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Las contemplaciones


Leer. Leer a destajo. Sin medida ni control, incluso más allá del cansancio. Empaparme del pensar de los otros ya sean personas o personajes, poco importa. Buscar, transitar, veredar por las reflexiones de la otredad, sentirme cómplice u opositor de lo manifestado, conocer y reconocerme a favor o en contra de lo dicho negro sobre blanco, encontrarme, renunciar a las algarabías, buscar el silencio, el lugar en donde la reflexión se escancia, se enjundia, se origina, y escribir… escribir también, todos los días, aunque solo sea una frase, una palabra, una idea, un gesto o el dulce o amargo sabor de una mirada errante con la que me cruzo.
No encuentro mayor forma de plenitud que la descrita, desde hace muchos años, casi cuarenta y cinco para ser exacto. Y en eso ando. Cabezón, obstinado y feliz, dicho sea al paso.
A veces, en ese querer estar reflexivo: centro y margen, ola y mar profundo, uno y todo, en que intento mantener la vida, tropiezo, como ahora, con otros viandantes obsesionados con las mismas cuitas que me acucian desde siempre. Y aparece el gozo. La dicha de saber que uno no está solo en el camino que transita a trancas y barrancas, que eso es la vida y no otras cosas, esas que los poderes establecidos, desde siempre, nos han inculcado como necesarias y no suponen más que ataduras para encorsetarnos, para acallar la palabra, para silenciar el pensamiento. No hay mayor libertad que la de sentirse pleno, lleno, aunque nada se posea más que la posibilidad de indagar y poder expresarse sin cortapisas, sin burdas y zafias ataduras.
Y eso es lo que he encontrado en Las contemplaciones de Tomás Rodríguez Reyes publicada por la editorial La Isla de Siltolá; un acierto más, sin dudas, de mi entrañable amigo y compañero de columna en este diario, Javier Sánchez Menéndez.
No conozco personalmente a Tomás, pero eso nada importa. Aparte del libro citado, que ahora me tiene subyugado, entregado, sabía de su existir por haberme bañado en las aguas cálidas de dos de sus otras obras: Ars vivendi y Escribir la lectura. Y sé que no soltaré las imaginarias amarras que me atan a sus palabras porque el reflejo que me devuelve el espejo de sus reflexiones revela lo que soy, y algo más importante, delata lo que son los demás, la humanidad toda.
Literatura de compromiso, especulativa, sensitiva, profunda, filosófica, ética, que atiende a lo esencial tanto en lo que tiene de poético como educacional.
Usted mismo.

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ÍNTIMO GRITO

Foto: Kunstarte

Foto: Kunstarte


La gloria como el glamour, el poder, o la moda, son elementos efímeros. Estrellas fugaces que ciegan con brillos de oropeles el firmamento cercano al que llamamos clan, sociedad, país o nación. Vivimos a merced de esas entelequias por miedo a diferenciarnos del grupo que nos aglutina a una cultura, a una religión o a un régimen. ¡Yo soy…! ¡Yo soy…!
Se nos llena la boca de una empalagosa mentira cada vez que escenificamos lo que de nosotros se espera; sin embargo, bajamos la mirada en la soledad del espejo que nos devuelve el brillo cobarde del sujeto en que nos hemos convertido.
A pesar de lo dicho muchas personas no conocen más luz que el castigo del sol, del hambre y de la orfandad en que trasiegan sus experiencias vitales. Lo peor de todo, es que el desarrollo de una u otra posición dependen del lugar en que nos hayan traído al mundo. No da igual nacer en China, en Siria, en EEUU, en Palestina o haber nacido donde usted lo ha hecho. El sistema clamará desde su infancia para que se amolde al corte medio permitido para la mejor rentabilidad y buen funcionamiento del mismo. Se acabó. Dan ganas de gritar ¿verdad?, o al menos de reflexionar y explayarse en la intimidad de una página que se va llenando de borrones negros.
El engaño campa a nuestro alrededor dueño de quimeras que alucinan y trastornan nuestros sentidos. Platón en La Caverna lo dejó muy claro, pero la memoria es breve y nadie lo recuerda. O Bioy Casares en La invención de Morel, o el monólogo hamletiano de Shakespeare, o…
La historia está llena de ejemplos, pero nuestra ignorancia, nuestra cobardía, o ambas cosas, nos impiden chillar para llamar la atención. Si tuviéramos el valor de gritar lo que somos, de llorar sin vergüenza lo que nos duele, de bramar contra las injusticias, de rugir improperios en la cara de los que nos atosigan con una vida silenciada de verdades y oreada de mentiras, tal vez, solo tal vez, podríamos decir que el intelecto, eso que diferencia la animalidad de la humanidad nos sirve para algo.
Pero, no. Nos han educado para ser sumisos y además nuestro miedo escénico y las necesidades alimenticias nos han hecho magníficos y adoctrinados alumnos. Inventaron códigos, leyes y religiones para que fuera así. Y así es. La vida, así, es un bosquejo diseñado por alguien, que cumplimos fielmente para ser exactamente aquello que para nosotros idearon en un tiempo y en un lugar. Bachilleres más o menos aventajados: eso somos.

