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Ética y armamento

Yahoo Noticias

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La industria armamentística es un negocio como otro cualquiera, con la única diferencia que sólo sirve no para persuadir como dicen sino para amedrentar, y en su caso, matar a ciudadanos de zonas, de lugares que geoestratégicamente se han convertido en apetecibles -en rentables, vamos- para aquellos que con mano de hierro imponen su poderío en el mundo machacando a los más débiles.
Si el mercado no ha cambiado, porque es sabido que esto de la oferta y la demanda se modifican a diario a criterio de unos pocos -la necesidad se crea o se impone si hace falta, que es lo mismo-, el decálogo negro y rojo sangre, en función de las ventas realizadas, de los países exportadores de armas en el mundo es el siguiente y por este orden: EEUU, Rusia, Alemania, China, Francia, Reino Unido, España, Italia, Ucrania e Israel.
Llegado a este punto del artículo lo primero que se me viene a la mente es lo siguiente: ¿Qué hacen la mayoría de estos países desarrollando “misiones de apaciguamiento” en países en conflicto cuando a ellos lo que de verdad les interesa es vender armamento? Desde un punto de vista ético el asunto es al menos indigno.
Los periódicos españoles de tirada nacional amanecieron el miércoles pasado con una noticia en portada, con un breve, muy breve comentario en interior, anunciando que las Fuerzas de Seguridad del Estado habían desmantelado en el mes de enero en nuestro país, depósitos de armas ubicados en Bizkaia, Girona y Cantabria, con más de 10.000 armas (fusiles, ametralladoras antiaéreas, obuses, granadas, pistolas, revólveres… además de material para falsificar la documentación de las mismas). También han localizado en Guecho un taller para la manipulación y reactivación de este armamento. Algún rotativo incluso titulaba la noticia de la siguiente forma: “El mercado negro del crimen se abastece en España”.
Segunda constatación: No solo vendemos armamento de forma legal, adecuándonos a los estatutos que legitiman tales acciones, sino que, también, reciclamos las antiguas, para que alguien las venda a grupos terroristas y a la delincuencia organizada. De miedo. El asunto es tan oscuro como un thriller en blanco y negro dirigido por Martin Scorsese, Quentin Tarantino o Clint Eastwood.
Pero dejemos los negocios, sean legales o ilegales. En qué lugar, en qué oscuro pasadizo se ha perdido la ética, esa disciplina que estudia el bien y el mal y sus relaciones con la moral y el comportamiento humanos.

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Dioses

Foto: pulso-digital.com

Foto: pulso-digital.com


Un sofista afirmó que los dioses fueron creados para vigilar a las personas cuando nadie las ve. Y puede que tuviera razón en su tiempo. Pero, esta solución que aportaron los sofistas hace siglos, dejó de ser válida al instante después de enunciarse. Porque… los pillos, los bellacos, los poderosos, saben desde siempre que todo eso es un cuento.
Los ciudadanos vivimos en un mundo virtual -en planos diferentes de comprensión- creado por la política y la religión, apoyado en los últimos tiempos por los medios de comunicación social: los escritos en cualquier soporte y las emisoras audiovisuales, además de la Red, que es lo más de los más: pero todos ellos tienen un denominador común: están controlados por la irresistible e imparable fuerza del dinero.
Los elementos que mueven el mundo de las ideas y los preceptos vienen encorsetados en papel moneda de curso legal, lo demás es accesorio. Ingredientes bien adobados con una magia epatante que absorben nuestros sentidos y que ocupan el tiempo de que disponemos. Son el cebo, la carnaza sustanciosa que el poder -el de verdad- utiliza para mantenernos fajados, maniatados a un lugar y a un pensamiento único, aunque este varíe de un país a otro y de un tiempo a otro. Pero el sentido profundo de tales manifestaciones sigue siendo el mismo.
Somos peones insignificantes en la rueda del mundo. Soldados rasos en el ejército global. Obreros sin cualificación en la fábrica que gobierna el sistema.
Los dirigentes de esta empresa son unos pocos de desconocidos que gobiernan los hilos del orbe como si cada país, en conjunto, fuera una marioneta a la que han aprendido a manejar de forma magistral, para que ejecute todo tipo de movimientos según las circunstancias y los intereses especulativos de cada instante.
Estos son los verdaderos dioses paganos del siglo XXI. En algún lugar ejecutan a alguien o realizan atentados selectivos; en otros permiten que la población se muera de hambre o auspician guerras civiles y, en otros, derrocan gobiernos legítimos. El objetivo final es que vivamos en la inopia, convertirnos en seres descerebrados. Eso es todo.
Pero, a pesar de lo dicho, se les escapan dos cosas: el pensamiento individual -ese que es de cada cual- y la revolución, es decir, esa suma de pareceres que llegado el momento revienta el sistema para hacer del mundo un lugar más habitable y menos corrupto. Y parece que va llegando la hora de ponernos de acuerdo a la vista de los mimbres.

