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“Los celos de Zenobia” de José A. Ramírez Lozano


“…las voces templadas por la noche,
voces cuando ya no hay voz,
solamente un rumor tardío,
extraño al tiempo,
ofrecido como presente
para cualquier pensamiento.”
(Paul Celan)

Buenas tardes…
Gracias por asistir a una nueva sesión del CAL en Huelva, en este caso, en la biblioteca provincial, pero, sobre todo, por interesaros por la literatura, ese instrumento que permite al ser humano ser independiente y tener criterio sobre lo que acontece a su redor, auspiciando que el pensamiento único, ese que nos inoculan los medios de prensa, los audiovisuales e internet, nos rocen… nos afecten lo menos posible, nos hagan en definitiva el menor daño en las neuronas, teniendo como cayado, como soporte vital para sostener nuestro individualidad, la lectura, ese universo de universos que es el hecho literario.
Esa actividad, por otro lado, cada vez menos extendida y, en caso contrario, mal enfocada, dado que la literatura ha sido convertida por la mercadotecnia en un negocio, para desgracia de la humanidad, tal que una taberna, una farmacia, una charcutería o cualquiera otra actividad comercial que se nos venga al magín, dicho con todo respeto para las profesiones citadas.
Hoy tenemos con nosotros a un experimentado hacedor de mundos, al escritor extremeño José A. Ramírez Lozano, al que, en nombre de la Consejería de Educación y Cultura y del CAL le doy la bienvenida.
Debo también agradecerle que me haya permitido estar aquí, hoy, realizando una pequeña introducción a su última novela Los celos de Zenobia, con la que ha obtenido el Premio de Novela Breve Joan March Cencillo en su XXIV edición.

Ramírez Lozano es un corredor de fondo. No en vano tiene editadas más de ochenta obras literarias, que, por supuesto, no voy a citar.
Ha recibido a lo largo de su ya extensa trayectoria infinidad de premios y galardones (de los más importantes de este país) tanto en poesía como en narrativa, con diversas incursiones en la literatura juvenil, otra de sus especialidades.
Sobre JRJ y sobre Zenobia Camprubí, o en su caso, sobre la relación de ambos, se han escrito infinidad de artículos y ensayos. Tantos, que, en 1999, en una bibliografía realizada por Antonio Campoamor González editada por la Fundación Juan Ramón Jiménez, hay datados en 1.999 la friolera de 11.915 publicaciones en español.
Si pensamos un poco en lo que ha cambiado la realidad editorial desde esa fecha hasta hoy, y el aumento considerable de editoriales a un lado y otro del Atlántico, y a ello le sumamos, además, las realizadas en otras lenguas, la expansión de la obra de JR es desde luego apabullante.
Eso da fe de su grandeza, de su constancia y de su originalidad.
Una verdadera barbaridad el interés que la obra del moguereño ha suscitado y sigue engendrado entre lingüistas del mundo entero. Su obra, sin duda, lo merece. No sólo su poesía sino también la excelencia de una prosa articulada en torno a la perfección en el decir.
Pero Ramírez Lozano no ha querido entrar en estas diatribas ni mucho menos en los dimes y diretes que las mismas generan entre los estudiosos de nuestro ilustre paisano, y que, con seguridad de oráculo, seguirán produciéndose en torno a la poética y la narrativa de JRJ por mucho tiempo.
Con un estudiado y meticuloso razonamiento narrativo Ramírez Lozano nos introduce con Los celos de Zenobia en una novela, cuyos personajes principales son Juan Ramón, Zenobia y el abogado, articulista y editor Juan Guerrero Ruiz, amigo de la pareja, que soportó estoicamente la irreverencias del de Moguer, como si tal castigo le hubiera sido asignado por los dioses del Olimpo.
El tiempo de la novela lo sitúa Ramírez Lozano en los primeros años de matrimonio de tan singular y atípica pareja, dados los diferentes caracteres de ambos, en donde, lo introvertido de uno hubiera debido chocar con la mujer libre, feminista, viajada y dicharachera que era Zenobia.
A ojo de buen cubero, nadie de los que conocieron a JRJ hubiera dado un real por la consistencia de esa relación que, como sabemos, duró cuarenta años, y en la que Zenobia fue el sostén, la enfermera, la secretaria, la mantenedora, la novia, la madre, la psicoanalista, la correctora, la protectora en definitiva, de un hombre obsesionado, enfermizo, místico y misántropo como fue nuestro poeta más universal y, alguna vez lo he dicho y hoy lo repetiré, sin cuyo esfuerzo y dedicación a la obra de su marido, seguro estoy que jamás hubiera obtenido el Premio Nobel de Literatura. No por nada, sino porque no la hubiera desarrollado con la fijación que lo hizo, y hubiera muerto en un psiquiátrico abandonado por todos y, sobre todo, extraviado en sí mismo, que es el peor lugar del mundo en donde uno puede perderse.
Por la novela circulan Vázquez Díaz, Emilio Sola, Unamuno, Azorín, Baroja, los Machado, Rubén Darío, Pedro Salinas, Guillén, Gabriel Miró, Lorca, Alberti, Dámaso Alonso, Ignacio Sánchez Mejías, Neruda, Pepín Bello o Fernando Villalón entre otros muchos.
Pero no quiero que mis palabras lleven a confusión. Los celos de Zenobia no es una novela histórica, ni mucho menos.
El epicentro de la novela está en la obsesión de JRJ por encontrar “una poesía libre de impurezas, digna de ese absoluto al que aspiro”, en palabras de Ramírez Lozano.
No deseo dar claves que eliminen la sorpresa del lector cuando pose sus ojos por esta pequeña (en extensión) joya escrita por Ramírez Lozano, y que, de seguro, dará satisfacción a los amantes de la ficción en literatura.

Sólo daré una pista. Al igual que Pirandello en una de sus obras teatrales más afamadas, hablaba de personajes que buscaban un autor para desarrollarse en el escenario, Ramírez Lozano, dada la búsqueda del absoluto, de la perfección, de la palabra esencial que mantuvo a JRJ enredado en correcciones toda su vida, nos sorprende en esta novela, con un autor que busca a los personajes de su poesía primera para arrancarles toda carnalidad, todo aquello que no es níveo, limpio o puro a su entender. La máxima de ese autor, que no es otro que JR, sería limpiar la impureza de las palabras hasta encontrar el silencio.
Curiosamente, Sócrates, que como sabemos nada dejó escrito y su palabra nos ha llegado a través de filósofos posteriores, decía algo que a mi entender hubiera podido asumir nuestro poeta, y era lo siguiente: “el resto no dicho, que habita en la palabra poética”. Además, Sócrates, al igual que JR, se mostraba sorprendido de “ese silencio que habla”.
Pues bien, para ir terminando, Ramírez Lozano ha escrito una novela que no deja de ser un divertimento, en donde, el narrador, ha sabido encontrar el oleaje oportuno para esas palabras errantes que transitan por el mar que es el pensamiento de cada cual, en este caso, el suyo, y condensar, quietas ya, inmutables en los límites del texto, las palabras precisas para desarrollar la trama y que sólo permiten ya, las variaciones del entendimiento de cada lector que pose sus ojos sobre las mismas.
Gracias por vuestra atención, y ahora, con todos nosotros, el maestro José A. Ramírez Lozano.
Paco Huelva
Centro Andaluz de las Letras
Siete de febrero de 2017

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