Dirigida por Win Wenders, obtuvo el Premio al mejor director en el Festival de Cannes de 1987. Y, aunque Carlos Boyero dijera en El Mundo que era pretenciosa, falsa, boba y sensiblera, como es lógico, no todo el mundo tiene que coincidir con Boyero y ese es mi caso.
Es cierto que es un film poético, excéntrico, coral, singular si se quiere, pero nunca pretencioso. En otra época esta película hubiera sido catalogada como de “arte y ensayo”.
Merece ser vista. Sobre todo, como conmemoración de un hecho histórico, la caída hace veinte años -el 9 de noviembre de 1989- de uno de los muros de la verguenza, el de Berlín.







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