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Globalización

Foto: EMACE.com

Foto: EMACE.com


Las palabras, el pensamiento de cada cual o el pensamiento conjunto, mutan con el tiempo. Se van adaptando a las necesidades al igual que nosotros nos acomodarnos a los rigores del tiempo cambiante o del medio que degradamos. Pretendemos así, subirnos a la nube ilusoria que nos hace creer que somos lo mismo, elementos inalterables personal y socialmente. Pero nada de eso es cierto.
Heráclito ya lo dijo hace algunos siglos, pero ahora al de Éfeso nadie lo lee. Pasamos por la vida de puntillas, sin dejar senderos, volando sobre falsas verdades, arropados por idiocidades que nos llegan de todos lados.
La esencia de la vida ha quedado arrumbada por falta de una meditación acorde con lo que a nuestro redor sucede. Ahora, las consignas que nos propulsan vienen enlatadas y recuerdan bastante a lo escrito por Aldous Huxley en Un mundo feliz o en tantas otras obras que antaño fueron catalogadas como de ciencia-ficción.
Desde que se inició el mercado único, que lleva siglos intentando instalarse y que sólo se ha conseguido con la implantación de Internet como herramienta dadora de ideas, cada vez somos más, todos, la misma cosa. La idea patrón de la verdad, viene servida a través de la prensa, la radio, la televisión y la Red. El mensaje camina arropado por imágenes reales o virtuales de lo que debemos ser. Los griegos ya distinguían entre el ser y el deber ser, pero esas cuitas a nadie interesan porque los gobernantes han encontrado la fórmula para que la ciudadanía viva en la inopia.
Mercado supone desarrollo -dicen-; conocimiento -iteran-; información en tiempo real -insisten-; motor del mundo -concluyen-. Pero, con esta paranoia globalizada dejamos atrás lo que nos distingue como seres humanos: el pensamiento individual, la reflexión sosegada, la meditación profunda. Incluso una de las características más importantes de los seres evolucionados: la disidencia. No hay lugar para ella. Lo estamos viendo en las sentencias que un día sí y otro también espantan a la ciudadanía.
A quienes no se ajustan a los patrones se les borra del mapa, se les coacciona o se les asesina, da igual; todo es la misma cosa. En definitiva, se trata de sustraer las ideas que no interesan con mano de hierro. Miren a Trump. A los fiscales españoles. A la xenofobia creciente. Al hambre de tantos. Al sueño roto de los estudiantes españoles. A la corrupción instalada acá y acullá o, si lo desea, al rostro feliz de Urdangarin.