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Fanatismo


El fanatismo es una pandemia que ha recorrido el mundo desde que la humanidad tiene conciencia de su existencia. Es más viejo que cualquier ideología, religión o sistema de gobierno -como dice Amos Oz- y tiene más que ver con la esencia del ser que con su extrapolación colectiva.
El fanático está siempre en posesión de la verdad y no está dispuesto a llegar a convenio alguno con el otro. De ahí su intención -siempre- de obligar a los demás a cambiar.
Si tenemos en cuenta que el mundo, que la vida si lo desean, es dinámica, los principios rectores de la convivencia entre los seres humanos o se adaptan a los cambios o perecen; o sea, no son útiles aunque sigan estando reglamentariamente vigentes; de ahí la necesidad de que adecuemos el cuerpo legislativo a los siempre por delante intereses sociales. La obligatoriedad -precisaría- no de claudicar ni de cambiar de opinión así porque así, no, sino de que, si fuera posible, la política vaya por delante de la necesidad y no por detrás.
Y el no reconocimiento de este paradigma es grave, porque los que asumen el poder, una vez instalados en el mismo y controlados los resortes legislativo, ejecutivo, judicial e incluso mediático, suelen ser conservadores en su proceder y no son susceptibles a modificación alguna.
El mundo ha de ser entendido como un colectivo amplio de administrados que han de seguir las directrices de un grupo mínimo de administradores. No hay otra. Siempre fue así y lo seguirá siendo. Lo demás son pendejadas.
El fanático busca la rendición no el acuerdo. Y esa, que no es poca, es la diferencia entre una dictadura y una democracia. Fanáticos los hay en política, en religión, en educación, en ecologismo…, en definitiva, en cualquier actividad humana.
Los dirigentes siempre han hecho uso de los fanáticos en todos los tiempos y en todos los lugares, no por azar, sino porque su comportamiento es como una pasta dúctil que permite condicionarlos al gusto y a la necesidad de cada momento.
Miren, la palabra no es de nadie y es de todos, tal que la belleza, el arte, el patrimonio, la vida y hasta la muerte si me apuran.
El onubense Adrián González da Costa en su poemario Blanco en lo blanco (Premio Internacional de Poesía Gerardo Diego 2015) dice: “Negra tierra echarán sobre tus ojos,/ tierra que ha de enterrar tu sepultura/ bajo una noche negra de cerrojos.” Bien, ahí es donde vamos a llegar todos. A ese olvido. ¿Por qué y para qué, entonces, tanta sangre?

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Cementerio nacional

Foto: es.creepypasta.wikia.com

Foto: es.creepypasta.wikia.com


España está rodeada de muertos. Yo mismo, cuando me miro al espejo, no sé si ando vivo o muerto. Hasta pienso a veces que me he vuelto loco, que la sensatez se me ha escapado por algún lado. Porque tanto muerto alrededor no debería ser normal y sin embargo es así, como si España se hubiera convertido en un gran cementerio, en un enorme catafalco que aún no ha sido descubierto ni por supuesto desenterrado y que deberá ser la Historia quien decida en el futuro si eso es así o no.

