El viernes día 4, Valle y yo tomamos camino de Cortegana. Hacemos noche en la sierra, dejamos al pastor alemán acompañando a Cisco, nuestro otro perro, y nos despedimos de ellos y de los tres nuevos borreguillos que han nacido esta semana. Preciosos sus saltos malabares y su alegría por vivir. Puedo pasarme horas observándolos.
El sábado 5 cogemos la carretera de Extremadura y sobre las dos de la tarde estamos en Madrid. En la Puerta del Sol, una concentración contra el maltrato a los animales. Unos sesenta activistas con monos de color blanco han ocupado la calle y protestan contra el uso de las pieles y la cría de animales sólo y exclusivamente con esa finalidad: el mercado textil. Por la noche, acudimos al Teatro Español que dirige Mario Gas; la obra: “Glengarry Glen Ross” de David Mamet, en versión de Daniel Veronese. No acabé de verla, me salí antes del final. Me resultó cargante, repetitiva, llena de absurdos y superados clichés. Lo mejor, la interpretación. Lo insoportable, la poca calidad de la obra. La síntesis que venden es la siguiente: la crisis apremia en una empresa inmobiliaria que propone a sus empleados el siguiente sistema: el mejor vendedor será recompensado con un Cadillac, el segundo más eficiente con un juegos de cuchillos (supongo que para matarse), y el que menos venda será despedido. La feroz competitividad entre los trabajadores, hombres de clase media entre la precariedad de sus empleos y el ansia por conseguir el éxito, les lleva a utilizar todo tipo de argucias.
El domingo 6, como todos los domingos que estoy en Madrid, me voy a la Cuesta de Moyano a comprar libros: “Me llamo Rojo”, de Orhan Pamuk, “La caverna de las ideas”, de José Carlos Somoza, “Andrómaca” y “Fedra”, de Racine, “Cartas persas”, de Montesquieu, “Hasta que amanezca”, de Linn Ullmann, “El expolio de Poynton”, de Henry James, “Cartas finlandesas”, de Angel Ganivet, “La azucena roja”, de Anatole France, “Las peras del olmo”, de Octavio Paz, “El difunto Matías Pascal”, de Luigi Pirandello, “Dejemos hablar al viento”, de Juan Carlos Onetti, y “Las bodas de Cadmo y Harmonía” de Roberto Calasso.
Mientras compro lo arriba descrito, escucho, lejana, una gran tamborrada, que no sé de dónde procede ni a cuento de qué viene la turbación de la paz de los aquí congregados que examinamos libros en los diversos y apilados montones. Cuando finalizo decido buscar el origen del escándalo. Unas doscientas personas de Ecologistas en Acción, protestan porque el Gobierno español, no teniendo suficiente con la cuota de humo que le corresponde, haya comprado a terceros países alguna cantidad más, o el derecho a emitir la misma, sería más procedente decir.
Madrid está agobiante de gente. Pareciera que nos hubieran expulsado de los lugares de donde procedemos con la consigna de encontrarnos aquí.
En la Puerta del Sol, frente a la sede del gobierno regional, una gran bandera republicana, tras un estrado, sirve de fondo a un mitin de un conglomerado de asociaciones que reivindican la III República y que la monarquía se vaya a otra parte con el cuento. Compro el periódico número 29, de diciembre de 2009, “Ciudadanos por la República”, que mas tarde leeré.
Encamino los pies en dirección a la plaza Mayor. Luego, al final de la calle Atocha, me encuentro con una manifestación llena de banderas saharauis pidiendo la devolución de Aminetu Haidar al Sáhara. Converso un buen rato con los manifestantes y me traigo un folio, que ahora miro al escribir, en que se ve la cara triste pero con ojos de esperanza de esta mujer que ha decidido morir por sus convicciones antes que ser devuelta a Marruecos o quedarse en España.
Por la noche vuelvo al teatro, esta vez al Valle-Inclán que gestiona Gerardo Vera para ver “Drácula”, de Bram Stoker, adaptado y dirigido por Ignacio García May. Hoy salgo satisfecho, muy satisfecho, diría yo, de la representación. Magnífico el juego de luces, excelente la música, los decorados, y con una puesta en escena digna del Centro Dramático Nacional. Una obra recomendable.
El lunes 7, paso a tomar algo al Café Gijón. Desde allí, como siempre que voy, llamo a Luis Eduardo Siles, al que cesaron como director del Odiel Información la semana pasada. No me responde a la llamada y le dejo un mensaje en el contestador. Salgo a la calle. Llueve. Me meto en una de las cervecerías Santa Bárbara, fundadas en 1815. Dicen los que saben que no hay un lugar donde tiren mejor la cerveza. Me tomo tres cervezas negras, leo algo, escribo alguna fruslería y me como tres ostras ¡con dos cojones!
Quedo con Valle para comer en el SUSHICLUB. A la entrada, me encuentro, sentado ya y metido en harina, o mejor sería decir en pescados crudos, a Juan José Millás, a quien presenté en Huelva, en la Diputación, hace aproximadamente una par de años. Charlamos unos minutos y me voy a lo mío. Nos zumbamos un par de botellas de vino en la comida. Luego, paseítos para digerir. Mas tarde hicimos algunas trastadas que no deseo contar. Finalizamos la noche con chocolate y churros, espolvoreados de azúcar glasé.
Veo la foto de Aminetu Haidar, que me mira, entre luces y sombras, desde el lugar en que la he colocado en mi mesa, y una gran indignación me revuelve las tripas. El primo marroquí de nuestro monarca nos ha vuelto a dar sopas con ondas diplomáticamente hablando.
En fin…







Qué bien te cuidas mamoncete.
Sólo echo en falta que te tomaras un aperitivo de vermut con berberechos o un bocata de calamares. En Madríd sabe diferente.
He oido lo de Luis Eduardo. Ya hablaremos.