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Doñana, Kumara

Foto: Huelva24

Foto: Huelva24


“Manchas entre los arenales del color de la miga del pan bazo. Personas que se miran con el recelo que usan los animales para otear lo desconocido y luego con deleite. Ver la inmensidad en lo pequeño, la Naturaleza en cada hojita suya, en cada minúsculo brote, en mí, en cada gota de agua. La desnuda inmensidad de la vida, ese prodigio disfrazado de normalidad que ensambla la Naturaleza, situaciones y personas.”
Las frases anteriores son de la periodista, filóloga, poeta y narradora Alfonsa Acosta, y están incluidas en el libro Doñana, Kumara puesto en circulación por la editorial Niebla con la colaboración de la Diputación de Huelva.
Alfonsa y quien firma esta columna hemos nacido en un mismo territorio y poseemos los estigmas de la aculturación que inocula el desarrollarse en una tradición dada. Ambos somos moradores y adoradores de una misma tierra: Doñana.
Desde mis años mozos he rendido a Alfonsa Acosta una suerte de pleitesía que con los años se acrecienta más y más. Su costumbrismo, la inmensidad de su amor, su forma de hablar y de estar, su constancia, su tesón en el tortuoso camino de la vida, su ética estética tan inusual, su apuesta por el ecologismo, la filosofía y el humanitarismo, la hacen a mis ojos una persona inconmensurable a la que por supuesto adoro.
Se pregunta Alfonsa en Doñana, Kumara: ¿Cómo adquirir el conocimiento de la verdad profunda que subyace en los aconteceres, en las acciones de las personas, en los seres todos, más allá de la ficción de la apariencia…?
En el conjunto de escritos que componen el libro Alfonsa lleva a cabo un ajuste con su memoria pero también con lo universal primigenio.
He leído el libro de un tirón en una madrugada cargada de humo y café. He caminado por sus veredas como un sonámbulo lo hace cuando se levanta, en su casa, andurrea por la misma, por esas conocidas estancias, y luego se acuesta de nuevo sin pronunciar palabra alguna, para seguir en el reposado sueño del que nunca saldré; porque al igual que la narradora, ese espacio me pertenece, como lo es también de la humanidad toda. Doñana es una diosa de la Naturaleza rodeada de depredadores afines al dinero fácil y rápido.
Por eso cuando oigo hablar de almacenamientos de gas en Doñana la sangre me bulle, los nervios se me contraen y me digo: ¡En Doñana, no! Dejen a la diosa como está y métanse el gas y las ansias mercantilistas en otro lugar. De paso lean el libro, por lo menos aprenderán algo.

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“Los celos de Zenobia” de José A. Ramírez Lozano


“…las voces templadas por la noche,
voces cuando ya no hay voz,
solamente un rumor tardío,
extraño al tiempo,
ofrecido como presente
para cualquier pensamiento.”
(Paul Celan)

Buenas tardes…
Gracias por asistir a una nueva sesión del CAL en Huelva, en este caso, en la biblioteca provincial, pero, sobre todo, por interesaros por la literatura, ese instrumento que permite al ser humano ser independiente y tener criterio sobre lo que acontece a su redor, auspiciando que el pensamiento único, ese que nos inoculan los medios de prensa, los audiovisuales e internet, nos rocen… nos afecten lo menos posible, nos hagan en definitiva el menor daño en las neuronas, teniendo como cayado, como soporte vital para sostener nuestro individualidad, la lectura, ese universo de universos que es el hecho literario.
Esa actividad, por otro lado, cada vez menos extendida y, en caso contrario, mal enfocada, dado que la literatura ha sido convertida por la mercadotecnia en un negocio, para desgracia de la humanidad, tal que una taberna, una farmacia, una charcutería o cualquiera otra actividad comercial que se nos venga al magín, dicho con todo respeto para las profesiones citadas.
Hoy tenemos con nosotros a un experimentado hacedor de mundos, al escritor extremeño José A. Ramírez Lozano, al que, en nombre de la Consejería de Educación y Cultura y del CAL le doy la bienvenida.
Debo también agradecerle que me haya permitido estar aquí, hoy, realizando una pequeña introducción a su última novela Los celos de Zenobia, con la que ha obtenido el Premio de Novela Breve Joan March Cencillo en su XXIV edición.