Algunos de los muertos que me rodean hablan y otros no. A estos últimos les tengo más cariño. No por algo especial sino porque fallecieron espantados por la miseria que los apretaba o porque estaban a merced de la caridad y no del derecho que les asiste; porque huían de interesadas guerras o porque se ahogaron en mares que a lugar alguno llevaban -que ni entierro tuvieron y se los comieron los peces-; porque caminaban buscando la subsistencia -comer, sólo comer querían- y no sabían que el mundo, los Gobiernos todos, los habían expulsado de la vida, y ellos, quisieran o no, tenían que morirse aunque buscaran la esperanza de una resurrección en otro lugar, en otra tierra; al parecer era lo que les tocaba, era lo que decidieron los poderosos, los muertos vivos, esos que gobiernan incluso estando muertos para las ideas, para los principios consagrados en el Derecho internacional.

Los muertos no ven, es obvio; pero los muertos vivos están muertos porque intelectualmente, financieramente, interesadamente se hacen los muertos y por eso parece que no ven. Sólo ven el áureo color del dinero. Los pudre la avaricia, el poder.

La argentina Gabriela Cabezón Cámara dice en su novela La virgen Cabeza: “Teníamos muertos de tierra adentro y tierra afuera, muertos de todos los colores (…), muertos de hambre de los últimos gobiernos democráticos, muertos negros de Ruanda, muertos blancos de cuando la revolución (…), muertos rojos de todas las revoluciones de todas partes…”

Y qué decir ante la ficción de Gabriela Cabezón que no sea lo consabido: que cada vez es más necesaria porque entre ella y la realidad no hay distancias, que son como dos gotas de agua.

Por mi parte estoy más que harto de los intelectuales muertos travestidos de políticos progres y de los sindicalistas que olvidaron su misión y se convirtieron en funcionarios del poder. Pero sepan, que aún estando muerto, voy a seguir gritando y escribiendo, aunque nadie me escuche ni me lea.

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El librero de Borges

Foto: Editorial El Ateneo

Foto: Editorial El Ateneo


Lo que importa es el tránsito. La vida se enmarca en el trayecto que transcurre entre el nacimiento y la muerte; Ítaca no es destino, es la suprema razón del viaje, como el hilar y deshilar en la rueca es la estrategia de Penélope.
El martes pasado comí en Buenos Aires con el profesor, pintor y litógrafo argentino Néstor Goyanes, a quien hace años convertí en personaje de uno de mis libros: La búsqueda de la identidad. Goyanes trae bajo el brazo un documento que me regala; un proyecto de Xan Leira para ensalzar la figura de Francisco Gil auspiciado por el Ministerio de Cultura argentino, la Embajada de España en Buenos Aires, la Diputación de Pontevedra, la Academia Argentina de Letras y la Sociedad Argentina de Escritores. Francisco Gil nació en 1915 en Vilar (Pontevedra), desde donde emigra junto con sus padres a la Argentina. El 2 de enero de 1931, con 16 años y vistiendo pantalón corto, entra a trabajar de recadero en la librería y editorial El Ateneo.
Con el paso de los años, Paco Gil se convertirá, por decreto de la Subsecretaría de Cultura de la Nación en Librero Mayor de Buenos Aires. Fue amigo y maestro librero de Borges y de la mayoría de los escritores destacados en literatura y pensamiento latinoamericano del siglo XX. Por su púlpito -como señala Roberto Alifano-, por sus consejos, pasaron Eduardo Mallea, Francisco Luis Bermúdez, Ricardo Molinari, Carlos Mastronardi, Victoria Ocampo, Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Leopoldo Marechal, Arturo Marasso, Conrado Nalé Roxlo, Arturo Cuadrado, Lorenzo Varela o Luis Seoane, entre otros muchos.
Pero Paco Gil además de aconsejar a tanto grande, participa y promueve múltiples iniciativas de promoción de la lectura, facilita la llegada a las librerías de nuevos escritores, vincula a los noveles con los consagrados, innova en la manera de promocionar el libro, invierte en la edición de nuevos escritores… en fin, se convierte en un auténtico mecenas de la cultura.
El proyecto que me entrega Goyanes y que se denomina “Francisco Gil, el librero de Borges”, pretende que en 2017 se lleven a cabo una exposición museística, las vicisitudes del rodaje del documental filmado por Xan Leira y la edición de los libros-catálogos de F. Gil en Buenos Aires. Bueno sería que nuestro gobierno hiciera trasladar esta muestra a España para que los paisanos de un individuo tan singular como fue Paco Gil, conozcan a una persona cuyo viaje vital fue reconocido por tantos escritores de culto y por los amantes del hecho literario.
Buenos Aires, 18 de septiembre de 2016

