad.

No sólo es que se haya empobrecido el paisaje, es que también se le ha cedido esta capacidad de desplazamiento a los vehículos, a través de congestionadas autovías, con peligrosos y numerosos enlaces y bucles.

Es mas, a partir de la década de los ochenta los cambios en el paisaje se han acelerado y lo transforman completamente.

Hoy día el Bajo Aljarafe es un gris y complicado paisaje saturado de obras de ingeniería y artefactos urbanos, con exiguos rastros del paisaje rural y natural preexistente.

Una babel de carreteras cruza en todos los sentidos, a través de multitud de enlaces y bucles y puentes elevados. En medio de la refriega del intenso tráfico que sube y baja a la capital se han levantado, como modernos dinosaurios de cemento, inmensos centros comerciales, grandes tiendas, centros de ocio, almacenes, polígonos industriales y viviendas. Todo ello en una mezcla difusa y confusa. El río se ha convertido en un espacio residual, orlado de terrenos baldíos, con escombreras, y sin ninguna arboleda.

En este proceso se ha valorado exclusivamente la posición del territorio, cual estratégica “Franja de Gaza” entre la capital y el resto de pueblos aljarafeños.

No hay que olvidar que potentes carreteras y puentes sobre el Guadalquivir intersectan aquí desde todos los puntos cardinales del área metropolitana sevillana. Asimismo, desde los vecinos pueblos aljarafeños se han trazado autovías que nos deslizan fácilmente, cual toboganes, a esta zona.

En consecuencia, lo más rentable ha sido convertir este territorio en un gran centro suburbano de consumo masivo de todo tipo de bienes y servicios.

El resultado es un paisaje casi todo gris cemento donde crece un ejército de envarados anuncios publicitarios, un impresionante escalectrix por donde transitan diariamente miles y miles de ruedas. En la ribera conviven dos mundos que se ignoran: uno suspendido en el aire, vertiginoso, anónimo, fútil, como una costura entre la capital y la cornisa; otro a ras del río, subterráneo, lento, poblado de fantasmas del pasado, y donde la naturaleza violada se resiste, testaruda, a sucumbir a los ritmos y ruidos de lo alto.

El paisaje urbano se ha posado en la ribera como un tul dejado caer desde el cielo y ahora lo envuelve todo. Ha diluido usos primigenios como las antiguas ventas y quintas de recreo, las dehesas, los plantíos de olivares y naranjos, las alamedas… que han ido desapareciendo del terreno.

Parece como si nadie hubiese pensado en todos estos años de intenso progreso económico en el antaño alegre y hermoso paisaje entre la cornisa aljarafeña y el río Guadalquivir.

Sin embargo, existen quiebros de esperanza. Circular por el carril bici que recorre la ribera derecha del río desde San Juan hasta Camas nos hace sentir especiales, protagonistas en un mundo alternativo al pleno caos urbano. Las palomas anidan en los bajos de los puentes, el pequeño sendero se adentra por la sombra húmeda del naranjal hasta el viejo brocal del pozo olvidado, un tramo del antiguo viaducto del tren de Cala ha sido habilitado en San Juan como paseo ribereño… Sí, las autoridades, a veces, se ven arrastradas por la lucidez de la evidencia: pequeñas y dulces casualidades tan frágiles como sueños. Pero en cualquier momento, desde cualquier lugar, alguien puede acabar sepultándolo todo en un instante.



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2 comentarios en Orto y ocaso del Bajo Aljarafe (por Carlos Parejo Delgado)

  • Tomas de Castilleja

    Simplemente decirte que me gusta. Un saludo a Rafa.

    Tomás

  • Antonio Ruiz

    Me parece muy acertado y enriquecedor todo su artículo. Existe una Planta de la Villa de Tomares y anejo de San Juan, perteneciente a la compra por parte del Conde Duque de Olivares de 1628 donde se detallan todas las alquerías y ventorrillos de la zona. Un saludo

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