PRESENTACIÓN DE “EL FIN DE SEMANA PERDIDO” EN LIBRERÍA BETA

Parece imprescindible, cuando se ha de presentar a una persona, el obligarse a comentar algunos matices de la trayectoria vital de la misma, esos que, en definitiva, han venido a conformar por un conglomerado de azares lo que uno es en realidad.

Elementos todos… las más de las veces escondidos dentro de la máscara que dejamos visualizar a los demás y que, por tanto, nada tienen que ver con lo que se refleja en el espejo, ni siquiera, si me apuran, con la percepción que los otros tienen de cómo transitamos por las horas y los días de la existencia que nos está permitida vivir.

Porque, ese aglutinado químico, único e irrepetible, que compone a todo ser –dejaremos lo de humano para otras cavilaciones- es tan inescrutable, que ni el mismo individuo que carga en la mochila de la experiencia tales argumentaciones, es capaz de definir no ya con holgura sino siquiera con aproximaciones plausibles, la complejidad de lo que somos: esa indefinición.

Así que, ante tamaña empresa –dudar de ello sería engreimiento- solo nos queda jugar con las palabras de forma que estas aproximen a los receptores de las mismas, hacia… esa totalidad que conforma la unidad que es una persona, en algunos aspectos que pudiéramos definir como relevantes para pintar la idea, la idea en sentido platónico, de lo que es, en este caso, y de lo que representa en el imaginario de quien les habla, llamarse José Luis Piquero, haber nacido en Mieres, en Asturias, y dedicarse al oficio de traducir a otros, de escribir lo propio y de ejercer la crítica literaria.

La verdad es que no sé por qué suerte de razones o desafueros, mi relación con José Luis Piquero se cimentó de golpe, sin que hubiera sido necesario transitar durante otros espacios de tiempo para cribar la argamasa del respeto mutuo hacia la persona y la obra del otro.

Quizás los senderos, las veredas que transitamos, todos, no estén tan separadas ni seamos además tan especiales como pensamos, sino más bien, y una vez que nos hemos dado cuenta de la transitoriedad que contamina nuestra existencia, las diferencias entre los seres humanos se diluyan y los muros que aparentemente nos separan, se convierten en níveos cristales que hacen transparentes la nada que es el todo que nos conforma.

José Luis Piquero ha publicado Las ruinas (1989), El buen discípulo (1992), Monstruos perfectos (1997) y Autopsia (2004), una recopilación de los libros anteriores que fue distinguido con el Premio Ojo Crítico de RNE, aparte de El fin de semana perdido (2009), libro que hoy hace su presentación oficial en Huelva.

En su labor como traductor, ha hecho lo propio con autores de la talla de Melville, Twain, Steinbeck, Tennessee Williams o Arthur Miller entre otros.

Figura en un montón de antologías que no voy a citar, y es, le pese a quienes les pese, un referente de la poética actual, en este país que hollamos con mayor o menor desgana o algarabía… cada cual como desea o entiende.

En un poema de los que componen su último libro, denominado Fotografías, dice Piquero:

“Me estás robando el alma mientras me haces la foto

y con cada disparo fabricas un cadáver.

¿Dónde estarán mi tiempo

y mi respiración y la constancia

con que miro las cosas, si miro a un asesino?

Posar para una foto es simular la vida

y la casualidad.

Quien esté en el papel no seré yo

sino mi fingimiento y tu versión de los hechos.

Tú eres bueno en tu oficio.

Yo engaño al Cíclope y me llamo Nadie.”

José Luis Piquero con El fin de semana perdido continúa ahondando en la “autoficción”, hurgando en su interior para entender qué cosa es esta cosa llamada vida y en la que todos nos movemos arrastrados por el incesante río que nos transporta sin posibilidad de exoneración alguna. José Luis ha comprendido hace tiempo, mucho tiempo, que no hay salvación ni redención alguna, que de nada valen tampoco las distinciones o los elogios, y mucho menos esas palabras lanzadas contra su obra, por personas portadoras de bífidas lenguas de ofidio instaladas en la insidia y, a veces, hasta en el anonimato.

No quiero ocupar más vuestro tiempo, solo deseo expresar públicamente, una vez más, la admiración que siento por la persona de José Luis Piquero y por su obra. Asombro que me consta es compartido por infinidad de plumas, además, de las que importan, o deberían importar.

La palabra es tuya, maestro.

Paco Huelva

12 de Noviembre de 2009

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