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Escasez

Foto: taringa.net

Foto: taringa.net


Hay un cierto temor creciente entre la ciudadanía de los países desarrollados con respecto a la profundidad de la crisis que soportamos. La crisis solo puede ser sufrida por aquellos que… o bien viven en la abundancia, o, al menos, disponían hasta ahora de los recursos mínimos para existir con cierta dignidad; porque, la crisis, no afecta a los que viven en la desventura de la subsistencia. Esos… seguirán muriendo de hambre, como hasta ahora, almacenando en la despensa de sus cuerpos enfermedades horribles y contagiosas para las que no podrán obtener fármacos, rumiando la escasez que les rodea sin atisbar peldaño alguno que los eleve a otro escenario posible, masticando el tedio en los no tan escondidos basurales del mundo, durmiendo en cloacas infectas y compartiendo con las ratas los infinitos nidales de miseria esparcidos por el planeta.
Continuarán sin más, como siempre, olvidados por la prensa y los medios audiovisuales, excepto para hacer documentales etnográficos que alegren las tardes de la ciudadanía de los países desarrollados y abandonados por todos a la negra suerte que les servirá de sudario cuando fenezcan.
El nacer aquí o allá es un premio o un castigo que no valoramos suficientemente. El azar encarga la génesis que nos encumbra a una vida de holganza o de privación. Posteriormente, el esfuerzo, la formación y la vereda de la vida en que podamos transitar pondrán el resto. Pero, la cuna, el lugar desde el que oteamos el mundo por primera vez, cincela de forma inevitable lo que seremos.
Hay quienes distinguen entre el pobre -el que tiene poco-, el indigente -el que no tiene nada- y el paupérrimo -aquellos que componen las sociedades que viven en la miseria más absoluta y sin posibilidades estructurales de salir de ella-.
Cuando, como ahora, el cinturón ha de estrecharse, parece que fuera el tiempo propicio para echar una mirada al otro, al que vive en la desgracia, al que siempre caminó entre los arrabales de la opulencia. Precisamente ahora…, ahora que acuciados por la crisis estamos menos capacitados para ayudarles. Así de negra es la vida. Así de cruda la existencia del ser humano.
Un sino azabache sobrevuela la estabilidad de la saneada economía de los países ricos y, los que hasta ahora vivíamos sin ver a los pobres, nos preguntamos, alucinados, si el espejo nos devolverá pronto una imagen que nos haga parecernos a ellos, a esos que dejamos morir de hambre en cualquier lugar del mundo.

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Efectos colaterales

Foto: es.wikipedia.org

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Hasta las gónadas. Justo hasta esa parte tan sensible y tan necesaria para el mantenimiento de la especie me tienen nuestros líderes políticos. Además, para más inri, de vez en cuando se me hinchan, creo que del berrinche.
Habrá quienes piensen que la tal cosa es una exageración, pero no, no. Puedo demostrarlo. Es más, me tuve que comprar un suspensorio para contenerlas dados su volumen y peso extremos. Un verdadero problema, oigan.
Iba por la calle andando con las piernas abiertas, oscilando entre la extremidad izquierda y la derecha en un bamboleo incesante -que ya lo quisiera para sí el péndulo de Foucauld- que no dejaba de ser tragicómico.
El asunto comenzó cuando se conocieron los resultados de las penúltimas elecciones a las que acudimos los españoles. Como saben, el líder del partido más votado declinó la posibilidad de formar gobierno y se quedó tan fresco; como quien está jugando una partida de póquer y no entiende, no quiere comprender, que el dinero con el que apuesta es de todos los españoles y que así juega cualquiera. En ese justo momento, tal como le expliqué al urólogo, empecé a notar la hinchazón en las citadas zonas pudendas.
Luego intentaron formar gobierno los líderes de los partidos que obtuvieron el segundo y cuarto puesto en la predilección de los españoles, y pasó lo que pasó; todo se fue al garete y fuimos a una nueva convocatoria de elecciones. Aquí, siguiendo las directrices del doctor, me tuve que dar de baja porque a los compañones no había pantalón de talla extra que los contuviera.
En las elecciones pasadas voté por correo dado que no me parecía de recibo ir al colegio electoral con la carretilla que utilizo para portar mis partes. Imagínense. Un asistente social ha de ayudarme a cargar ese escroto gigantesco, meterlo en el carrillo, y luego, empujándolo, ya puedo moverme con cierta libertad, mirando esa maldita sábana blanca con que me tapo la vergüenza que me han originado los cuatro estadistas que tenemos a la cabecera de los partidos que nos representan, y que, además, no están dispuestos a dar un paso atrás aunque se hunda España.
He consultado al médico qué cosa me pasará si ahora, tampoco, hay gobierno, y vamos a terceras elecciones. Ha sido categórico: Tendrás que ir a los sitios rodando. Serás una pelota en donde apenas se notarán un par de ojos.
Los españoles no nos merecemos esto, y, por mi parte, solo puedo añadir que no quiero que este huevo siga creciendo.

