La mochila pesa más de lo que esperaba, tendré que desprenderme de algunas cosas.
El aire me ha curtido la cara en las últimas semanas, y la barba blanca, que no sabía que tuviera, comienza a delimitar el rostro con la figura del viejo que soy y que aparento no reconocer.
Pienso mucho en lo que es mi vida, la vida. Un ir y venir. Un buscar y no encontrar nada.
No pido nada. Sólo reivindicar el derecho a equivocarme.
Me duelen los pies, los zapatos que calzo no son los adecuados pero espero sean parte de mi mortaja al igual que la ropa que cubre mi cuerpo.
Uno se cansa de luchar: se deja morir.
La tarde es buena, he comido naranjas y voy escupiendo el ácido a lo largo de la carretera dejando constancia de mi paso.
Me gustaría lavarme, me siento sucio, pero no encuentro el sitio adecuado y además hace frío.
Algunos coches me pitan al pasar, no sé qué quieren.
Ya no tengo necesidad de comunicarme.
Camino por el arcén sin rumbo fijo, sin destino posible.
Antes de caer la noche procuro localizar un lugar para dormir.
Un día vi cerca de mí unos ojos brillantes que observaban el bulto en que me había convertido, mientras una cola enhiesta se balanceaba inquieta tras sus pupilas: era una zorra. Hice un movimiento y se marchó.
Luego sentí aflicción, y tristeza, por su marcha.
He regresado a casa.
Han sido dos meses malviviendo por rincones insólitos. Los rigores del invierno, la cruda realidad y la dureza de la vida aderezada por la añoranza han hecho posible que nuevamente claudique.
He vuelto a comprobar que lo que retorna el espejo no corresponde al rostro del hombre que se fue, y me apena.
Aquí me quedaré. Otra vez. Meditando, asistiendo a las sesiones con el psiquiatra hasta que llegue el momento de escapar de nuevo.
Siempre fue así. Y seguirá siendo.







Esta vez, en lugar de la psiquiatra
puedes ir a hablar con aquel amigo
al que solías hablar.
Aquel al que molestabas,
según tú,
pero allí estaba según él,
para escucharte.
El psiquiatra te oye
pero no te escucha,
vuelve donde antes,
al amigo camarero.
Un saludo,Paco.
Muchos quisieramos escapar. Pero es imposible hacerlo de uno mismo, de aquel que fuimos y la nostalgia por su pérdida, esa pérdia que nos va menguando día a día.
Abrazos, Paco.
Oño Paco, te pasas la vida buscando, cuando no es la identidad son las lentejas, pero es que, en verdad, qué somos si no unos torpes exploradores desorientados.
Nabrazo maestro
pues… (me dijiste que en la novela no lo pusiera más, pero aquí sí jejejeje)
repito:
pues… ¡protesto!
el relato es pesimista a tope, los comentarios más, pero el titulo es una senda de esperanza.
BÚSQUEDA… la vida es eso: una continua búsqueda porque siempre hay algo que encontrar aunque se esconda. Claro que la mochila cada vez pesa más y aprietan los zapatos y nos hacemos mayores… pero la vida es así… cómo tú la quieras ver y sentir.
un beso.