Ramírez Lozano es un corredor de fondo. No en vano tiene editadas más de ochenta obras literarias, que, por supuesto, no voy a citar.
Ha recibido a lo largo de su ya extensa trayectoria infinidad de premios y galardones (de los más importantes de este país) tanto en poesía como en narrativa, con diversas incursiones en la literatura juvenil, otra de sus especialidades.
Sobre JRJ y sobre Zenobia Camprubí, o en su caso, sobre la relación de ambos, se han escrito infinidad de artículos y ensayos. Tantos, que, en 1999, en una bibliografía realizada por Antonio Campoamor González editada por la Fundación Juan Ramón Jiménez, hay datados en 1.999 la friolera de 11.915 publicaciones en español.
Si pensamos un poco en lo que ha cambiado la realidad editorial desde esa fecha hasta hoy, y el aumento considerable de editoriales a un lado y otro del Atlántico, y a ello le sumamos, además, las realizadas en otras lenguas, la expansión de la obra de JR es desde luego apabullante.
Eso da fe de su grandeza, de su constancia y de su originalidad.
Una verdadera barbaridad el interés que la obra del moguereño ha suscitado y sigue engendrado entre lingüistas del mundo entero. Su obra, sin duda, lo merece. No sólo su poesía sino también la excelencia de una prosa articulada en torno a la perfección en el decir.
Pero Ramírez Lozano no ha querido entrar en estas diatribas ni mucho menos en los dimes y diretes que las mismas generan entre los estudiosos de nuestro ilustre paisano, y que, con seguridad de oráculo, seguirán produciéndose en torno a la poética y la narrativa de JRJ por mucho tiempo.
Con un estudiado y meticuloso razonamiento narrativo Ramírez Lozano nos introduce con Los celos de Zenobia en una novela, cuyos personajes principales son Juan Ramón, Zenobia y el abogado, articulista y editor Juan Guerrero Ruiz, amigo de la pareja, que soportó estoicamente la irreverencias del de Moguer, como si tal castigo le hubiera sido asignado por los dioses del Olimpo.
El tiempo de la novela lo sitúa Ramírez Lozano en los primeros años de matrimonio de tan singular y atípica pareja, dados los diferentes caracteres de ambos, en donde, lo introvertido de uno hubiera debido chocar con la mujer libre, feminista, viajada y dicharachera que era Zenobia.
A ojo de buen cubero, nadie de los que conocieron a JRJ hubiera dado un real por la consistencia de esa relación que, como sabemos, duró cuarenta años, y en la que Zenobia fue el sostén, la enfermera, la secretaria, la mantenedora, la novia, la madre, la psicoanalista, la correctora, la protectora en definitiva, de un hombre obsesionado, enfermizo, místico y misántropo como fue nuestro poeta más universal y, alguna vez lo he dicho y hoy lo repetiré, sin cuyo esfuerzo y dedicación a la obra de su marido, seguro estoy que jamás hubiera obtenido el Premio Nobel de Literatura. No por nada, sino porque no la hubiera desarrollado con la fijación que lo hizo, y hubiera muerto en un psiquiátrico abandonado por todos y, sobre todo, extraviado en sí mismo, que es el peor lugar del mundo en donde uno puede perderse.
Por la novela circulan Vázquez Díaz, Emilio Sola, Unamuno, Azorín, Baroja, los Machado, Rubén Darío, Pedro Salinas, Guillén, Gabriel Miró, Lorca, Alberti, Dámaso Alonso, Ignacio Sánchez Mejías, Neruda, Pepín Bello o Fernando Villalón entre otros muchos.
Pero no quiero que mis palabras lleven a confusión. Los celos de Zenobia no es una novela histórica, ni mucho menos.
El epicentro de la novela está en la obsesión de JRJ por encontrar “una poesía libre de impurezas, digna de ese absoluto al que aspiro”, en palabras de Ramírez Lozano.
No deseo dar claves que eliminen la sorpresa del lector cuando pose sus ojos por esta pequeña (en extensión) joya escrita por Ramírez Lozano, y que, de seguro, dará satisfacción a los amantes de la ficción en literatura.

Sólo daré una pista. Al igual que Pirandello en una de sus obras teatrales más afamadas, hablaba de personajes que buscaban un autor para desarrollarse en el escenario, Ramírez Lozano, dada la búsqueda del absoluto, de la perfección, de la palabra esencial que mantuvo a JRJ enredado en correcciones toda su vida, nos sorprende en esta novela, con un autor que busca a los personajes de su poesía primera para arrancarles toda carnalidad, todo aquello que no es níveo, limpio o puro a su entender. La máxima de ese autor, que no es otro que JR, sería limpiar la impureza de las palabras hasta encontrar el silencio.
Curiosamente, Sócrates, que como sabemos nada dejó escrito y su palabra nos ha llegado a través de filósofos posteriores, decía algo que a mi entender hubiera podido asumir nuestro poeta, y era lo siguiente: “el resto no dicho, que habita en la palabra poética”. Además, Sócrates, al igual que JR, se mostraba sorprendido de “ese silencio que habla”.
Pues bien, para ir terminando, Ramírez Lozano ha escrito una novela que no deja de ser un divertimento, en donde, el narrador, ha sabido encontrar el oleaje oportuno para esas palabras errantes que transitan por el mar que es el pensamiento de cada cual, en este caso, el suyo, y condensar, quietas ya, inmutables en los límites del texto, las palabras precisas para desarrollar la trama y que sólo permiten ya, las variaciones del entendimiento de cada lector que pose sus ojos sobre las mismas.
Gracias por vuestra atención, y ahora, con todos nosotros, el maestro José A. Ramírez Lozano.
Paco Huelva
Centro Andaluz de las Letras
Siete de febrero de 2017