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Disquisiciones


Hay un momento en la vida de cada persona en el que, reflexionando sobre sí, ha de preguntarse si merece la pena el esfuerzo realizado para llegar a ser lo que es. Este curioseo -aparte de tener muchas respuestas, tantas como individuos-, viene aparejado con el desasosiego que nos produce el hecho de que enfrentados a un espejo, no nos reconocemos en la imagen que nos reintegra. Tiene el espejo esa cualidad de devolvernos una imagen de alguien que se parece a nosotros pero que no somos nosotros. Sabido es que Borges tenía una gran fijación con los mismos hasta que la ceguera lo liberó de ese tormento.
Si a ello le sumamos que cada uno de por sí es una amalgama de existencias que intentan ser un solo ser y que, dependiendo de las circunstancias, actuamos de una u otra forma en función de intereses particulares, políticos o coyunturales, pues, apague y vámonos.
Si decimos que Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Bernardo Soares, Vicente Guedes, Fernando Pessoa o Álvaro Coelho de Athayde (del que la editorial la Isla de Siltolá acaba de publicar La educación del estoico, traducido por Manuel Moya y con un prólogo exquisito del filósofo Julio Moya), son todos el mismo individuo, pues lo más probable es que haya lectores que no se lo crean. Y estarían en su derecho, porque, cada uno de ellos pensó de una manera, nació en un lugar distinto y escribieron libros distintos.
Vivimos instalados en una quimérica ambigüedad y nuestro conocimiento de la realidad es ínfimo; tanto, que aún utilizando los mismos signos de lenguaje, nuestros ideogramas pueden ser incomprensibles para los otros.
Además, nos han educado para reservarnos, para no decir lo que pensamos. No hay más que mirar a los líderes políticos. Uno tiene la certeza de que nos están mintiendo. Siempre. Sin excepción alguna. Y sin embargo los votamos, una y otra vez. Un misterio, mire.
La verdad, nuestra verdad, casi nunca sale a flote, siempre queda escondida. Somos actores que ejecutan un personaje. El mundo es un gran teatro donde la individualidad se pierde para formar parte de una cadena que tira de nosotros hacia un inevitable destino: el modelo de sociedad donde hayamos nacido o estemos inmersos.
Cada uno de nosotros es un pequeño “museo de minucias efímeras” -como denominaba Borges a los periódicos- donde resulta casi imposible no rozar la locura. La capacidad humana para interrogarse tiene estos inconvenientes: podemos perdernos en el camino.

