El color no importa. Lo que interesa es que sean fuertes y de la misma extensión. Se toman por pares y se anudan… primero por un extremo y luego por el otro.
Han de ser nueve, nueve pares.
Luego, cada par, se ata a otro, hasta obtener uno solo de longitud algo superior a la distancia existente entre el barrote de la ventana, detrás de la cual está la vida, y la altura de nuestro cuello.
En el reformatorio hay nueve guardias, de ahí el número de pares de cordones necesarios para no levantar sospechas. Diremos que los nuestros están rotos y le pediremos un par a cada uno de los vigilantes. Así nadie intuirá nada.
Una vez amarrado a uno de los barrotes, la decisión de cuándo marcharse de esta mierda de mundo depende sólo de nosotros: está a merced de nuestra voluntad.
Yo he elegido la siesta, que me parece una buena hora. Cuando se duerma Salvador, mi compañero de cuarto -al que vigilo mientras escribo esto-, solo me restará enlazar el otro extremo alrededor del cuello y encoger, encoger las piernas para que no rocen el suelo hasta que pierda totalmente la memoria de lo que soy, que es lo que deseo: dejar de recordar, de pensar en qué cosa me he convertido: solo eso.







Estando yo haciendo el servicio militar, una noche de guardia, un soldado, para mí desconocido, se colgó del enrejado en la puerta del calabozo -no necesitó tantos cordones. En su rostro sin vida, te lo aseguro, Paco, no había ni un atisbo de paz por el recién logrado olvido. Sólo una horrible lengua hinchada y morada como testimonio de lo que duelen esos instantes en los que estamos a punto de dejar de recordar, de dejar de ser -de nunca haber sido- para siempre.
Abrazos.
Yo soy de las que creo que, aunque absurdamente,amigo Paco, más vale persistir.
Un besazo y gracias por todo lo que me llega de tí.
Ya estoy en antena de nuevo.
Puede que por esa ventana no entrase la luz del sol, podría haber tenido la historia otro final, no sé, y aún así, en ocasiones, no sabes, Paco, cómo llego a comprender el mecanismo que origina la chispa que mueve al suicida. Somos tan frágiles, tan vulnerables y tan complejos que a penas un pensamiento volatil es suficiente para picar el billete que nos lleva al otro barrio… Si es que hay otro barrio, claro.