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El asedio de Europa


Europa es una fortaleza asediada; un castillo medieval rodeado por seres famélicos que intentan colarse por cualquier rendija.
Los actos de las personas nacen de la necesidad, del interés o de ambas cosas. La invasión de Europa por los hambrientos es un hecho irreversible. Esta afirmación, que a muchos les parecerá apocalíptica es verosímil sólo con cavilar un poco.
Los nuevos moradores ven en el vecino continente europeo la única fuente para apagar la sed de la necesidad. Las antenas parabólicas, Internet y las redes sociales transmiten una imagen idílica de Occidente. Esta visión contemplada desde la estrechura y el secarral en que viven multitud de ciudadanos del continente africano tiene los suficientes atractivos como para intentar la odisea de descubrir un nuevo mundo, aunque se pueda morir en el intento.
Hace siglos se cruzaba el Atlántico en barcos poco más grandes que una cáscara de nuez y ahora se cruza el estrecho en pateras. Entonces se buscaban tesoros (oro, diamantes, tierras, especias…) y ahora se busca saciar el hambre. Las formas son diferentes, la finalidad es la misma que antaño.
La felicidad se ha revestido de colores occidentales para muchos africanos y magrebíes igual que antes tenía colores americanistas para los europeos.
Luego, cuando llegan, igual que entonces, sólo unos pocos tendrán posibilidad de medio vivir; pero peor es morir de hambre: pasar la vida masticando la soledad y la miseria en países desarticulados y sin futuro.
Con la llegada masiva -que nadie podrá parar- Europa está llamada a mezclarse racialmente. En esa fusión viene incluida, no lo olvidemos, la aceptación del otro, la convivencia con otros hábitos, con otras formas de entender el mundo, con otras religiones y otras culturas.
De esa mixtura, a pesar de los agoreros (racistas, xenófobos y otras yerbas) saldremos reforzados. Porque la limpieza de sangre, la primacía de la raza blanca (como lo ario de Hitler o lo norteamericano de Trump) y otras sandeces, mira el mundo con el ojo del culo y no con la mente, que es por donde se ve.
Una nueva realidad planea sobre Europa. Oponerse a ella es absurdo. La solidez de algunos símbolos que ahora son intocables deberá ser repensada. Habrá que dar cabida a otros, desconocidos en nuestros pagos. Pero no nos rasguemos las vestiduras. Los símbolos son sólo eso, símbolos. No les demos más importancia de la que tienen.
No habrá muros ni alambradas que paren la inmigración.

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Perdonadme

http://elmundoincompleto.blogspot.com

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Perdonadme por ser un hombre y porque existan tantos hombres que sean unos machistas asesinos que piensan que las mujeres son objetos de su propiedad.
Perdonadme porque no escriba sobre el frío que hiela el cuerpo, la sangre y hasta el entendimiento de tantos indigentes como hay por doquier, dejados de la mano de los gobiernos que debieran asistirlos.
Perdonadme porque los medios audiovisuales y escritos no hablen de todas las guerras y de los inmigrantes que andan por ahí muriendo un poco más cada día, sin esperanza alguna, porque pasaron de moda y platicar de ellos no abre informativos ni sustancia las portadas de la prensa.
Perdonadme por lo realizado por tantos sinvergüenzas banqueros, gestores o tesoreros que esconden millones de euros en paraísos fiscales, a modo de pensión, cuando nuestros jubilados cobran lo que ya sabemos y encima mantienen a los hijos y a los nietos que están sin trabajo.
Perdonadme por no alzar la voz ante los míseros sueldos que cobran los trabajadores; por la precariedad de lo que se percibe si te despiden; por la ínfima retribución de las pensiones de viudedad; por el comportamiento vil de los sindicatos en esta materia, que no son capaces de sacar la gente a la calle y paralizar la actividad empresarial si hiciera falta; por la subida de la luz cuando más frío hace consentida por el gobierno; porque quieran privatizar la sanidad, la educación, la dependencia, la seguridad y otras tantas cosas.
Perdonadme porque los jóvenes españoles se hayan marchado o se tengan que ir, por no perder la dignidad después de haber realizado el esfuerzo de finalizar una o dos carreras universitarias.
Perdonadme por la derechización de la política a nivel mundial; por la pérdida de las libertades conseguidas por nuestros antepasados a base de sudor, sangre y muerte, y que ahora nos están recortando un cónclave de empresas y multinacionales.
Perdonadme por el lirismo que utilizo a veces, soñador como soy, y por la ceguera de nuestros gobernantes que no ven que el mundo se encuentra al borde de un colapso que nos puede llevar en poco tiempo a una guerra, primero comercial y luego de las de verdad, de esas que matan a millones de personas y que se está precocinando en los consejos de dirección de esos que van al Foro de Davos para concretar los detalles.
Por tantas cosas, por favor, perdonadme. Y usted, que me lee -pienso-, también debería inquirirse si está obrando adecuadamente ante tanta ignominia.