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El laberinto

Foto: es.wikipedia.org

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El acceso al Palacio de la Moncloa se ha convertido en un embrollo de tal magnitud, que el mito helénico del laberinto de Creta parece un juego de niños comparado con las dificultades que los españoles venimos padeciendo para que un nuevo inquilino -que no esté en funciones, que pueda ejercer con todos los atributos, con todo el imperium que el cargo conlleva- se aposente en su poltrona de una vez, y sepamos quiénes narices somos, cómo nos llamamos, cuántos millones de euros nos va a pedir la UE de manera inmediata; cuánto tiempo queda para que la hucha de las pensiones se vaya al garete; si vamos a pedirles o no a los bancos lo que nos adeudan, ahora que tienen ganancias; si el río de jóvenes con títulos universitarios que continúan marchándose de España va a parar o no; si se creará alguna vez trabajo que no sea precario en este país…
En fin, una lista interminable de preguntas que nadie puede contestarnos porque no hay manera alguna de tener Gobierno. Además, el minotauro aposentado en el laberinto no deja de manifestar que las cosas están así porque los demás no le ayudan.
Mitos aparte, hay escritores a los que admiro que han escrito mucho y bien sobre los laberintos; que vendrían a ser a mi entender, una especie de sueños en los que intentas subir una escalera interminable que nunca se acaba y cada vez, con más tesón y premura, hay alguien o algo indefinido que te persigue, que está a punto de alcanzarte y uno está cada vez más exhausto, hasta que, el bombeo del corazón a punto de destrozarse te despierta con una sudoración de órdago y con la sensación de estar en el limbo.
Así siento que estamos los españoles. Soñando un sueño ajeno impuesto por nuestros líderes políticos. Y estamos hartos de soñar, oigan. ¡Hasta los mismos tuétanos!
Los temas recurrentes en los laberintos ficcionales suelen ser los secretos, la corrupción política, la soledad, el tiempo o la asunción del poder. Pero, se da la circunstancia, que, de nuevo, la ficción se adelanta a la realidad, y lo que nos acontece ya estaba escrito en el mito de el laberinto de Creta -como se ha dicho-, El laberinto de las aceitunas de Eduardo Mendoza, El laberinto de la soledad de Octavio Paz o en estos versos de Borges que dedico al próximo Minotauro, sea quien fuere el mismo: No habrá nunca una puerta. Estás adentro/ y el alcázar abarca el universo/ y no tiene ni anverso ni reverso/ ni externo muro ni secreto centro.
Al menos nos quedan los libros y los sueños.

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III Gerra Mundial

apocalipticus.over-blog.es

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Que el mundo está en guerra es evidente. No hace falta que lo digan -como lo han hecho- ni François Holland ni el Papa ni cualquier otro mandatario.
Porque la guerra, como todo, ha evolucionado y mucho. En este triste caso, para peor. Es decir, la capacidad destructiva de las armas en liza es tan demoledora, tan portadora de daños irreparables para las construcciones, las infraestructuras o el medio ambiente, sin hablar de lo fundamental, el inimaginable número de muertos y damnificados -físicos y psíquicos- que puede dejar en el escenario de la refriega el uso de los últimos inventitos de la industria bélica, que da pavor el sólo pensar que dicha rueca pueda ponerse en marcha y comience a bobinar una inconcebible negra madeja, por mor de unos pocos de locos y siniestros mandatarios públicos o de facto -que tanto monta.
Pero, nada hay que descartar del comportamiento inhumano del ser humano. Y esto no es un oxímoron ni se le parece, es pura Historia conocida por los alumnos de primaria de cualquier país del mundo. Por tanto, de qué nos extrañamos; si la ciudadanía, la que debiera detentar el poder soberano hace mucho que perdió las riendas de la toma de decisiones y la dejó en manos de unos burócratas, que -hayan obtenido el poder de manera democrática o por la fuerza- sólo legislan en beneficio de intereses espurios nada concordantes con los demandados por la ciudadanía a la que debieran servir, para qué quejarse, entonces.
No hace tantos años, la guerra se anunciaba públicamente, se llamaba a filas a la soldadesca que habría de morir en honor de tal o cual patria, se preparaban los pertrechos y el avituallamiento, se escogía incluso el lugar en donde se enzarzarían a mamporros, escopetazos o cañonazos, se elegía el día y la hora, y luego, alguien vencía y otro capitulaba.
Pero esto se acabó.
Las armas atómicas, nucleares, químicas o bacteriológicas son tan letales, que dicen los listillos que se tienen solo para intimidar. Hasta que explote una ojiva casual o intencionadamente, y como precaución, el resto de países destruirá el mundo habitable en un par de horas, por si acaso iba con él el tema. Un delirio absoluto.
Y como lo anterior no puede hacerse, pues se han puesto de moda los atentados, que necesitan menos recursos humanos y materiales, pero permite seleccionar el país que se desea aterrorizar. Y en esa estamos, en la tercera guerra mundial desde principios de siglo, sin siquiera anunciarla.

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