Del hombre se han dado cientos, millones de definiciones, pero acaso una de las más precisas sea aquella que lo convierte en un animal hecho del material de los sueños. ¿Qué son la esperanza, la convicción, la fe, la razón… sino sueños, perspectivas y encrucijadas donde vamos imbricando y enredando los tejidos cartilaginosos de la vida? ¿Qué son la incertidumbre y la desesperanza sino sueños, proyecciones intelectivas, sensitivas e imaginativas de ese misterioso ser que nos habita y que a veces cobra el avatar de pozo o de mandrágora, de playa o de ciénaga, de ciprés o de páramo? La imaginación, la sensibilidad, el intelecto cómo funcionan, de qué están hechos, sino de imaginarios, equívocos, intuiciones…, sueños. Sueños. Muchas veces a lo largo de estos últimos años me he preguntado qué es lo que obliga (empuja, condena…) a un hombre, a cualquier hombre a inventar o redactar historias, poemas, artículos, comedias, ensayos, dramas…, qué lo induce a descabalgar de su yo para entrarse en la lógica de otros individuos, de otras ideas, de otras sentimentalidades, por qué se encomienda a los vericuetos no siempre pacíficos y beatíficos de sus sueños. Pero si resolver esta encrucijada es difícil, mucho más lo es, que un otro individuo decida acercarse a una balda y extraer de ella ese ser impredecible llamado libro, que una vez lo cierre sobre sí mismo, lo va a transportar a la “lógica” de ese personaje, de esa fábula, de esos fantasmas que un otro creó. La razón por la que un lector entra y se pierde por los vericuetos de algo que sabe ha sido construido con imaginarios, es algo que aún me sigue intrigando muchísimo más que el secreto de las pirámides o la escritura tartésica. Durante estos últimos días trato de inculcar a los púberes sevillanos algunos motivos de peso para ponerlos del lado de los libros y tratar así de conseguir algunos adeptos a esta cosa fabulosa que es la lectura, pero créame que me resulta tan difícil explicarles este pequeño prodigio humano, este maravilloso equívoco, esta comunicación en la niebla, que prefiero atenerme a los tópicos de la pedagogía lectora, con la esperanza de que algunos de estos púberes, alguna vez, a base de lecturas, lleguen a formularse la misma pregunta. ¿De qué material están hechos los sueños, por qué nos hacemos adictos a ellos?
El libro presente, El perfil de los sueños, del buen amigo Paco Huelva abunda precisamente en portentos e inexplicaciones como cualquier obra humana hecha por el hombre. En sus piezas de varia intención y extensión hallamos un latente conflicto entre sueño y realidad (¿de ahí el juego de antinomias que nos propone el título?), entre mundos diáfanamente objetivos, fieles radiografías de nuestro mundo exterior y otro mundo rabiosamente subjetivo donde lo real es manifiestamente deformado, proyectado en el espejo cóncavo de nosotros mismos. Piezas de un realismo cáustico, casi de impronta swiftianas conviven y se contraponen con otras de una dimensión lírica incuestionable, barajadas con otras de carácter cartilaginoso donde la frontera entre “lo que es” y “lo que parece ser” no siempre está clara. Se produce así un cierto movimiento de avances y retrocesos, de sístoles y diástoles que va a convertirse en el motor orgánico de este libro que funciona con la mecánica de un cuerpo. Este vaivén, esta lógica de espejos es tan apreciable en la inteligente ordenación de las piezas narrativas en el libro, cuanto en esa alternancia entre piezas largas y cortas, realistas y líricas, simbólicas y de corte periodístico, entre composiciones cuyo punto de fuga es la pura ficción y otras donde el compromiso con la realidad absorbe el centro mismo de la escritura.
Cualquiera podría reprocharle a su autor este ir y venir, este alzarse y hundirse, y posiblemente no le faltaría algo de razón (de su razón), pero habiéndolo hecho así, probablemente habría renunciado de antemano a la incertidumbre que este Perfil de los sueños genera y que yo considero su principal valedora. A mí, en lo personal, el libro me identifica con el desasosiego interior, con este avanzar y retroceder de Penélope en su rueca, hilando en la luz y deshilando en las sombras, en este tender y recoger la red, siguiendo en definitiva la mecánica de las mareas y del corazón, esos dos portentos que se expresan con irrefutable naturalidad.
Prescindiendo de esta estructura conceptual y tonal, encontramos en este Perfil de los sueños a un autor definitivamente enraizado e implicado en su tiempo, lo que no le impide abordar su mundo interior. Casi todas las piezas, aún las de un corte más lírico o donde los recovecos de la mente juegan un papel decisivo, acaban incidiendo en una realidad temporal evidente en la que se van catalogando las fisuras y las tentaciones latentes en una sociedad compleja y en crisis de sensibilidad como es la nuestra, en la que el pragmatismo económico ha ido desvirtuando y desmontando el humanismo hasta casi desfigurarlo por completo, como se denuncia a lo largo de esta lectura. Un número significativo de textos abundan en esa perplejidad ante un mundo nuestro acorazado frente a la sensibilidad, y que propone, como atestiguan no pocas composiciones, una clara orfandad interior, donde asoman intermitentemente los pilotos de la insania y de la locura, es decir del cortocircuito del hombre con lo humano.
Un libro, pues, con los pies en la tierra, y con una mirada a la vez lúcida e inquietante que debiera hacernos reflexionar sobre el papel del individuo ante esta tiranía subrepticia y ubicua con que el sistema primero desvirtúa y luego cosifica y anula al individuo.
Manuel Moya
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Con Hipólito G. Navarro en la Feria del Libro de Huelva 2009

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