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Callar

http://ejemplosde.info

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El abate Dinouart escribió en París en 1.771 un ensayo titulado El arte de callar, que debiera ser una obra de lectura obligada, especialmente para los que ejercen el noble -este apelativo de noble ha tenido siempre sus detractores, hay que manifestar- arte de la política.
El libro es un opúsculo de una cincuentena de páginas pero de rotundas afirmaciones en los planteamientos: “El hombre se pierde en la palabra. La palabra es eso que escapa, ola, fluencia, herida abierta”.
Estoy cavilando el enviar a la Casa Blanca unos centenares de dicho librito para que su nuevo inquilino y sus asesores más cercanos, disfruten con la lectura del mismo, por ver, por intentar, por probar, vamos, si de dicha inquietud puramente literaria, que nadie se equivoque, se atemperan un poco los planteamientos tan poco ortodoxos -por no llamarlos de otra manera que pudiera resultar insultante, que los dioses todos me perdonen, y siempre a mi humilde entender, claro- como los que existen actualmente en ese sacrosanto recinto en donde se toman decisiones que afectan a la humanidad toda.
Pero, ¿es que nadie puede decirle a este señor, a este presidente de tan magna nación, que está mejor calladito, que en boca cerrada no entran moscas, y ponerle a estudiar un curso acelerado de diplomacia?
Pero claro, qué cosa puede saber un humilde gacetillero como quien firma esta columna, que, además, como se descuide en los gastos, pasa apuros para llegar a fin de mes, comparado con el grupo de multimillonarios y hombres de negocios variopintos, que ha plantado sus raíces por una legislatura, en el lugar en donde se toman las decisiones que afectan a toda la ciudadanía del planeta. Pues absolutamente nada, es obvio.
Baltasar Gracián en Oráculo manual y arte de prudencia dice que la lengua es “una rebelde apasionada e independiente, una bestia salvaje que es dificilísimo encadenar una vez que ha escapado”.
Sin embargo, al Sr. Trump, por lo que vemos a diario, lo que le gusta es rajar, y cuanto más mejor, aunque sea de cuestiones que debieran quedar encerradas en el silencio.
Un misterio, oiga.
Uno, que va por el mundo con su casa a cuestas, siempre alucinado como Don Quijote, que normalmente consiste en una decena de libros por leer, un cepillo de dientes y algo de ropa según temporada, qué puede saber de cómo se gobierna la nación más poderosa del mundo. Pues más bien poco, la verdad.
A Dinouart, dicho sea de paso, lo excomulgaron por no callarse.

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En Doñana, no

Foto: wikimedia.org

Foto: wikimedia.org


Por cuestiones profesionales he recorrido muchas veces en los últimos treinta años parte del caudal de belleza y de naturaleza virgen existente tanto en el Parque Nacional como en el Parque Natural de Doñana.
Doñana es un paraíso incuestionable que ha de ser conservado en las condiciones en las que está por encima de cualquier otro planteamiento, ya sea este de índole económica, política e incluso de interés nacional (cuando la razón que se esgrime es hacer reservas de gas por si los tiempos vienen mal dados en materia de hidrocarburos).
El Estado español debería entender que Doñana es un territorio de interés nacional no por la razón aducida sino por su incomparable hermosura, por sus humedales, por sus dunas móviles, por sus matorrales, por sus pinares, por su flora, por sus aves acuáticas y terrestres, por sus peces, por sus reptiles, por sus anfibios, por sus mamíferos, por sus especiales climatología y orografía, por su historia, por las civilizaciones que por él han transitado, por su riqueza paisajística, porque es un ejemplo en el mundo entero de la buena interacción del hombre con el medio, porque tal como está Huelva, Andalucía, España, Europa y el mundo entero son más ricas, ¡sí, más rica, no todo ha de ser rentabilidad económica y estratégica a corto o medio plazo y que en definitiva sólo prima a intereses personales o corporativos!
Como lugareño nacido en Almonte, como onubense y como andaluz, espero que la Presidenta de la Junta y el Consejero de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio defiendan con uñas y dientes si fuera menester esta agresión que el Gobierno de España pretende llevar a cabo en un territorio que es Reserva de la Biosfera y que está declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO.
Doñana ha de ser intocable. No caben más desarrollos urbanísticos, tampoco mas agricultura en su entorno que no sea sostenible ni por supuesto proyectos industriales como del que estamos disertando. Experimentos con Doñana, no.
La agresión producida por la rotura de la presa de Aznalcóllar ya hizo temblar los cimientos de un ecosistema irrepetible que afortunadamente fue corregido con una ingente cantidad de dinero público. La posibilidad de un aumento de la sismicidad en el Golfo de Cádiz por la inyección de gas, tampoco es ajena a este proyecto que nada bueno aporta y sí, sin embargo, muchas incertidumbres. Doñana es más, mucho más que cualquier proyecto económico o estratégico, reitero.

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Dress code

Foto: oiltonpantherpress.com

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Con este nombre se representó en Madrid hace años un espectáculo creado e interpretado por Guillermo Weickert y Mario Sáez -de la compañía de danza Erre que erre- en el teatro Cuarta Pared.
En ella se simbolizaba hasta el absurdo la necesidad de los seres humanos de apropiamos de las etiquetas, de las diferentes formas de vestir en cada momento y lugar; de exponernos a extraños signos externos con la única intención de epatar a los otros; de crearnos una especie de falsa identidad con el único objetivo de buscar relaciones que puedan depararnos expectativas de índole económica, política, sexual, etcétera.
Aderezados con algo que no se ajusta a nuestra forma de ser o de entender la vida y que es posible que ni nos guste ni nos sintamos cómodos con tal código en el vestir, nos forjamos la ilusión de estar con otras personas -que probablemente tampoco sean lo que aparentan- para, en definitiva, no dejar de estar solos. Es decir, pasamos de ser una quimera individual a una colectiva manifestación de soledades, embutidas en atavíos que están deseando soltar y colgar en la percha hasta nueva ocasión, en cuanto regresen a casa o se introduzcan en el coche.
De esta forma, aparte de ir perdiendo nuestra individualidad, la que nos diferencia como personas, nos igualamos en una invención -óptica y conductual- que nos convierte en seres vacíos, portadores de valores superfluos y estacionales.
Borges escribió en 1935, en el prólogo de Historia universal de la infamia, que “leer, es una actividad posterior a la de escribir”.
Estar, debería por tanto ser posterior a ser, pero eso nadie nos lo enseña. Bueno, sí, hay escritores que se pasaron la vida buscando el “centro indudable”, como es el caso de JRJ y algunos otros pocos escogidos por las diosas de las artes y las ciencias.
Pero con estos códigos, con estas modas, todas pasajeras, nos convertimos en personas de una lúcida idiotez universal aunque vayamos perfectamente etiquetados a la moda del lugar.
Bueno, pues tal como ocurre con la ropa que vestimos acontece con las ideas. Todas ellas, sin excepción, han sido elaboradas en un banco de doctrinas, de tendencias, de ideologías, de forma que nuestro parecer sobre esto u lo otro, es el diseñado por alguien que nos maneja como a un guiñol.
La única solución a este enigma planteado por los rectores de los medios audiovisuales, es volver a la lectura de los clásicos, y como decía Edgar Allan Poe: “déjenme, pues, recordar”.
Paco Huelva
nueve de enero de 2017

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